OBRAS COMPLETAS
DE
DIEGO BARROS ARANA
OBRAS COMPLETAS
D E
DIE&O BARBOS ABANA
TOMO X
ESTUDIOS
HISTORICO-BIBLIOGÍRÁFICOS
SANTIAGO DE CHILE
DELICIAS, 1167
(\'^
^'>,.
ESTUDIOS HISTÓRÍCO-BIBLIOGRÁFICOS
ADVERTENCIA PRELIMINAR
Siguiendo, en cuanto es posible, la ilación histórica en la
compilación de los artículos que el señor Barros Arana es-
cribió en las Revistas, agrupo en el presente volumen los
destinados a dar a conocer puntos especiales de la jeogra-
fía e historia nacional, o de la historia jeneral de América.
Forman su núcleo, tanto por la estension de los trabajos
como por la erudición de los detalles acopiados, los asun-
tos referentes: a la historia financiera de los antiguos jesui-
tas en Chile; a la historia del arte de imprimir en América
i a la acción del clero en el movimiento de la independencia
americana. Aunque estos tres órdenes de estudios han sido
adelantados considerablemente en algunos puntos por la
investigación posterior, conservan siempre los artículos en
referencia un alto interés histórico.
Los artículos bibliográficos que se insertan correspon-
den a reseñas bibliográficas i críticas acerca de algunos
cronistas de Chile i de historiadores de América que, como
los similares que he agrupado en volúmenes anteriores,
llevan el sello de la prolijidad esquisita i severa que carac-
terizaba todos los trabajos de nuestro autor. Son tan de
mano maestra algunas de estas biografías de escritores i
tan completas las noticias reunidas, que mas de una vez
246474
B8TUDI08 HISTÓRICO-BIBLIOORÁFICOS
han sido reimpresas (por ejemplo, la de don José Pérez Gar-
cía), sin que pueda agregárseles sino apenas alguno que
otro accidente que escapó a aquel formidable erudito i con-
sumado bibliógrafo. Habría deseado añadir en algunas de
estas sustanciosas biografías (por ejemplo en la del padre
Olivares) las abundantes notas con que el señor Barros
Arana completó e ilustró la Historia de los je3uitah (1593-
1736) pero, por su gran niimero i por referirse a pasajes li-
gados íntimamente al testo , no serian bien comprendidas
sin copiar también las partes de este mismo testo pertinen-
tes a la acotación. En la imposibilidad de hacerlo, remiti-
mos al lector al tomo VI de los Historiadores de Chile
(Santiago, 1874), modelo en este jénero de publicaciones,
que como el Proceso de Valdivia ^ está sembrado de un cen-
tenar de curiosas noticias complementarias e ilustrativas»
''Cuando un literato se encarga de publicar i de anotar
obras antiguas— son palabras del insigne historíador ar-
jentino Bartolomé Mitre, precisamente a propósito del
Proceso de Valdivia - debe hacer trabajo de erudición, de
crítica, de concordancias históricas, de biografías i de com-
plementos necesarios, bebidos en documentos contempo-
ráneos".
Barros Arana a este respecto ha sido insuperable i la
opinión que acabo de citar reviste verdadera autoridad en
este jénero de cuestiones.
Alejai^dko Fuenzalida Grandon.
ESTUDIOS SOBRE
Documentos relativos a la historia náutica de Chile
EN LOS SIGLOS XXVII I XXVIII
I
VIAJE DE ENKIQUE BROÜWER A LAS
COSTAS DE CHILE *
En 1646 se publicó en Amsterdam un opúsculo de 95 pa-
jinas en cuarto con el título de /om*wae/ ende Mstoris Ver-
liael van de Reyse gedaen hy Oosteen de Straet le Maire naer
de Gusten van Chili, etc. (Diario i narración histórica del viaje
ejecutado por el este del estrecho de Le Maire hacia las cos-
tas de Chile al mando del señor jeneralHendrickBrouwer en
el año de 1643) ^, del cual existe una reimpresión hecha en
* Publicado en el Anuario Hidrográfico de la Marina de Chile
(Santiago, 1882) como introducción a la narración histórica de
ese viaje en que están detalladamente referidos los hechos i aven-
turas ocurridas al célebre corsario holandés Brouwer en las costas
de Chile. Véase Historia Jeneral de Chile, tomo 4, cap. 11.— Nota
DEL COMPILADOR.
1- El título completo de la narración, que sirve de portada a la
obra holandesa orijinal, es, traducido testualmente, el que sigue:
Diario i narración histórica del viaje ejecutado desde el este del
estrecho de Le Maire hacia las costas chilenas, al mando del jene-
ral Hendrick Brouwer^ en los años 1643, comprendiendo las pro-
piedades, el comercio i las costumbres de los chilenos. Acompaña-
do de una descripción de la isla Eso, situada a distancia como de
30 millas del poderoso reino del Japón, a la altura de 39° 49* de
latitud norte, la cual ha sido visitada por primera, vez en este mis-
mo año por el buque '*Castricom'\ Todo tomado i compuesto de
varios diarios i escritos, e ilustrado con algunas estampas, por un
aficionado. Amsterdam, 1646.
10 M6TUDI0S HISTÓRICO-BlBLlOaRÁFlCOS
la misma ciudad en 1660. Aunque publicado sin nombre
de autor, advierte en la portada que ha sido formado so-
bre los diarios de algunos de los individuos que hicieron
esta campaña, i basta verlo para reconocer la verdad de
esta indicación. Es, pues, la historia sencilla i prolija de
todos los sucesos de esta espedicion, tal como podian con-
tarla los testigos i actores. La narración de los hechos está
acompañada de noticias acerca de la historia, de la jeogra-
fía i de la industria de las provincias que visitaron los ho-
landeses i de la condición de sus habitantes. Esas noticias
son jeneralmente exactas, i están espuestas con toda clari-
dad. Los mapas de Chiloé i de Valdivia que acompañan al
testo, aunque mui defectuosos, facilitan la iutelijencia de
las operaciones militares.
Existe de este libro una traducción alemana publicada
en 1649, otra inglesa en el primer volumen de la célebre co-
lección de viajes conocida con el nombre del editor John
Churchill, i una bastante abreviada en francés en la edición
holandesa de la Histoire genérale des voyages. Sin embar-
go, creyéndolas incompletas, me he servido de una traduc-
ción literal del libro orijinal el distinguido profesor don Jo-
sé Roehner.
La historia de la espedicion de Brouwer ha sido ademas
contada en una obra notable, de la cual ha dicho un juez
mui competente que **por mas que corran los siglos será
siempre un libro importante i digno de consultarse",
(Varnhagen de Porto Seguro, Os holandezes no Brasil, pre-
facio). Nos referimos a la obra titulada Rerum per octenium
jn Brasilia et alibi gestar a m sab prefectura Mauritie Naso-
vé comitis Historia (Historia de los hechos ocurridos du-
rante ocho años en el Brasil i en otras partes, bajo el man-
do de Mauricio, conde de Nassau), publicada con gran lu.
jo tipográfico, con mapas i grabados primorosos, en Amster-
dam, en 1647, un volumen en folio. Su autor, Gaspar Van
Baerle, mas conocido con el nombre latinizado de Barlaeus,
fué un insigne erudito holandés que, después de haber escri-
to muchas obras, destinó los últimos años de su vida acón-
VIAJE DE3 ENRIQUE BROUWBR 31
tar las guerras de los holandeses en el Brasil, utilizando
los documentos i relaciones que puso a su disposición el
príncipe Mauricio. Esta historia, escrita con mucha elegan-
cia, aunque con recargo de adornos i de referencia a los an-
tiguos griegos i romanos "que en lugar de amenizar la na-
rración la hacen a veces un tanto pesada", consagra las
pajinas 258 290 a contar la espedicion de los holandeses a
Chiloé i a Valdivia, formando un cuadro compendioso pe-
ro exacto i animado de esos sucesos.
Los dos libros citados son historias que podemos llamar
de primera mano. Entre las relaciones posteriores de esta
misma campaña que se hallan en algunos libros, debemos
recomefídarcomo la mas notable la que ha hecho el coman-
dante Burney en su importante ChronoJogicaí history oi
the discoveries in the South Sea, vol. 3.^, pajinas 95 i si-
guientes.
Los historiadores españoles que han referido esta misma
espedicion han cometido los errores mas inconcebibles. El
padre Rosales, el mas exacto de todos ellos, residia entón
ees en Chile i ha podido dar noticias mui curiosas; pero cree
que Brouv^er, a quien llama Brant, i sus compañeros, eran
ingleses, i cuenta que Herckmans, a quien llama Arquemans,
i los que con él firmaron el abandono de Valdivia, volvieron
a Inglaterra i fueron decapitados en castigo de ese acto.
Véase su Historia jeneral, tomo 3^, páj. 236.
Pero todavía son mas inconcebibles los errores que ha
agrupado don Dionisio de Alcedo i Herrera en el § 19 de su
Aviso histórico, libro otras veces citado para señalar el
ningún crédito que merece. Dice así: **Por el año de 1633,
la escuadra holandesa del jeneral Enrique Breaut, que sa-
lió de Pernambuco con el designio de tomar a Valdivia i
fundar una colonia en el mar del Sur, entró por el estrecho,
i con este designio hizo desembarco para fortificarse i po-
blar en aquel paraje: no permitiéndolo el activo celo i fervo-
roso esfuerzo militar del gobernador de la plaza, que con
una tropa de soldados del presidio de su mayor satisfacción
i otro número de indios confederados, animados del ejem-
12 ESTUDIOS histórico-bibltogrAficos
pío de los españoles i del valor del gobernador, los desalo-
jaron a cuchilladas, obligándoles a abandonar la empresa» .
No es posible acumular mayores errores en tan pocas líneas.
Aun, el padre frai Miguel Aguirre, escritor contemporá-
neo de aquellos sucesos, i autor de un curioso libro sobre
la repoblación de Valdivia, ha incurrido en algunas equivo-
caciones al referir la campaña de los holandeses.
II
DIARIO DEL VIAJE 1 NAVEGACIÓN
HECHOS POR ELPADRE JOSÉGARCIA^DE LA COMPAÑÍA
DE JESÚS. DESDE SU MISIÓN DE CAILIN, EN GHILOÉ, HA-
CIA EL SUR^ EN LOS AÑOS i766 I i767. *
El abate chileno donjuán Ignacio Molina, autor de la
Ilistoria natural i civil del reino de Chile, en la lista bi-
bliográfica de escritos sobre la historia i la jeografía de es-
te paisque ha publicado al fin de su obra, menciona un ma-
nuscrito que cataloga así:
García (ab. Josef), Viajes a las cordilleras i a las tierras
magallánicas. Ms.
En algunos documentos habíamos hallado la noticia de
que un padre jesuita de ese nombre, español de nacimiento
i misionero en Chiloé, habia hecho entre octubre de 1766 i
enero de 1767 un viaje a los archipiélagos del sur, pero
nunca habíamos podido ver la relación manuscrita citada
por Molina. Una casualidad trajo a nuestras manos un
volumen publicado por el erudito alemán Cristóbal Teófilo
de Murr, en la ciudad de Halle, en 1809, con el título de
Nacbrichten von ver verschiedenen Landen des spanischen
* Publicado en el Anuario hidrográfíco déla Marina de Chile
(Santiago, 1889), como introducción al diario de viaje i na-
vegación del padre García.
Nota del compiladok.
14 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁPICOS
Amerika (Informaciones acerca de diversos países de la
América española). Ese volumen está formado por una co-
lección de narraciones referentes a esploraciones jeográfi-
cas practicadas en la América española en el siglo pasado.
Allí encontramos el Diario del abate García, que hasta en-
tonces solo conocíamos de nombre. Aunque Murr ha tradu-
cido al alemán las diferentes relaciones que contiene su li-
bro, ha publicado también ésta con el orijinal castellano,
de tal manera que no ha sido necesario traducirlo de nue-
vo. Murr, ademas, hizo grabar un mapa, asegurando que
es la reproducción fiel del orijinal.
Del abate García hemos podido reunir los escasos datos
biográficos que siguen:
Español de nacimiento, jesuita i misionero en Chiloé,
tuvo encargo de predicar el cristianismo a ios indios que
poblaban los archipiélagos del sur i las costas occidentales
de la Patagonia. El Diario en que consignó la historia de
sus viajes ofrece un grande interés para conocer la jeogra-
fía de aquellas rejiones, imperfectamente esploradas hasta
entonces. Esta es la razón que nos movió a publicar este
documento en los Anales de la Universidad en 1871, i es
causa de que ahora se le reproduzca en el Anuario hidro-
gráñco.
A la época de la espulsion de los jesuítas, los que dirijian
las misiones de Chiloé fueron acusados de haber querido
entregar esta isla a los ingleses i sometidos a prisión. El
padre García, sin embargo, se hallaba en Bolonia (en Ita-
lia) en octubre de 1772 entre los jesuitas españoles repa-
triados. Ignoramos su suerte posterior i la época de su
muerte. *
A continuación del Diario del padre García, Murr ha pu-
blicado otra memoria anónima sobre las misiones que te-
nian los jesuitas en Chiloé i en las islas vecinas.
* El P. García, según la Bihliothéque de la Compagnie de /ésus,
por SoMMER VOGEL (Bruxelles, 1892) t. III. páj. 1217, nació en
Valencia, el 19 de enero de 1709, fué admitido a la orden el 3 de
febrero de 1723, profesó la Retórica en Córdoba, i estuvo en Pa-
raguai en 1750. En 1783 residia en Bologna.— Nota del Compi-
lador.
########^#^#########^
III
HAJES DEL PADRE FRANCISCO MENÉNDEZ
AL LAGO NAHUELGUAPI EN I79i-i794 *
A pesar del ningún fruto que habían dado las diversas
tentativas hechas para descubrir los fabulosos estableci-
mientos que se suponian poblados al otro lado de las cor-
dilleras por hombres de oríjen europeo, la opinión vulgar
seguia dando crédito a esas tradiciones. Se recordaba ade-
mas que en aquellos lugares, i un poco al norte de la lati-
tud de San Carlos, habia existido hasta principios de ese
siglo, a orillas del lago Nahuelguapi, una misión de los pa-
dres jesuitas, i que a pesar del fin desastroso que tuvo,
aquellos relijiosos se empeñaban en demostrar que los te-
rrenos eran favorables para el cultivo i la cria de los ga-
nados, i que sus habitantes eran hombres dispuestos a re-
cibir el cristianismo. Aunque se habia perdido el recuerdo
del camino que seguian los jesuitas para llegar a esa mi-
sión, se sabia que esta no distaba mucho de Chiloé. En
1766, el año antes de la espulsion de los relijiosos de la
Compañía, el padre Sijismimdo Guell habia intentado
* Publicado en el Anuario hidrográñco de la Marina de Chile
(Santiago, 1890) como introducción a los viajes del padre Me-
iiéndez. Tomo V de la Historia jeneral de Chile^ por don Diego
Barros Arana, cap. 20.
Nota del compilador.
16 ESTUDIOS HISTÓRICO-BlBLIüGRÁFICOS
llegar a Nahuelguapi; pero halló en la montaña grandes
derrumbes de rocas i de árboles que habían embarazado i
torcido el curso de algunos ríos i que impedían todo paso.
Las otras tentativas que ?e hicieron en seguida para lle-
gar a esos lugares o para acercarse por la vía de tierra a
los sitios en que se suponía existiesen las misteriosas ciu-
dades de que hemos hablado, no tuvieron un éxito mejor.
Todo esto, sin embargo, no impidió el que se siguieran
emprendiendo otros viajes con el mismo objeto. A princi-
pios de 1772 habían llegado a Chíloé quince frailes i un
lego franciscano, enviados del colejio de Santa Rosa de
Ocopa, en el Perú, para tomar a su cargo las misiones del
archipiélago. Era uno de aquellos el padre fraí Francisco
Menéndez, hombre de una rara actividad i de un notable
vigor físico. En febrero de 1779, cuando los misioneros
Marín i Real recorrían los archipiélagos del sur, encontra-
ron al padre Menéndez que andaba en esos lugares en
desempeño del mismo encargo.
A fines de ese mismo año, había hecho un segundo viaje
a esos lugares, en busca de indios a quienes trasportar a
las misiones de Chíloé para convertirlos al cristianismo.
En 1783, el padre Menéndez, partiendo de la ciudad de
Castro, había espedicionado con un objeto análogo en la
rejion vecina del continente; i en 1786 había repetido este
mismo viaje, que era el cuarto que hubiera emprendido.
í*or fin, habiéndose trasladado al Perú en 1790 en busca
de protección para otra empresa mas considerable i intere-
só en favor suyo al virreí Jíl i Lemos, i obtuvo de éste una
orden para que el gobernador de Chíloé le diera todos los
auxilios necesarios para ir al descubrimiento de Nahuelgua-
pi. A fines de ese año se hallaba de vuelta en San Carlos; i
no le fué difícil conseguir que se le suministraran en ese
punto i en Calbuco dos piraguas tripuladas por unos cua-
1- El padre Menéndez salió para el Perú el 18 de abril de 1790,
en la fragata Carmen, el mismo buque en que regresaba Moraleda
después de haber levantado la.carta jeográfica de Chiloé.
. VIAJES DEL PADRE MBNÉNDEZ 17
renta hombres i seis soldados. En su compañía debían ir
también el padre misionero frai Diego del Valle i el sarjen-
to Pablo Télles, que se decia conocedor i práctico de aque-
llas localidades.
El padre Menéndez salió de Castro el íi de enero de 1791
en una piragua tripulada por diez hombres. A su paso por
Calbuco se le reunieron algunos otros compañeros, i de allí
se dirijió al estero de Reloncaví. Cuando hubieron remon-
tado éste hasta el punto en que era imposible seguir nave-
gando, bajaron a tierra el 16 de enero para buscar un pa-
so de la cordillera, conocido con el nombre de Bariloche,
que creían cercano a la laguna de Todos Santos. Las llu-
vias, frecuentes en toda estación en aquellos lugares, los
molestaron sobremanera, retardando su marcha; pero ma-
yores embarazos les pusieron les derrumbes de los cerros,
que arrastrando gran cantidad de árboles en algunos pa-
sos de la montaña, hacían sumamente difícil el tránsito.
A pesar de todo, el padre Menéndez i sus compañeros con-
tinuaron la marcha con ánimo resuelto, haciendo adelan-
tar de descubierta al sarjen to Télles con algunos hombres.
Sus trabajos i sacrificios fueron sin embargo estériles. Los
esploradores se internaron en montañas cubiertas de árbo-
les i del mas difícil acceso, pasaron ríos torrentosos que se
desprendían de las alturas, i alfin, llegaban a sitios de don-
de parecía imposible pasar mas adelante. El 28 de febrero,
después de repetidas e inútiles tentativas parahallar el pa-
so, i hallándose escasos de víveres i todavía delante de
otras cadenas de montañas que parecían mas cerradas i
peligrosas aun, fué preciso pensar en la vuelta. "Solo por
la falda del cerro del norte, que remata en la cordillera, es-
cribía ese día el padre Menéndez, pudiera talvez encontrar-
se el paso; pero es mucho el monte í la jente está toda es-
tropeada i descalza. Los días ya van minorando mucho, i
por no esponernos ; u trabajo i que nos viéramos ence-
rrados entre cordilk •-, me pareció preciso el retírarnos*\
Ese mismo día se eniprendió la vuelta, i después de una
marcha no menos je 3ri i sembrada de peligros, los espe-
TülíO X 2
18 ESTUDIOS HI8TÓRICO-BIBLIOGRÁFI006
dícionarios bajaron de las montañas, tomaron sus pira-
guas en el rio de Reloncaví, i en la noche del 14 de marzo
llegaban a San Carlos, después de dos meses i medio de pe-
regrinaciones i fatigas. **Esto ha pasado en este viaje, es-
cribía al llegar el padre Menéndez. En él han trabajado
todos con el mayor empeño i eficacia, tanto en talar el ca-
mino como en lo demás que se ofreció. El camino es traba-
joso, pues sacando las 3 leguas quehai desde Ralun hasta la
primera laguna, todo fué preciso abrirlo a fuerza de hacha
i machete. Las cañas (colihues; son trabajosísimas ])ara
romper el sendero por medio de ellas, i capaces de aburrir
al mas esforzado; mas nada los acobardó ni amedrentó*'.
El fracaso de esta tentativa, no desalentó al ])adre Me-
néndez. En la primavera siguiente, contando siempre con
la protección del gobernador de la provincia, consiguió
equipar dos piraguas, i con ellas salió de Castro el 21 de
noviembre de 1791. Lo acompañaban en esta empresa el
padre Valle, que habia hecho el viaje anterior, i el capitán
de milicias don Nicolás López. En algunas de las islas de
los canales en que debia detenerse fué completando sus pro-
visiones, i reunió hasta cerca de cuarenta hombres ^jue pa-
saron a foi mar parte de su comitiva. El 9 de diciembre los
esploradores penetraban en el estero de Reloncav:, i remon-
tando sus aguas, llegaban el dia siguiente a Ralun, desde
donde les era forzoso seguir la marcha a pié. '*EI camino
está peor que el año pasado, escribía el padre Menéndez,
porque las aguas arrastraron muchas piedras i en algunas
partes abrieron otras zanjas". Venciendo, sin embargo, es-
tas dificultades; soportando lluvias frecuentes i copiosas
que los obligaban a detenerse i a formar especies de galpo-
nes o ranchos de ramas i de yerbas para resguardar sus
pn)visiones, los esploradores llegaron al lago Cayutué. u
por fin, al de Todos Santos, el 19 de diciembre.
Allí hallaron en buen estado la piragua que les habia ser-
vido el año anterior. Derribaron un árbol para construir
otra, i embarcándose en ambas el dia 26 de diciembre, cru-
zaron el lago i emprendieron en seguida la marcha por en-.
VIAJES DEL PADRE MENÉNDEZ 19
tre las abras de las ásperas i boscosas montañas que se le-
vantan al oriente. Por fin, el 1° de enero de 1792, las par-
tidas esploradoras despachadas adelante, después de tras-
montar algunos cerros, i aun una altura cubierta de nieve,
divisaron a lo lejos el lago Nahuelguapi, que buscaban con
tanto anhelo. La marcha de toda la comitiva, teniendo que
llevar sobre sus hombros los víveres que necesitaban, i el
descenso de las cor Hileras por ásperos senderos cubiertos
de bosques i entrecortados por arroyos i torrentes, los de-
moraron to«! » V ía semana i media. ''En cuanto amaneció el
12 de ener :>. orbia el |)adre Menéndez, proseguimos el ca-
mino, i despii .1 t\' indar unas tres cuadras, bajamos a la
laguna que ta iia>cs sustos, pasos, cuidados i bochornos nos
costó. Llegamos al mes de haber salido de la playa de Ra-
lun. Después seguimos por la orilla hasta llegar a una pla-
ya que está a la partedel oeste, en donde vi hi embarcación
antigua que estaba ..>■ enterrada. Esta es una canoa, i por
la banda tiene agujero s. para coser la falca; i aunque está
toda podrida, conserva su total i perfecta figura. Luego
se cortó un roble para el plan de la piragua que es preciso
hacer. Aquí no se ve mas laguna que un rio ancho que co-
rre del oeste al este. Por la costa del norte i del sur está
cercada de cerros. Por el norte le entra entre cerros un rio,
que tiene cerca de la laguna un salto mui elevado. Por la
parte del sur le entra otro que viene de una laguna, i que
viene mui manso, pero bastante caudaloso". El 19 de ene-
ro, estando termina^ '^ 't construcción de una piragua de
.catorce varí . üieuia, los esploradores se lanzaron al
agua, i en q'.I^ íieron principio a la navegación de la lagu-
na, dirijiéndose a su estremo oriental, a donde llegaron el
dia siguiente, oerca de "el sitio que presumimos fuese aquel
en que estuvo la misión antiguamente, porque hallamos
papas, nabos, romaza i otras cosas que dan a entender ha-
ber sido habit'Jiiív; por jente".
Los esploradores recorrieron las tierras vecinas, i des-
pués de prolija? diiijencias, entraron en comunicación con
algunos indios esquivos i desconfiados que no cesaban de
30 BSTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁPICOS
preguntarles si venían de paz, i de hacerles entender que
entre las tribus comarcanas habían varias que no cesaban
de hostilizarlos. El padre Menéndez cambió regalos con
esos bárbaros, pero no pudo sacar de ellos noticias aten-
dibles sobre las supuestas poblaciones de europeos, ni des-
cubrir, si en efecto, habian quedado entre esas tribus algu-
nos vestijios del cristianismo que en años anteriores ha-
bian predicado los jesuitas. Estos tratos lo demoraron
hasta el 26 de enero. Ofreciendo entonces a los indios que
el año siguiente volverian mas temprano con nuevos rega-
los para proseguir la esploracion de la comarca, los espa-
ñoles dieron la vuelta al occidente por los mismos lugares
que habian recorrido. Esta vez, conociendo regularmente
el camino que debian seguir, pudieron andar mucho mas
rápidamente, de tal suerte que aunque fueron molestados
algunas veces por las lluvias que los obligaban a dete-
nerse, el 31 de enero estaban en Ralun, donde tomaban
sus embarcaciones, i el 6 de febrero llegaban a San Carlos,
contentos del resultado de la espedicion, i persuadidos
de haber prestado un verdadero servicio "a ambas majes-
tades", es decir, al rei, preparando la dilatación de sus do-
minios, i a Dios, buscando aquellos indios para atraerlos
al cristianismo 2.
Pocos dias después, el 20 de febrero de 1792, el padre
Menéndez se embarcaba para el Perú a dar cuenta al virrei
del resultado de su esploracion i a solicitar los recursos ne-
cesarios para hacer un nuevo viaje a las rejiones de ultra
cordillera, donde se proponia descubrir los establecimientos
que creia poblados por hombres de oríjen español. Recibida
favorablemente en Lima, i presentado al virrei por el padre
^ Para mejor intelijencia de estos documentos, conviene tener
a la vista las relaciones de los esploradores sub^^iguientes, la de
los señores Fonck i Hess en 1856 i la de don Guillermo Cox en
1862 i 1863, que contiene un croquis bastante claro del territorio
recorrido. Es útil ademas examinar el reconocimiento i las cartas
del estero de Reloncaví i de la comarca vecina hechos por don
Francisco Vidal Gormaz en 1871 i 1872.
VIAJES DEL PADRE MBNÉNDEZ 21
guardián de su orden, el padre Menéndez obtuvo cuanto
solicitaba, i el 20 de setiembre de ese mismo año (1792) se
hacia de nuevo a la vela para Chiloé. "De orden del señor
virrei, el padre Menéndez, escribía uno de sus compañeros
de viaje, vuelve ahora encargado de internarse hacia la
parte del norte i del sur de la espresada laguna, en solicitud
de las poblaciones de jentes blancas que hace algunos años
se dice hai en dichos sitios, i denominan comunmente cesa-
res. Para esta tspedicion lleva de cuenta de la real hacienda
los víveres necesarios para la subsistencia, por tiempo de
tres meses, de cien hombres de tropa veterana i de milicias
de la citada provincia, que deben acompañarle en la espedí
cion,i los obsequios propios del agrado de los indios que la
superioridad ha tenido a bien lleve para agasajar a los que
se encuentren i conciliar su amistad" ^.
Por mas empeño que el intrépido esplorador tuviera en
emprender su tercer viaje, se vio demorado por la noticia
del levantamiento de los indios de Osorno, que hemos refe-
rido en otro lugar ^. Cuando se supo que esa insurrección
habia sido sofocada, el 9 de enero de 1798, se puso en viaje
con el padre frai Diego del Valle, que tuvo que volverse del
camino por causa de enfermedad, i con noventa soldados
entre veteranos i milicianos. El 18 de febrero llegó a las ori-
llas del lago Nahuelguapi, donde construyó una piragua de
dieziocho varas de largo; i en ella emprendió el reconoci-
miento, adelantándose mucho mas al oriente de los lugares
que habia esplorado el año anterior. El padie Menéndez,
cultivando el buen trato con las tribus de indios de aque-
llos lugares, a quienes habia conocido en su viaje anterior,
3 Copiamos estas palabras del diario de la segunda espedicion
de Moraleda al archipiélago de Chiloc, publicado en el Anunrio
hidrogrático de la Marina de Chile, t. 13. Como se puede ver en ese
<locu mentó, el hábil piloto regresaba a desempeñar una nueva co-
misión que le habia confiado el virrei. De la relación del padre Me-
néndez, se deduce que sus relaciones con Moraleda no eran mui
cordiales.
^ Barros Arana, obra citada, p. 5, cap. 17.
22 ESTUDIOS III8TÓHICO-BIBLIOGRÁFICOS
esploró en su embarcación, o por medio de escursiones em-
prendidas a pié, los campos circunvecinos i los rios que sa-
len de ese lago, seguramente hasta los lugares a donde ha-
bía llegado el piloto español don Basilio Villarino partien-
do de las costas del Atlántico en su célebre espedicion de
1783, No siéndole posible pasar adelante, por la dificultad
de atravesar el rio Limai, el padre iMenéndcz dio la vuelta,
i regresaba a Nahuelguapi el 13 de marzo. Navegando en
este lago le fué forzoso recalar, por causa de un temporal,
en un puerto de la orilla del norte, donde encontró "el sitio
en que antiguamente estuvo la misión", reconociendo los
vestijtos de la capilla i los restos de la casa que habitaron
los jesiiitas. El padre Menéndez creia que este lugar era muí
aparente para fundar una nueva misión en que pudiera
"formarse escala para el descubrimiento de las naciones
del sur". Pero aunque los indios, con su natural volubili-
dad, pedian la fundación de ese establecimiento, el padre
Menéndez se resolvió a regresrir a Chiloé, limitándose a
cambiar regalos con aquellos bárbaros, de quienes recibió
algunas mantas hechas de pieles de guanaco. En su vuelta
no tuvo que esperimentar ningún contratiempo, i el 4 de
abril llegaba felizmente a San Carlos ^.
Ahora, como lo habia hecho en los años anteriores, el
padre Menéndez se trasladó inmediatamente al Perú a dar
cuenta al virrei de su última esploracion, i a solicitar los
auxilios para un nuevo viaje en que se proponia fundar un
establecimiento en Nahuelguapi. El 8 de noviembre de 1793
estaba de vuelta en Chiloé con los socorros que consideraba
indispensables i con una orden espresa para que el gober-
nador del archipiélago secundara sus proyectos.
"> Debemos a! doctor don Francisco Fonck el conocimiento del
diario del tercer viaje del padre Menéndez. El señor F'onck nos ha
suministrado muchas noticias jeográficas acerca de esa rejion, que
él mismo ha esplorado, i que sirven para comparar los itinerarios
de aquel misionero con las de los esploradores modernos. Sin em-
bargo no nos es posible entrar aquí en mas amplios pormenores
que los que asentamos en el testo.
r
VIAJES DEL PADRE MENÉNDEZ 23
Esfta cuarta espedicion, que debia ser la última que por
entonces se emprendiese a aquellas rejiones, fué preparada
con todo empeño. Equipáronse tres piraguas tripuladas
por sesenta milicianos i cuatro soldados veteranos, i pro-
vistos de los víverf s necesarios, salieron del puerto de San
Carlos el 8 de enero de 1794. El padre Mcnéndez iba acom-
pañado por el padre Valle i el capitán de milicias don Nico-
lás López, que habian tomado parte en las espediciones an-
teriores. La esperiencia adquirida en esos viajes les permi-
• tía allanar muchas de las dificultades que antes habian en-
contrado, i acelerar considerablemente la marcha. Por otra
parte, en diversos puntos del camino encontraban en pié
los ranchos que habian forma lo el año anterior, i las pira-
guas improvisadas que les servian para el paso de los ríos
i de los lagos. Así fué que aunque tuvieron que sufrir en su
marcha repetidos i molestos aguaceros, el 5 de febrero lle-
gaban los espedicionarios sin mayor novedad a las orillas
del lago Nahuelguapi.
En esos mismos dias comenzaron a llegar de los campos
vecinos grupos mas o menos considerables de indios, atrai-
dos, sin duda, por la esperanza de que se les hicieran los mis-
mos regalos. que les habian repartido el año anterior. Refe-
rían sus guerras i los perjuicios que les ocasionaban, i cíisi
todos ellos daban noticia de la existencia de ciertos esta-
blecimientos españoles situados mucho mas lejos, i a los
cuales no se podia llegar sino después de un viaje de meses.
Estas noticias parecían confirmarse por el hecho de que al-
gunos de los indios que las trasmitían haMaban mas o me-
nos corrientemente el castellano, que decian haber apren-
dido en aquellos lugares. Uno de esos indios, llamado Chu-
lilaquin,que llegaba de un largo viaje, se daba por portador
de una carta. Era esta una certificación o pasaporte firma-
do por don Florencio de Jesús Nuñez, teniente del rejimiento
de dragones de Buenos Aires, i comandante del fuerte del
Carmen, fundado hacia poco en la embocadura del rio Ne-
gro. Ese certificado decia que ese indio hab'a vivido mas de
cinco años en las inmediaciones de ese establecimiento, de-
21 ESTUDIOS HISTÓRIC0-BIBLIU0RÁFIC08
mostrando fidelidad e inclinación a los cristianos. El padre
Menéndez, que comenzaba a comprender que no se podia
esperar nada bueno de aquellos bárbaros rapaces i turbu-
lentos, observa en su diario que **el comandante de rio Ne-
gro les daria ese papel por librarse de las majaderias de
tanto haragán."
Los tratos subsiguientes que tuvo con los indios confir-
maron al padre Menéndez en esta convicción. ''Ninguna
esperanza dan de que sean cristianos, escribia con este mo-
tivo; antes el preguntarles sino serán es darles pesadumbre.
Por masque el teniente Núñez diga que son afectos a los
cristianos, no solo no lo son sino enemigos i mui enemigos;
i si en cinco años se mostró Chulilaquin afecto a los cristia-
nos, no era sino por el aguardiente que bebian en aquel es-
tablecimiento i por los regalos (|ue recibían de su mano. 8u
amistad no es sino a la bebida i a que uno les dé cuanto pi-
den, i que sea a ellos solos i no a otro alguno". El padre
Menéndez tenia pensado adelantarse con una parte de sus
compañeros a la rejion del sur en busca de las misteriosas
poblaciones de españoles, en cuya existencia persistia en
creer; pero vista la afluencia de indios i la actitud sospecho-
sa, por no decir hostil, que observaban, creyó que era nece-
sario desistir de esa empresa. En efecto, el 25 de febrero se
despidió de los indios, i dando la vuelta por los caminos
que ya conocia perfectamente, el padre Menéndez i sus com-
pañeros llegaron a San Carlos el 11 de marzo de 1794. '»
Este último viaje, si bien no bastó para desvanecer por
completo las ilusiones de los que aun creian en las fabulo-
sas poblaciones cristianas de ultra cordillera, sirvió a lo
^ El diario del padre Menéndez referente a esta última espedi-
cion está terminado i fechado en San Carlos el 15 de marzo de
1794. Bste relijioso pasó en seguida a Lima a dar cuenta al virrei
del resultado de su viaje, i aun regresó poco después a Chiloé; pe-
ro creemos que no volvió a pensar en el proyecto quimérico de era-
prender nuevas espeíh'ciones a Nahuelguapi para reducir a los in-
dios de esa comarca i llegar hasta las fubuiosas poblaciones de es-
pañoles de que tanto se habia hablado.
VIAJES DEL PADRE MBNÉNDBZ 25
menos para hacer desaparecer la esperanza de reducir a los
indios de aquella rejion por medio de obsequios i de misio-
nes. Aunque parece que se volvió a hablar de nuevos viajes
a aquella rejion, es lo cierto que no acometió empresa algu.
na de este jénero,i que solo sesenta años mas tarde algunos
esploradores, tan atrevidos como intelijentes, renovaron
las espediciones de esa clase, estimulados por un interés pu-
ramente científico.
ESPLORACIONES JEOGRAFIGAS E HIDR0GR4PI C!S
DE
DON JOSÉ DE MOEALEDA 1 MONTERO *
En los últimos años del siglo anterior, el gobierno de Es-
paña dio un vigoroso impulso a los estudios i reconocimien-
tos jeográficos en sus dilatadas posesiones de ultramar.
Buscaba con ello el medio de rebustecer el imperio colonial
i de dar mayores facilidades al comercio; pero tenia ade-
mas un propósito de carácter científico. En las provincias
de América, las relaciones de viajes apócrifos i una incli-
nación irresistible a creer en la existencia de paises maravi-
llosos habían forjado un gran número de quimeras jeográ-
ficas a que la tradición popular daba formas de hechos in-
negables. Bl espíritu de investigación crítica i razonada
que comenzaba a penetrar en España, quiso resolver estos
diversos problemas, i de allí nació el envió de varias comi-
siones esploradoras a distintos lugares, la preparación de
* Publicada como Introducción a las Esploraciones de Mora-
leda (Santiago. 1888), dadas a luz entre los Documentos para
la Historia de la náutica en Chile, \ según las copias que don Fran-
cisco Vidal Gormaz sacó en 1885 del orijinal existente en el Depó-
sito Hidrográfico de Madrid. Este Diario de navegación 1786,
17,87 i 1788 i 1792 a 1793 se insertó en el Anuario Hidrográfi-
co de la Marina de Chile. (Santiago, 1888).
Nota del compilador.
28 ESTUDIOS HI8TÓRIC0-BIBL1O0HAFIC08
viajes científicos delargo aliento, i la recolección de un gran
número de estudios, de memorias i de niapns, que si bien no
vieron todos la luz pública, dejaban pcrc¡l)¡r un esfuerzo
intelijente i bien encaminado.
Entre los mas animosos i espertos esplor.idores de esos
días merece ocupar un lugar preferente el autor de los dia-
rios de navegación que por primera vez se publican en el
presente volumen. Don José Manuel de Moraleda i Monte-
ro, este era A nombre de ese esplorador, fué un hombre de
indisputable mérito, perfectamente probado por la estén -
sion de sus conocimientos, por una rara sagacidad i por
una constancia infatigable para el trabajo. A él se deben
estudios tan estensos como prolijos sobre la hidrografía de
algunas partes de América i en especial de Chile; i esos es-
tudios que habrian debido darle un puesto distinguido en-
tre los marinos españoles que se ocupaban en tareas aná-
logas, quedaron sepultados en las oficinas admmistrati-
vas, i no le merecieron los honores i distinciones a que era
justamente acreedor.
Aunque el nombre de Moraleda se encuentra menciona-
do en muchos documentos de la época, no hallamos en
ninguna parte noticias referentes a su vida. El capitán de
fragata de la real armada don Felipe Bauza, que estuvo
en Chile en la espedicion de Malaspina, i que levantó un
importante mapa jeográfico de una porción de nuestro
suelo, leia el 24 de julio de 1807 ante la .Academia de la
Historia de Madrid un discurso "sobre el estado de la jeo-
grafía de la América Meridional", i allí pasaba en revista
las esploraciones practicadas en los veinte años anterio-
res; pero no recuerda una sola vez los trabajos de Morale-
da. Don Martin Fernández de Navarrete, el célebre colec-
cionador de documentos para la historia de las esplora-
ciones jeográficas hechas por los españoles, compuso, en-
tre otras obras de grande erudición, una Biblioteca marí-
tima española, diccionario biográfico de todos los españo-
les que escribieron algo sobre navegación i sobre las otras
materias que se relacionan con ella. En ese repertorio bio-
BSPLORACIONES DB MORALBDA 29
gráfico, en que se han reunido noticias aun de esplorado-
res o de escritores de la mas escasa importancia, falta Mo-
raleda, cuyos trabajos habrian debido ser recordados como
un título de orgullo de la marina española. Así, pues, las
pocas noticias que acerca de su vida hemos podido reunir
son las que hemos recojido en el estudio paciente de sus
escritos, en donde, desgraciadamente, no abundan las indi-
caciones de carácter biográfico.
Don José Manuel de Moraleda i Montero, nació en Es-
paña, probablemente en la provincia de Andalucía, por
los años de 1752. Después de haber hecho sus estrdios
primarios, se incorporó como alumno en la escuela de pi-
lotos de Cádiz, el mejor montado de los tres estableci-
mientos de esta clase que sostenia el rei de España. Allí
se enseñaba la navegación i ei dibujo; pero esos estud'os
eran mas o menos amplios, según el rango a que se desti-
naba al alumno. En efecto, de cada una de esas escuelas
salian pilotos de primera clase, pilotos de segunda clase,
pilotines o ayudantes, i por último, pilotos prácticos de
costas i de puertos. Los primeros eran los que hacían es-
tudios mas completos, debiendo cursar, ademas de los
ramos prácticos, las matemáticas, la astronomía, las no-
ciones de jeodesia i el levantamiento i dibujo de planos.
Moraleda adquirió allí estos conocimientos, i en 1772 sa-
lió de la escuela con el título de piloto primero de la real
armada
Ese mismo año se embarcó en la fragata de 40 cañones
Nuestra Señora de Monserrat, que formaba parte de una
escuadrilla destinada al Pacífico. Con ella salió de Cádiz
el 19 de noviembre de ese año, llegaba a la bahía de
Concepción, en el reino de Chile, cinco meses mas tarde, el
27 de abril de 1773, i continuando su viaje el 6 de junio
siguiente, entraba el 26 del mismo mes al puerto del-Ca-
llao, que era el lugar de su destino. Durante este viaje de-
mostró Moraleda las dotes que debían hacer de él un
ínjeniero hidrógrafo. Llevaba un diario escrito con todo
irimor, e iltístrado con viñetas dibujadas con pluma o
30 RstiTDios histórico-biblioorAkicos
pintadas a la acuarela, en que anotaba prolijamente todos
los accidentes de la navegación, la altura a que se alcan-
zaba cada dia, las ocurrencias rneteorolójicas, la configu-
ración de las costas a que se acercaba, i todo cuanto po—
dia interesar a un buen piloto. Durante su permanencia en
el Callao, se contrajo a recojer noticias acerca de los viaje»
i esploraciones que poco antes liabian hecho diversos ma-
rinos españoles íi las islas mas vecinas de la Oceanía, i
apuntaba prolijamente los datos que podia procurarse,,
formando así una especie de descripción jeográfica de una
parte de esos archipiélag )s, acerca de los cuales no se ha-
llaba información alguna en los libros (jue corrian impre-
sos. Moraleda hizo ademas dos viajes a Guayaquil i a las
costas del norte del Pera en desempeño de las comisiones
de su cargo, i recojió en su diario todas las noticias refe-
rentes a esos viajíís. La biblioteca de la Oíicina Hidro-
gráfica de Santiago conserva entre sus libros mas preciosos
el manuscrito autógrafo, con sus viñetas i dibujos, per-
fectamente conservado, de los diarios de navegación del
piloto Moraleda, desde su salida de Cádiz en 1772 hasta
el término de su segundo viaje a (^uayaquil, en noviembre
de 1779. Solo por referencias sabemos que después de estas
espediciones, Moraleda hizo un viaje a Filipinas, i que, con
motivo de la guerra declarada por Carlos 111 a la Gran
Bretaña en 1780, sirvió algún tiempo en los buques espa-
ñoles que fueron enviados a las costas del sur de Chile
para defenderlas contra cualquiera agresión de parte de
los ingleses.
A principios de 1786, Moraleda se preparaba para re-
gresar a España en un navio que mandaba el brigadier
don Antonio Yácaro, cuando se supo que el rei había
nombrado gobernador de Chiloé al teniente-coronel don
Francisco Hurtado, dándole el encargo "de reconocer las
islas de la comprensión del archipiélago (jue fueran posi-
bles, i levantar mapas jenerales de ellas con esplicacion
de sus bahías, puertos i demás circunstancias que son pre-
cisas para formar el pleno conocimiento que interesa a los
ESPLORACIONES DE MORALEDA 31
tnas importantes objetos del servicio de S. M." Por pro-
visión de 13 de marzo de ese año el virrei del Perú, don
Teodoro de Croix, confió a Moraleda la comisión de ayu-
dar a Hurtado en este difícil i prolijo trabajo.
Le fué necesario, sin embargo, demorarse mas de ocho
■vieses entre Lima i el Callao, seguramente por la resisten-
cia que los capitanes de los buques que traficaban en esta
costa opinión a navegar en la latitudes de Chiloé durante
los meses de invierno. Al fin, el 4 de noviembre se embarcó
Moraleda en un buque mercante que también conducia al
gobernador Hurtado, i el 17 de diciembre desembarcaba
^n San Carlos de Ancud, para dar principio a sus trabajos
Hizo preparar una piragua grande, de unas catorce varas
de largo, i otra de menor porte, embarcó en ellas sus ins-
trumentos i los víveres que le eran necesarios, i acompaña-
' por algunos hombres prácticos en la navegación de los
c ales, salió Moraleda de San Carlos el 3 de enero de 1787
con rumbo al oeste, para circunnavegar toda la isla gran-
de. Esta operación lo ocupó cerca de cuatro meses. El
dilijente piloto lo observaba todo, la configuración de las
costas, las condiciones náuticas de los canales, la amplitud
de las mareas, las ventajas e inconvenientes de cada puer-
to i de los terrenos vecinos, señalando los que eran útiles o
inútiles para el cultivó.
Después de desempeñar esta comisión con todo el esmero
posible, Moraleda llegaba a San Carlos el 27 de abril i em-
j ; jíidia, durante elinvierno,la segunda parte de su trabajo,
es decir, la coordinación de los datos recojidos i el dibujo
de los níapas i planos, desempeñando a la vez otras comisio-
nes que le confió el gobernador del archipiélago para reunir
noticias jeográficas i estadísticas. Al fin, cuando hubo ter-
minado estas labores de gabinete, el gobernador Hurtado,
con fecha 11 de febrero de 1788, le encargó que en ura nueva
espedicion esplorase los partidos de Calbuco i de Carelma-
pu i toda la costa continental que circunda el archipiélago.
Estos reconocimientos lo ocuparon desde el 20 de febrero
hast¿ el 16 de abril siguiente, dia en que llegaba otra vez
32 ESTUDIOS HISTÓRICO BIBLIOGRÁFICOS
al puerto de San Carlos. En estas dos esploraciones, Mo.
raleda habia reconocido con la mas esmerada prolijidad
toda la rejion que media entre el rio Maullin por el norte
i el rio Palena por el sur, levantando la carta de todas la>
islas, canales i costas comprendidas dentro de esos términos,
i una serie de planos especiales de los puertos i caletas de
alguna importancia. Un año entero tardó en terminar es-
tos trabajos de gabinete. Escribió, ademas, un derrotero
para la navegación del archipiélago deChiloé i una noticia
jeográfica de esa provincia, abundante en datos sobre su
estado social e industrial. Moraleda, que era a la vez que
nn injeniero intelijente un hábil dibujante, sacó dos copias
de esos pl inos, de sus diarios i de las memorias que recor-
damos, presentó una al coronel don Francisco Garoz, que
habia reemplazado a Hurtado en el gobierno de Chiloé i
destinó la otra al virrei del PerCí que le habia confiado esa
comisión ' .
Los trabajos hidrográficos de Moraleda son sic disputa
*• Moraleda escribió tatnbieti una relación de los Acaecimientos
de alguna nota que han ocurrido en Chilo6 desde el 16 de julio de
1788 en adelante (hasta abril de 1790). Cuenta allí, etitre otros
sucesos, el naufrajio en los bajos de Guapacho de la fragata Nues-
tra Señora de Balbancra, ocurrido el 23 de diciembre de 1788, en que
llegaba a Ch¡l«>é el gobernador interino don Francisco Garoz, con
el real situado, los tabacos del rei i muchas mercaderías, sucesos
que también han sirio contados por el virrei don Teodoro de Croix
en las pajinas 82 i 29(> de la relación de su gobierno. Garoz, según
contamos en otra parte, iba a reemplazar al gobernador Hurta-
do, que habia sido destituido por el virrei. La entrega del mando,
que dio oríjen a incidentes desdorosos para Hurtado, se verificó el
2 de enero de 1789. Moraleda fue encargado por el nuevo gober-
nador de recibirse del archivo de la provincia, visitó con éste las
fortificaciones i desempeñó otros encargos en las islas i en el con-
tinente vecino, interesándose sobre todo en la apertura del camino
entre Valdivia i Chiloé.
El 5-<k fttbcero de 1790, cuando llegó al archipiélago la espedi-
cion científica española que venía dirijida por don Alejandro Ma-
laspina, don José de Moraleda pasó a bordo de los buques españo-
les a saludar a los viajeros, i durante la residencia de éstos en el
ESPLORACIONR3S DB MORALBDA 33
los mas serios i los mejor estudiados de que se hizo objeto
al territorio chileno bajo la dominación española; i a pesar
de los progresos de la jeografía i de la importancia de las
esploraciones subsiguientes, hoi mismo conservan su valor
i pueden considerarse la descripción mas completa del ar-
chipiélago de Chiloé. De regreso al Perú, en junio de 1790,
Moralcda, favorablemente acojiio por el nuevo virrei Jil i
puerto de San TáHos de Ancud les prestó útiles servicios, facilitán-
doles, se^un órdenes que hHl)¡a recibido del virrei del I'erú, los ma-
pas i diarios que habia tral).ijado, i suministrándoles cuantas no-
ticias jeográficas i estaiiísticas podían interesarles. Uno de los
compañeros de Malaspina, el tenien te Viana, se espresa acerca de
Moraleda en los términos que sioruen :
*'Bste individuo ha hecho grandes servicios a la monarquía i a
la humanidad misma, trabajando con una constancia e inielijen-
cia poco comunes en los pl nos de los puertos i la mas exacta si-
tuación astronómica de toda la costa, adoptadas las lonjitudes
del padre Feuillée i de M Frcxer, i observadas por sí las latitudes
con regulares instrumentos. Ultimatn ente, destinado al reconoci-
miento de esta isla (Chiloé), solo i C(m una {)iragua mala i muí
mal equipada, 1^ habia, no obstante, concluido parte por tierra i
parte por mar, de suerte que poilia considerarse realmente perfec-
cionado este trozo de costa, inclusa la isla de Guafo.»
La re-f ñ i jeográfija escrita nor Moraleda se titida Breve des-
cripc on de la provncia de Chiloé. su población, carácter de sus
habitintcs producciones i com^rci ). Bila ha servido de base a las
observaciones escritas por los com > iñeros de Vlala<:pina acerca de
este punto, i publicadas conij apé liice a la relación del viaje de
éstos.
Los mapas levantados por Moraleda i entregados por éste al
gobernador de Chiloé eran los sii^ lientes, según inventariíj: "Una
carta hidrográrica reducida, que c intiene la costa de tierra firme,
comprendida entre los esteros Maullin i Palena, con inclusión de
la isla grande i todas sus inmídiacas. — Otra idem comprensiva de
inedia isla gran le de Chiloé cjn el camino de ( 'ayuncunghen, que
conduce desde San Carlos a «'astro. —Otra idem que contiene la
costa intermedia entre este puerto i el rio Bueno, en que se incluye
el terreno de la antigua ciudad de 0-;orno i «lireccion del camino o
picado de monte que el año p isado de 1787 hicieron los comisio
nados para esplorar la situación de dich i ciudad arruinada —Los
planos particulares números 1 hasta 14, que son los puertos de
TOMO X 3
34 ESTUDIOS HlSTÓRICO-IJIBI.KXíKÁFICOS
Lemos, fué útil todavía a los marine s españoles de la espe-
dicion de Malaspina, a quienes suministró amplias noticias
sobre todas las costas i puertos que liabia esplorado du-
rante sus viajes f^n estos mares.
Bl rei, informado de los trabnjos ejecutados por Morale-
da, había dispuesto, por real orden de 25 de diciembre de
1790, que se adelantaran los rcconocimient<JS de los cana-
Snn Carlos, Ciíacao, Linao, Hnito, Castro, con los canalts que
conducen a él por las partes norte i sur <le la isla <le i^emui; el este-
ro de Khuac; las bahías de Terao, Oueilen, Conipu, Huildad, Cai-
lin, Yaiad, la laguna de Cucao i el puerto de Calbuco". Junto con
estos mapas, entregó Moraleja al gobernador de Chiloc una co
pia esmeradamente hecha de su diario i ('e las otras memorias que
había preparado en desempeño de su comisiot'.
Hn 1788, Moraleda formó también un plano del |)uerto de Val-
divia, rectificando los que entonces existian. Este plano fué graba-
do en España al mismo tiempo que otro de la bahía de Ancud, que
aunque aparece levantado por los compañeros de Malasj)¡na, pro-
bablemente está fundado sobre los trabajos de Moraleda,
Cuando Moraleda hubo concluido estos trabajos, salió para el
Perú el 18 de abril de 1790, embarcado en la fragata Carmen] se
detuvo fti V;íijjaraiso del 2 al 17 de mayo, i llegó al Callao el 3 de
junio. Pocos dias después entregaba al nuevo virrei del Perú, frai
don Francis'.'o de Jil i Lemos, que acababa de tomar el gobierno
de e-ite país, la copia de sus diarios í de sus planos. Malaspma, a
su paso por Lima, hizo sacar copia completa de todos esos docu-
mentos.
Los diarios i mapas que Moraleda dejó en Chíloé quedaron en
la gobernación de la provincia hasta el año 1826. El jeneral don
Ramón Freiré, después de la ocupación del archipiélago por las ar-
mas de la República, trajo a Santiago el manuscrito de Moraleda.
Formaba dos volúmenes escritos con el mayor esmero i adornados
con vistas i viñetas dibtijadas a la pluma. De esos manuscritos,
que según creemos ya no se conservan completos, se sacó la copia
que existe en la Biblioteca Nacicmal de esta ciudad. La Oficina H¡-
drográHca posee otra copia tomada en España de los manuscritos
que envió el virrei del Perú, i esta copia es la que ha servido para
la presente impresión. ívl jeneral don José Santiago Aldunate, que
fué el primer intendente de Chiloé bajo el réjimen de la Kepúblíca,
rec< jió los mapas i los trajo a la capital. Gracias a su cuidado in-
telijente, el primero de ellos fué publicado por medio de la litogra-
ESPI.OR ACIONES DE MOKA LEDA 35
les i archipiélagos situados mas al sur de Chiloé. Antes que
el virrei del Perú, en cumplimiento de esta resolución, hu-
biera tomado medida alguna sobre el particular, el presi-
dente de Chile habia encargado a una fragata de guerra
llamada Santa Bárbaray mandada por Nicolás Lobato i
Cuenca, que pasase a las costas del sur a observar las ope-
raciones de los buques inglesesque entraban al l*;ivífio<) con
el pretesto de hacer la pesca de la ballena, \ t'síi íV;igíiLa ha-
bía recojido algunas noticias mas o nicn..»« v liosas sobre
la jeografía de esa rejion '^. Por fin, con ÍkcUh Ir 29 de agos-
to de 1792, el virrei Jil i Lenios encargih ( » r> . io pilo-
to Moraleda que sin tardanza hiciera ioí^ .M los indis-
ptnsables i se tras'adara a Chiloé a contM.uar la esplora-
cion de los archipiélagos del sur.
''Habilitado de las dos piraguas i ácm:. ; útiles necesa-
rios a la espedicion, decían las instrucciones qiu' / trrei
dio a Moraleda, saldrá del puerto de San Cárk, > r la
parte oriental de la isla grande se dirijirá a la rvade
fía en 1845; i ahora ha sido litogríifiado de nuevo péira acompa-
ñar en este libro la edición de los derroteros formados por M ora-
hóa. Creemos que los otros mapas se han estraviado i quizá des-
truido.
2 Las operaciones de la fragata Santa BArbara están consig-
nadas, entre otros documentos, en tres reales órdenes que convie-
ne recordar. Por una de 11 de agosto de 1792, el rei aprueba el
envío de esa fragata i las instrucciones dada< a su comandante por
el capitán jeneral de Chile. Por otra del 10 de uciubre f^-^^ -v'^mo
año comunica estar al corriente de la vut-itn 'i- ' , ¡.¡.¿t iríi-
gata i de les rt conocimientos que ha hecho ea ' ••- '-^ >l¿is del sur, i
pide se le envíen los planos levantados i los (bn . ac navegación.
Por último, por real orden de 30 de enero de 1 fL^o, comunica lia-
ber recibido la carta esférica, mapas, planos. \ ti,' tíos del viaje de
los oficiales de esa fragata desde Cíiil jc h istri í ¡cli.í !> Inchin, entre
45 i 46 grados i recomienda (pie <-e adelante la csploracion Nunca
hemos visto estos mapas ni tenemos notici ». n - rí;nplias de
aquella esploracion ni del jefe de ella don NL- >! is L oijito i Cuen-
ca, cuyos tral)aios fueron oscurecidos pcir ios dr» '.rali' la, qie
pasamos a referir. Navarrete no mencioua tampoco Lobato í
Cuenta en su Biblioteca Aíarítimn Española.
36 ESTUDIOS HLSTÓRICO-BIBLIOGUÁFICOS
Aisen, en la costa firme frente a las islas Gaaiteca?, i entran-
do por ella examinará con la mayor prolijidad la estension
que tiene el canal, estero o rio, circunstancia de su terreno
vecino i cuanto conduzca a dar una idea exacta del paraje",
Debia, ademas, adelantar la esploracion de las costas, ca-
nales e islas de mas al sur, levantarlos planos i formar des-
cripciones cabales de cuanto observase. "Si en la esplora-
cion de los canales i esteros, decia el virrei mas adelante,
hallase que alguno de ellos presta paso al océano Atlántico
meridional, ya sea desembocando en el golfo de San Jorje,
cuya estension no está aun determinada, o en cualquiera
otro punto de la costa oriental patagónica, retrocederá
por una derrota opuesta a la que haya llevado, dirijiéndose
inmediatamente a esta capital, obsc^rvanJo inviolablemen-
te lo prevenido respecto a la reserva con que debe guardar
el resultado de sus esploraciones".
En cumplimiento de este encargo, Moraleda salió del
Callao el 20 de setiembre, provisto délos artículos que
eran mas necesarios para desemp.-ñar esteencarg >. Uii mes
mas tarde, el 17 de octubre, Ileg.iba al puerto de San Car-
los.
Gobernaba la provincia de C'iiloé desde los primeros dias
de 1791 don Pedro de Can iveral. militar activo pero vo-
luntarioso, que unia al Lículo de brigadier (leli)s reales ejér-
citos el de capitán de navio. A pesar de la filta de elemen-
tí)S navales que allí se padecía, i de haber caido enfermo
Moraleda al iniciarse esto^ trabajos, se logró preparar dos
piraguas grandes, equipadas en f )rm'i de goletas, i tripu-
lada ca la una de ellas por trece m irineros, p >r unos cuan-
tos soldados i por los prácticos que fué posible procurarse.
Moraleda tomó personalmente el minio de una deesas
goletillas, confió la otra a don José de Torres, pilotín de la
real armada, i el 21 de enero de 1793 se hicieron a la vela
con rumbo al sur.
Esta esploracion lo ocupó hasta el 2 de mayo siguiente,
dia en que Moraleda estaba de vuelta en el puerto de San
Carlos. Los esploradores no hablan llegado mas que hasra
ESPL0RACI0NE8 DR MORALEÜA 37
el rio Aisen, cuya embocadura i cuyo curso habían estu-
diado con bastante prolijidad; pero habían reconocido tam-
bién una gran parte del archipiélago de Chonos, recojiendo
datos jeográficos preciosos. Moraleda creía que el recono-
cimiento cabal i completo de esos numerosos grupos de is-
las habría ocupado durante tres años a lo menos a varios
hombres competentes i esperimentados; pero él ])udo
echar los cimientos de ese trabajo, levantando una carta
de base científica, a pesar de las contrariedades de todo or-
den que dificultaron su esploracion. Durante el viaje fué
molestado incesantemente por lluvias mas o menos pro-
longadas, pero siempre incómodas, i no tuvo jamas un día
entero de buen tiempo, por cuya razón no le era posible
fijar siempre con seguridad la latitud del lugar. Una de las
piraguas comenzó a hacer agua en abundancia, i fué nece-
sario sacarla a tierra para ejecutar serías reparaciones.
Los indios que le servían de prácticos, recelosos i embuste-
ros, le suministraban informes fals s de tal suerte que Mo-
raleda no se atrevía a dar un solo paso sin examen previo
de los lugares a que se acercaba con sus piraguas. A pesar
de todo, pudo recojer en sus diarios i en sus mapas un va-
lioso conjunto de datos jeográficos, observados con discer-
nimiento i espuestos con claridad ^.
En el verano siguiente, Moraleda se dispuso a continuar
el reconocimiento de los archipiélagos i canales del sur de
Chiloé. En esta provincia se hablaba entonces, como de un
hecho incuestionable, de la existencia de las fabulosas ciu-
dades que se suponían pobladas por españoles al otro lado
de las cordilleras. Algunos vecino de Chiloé se ofrecían a
acompañar a los esploradores con la esperanza de llegar a
esas poblaciones. El mismo gobernador del archipiélago se
habia dejado engañar por esas ilusiones, i al disponer la
nueva espedicíon de Moraleda, le encargó que tratase de
3. El diario ríe esta esploracion de Moraleda fué terminado en
San Carlos el 10 de mayo de 17'J3, i de él sacó cuatro copias com-
pletas, a las cuales agregó una relación sumaria de los sucesos
ocurridos en el archipiélago hasta febrero de 1794.
38 ESTUDIOS HISTÓRICO BIBLIOGRÁFICOS
ponerse en comunicación con esas ciudades, para cuyos ha-
bitantes le entregó un pliego, cuyo sobrescrito tenia estas
palabras: "Por el rei. A los señores españoles establecidos
al sur de la laguna de Nahuelguapi. — Del gobernador de
Castro, Calbuco i pro\{lncta de Chiloé". E! 11 de febrero le
1794, salia Moraledadel puerto de San Carlos de Ancud en
desempeño de aquella comisión.
En este nuevo viaje, el hábil piloto continuó sus estu lios
de la costa i de las islas del sur, sin pasar, sin embargo,
mas adelante de la latitud de 44? grados, i contrayéndose
sobre todo al reconocimiento del rio Palena. Sus observa-
ciones, como las que habia hecho anteriormente, dejan ver
un espíritu perfectamente preparado para este jéiiero de
trabajos, i conocimientos nada comunes en las ciencias que
se relacionan con la hidrografía. La seguridad de su crite-
rio jeográfico se refl<ja también en las juiciosas reflexiones
que hace en su diario para combatir las opiniones de los
que aun creian en la existencia de las misteriosas ciudades
del sur.
"Presumo, decia después de hab:ír examinado esta cues-
tión, que tienen que saltar los terribles barrancos que pre-
senta la historia de estos últimos si'^los los que hablen de
establecimientos de tales circunstancias i mucho mas los
que lo aseveran i creen; pues ciertamente en cuanto vo he
leido sobre el asunto, que es todo el espediente que se ha
ha formado sobre esas relaciones, i otros papeluchos, nada
me ha [)arecid() hallar que pudiera mover nsenso alguno a
tales noticias, mucho menos a formarespediciones al inten-
to, ademas de que los mismos indios que sueltan semejan-
tes especies con el aire misterioso que les es jenial i con su
común artificio, i los españoles que las promueven, todos
lucran en tales espediciones i las utilizan a proporción de
su estado i miras particulares".
Moraleda, al regresar al puerto de San Carlos el 18 de
mayo de 1794, dio, puede decirse así, con sus juiciosas ob-
servaci(mes, el golpe definitivo a aquella antigua creencia
que durante siglos habia preocupado a tantas jentes. Las
ESPLORACIONtóS DB MOIlALF.I>A 3'.>
noticias que recojló acerca del clima i de las demás condi-
ciones de aquellos archipiélagos sirvieron para acabar de
desanimar a los que poco antes hahian pensado en ocupar
algunos puntos de las costas del sur para fundar, nuevas
colonias. El virrei del Perú, reproduciendo los informes de
Moraleda, aseguraba al rei que fuera de unas cuantas islas,
las demás no eran susceptibles de ningún cultivo, ni produ-
cirían los artículos mas necesarios para la vida.
Moraleda permaneció dos años mas en Chiloé. Ocu])6
este tiempo en arreglar sus fulanos i relaciones, i empren-
dió ademas un nuevo reconocimiento. Saliendo de San Car-
los el 13 de febrero de 1795, esploró el golfo i el estero de
Reloncaví, i remontando este último, se internó en las tie-
rras continentales h?ista el lago Todos Santos, i continuó
en seguida el estudio atento i prolijo de las costas de la
parte del continente (jue circunda por el norte i por el este
al archipiélago de Chiloé. Este estudio, que lo ocupó hasta
el 2 de abril, le sirvió para perfeccionar sus mapas anterio-
res, i lo fortificó en su convicción de que no existian las ciu-
dades españolas que habian causado tantas preocupa-
ciones 4.
Esta serie de trabajos, que ahora ven la luz pública por
4 . Los diarios relativos a las dos últimas esploraciones de Mo-
raleda están terminados i fechados en San Carlos el 27 de mayo
de 1794 i el 2 de mayo de 1795, i completados con la relación de
los principales sucesos ocurridos en la provincia hasta abril de
1796, época en que el autor regresó al Perú. En esos diarios, de un
alto valor jeográfico, Moraleda habla en diversa ocasiones de las
fabulosas tradiciones en que se apoyaba la ilusión en la existencia
de las misteriosas ciudades del sur, i las desvanece una en pos de
otras. Fué sin duda el mas juicioso i competente impugnador de
aíjuella creencia vulgar que habia resistido durante mas de dos
siglos contra la luz de la razón i de la esperiencia recojida en cada
esfuerzo que se hizo para llegar a aquellos lugares.
Los diarios de Moraleda referentes a estas' últimas esploracio-
nes eran desconocidos en Chile. El capitán de navio don PVancisco
Vidal Gormaz, director de la Oficina Hidrográfica de Santiago, to-
mó en Madrid las coj)ias que posee este establecimiento i que sir-
ven para la presente edición.
40 ESTUDIOS HISTÓRIOO-BIBLIOGKÁF'ICOS
primera vez, colocan a Moraleda en el rango de los mas
distinguidos esploradores españoles de su época, i habrian
debido darle un alto nombre si la política receíosa de la
metrópoli no se hubiera obstinado en mantener ocultas
las d:^scripciones de los paises que podían despertar la co-
dicia de los estranjeros i que no era fácil defender. En abril
de 1796, cuando Moraleda regresaba al Perú, después de
haber desempeñado en Cliiloé todas aquellas comisiones,
sus servicios, si l)ien recomendados por el virrei, no le me-
recieron las recompensas a que era justamente acreedor.
Moraleda no alcanzó sino el título de alférez de la real ar-
mada, sobre el de piloto [)rimero con que habla salido de
la escuela de Cádiz en 1771.
Después de mas de veinticuatro años de residencia en
América, obtuvo en 1797 permiso para regresar a España,
donde pensaba quizá pasar el resto de sus dias. Sin em-
bargo, la corte hal)ia resuelto liacer nuevos reconocimien-
tos en el litoral de sus colonias: i en 1801 ordenó a Mo-
raleda volver al Perú junto con otros ortciales de marina
encargados de rectificar las cartas jeográíicMS de estas cos-
tas de América. Debían éstos ejecutar aquellos estudios
bajo líi dirección del brigarlier de la real armada don To-
mas ligarte i Llano, (jue fué el jjrimer comandante del
apostaderí) de la marina del puerto del Callao. Moraleda
se ocupo en los trabajos hidrográficos que se mandaron
hacer en el golfo de Panamá i en las costas vecinas; sirvió
el cargo de director de la escuela náutica del virreinato, i
revisó algunos mapas de diversas provincias.
Son mui escasas i deficientes las noticias que hemos po-
dido procurarnos acerca de estos últimos servicios del
célebre esplorador. Sabemos sí que en 1810, cuando con-
taba cerca de setenta años de edad, i cuando estaba con-
sagrado todavía a la enseñanza de pilotos, falleció don
José de Moraleda en el puerto del Callao, en una posición
modesta, sin dejar bienes de fortuna i ni siquiera el nombre
a que lo hacian justamente merecedor los importantes tra-
bajos que la Oficina Hidrográfica de Santiago ha querido
salvar de un justo olvido.
RIQUEZAS
De los antiguos jesuítas de Chile
FIQÜEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS DE CHILE
Se cree jeneralmente entre nosotros que por haberse de-
dicado tres o cuatro escritores a estudiar ciertos puntos de
la historia nacional, h)s anales de Chile son bastante co-
nocidos, i casi es inútil engolfarse en nuevas i mas prolijas
investigaciones. Es cierto que fuera de Méjico, ninguno de
los pueblos hispano-americanos posee una tiistoria mejor
investigada que la de Chile; pero es preciso convenir en
* Se publicó en Xs. Revista (Je Santiago (1872), pájs. 713, § 3,
923, 988. Al reimprimirse en folleto preparado en ese mismo año,
el editor, que lo fué don Gaspar Toro, ponia al frente de este folleto
la siguiente Advertencia:
«Bl vivo interés con que el público ilustrado de esta capital ha
leido la serie de artículos que, sobre el establecimiento i posterior
desarrollo de los jesuitas en nuestro suelo, ha publicado don Die-
go Barros Arana en la Revista de Santiago, i la jeneral acepta-
ción que ha encontrado en las provincias, donde ha sido reprodu-
cida por un gran número de periódicos, nos han movido a solici-
tar de su autor el permiso de esta reimpresión. No solo lo ha otor-
gado, el señor Barros Arana sino que ha querido todavía rever
los artículos publicados, completarlos con nuevos datos i obser-
vaciones i dar al todo cierto método i unidad.
«Un doble fin llevamos en mira.
«Es el primero, presentar a los hombres de estudio, reunidas en
44 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
muí interesantes, i mas aun, para dar cuerpo i unidad a
todos los sucesos i períodos históricos que han sido regu-
larmente estudiados.
En nuestra historia colonial, sobre todo, i a pesar de
algunos trabajos de un mérito indisputable, nos ñilta mu-
cho que esplorar i que descubrir. La historia de los con-
ventos i de las órdenes relijiosas, la influencia que ellos
ejercieron sobre la sociabilidad chilena, su intervención en
los asuntos políticos i administrativos, son puntos acerca
de los cuales solo tenemos uno que otro pormenor, que no
basta por cierto para prí)yectar la menor luz sobre el cua-
dro jeneral de nuestro pasado.
Entre esas órdenes relijiosas fué la de los jesuitas la que
tuvo mas importancia i la que ha dejado mas huellas en la
historia. Ellos ejercieron un gran poder en la administra-
ción de la colonia i en la sociedad entera, dirijieron a los
gobernantes i domin^iron a los gobernados, adquirieron
riquezas que hoi dia nos parecen fabulosas, i dejaron en
las tradiciones populares recuerdos que no pudo borrar
que nos falta mucho todavía para conocer ciertos puntos
un pequeño volumen las investii^-aoiones que aquel distinguido
escritor ha llevado felizmente a cabo sobre un punto de alto inte-
rés histórico: investigaciones prolijas, concienzudas, practicadas
•en las primitivas fuentes, en las antiguas escrituras, en las cróni-
cas manuscritas, en los viejos pergaminos ignorados.
«I es el segundo i primordial, popularizar el conocimiento de
los hechos averiguados i las prácticas lecciones que ellos contienen
para apreciar debidamente a la famosa Compañía.
«Tienen aquellos artículos el indispensable mérito de estar con-
cebidos de tal suerte que hablan a los sentidos de una manera
tanjible i que todo el mundo puede entenderlos i tomar de ellos
provechoso conocimiento, sin esfuerzo mental i sin tener que se-
guir trabajosamente las estériles discusiones abstractas, de que
vive el sofisma engañador.
« Los hechos hablan allí su elocuente lenguaje; hechos incontro-
vertibles, referidos por los mismos cronistas de la Compañía con
gran naturalidad i sencillez, i que escusan todo comentario».
Nota del compilador.
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 45
la cédula de Carlos III que espulsó a lo» jesuítas de sus
Estados.
La historia de los jesuítas en las colonias españolas se-
ria, pues, un trabajo del ma3^or interés. Esa historia po-
dría ser estudiada bajo tres puntos de vista diferentes: 1*^
Su participación en los negocios administrativos, en los
que, como se sabe, tuvieron un gran poder, como sucedió
en Chile; 2^ La influencia que ejercieron sobre el modo
de ser de las colonias españolas, ya sea por la predicación
i el confesionario, ya por las ostentosas ceremonias relijio-
sas que establecieron para atraer al sencillo pueblo, ya por
los prodijios con que, según sus cronistas los favorecía sin
cesar el cielo; i 3° La manera de crear i de incrementar
sus riquezas, que en Chile, como en todos los pueblos ame-
ricanos, fueron tan considerables. Este último punto re-
velaría cuánto pudo su perseverancia maravillosa ayuda-
da por el prestijio sobrehumano de que los jesuítas supie-
ron revestirse ante los devotos pobladores de las colonias
del reí de España.
Sin pretender tratar a fondo esta cuestión, sin aspirar
a escribir la historia financiera de la Compañía de Jesús en
Chile, vamos solo a consignar en estos breves apuntes al-
gunos hechos de que podrán aprovecharse los futuros histD-
ríadores que quieran adelantar la investigación que noso-
tros hemos dejado comenzada.
#§oiei^*W*^l#^#*W*#l*§^#^
S aONI
LAS PROPIEDADFS DE LOS JESUÍTAS EN EL DISTRITO
DE SANTIAGO
1. Arribo de los jesuítas a Sai. •nilagros con que el cielo los
favoreció en su viaje. — II. I'r; t-ra predicación de los jesuí-
tas: los habitantes de Santiago les obsequian una casa para su
residencia. — III. Las primeras donaciones: la Compañía i la
Punta: los capitanes Andrés de Torquemanda i Agustín Brise-
ño: este último es borrado de la lista de los fundadores — IV.
Nuevos benef'ictores don Jerónimo Bravo de Saravía i su hijo.
— V. El capitán García Carreto; donación de Bucalemu— VI.
Los jesuítas hallan otro fundador que dio 40,000 pesos: el
portugués Madureira. — VIL Otros benefactores: el rei el clé-
rigo Fernández de Lotea. — VIH. Donación del capitán Fran-
cisco Fuenzalida: ruidoso pleito a que dio lugar.— IX. Otras
adquisiciones hechas pa* lorio de San Francisco Ja-
vier.— X. Los jesui-.ri ad'íuieren el local en que hoí se levanta
la Moneda.— XI Fi !• i-, ion de un noviciado en Santiago: do-
nación de los hermci i >s F'erreira. — XI I Donación de don José
de Zúñiga, hijo del ii¡ arques de Baídes: dificultades para reco-
jerel dinero de los jesuítas de España.— XIII. Otros benefac-
tores de la casa dvl noviciado: don José de Lazo les da una
hacienda.— Donación de doña Ana de Flores: los jesuítas for-
man el convento d;; oci.! Pablo — XV. Don Antonio Martínez
de Vcrgara lega a los ¡esultas la hacienda de Chacabuco: ad-
quisición de la Calera.
48 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLlOaRÁPlCOS
I
En la madrugada del 12 de abril de 1593 llegaron a la
humilde ciudad de Santiago ocho peregrinos montados en
caballos que parecían fatigados por un largo viaje. Entra-
ron por el camino del norte i se dirijieron al convento de
Santo Domingo, donde les esperaba un hospedaje efectuo-
so i fraternal. Aunque su arribo hubiera pasado casi desa-
percibido, pocas horas mas tarde no se hablaba mas que
de esos viajeros en toda la ciudad. Eran seis padres jesuí-
tas i dos hermanos coadjutores enviados del Perú por or-
den del piadoso reí de España don Felipe II, para que vi-
nieran a Chile a publicar el santo evanjelio i a atraer a
los indios al conocimiento de la fé católija, como decía eti
su real cédula de 13 de junio del año anterior.
Los padres habían querido hacer su entrada en Santiago
a esas horas de la mañana para sustraerse a los honores
de un ostentoso recibimiento, que en otras circunstancias
les habrían preparado los moradores de la ciudad. Pero la
fama los habia precedido con mucha antelación. El padre
Diego de Rosales, jesuíta e historiador de la orden, dice que
muchos años ante de la venida de los padres a este pais.
Dios la habia revelado a algunas personas de conocida vir-
tud, i al efecto, refiere detenidamente cuatro predicciones
que no dejaban lugar a duda. Para que estas profecías fue-
ran mas maravillosas todavía, dos de ellas habían sido he-
chas por españoles i dos por indios. Por otra parte, el viaje
de los ocho misioneros habia sido una serie no interrumpi-
da de milagros portentoíí'os.
Durante la navegación del Callao a Valparaíso, "el co-
mún enemigo (el demonio), dice el padre jesuíta Losano,
rabioso sin duda de ver aquel pequeño ejército que le em-
pezaba a hacer cruda guerra desde el camino, i que en Chile
habia de ser el estrago de su imperio," mudó el viento, per-
turbó los mares í produjo al fin la mas furiosa torme uta
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 4^
que se puede ímajinar. Los padres sacaron una reliquia del
apóstol San Matías, i lanzándola al agua, aplacaron al
instante los vientos, tranquilizaron el mar i establecieron
«na plácida bonanza.
Mas adelante, escasearon de tal suerte los víveres a bor-
do que los navegantes tenian por único alimento algunas
pasas i los pocos fragmentos de galleta que no se habian
comido durante el viaje. Los padres se retiraron a la cáma-
ra, se pusieron en oración; i en el mismo momento, un car-
dumen de peces dorados, huyendo de los tiburones, se
precipitó sobre la embarcación para prenderse en las redes
que les tendian los marineros i servir de alimentos a los
bienaventurados peregrinos.
Habiendo tomado tierra en el puerto de Coquimbo, los
padres jesuitas fueron hospedados en L i Serena en una ca-
sa de que se habían apoilerad ) los espíritus m dignos. To-
das las noches se sentian ruidos estraños: los demonios no
dejaban vivir a los locatarios; i lo que es mis prodijioso,
pretendieron hacersefuertecontrasus nuevos huéspedes, tur-
bándolos durante dos noches con terribles espantos; pero
los padres desarmaron su poder con los conjuros, los ven-
cieron i los obligaron a abandonar la casa de que se habian
posesionado, i
1 Después del arribo miiag''oso de los padres jesuitas, era na-
tural que se repitieran los misinos o análogos prodijios con moti-
vo de la introHüC^'ion de las otras órdenes relijiosas. Así se verificó
dos años mas tarde, en 1595. a la lle^ ida de dos padres agusti-
nos, que, según los cronistas de esta orden, fueron combatidos por
los demonios con sin i^rual tesón hasta (jue, derrotadas éstos mu-
chas veces, tuvieron que ceder el campo a sus fc^lices competidores.
Vivian entonces en Santiago tres hermanos apellidados Rihero,
los capitanes Francisco i Alonso i doña Catalina, señora soltera i
de años, que poseían un hermoso solar a dos cuadras al norte de
la plaza principal. Desde mucho tiempo antes que vinieran los pa-
dres agustinos, se dejab i ver en las salas de la casa un personaje
misterioso con túnica i mangas semejantes a las que usaban los
relijiosos de esta orden. Cuando llegó la noticia de que los padres
TOMO X 4
50 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGUÁFICOS
Los padres jesuítas ademas traían a Chile otro elementa
no menos valioso que su poder para hacer milagros: las re-
liquias de algunos santos. En la navegación habían perdi-
do una del apóstol San Matías; pero les quedaba otra de
mucho precio, la cabeza de una de las once mil vírjenes, re-
liquia insigne, dice el jesuíta Ovalle, que el padre provincial
les había dado en el Perú. Poco importa que en nuestro
tiempo no ha^'-a quien sostenga seriamente que han existi-
do las once mil vírjenes: en el siglo XVI, i en los dominios
del Rei de España, nadie habría dejado de doblar la rodilla
ante una reliquia de esta clase.
Estos antecedentes habrían bastado para que los piado-
sos habitantes de Santiago hubiesen recibido ¿i los padres
jesuítas como el mas inestimable don que pudiera hacerles
el cielo. Pero éstos tenían ademas en su apoyo la protec-
ción mas decidida i la confianza mas ilimitada del poderoso
monarca español. í^or esto fué que a pes?ir de la modestia
con que habían hecho su entrada, "no pudieron escusar,
dice el padre Ovnlle, las honras que la ciudad les hizo yen-
do luego a visitarlos toda ella juntamente con los dos ca-
bildos eclesiástico i seglar i todas las sagradas relijiones."
II.
Santiago era en esa época una ciudad tan pobre como
devota. Su población no pasaba de 1,000 almas, i según
un documento muí curioso, tenía poco mas de 160 casas
bastante humildes; pero poseía los conventos de San Fran-
cisco, Santo Domingo, la Merced, un monasterio fie monjas
i tres ermitas, la de San Lázaro, la de Sfm Saturnino i la
de Nuestra Señora de Guia.
estaban en camino para Chile, el misterio desapareció; porque San
Agustín en persona se presentó en el corral de la casa, mientras
una gran bandada de cuervos, aves que, como observa el cronista
que refiere esteprodijio, no existen en Chile, se mantuvo fijaen el te-
jado. Los propietarios comprendieron lo que significaba aquello, i
el 13 de mayo de 1595 hicieron a los padres agustinos la donación
de aquel espacioso local para que establecieran su convento.
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 51
Todo esto parecía poco al celo fervoroso que animaba
a los reverendos padres. Es preciso leer en los historiado-
res de la Compañía de Jesús en esta parte de la América,
el estado deplorable en que éstos encontraron la fé en este
país. Según ellos, los habitantes de esta tierra, así españo-
les como indios, eran cristianos en el nombre i jentiles en
el hecho; todos vivian avasallados por los vicios mas feos,
la codicia, Ja lascivia, i por el pecado. El demonio andaba
desencadenado i suelto coníjuistando almas para el infier-
no. El padre Miguel de Olivares, después de bosquejar el
cuadro mas sombrío déla corrupción déla naciente ciudad,
añade que solo habia tres predicadores, el provincial de
Santo Domingo, el guardián de San Francisco i un clérigo
que cobraba cien pesos por cada sermón.
Los jesuitas se prepararon para destruir este estado de
cosas, como hombres esperimentados en las luchas contra
el demonio. Comenzaron por predicar sin exijir remunera-
ción alguna. A los pocos días de su arribo a Santiago, el
padre Baltasar de Pinas, anciano de setenta años, pero lle-
no de vida i enerj ía, que hacia de jefe de los misioneros, su-
bió al pulpito de la Catedral, i delante de todo el jentío
que habia acudido a oirlo, declaró en su sermón los propó
sitos de él, de sus compañeros i de todos los miembros de
su órdtn. "Hemos venido a vuestra tierra, dijo, a ejercitar
nuestro ministerio. Aquí estamos, nó nuestros, sino de to-
dos i de cada uno en particular. A cual({uiera hora del dia
o de la noche nos podéis llamar para vosotros, para vues-
tros indios o vuestros esclavos. El acudir será nuestro des-
canso i gloria; i el retorno, ni le buscamos ni le queremos
en la tierra. Trabajamos por aquel Señor que dio la vida
en la cruz por todos los hombres".
Los pobres vecinos de Santiago acojieron aquel discurso
con la mas viva satisfacción, pensando que en adelante
iban a oir la palabra de Dios sin gastar los cien pesos que
antes se pagaban por cada sermón. Pero esto era tomar
demasiado al pié de la letra las espresiones del padre Pinas,
dándoles en realidad un alcance en que sin duda no habia
52 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
pensado su autor. Los padres, conociendo el error en que
habia caído el sencillo vecindario de la capital, declararon
que desde el Perú sabian cuál era el estado de pobreza en
que se hallaba el reino de Chile, i que por este motivo,
traian determinación de no establecerse en ninguna ciudad,
sino que pensaban recorrerlas todas.
Al oir esto, el pueblo se conmovió. *'¿Cómo, se dijo, de-
jar irse a los padres que llegan a este suelo ahuyentando
al demonio, haciendo otros prodijios i predicándonos sin
exijirnos un solo real?" El predicador que se atrevió a
anunciar en el pulpito la determinación ile los padres fué
interrumpido por el auditorio. I en pocos dias, aquel po-
bre vecindario, esquilmado por cuarenta años de cruda
guerra, i agobiado por todo jéaero de sufrimi.^ntos i mise-
rias, habia reunido 3,916 pesos, que se pusieron en manos
de los padres para que comprasen un local en que estable-
cer su primera residencia.
Esa suma sobró para comprar uno de los mejores sola-
res de la ciudad, situado a espaldas de la iglesia cate-
dral. - El piadoso propietario, que lo era el maestre de
campo don Martin Ruiz de Gamboa, pedia por su casa
4,400 pesos; pero quiso contribuir por su parte a aquella
grande obra haciendo una rebaja de 808 pesos. Los padres,
ayudadíís siempre con los obsecjuios del vecindario, pusie-
ron mano al trabajo con tanta actividad, que seis sema-
nas después de su arribo a Chile, habian ensanchado los
edificios existentes en aquel local i levantado una iglesia
provisoria.
La famosa cabeza de una de las once mil vírjenes fué co-
locada allí en un relicario de plata, que, según el padre
Ovalle, tenia la forma de un castillo.
2i Bste solar ocupaba solo la mitad sur de la manzana que
des*iu^^ fué convento de los jesuitas, que hoi ocupa el edificio
del Conj^nso N,«cional La, mitad del norte fué donada a los je-
suitHs en 1620 por el capitán Lope de la Peña, el cual acababa
de hfíi^er a los padres otras donaciones en Mendoza, provincia
de Cuvo.
RIQUEZAS DT'l LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 53
III.
Los padres jesuítas vivían en aquella casa llenos de afa-
nes i ocupaciones. No solc continuaron sus prédicas, sino
que dispusieron frecuentes procesiones, en que los niños sa-
lían por las calles entonando las oraciones i recitando la
doctrina. Tenían ademas otros trabajos no menos útiles.
Uno de los cronistas de la Compañía refiere que todos los
vecinos acudían a aquella santa casa a consultar sus du-
das, i que "todos salían consolados e instruidos de cómo
en el caso se debían portar i obrar."
Hasta entonces los padres vivían con las limosnas que
les daba el vecindario con mano pródiga; pero *'Dios, añade
el cronista, que se daba por bien servido de sus siervos,
movió a dos caballeros prircípales"para que hicíeríin a íes
padres un presente mas valioso. Fueron éstos los capita-
nes Andrés de Torquemada i Agustín Briseño, soldados
envejecidos de la conquista, los cuales juntaron todos sus
bienes, que consistían en unas viñas, una chacra i una ha-
cienda o estancia, i con fecha de 16 de octubre de 1595,
hicieron donación de ellos a la Compañía para la fundación
i sostenimiento del convento o colejio de Santiago, bajo la
advocación de San Miguel Arcan jel.
IvO que en la escritura de donación se llama viñas era
una estensa quinta de los suburbios de Santiago, que des-
pués fué llamada la Ollería; la chacra era la hacienda de la
Punta, tres leguas al poniente de la capital; i la estancia,
la hacienda de la Compañía, en el distrito de Rancagua, si
bien parece que ésta no era tan considerable como lo fué
después por nuevas adquisiciones que hicieron los pa-
dres ^
3 La quinta o chacra denominada después de la Ollería, i si-
tuada en la calle llamada ahora de la Maestranza, pertenecía al
capitán Briseño. Creo que a él también pertenecía la hacienda de
la Punta; i que la que se denominó después la Compañía (o Ranca-
gua) era propiedad del capitán Torquemada.
5 i ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
El capitán Torquemada, que cumplió cuanto habia pro-
metido entregando toda su cuantiosa fortuna, mereció la
patente de fundador: se retiró al colejio que habia contribui-
do a fundar, i allí murió el año de 1604. Hízosele un entierro
suntuosísimo con asistencia del gobernador de Chile, de
los cabildos secular i eclesiástico i de todo lo mas caracte-
rizado que encerraba Santiago. ''Asimismo, dice un jesuita
historiador de la Compañía, concurrieron los mismos per-
sonajes a las honras, las cuales, como el entierro se hicieron
con mucha satisfacción i edificación de todos, vie do lo
que la Compañía hace i las muestras de agradecimiento
que da a sus fundadores i bienhechores. En el sermón que se
predicó en las honras, se dijo algo de esto, i las muchas
oraciones que se ofrecen en toda la Compañía por las al-
mas de los bienhechores, lo que no dejó de cau<?ar admira-
ción en muchos de los oyentes, que ignoraban este punto,"
En efecto, los asistentes debieron creer que no habia
mejor camino para obtener esas oraciones i llegar al cielo,
que el hacer vaHosos doníitivos a los padres jesuitas, i así
se vio mui pronto que se redoblaron las escrituras de do-
nación.
El capitán Agustin Briseño fué mucho menos afortuna-
do: se le confirió por el jeneral de la orden residente en Ro-
ma, igual patente de fundador; pero cuando éste llegó a
Chile, ya habia muerto (el año de 1600), también en el
convento con el carácter de hermano coadjutor. Aparecie-
ron entonces muchos acreedores del finado capitán. Des-
pués de su muerte, perdió en España un valioso pleito que
obligaba a los jesuitas de Chile a devolver la mayor parte
en los bienes de que aquél les habia hecho jenerosa dona-
ción, de tal suerte* que las cantidades que en realidad reci-
bió el colejio del referido capitán Briseño, solo alcanzaron
a la suma de $ 6,707. Indudablemente, esta cantidad no
era despreciable; pero ella no bastaba J3ara considerarlo
fundador. Los jesuitas de Chile, en efecto, no dieron curso
a la patente enviada de Roma, borraron a Briseño de la
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUiTAS 55
lista de los fundadores, en que lo habían inscrito, i lo colo-
caron en los simples benefactores, rango inferior en que en-
contraban coloc¿icion los que no tenían mucha plata que
dar.
IV.
Pero si el infortunado capitán Briseño había perdido en
España el pleito que le impidió ser contado entre los fun-
dadores del colejio o convento de la Compañía de Jesús de
Santiago, fueron los padres jesuítas quienes en realidad
ganaron con aquella sentencia. El contendor de Briseño
había sido el maestre de campo don Jerónimo Bravo de Sa-
ravia, noble caballero chileno, nieto de uno de los gober-
nadores de Chile, i heredero de un mavorazgo de la pro-
vincia de Soria, en España. Tocado su corazón por el
amor a la Compañía, dicen los cronistas de esta orden,
perdonó en favor de ella la deuda que poco antes había
cobrado ante los tribunales españoles.
Su hijo, don Francisco Bravo de Saravia i Sotomayor,
heredó junto con su cuantiosa fortuna, .el amor de su
padre hacia la Compañía, i Je donó los caídos o réditos
atrasados del mayorazgo que sus antepasados tenían en
Soria, i de los cuales la familia no había podido cobrar ni
un solo real. Los padres jesuitas fueron mas dilijen tes i mas
afortunados en la cobranza; i pocos años después, habían
recibido por este motivo la cantidad de 10,000 pesos, que
traídos a Chile, "importaron doblados" dice el padre Oli-
vares, porque talvez se les trajo en mercaderías que en es-
te país se vendieron con utilidad. Si estos dos caballeros
hubieran unido en uno solo estos dos donativos, o mas
bien, si ambos presentes hubieran sido hechos en nombre
de un solo individuo, éste había merecido quizá la patente
de fundador; pero como no se hizo así, se dio a ambos ca-
balleros el simple títulos de benefactores.
56 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
V.
Otros personajes hubo mas afortunados que los tres an-
teriores, porque merecieron en esa época el insigne título
de fundadores, que se había quitado al capitán Briseño i
que no se concedió a los maestres de campo Bravo de
Snravia.
Fué uno de ellos el capitán Sebastian García Carreto,,
natural de Estremadura, en España, i soldado envejecido
en la guerra de Arauco. En premio de sus servicios habia
obtenido de los gobernadores de Chile un repartimiento
de tierras i de indios en la rejion de la costa, al norte del
rio Rapel. Ese repartimiento formaba una estancia o ha-
cienda conocida con el nombre de Bucalemu o Butalemo,
tan importante por su grande estension como por la fera-
cidad de sus tierras. Retirado del servicio a causa de su
avanzada edad, García Carreto, soltero, sin deudo alguno
en Chile i casi sin relaciones, fué a establecerse a su hacien-
da, en donde, según refieren los historiadores jesuitas, vi-
vía completamente solo, consagrado a la crianza de gana-
dos i a la meditación relijiosa. Diversas ocasiones recorrió
toda la estension de territorio que media entre los rios Ra-
pel i Maule para hacer compras de ganados, i siempre vol-
vía a su casa preocupado con la idea de la soledad i el
desamparo en que vivían los pobladores de los campos. No
habia en toda esa rejion un solo convento, una sola iglesia,^
de tal manera que los campesinos de esa rejion, tanto in-
dios como españoles, no solo no oían misa ni podían con-
fesarse sino que carecían hasta de quien bautizara a sus
hijos. Ya podrá comprenderse la impresión que semejante
estado de cosas debia producir en el ánimo de un español
del siglo XVII.
García Carreto hizo por entonces un viaje a Santiago.
Refirió lo que habia visto en aquellos campos; i, como era
natural, consultó el punto con algunos padres jesuitas, que^
como hemos visto, eran los consultores obligados en todos
los negocios de conciencia. El consejo no se hizo esperar.
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 57
El demonio hacia libremente sus conquistas en aquellos lu-
gares; i para combatirlo, no había mas remedio que confiar
la dirección de la guerraalos jesuítas, que eran los varones
mas csperimentados en esa clase de luchas. En la hacienda
de Bucalemu se estableceria un convento de donde saldrian
todos los años los misioneros que debian recorrer aquel te-
rritorio predicando la palabra de Dios. "Le recomendaron
esta idea, dice uno de los historiadores de la orden, enca-
reciéndole el gran servicio que en ello hacia a Dios, i que,
no teniendo h'jos, en ninguno otra cosa podia emplear me-
jor su hacienda que aplicándolo al bien de tantas almas,
destituidas de todo consuelo espiritual".
Habíase entendido García Carreto con el vice provincial
de Chile, el padre Diego de Torres, hombre insinuante i
empiendedor, cuyo nombre ocupa mas de una pajina de
nuestra historia colonial. Sin embargo, el capitán estreme-
ño no se dejó convencer por de pronto, de tal modo que se
pasaron cuatro años sin que se resolviera a nada definiti-
vamente. En 1617 volvió a tratarse del mismo asunto con
ei padre Pedro de Oñate, sucesor del padre Torres, el cual
anduvo mas fcliis que su predecesor. E\ padre Oñate hizo
ti n viaje a Bucalemu i designó el lugar conveniente para
levantar la iglesia i el convento, señalando su forma i sus
dimensiones; pero dos años se pasaron todavía sin arribar
a la donación.
Es fama que en este tiempo, García Carreto pasó mu-
chas noches atormentado por visiones maravillosas, se le
presentaban constantemente sombras de aspecto siniestro
a reprobarle el crimen de dejar los campos de Bucalemu en
manos del demonio.
Por fin, la gracia de Dios tocó el corazón endurecido
del capitán; i el 9 de octubre de 1619 otorgó éste a favor
de la Compañía la escritura de donación para después de
sus días, i a condición de que se establecieran allí un casa
o coiejio de misioneros para predicar en todos los campos
vecinos hasta el rio Maule, i un establecimiento de novi-
ciado para formar nuevos operarios de la Compañía de
58 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
Jesús. El padre Juan Romero, superior en ese año de todos
los jesuítas de Chile, aceptó la donación i tomó posesión
de la hacienda, a lo menos en cuanto era indispensable pa-
ra la fundación del convento.
García Carreto se reservó el derecho de administrar su
negocio de ganadería.
Hasta entonces, los jesuitas de Chile formaban una vice-
provincia de la orden, dependiente de la casa de Córdoba
del Tucuman. En 1620 se celebró allí la tercera congrega-
ción provincial, en que se tr itó de los negocios espiri-
tuales i temporales de la Compañía de Jesús en esta parte
de America. Como debía esperarse, la congregación aceptó
la valiosa donación del capitán García Carreto, cu^^o valor
se estimaba entóncesen 30,000 pesos; i poco tiempo después
el reverendo padre jeneral residente en Roma aprobó esta
aceptación, ienvió al donante la apreciada patente de funda-
dor. Este ultimo favorcolmóde contento al anciano capitán.
Por otra parte, el establecimiento de los jesuitas habia
producido un cambio radical en las costumbres de aquellos
campesinos. García Carreto recibía informes de los esfuerzos
singulares de los padres, de las conversiones de indios que
efectuabc'in, de los millares de individuos que se confesaban
cada año, i lo que era mas admirable, de los milagros que
los jesuitas habían operado. Ya no vaciló mas el bienaven-
turado capitán; i el año de 1627 entregó resueltamente la
administración de sus bienes a los padres jesuitas, con tal
que se le asignara una cuota alimenticia para pasar sus
últimos dias.
La Compañía recibió así unade sus mas valiosas propie-
dades; pero también pagó largamente la jenerosidad del
donante. La iglesia que se construyó en Bucaleniu tuvo
por patrono a San Sebastian *; en ella se colocó un cuadro
^ A esta iglesia pertenecía la hermosa efijie de San Sebastian
que ahora está colocarla en la iglesia parroquial de Santa Rosa
de ios Andes, i que fué exhibida en la esposicion de Santiago, en
setiembre del año de 1872.
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 59
que representaba al capitán García Carreto arrodillado,
presentando la escritura de donación de Bucalemu a un pa-
dre je!<uita que se mantenía de pié, i de cuya boca salían
estas palabras escritas en una cinta: Ad majorem Dci glo-
riam; i por último, cuando García Carreto murió, se le di-
jeron las misas i oraciones con que la Compañía honra la
memoria de sus fundadores
Hasta entonces quedaba vacante el puesto de cofunda-
dor del colejio máximo de Santiago, o mas bien, no tenia
este establecimiento mas que un solo fundador, el capitán
Andrés de Torquemada, puesto que la fortuna del capitán
Antonio Bríceño, que había aspirado al mismo honor, no
había alcanzado para ello.
Después del famoso terremoto de 1647, que destrujó una
gran porción del templo de la Compañía, así como la ma-
yor parte de la ciudad de Santiao^o, "Dios, en medio de tan-
tas angustias, dice el jesuíta Olivares, movió el ánimo del
alguacil mayor déla santa inquisición, Domingo Madureira
Monterroso, a que se compadeciese i apiadase de los pa-
dres de la Compañía de Jesús".
Era Madureira un soldado portugués que había venido
a América a pelear por el reí de España, i que había adqui-
rido una fortuna considerable. Su espíritu relíjioso se reve-
la por el grande empeño que puso en obtener el cargo que
ocupaba. Viéndose sin hijos ni herederos, viejo i lleno de
temores por el gran terremoto que acababa de presenciar, i
que los predicadores esplícaban como un tremendo castigo
del cielo i como un anuncio del próximo fin del mundo, hizo
cesión de todos sus bienes a los conventos, dando la mayor
parte a los jesuítas, i entró ala Compañía para terminar
sus días en el rango de hermano coadjutor. Por escritura
otorgada el 1° de junio de 1651 se ofreció darle a los jesuí-
tas 17,000 pesos con plazo de 12 años; pero su celo lo llevó
a hacer mucho mas de aquello a que se había comprometi-
do. No solo pagó esa suma antes que se cumpliera el plazo
estipulado, sino que donó muchos otros bienes, inclusos
sus esclavos, por lo que su donativo se avaluó en mas de
60 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRAFICOS
40,000 peses. Así se esplica por qué Maduretra obtuvo el
insigne honor de ser enterrado debajo del altar mayor de
la iglesia de la Compañía, al lado del evanjelio, i por qué
obtuvo el título de fundador de un convento o colejio que
habla sido fundado 50 años antes, título que no mereció
nadie... que hubiera entregado menos de 20,000 pesos.
VII.
Al paso que la Compañía de Jesús dispensaba estas dis-
tinciones a los que habían obtenido el título de fundadores,
no se manifestaba tampoco ingrata con los que, por no ha-
ber alcanzado a obsequiar cantidades tan considerables,
obtenian solo patente de benefactores. Ellos también al-
canzaron las preces i misas de los padres jesuitas, i los his-
toriadores de la orden los recuerdan llen(}s del entusiasmo
mas ardoroso. "Merece eterna memoria, dice el padre Oli-
vares, i que su nombre se grabase en oro, el maestro Cris-
tóbal Fernández de Lorca, clérigo presbítero", que, habien-
do hecho sus estudios al lado de los jesuitas, conservó a la
Compañía un amor entusiasta.
Pero Fernández de Lorca, aunque eclesiástico, fué mu-
cho mas positivo que los otros benefactores: no destinó
sus recursos a dotar misiones ni a otros asuntos espiritua-
les. Sacó, a costa suya, un canal para regar la hacienda
de la Punta, plantó en ella una gran viña i estensas arbo-
ledas, ensanchó las casas para que sirviesen a los jesuitas
estudiantes en la época de vacaciones, fomentó allí el cul-
tivo de la tierra i los grandes sembradíos de trigo, i por
úl imo donó a la Compañía todos sus esclavos para que
fuesen ocupados en la labranza. Habiéndose desprendido
de cuanto tenia para dárselo a Dios, como dice el jesuita
citado, el clérigo Fernández de Lorca obtuvo por recom-
pensa el morir con la sotana que usaban los relijiosos de
la Compañía, junto con la gratitud de la orden i el ser con-
siderado uno de sus benefactores.
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 61
Los padres jesuítas, que guardaban anotados en sus li--
bros los nombres de muchos otros benefactores de la Com-
pañía, daban el primero i mas insigne lugar ''al rei nuestro
señor, rei de las Bspañas, monarca de las Indias, que con
su real magnificencia i con su gran celo por la conversión
de los jentiles, trajo a su costa desde España a los mi-
sioneros, i cada año daba una gran limosna a las casas i
colejios de la Compañía, en vino para las misas i en aceite
para las lámparas del Santísimo Sacramento, i otra en me-
dicina para los relijiosos que estuviesen enfermos, como
consta por diversas reales cédulas".
El rei, ademas, asignaba sínodos a los misioneros, que se
les pagaban puntualmente, por lo que se llamaba fundador
de misiones.
VIII.
Pero entre los benefactores de la Compañía de Jesús en
Chile, ninguno fué mas famoso que el capitán Francisco de
Fuenzalida, no tanto por la importancia de sus donativos,
como por los litijios a que ellos dieron lugar. Vamos a es-
tendernos algo sobre este asunto porque consideramos que
tina simple esposicion de los hechos dará a conocer b.istan-
te bien la grande habilidad con que ios padres jesuítas
administraban sus negocios temporales.
El capitán Fuenzalida era un vecino de Santiago, car-
dado de familia, i ademas de mui escasa fortuna. Su espo-
sa, doña Úrsula de Mendoza, había aportado al matrimo-
nio una casa de valor de 7,300 pesos situada en la plazuela
de la Compañía, en el mismo sitio en que hoi se levanta el
palacio de los tribunales. Mui probablemente los cónvujcs
no poeian otros bienes; pero aunque tenia varios hijos
<cinco a lo menos), el capitán, tocado sin duda por Dios,
i deseoso de obtener el título de benefactor, hizo donación
de la referida casa a los padres de la Compañía en el año
de 1635. Los padres trasladaron allí el convento de San
Francisco Javier, o casa de educación, dejando el convento
grande para residencia de los padres, que se habian au-
62 í:sTI:DIOS HISTÓRlCO-BIBLIOCrRÁFlCOH
mentado consider^iblemente. El padre jcneral de la orden
agradeció esta donación i envió desde Roma al donante
el codiciado título de benefactor, ordenando que se dije-
sen por su alma una misa cada semana i dos cantadas
cada año.
Mientras tanto, aquella familia quedó sumida en la ma-
yor pobreza. El finado capitán debia hallarse en el cielo
gozando el fruto de su buena obra, al paso que sus hijos
se hallaban en la miseria. Al fin, dos de ellos, los capita-
nes Cristóbal i Francisco, coadyuvado por otro hermano,
el capitán Juan de Fuenzalida, reclamaron judicinlmente
la devolución de la referida casa, sosteniendo que, por ha-
ber sido propiedad de su madre, no habia podido ser do-
nada por el padre, con perjuicio de ios herederos de aquella
señora. Las leyes no dejaban lugar a duda, i el derecho de
los demandantes era tan claro como perfecto.
Los padres jesuítas, sin embargo, aceptaron el juicio a
que se les provocabri. Comenzaron ptn* sostener que, en
virtud de las constituciones de su orden, así como de los
privilejios i escepciones concedidas p(M* los soberanos pon-
tífices i por los reyes, solo el prelado de su relijion, es decir,
el padre superior de la provincia, era juez competente para
entender en las demandas cpie se suscitasen a la Compa-
ñía. Inútiles fueron las reclamaciones de los hermanos
Fuenzalida. El padre Andrés de Herrada, provincial i vi-
sitador jeneral déla provincia de la Compañía en Chile,
se avocó el conocimiento de la causa i comenzó a conocer
del asunto. Por ausencia de ese padre, i con consentimien-
to suyo, .'^^iguió entendiendo en él hasta su terminación el
padre jesuíta Baltasar Duarte. Si los padres hubieran juz-
gado este negocio según las leyes humanas, los Fuenzalida
habrían obtenido la devolución de su casa; pero, ¿qué te-
nían que ver las leyes de los hombres, ni la pobreza de
aquellos desventurados litigantes cuando se trataba de
otros intereses mas altos?
Los Fuenzalida perdieron, pues, el pleito que habían
iniciado con tanta confianza. Pero, estimulados por la po-
TlIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS
breza, dijeron de nulidad de la sentencia ante el obispo
de Santiago, frai Diego de Hunianzoro,relijioso franciscano
que estaba dotado de un carácter firme i resuelto. Human-
zoro creyó que el proceder de los padres no estaba arregla-
do ajusticia, a lo menos a la justicia humana; pero no se
atrevió a ir desde luego de frente contra ellos. Propúsoles
que nombrasen un juez conservador, esto es, un arbitro
que resolviera la cuestión, según las leyes. Los padres se
negaron a todo, declinando la jurisdicción del obispo.
Humanzoro se molestó con esta negativa i se resolvió a
obrar con su natural entereza sometiendo el asunto al co-
nocimiento del provisor i vicario jeneral, doctor don Fran-
cisco Ramírez de León, deán de la catedral de Santiago.
Pero éste habia sido presentado poco antes i en la misma
causa, como testigo por parte de los jesuitas, i por lo tan-
to, no podia entender en el juicio. Bl obispo lo sometió
entonces al licenciado don íVdro de la Plaza, quien se
avocó el conocimiento de la causa: i, juzgando según las
leyes españolas, mandó que la casa en cuestión pasar¿i a
manos de los Fuenzalida.
Los padres no se resignaron con esta sentencia. Nega-
ron resueltamente al licenciado de la Plaza i al obispo el
derecho de intervenir en los juicios que se promovían con-
tra ellos, i se manifestaron dispuestos a no cumplir la sen-
tencia. La Plaza sostuvo su autoridad, declaró la senten-
cia pasada en autoridad de cosa juzgada, despachó man-
damiento ejecutorio i pidió ausilio a la justicia real. Antes
de concederlo, el gobernador accidental, don Ignacio de
Carrera, caballero de la orden de Alcántara i alcalde ordi-
nario de Santiago, mandó citar a las partes. Ft^é inútil
que los padres jesuitas insistieran en protestar contra la
incompetencia del ordinario, porque el alcalde conclu^^ó
por remitir la cuestión al referido licenciado Pedro de la
Plaza, que mandó llevar a efecto el mandamiento. Los je-
suitas no podian desobedecer por mas largo tiempo sin
incurrir en la nota de rebeldes a la autoridad real.
64 BSTUííIOS HlSTÓRICO-BÍBLIOGRÁFICOS
Entonces llamaron a transacción a los hermanos Fuen-
zalida. Les representaron las ventajas que resultarían de
la subsistencia del colejio, i el mérito que contraerían para
el cielo con el desistimiento de aquel pleito; les ofrecieron
para su padre, no el título de simple benefactor, que se le
había dado, sino el de fundador, que er¿i mucho mas va-
lioso, para él i para ellos, las misas i preces que la Compa-
ñía aplicaba por el alma a los que se desprendían de sus
riquezas para entregarlas a ellos.
Los Fuenzalida eran buenos cristianos; pero también
eran mui pobres, i por eso se mantuvieron firmes; si bien
es verdad que consintieron al fin en arribar a una transac-
ción que importó para ellos una pérdida considerable Los
jesuítas avaluaron por sí mismos el terreno; rebajaron del
valor total la parte que correspondía al capitán J".an de
Fuenzalida, que después de haber coadyuvado al juicio en
su principio, no había vuelto a parecer en él, talvez por
hallarse ausente; rebnjaron también la parte que corres—
pondia a dos hermanas monjas, i solo se allanaron a pa-
gar lo que tocaba a los capitanes Cristóbal i Francisco. Al
primero dieron 650 pesos fuertes en dniero, i al segundo
dos tiendas situadas en el mismo edificio, al lado de la
puerta principal, i en la plazuela de la Compañía, con car-
go de devolverlas al convento el día en que él o sus herede-
ros recibiesen los 630 pesos fuertes. La transacción quedó
así terminada; pero en 1701, cuando el capitán Francisco
de Fuenzalida quiso vender las referidas tiendas, solo reci-
bió del padre rector Miguel de Viñas la cantidad de 500
pesos.
El capitán Juan de Fuenzalida fué mas exijente que sus
hermanos i. por lo mismo, obtuvo m jor resultado de la
jestion que contra los padres ental ló en 1683. Por conve-
nio celebrado con el padre provincial Francisco Ferreira el
30 de setiembre de ese añ . recibió de é-ite 200 pesos en di-
nero, la tienda de la esqti • de dicha casa i la fundación de
un censo a su favor por el valor de 1,900 pesos. Todavía
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 65
Juan de Fuenzalida quiso promover ante el provincial nue-
vo pleito a los padres, ocho años mas tarde; pero no se le
oyó en juicio.
IX.
Antes de pasar adelante en esta rápida reseña histórica
de las riquezas de la Compañía de Jesús en Chile, debemos
dar a conocer, aunque sea mui a la lijera, el sistema de ad-
ministración que losjesuitas observaban.
Cada casa tenia sus fondos propios, independientes de
los bienes de las otras. Así, a la residencia principal, esto
es al colejio máximo de Santiago, estaban afectadas las
haciendas de la Compañía i de la Punta; al noviciado, la
hacienda de Bucalemu; i al convictorio de San Francisco
Javier, el local adquirido en 1635 por donación del capitán
Fuenzalida. Es preciso examinar las cuentas que en cada
casa se llevaban para comprender la escrupulosidad con
que se anotaban sus gastos i sus entradas, i lo que es mas
curioso, las compras i transacciones de los frutos de una
de esas casas por lo que producian las otras. Este sistema
estaba admirablemente cónsul tado para mantener la mas es-
tricta regularidad en las cuentas i para producir el mayor
aumento posible en las entradas. Cada casa tenia un supe-
rior encargado de atender preferentemente a estas necesi-
dades, i él debia cuidar del fomento i desarrollo de los bie-
nes temporales de la sección que le estaba encomendada.
El convictorio de San Francisco Javier no tenia en su
principio mas que el local que le habia donado el capitán
Fuenzalida. En ese local habia muchos cuartos que daban
a la calle i que se arrendaban para tiendas ^ . Los colejia-
5 ) Como un hecho curioso para apreciar el valor de la propiedad
urbana en el siglo XVII I, daremos los datos siguientes tomados
de las cuentas de losjesuitas correspondientes al año de 1766. El
convictorio de San Francisco Javier arrendaba 20 cuartos para
tiendas a un peso 25 centavos mensuales cada uno, lo que le pro-
ducia 25 pesos. La esquina, otro cuarto mas i una casita, en 14
pesos; i un patio sin edificio, en 12 pesos. Todo lo cual le daba al
ir.es 47 pesos.
TOMO X 5
60 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
les, ademas, pagaban sus pensiones, parte en dinero i parte
en especies i frutos de los campos, que se destinaban a la
alimentación. Con estos recursos, los padres pudieron sos-
tener el colejio i hacer algunas economías. Dos años des-
pués de su fundación, el 7 de setiembre de 1637, el padre
Alonso de Ovalle, rector entonces del convictorio, i mas
tarde el primer historiador de Chile, compró a doña Inés
de Arriagada, viuda de Nicolás Peña, un sitio situado en la
actual calle de la Compañía, i contiguo al solar en que esta-
ba establecido ese colejio. Media este sitio, dice la escritura
de venta, "el largo desde la esquina en frente de la Com-
pañía hasta la pared de la huerta, i de ancho 25 varas de
medir paño". Por él pagó el padre Ovalle 350 pesos al con-
tado, i 1,000 con un año plazo.
Sin embargo, el convictorio de San Francisco Javier no
podia incrementar mucho sus capitales; pero, en agosto
de 1651 llegó a Santiago el testamento del padre Ovalle,
muerto en Lima a su vuelta de Roma, a donde habia ido
en representación de los jesuitas de Chile. En ese testa-
mento disponia que todo lo que pudiese heredar de sus pa-
dres, muertos ya en esa época, así como lo que habia reu-
nido de limosnas dejadas en España o traidas en efectos a
Chile, se realizase, a fin de comprar posesiones fructíferas,
cuyos producidos debian, después de sacarse 3,000 pesos
para legados a una hermana i a dos sobrinos, darse por
mitades al colejio máximo para sostener misiones en los
campos inmediatos a Santiago, i al convictorio para el
sustento de uno o mas colejiales, según alcanzase la renta.
Liquidadas las cuentas de la sucesión del padre Ovalle, re-
sultó un saldo de 9,500 pesos para los jesuitas. La mitad
de esca suma correspondia al convictorio; pero los padres
hicieron un arreglo que habia de serles mui ventajoso. De-
jaron los 9,500 pesos a censo en la chacra Peñalolen, que
pertenecía a don Antonio de Ovalle, sobrino del padre
Alonso, i dieron al convictorio, por los 4,750 pesos que le
correspondían, una chacra situada al oriente de la ciudad,
RIQUEZAS DB LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 67
que por testamento les habia legado poco antes doña Inés
de Pimentel. ^
El establecimiento de aquel censo en la chacra de Peña-
lolen fué causa de que poco mas tarde pasara ésta a los
padres jesuitas. Aquella propiedad no rendia entonces lo
necesario para pagar los réditos del censo: don Antonio
de Ovalle no pudo cubrirlos, i al fin, tuvo que entregar la
chacra a los jesuitas, representados por el padre Miguel
de Viñas, rector o superior de la casa principal de San-
tiago.
La Compañía de íesus adquirió así una propiedad que
llegó a ser muí valiosa mas tarde, i que ensanchada en
1710 con otra propiedad que el convictorio de San Fran-
cisco Javier compró a doña Isabel Rosa de Ovalle, viuda
del comisario Diego Velásquez de Covarrúbias, por la suma
de 3,700 pesos, comprendió lo que hoi se llama Ñuñoa i
Peñalolen, desde la vereda oriental de la actual calle de la
Maestranza hasta la cadena de cerros que se levantan al
frente de Santiago por el lado de la cordillera de los
Andes.
X.
Para terminar las noticias concernientes a los bienes
que pertenecían especialmente al convictorio de San Fran-
cisco Javier, vamos a dar cuenta de la adquisición de una
de sus mas hermosas propiedades urbanas: el estenso sitio
en que hoi se levanta el palacio de la Moneda.
Por muerte del capitán Cristóbal Zapata, se hallaba en
venta este dilatado solar a principios del año 1746. Vein-
ticinco años antes habia sido tasado por el alarife Nicolás
Basuarte en 6,000 pesos, i en 735 los edificios, árboles i
tapias que él contenia. Habia ademas dos solares inme-
diatos de propiedad del referido Zapata, i que poseian sin
título verdadero i solo por simple ocupación, el uno, un
individuo llamado Nicolás Soto, i el otro dos hermanos
apellidados Rodríguez. Las referidas casas estaban gra-
68 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGEÁFICOS
vadas con diversos censos a favor de los sochantres de la
catedral, de^s conventos de Santo Domingo i de la Mer-
ced, i del monasterio de Santa Cara. Los jesuitas, em-
pleando una sagacidad desconocida entre los negociantes
de aquella época, comenzaron por pedir que se les cedieran
esos censos; i, como cada uno de ellos era de niui poco va-
lor, los obtuvieron fácilmente. En seguida entablaron eje-
cución contra los herederos del capitán Zapata; i para
que la propiedad de éstos representara un precio menor i
les fuera forzoso entregarla a sus acreedores, comenzaron
por comprar sus inciertos derechos a los individuos que
ocupaban una parte de ella. Soto recibió 500 pesos por el
terreno de que estaba en posesión, los Rodríguez 150
pesos por el suyo: éstos i aquél declararon que no tenian
confianza en sus títulos, pero que tampoco querían litijios
de resultado dudoso, mucho menos estando interesados
los padres jesuitas que pensaban construir un convento en
aquella localidad.
Mientras tanto, se siguió con toda actividad la ejecu-
ción contra los herederos del capitán Zapata, hasta que los
padres consiguieron que el local saliera a remate. Allí hi-
cieron valer sus créditos, i se quedaron en posesión de un
estenso solar por el importe de los censos i de los réditos
vencidos, de que se les habia hecho cesión. El 8 de febrero
de 1756, el alguacil mayor Antonio Gutiérrez, acompañado
del escribano i a requerimiento del padre Pedro Nolasca
Garrote, rector del convictorio de San Francisco Javier,
"abrió i cerró puertas, dice la escritura, echó fuera a las
personas que estaban" en la casa que fué del capitán Zapa-
ta, i puso en posesión de ella al referido padre Garrote.
Los jesuitas no edificaron al fin el convento o colejio que
habian prometido fundar en Cí-a localidad: la destinaron sí^
para arriendos, cuyos productos pasaron a aumentar sus
rentas, ya tan considerables.
XL
En la época a que se refieren los hechos consignados an-
RIQUEZAS DB LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 69
teriormente, los jesuitavS habían adquirido estensas propie-
dades en muchos otros puntos del territorio chileno; pero,
antes de dar algunas noticias acerca de esas adquisiciones,
i sin temor de interrumpir a cada paso el orden cronolóji-
co, vamos a continuar narrando la historia de algunas de
las valiosas haciendas que poseyeron en la circunscripción
de Santiago.
Hemos referido ya el establecimiento de un noviciado
para jóvenes jesuitas en la hacienda de Bucalemu, que do-
nó a los padres el capitán García Carreto. Según los esta-
tutos de la Compañía, el noviciado no era, como podria
creerse, la casa en que los jóvenes hacen sus estudios para
la carrera sacerdotal, sino un establecimiento separado en
que pasan dos años sin estudiar cosa alguna en los libros, i
durante los cuales, según dice un cronista de la orden,
^'aprenden a tener trato con Dios en la oración i en la ab-
negación propia de las cosas de la tierra".
Los jesuitas habian aceptado la idea de fundar un novi-
ciado en Bucalemu solo como un medio de tomar posesión
de la valiosa hacienda de García Carreto; pero después de
la muerte de éste, determinaran aprevecharse de la primera
buena ocasión que se ofreciera para trasladar el noviciado
a Santiago, a imitación de los que habian establecido en
Roma, en Madrid, en Lima i muchas otras ciudades. Lo
que los jesuitas llamaban buena ocasión no era la oportu-
nidad de hacer una compra ventajosa, sino el hecho de re-
cibir alguna donación mas o menos valiosa. Sus deseos fue-
ron oidos en el cielo, porque "Dios, que siempre favorece los
buenos intentos dice el jesuita Olivares, llamó a la Compa-
ñía a dos hermanos" llamados Francisco i Gonzalo Ferrei-
ra, que llevaron lo que se necesitaba. Entregaron éstos to-
dos sus bienes, que montaban a mas de 17,000 pesos; i con
esta suma, los padres compraron una casa, una viña i un
molino con dos paradas de piedras, i construyeron allí las
primeras habitaciones para establecer el noviciado. Aquel
convento, situado al sur de la Cañada de Santiago, se coló
có bajo la advocación de San Francisco de Borja, cuyo
70 ESTUDIOS HISTÓBICO-BIBLIOGRÁFICOS
nombre conserva aun la iglesia que allí levantaron los je-
suitas. En este sitio se estableció provisoriamente el novi-
ciado el año de 1646, trasladándose a él los novicios que
hasta entonces residian en Bucalemu; pero diezisiete años
mas tarde, cuando el rei dio la licencia formal paraestable-
cer en él un nuevo convento i construir una nueva iglesia,,
se hizo con gran pompa su solemne inauguración.
XII
Debe hacerse notar un rasgo de desprendimiento de los
hermanos Ferreira. Indudablemente ambos tenían el mas
perfecto derecho al título de fundadores del noviciado de
San Francisco de Borja; pero si ellos lo hubieran reclamado
para sí, los padres jesuitas no habrian podido ofrecer el
mismo honor a otro individuo que quisiera hacerles un
nuevo donativo. A.sí fué que, contentándose los Ferreira
con el rango de benefactores, * 'dejaron la puerta abierta,,
dice el jesuita Olivares, para que otro que diese la canti-
dad competente, pudiese ser fundador de la casa del novi-
ciado". «
Esta fortuna cupo a don José Zúñiga, hijo segundo de
uno de los mas célebres gobernadores de Cbile, del mar-
ques de Raides. Testigo de la muerte de su padre en un
combate naval que tuvo lugar a la vista de Cádiz cuando
el marques volvia a España, prisionero él mismo de los
ingleses en ese combate, i llevado a Inglaterra con otro
hermano suyo, el joven Ziíñiga volvió a España con la
idea fija de abrazar la carrera eclesiástica, que en ese siglo
atraia a todos los que habian tenido que sufrir alguna
amargura o algún desengaño en el mundo. Fué admitido
en el noviciado de los jesuitas de Madrid, al cual hizo el
valioso donativo de 13,000 pesos en dinero; i se disponia a
entregar a esa casa el resto de su fortuna, cuando se en-
contró con el padre jesuita Lorenzo Arizábalo, procurador
jeneral de la provincia de Chile, que en España se ocupaba
en buscar jesuitas con qué aumentar el número de los que
habia en los conventos de nuestro pais.
1
RTQUWZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 71
Don José de Zúñiga se determinó a acompañarlo en
1656; i una vez llegado a Chile, se estableció en el novi-
ciado de Santiago. Deseoso de obtener el título de fun-
dador de esta casa, el hijo del marques de Baides, le hizo
donación de todo el resto de su fortuna, esto es, de 16,000
pesos que habia dejado en el noviciado de Madrid, parte
en dinero i parte en escrituras, sin contar con los 13,000
de que ya tenia hecha jenerosa donación a este convento.
La recaudación de este donativo forma una de las his-
torias mas características de la manera cómo los jesuitas
administraban sus riquezas. El noviciado jesuita de Ma-
drid trató al noviciado jesuita de Santiago, como habria
tratado a un estraño.En vez de los 16,000 pesos, le mandó
4?,500; pero, como los jesuitas de Chile clamaran por la en
trega del resto de aquella suma, el noviciado de Madrid
les mandó 1,500 pesos mas el año d^ 1677. Escusábase
esta casa con mil i mil razones de pagar los 10,000 pesos
restantes; pero, si los jesuitas de la metrópoli eran tenaces
para no entregar lo que se les cobraba, los de Chile fueron
impertérritos para reclamar lo que se les debia. Al fin, per-
dieron la paciencia i acudieron a Roma ante el jeneral de
la orden reclamando justicia.
El padre Carlos de Noyelle, que desempeñaba este cargo
en 1684, mandó que los jesuitas de Madrid pagaran a los
de Santiago de Chile la suma de 3,000 pesos. Estos últi-
mos, sin embargo, creyéndose despojados todavía, siguie-
ron cobrando largos años después los 7,000 pesos que les
faltaban por recibir de la suma donada por el padre Zúñiga.
En 1736 se preocupaban aun de este negocio, pero parece
que no pudieron sacar nada de sus dilijencias i cobranzas.
De esta manera, los deseos del hijo del marques de Bai-
des no se cumplieron nunca. Su ánimo habia sido dar al no-
viciado de Santiago una suma suficiente para merecer el tí-
tulo de fundador; pero, como el noviciado de Madrid no
entregó toda esa suma, solo recibió el donante los honores
de benefactor.
72 KSTUDIOS HISTÓRIGO-BIBLIOGRÁPICOS
XIII
Al trasladar el noviciado a Santiago, los jesuítas esta-
blecieron en Bucalemu una casa de estudios en que solo
eran admitidos los jóvenes que habían recibido las prime-
ras órdenes i que se dedicaban a la carrera del sacerdocio
dentro de la Compañía. Según los principios de adminis-
tración económica de sus fondos, cada casa debia subvenir
a sus propios gastos, de manera que el noviciado, que no
tenia haciendas, como las tenian las otras casas, llevó en
su principio una vida pobre i estrecha. Esta mismacircuns-
tancia disculpaba a los jesuitas, que sin cesar pedian soco-
rros para el noviciado, porquesi bien entonces eran dueños
de bienes mas considerables que los de cualquiera otra or-
den relijiosa, esos bienes estaban afectos a otros estableci-
mientos de la misma Compañía. La piedad de los vecinos
de Santiago, el convencimiento en que estaban de que no
habia medio mas seguro de ganar el cielo que el hacer do-
naciones i testamentos en favor de los jesuitas, fueron cau-
sa de que el noviciado poseyera mui pronto riquezas consi-
derables.
El doctor don Juan Pastene, canónigo tesorero de la ca-
tedral de Santiago, dejó al noviciado una casa i una vi-
ña situadas al poniente de la iglesia de San Lázaro; i otro
vecino, llamado Andrés Jorje, le legó en 1664 otra casa i
otra viña en las inmediaciones de la anterior. Dos herma-
nas, doña María i doña Constanza Allende, le hicieron do-
nación intervivos en 1708 de otra finca con casas, viña, ar-
boleda i una buena bodega.
Al mismo tiempo, el presbítero don Fernando Méndez,
don Lorenzo Díaz i su esposa doña María Zúñiga, los ca-
pitanes don José de Arbeza i don Miguel de los Rios, el
comisario don Francisco de Amezquita, el padre peruano
Martin de la Cerda, el obispo de Santiago don Luis Rome-
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 73
ro i el comerciante gallego don Pedro de Ocampo hicieron al
noviciado de Santiago legados en dinero mas o menos
considerables.
Pero el mas notable de los benefactores del noviciado fué
el padre José de Lazo, caballero chileno que, al tomar el
hábito de la Compañía, le hizo cesión de todos sus bienes,
que consistían en una hacienda con casas de habitación,
bodegas, una buena viña, campos estensos para siembras,
catorce esclavos i todos los aperos de labranza. Esta ha-
cienda, comprada algunos años antes por la madre del do-
nante en 12,000 pesos, entró al poder del noviciado de
Santiago a fines de 1735. Hasta ahora conserva esta ha-
cienda el nombre de Noviciado. Está situada cerca de la
Punta, otra valiosa propiedad de los jesuítas.
XIV
Se creería que los padres jesuítas estaban satisfechos con
poseer en la sola ciudad de Santiago tres colejios o casas
de residencia, fuera de las quintas, chacras i haciendas que
poseían en los alrededores, i donde tenían establecidas di-
ferentes industrias; pero no fué así; su celo no se había sa-
tisfecho con eso solo, i aspiraban a tener un convento en
cada barrio de la población. ^
El año de 1678 vivia en Santiago una señora española
llamada doña Ana de Flores, que vino a Chile casada con
don Manuel Cuello, fiscal primero i luego oidor de la real
audiencia de esta ciudad. Habiendo muerto este caballero
sin dejar hijos, la señora Flores pasó a segundas nupcias
'^ Como ya lo hemos dicho, cuando los jesuítas adquirieron
en 1746 el local en que hoi está construido el palacio de la Mone-
da, manifestaron el propósito de edificar otro convento, para ser-
vir a un barrio en que no había ningún establecimiento de esta
naturaleza, i con este pretesto solicitaron i obtuvieron muchas
ventajas. Ese convento, sin embargo, no alcanzó a construirse.
74 ESTUDIOS íllSTÓRICO-BIBLlOGRÁFICOS
contrayendo matrimonio con don Antonio Calero. Murió
éste sin descendencia, i la señora Flores se casó por tercera
vez con don José de la Gándara i Zorrilla, tesorero de las
reales cajas de esta ciudad. Este también murió al poco
tiempo sin dejar hijos ni herederos.
Si la señora Flores hubiese sido pobre, nadie quizá ha-
bria hecho alto en estas desgracias domésticas; pero poseia
en los estramuros de la población, en la orilla norte del
Mapocho i al oeste de la ciudad, una hermosa quinta con
buenas casas, un molino con dos paradas de piedras, una
buena huerta, algunos esclavos i los muebles i alhajas que
en esa época constituian el ajuar de una familia acomoda-
da. Esa propiedad fué tasada en 39,228 pesos 4 reales, lo
que constituia en ese tiempo una fortuna considerable. La
señora tres veces viuda consultó su situación con los con-
sejeros ordinarios en todos los casos de conciencia; i enton-
ces se le demostró que Dios no la (jUeria para el mundo, i
que por eso la llamaba para que tomase a Cristo por es-
poso.
No tardó mucho en dejarse convencer, i en efecto, se re-
solvió a tomar el velo de monja carmelita en el monasterio
que acababa de fundarse al oriente de la ciudad, al comen-
zar la Cañada. Pero, ¿qué suerte iba a correr su fortuna?
¿Pasaria al monasterio de carmelitas, a algún otro conven-
to o a los pobres? El caso estaba previsto por sus conse-
jeros espirituales, quienes le representaron que el barrio
en que estaba situada la quinta de su propiedad vivia en
el mayor desamparo, sin confesores ni otro ausilio espiri-
tual para combatir al demonio, que podia hacer allí libre-
mente sus conquistas para el infierno. Los jesuítas, que
contaban con la bien sentada fama de ser los enemigos mas
formidables del demonio, eran los únicos que podian poner
término a aquel desamparo: ellos podrian convertir aque-
lla quinta en un convento, contra el cual serian impotentes
la asechanzas del enemigo del jénero humano.
La señora Flores se dejó persuadir por esta argumenta-
ción, i en 1678 hizo donación de su propiedad con todos los
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 75
enseres a los padres jesuítas. El padre jeneral le envió des-
de Roma la patente de fundadora, i le mandó decir las mi-
sas con que la Compañía recompensaba a los que le obse-
quiaban sus riquezas. En ese local se formó un convento
para los relijiosos de tercera probación, o tercer grado en
la carrera de jesuíta, i se levantó una iglesia bajo la advo-
cación del apóstol San Pablo. Los cronistas de la Compa-
ñía, al referir este hecho, como lo hacen de ordinario al
contar las donaciones que se les hacían, no cesan de repetir
que el beneficio era para los pobres que se hallaban despro-
vistos de los bienes espirituales.
XV
La casa de San Pablo debía sostenerse con sus propios
recursos, como era práctica en los conventos de jesuítas.
Esto los autorizaba para buscar otros fundadores i bene-
factores; i en un suelo tan bien preparado como el de Chile,
no debían faltar estos ausílíares en la guerra que contra el
demonio tenían empeñada los padres.
En junio de 1696 falleció en Santiago el alguacil mayor
de esta ciudad don Antonio Martínez de Vergara, sin dejar
otro heredero que algunos hijos naturales, lo que prueba
que, a pesar de ser alguacil, había llevado una vida alegre. A
ser pobre, Martínez de Vergara no habría alcanzado ni un
responso de los padres jesuítas; pero poseía una valiosa ha-
cienda, una bodega bien provista de licores i bastante pla-
ta labrada. Para borrar las liviandades de la juventud i
obtener las misas que habían de llevarlo al cielo, tenia un
camino muí fácil: desheredar a sus hijos naturales o legar-
les algunas piezas de plata labrada, i dejar por testamento
todos sus bienes a los padres jesuítas del colejío o convento
de San Pablo, quienes en pago debían decirle las misas de
estilo i hacer cada año una misión en los campos de Acón-
76 ESTUDIOS HISTÓRICU-EIBLIOGRÁFICOS
cagua i de Putaendo. De esta manera los jesuítas fueron
dueños de la dilatada hacienda de Chacabuco '^.
Ademas de las propiedades enumeradas hasta aquí, los
jesuitas tuvieron otras no menos valiosas en el distrito de
Santiago, entre ellas la apreciada i estensa hacienda de la
Calera, a seis leguas de camino al suroeste de la capital.
Desgraciadamente, no hemos podido tener a la mano los
documentos referentes a la adquisición de esas propiedades;
i como no queremos consignar en estos apuntes mas que
noticias fundadas en documentos o relaciones fidedignas,
nos abstenemos, a lo menos por ahora, de tratar estos pun-
tos. Por esto mismo pasamos a referir la historia sumaria
de las adquisiciones que los jesuitas hicieron en otros pun-
tos del territorio chileno.
7 Esta hacienda habia sido donada en 1599 por Pedro de Vis-
carra, presidente interino de Chile, a Pedro de la Barrera en pre-
mio de los servicios prestados en la conquista. El alguacil Martí-
nez de Vergara la poseia como heredero del referido Barrera.
SECCIÓN II.
ADQUISICIONES DE LOS JESUÍTAS EN LAS PROVINCIAS DE CHILE
1. — Primera aparición de los jesuítas en las provincias del sur:
terror que causan entre los indios.— II. Sus pro^-ectos de con-
quista pacífica i de guerra defensiva. — III. Fundan casa en
Concepción: donación de don Juan García Alvarado. — IV.
Otros benefactores: don Miguel de Quiros; donación de la ha-
cienda de Logaví.— V. Levantamiento de los indios en 1655;
los jesuitas fortifican sus haciendas. — VI. Caridad de los jesuí-
tas para con los pobres: el obispo Nícolarde les paga para que
hagan una misión. — VIL Los jesuitas fundan la casa de Buena
Esperanza: nuevas donaciones. — VIII. El presidente Porter
Casanate, a causa de la pobreza del real tesoro, suspende el
pago del sínolo asignado por el reí a los jesuitas: reclamacio-
nes incesantes de éstos hasta que se les mandó pagar la asig-
nación real.- IX. Los jesuitas se establecen en el distrito de
Talca mediante la donación que se les hace de una casa i de
dos haciendas. — X. Los jesuitas dan misiones en Valparaíso:
la pobreza de sus habitantes retarda el establecimiento de los
jesuitas en ese puerto.— XI. Encuentran al fin benefactores i
fundan casa.— XII. Los encomenderos del valle de Quillota
piden a los jesuitas que establezcan allí una residencia, i al
efecto les dan 3,000 pesos, pero los jesuitas no se establecen
por falta de fundadores. — XIII. Aparecen al fin los benefacto.
res: el gobierno les da un solar para su convento. — XIV. Pri-
mera misión de los jesuitas en La Serena: milagros efectuados
por ella: eficacia de las reliquias de San Ignacio para los casos
de parto.— XV. Establecen una casa de residencia: caridad de
los jesuitas durante una epidemia de viruela: abandonan esa
78 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁPICOS
ciudad porque había quedado muí pobre después de la epide-
mia.— XVI. Espléndida donación de Recalde: los jesuítas se
establecen definitivamente en La Serena: milagro singular que
les produjo un espacioso sitio para edificar su convento. —
XVII. Los jesuítas se establecen en Mendoza: grandes dona-
ciones de los capitanes Lope de la Peña, José de Morales i Jo-
sé de Villegas.— XVIII. Los jesuítas descubren que el apóstol
Santo Tomas habia estado en América i que había predicado
el evanjelío a los indios de Mendoza. — XIX. Establecimiento
de los jesuítas en San Juan: donación del capitán Gabriel de
Malla, de don Francisco Marigoto i del clérigo Rodrigo de
Quiroga.— XX. Los jesuítas se establecen en San Luis: dona-
ción hecha por don Andrés de Toro.
El primer lugar adonde dirijíeron sus miradas los pa-
dres jesuítas después de haberse establecido en Santiago,
fué la ciudad de Concepción, cuartel o asiento del ejército
que sostenía la guerra en la frontera araucana. Después
de 50 años de lucha, que costaba a los colonos los mayo-
res sacrificios, los conquistadores, que habían visto des-
truir por los indios rebelados sus poblaciones del otro lado
del'Biobio i que encontraban cada dia mayores dificul-
tades para pacificar aquel territorio, se sentían casi desa-
lentados.
En un principio, los conquistadores habían creído que la
relijion vendría en su ausilio. Esperaron que los padres i
los clérigos que acompañan sus ejércitos catequizarían a
los indios, i que desde que éstos fuesen cristianos, seria
mui fácil mantenerlos sumisos i obedientes. Pero luego
perdieron sus ilusiones. Los indios no tardaron en persua-
dirse de que los predicadores que ocurrían de España, no
valían mas que los soldados, i lejos de dejarse convertir, se
manifestaban mas obstinados que antes.
Es verdad que no faltaban motivos para que los indios
concibieran tan mal concepto de los sacerdotes que iban a
convertirlos al cristianismo. En 1600, estando la ciudad
RIQUEZAS DE LOS ANTiaÚOS JESUÍTAS 79
de la Imperial sitiada por los araucanos, un clérigo espa
ñol llamado Juan Barba, que estaba en la plaza, se huyó
de ella i, pasándose al enemigo, se burlaba *'de la mi§a i
de los sacramentos, dÍ2e el cronista coetáneo de quien to-
mamos esta noticia, predicando a los indios contra nuestra
fé i haciéndoles entender que su bárbara vida era la buena
i verdadera. I aunque Dios permitió que después de algu-
nos años los indios le quitasen la vida por delitos que co-
metió tocante a mujeres, con todo, dejó impuestos a los
indios, no solo en las falsedades que les persuadió, sino en
perseguir i castigar a los que decian o hacian cosas de ofi-
cio de cristianos".
En esa época, poco mas o menos, llegaron los primeros
jesuítas a Concepción. Pensaban correjir a los españoles i
convertir a los infieles; pero en este último trabajo fueron
mui poco felices. Lejos de atraerse a los indios, como lo es-
peraban, despertaron entre éstos una gran resistencia.
Oigamos a un testigo de vista refiriendo un suceso ocurri-
do, según parece, por los años de 1604. ''Hallándome en un
fuerte que tenia a mi cargo en los términos que llaman de
Millapoa, a las riberas de un grande rio, dice el maestro de
campo don Alonso González de Nájera, habia de la otra
parte una parcialidad de indios llamados cojuncheses, te-
nidos por nuestros mas fieles amigos; i estando congre-
gados en un pueblecillo con sus caciques, que se habian
reducido allí poco habia de la pasada rebelión, adonde les
teníamos hecho un reducto junto a su pueblo, para asegu-
rarlos de los indios de guerra, con españoles que los guar-
daban, sucedió que, habiendo venido a mi fuerte dos padres
jesuítas a confesara los soldados, me dijeron que holgarían
de pasar el rio a ver el nuevo pueblo de los recien reduci-
dos indios i confesar a los soldados del reducto. Finalmen-
te, pasé con ellos en un ba»*co, i viendo los indios a los
relijiosos, fué tanto que se alborotaron i los caciques los
primeros, que dieron muestra de tomar las armas contra
nosotros; de tal manera que, advirtiendo yo en la causa
del alboroto i algazara que levantaron, corriendo todos de
^0 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLTOORÁFICüS
una parte a otra entre sus barrancas a tomar sus picas,
como si les hubieran tocado arma, me di la priesa que pude
para que los padres se desembarcasen i se entrasen en el
fuertecillo de los españoles, yendo yo la vuelta de los indios
a aquietarlos, como lo hice con las mejores palabras que
pude, diciéndoles que los reüjiosos no iban sino a ver a los
españoles del fuerte, con lo cual se amansaron aunque no
del todo, diciéndome los caciques con no poca soberbia con
su medio de hablar español: No es tiempo de pateros, no
es tiempo de pateros (que así llaman ellos a nuestros reli-
jiosos, queriendo decir padres), diciendo mas: Aun no ha-
bemos dado la paz i ya nos envian pateros para que nos
volvamos al monte" i)
II.
Los jesuítas pudieron conocer aquel estado de cosas; pe-
ro hasta entonces hablan sido tan afortunados en el nuevo
mundo que no querian persuadirse de que no conseguirían
la realización de sus designios.
Testigos de los sufrimientos i de la miseria de todo el
pais, sabiendo que algunas personas caracterizadas e influ-
yentes hablan hablado de que mas que proseguir la guerra
convenia al rei abandonar a Chile, creyendo que era una
ocasión propicia para pedir al rei la dirección de los nego-
cios de Chile, dando a su poder un desarrollo mucho ma-
yor, i al efecto, hicieron revivir el proyecto que un siglo
antes habia concebido el padre frai Bartolomé de las Casas
para conquistar i reducir a los indios por los medios per-
suasivos de la predicación evanjélica.
Los historiadores de Chile se han ocupado muchos veces
de referir los trabajos de los jesuítas para llevar a cabo
esta quimérica empresa; pero desgraciadamente, no han
1 ) González de Nájera, Desengaño i reparo de la ¿werra del
no de Chile, lib. V. sec. II. '
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 81
estudiado la cuestión mas que por un solo lado, en los do-
cumentos i crónicas que nos han dejado los mismos jesuí-
tas, i han pintado a éstos animados de tanto celo como
desinterés. Ábranse las crónicas jesuíticas i los historiado-
res que las han seguido fiel i constantemente, i se verá a los
hijos de la Compañía marchando heroicamente a la con-
quista espiritual, predicando la fraternidad, el desprendi-
miento de los bienes de la tierra, haciendo cesar la servi-
dumbre que pesaba sobre los infelices indios, i por fin, mar-
chando gozosos al martirio, cuando era necesario sufrirlo,
para hacer triunfar el evanjelio. Léanse los pocos docu-
mentos de otro oríjen que nos quedan, los informes de los
soldados de la conquista i de algunos letrados, i se verá el
reverso de la medalla, esto es, a los jesuitas injeriéndose en
todos los negocios de gobierno para apropiarse las tierras,
para reducir a los indios a vasallos suyos, i convertir en
provecho propio los sacrificios del tesoro real i del bolsillo
de los colonos.
Para nosotros, la verdad está en el medio de estas apre-
ciaciones estremas. Los jesuitas acometieron una empresa
irrealizable en la confianza de que los indios de Chile eran
menos belicosos de lo que eran en realidad, i con el propó-
sito de establecer aquí su dominación absoluta e inde-
pendiente bajo el sistema de misiones que poco mas tarde
comenzaron a plantear con mejor éxito en el Paraguai.
El piadoso monarca don Felipe III autorizó ampliamen-
te a los jesuitas de Chile para llevar a cabo la conquista
pacífica de la Araucanía. A fin de allanar cualquiera difi-
cultad, consintió en confiar nuevamente el mando político
i militar de este pais a don Alonso de Ribera, a quien pocos
años antes habia quitado del gobierno de Chile i mandá-
dolo a gobernar el Tucuman. Los jesuitas contaban a Ri-
bera en el número dt sus amigos; i en efecto, hasta enton-
ces, este esforzado capitán se habia mostrado mui bien dis-
puesto hacia la Compañía. No pretendemos seguir a los
jesuitas de Chile en esta mal aventurada empresa, en que
TOMO X 6
82 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
habían esperado ser a lo menos tan felices cerca de los in-
dios de Arauco como lo habían sido en medio de los dero-
tos pobladores de la colonia española.
III.
El 13 de mayo de 1612 llegaron a Concepción los jesuí-
tas encargados de dirijir la conquista pacífica, bajo las ór-
denes del padre Luis de Valdivia, que hacia de jefe de la em-
presa. Aunque iban bien provistos de dinero que les había
mandado entregar el reí de España, los padres se hospeda-
ron en la casa o palacio del gobernador Ribera, lo que los
autorizaba para publicar su pobreza. Como debía espe-
rarse, luego comenzaron a aparecer los fundadores i bene-
factores de la Compañía, P^l canónigo don Juan García de
Al varado fué el primero de todos ellos: donó a los jesuítas
unas casas que poseía en la plaza de la ciudad, otro solar
mas, i una hacienda situada a orillas d^l rio Itata, deno-
minada la Magdalena, que media 1,700 cuadras, i que
tenia una viña, una buena dotación de ganados vacuno^
ovejuno i cal)a11ar, quinientas cabras i muchos yanaconas
o indios de servicio.
Haremos notar de paso que los jesuitas iban a Concep-
ción a pedir la supresión de las encomiendas o servicio per-
sonal de los índíjenas, i que la historia les ha tributado
los mas pomposos elojios por este espíritu filantrópico i
caritativo de que parecían revestidos. Mientras tanto en
cada propiedad que iban adquiriendo en los campos del
sur, conservaban para su uso los yanaconas o indios de ser-
vicio, como los demás encomenderos contra quienes predi-
caban, i del mismo modo que en Santiago, habían utilizado
los esclavos de que se les hiciera donación. Por grande que
fuera la humildad de los colonos ante los jesuitas que
se presentaban rodeados de tanto prestijio i autoridad,
no faltaron algunos que hicieran notar esta contradicción.
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS ^3
entre los actos i las palabras de aquellos evanjéücos misio-
neros.
Inmediatamente comenzaron los padres a arreglar las
casas que les habían dado para que les sirviese de conven-
to, formando en ellas una iglesia. Suscitóse, sin embargo,
una grave dificultad: los clérigos i los canónigos se opusie-
ron a la fundación de una igltsia al costado de la catedral,
sin duda porque temieron la competencia que les iba a ha-
cer la Compañía, pues aunque los jesuítas declaraban que
ellos no negociaban con misas ni con entierros, se sabia
demasiado bien que ellos habrían de llevarse todos los le-
gados i donaciones en grande que pudieran hacer las per-
sonas piadosas, i conocían que era esto último lo que cons-
tituía el negocio mas lucrativo. El gobernador intervino,
acalló todas las resistencias i mandó que no se pusiera os-
táculo al establecimiento de la iglesia i del convento" "De
este colejio, dice con admirable candor el jesuíta Olivares,
como del caballo trOjano, han salido i salen todos los es-
forzados guerreros que han hecho gu'^rra al infierno i le
han quitado infinitas almas, aunque no sean mas que las
de los párvulos, que por las misiones de los jesuítas se han
coronado de gloria". En efecto, a esto solo quedó reducida
al fin la acción de los jesuítas que iban a conquistar pacífi-
camente a los araucanos. Bautizaban los niños que los sol-
dados españoles sacaban del territorio enemigo después de
cada correría; i aun con mucha frecuencia, esos indios se
fugaban del campo español, volvían al suelo de sus mayo-
res, i capitaneaban mas tarde a sus hermanos en aquella
guerra encarnizada.
IV.
El canónigo Alvarado había merecido por su valiosa
donación el título de fundador, pero lo rehusó para que los
padres buscaran otro individuo que quisiera adquirirlo
con su fortuna, contentándose él con el honor de benefac-
84 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
tor. Otro clérigo se presentó algunos años mas tarde a
solicitar el puesto vacante.
Era éste don Miguel de Quiroz, hombre anciano que
abrazó la carrera eclesiástica después de haber servido lar-
gos años en el ejército de la frontera. Se preparaba para
hacer a la Compañía la donación de todos sus bienes cuan-
do le sobrevino la enfermedad que le causó la muerte. Hizo
entonces su testamento en favor de los jesuitas; pero, aun-
que la voluntad de Quiroz habia sido obtener el título de
fundador, sus propiedades, que consistian, en una casa i
una hacienda, habian sufrido tantos deterioros por las
irrupciones de los indios i por los terremotos que, cuando
se tasaron, su valor no pasó de 16,000 pesos. Esta suma
no bastaba para obtener el título de fundador: los jesuitas
le dieron solo el de benefactor mandándole decir las misas
de costumbre; pero por gracia mui especial, i en pago de la
buena intención del clérigo Quiroz, el padre jeneral de la
orden mandó que en el convento de Concepción se le dijera
una misa todas las semanas.
La prosperidad de los jesuitas en el distrito de Concep-
ción no habia dejado de suscitarles algunas dificultades.
Muchos encomenderos a quienes habian querido obligar a
deshacerse de sus indios de trabajo para ejecutar, decian,
su sistema de guerra defensiva; algunos capitanes cuyos
planes militares habian contrariado, i hasta muchos sa-
cerdotes que miraban de reojo el ascendiente de los jesuitas,
hacian a éstos una oposición mas o menos violenta, mas
o menos disimulada. Pero, "al paso que los hombres se
volvian contra los jesuitas, dice el padre Olivares, Dios
miraba i favorecia a su Compañía Dispuso i movió los
ánimos bien intencionados para que los ayudasen con sus
limosnas para poder edificar su colejio i aumentar sus ha-
ciendas".
Esta protección divina se manifestó por medio de dona-
ciones tan variadas como numerosas. El capitán Diego
Trujillo donó una hacienda cerca del Tomé i la mitad de
una casa que poseia en Concepción. El deán de la Catedral
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 85
de esa diócesis, donjuán López de Fonseca, donó otra ha-
cienda con una regular dotación de ganado cabrío. El
maestre de campo don Alonso de Puga obsequió una suma
considerable de dinero. El presidente de Chile don Fran-
cisco Lazo de la Vega dio al colejio de Concepción la ha"
cienda de Longaví que, ensanchada un poco mas tarde con
2,000 cuadras de terreno que donó el marques de Baides,
sucesor de aquél en el gobierno de la colonia, constituyó la
mas dilatada hacienda de todo el territorio.
Otro gobernador de Chile, don Juan Henríquez, no te-
niendo haciendas que dar a los jesuitas, les cedió una calle
de Concepción para que la cerraran con su iglesia, les faci-
litó peones que él pagaba, les dio la madera necesaria i seis
esclavos, que pasaron a aumentar el número de los servido-
res de la Compañía. En premio de este servicio, cuando
Henríquez murió en España el año de 1689, fué enterrado
en las bóvedas del convento principal que tenian los jesui-
tas en Madrid.
Desde que los padres se convencieron de la inutilidad de
sus esfuerzos para ocupar pacíficamente el territorio arau-
cano, contrajeron toda su actividad al cultivo i mejora de
sus haciendas, que daban un beneficio mas provechoso que
la predicación entre los indios salvajes. La denominada
Magdalena llegó a ser la mejor estancia de toda aquella re-
jion. El padre Diego Rosales, autor de una estensa historia
de Chile, habia comprado con las limosnas que recojia para
la Compañía una estancia inmediata llamada liuenque-
hue, que tenia una viña mui buena i una espaciosa bodega.
Los jesuitas, los enemigos declarados del servicio personal
de los indíjenas, tenian allí mas de 150 yanaconas o indios
de trabajo, muchos esclavos, una gran viña, lagar, bodega.
bastante ganado, todos los aperos necesarios, i ademas
tina curtiembre bien montada.
86 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
El 14? de febrero de 1655, los indíjenas, desesperados con
el mal tratamiento que recibían de los encomenderos, se
sublevaron repentinamente en todos los establecimientos i
estancias situados entre los rios Biobío i Maule, asesina-
ron a los españoles en unos puntos, robaron el ganado,
destruyeron las casas i causaron por todas partes el terror
i el espanto. Los indios de servicio se habian puesto de
acuerdo con los indios de guerra del otro lado de la fronte-
ra, i todos a una habian tomado parte en aquella formi-
dable rebelión. Los jesuitas no fueron los mejor parados en
esta emerjencia. Sus haciendas fueron saqueadas por sus
propios yanaconas, entre los cuales figuraba uno que, aun-
que habia recibido de los padres el agua del bautismo i junto
con ella, el nombre del santo fundador de la Compañía, se
hizo capitán de los rebeldes. El indio Ignacio encastilló su
jente en una selva, i en seguida se fué a Arauco a buscar
ausiliares entre los indios de guerra.
Los jesuitas, convencidos de 'a ineficacia de la predica-
ción en aquellos momentos, imploraron el ausilio de las
armas del rei; i en efecto, salió de Concepción un cuerpo de
tropas mandado por el sarjento mayor Jerónimo de Moli-
na, a quien acompañaban algunos padres. Los indios rebe-
lados, notando que no habian sido socorridos oportuna-
mente por sus hermanos de ultra Biobío, comenzaron a
rendirse sometiéndose de nuevo al trabajo forzado de las
encomiendas. Los jesuitas, que conocían bien lo que valian
los indios de servicio, pidieron que no se matase a los ren-
didos i lograron así repoblar sus haciendas de ganado hu-
mano, aunque machos indios i esclavos consiguieron asilar-
se en el otro lado de la frontera; pero el indio Ignacio fué
ahorcado en Concepción. Los historiadores jesuitas que
han referido estos sucesos, atribuyen la pacificación a un
milngro efectuado por el cielo mediante la interposición de
los padres que acompañaban al mayor Molina. "Estando
ajusticiando al indio Ignacio, dice el jesuíta Olivares, mos-
tró la divina justicia que se agradaba de aquel castigo, por
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 87
«que se vio en el cielo una espada de fuego que vio i admiró
toda la ciudad que estaba presente".
No parece, sin embargo, que esta confianza de los padres
jesuítas en la protección del cielo fuera mui profunda i muí
sincera. Así fué que. apenas sofocada la insurrección, se
prepararon para defender sus propiedades contra las irrup-
ciones de los indios, sin reparar en gastos. No siendo posi-
ble amurallar todas sus haciendas, rodearon las casas i bo-
degas de la Magdalena, con palizadas formidables, defen-
didas por dos torreones i resguardadas por un cuerpo de
tropa armada de arcabuces, que ellos mismos pagaban
i sostenían. Aquellas fortificaciones resistieron mas de
una vez los ataques de los indios, de manera que, si ellos
consiguieron robar algún ganado a los padres, éstos de-
fendieron militarmente sus casas, sus bodegas i sus cose-
chas contra los indios qne no hablan querido oir su pre-
dicación. ^^^
En la espaciosa hacienda de Longaví, que era donde los
padres mantenían sus mayores masas de ganado, cons-
truyeron también fortificaciones de la misma naturaleza.
Los jesuítas quedaron así encerrados dentro de esos fuer-
tes, sin poder comunicarse con sus otras haciendas o con
su convento de Concc[)cion, sino venciendo las mayores
■dificultades. Los indios pobladores de aquellos campos
veian en los padres, lo mismo que en los demás encon>en—
■deros, a los enemigos infatigables de su reposo i de su tran-
quilidad, a los hombres que los obligaban a trabajar como
bestias para enriquecerse con su trabajo; i por eso, los hos-
lizaban en sus propiedades, i aun en sus personas, cuando
podian hacerlo con ventaja.
2)- A pesar de todas estas precauciones, los iesuitas, amenaza-
dos en sus propias fortificacionts con la rebelión de los indios de
1724-, prefirieron prender fuego a las casas, bodegas i a la iglesia
antes que verlas caer en manos del enemigo. Después de haberlo
quemado todo, se retiraron a Concepción, i eu 1728 comenzaron
ji reconstruir sus h ibitaciones i casas de labranza.
88 ESTUDIOS HISTÓRICO-BTBLIOGRÁFICOS
VI.
En tanto, los jesuítas de aquella provincia no habian
descuidado otros negocios que podian hacerse dentro de
las ciudades. Las casas que poseian en Concepción estaban
rodeadas de cuartos de alquiler que servian para tiendas, i
tanto aquéllas como éstos producían un buen arriendo.
Los jesuítas retribuían al pueblo las sumas que recibían,
por medio de la predicación, de los ejercicios, de las proce-
siones i demás fiestas relijíosas, i de la conversión de algu-
nos indios, que, estando alejados de su familia i reducidos
a vivir en Concepción como prisioneros o como trabajado-
res, se dejaban bautizar fácilmente.
Ademas, los padres daban a los pobres en la puerta de
su convento las sobras de su comida. Esta obra de la mas
elevada caridad ¿quién lo creyera? fué para los padres un
ramo de entradas. El piadoso gobernador don Juan Hen-
ríquez, que asistió personalmente a este reparto de comida,
quiso que en adelante corriera por su cuenta, i entregaba a
los padres el dinero necesario a fin de que no faltase aquel
sustento para los pobres. Por eso dice un cronista d ^ la or-
den que "esta limosna no empobrecía al convento, antes
por esta i otras que empleaban en las necesidades del pue-
blo, Dios (esto es, las personas acaudaladas, cuyo corazón
movía Dios) le daba para sí i para otros".
Los jesuítas deseaban también establecer misiones anua-
les que recorrieran los campos inmediatos a Concepción
donde no hubiera guerras. Aunque disponían de rentas muí
considerables, les había arredrado el gasto que esa misión
debía ocasionar, i prefirieron esperar que Dios moviese el
corazón de alguna persona piadosa que quisiera dotar
aquella misión ambulante. No se hizo esperar mucho tiem-
po la realización de sus deseos. En 1719, el obispo de Con-
cepción don Juan Nícolarde les dio 2,000 pesos en dinero
para que con sus réditos costeasen su viaje los misione-
RIQUEZAS Dtí LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 89
ros. La primera espedicfbn de aquellos desinteresados
predicadores terminó en marzo de 1720. Los jesuítas es-
pedicionarios traían apuntados en un prolijo rejistro el re-
sultado de su primera campaña. Habían dado 5,576 co-
muniones: las confesiones pasaron de 6,000, i mas de 500
de ellas eran confesiones jenerales. El cielo había repartido
su gracia sobre los que habían oido la palabra divina; en
cambio, habia sido inexorable con los que se habían negado
a confesarse. Dios habia ahogado en el Bíobío a un hombre
que se habia resistido a la confesión. Una mujer que en
años atrás se había sacado de la boca la sagrada forma,
vivía presa del demonio i de las enfermedades; pero los mi-
sioneros le aplicaron el conveniente remedio i sanó de
ambos males. El buen obispo Nícolarde debió quedar en-
cantado al saber los prodijios que se habia hecho con sus
2,000 pesos, porque la misión ambulante se estableció de
fijo, i cada año, por la estación de verano, salían los pa-
dres a operar milagros análogos.
VIL
El lector de estos apuntes se equivocarla si creyese que
aquel convento i aquellas haciendas fueron las únicas pro-
piedades que tuvieron los padres jesuítas en el distrito de
Concepción. A unas doce leguas al oriente de la ciudad de
este nombre, establecieron otra casa de residencia que llegó
a tener una grande importancia. Vamos a referir sumaría-
mente la historia de ella.
Para llevar a cabo su plan de conquista pacífica, el pa-
dre Luis de Valdivia dividió a sus operarios en dos cuerpos
que debían obrar casi simultáneamente. Uno de ellos en-
tró al territorio enemigo por la rejíon mas vecina a la cos-
ta, mientras el otro se estableció en el fuerte que tenían los
españoles en Buena— Esperanza, punto medianero entre
90 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
Talcamávida i Yumbel '^). Fomiaban este ííltimo cuerpo
dos jesuítas, los padres Vicente Modelell i Antonio Apa-
ricio, aquél hombre, esperimentado que hacia de jefe, i el
segundo mucho mas joven. En esta rejion se habian esta-
blecido algunos estancieros españoles que vivian resguar-
dados de las incursiones de los indios de guerra por las
aguas del caudaloso Biobío i por una serie de fortines que
habian construido los conquistadores. Desde ese punto co-
menzó sus trabajos el padre Modelell predicando a los in-
dios de paz i entablando negociaciones con los indios de
guerra del otro lado del Biobío. Estaba ocupado en esto
cuando llegó a Buena— Esperanza la noticia de que los in-
dios rebeldes habian dado muerte a tres jesuítas que aca-
baban de penetrar en sus tierras por el lado de Arauco. La
empresa de la conquista pacífica pareció desde entonces
mucho mas difícil i peligrosa de lo que se habian imajinado
los padres.
Los cronistas de la Compañía refieren que el celo de los
misioneros de Buena— Esperanza no se enfrió con este con-
tratiempo, i (jue los padres Modelell i Aparicio ardian en
deseos de penetrar en el territorio enemigo para merecer la
corona del martirio. Sea de esto lo que se quiera, lo cierto
es que pudo mas la prudencia que el ardor, i que los dos
padres se quedfiron al abrigo del fuerte español. En vez
de embarcarse en una empresa sembrada de peligros i al
parecer tan insensata como temeraria, determinaron esta-
blecer allí una iglesia i un convento, "para que los misio-
neros de la Compañía tuvieran donde acojerse en casa pro-
pia", como dice uno de los cronistas de la orden. "Tod^í
era pequeño i humilde, agrega: que siempre los principios
son dificultosos i se empieza por poco". Sin embargo, con
los donativos i el trabajo de los vecinos, ios padres se pro-
¿i) El fuerte de Buena-Esperanza fué el oríjen del pueblo de Rere,
que recibió el nombre de San Luis Gonzaga, del gobernador don
Antonio Guill i Gonzaga, que trasformó en villa el fortín que allí
habia.
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS *Jl
vejeron de madera i de otros materiales para ensanchar
sus habitaciones i mejorar la iglesia. Verdad es que en es-
tos lugares los jesuítas fueron los intermediarios para la
realización de los milagros mas singulares que operaron
en Chile. Seria largo referir aquí todos los prodijios que
consignan las crónicas de la Compañía, las curaciones de
endemoniados, las conversiones portentosas de infieles o
pecadores envejecidos, la corrección de los soldados mas
empecatados. Podríamos llenar muchas pajinas con estas
historias sin agotar una materia tan vasta i sin trasladar
mas que una parte de las noticias que nos han trasmitido
las crónicas. Por eso fué que los padres de esta residencia,
que durante algunos años, se habían sostenido con el síno-
do asignado por el rei i que les pagaban puntualmente las
cajas reales, comenzaron mas tarde a recibir de los espa-
ñoles encomenderos algunas donaciones que incrementa-
ron rápidamente su fortuna.
Un encomendero llamado Ventura Beltran les dejó una
buena viña con su correspondiente bodega. El deán don
Juan de Fonseca les donó unos terrenos. El sarjento mayor
Francisco Rodríguez de ívcdesma, estando para morir, pi-
dió el ser admitido en la Compañía a la hora de la muerte,
para gozar de las gracias que el cielo concede a esta orden
i en pago de este servicio, dejó a los padres una estancia
bien provista de ganados con un molino i una buena dota-
ción de indios de trabajo i algunas alhajas o piezas de pla-
ta labrada. La misión de Buena-Esperanza, elevada al ran-
go de colejio en 1652, tuvo desde entonces como subsistir
con toda holgura; pero a pesar de esto, siguió cobrando
del real tesoro el sínodo asignado.
El alzamiento jeneral de los indios de 1655 obligó a los
jesuítas de Buena Esperanza a abandonar su residencia,
como a casi todos los estancieros de aquellas provincias.
Los indíjenas, embravecidos por la desesperación de verse
sometidos al penoso trabajo que les imponía el sistema de
encomiendas, se hablan rebelado contra sus opresores, co-
rñetian p- r todas partes las mayores depredaciones i, en el
92 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
primer momento, obligaron a todos los españoles a buscar
su salvación en la fuga mas desordenada i lastimosa has-
ta llegar a Concepción. En esta desastrosa evasión, los je-
suitas fueron casi siempre los mejor parados, porque su ca-
rácter sacerdotal hacia que los soldados de los fuertes les
guardaran el mejor lugar entre los pelotones de fujitivos,
mientras las mujeres i los niños eran abandonados sin pie-
dad a la saña i a la lujuria de los indios sublevados.
VIH
Aquel estado de desorganización completa, agravado con
una espantosa epidemia de viruelas que diezmó a los indios
i que hizo grandes estragos entre los españoles, duró mas
de un año. El virrei del Perú, conde Alba de Liste, atribu-
yendo con razón estos males a la mala administración del
gobernador Acuña i Cabrera, a quien el pueblo de Concep-
ción habia depuesto del mando por el mismo motivo, con-
fió el gobierno de Chile al almirante don Pedro Porter Ca-
sanate. No es este el lugar de referir los esfuerzos del nuevo
gobernador para castigar a los indios reincides i para esta-
blecer la tranquilidad. Los jesuítas recobraron sus tierras
i, si no el todo, la mayor parte a lo menos de sus indios de
servicio, a muchos de los cuales habian trasportado a las
inmediaciones del rio Maule para no perderlos en la revuel-
ta. Porter Casanate, cu^^os trabajos habian sido embara-
zados principalmente por la miserable pobreza del erario
real, convencido de que las misiones jesuíticas no producían
ningún resultado ni para la conversión de los indios ni pa-
ra mantenerlos en paz; creyendo ademas que los jesuítas
tenían de sobra con sus propias riquezas para sostener sus
conventos i sus iglesias, quiso aliviar al tesoro de una de
sus mas pesadas cargas para poder atender de cualquier
m odo a las mas premiosas necesidades de la administración
i por providencia de 16 de febrero de 1657, dictada con-
I
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 93
acuerdo de los altos empleados de la colonia, suspendió el
sínodo que se pagaba a las misiones, dando cuenta al reí
de lo hecho para obtener la aprobación de su medida.
Pero Porter Casanate, que era un hombre de un notable
saber, que se había ilustrado con importantes empresas i
con algunas memorias i libros de verdadero mérito, i que a
sus conocimientos teóricos unia el conocimiento délos hom-
hres, como lo habia probado sofocando la insurrección de
los indios chilenos, no conocía a los jesuítas cuando creyó
que éstos se resignarían a no recibir el sínodo que les man-
daba pagar el rei, aunque este sacrificio, indispensable en
aquella situación, iba a ser de grande utilidad para la cau-
sa real. Porter Casanate sufrió un error de que habría te-
nido que arrepentirse mas tarde si la muerte no le hubiera
sorprendido antes que llegara a Chile la resolución del reí.
Desde luego, los padres jesuítas de Chile reclamaron de
aquella resolución, dándose por tan pobres que no podían
sostener las misiones sino con el real ausíÜo; i como Por-
ter Casanate no hiciera caso de esas representaciones, los
padres se dirijieron al monarca. BI p ¿dre Jacinto Pérez,
procurador jeneral de los jesuítas de América, hizo en la
corte premiosas representaciones. k.\ principio no se dio im-
portancia a estos reclamos; pero el procurador repitió sus
apremios con tanta insistencia, que el piadoso monarca
don Felipe lY no vaciló en desaprobar la conducta de uno
de sus mejores servidores, i mandó por su real cédula de 9
de febrero de 1663, no solo qu^ se continuara pagando a
los jesuítas el sínodo asignado, sino que se les cubrieran
todas las cantidades que habían dejado de percibir desde
1657. Escusado parece decir que los padres no se dieron
por satisfechos hasta que no hubieron recibido el último
real.
El alzamiento de 1655 habia concluido también con
otras misiones que tenían los jesuítas en la alta frontera, i
«en algunas de ellas los padres tuvieron que sufrir los efec-
tos de la cruel saña de los indios rebelados. Pero en ellas
no habia mas que una iglesia i una modesta casa para ha-
94 ESTUDIOS HISTÓÜIGO-BIBLIOGRÁFJCOS
bitacion de los misioneros, porque éstos no habian alcan-
zado aun a formar haciendas, molinos, viñas, crianza de
ganado, bodegas, etc. Después de restablecida la paz, esas
misiones, que eran mui poco productivas, quedaron aban-
donadas, i los pobladores de los campos vecinos privados
de la predicación evanjélica, i sometidos a esperar que por
los meses de verano pasara por allí una de esas misiones
viajeras que solían visitarlos. El celo fervoroso de los pa-
dres jesui tas preferia ejercitarse en los alrededores desús
conventos i de sus haciendas, allí donde, al paso que se aten-
dían los intereses espirituales, no se descuidabcín ta.npoco
los negocios temporales, que cada dia se hacían mas pro-
vechosos i aumentaban las inmensas riquezas de la orden.
IX.
La historia del establecimiento de los jesuítas en el te-
rritorio que hoi forma la provincia de Talca es tan intere-
sante como instructiva, i no debemos dejar de recordarla
en estos apuntes.
El año de 1692, el gobernador de Chile don Tomas Marin
de Poveda, mandó fundar una po))lacion en un lugar si-
tuado un poco al oriente de donde existe hoi la ciudad de
Talca. Como este pueblo no prosperara, otro presidente
de Chile, don José de Manso, dispuso la repoblación de la
ciudad en 1742. Estimularon esta resolución gubernativa
los relíjiosos agustinos, que poseyendo allí un terreno, hi-
cieron cesión de una porción mui considerable de él para
que se fundase el pueblo de San Agustín de Talca. Los pa-
dres jesuítas inmensamente mas ricos que los agustinos, i
dueños entonces de las mas valiosas haciendas del país, de
cantidades enormes de ganados i de muchas casas i esta-
blecimientos industriales que le producían una gran renta,
quisieron también contribuir por su parte a la fundación
de la nueva ciudad.
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 95
Pero los jesuítas no contribuyeron con sus donativos, o
mas bien dicho, lejos de dar algo para la fundación, apro-
vecharon esta ocasión para pedir dos haciendas. Se habia
establecido en Santiago una junta denominada de pobla-
ciones, que tenia a su cargo el velar por la fundación i
progresos de las nuevas ciudades. La de Talca estaba
representada por uno de los oidores' de la real audiencia^
apellidado Recabárren. A él se dirijieron los padres ofre-
ciendo fundar allí una residencia que debía ser el asilo de
los enemigos mas formidables del demonio; pero en cambio,
exijian un solar dentro del pueblo i los campos de labranzas
necesarios para el sostenimiento de esa residencia.
Con fecha de 10 de junio de 1748, la junta de poblacio-
nes accedió a esta petición; i los jesuitas tuvieron, ademas
deis Diaren que levantaron su convento, dos hermosas
propiedades. Una de ellas llamada Duao, o el Fuerte, por
una antigua fí^rtificacion que allí construyeron los espa-
ñoles a mediados del siglo XVJIpara intimidar a los indios
rebelados del otro lado del Maule, estaba situada a orillas
de este rio, i media 250 cuadras de buen terreno. La otra
hacienda, col(3cada en la costa de la misma provincia, era
mucho mas considerable, puesto que media mas de cuatro
leguas cuadradas. Esta hacienda, cerrada al sureste por el
rio Maule, llegaba por el norte hasta la aldea actual del
Junquillar, i poseia hermosos bosques de maderas de cons-
trucción. Allí establecieron los padres una crianza de gana-
dos, que llegó a contar muchos miles de vacas, i un astille-
ro sobre el Maule f^n que construian pequeñas embarcacio-
nes que iban a comprarles los bodegueros de Valparaíso i
de los otros puertos.
Para que se comprenda mejor la importancia de esta
propiedad, agregaremos que la actual hacienda de Quivol-
go no es mas que la tercera parte de la que con el mismo
nombre poseyeron los jesuitas en la embocadura del Maule.
96 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁGICOS
X.
La ciudad de Valparaíso, tan importante por su comer-
cio i sus riquezas desde la emancipación política de Chile,
era bajo el réjimen colonial una miserable aldea, formada
por algunas bodegas i por unas casas donde vivían los ofi-
ciales i soldados de su guarnición í los negociantes que se
ocupaban en cargar i descargar las pocas naves que llega-
ban a su puerto. Esos moradores, casi todos de escíisa for-
tuna, habían deseado siemjire que los padres jesuítas esta-
blecieran allí una casa de residencia para oír de su boca
la palabra divina i gozar de los beneficios espirituales que
esos sacerdotes prodigaban en todas las partes en que se
establecían; pero no lograron ver realizados sus deseos por-
que, como dice el jesuíta Olivares, "nunca hubo entre sus
moradores quien pudiese dar para una moderada fundación ,
aunque sus vecinos la deseaban para tener quien los doctrí-
nase; mas, no había quien pudiese ofrecer cantidad consi-
derable para que los padres se mantuviesen".
Es verdad que los jesuítas fueron enormemente ricos a
los pocos años que se establecieron en Chile, i que sí ha-
cían misiones en algunos puntos donde no tenían propie-
dades, el rei se las pagaba bastante bien; pero creyeron,
como queda dicho, que los vecinos de Valparaíso eran in-
dignos de oír su predicación por el solo hecho de ser po-
bres i de no tener cómo sostener a los misioneros dándoles
casas i haciendas, como les habían dado en otras par-
tes 4).
El año de 1657, llegaron por primera vez a Valparaíso
dos jesuítas a dar una misión, costeada por los encomende-
4)« No será demás advertir que los relijiosos agustinos, los
franciscanos i los mercenarios, con muchos menos recursos que
los jesuítas, i sin esperar tener fundadores i benefaetoVes, funda-
ron iglesias i conventos en Valparaíso antes que estos últimos.
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 97
ros o hacendados del valle de Quillota. Aunque uno de esos
padres llamado Nicolás de Lillo, era '*el oráculo con quien
se consultaban los casos mas dificultosos", i aunque de or-
dinario estos consultores habían proporcionado a la Com-
pañía los fundadores i benefactores que le habian produci-
do donaciones de haciendas i de casas, los padres no consi-
guieron por entonces nada en la pobre ciudad de Valparaí-
so. No hubo entre sus habitantes uno bastante rico o
bastante piadoso para ser fundador de una casíi de resi-
dencia de los jesuitas; i aquellos quedaron condenados a no
contar con estos vigorosos enemigos del demonio sino cuan-
do la misión fundada con el dinero de los hacendados de
Quillota podia llegar hasta el vecino puerto.
XI.
Pocos años mas tarde llegó a Chile como visitador de
la Compañía, comisionado desde Roma, el padre Manuel
Sancho Granado^ que pronto fué nombrado provincial de
todos los jesuitas de este pais. Este comprendió desde lue-
go las ventajas que podian resultar de la fundación de una
casa o convento en Yalparaiso, cuya población se habia
incrementado desde principios del siglo XVIII. Para con-
seguir este objeto, despachó en 1724 a los padres Antonio
María Faneli i Antonio Salva para que diesen una misión
en esa ciudad, i para que "juntamente reconociesen si ha-
bia forma de hacer allí una casa de residenciade la Compa-
ñía de Jesús", o lo que es lo mismo, si habia quienes quisie-
ran obtener los títulos de fundadores i benefactores, entre-
gando sus caudales a los padres.
La previsión del padre provincial no salió burlada. Sus
dos emisarios se hospedaron en la casa del cura, que lo era
entonces don Francisco Aldunate, que los trató con la
mayor benevolencia i jenerosidad, en los cuatro meses que
vivieron i comieron con él. Pero luego los padres tuvieron
TOMO X 7
98 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
casa propia, porque compraron una bajo las mejores con-
diciones del mundo: toda ella a censo, a favor del mismo
cura de Valparaíso, que tenia por ello la obligación de can-
tar todos los sábados una misa a la vírjen. El bondadoso
cura Aldunate hizo cesión del censo a los jesuitas, i sin em-
bargo, siguió cantando su misa todos los sábados. Los
padres, que eran mui hábiles compradores, hicieron pocas
veces una compra tan ventajosa como ésta.
Los jesuitas comenzaron pronto a construir su conven-
to. No hubo ningún vecino que contribuyera a este trabajo
con una gruesa suma para merecer el título de fundador;
pero sí hubo muchas personas, entre las que se distinguie-
ron dos vecinos, don Miguel de los Rios i su sobrino don
Miguel Gómez de los Rios, que hicieron limosnas con que
los padres pudieron terminar la obra de su casa i comprar
ademas unas bodegas, parte a censo i parte al contado,
cuyo alquiler daba para su sostenimiento.
El terrible terremoto de 8 de julio de 1730 destruyó esas
bodegas, i los padres, que aun conservaban algunos fon-
dos recojidos de limosnas, pero que no bastaban para su
reconstrucción, estuvieron a punto de abandonar la resi-
dencia de Valparaíso. Dios, sin embargo, quería otra cosa;
i, como dice un cronista de la Compañía, dispuso que el
padre Pedro de Ayala, superior de esa casa en 1733, encon-
trara corazones piadosos que hicieran nuevos donativos
con los cuales pudo comprar la hacienda de Limache en
solo 5,500 pesos, incluyendo en esta suma un censo de
1,800 pesos que los padres redimieron.
El favor de Dios fué mas considerable todavía, puesto
que los padres pudieron poblar su hacienda con 730 cabe-
zas de ganado vacuno, 1,500 ovejas, 300 cabras i la con-
veniente dotación de caballos.
Debe hacerse notar aquí que este resultado se consiguió
mediante muchos donativos, pero todos ellos pequeños.
Los mas considerables fueron, aparte del que hizo el cura
Aldunate, de que ya dimos cuenta, uno de 2,000 pesos
de don Juan Antonio Longa, que los ;jesuitas cobraron a
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 99
SUS herederos después de un pleito; otro por igual suroa
de don Miguel de los Rios, sin contar con otras limosnas
que dieron él i su sobrino; uno de 1,000 pesos de doña Es-
peranza Urbina, i otro menor de don Nicolás Barrio-
nuevo.
Andando el tiempo, los jesuitas hallaron en Valparaiso
muchos otros benefactores, i recibieron por este medio al-
gunas valiosas propiedades en aquellos alrededores; pero
nos faltan los documentos para designar con precisión la
manera i forma como hicieron esas adquisiciones.
XII.
Los padres jesuitas tuvieron también su casa de resi-
dencia en el vecino valle de Quillota, en que poseyeron va-
liosas propiedades. Desde principios del siglo XVII, cuan-
do todavía no habia en él pueblo alguno, los vecinos en-
comenderos de este valle, que eran cristianos fervorosos,
solicitaron el establecimiento de una casa de jesuitas, por-
que, como dice un cronista, "habian reconocido los frutos
que en sus trabajos recojian los padres de la Compañía de
Jesús". Para conseguir este fin, los vecinos i encomende-
ros del valle se ofrecieron a juntar la cantidad suficiente
para la mantención de los jesuitas. El padre Juan Romero,
rector del colejio máximo de Santiago, no pudo desaten-
der esta súplica, i en 1628 envió dos padres suficiente-
mente autorizados para arreglar este asunto. Los vecinos
habian reunido la cantidad de 3,000 pesos, que entregaron
a los jesuitas.
Los dos padres compraron con esta suma una finca con
viña i molino, i acomodaron allí su primera residencia.
Pero esa propiedad era poco productiva; de manera que
sus entradas no bastaban para sostener la casa recien fun-
dada. Los jesuitas hicieron presente esto mismo a los ve-
cinos encomenderos, esperando que éstos recojieran otras
100 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
cantidades para llenar el déficit. Los encomenderos, por su
parte, creían haber hecho todo lo que podia exijírseles con
la entrega de los 3,000 pesos; i, como sabian que los jesuí-
tas de Santiago recibían cada día nuevas donaciones i
nuevas herencias, esperaron que ellos contribuyeran por
su parte para la fundación de un convento en Quillota.
Sus esperanzas no se realizaron. Cuando los padres vieron
que no había en aquel valle quién se dejara mover por
Dios para pedir el título de fundador, o siquiera de bene-
factor, abandonaron su residencia i se volvieron a Santia-
go, dejando a los piadosos habitantes de ese lugar en la
mayor desolación.
Hemos dicho que los jesuítas abandonaron su casa de
residencia; pero esto no es precisamente exacto. Arrenda-
ron la finca que habían comprado con el dinero de los ve-
cinos de Quillota; i, como encontraran algunas dificulta-
des en el cobro de los arriendos, volvieron a venderla en
los mismos 3,000 pesos en que la habían comprado. El
dinero, sin embargo, no volvió al poder de los vecinos que
lo habían entregado, sino que lo guardó el colejio máximo
de Santiago.
Descae entonces, los habitantes del valle de Quillota, aun-
que privados de sus 3,0C0 pesos, solo oyeron la palabra
divina que predicaban los jesuítas, cuando éstos iban a dar
alguna misión.
XIII.
En este estado quedaron las cosas hasta principios del
siglo XYII, época en que Dios, como dicen los cronistas de
la Compañía, movió el ánimo de un clérigo de Santiago lla-
mado don Gonzalo Covarrúbias, el cual dio a los padres,
para que fundasen un convento en Quillota, una chacra que
tenia en este valle. Constaba esta posesión de una viña de
6,000 plantas, bodegas, casas i aperos de labranza i cator-
ce cuadras de tierras. Aunque el clérigo Covarrúbias se in-
RIQUEZAS DB LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 101
corporó pocos años mas tarde a la Compañía, los jesuítas
no se apresuraron a fundar el convento, esperando que cier-
to caballero, cuyo nombre no se menciona, pagase a la
Compañía una valiosa manda que habia hecho, i cuyo va-
lor no se podía recojer. Los padres alegaban que tenían ne-
cesidad de este dinero para dar principio a su trabajo; pero
parece que el tal caballero no pagó nunca la manda ofre-
cida. Al fin, en 1713, siendo provincial de la Compañía el
padre Antonio Covarrúbias, hermano del clérigo que hizo
la donación, se dispuso que fueran a Quillota el padre Pe-
dro de Ovalle i otro jesuíta mas, para dar principio a la
fundación.
Dios dio a entender, dicen los cronistas de la Compañía,
que se complacía de esta obra, porque luego movió el áni-
mo de otro caballero llamado don Pedro León para que hi-
ciese donación de otra chacra con una gran viña i algunos
esclavos, i que tenia sobre la del clérigo Covarrúbias la ven-
taja de estar mucho mejor situada.
Allí se establecieron provisoriamente los padres jesuítas,
a pesar de las dificultades que oponía la real audiencia de
Santiago, o a lo menos, la mitad de sus miembros, justa-
mente alarmada del desarrollo desmedido que tomaban las
riquezas i propiedades de la Compañía de Jesús en Chile.
Gobernaba entonces este país don Juan Andrés de Ustá-
riz, gran negociante que comprendía el gobierno como un
puro negocio; i, juzgando sin duda que no era posible cor-
tar el vuelo a los negocios de los jesuítas, resolvió la cues-
tión en su favor, i decidió en nombre del reí que éstos fun-
dasen casa e iglesia, hasta que el consejo de Indias resol-
viera sobre la fundación de un colejio.
Poco tiempo después, en 1716, gobernando este país el
presidente interino don José de Santiago Concha, fué fun-
dada la actual ciudad de Quillota con el nombre de San
Martin de la Concha. Los padres jesuítas pidieron un solar
dentro del pueblo para fundar su convento, i se les dio una
cuadra de tierra en la misma plaza, donde se establecieron
definitivamente.
102 ESTUDIOS HISTÓ RICO-BIBLIOGRÁFICOS
Nuevas donaciones de los vecinos pusieron a los jesuítas
en estado de aumentar considerablemente sus propiedades
en aquel distrito. El padre Ovalle compró la valiovSa hacien-
da de Ocoa i algunos esclavos para dar incremento a las
industrias que allí se esplotaban, la principal de las cuales
era la venta de cocos i la fabricación de la miel de palma.
No hemos hallado constancia de la manera cómo se efectuó
esta compra; pero creemos que debió ser mui ventajosa
para la Compañía, puesto que el cronista Olivares la cali-
fica de buena ocasión.
Formada de esta manera la residencia de Quillota, fué
constituida en colejio en 1726; i a la sombra de este esta-
blecimiento, la Compañía pudo adquirir nuevas propieda-
des en aquel rico valle, o ensanchar considerablemente las
que va poseia.
XIV.
Como hemos dicho al comenzar estos apuntes, el primer
pueblo de Chile que pisaron los jesuitas fué el de La Serena.
Allí hicieron su primer milagro ahuyentando a los demo-
nios de una casa de que éstos se habían apoderado, i ope-
rando ademas por medio de la predicación i de las confesio-
nes tantos otros prodijios que, como dice el cronista de la
Compañía, nunca se pudo apagar en el corazón de los ha-
bitantes de aquel pueblo el deseo de tener jesuitas en su tie-
rra para que los consolasen. Los padres no distaban de
acceder a estos fervientes votos de aquellos piadosos colo-
nos; pero la ciudad de La Serena era por entonces tan su-
mamente pobre que no se halló entre sus vecinos un funda-
dor que diese el dinero necesario para que se estableciese un
convento o casa de residencia de los jesuitas.
Los vecinos de La Serena, sin embargo, no cesaban de pe-
dir a los padres que enviasen a lo menos algunos misione-
ros, si no era posible establecer allí una residencia estable.
Accediendo a estos deseos, el padre provincial de la Compa-
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 103
nía, Gaspar Sobrino, taandó a aquella ciudad por los años
de 1629 a dos jesuitas, uno de los cuales era el rector del
colejio de Santiago, el padre Vicente Modolell, que algunos
años antes habia fundado la residencia de BuenaEsperan-
za en el sur de Chile. Llevaban el encargo de dar una misión
en el valle de Coquimbo i de observar el terreno para ver
si era posible fundar una casa de residencia.
Prodijiosos fueron los resultados de esta misión. El pa-
dre Sobrino, que los ha consignado en la carta anual de
1630, o relación de los progresos de la Compañía, dirijida
a sus superiores de Roma, ha referido allí los milagros ope-
rados por los misioneros. Copiamos, como ejemplo, uno
solo de ellos.
"Llamaron, dice el padre Sobrino, a un padre para que
confesase a una española que, puesta en artículo de muerte
por un hijo que tenia en el vientre ya muerto de tres dias,
pedia misericordia. En tan gran peligro llegó el padre, i ha-
biéndola confesado, sacó una reliquia de nuestro padre San
Ignacio, que tenia en su relicario, i al punto que la enferma
se puso al cuello la reliquia, desembarazó de la criatura
muerta i quedó sin lesión alguna. Otro tanto le sucedió al
mismo padre con una india que pedia la reliquia del santo;
mas (sin duda por no ser persona de calidad) enviósele una
imájen del mismo santo, i con ella consiguió otro tal bene
íicio i merced."
El padre jesuita Alonso de Ovalle, que ha referido en su
voluminosa historia este e infinitos otros milagros, conclu-
ye los de la misión de la Serena con estas palabras: *'Si yo
quisiera añadir aquí las maravillas que ha obrado i obra
cada dia nuestro señor por la intercesión de nuestro padre
San Ignacio en toda aquella tierra, particularmente en pe-
ligros de partos, no bastaria todo este libro. En hallándose
alguna señora en cualquier peligro de éstos, se acoje al co-
mún refujio de las que lo padecen, i suele acontecer que al
entrar la santa reliquia por la puerta, echa la criatura o
las pares, i sale del peligro en que estaba" 5).
5) P. Ovalle, Histórica relación del reino de Chile, páj. 366
104 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
El padre Sobrino dice también en la referida carta que el
cabildo i los vecinos de La Serena pidieron empeñosamente
a los jesuitas que fundaran allí una casa o convento, ofre-
ciendo, al efecto, una casa, una estancia i 6,000 pesos en
plata; pero no encuentro esta noticia confirmada en otras
fuentes, i consta ademas que los padres se volvieron sin ha-
ber hecho nada para la fundación, i dejando a esos habi-
tantes sumidos en el mayor dolor, recordando sin duda que
su pobreza era la verdadera causa de que los jesuitas no se
establecieran de fijo para consolarlos en sus tribulaciones.
XV
A pesar de este contratiempo, los vecinos de La Serena
renovaron sus instancias para que se les mandaran nuevos
misioneros. El padre viceprovincial Juan de Albis, acce-
dió a estos deseos; i en 1633 hizo salir otra misión com-
puesta de dos padres, uno de los cuales llamado Juan Ri-
veros, habia estado en aquella ciudad con el padre Modolell
i tenia mui buenas relaciones. Llevaban éstos el encargo
de * 'tantear cómo se podria disponer la fundación que tan-
to deseaban aquellos vecinos". Los misioneros se hospe-
daron en la casa del cura de La Serena don Rodrigo de No-
via i Araya, i dieron principio a la predicación, operando
los milagros i beneficios de costumbre. Al mismo tiempo
se hacian algunos arreglos i juntas de cabildo para tratar
de retener a los padres en la ciudad.
Faltaban uno o varios capitalistas que pudieran hacer
una fundación; pero todos los vecinos se comprometieron
por escritura a dar un tanto cada uno, según su forma,
para el sustento de los padres, ofreciendo unos pagar en
tierra i otros en dinero. Los padres no pudieron negarse a
tanta exijencia: recojieron el dinero que se les ofrecia i com-
praron un solar en que edificaron una casa i una iglesia
provisorias.
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 105
Los relijiosos agustinos, cuyo templo quedó calle de por
medio con el de los jesuítas, no perdonaron esfuerzos para
servirlos i para obtener de los vecinos ausilios i erogaciones
en favor de la Compañía.
El año de 1654 se hizo sentir en todo Chile una horrible
epidemia de viruelas, que repitió sus estragos el año si-
guiente. La ciudad de La Serena sufrió las terribles conse
cuencias de este azote: la jente pobre, i en particular los
indios i los negros, morian por centenares en la ciudad i en
los campos. Los jesuitas, al decir de los cronistas de la
Compañía, desplegaron en esta ocasión un gran celo para
prestar a los apestados los socorros espirituales i los cor-
porales. Confesaban a los enfermos, los consolaban en sus
tribulaciones i les repartían algún alimento; pero, como
esta jenerosidad podría hacer creer que los padres habian
olvidado sus principios de economía, los cronistas de la
orden se apresuran a decir que para ello exijieron de los ri-
cos o personas acomodadas, erogaciones en dinero, que
reducidas a pan i a otros alimentos, eran distribuidas por
ios padres. Uno de los cronistas agrega que esta obra de
caridad produjo una grande edificación en toda La Serena.
En efecto, los piadosos vecinos de esta ciudad estaban
mui contentos de tener en su recinto algunos padres jesui-
tas: "mas, fuéles a éstos necesario, dice el padre Olivares,
retirarse a la ciudad de Santiago, porque con la peste se
menoscabaron mucho los caudales; la falta de jente de
servicio, que se llevó el contajio, arruinó muchas hacien-
das; i no se pudo proseguir la fundación de la residencia,
por cuya causa los superiores suspendieron el intento de
fundar hasta mejor ocasión".
Los empobrecidos vecinos de La Serena, después de sufrir
tantos otros males, pasaron por el dolor de ver que los pa-
dres los abandonaban por estar ellos en la miseria, i que se
volvían a Santiago i a otros puntos donde había personas
mas acaudaladas que podian convertirse en fundadores i
benefactores de la Compañía.
106 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
XYI
Así se acabaron por entonces las misiones jesuíticas en
el distrito de Coquimbo; pero Dios, que con su divina pro-
videncia iba disponiendo la fundación de su colejio, inspiro
a un rico caballero llamado don Antonio Recalde Arran-
dolaza, para que se ofreciese a ser su fundador. Era Re-
calde chileno de nacimiento; pero habia desempeñado en
Lima el cargo de contador mayor del juzgado de bienes
de difuntos. Habiendo sufrido grandes desengaños en aque-
lla ciudad, renunció ese destino i se estableció en San-
tiago.
Según el jesuita Olivares, Recalde tenia frecuente trato
con Dios, a quien preguntó en una de sus conferencias,
en qué obra pia podría emplear sus cuantiosos bienes. Dios
le aconsejó entonces que fundase con ellos un colejio o con-
vento de jesuitas en la ciudad de La Serena. ''Comunica-
do esto con los padres, agrega Olivares, todos aprobaron
sus buenos deseos i aplaudieron su determinación como ve-
nida del cielo".
No tenemos constancia de la suma a que montó la dona-
ción de Recalde; pero en otra parte de la obra del padre
Olivares hallamos estas palabras: "ningún colejio de la Com-
pañía de Jesús de Chile ni de otra parte, tuvo tanto de
principal para su creación"; lo que hace creer que a lo me-
nos esta donación fuese de 50,000 pesos. Los padres, sin
embargo, parecian manifestar que aquella suma no bas-
taba para la fundación, i por eso, en vez de comenzar lue-
go la obra, enviaron a dos misioneros, uno de los cuales
fué el padre Zúñiga, el hijo del marques de Baides, de que
ya hemos hablado en estos apuntes. Dieron éstos la mi-
sión, i en seguida pidieron al vecindario una limosna pa-
ra la obra que proyectaban. El resultado de este espedien-
te fué tan feHz que en un solo dia se juntaron 4,000 pe-
sos de donativos.
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 107
Probablemente, los padres no se dieron por satisfechos
con este producto de la colecta, porque luego se volvieron
a Santiago, dejando a los vecinos de La Serena sumidos en
el dolor, lamentando la miseria de su suerte que no les
permitia, aun después de haber hecho todos los sacrificios
posibles, contar con un convento de jesuitas.
Así quedaron las cosas durante algún tiempo. En di-
ciembre de 1672, convencidos sin duda los padres de que
no se podia sacar mas dinero de la ciudad de La Serena,
enviaron de Santiago a tres misioneros con encargo de
fundar residencia. Estos predicaron con gran fervor hasta
fines de la cuaresma inmediata en la ciudad i en los campos
vecinos; después de lo cual una señora viuda, cuyo nom-
bre no mencionan las crónicas, hizo donación a los misio-
neros de un espacioso i cómodo solar.
Allí habrian fundado su convento los padres misioneros,
a pesar de la oposición de otra orden de relijiosos; pero
ocurrió entonces uno de esos milagros tan frecuentes en la
historia de los jesuitas, que modificó su determinación.
Vamos a referirlo con las propias palabras con que se
halla contado en las crónicas de la Compañía.
'^Vivian dos señoras hermanas en un sitio, i por acercar-
se mas a la plaza, lo habian desamparado pensando ven-
derlo. Una noche, en lo mas profundo del sueño, vio una de
ellas que los padres de la Compañía iban a fundar allí, que
los criados conducian sus trastos a aquel paraje, i que pre-
guntados por qué los llevaban, respondían que eran de los
padres de la Compañía, que se iban a vivir a aquel sitio.
Despertó la señora despavorida i no viendo nada de lo que
habia visto en sueño, contó a su hermana lo que habia so-
ñado, i riéndose ambas como de cosa disparatada, siendo
aviso de nuestro Señor, quien disponia que hiciesen allí su
casa los padres. A la mañana siguiente, cuando salieron a
la puerta de su casa, vieron a los padres en lo alto de un
cerrito que está allí junto, donde hai una ermita de Santa
Lucía, que habiéndoseles ofrecido aquella noche como un
sitio a propósito i de muchas conveniencias, estaban mi-
108 ESTUDIOS HISTÓRrCO-BIBLIOGRÁFíCOS
rándolo todo con cuidado i discurriendo acerca de la fábri-
ca. Luego que la señora los vio en el cerro, quedó asustada
acordándose del sueño, i llamando a su hermana, le dijo:
— '*¿Ves allí a los padres que sin duda estarán discurriendo
en lo mismo que yo soñé?" I resolvióse a que no liabia de
vender el sitio, tanto que se negó a los padres i a las per-
sonas que le fueron a tratar del intento. Mas, como era
elección de Dios, él mismo la movió para que fuese a ver a
los padres i les dijese que no podia resistir a los impulsos
divinos que la movian i le decia que les diese aquel
sitio".
Los padres no podian negarse a aceptar esta donación,
porque, aunque aquella mujer era mui pobre. Dios le man-
daba claramente a ellos tomar posesión de aquel solar. En
cambio de éste, los jesuitas dieron durante su vida a esa
piadosa mujer uno de los muchos sitios que les habla do-
nado en Valparaiso el jeneroso i acaudalado contador Re
calde.
Obtenido este sitio de una manera tan milagrosa, los je-
suitas comenzaron la construcción de su convento el 18 de
abril de 1673, en medio de una gran fiesta a que concu-
rrieron el cabildo, los clérigos que habia en aquella ciudad
i todos los padres de las comunidades relijiosas. La obra
quedó concluida tres años después.
Aquel convento contenia una estensa huerta con olivos
i árboles frutales, poseia una buena iglesia cuya puerta
daba a la calle principal que va a la plaza, tenia una her-
mosa plazuela, en donde los caballeros de la ciudad hacian
en ciertas fiestas sus juegos de cañas, i estaba colocada en
tan ventajosa situación que desde él se descubria toda la
bahía i los buques que llegaban a ella. Este convento i esta
iglesia sufrieron mucho en el ataque dado a la ciudad en
diciembre de 1680 por las fuerzas inglesas que mandaba el
capitán Bartolomé Sharp, cuyo recuerdo conserva hasta
ahora la tradición popular; porque, como ajentes del de-
monio, según decian los padres, los ingleses quisieron sa-
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS
109
quear, incendiar i destruir las residencias del mas formida-
ble enemigo que éste tenia en La Serena
Una vez evacuada la ciudad, los jesuítas pudieron repa«
rar su casa i remediar las pérdidas, no solo con las limos-
nas i donativos que recojieron, sino con el producto de las
propiedades que poseian en aquel distrito.
En efecto, con el dinero donado por Recalde, los jesuitas
compraron una chacra de tierras mui fértiles i con un olivar
en las inmediaciones de la ciudad; una hacienda, con mui
buenos pastos para crianza, a ocho leguas hacia el norte; i
otra hacienda mejor que la anterior en el valle de Elqui.
Los productos de estas tres propiedades bastaban para el
sostenimiento del colejio de La Serena, i aun dejaban cada
año un sobrante considerable que pasaba a incrementar el
tesoro colosal de los jesuitas.
XYIL
El territorio de Cuyo, que forma ahora tres provincias
de la República Arjentina, las de Mendoza, San Juan i San
Luis, estuvo bajo la dominación española largos años de-
pendiente del gobierno de Chile. La provincia de la Com-
pañía de Jesús en este pais, comprendió también aquel
territorio, de manera que las misipnes i casas de jesuitas
establecidas allí, dependían del provincial establecido en
Santiago de Chile. Esto nos induce a consignar aquí algu-
nas noticias acerca de las riquezas que allí poseyeron los
padres jesuitas.
A los mui pocos años de haber llegado a Chile, los pa-
dres pensaron en establecerse en Mendoza, con el propósi-
to sin duda de acercarse a la ciudad de Córdoba de Tucu-
man, que era entonces el centro o capital de todos los
jesuitas de esta parte de América.
El padre provincial Diego de Torres, en un viaje que
hizo al través de la pampa para venir a Chile, observó en
lio ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
Mendoza las ventajas espirituales i temporales que resul-
tarían a la Compañía del establecimiento de una casa de
residencia, i mandó que desde Córdoba salieran dos padres,
Juan Pastor i Alejandro Paya, i desde Chile hizo salir un
hermano coadjutor, llamado Pabian Martínez, para que
dirijiesen la construcción de la casa i de la iglesia.
Los padres se encontraron reunidos en Mendoza a fines
de 1618 i dieron principio al trabajo contando para ello
con una valiosa donación. El capitán Lope de la Peña,
hombre celoso por la gloria de Dios, como lo llaman los
jesuitas, ofreció jenerosamente una casa con una viña i
ademas una chacra, que los padres recibieron a título de
fundación. Luego llegaron otros jesuitas a aquella casa, i
comenzaron las predicaciones, la conversión de fieles, la
corrección de los pecadores i los milagros repetidos i por-
tentosos que por todas partes señalaban el tránsito de los
padres en el nuevo mundo.
Estos prodijios fueron causa de que no faltasen nunca los
ausilios temporales. El capitán José de Morales, oyendo el
fruto que se sacaba de aquellas misiones i dispuesto a gas-
tar por los jesuitas hasta el último real de su fortuna, los
socorrió por espacio de 30 años de cuanto fué necesario
para su subsistencia. Pero todavía lo excedió en esto, otro
capitán llamado don José de Villegas, que cedió a los
padres una hermosa estancia situada al sur de Mendoza,
en el valle de Uco, capaz de mantener 10,000 vacas. En
ella pusieron los padres una gran crianza de ganado va-
cuno; i ensanchando la viña, establecieron un gran negocio,
porque mandaban sus vinos a Buenos Aires, donde se ven-
dían con mui buena cuenta por no haberlos allí, obteniendo
en retorno las mercaderías europeas que hacían falta en el
comercio de Mendoza.
I
I
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 111
XYIII.
En esta hacienda hallaron los padres ciertas muestras
i documentos que probaban que el apóstol Santo Tomas,
1500 años antes de la venida de los españoles, habia reco-
rrido una gran parte de la América, predicando el cris-
tianismo a los indios, que no habian querido oirlo, i en
seguida a los animales, que se habian mostrado mucho
mas dóciles i atentos a la predicación. Son tan curiosos
€stos hechos i son tan pocos los que los conocen, que nos
vamos a permitir hacer una breve digresión sobre el par-
ticular.
Los indíjenas del Brasil conservaban la tradición de un
hombre blanco i barbón que en años atrás habia visitado
aquel territorio, i enseñado a sus pobladores el cultivo de
ciertas plantas útiles i otras nociones igualmente impor-
tantes. Este personaje misterioso, cuya historia tiene mu-
chas afinidades con otras tradiciones conservadas por los
indios de Méjico, de Nueva Granada i el Perú, era llamado
Sumé por los brasileros.
Al principio nadie hizo caso de estos recuerdos vagos i
confusos; pero cuando llegaron los jesuitas al Brasil, pu-
sieron en juego toda su sagacidad filosófica i teolójica para
descubrir la verdad. Sumé, dijeron ellos, es lo mismo que
Tomé (Tamos en portugués); i como Jesús mandó a sus
apóstoles que predicaran el evanjelio en todo el mundo,
el Sumé o Tomé de la tradición brasilera no puede ser otro
que el apóstol Santo Tomas.
Continuando estas curiosas investigaciones, i contando
un poco con la fé candorosa de los siglos XYI i XVII, los
jesuitas llegaron a descubrir que los indíjenas de América
se habian resistido a escuchar la palabra del apóstol, el
cual no habia tenido mas sectarios que los animales de las
selvas; i lo que es mas prodijioso, encontraron en muchas
112 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOaRÁFICOS
rocas, en Bahía, en Cabo Frío i en San Vicente, estampadas
las huellas del santo apóstol.
Dos jesuítas portugueses, el padre Manuel de Nobrega,
que visitó el Brasil a mediados del siglo XVI, i el padre
Simón de Vasconcellos, que vivió en él en la segunda mitad
del siglo siguiente i que escribió la crónica de los jesuítas
en ese pais, anunciaron al mundo este portentoso descubri-
miento histórico. Desde entonces, todos o casi todos los
historiadores jesuítas hablaron de este viaje de Santo
Tomas.
Pero los jesuítas de Chile no podian conformarse con
que el santo apóstol hubiera esplorado solo las costas del
Brasil; i si no era posible hacerlo pasar las cumbres neva-
das de los Andes, querían al menos que hubiese llegado
hasta Mendoza.
Su buen deseo les permitió descubrir mui luego la ver-
dad. En su hacienda de Uco hallaron una roca en que esta-
taban estampadas las huellas de Santo Tomas, i las de los
animales que acudieron a oir su predicación, cuando los
hombres se negaban a escucharlo. El apóstol ademas ha-
bla escrito con el dedo en la roca viva a donde subia a
predicar, muchos fragmentos del evanjelio i el dulce nom-
bre de Jesús.
La escritura de Santo Tomas era de tal modo ininteliji-
ble que cuando el padre Diego de Rosales hizo sacar una
copia fidelísima de aquella inscripción (en 1663), i la envió
a Europa para que fuera interpretada por los mas grandes
eruditos, nadie entendió una palabra, ni siquiera se pudo
conocer si aquellos signos eran o nó letras; pero los padres
de Mendoza comprendieron que allí estaba escrito el evan-
jelio; i en sus predicaciones hacian llorar a lágrima viva a
los infelices indios cada vez que les reprochaban la obstina-
ción de sus mayores, que se negaron a oir la palabra del
apóstol, dejándolos a ellos sumidos en la ignorancia de
lafé.
RIQUEZAS DB i^s Axnoros jesuítas 113
XIX.
Desde esa residencia de Mendoza, los padres jesuitas co-
menzaron a misionar e?i los lugares inmediatos, i particu-
larmente en aquellos en que pudieron establecerse mas tar-
de. Visitaron con este motivo la ciudad de San Juan, don-
de fueron recibidos con el mayor contento por los piadosos
vecinos. Fué inútil que «éstos rogaran a los padres para
conseguir que se estableciesen allí: los colonos de un pueblo
tan apartado i pobre no podían ofrecer una valiosa funda-
ción capaz de determinar a los misioneros a fijar su resi-
dencia.
Por fin, en 1655, habiendo ido los jesuitas a misionar en
ese lugar, el correjidor del distrito, el cabildo i todos los
vecinos se resolvieron a no dejarlos salir. Reuniéronse, al
efecto, levantaron una suscripción jeneral, i escribieron al
padre provincial de la Compañía pidiéndole que enviase
padres para fundar una residencia, i ofreciéndose a subve-
nir a todos los gastos. El provincial mandó a dos jesuitas,
uno de los cuales era el padre Cristóbal Diosdado, hombre
activo i conocedor de aquel vecindario. Se les dio un esten-
so solar en la misma plaza del pueblo, como también el di-
nero para edificar el convento.
El capitán Gabriel de Malla, excediéniose a todos sus
compatriotas, hizo donación de una hacienda i de una vi-
ña, con lo cual creia asegurar la subsistencia de los je-
suitas.
Pero los padres quedan algo masque esto. Es cierto que
la predicación les habia permitido adelantar mucho los in-
tereses espirituales de la provincia, i que no faltaban las
confesiones jenerales, la corrección de los pecadores, ni los
prodijios de otra naturaleza; pero los intereses temporales
de los padres adelantaban tan poco, que se resolvieron a
abandonar la ciudad para salir a misionar por otra parte.
Los vecinos de San Juan, por su lado, creian haber hecho
TDMO X 8
114 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
todo lo que podía exijírseles, i dejaron partir a los padres-
sin ofrecerles nuevas donaciones. Fué aquella una ingrati-
tud imperdonable, que los padres castigaron conveniente-
mente retirándose de la ciudad dispuestos a no volver mas
a ella.
Su resentimiento no fué de larga duración, porque el
jeneroso corazón de los padres estaba dispuesto a perdo-
narlo todo. En efecto, luego supieron que un caballera
vizcaino avecindado en San Juan i llamado don Francisco
Marigota, hacia donación a losjesuitas de una valiosa
hacienda que poseia a orillas del rio que baña la ciudad,
i junto a la laguna Guanacache. Como esa hacienda era
la mejor de toda la provincia, los padres se resolvieron
a volver a San Juan, a ocupar la casa que habian abando-
nado.
El mismo Marigota, que no tenia hijos ni deudos en
América, compró poco después para los padres un estenso
solar que estaba vecino al que ya ocupaban, de manera
que poseyeron entonces una manzana entera en el centro
de la población.
Poco después, una señora de Mendoza, cuyo nombre no
hallamos mencionado, les obsequió una viña en San Juan i
algunos esclavos, que fueron destinados al cultivo de sus
haciendas.
Por último, un clérigo llamado Rodrigo de Quiroga, que
antes habia sido padre de la Compañía, i que salió de ella
no sabemos por qué causa, quiso que se le permitiera vol-
ver a ella a la hora de la muerte; i para conseguir este fa-
vor, hizo donación de sus bienes, entre los cuales figuraban
una viña i alguna plata labrada, i consiguió que una her-
mana suya, llamada Agustina Quiroga, hiciera a los padres
igual donación.
Desde entonces, los negocios temporales de la Compañía
de Jesús en San Juan, marcharon perfectamente. Sus ha-
ciendas fueron llenándose de ganados: ios productos que
de ellas recojian los jesuitas se vendian regularmente, i el
tesoro de los padres siguió incrementándose, de tal modo,.
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 115
que éstos no volvieron a hablar mas de abandonar aquella
tierra que les proporcionaba almas que ganar para el cielo,
i ausilios pecuniarios para sobrellevar con algún consuelo
las miserias de esta vida.
XX.
En el distrito de San Luis tuvieron los jesuítas una casa
de residencia i una Vjuena propiedad rural.
De Mendoza salían de vez en cuando algunos misioneros
que llevaban el encargo, no solo de convertir a los infieles
pecadores, sino de adquirir una casa en la ciudad cuando
Dios abriese camino para ello, como dice uno de los cronis-
tas de la Compañía.
Habiendo vuelto los padres en 1735, lograron comprar
en remate una casa edificada, con un solar de una cuadra
cuadrada. Las piadosas erogaciones de los vecinos dieron
para pagarla, pues que solo costó 400 pesos. A pesar de
que los vecinos dieron jenerosamente algún ganado para
el sustento de los padres, la fundación no se pudo llevar a
cabo porque faltaba un fundador, esto es, un hombre bas-
tante rico que pudiese dar una hacienda. Pero no tardó
mucho en presentarse uno: Dios movió a un caballero de
Santiago, llamado don Andrés de Toro, a que diese a los pa-
dres en 1728 una estensa propiedad que tenia en el distrito
de San Luis. Don Andrés de Toro mereció el título de fun-
dador; pero luego vinieron los benefactores a poblar de ga-
nados la hacienda de los padres.
El mas jeneroso de todos ellos fué el cura don José Sar-
miento, que les hizo cesión de las entradas de diezmos du-
rante diez años. Ese distrito, sin embargo, era tan pobre
que, aunque los jesuítas predicaron muchas veces que Dios
paga doscientos i hasta setecientos por uno al que se des-
poja de sus bienes para dárselos a él, o a ellos, que es lo
mismo, los habitantes de San Luis no pudieron hacer mas
116 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
considerables donativos. Su pobreza les impedia hacer el
buen negocio de prestar a los jesuítas a tan buen interés
como estos ofrecian pagar en la otra vida!
Hemos pasado ya en revista la historia de muchas de
las adquisiciones de tierras, casas, quintas, chacras i ha-
ciendas, que los jesuitas hicieron en la capitanía jeneral de
Chile. Todas nuestras dilijencias, sin embargo, no han bas-
tado para descubrir noticias acerca de algunas otras pro-
piedades que poseyó la Compañía, de tal suerte que no po-
demos preciarnos de haber trazado un cuadro completo,
sino solo lijeros apuntes que tal vez hayan de servir a algún
historiador mas afortunado que nosotros para completar
la investigación.
Pero, para dar cima a este breve ensayo histórico sobre
las riquezas de los antiguos jesuitas de Chile, nos es forzo-
so consignar a continuación noticias de otro orden acerca
de la manera de administrar los caudales i de esplotar
otras industrias, que incrementaron considerablemente sus
tesoros.
SECCIÓN IIL
DIVERSAS INDUSTRIAS DE LOS JESUÍTAS
I. Riqueza territorial de los jesuítas; imposibilidad de estimar su
valor total. — Plan jeneral de administración de los negocios de
los jesuitas. -III. Cultivo de sus haciendas; esclavos que tenian
en ellas. —IV. Otras industriad de los jesuitas: calera, molinos,
panaderías, boticas, carnicerías, curtiembres, astilleros, ollería.
— V. Los hermanos trabai'adores: arriendos de tiendas i de bo-
degas VI. Comercio. — VIL Industria de los jesuitas para exi-
mir sus mercaderías del pago de derechos. — VIII. La enseñanza
i la caridad consideradas como negocio. — IX. Utilidades pecu-
niarias que producían las misiones. — X. Las fiestas relijiosas
no imponían a los jesuitas. — XI. Las mandas i los milagros. —
XII. Conclusión.
La estadística mas completa que conozcamos acerca de
la ri(jueza territorial de los antiguos jesuítas de Chile es un
apunte, en forma de inventario, que existe manuscrito en
la Biblioteca Nacional de Santiago, i del que solo se ha
publicado un estracto o resumen i)
Siguiendo la clasificación que los mismos jesuitas hacían
de sus haciendas en mayores, medianas e ínfimas, en ese
1). Este resumen ha sido dado a luz por don Benjamín Vicuña
Mackenna en su Historia de Santiago, tomo II, páj. 155.
118 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
apunte, que no es completo, aparecen veinte propiedades
rurales. Las haciendas mayores, en número de once, eran:
la Compañía, Bucalemu, la Punta, San Pedro, la Calera,
Chacabuco, las Tablas, Longaví (que por sí sola media
cerca de 80,000 cuadras cuadradas), Perales, la Ñipa i
Cucha-Cucha. Las medianas eran ocho: Elqui, Quile, Ocoa,
Cato, las Palmas, Viña del Mar, Limadle i Peñuelas. Las
ínfimas eran la Ollería i Pudagüel.
En este inventario, sin embargo, faltan todas las pro-
piedades que los jesuitas poseían en la provincia de Cuyo.
No están tampoco anotadas las tierras que les habian sido
concedidas o donadas en Chiloé i Valdivia; una chacra de
40 cuadras con casas i bodegas en las cercanías de San
Fernando; la estensa hacienda de Colchagua, en este mis-
mo distrito, tasada en 26,696 pesos cuatro i medio reales
en 1768, después de la espulsion de los jesuitas, i que es
ahora una de las haciendas mas valiosas de Chile; cuatro
propiedades rurales enel distrito de Copiapó, denominadas
Maiten, Jarilla, Totoral i Molino de Punsitas, i todas las
casas i quintas situadas dentro del recinto de las pobla-
ciones.
En el curso de estos apuntes hemos señalado algunas de
estas propiedades urbanas; pero no nos ha sido posible
anotarlas todas. A mediados del siglo XVIII, bajo los
gobiernos de Manso i Ortiz de Rosas, se fundaron muchas
ciudades en todo Chile. Los jesuitas pidieron casi siempre
local para construir un convento de su orden, i como debia
esperarse, se* les daba una cuadra cuadrada en el punto
mas central del pueblo.
He tenido a la vista un decreto gubernativo de 8 de no-
viembre de 1746 por el cual se concede a los jesuitas una
cuadra de terreno con agua corriente, en el punto de Meli-
pilla que ellos dijeran, recayendo la elección de los padres
en la manzana situada al norte de la plaza.
Pero, para apreciar debidamente d valor de la riqueza
territorial de los jesuitas de Chile, es menester tomar en
cuenta que esas haciendas eran, no solo por su estension,
RIQUEZAS DE LOS ANTIGTOS JESUÍTAS 119
sino por la calidad de sus terrenos, las mejores de todo el
país. Hasta principios de nuestro siglo, se recibía como
prueba a priorí de l.i excelencia de una propiedad rural, el
que hubiera pertenecido a los jesuitas.
Advertiremos aquí que, aun limitando nuestra investí -
:gacion a las haciendas que se encuentran mencionadas en
el inventario de que acabamos de hablar, seria casi imposi-
ble hacer una apreciación aproximada del valor que hoi re-
presenta aquella enorme riqueza territorial, desde que casi
todas ellas han sido divididas i subdivididas mas tarde, de
tal suerte que aun de algunas de las clasificadas como me-
dianas han salido cuatro o seis haciendas.
Tampoco es posible calcular con algún acierto el valor
-que esas propiedades tenían a la época de la espulsion de
los jesuitas, ni aun tomando en cuenta el precio que se ob-
tuvo de la venta de muchas de ellas. El reí mandó vender
solo algunas de esas propiedades, i reservó otras, sobre
todo las casas que los jesuitas poseían en las ciudades, i
aun ciertas quintas situadas en los estramuros, para ceder-
las a los establecimientos de beneficencia o de educación^
Por otra parte, la circunstancia de ponerse en venta tan-
tas propiedades rurales a un mismo tiempo, i sobre todo,
en un país tan sumamente pobre, i por lo tanto, tan falto
de compradores, fué causa de que las ventas se hicieran por
un precio menor del que realmente tenían esas haciendas -)
No pretendemos, pues, estimar el monto total del valor
de la riqueza territorial de los jesuítas de Chile, para lo
cual nos faltan datos. Hemos querido solo reunir algunas
noticias sobre un punto muí importante de la historia co-
lonial.
2) En diversas ocasiones se han publicadonotícias bastantes in-
completas del resultado que produjo la venta de las propiedades
de los jesuitas después de la espulsion. Véase sobre este punto el
tomo IV, páj. 189 i sigs. de la Historia política de Chile, por don
Claudio Gay, í el tomo II, páj. 156 de la Historia de Santiago por
«don Benjamín Vicuña Máckenna.
120 ESTÜDTOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
II.
En el curso de estos apuntes hemos visto que la fuente
principal de que los jesuitas de Chile sacaron sus inmensas
riquezas fueron las donaciones en dinero i en tierras. Pero
el capital recojido de esta manera fué notablemente incre-
mentado por medio del trabajo industrial emprendido en
una escala mui vasta. Este trabajo, sostenido con una re-
gularidad invariable, en que tomaban parte todos o casi
todos los miembros de la numerosa asociación, i ampara-
dos, no solo por el respeto que las creencias deja época ase-
guraban a los jesuitas, sino por todo jénero de privilcjios,
les produjo siempre utilidades maravillosas.
Los jesuitas no fundaban nunca una casa de residencia
en un lugar sino cuando los particulares o la autoridad les
habian dado tierras i dinero para establecerse i para sub-
venir a las necesidades de los padres que vivian en ella. No
importaba que una casa tuviera riquezas sobradas para
ausiliar a otra: era ]:)reciso que la que se fundaba tuviera
los recursos necesarios para subsistir por sí misma. Cada
casa tenia, pues, sus propiedades independientes i sus nego-
cios ])articulares, que administraba por sí solc.. Llegaba a
tal punto esta separación de los negocios temporales entre
los jesuitas, que una casa no entregaba sus productos a
otra, salvo mui raras escepciones, sino a título de venta i
llevando una cuenta escrupulosa.
Este sistema tenia ventajas incontestables. No solo se
llevaba de este modo la mas prolija contabilidad en medio
de las mas complicadas especulaciones, sino que una casa
de residencia que poseia pocas propiedades estaba autori-
zada para hablar de su pobreza i para reclamar con este
título nuevos socorros i donativos. De esta manera tam-
bién, cuando una casa de residencia hacia malos negocios,
era ella sola la que perdia i la responsable por los créditos^
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 121
que quedaban en su contra, porque las otras no estaban
obligadas a cosa alguna.
Este sistema no ofreció inconvenientes en Chile; pero,
como se sabe, aceleró la espulsion de los jesuitas de Francia
cuando se vio que las casas de Europa no querían pagar
las deudas contraidas en la Martinica por el padre La Va-
lette, director de las grandes negociaciones que los jesuitas
tenian en las A:Uíllas.
III.
En las inmensas haciendas que los jesuitas poseian en
Chile, habian establecido todos los negocios que podían ha-
cerse, visto el estado de la industria agrícola de este pais.
Algunas de ellas estaban casi enteramente destinadas a
la crianza de ganados, i éstas vendian sus vacas a las otras
haciendas destinadas a engordas. En estas últimas se ha-
cian las grandes matanzas, las mas importantes con mucho
de todas las de Chile, i cuyos productos se esportaban en
su mavor parte i ca^i en su totalidad para el Perú. En este
mercado, como veremos mas adelante, los jesuitas no te-
nian que temer ninguna competencia.
Las siembras que se hacian en esas haciendas eran tam-
bién considerables. Sus productos eran destinados a la es-
portacion,si bien los jesuitas beneficiaban una parte de sus
trigos en los molinos que poseian de su propiedad. Daban
ademas grande importancia al cultivo de las viñas i a la
fabricación de licores para el consumo dentro del pais i
para la esportacion.
Pero no se crea que en estos cultivos, los jesuitas intro-
dujeron en Chile grandes innovaciones i mejoras. Todo su
empeño iba dirijido a producir al menor costo posible, uti-
lizando al efecto a sus esclavos i a sus indios de servicio,
otrojénero de esclavitud menos rechazante en apariencias,
pero no mas benigna que la de los negros. Se recuerdan, sin
122 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
embargo, ciertas reglas industriales introducidas o inven-
tadas por ellos, que en realidad no importan un verdadero
progreso agrícola. Así, por ejemplo, rodeaban sus viñas de
higueras, cuyo segundo fruto, el higo, casi no tenia valor
alguno, i servia para atraer a las aves, a fin de que éstas
no hicieran mal a la uva.
El número de esclavos que tenian los jesuitas en sus ha-
ciendas era también mui considerable. En medio del desor-
den con que se hicieron los inventarios de sus haciendas
después de la espulsion, cuando se ocultaban algunos de los
padres ^), i sus sirvientes tomaban la fuga, se recojieron en
el distrito de Santiago 160 esclavos pertenecientes a la
Compañía, distribuidos en esta forma: 8 en el colejio máxi-
mo, 14 en la chacarilla del convictorio de San Francisco
Javier, 23 en el Noviciado, 15 en Chacabuco, 52 traidos de
Coquimbo, 32 en Bucalemu, 7 en la Calera i 9 en Rancagua
o hacienda de la Compnñía. Los jesuitas habían adquirido
sus esclavos por donativos o legados; pero los habian au-
mentado considerablemente mediante el fruto natural del
matrimonio de esos infelices.
IV.
Pero los jesuitas tenian muchas otras industrias que es-
plotaban con un celo particular, i en las cuales casi nadie
podia competir con ellos.
3) Nada es mas inexacto que el hecho que alguna vez se ha ase-
verado, de que todos los jesuitas residentes en Chile i que se halla"-
ban repartidos en los campos, se presentaron espontáneamente a
las autoridades después de saber el decreto de espulsion para ser
enviados a Europa. Para probar lo contrario nos bastará citar un
decreto del presidente Guill i Gonzaga, dado en 25 de mayo de
1768, en que dice que "constando por relación de los comisiona-
dos que en el convento de la Merced de esta ciudad se ha ocultado
el padre Ramón Luna, i en la recolección franciscana los padres
Pedro Vargas i Félix Gotera", ordena que se presenten sin tardan-
za en el colejio máximo.
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 123
Pertenece a este número la de estraccion i venta de la
«cal, para lo que tenían un grande establecimiento en la ha-
cienda de la Calera, a pocas leguas de Santiago; vendian
este artículo en casi todas las ciudades de Chile; i aun,
cuando se ordenó la construcción de las fortificaciones de
Valdivia, ellos hicieron contrata con los gobernadores para
trasportar allí la cal que se necesitaba para esta obra.
En algunas ciudades, como sucedía en Santiago, los je-
suítas tenían molino para la elaboración de la harina; i
anexos a estos establecimientos, habían fundado panade-
rías que surtían de este artículo a las poblaciones. Era so-
bre todas famosa la panadería que tenian en la capital, no
solo por ser la mas considerable de la ciudad, sino por la
grande estension que en ella habían dado a este negocio.
Los jesuítas, ademas, tenian boticas para el espendio de
los medicamentos; i, según creemos, eran los únicos especu-
ladores que habia en este comercio, de modo que podían
fijar a sus artículos el precio que quisieran sin temor de la
competencia. Eran también muí provechosas las carnice-
rías o tendales que tenian en la ciudad para vender la carne
de las matanzas que hacian en sus haciendas.
Como sí todo esto no bastase a la actividad incansable
de los jesuítas, habian planteado otras industrias en una
vasta escala. Las curtiembres que tenían en sus haciendas,
•de las cuales la mas notable estaba establecida en la Mag-
dalena, en la provincia de Concepción, eran una rica fuen-
te de entradas. En ellas elaboraban sobre todo los cueros
•de cabros, que con el nombre de cordobanes, tenian un
grande espendio para el Perú.
En otra hacienda, en Quívolgo, habían establecido un
astillero sobre el rio Maule, en que fabricaban embarca-
•cíones menores, contando para ello con las abundantes
maderas de los bosques que allí existen.
En los alrededores de Santiago, en la chacra denominada
•de la Ollería, tenian una gran fábrica de ollas, lebrillos,
platos, etc., de barro cocido, de la misma calidad que los
objetos que trabajaban los indios de Talagante, a los cua-
124 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
les los jesuítas hacían una competencia ruinosa para esos
infelices. A fin de que se comprenda la importancia de esa
fábrica de los jesuítas, conviene advertir que hasta la se-
gunda mitad del siglo XVIII la loza era casi desconocida
en Chile, i que el barro cocido era el material de que estaba
formada la vajilla de todas las familias que no podían te-
nerla de plata labrada, i que aun éstas usaban los objetos
de barro para la servidumbre i el interior de las casas.
Y.
Todas estas industrias estaban dirijidaspor algunos pa-
dres jesuítas, pero mas comunmente por los hermanos
coadjutores, que, gozando en la orden de las consideracio-
nes i prerrogativas de los padres, no tenían como éstos las
ocupaciones de la predicación i del confesonario. Algunos
de estos hermanos coadjutores fueron también arquitectos
muí esperímentados en la construcción de los templos i
conventos.
Mas adelante, por los años de 1748, un jesuíta alemán^
el padre Carlos de Haimausen ^ ), miembro de la alta aris-
tocracia jermánica, trajo a Chile otra clase de hermanos
trabajadores, artistas i artesanos alemanes, cuyas obras^
muí superiores a las que se trabajaban en Chile, sirvieron
para adornar los templos i conventos de los jesuítas, o
eran utilizadas en el comercio, produciendo grandes prove-
chos a los padres. Eran éstos los escultores de santos, los
fabricantes de relojes, los cinceladores de los cálices i otras
piezas de oro o plata, los pintores de cuadros, los ebanis-
tas de lujosos miuebles, etc.
4), Algunos lian diclio Inliausen, al escribir este nombre; pero he
visto la firma orijinal de este padre al pie de una solicitud firmada en
febrero de 1738, en que pide al gobierno exención de derechos para
una gran cantidad de fierro que traia de Buenos Aires.
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 125
Haremos notar aquí que la introducción de estos traba-
jadores fué la obra de uno de esos artificios en cuya inven-
ción eran tan diestros los padres jesuitas. En Chile, como
en todas las colonias españolas, la le¡ probibia que pu-
dieran entrar i residir estranjeros, cualesquiera que fuesen
su relijion, sus ocupaciones i su nacionalidad. Para elu-
dir esta lei, los jesuitas trajeron á Chile muchos trabaja-
dores estranjeros a quienes presentaban ante las autorida-
des i ante el púbHco con el nombre de hermanos trabaja-
dores.
Otro ramo de entrada que tenian los jesuitas era el pro-
ducto de los arriendos de las tiendas, alm.acenes i bodegas
que construian en la parte esterior de sus casas de resi-
dencia, como sucedia en Santiago, en Valparaiso, en Con-
cepción i en todos los lugares en que era posible este negocio.
Pero al mismo tiempo que hacian arriendos, i como ellos
necesitasen también tiendas i bodegas para guardar i es-
pender sus propias mercaderías, encontraban siempre co-
razones piadosos que, dejándose tocar por los llamados de
Dios, como ellos decían, les ofreciesen gratuitamente sus
casas o parte de ellas para este objeto.
De este modo, los jesuitas, que eran inflexibles para co-
brar el alquiler de las propiedades que daban en arriendo,
estaban eximidos de pagar algo por las bodegas o tiendas
que ocupaban.
VI.
Pero era el comercio el campo mas vasto i productivo
que tenian los jesuitas. No hablamos del comercio de me-
nudeo hecho en las tiendas i hasta en los tendales del mer-
cado, donde vendian la carne de sus matanzas o el aguar-
diente de sus bodegas, sino de las grandes especulaciones
ramificadas en el estranjero i en las otras colonias espa-
ñolas.
Entre éstas era el Perú el centro de sus mayores negó-
126 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLOGRÁFICOS
cios. La Compañía tenia en Lima un padre con el titula
de procurador, el cual no se ocupaba, como podría creerse,
en asuntos espirituales o de disciplina conventual, sino
de ájente comercial para la venta del charqui, de la grasa,
de los cueros, del trigo, de los licores i de los demás artí-
culos que le enviaban de Santiago. Para vender esos ar-
tículos a los comerciantes por menor, el procurador i sus
subalternos estaban obligados, no solo a tener almace-
nes sino, decia el virrei Amat en un documento impor-
tante, a ''visitar a todas horas las tabernas, velerías i las
mas impuras oficinas", para cobrar el dinero de sus com-
pradores.
Esos mismos padres estaban encargados de comprar las
mercaderías europeas que necesitaban para satisfacer sus
propias necesidades i para surtir el comercio de Chile. Co-
mo se comprenderá fácilmente, la elección de un procura-
dor de esta especie, provisto de tan amplios poderes, era
una cuestión de la mayor importancia entre los jesuitas»
Aun los mayores enemigos de la Compañía han reconocido-
a los padres el talento indisputable para sacar partido de
todos sus calogas, de modo que ninguno de ellos sea ver-
daderamente inútil; pero cuando se trataba de designar a
este ájente comercial, se ponia mas cuidado aun que para
la provisión de cualquier otro cargo, i se elejia siempre al
mas activo, el mas sagaz de todos, a aquel que hacia pre-
sumir que dirijia la negociación con mayor regularidad i
que la haría producir mayor provecho. Para el desempeña
de sus funciones, el procurador podia contar, no solo con
numerosos colaboradores, esto es, con otros padres o her-
manos que estaban a sus órdenes, sino con el apoyo que
sabian conquistarse entre las ientes piadosas i bien dis-
puestas.
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 127
VIL
Los negocios comerciales de los jesuitas eran con mu-
cho los mas estensos i los mas valiosos que se hicieran baja
el réjimen colonial entre Chile i el Perú, i eran también los
que, por las causas espuestas, se ejecutaban con mas regu-
laridad i método. Como si todo esto no bastara para hacer
im])osible toda competencia de parte de los otros comer-
ciantes e industriales de Chile, los jesuitas gozaban de
otros favores i prerrogativas.
Se sabe que bajo el absurdo sistema rentístico creado por
los reyes de España para sus colonias del nuevo mundo,
existian aduanas que cobraban derechos a los productos
de cada una de ellas, que salian con destino a otras, i que
al llegar a ésta, debia también pagarse un nuevo derecho.
Estos impuestos gravaban enormemente a la industria
recargando el costo de los frutos que se enviaban de una
colonia a otra, i limitaban la producción. Pero la lei exi-
mia de derechos a los objetos que esportaban o importa-
ban las iglesias i los conventos, como destinados al cul-
to o al mantenimiento de los relijiosos. Los jesuitas se
aprovecharon de esta escepcion para obtener el que se
libertasen de todo pago de derechos las mercaderías que
enviaban al Perú i las que introducian en Chile, de mane-
ra que tenian sobre todos los otros industriales i comer-
ciantes una ventaja que los hacia superiores a toda com-
petencia.
Parece que el abuso de este privilejio tomó proporcio-
nes colosales, i se hizo estensivo a todo jénero de artículos.
No solo lo esplotaron lor padres jesuitas, sino los relijiosos
de las otras órdenes i hasta las monjas.
El reí de España, Felipe Y de Borbon, supo que los
eclesiásticos, aprovechándose del permiso para introducir
libre de derechos lo necesario para el uso de los relijiosos
i de que no se rejistraban sus petacas, cometian el abuso^
I
128 ESTUDIOS HISTÓRICO BIBLOGRÁFICOS
de tratar i contratar ''en el mismo modo que lo ejecutan
los seglares, dice la real cédula de 7 de mayo de 1730, i
con la autoridad de su estado que en sumo grado los enva-
lienta para cometer con toda libertad estos excesos. I por
que fiados en esta razón, no hai quien ejecute con ellos di-
lijencia alguna ni les rejistre sus cargas i petacas, llevando
en ellas todo lo que quieren suyo i ajeno, valiéndose los
introductores de esta sombra i amparo para esta i otras
cosas que indebidamente practican, adquiriendo por estos
medios considerable caudal en gravísimo i conocido per-
juicio de mi real hacienda; no siendo menos escandaloso
que hasta del sagrado de los conventos se valen para lo-
grar con mas libertad estqs fraudes en las ilícitas intro-
ducciones, pues dentro de ellos mismos ocultan i guardan
todos los jéneros de ilícito comercio que tienen i los que
los introductores llevan para tenerlos allí con mas segu-
ridad, sin que los monasterios de relijiosas se reserven de
este desorden; en tanto grado que así en ellos como en los
de relijiosos se venden los jéneros con irregulares e inaudi-
tos procedimientos".
Por la cédula citada, ordenó el rei que en lo sucesivo se
rejistraran escrupulosamente las petacas de los relijiosos
que llegasen a cualquier punto de sus dominios de América
i se decomisasen las mercaderías que introdujeran frau-
dulentamente. El permiso o exención de derechos con-
cedido por la lei, quedaba reducido a las mercaderías que
introdujesen los relijiosos para el culto o para las necesi-
dades de sus conventos, conforme a una factura aprobada
por el superior de la orden. Pero esta restricción, que po-
dia perjudicar a los otros relijiosos, no hizo el menor mal a
los jesuítas. Ellos presentaban oportunamente la factura
respectiva, i siguieron esportando o introduciendo sus mer-
caderías sin pago de derechos i sin molestia alguna. En
1767, cuando al dia siguiente de la espulsion se hizo el in-
ventario de los bienes que los jesuítas tenian en cada con-
vento, se hallaron casi en todas partes cantidades de jéne-
RÍQUBZAS Dtí LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 129
ros de lana i de algodón i muchos otros artículos de comer-
cio que tenian para la habilitación de sus tiendas.
VIII.
Este mismo espíritu mercantil dirijia otras operaciones
de los padres jesuitas, en que a primera vista no se creia
hallar otro sentimiento que el amor a las ciencias, la cari-
dad cristiana o una devoción sincera i acendrada.
Así, por ejemplo, a nadie se le ocurrida pensar que la
enseñanza fuera un negocio en Chile a mediados del siglo
XVIII; i sin embargo, estudiando esta cuestión con pro-
lijidad, se ve que dejaba buenas utilidades a la Compañía.
Se sabe que los jesuitas no fundaron un establecimiento
de estudios sino cuando por via de donaciones obtuvieron
terrenos para ello, otras propiedades para subvenir a los
gastos i para la imposición de ascensos, capellanías i becas
de familia. Ademas de esto, los alumnos estaban obliga-
dos a pagar su educación, unos en dinero i otros en espe-
cies, según los haberes de los padres; i estas entradas, como
se puede ver en los libros en que se llevaba la contabilidad,
dejaban un provecho no despreciable. Desde el 1° de no-
viembre de 1765 hasta el 26 de agosto de 1767, dia en que
los jesuitas fueron espulsados, el convictorio o colejio de
San Francisco Javier en Santiago, habia tenido una entra-
da de 12,768 pesos, i sus gastos hablan ascendido en ese
mismo tiempo a 10,668 pesos; lo que daba, pues, una ga-
nancia líquida de 2,100.
Es fácil ver que el sosten de ese establecimiento no era
un mal negocio para los jesuitas, i que, si bien es verdad
que en la enseñanza ellos buscaban principalmente los
bienes espirituales, como ganar almas para el cielo i con-
quistarse la influencia sobre las familias mas considerables
de la colonia, no se olvidaban tampoco de los bienes tem-
porales.
El mismo fin se buscaba en el ejercicio de la caridad.
Practicábanla los padres con gran celo, pero también con
TOMO X \)
130 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
mucho arte para que no les costara el menor sacrificio de
dinero. Sin buscar otros ejemplos, nos bastará recordar
dos hechos que hemos consignado antes de ahora en estos
apuntes.
En Concepción repartían a los pobres en la puerta del
convento las sobras de su mesa; pero para esto se hicieron
dar ausilios pecuniarios por el presidente don Juan Henrí-
qu(z. En La Serena socorrieron a los apestados durante
una espantosa epidemia de viruelas, dándoles algún ali-
mento; pero también recojieron los donativos pecuniarios
de los vecinos para comprar los alimentos que d'stribuian.
Nunca fué mas cierto aquello de que las limosnas que se
dan a los pobres son un préstamo que produce ciento por
uno; i en efecto, cada una de sus obras de jenerosa caridad,
producia a los jesuitas abundantes donativos con que se
indemnizaban mui sobradamente del desembolso que ha-
blan hecho.
IX
Tanto los cronistas de la Compañía como los historia-
dores que se han ocupado de ella, han referido mui larga-
mente los trabajos emprendidos por los jesuitas para dar
misiones. En efecto, no solo recorrían los campos vecinos a
las ciudades, como sucedía en los alrededores de Santiago,
sino que iban a predicar en el territorio limítrofe de los
araucanos, en Valdivia i sus cordilleras, en Chíloé, i aun en
las islas situadas mas al sur de este archipiélago. En la elec-
ción de los misioneros procedían con la misma prudencia
con que dirijian sus otros negocios. No confiaban esta ta-
rea a los padres de quienes podían sacar un provecho mas
positivo que convertir infieles; lejos de eso, aquellos que no
podían servir por cualquier otro camino para dar lustre o
para procurar recursos ala Compañía eran designados pa-
ra misioneros, i en caso necesario, para mártires, lo que no
dejaba de dar esplendor a la orden.
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 131
Pero estas misiones, mui productivas para el cielo, se-
gún los cronistas jesuitas, puesto que se contaban por mi-
llares las conversiones operadas por cada una de ellas, eran
igualmente provechosas para los padres. Las misiones, en
efecto, eran pagadas unas por el rei, cuyo tesoro, exhausto
para otras necesidades, encontraba ciertos recursos para
cubrir el sínodo a los misioneros, i otras por los obispos o
por los piadosos colonos que establecian gruesas capella-
nías con este objeto o que daban jenerosamente el dinero
para cada misión.
Este requisito era indispensable para que los padres sa-
lieran a misionar. Por eso fué que, cuando el presidente
Porter Casanate, apremiado por la pobreza de las arcas
reales, i teniendo que atender a todos los ramos del servi-
cio, quitó a los padres el sínodo que se les pagaba para
sostener sus misiones en los campos vecinos a la frr)ntera,
éstos retiraron sus misioneros, i no volvieron a enviarlos
hasta que el rei mandó que se les cubriern en adelante aque-
lla asignación i las cantidades que habian dejado de per-
cibir.
X.
Dentro de las ciudades, los jesuitas hacian grandes fun-
ciones relijiosas, frecuentes procesiones, i suntuosas celebra-
ciones por la canonización de algún santo o por alguna fes-
tividad de la iglesia.
El padre (3 valle, que ha descrito largamente muchas de
estas fiestas, agrega con su candor habitual lo que sigue:
**No puedo dejar de referir aquí una cosa en que resplande-
ce grandemente la piedad i la liberalidad de algunas per-
sonas de Santiago para con la Compañía, i es que con ser
tan grande el gasto de estas fiestas, no costea en ellas nada
nuestra iglesia, porque toda la costa la hacen de fuera to-
dos los años varias personas, que por su devoción i piedad
la han tomado a su cargo. Las congregaciones i cofradías
costean sus fiestas. Las del jubileo délas cuarenta horas
132 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
las tienen repartidas entre sí algunos mercaderes principa-
les i otras personas pias i devotas que dan de limosna toda
la cera, olores e lo demás necesario para ellas. La fiesta de
nuestro padre San Ignacio la costea una señora mui prin-
cipal i noble, devota de nuestro santo. Otra de no inferio-
res prendas, la de San Francisco Javier. Un caballero de lo
mas noble de la tierra, la del beato padre Francisco de Bor-
ja. 1 la del beato Luis Gonzaga, un ministro del rei, caba-
llero de grande piedad. A todas ellas acuden estas personas
pias i devotas a competencia, procurando cada cual con
santa emulación aventajarse en el gasto de cera, olores,
música, aparato i adorno del altar, con invenciones de fue-
gos, clarines, cajas i trompetas que la regocijan. Esto es lo
ordinario i anual; que en fiestas estraordinarias, como son
las canonizaciones de santos, es mui de admirar la liberali-
dad con que esta ciudad se esmera en celebrarlas, como se
vio en la de nuestros santos San Ignacio i San Francisco
Javier, a las cuales, fuera de los olores i cera, (que ésta fué
tanta que con solo la que dio un caballero hubo para el
grande gasto de la fiesta i sobró para el gasto de todo un
año), se agregaron ocho banquetes".
En todas estas funciones se hacia un gran consumo de
cera pagada por los fieles a un precio subido (doce reales,
1 peso 50 cent, la libra); pero debe advertirse que eran los
jesuítas los que vendían este artículo a las personas piado-
sas que iban a quemar sus velas al templo.
XI.
No era uno de los menores ramos de entradas déla Com-
pañía el que le proporcionaban las mandas o peticiones de
milagros, que casi siempre se pagaban espléndidamente.
Hemos dicho ya que cada una de las pajinas de las cróni-
cas de los jesuítas de Chile están sembradas délos prodijios
mas estupendos. Es preciso leer las cartas anuales que el
provincial dirijia a Roma a su superior, las historias de los
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS 133
padres Ovalle, Lozano i Olivares; para conocer la protec-
ción que el cielo dispensaba a la orden.
Poseían los padres un inmenso relicario en que habia
remedios maravillosos para todas las enfermedades: tenían
talismanes para facilitar el parto de las mujeres embaraza-
das, para sanar las úlceras que no podían curar los médi-
cos i para arrojar al demonio de una casa o del cuerpo de
un infeliz del cual se hubiera apoderado este enemigo de los
hombres. Eran poseedores de secretos maravillosos para
distinguir a los que estaban en pecado mortal, o a los que,
creyéndose de buena fé cristianos verdaderos, no habían
recibido el agua del bautismo o habían sido mal bautiza-
dos. Conocían el arte de penetrar las conciencias intran-
quilas i de tranquilizar las timoratas. En una palabra, í a
ehtar a lo que refieren sus propios cronistas, los jesuítas
gozaban de la protección divina, i podían hacer un mila-
gro cada día i casi cada hora.
Como desgraciadamente en nuestro tiempo no son tan
frecuentes los míkigros, casi se está dispuesto a dudar de
los que hicieron los jesuítas; se dudaría en efecto, sí no es-
tuvieran referidos por escritores tíin graves i autorizados
como los que acabamos de citar.
Como era natural, todos los enfermos, todos los afliji—
dos o desgraciados, tenían que ocurrir a los padres en bus-
ca de UQ remedio o de un consuelo. De aquí veníanlas man-
das, es decir, los ofrecimientos de dinero por cada milagro;
i como en esos tiempos de acendrada piedad los prodijios
ocurrían siempre, totales a veces, parciales en otras, pero
siempre milagros, era preciso pagarlos, i en ocasiones a
muí altos precios. Hubo, sin embargo, algunas personas
que despucs de haber recibido el beneficio, se negaron a pa-
gar la manda bajo pretesto de que habían sanado por los
medios naturales; pero los padres no se dejaban burlar i
casi siempre se hicieron pagar lo que se les debia. La exe-
cración pública, por otra parte, caía sobre esos ingratos í
los condenaba sin apelación.
13 i ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
XIL
Cuando se conocen las fuentes de entradas de que dispo-
nían los jesuítas í cuando se sabe de qué manera adminis-
traban sus bienes, se comprende fácilmente cómo en menos
de dos siglos pudieron reunir riquezas que casi parecen fa-
bulosas.
A la época de la espulsion, en 1767, su fortuna era supe-
rior a lo menos en el doble a la de todas las órdenes relijio-
sas reunidas, aun comprendiendo en estas los morasterios
de monjas. Esa fortuna, que no ha sido nunca debidamente
íivaluada, podia representar un valor aproximativo de 2
a 3 millones de pesos -"^i pero puede calcularse cuál habria
sido su incremento con el trascurso del tiempo cuando se
piense que las rentas enormes de la Compañía eran capita-
lizadas i convertidas en nuevas propiedades territoriales.
De esta manera, i aun sin contar con nuevas donaciones ni
nuevas herencias, que nuiíca habrían faltado a los jesuítas,
i casi sin tomar en cuenta el aumento natural del valor de
los bienes territoriales, se puede creer que sin la pragmá-
tica de Carlos III, la Compañía habria poseido en 1810, íÚ
asomar la revolución chilena, un caudal de 20 millones de
pesos ''').
¿Cuáles habrían sido los embarazos de los padrcít de H
patria si a todas las dificultades que tuvieron que vencer se
hubieran agregado el prestijio, el poder i la riqueza de los
jesuítas, que indudablemente se habrían pronunciado en
contra de todo cambio de gobierno, i sobre t(Klo,en contra
de la independencia i de la república?
5 Debe tenerse en cuenta que Chile era 1 1 mas pobre de las
colonias de España. En otras partes las riquezas de los jesuítas
eran inmensamente superiores. .A.sí, las que poseían en el Perú
fueron avaluadas en 16 millones de pesos i en mas de 30 las de
Nueva España.
:•:) Debe entenderse que esta avciluacion es en pesos oro de 48d.,
RIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JESUÍTAS
135
i que el señor Barros Arana hacia su cálculo atribuyendo a la pro-
piedad rural un valor inmensamente inferior al que en realidad al-
canzó mui luego. Véase como corroboración i complemento de
€stas noticias, His. Jen. de Chile (Santiago, 1886) t. VI., § 2 i 3,
pájs. 248 i siguientes — Nota del Compilador.
DOCUMENTO
PARA LA
HISTORIA DE CHILE DEL SIGLO XVIII
A^i^i]]srx>iCE; I
IMPORTANTE DOCUMENTO SOBRE LA. ES PULSIÓN
DE LOS jesuítas EN 1767 *
El documento que publicamos en seguida es una relación
circunstanciada del arresto, prisión, embarco i viaje de los
jesuitas espulsados de Chile en 1767, en virtud de la fa-
mosa príigmática de Carlos III. Fué escrita en Oettingen ,
€n Baviera, el 23 de enero de 1770, por uno de los jesuítas
espulsados de Chile, el padre Pedro Weingartner, i dirijida
al padre José Erhard, provincial de la Compañía en la pro-
vincia de Jermania.
El padr? Weingartner era bávaro de nacimiento. Recibió
las órdenes en su patria, pasó a Chile como misionero i re-
sidió en este pais durante largos años, así como muchos
otros jesuitas alemanes que se encontraban en él a la época
de la espulsion. De algunos de ellos habla en la carta que
publicamos hoi; pero ha dejado de mencionara muchos
otros de quienes habríamos querido encontrar allí algunas
noticias biográficas. Como él mismo lo dice, después de su
vuelta a Europa, el padre Weingartner se estableció en Ale-
mania. Formó parte de la provincia de Jermania i en se-
* Publicado en los Anales ele la Universidad de Chile (San-
tiago, 1869), pájs. 107-130.— Nota del Compilador.
140 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGKÁFICOS
guida de la de Baviera, cuando se formó ésta i^l*^ de no-
viembre de 1770). Vivía todavía cuando la orden de los
jesuítas fué suprimida por el papa Clemente XIV (1773).
Esta carta fué escrita en latin i se conserva en el archiva
de un convento de jesuítas de Alaría-Laach, en la Prusía
del Rhín. Un escritor de la misma Compañía, el padre Anu-
gusto Cara3^on, la ha dado a luz traducida al francés en
una obra titulada Charles III et ¡esjesuites de ses états d*
Europe et d'Amérique en 1767 (1 vol. en 8*^, París, 1868),
que es una simple compilación de documentos importantes
para la historia de la espulsion de los jesuítas de los domi-
nios del reí de España. No podemos garantizar la fidelidad
de la traducción francesa, puesto que no hemos visto el orí-
jinal latino; pero el testo que publicamos reproduce fiel-
mente en castellano la versión francesa.
No creemos que esta carta contenga todas las noticias
necesarias para dar a conocer el acto de la espulsion de los
jesuítas de Chile. Indudablemente faltan en ella pormenores
de importancia que han sido omitidos por el autor, o tai-
vez suprimidos por el traductor; pero basta leer este docu-
mento para comprender el grande interés que tiene para el
historiíidor que sé ocupe de este notable suceso. Por esta
nos ha parecido que su publicación será recibida con agra-
do por todos los que se ocupan en el estudio de la historia
patria.
Hé aquí el documento.
"Mi reverendo padre provincial:
Me propongo escribir en pocas palabras la historia de
nuestra espulsion del reino de Chile en América: si falto a
las reglas de una lengua que no he usado desde hace veinte
años, espero que se me perdone, porque, lo confieso, la he
olvidado considerablemente.
El año 1767 fué para nosotros fatal i desastroso. El 7
de agosto, día de la octava de nuestro desventurado Pa-
dre, llegó del Paraguaí a Santiago, capital de Chile, un ca-
ESPL'LSION DE LOS JESUÍTAS 141
rreo estraordinario enviado por el gobernador de Buenos
Aires, a pesar del invierno i de las nieves que cubren en esta
€poca las montañas situadas entre estos dos reinos. El go-
bernador de Chile i), hombre mui afecto a la Compañía,
ocultó con cuidado su llegada i nadie supo la misión que se
le habia encargado. Sin embargo, el gobernador hace ce-
rrar todos los pasos de la cordillera i coloca en ellos centi-
nelas armados, al mismo tiempo que levanta nuevas tro-
pas i prohibe a dos naves españolas que se encuentran en
•el puerto darse a la vela sin su permiso. El pueblo no sabia
qué pensar de todos estos movimientos: los unos decian
que iba a estallar una guerra con Inglaterra; los otros que
eran preparativos para castigar con las armas a los indios
que pocos d'as antes hablan saqueado a los jesuitas i los
hablan arrojado de las misiones recien fundadas por el re-
verendo padre provincial Baltasar Hueber. Por orden del
gobernador se hacia una novena rezada en la iglesia de
Santo Domingo por el feliz éxito de su empresa, i se prome-
tió al pueblo instruirle de todo el asunto el 25 de agosto.
Todas las tropas diseminadas en los campos hablan reci-
bido orden de reunirse en Santiago para ese dia. El go-
bernador envió al mismo tiempo oficios cerrados a sus
subalternos con orden de no abrirlos sino en el dia i ante
los testigos que se le designaban.
El 24? de agosto, dia de San Bartolomé, en la tarde, co-
menzó a esparcirse por la ciudad el rumor de que todo ese
aparato de guerra se dirijia contra los padres de la Com-
pañía de Jesús; a las tres, supe la noticia por medio de otro
padre de un modo bastante seguro. Las relijiosas carmeli-
tas se pusieron al momento en oración, no perdonando
desvelos ni penitencias. El 25, Jos soldados estaban en el
puesto que se les habia asignado: toda la ciudad esperaba;
sin embargo, el gol)ernador no se presentó. Como el cielo
«staba cargado de nubes i amenazaba lluvia, envió las tro
1) Don Antonio de Guill i Gonzaga.
142 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
pas a comer, i lo postergó todo para el día siguiente. Pero
de hora en hora el rumor de la víspera tomaba mas consis-
tencia: se decia abiertamente que esos preparativos se diri-
¡ian contra nosotros. Se vio a un soldado recorrer las ca-
lles con lágrimas en los ojos, repitiendo que era deudor a
los jesuítas de todo lo que había de bueno, i que prefería
hacerse matar antes que poner la mano sobre uno solo de
ellos. Este mismo día, varías personas estrañas fueron a
ofrecernos a muchos padres i a mí un asilo en sus casas si
éramos espulsados de líis nuestras.
En fin, llegó el día fatal. El 25 de agosto de 1767 a las
tres de la mañana, un oficial del reí seguido de una nume-
rosa escolta se presentaba al colejio, í estando reunidos
todos los padres, les lee un decreto real i toma posesión de
la casa. A la misma hora de la noche, otro oficial entraba
de la misma manera en nuestra casa de San Pablo o de
tercera prueba; otro, al colejio de nobles; un cuarto en fin
al noviciado: i todos los padres i hermanos de esas casas
recibían la orden de dirijirse inmediatamente al colejio
grande. Se encerró a los novicios en la capilla privada, i
cuando vino el día, se los condujo a una casa particular
que fué custodiada con soldados. Ahí tuvieron que sufrir
las instancias de sus madres, de sus parientes i de sus ami-
gos, que les suplicaban abandonasen la Compañía i vol-
viesen a sus familins. Pero esos nobles jóvenes, fortificados
de lo alto, resistieron con jeneroso coraje a todas las solici-
taciones i a todas las promesas. En fin, después de catorce
días de lucha, fueron conducidos al colejio grande i reuni-
dos a los otros jesuítas. Largo sería referir todas las prue-
bas a que estuvieron sometidos en Chile, en Lima, durante
el viaje, en España, i cómo llegaron a Italia. En una carta
especial dirijida al padre Francisco Javier Rufin, vice rector
en Laudsberg, he hablado ya de su estraordinaria cons-
tancia en ^u vocación i de los grandes ejemplos de virtud
que han daJo; he referido cuántos peligros han tenido que
correr, dificultades que vencer, contratiempos que dominar.
r
ESPULSION DE LOS JESUÍTAS 143
padecimientos que sufrir. No debo volver sobre esa mate-
ria, que se ha tratado ya por estenso.
En todo el reino, a la misma hora de la noche, todas
nuestras casas fueron ocupadas de la misma manera, i to-
dos los jesuitas arrestados. Desde algunos años atrás, vi-
via yo con algunos hermanos coadjutores en una casa de
campo mui cerca de Santiago, donde me ocupaba de los
negros, de los indios i de los habitantes de la vecindad; era
yo como su cura. No fui olvidado: un oficial con escribanos
i soldados se nos apareció a la misma hora de la noche,
nos leyó la real cédula, tomó posesión de la casa i de todos
sus haberes, i nos intimó dirijirnos al colejio grande antes
de la salida del sol. En el camino i a las puertas del colejio,
encontramos hombresi mujeres que lloraban por nosotros.
El interior de la casa ofrecia un aspecto lamentable: dos
piquetes de soldados colocados a cada lado, guardaban la
puerta de la calle: en todas partes había centinelas arma-
dos: delante de la pieza del reverendo padre rector, de la
del padre procurador, del hermano enfermero, delante de
la biblioteca i en la puerta de los patios. La pieza del reve-
rendo padre provincialestaba, sobretodo, bien custodiada:
el jefe de la milicia habia establecido en ella su cuartel jene-
ral. Vimos allí reunidos a los padres i hermanos traídos
de todos nuestros colejios de la ciudad, en número de ciento
veinte mas o menos. A las once comimos en nuestro refec-
torio en presencia del jefe de la milicia. Los soldados fue-
ron a la segunda mesa con aquellos de los nuestros que no
habian tomado parte en la primera. Se confiscó en benefi-
cio de la caja real el tesoro de la iglesia, de una riqueza no-
table, con todos los bienes del colejio i de nuestras casas de
campo. El decreto de destierro que se nos leyó aquella no-
che, destinaba una parte de esos bienes para proveer a
nuestras necesidades hasta Itaha: el mismo decreto prome-
tía también a los jesuitas nacidos en los estados de Su Ma-
jestad una pensión conveniente durante su vida. Algunos
dias después, apareció una pragmática del rei, que prohi-
144 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
bia bajo penas muí graves tomar nuestra defensa, hablar
o escribir en nuestro favor, i aun comunicar con nosotros i
darnos dinero o letras de cambio. Tal era en sustancia la
parte dispositiva de esa funesta pragmática: en cuanto a
las razones que la hablan inspirado, el rei declaraba que
las dejaba encerradas en su real corazón.
Pero ¿qué pensaba el obispo, qué pensaba el pueblo de
Santiago? Desde la mañana, Su Ilustrísima convocó su cle-
ro i sus canónigos, i quiso hablarles de la medida de que
éramos objeto; pero cuando habia pronunciado algunas
palabras, se puso a llorar con todos los asistentes. El ca-
bildo eclesiástico intentó reunirse también; pero esta segun-
da asamblea se separó, como la primera, en medio de lágri-
mas. El pueblo estabci confundido i como aterrado; las igle-
sias i tiendas permanecían cerradas; todos los negocios es-
taban interrumpidos. Las mujeres, ricas o pobres, llenaban
con sus lamentos i sollozos las casas i los lugares públicos.
Aun hombres del mas alto rango, eclesiásticos o seglares,
no se avergonzaban de llorar ante todo el mundo. El pe-
queño número de nuestros enemigos reconocidos como ta-
les en la ciudad, no se atrevía a salir a la calle por no espo-
nerse al furor de la multitud, i se quedaron encerrados con
mucha prudencia en sus casas. Se permitió al principio a
algunas personas distinguidas visitarnos en el interior del
colejio; pero luego no se les concedió entrar sino a la puer-
ta, i solo en presencia de las guardias, podian comunicarse
con nosotros. El obispo i el gobernador de Chile, vivamente
alectos ambos a la Compañía, nos visitaron también: el
tiempo de nuestra residencia i reclusión en el colejio fué bas-
tante considerable, porque no estaban aprestados los bu-
ques que debiau conducirnos. Debo decir también que nos
trataron con toda clase de consideraciones los oficiales rea-
les i los habitantes de la ciudad. Todos los dias podíamos
celebrar el santo sacrificio en nuestra iglesia cerrada; i con
un consuelo especial de nuestra alma, recitábamos losevan-
jelios i las epístolas del común de los apóstoles i del común
BSPULSION DE LOS JESUÍTAS 145
de los mártires, en que encontrábamos muchas aplicaciones
a nuestro estado presente.
Lo que se hizo en Santiago se repitió en todo el reino:
por todos los caminos se encontraban jesuitas conducidos
por soldados al puerto de Valparaíso, en medio de la cons-
ternación i de las lágrimas de los habitantes de los campos
t de sus curas. El reverendo padre Baltasar Hueber, nues-
tro provincial, fué capturado con varios otros en el colejio
-de Concepción, donde tomaba algún reposo después de su
visita de las misiones, i conducido a Valpar^iiso; en ese mo-
mento, el padre Juan Antonio Araoz estaba en camino para
dirijirse al colejio de Coquimbo, adonde lo enviaba la obe-
diencia. De repente, dos campesinos corren hacia él apresu-
radamente con los ojos llenos de lágrimas i arrojándose a
sus pies, le conjuran a que huya cuanto antes porque han
visto, agregan, a todos los padres del colejio de Coquimbo
llevados con guardias a Santiag^o, para ser puestos en la
picota. Desorientado por una noticia tan estraña, el padre
Araoz se oculta en un bosque vecino; i desde su escondite,
no tarda en efecto en ver pasar a los padres de Coquimbo
€n medfo de un fuerte destacamento de soldados. Pero bien
pronto, mejor informado i persuadido de que los padres
eran conducidos, no a Santiago, de donde él venia, sino al
puerto, i que no estaban condenados a la picota sino al
destierro, volvió a buscarlos i se juntó con ellos en el puer-
to. En todas partes, en Santiago, como en las otras ciuda-
des del reino, el pueblo se esforzaba con lágrimas, ayunos,
súplicas, procesiones i toda clase de penitencias, en apaci-
guar la cólera del cielo, porque atribuia a sus pecados nues-
tra partida i temblaba de que éste fuera para él el oríjen de
todos los males. Las relijiosas, de que hai seis monasterios
en Santiago, excedieron a los demás en sentimiento: largo
seria referir todos los medios que emplearon. Las carmeli-
tas, que habian sido dirijidas siempre por nuestros padres,
se consumieron, por decirlo así, en ayunos i penitencias. No
esceptuaron ni el dia de su Madre santa Teresa, que pasa-
TOMO X 10
146 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
ron ayunando, como todos los otros. Colocaron, es verdad,,
sobre el altar la imájen de la santa, pero la cubrieron con
un velo negro; no quisieron en ese dia ni misa solemne, ni
música, ni sermón. Mas aun: cediendo al exceso de su deso-
lación, llegaron hasta amenazar a su Madre con no cele-
brar mas su fiesta, si no les volvia, a sus padres espiritua-
les. Los fieles i el obispo vinieron a su iglesia para orar con
ellas; pero viendo ese espectáculo de tristeza i desolación,
solo supieron confundir sus lágrimas con las de esas santas
vírjenes. Al caer la noche, nos enviaron al colejio la imájen
de santa Teresa, i la hicieron colocar en nuestra capilla pri-
vada, donde tuvimos durante ocho dias facilidad para hon-
rarla a nuestro gusto.
Entre tanto, se nos anunció que íbamos a ser conducidos
al puerto, i de noche, para evitar todo movimiento en el
pueblo: porque ya varias veces en Santiago i en otras ciu-
dades del reino, la multitud habia manifestado deseos de
ajitarse en nuestro favor; i para contenerla, habia sido pre-
ciso prometerle que nuestros asuntos se terminarian bien
pronto con el rei, i que no tardaríamos en volver al señó-
de ella. Creyó en estas seguridades i se mantu\ro en paz.
Así, pues, el 23 de octubre a las dos de la mañana, sali-
mos a pié del colejio. Se habia prohibido a todos los habi-
tantes abrir la puerta de sus casas: las calles estaban guar-
dadas por una doble fila de soldados, en medio de la cual
tuvimos que pasar llevando nuestras maletas. Cien solda-
dos nos esperaban fuera de la ciudad con igual número de
caballos: se nos hizo montar en ellos, i nos pusimos en ca-
mino con nuestros guardianes: éramos ciento; los viejos,
inválidos i enfermos habian sido dejados en el convento de
San Francisco.
Cuando aclaró, toda la ciudad de Santiago resonaba con
lamentaciones i jemidos; lloraba la pérdida de los que ve-
neraba i amaba como a sus padres. Durante el viaje, fui-
mos bien tratados, como ya lo habíamos sido en el colejio.
Después de ocho dias de camino, llegamos a Valparaiso-
ESPULSION DE LOS JESUÍTAS 147
Encontramos en esta ciudad al reverendo padre provincial
con un gran número de padres que habian sido traidos de
todos los puntos del reino. La provincia de Chile contaba
entonces trescientos sesenta miembros, entre los cuales ha-
bia once novicios i cuarenta estudiantes, mas o menos. Nos
vimos reunidos cerca de trescientos, parte en nuestra resi-
dencia, parte en una sala privada: en ambos lugares una
fuerte guardia nos vijilaba. En la residencia, podíamos ce-
lebrar todos los dias el santo sacrificio con la iglesia cerra-
da; los que se encontraban en la casa particular, fueron pri-
vados de este consuelo. De alimento i vestidos, nada tenía-
mos que desear; pero estábam )S mui estrechos en la habi-
tación. En una misma pieza nos hallábamos reunidos a
veces cuatro, seis, ocho i aun diez. Los padres misioneros
que trabajaban en las islas de Chiloé no vinieron a Valparai-
so; se les condujo por mar directamente a Lima. Se obligó
a los padres procuradores, en virtud del decreto, a perma-
necer dos meses en las residencias i en los colejios, para ren-
dir cuenta exacta de su administración. Los viejos achaco-
sos i los enfermos fueron colocados, como lo hemos dicho
ya, en el convento de San Francisco con una pensión con-
veniente a espensas del tesoro real. Los estudiantes dieron
sus exámenes ordinarios defilosofía i deteolojía en elniesde
enero, porque en Chile el año escolar principiad primer do-
mingo de cuaresma i termina en el mes de enero. Estos jó-
venes, que eran cuarenta, mas o menos, habian nacido los
unos en España, de donde habian venido a Chile en compa-
ñía de los procuradores jenerales; los otros, mas numero-
sos, en Chile mismo, de familias españolas, nobles en su
mayor parte. Todos dieron pruebas del mayor coraje: ni
uno solo retrocedió ante la persecución, i tuvieron a honor
el llevar su cruz con paciencia i el marchar en pos de N. S.
Jesucristo. En Santiago i en Valparaíso, donde estuvimos
largo tiempo retenidos, asistieron como de costumbre a sus
clases i a sus ejercicios de piedad i no cesaron nunca, ni en
medio de los soldados, de mostrarse perfectos observantes
de la regla.
148 ESTUDIOS HISTÓRICO -BIBLIOGRÁFICOS
Mientras aguardábamos en el puerto de Valparaíso, el
padre Juan Evanjelista Hoffniann fué arrebatado por una
fiebre maligna. Este padre habia nacido en Suabia, i solo
tenia cuarenta años; no se nos permitió enterrarlo en nues-
tra residencia; fué el cura de la ciudad quien le tributó los
últimos honores en su iglesia parroquial, en presencia de
los padres de San Agustín: la ceremonia vse hizo con mucha
magnificencia. El padre Hoffmann se habia distinguido en
las misiones durante muchos años: era uno de aquellos a
quienes los indios nuevamente reducidos habian despojado
i arrojado de su territorio. Toda esta provincia de Chile
que, en cuanto pudo juzgar, se hizo notar siempre por su
espíritu fervoroso i por su amor a la disciplina relijiosa, no
contó en esas circunstancias desgraciadas sino seis de sus
hijos indignos de ella, tres padres i tres hermanos coadjuto-
res, que abandonaron la cruz de nuestro Señor, se oculta-
ron i no volvieron a aparecer.
No puedo callar aquí lo que sucedió al padre Januario
Peralta, nacido en América. Este padre, inmediatamente
antes de la ejecución del decreto real, habia obtenido su se-
paración de la Compañía. Sin embargo, estaba todavía en
nuestra casa cuando la invadieron los soldados: fué deteni-
do con los demás. Aunque protestó i mostró sus cartas de
separación en Santiago i en Lima, no se leyó. Ni el gober-
nador de Chile, ni el virrei de Lima se atrevieron a sus-
traerlo por sí mismo al destierro: fué embarcado con noso-
tros i participó de todos nuestros sufrimientos. Solo en Es-
paña se aceptó su dimisión, i obtuvo volver a su patria;
pero no se le dio ningún viático para el viaje, i al volver al
siglo, cayó en la miseria mas profunda.
Volvamos a nosotros. El dia de San Andrés, un buque
de guerra, el Peruano, que venia del Perú, ancló en el puer-
to de Valparaiso; traia a bordo sesenta cañones, cincuenta
soldados, i ciento ochenta jesuítas de la provincia del Perú.
Se detuvo un mes para hacer sus provisiones. Tres jesuitas
enfermos bajaron a tierra i se trasportaron a nuestra resi-
dencia; a los otros se les prohibió espresamente poner el
ESPULSION DB LOS JESUÍTAS 149
pié fuera del buque. Sin embargo, tuvimos con ellos alguna
comunicación por cartas i mensajeros. Les hicimos pasar
carne, ropa blanca i frutas, porque la estación de frutas en
Chile es en diciembre i enero. La ciudad de Santiago les en-
vió también limosnas abundantes, particularmente una
gran cantidad de ropa blanca. El virrei de Lima había dado
orden de agregar doscientos veinte jesuitas de la provincia
de Chile a los ciento ochenta que se encontraban ya a bor-
do del Peruano, para completar cuatrocientos; pero el ca-
pitán del buque i el gobernador de Chile no ejecutaron esta
orden por bárbara, i solo se embarcaron veinte jesuitas.
Entre ellos estaba el padre Gabriel Schraid. El 20 de enero
de 1768, levaron ancla i se dieron a la vela para España.
En cuanto a nosotros, continuamos residiendo en Val-
paraiso, i nos halagábamos siempre con la esperanza de
que el reí nos haria gracia i nos permitiria quedar en nues-
tro primer estado. Orábamos con fervor: las novenas no
cesaban; nos dirijiamos ya a la Vírjen Santísima, ya a San
Francisco Javier, ya a nuestro Padre bienaventurado, o a
otros santos. Nuestros votos no fueron atendidos. Como
no habia ningún buque español en el puerto, se nos embar-
có a principios de la cuaresma en tres buques chilenos i nos
dirijimos a Lima. Fuimos mui bien tratados durante el
viaje, siempre a espensas del estado de Chile. La pragmá-
tica real nos habia prohibido el ejercicio del sagrado mi-
nisterio; pero se juzgó que no tenia afjlicacion a bordo, i
ejercimos nuestras funciones apostólicas acostumbradas.
Se instruyeron i se catequizaron los marineros; casi todos
se confesaron i recibieron la santa comunión.
Después de quince dias de navegación, llegamos al puer
to de Lima. Un piquete de soldados enviados por el virrei
nos aguardaba allí: habiéndose pasado lista, se pusieron
de centinelas en la playa para impedir nuestra fuga. Tres
dias después, mui de mañana, a las dos, se nos hizo desem.
barcar i se nos encerró en la ciudadela del puerto, donde
estuvimos retenidos hasta la llegada de ciento cincuenta
esuitas que venian de Lima para embarcarse en la Santa
150 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
Bárbara i dirijirse a España. Entre ellos se encontraba el
padre José Rapp, que había ido hasta Lima en el primer
buque chileno.
Lima está situada a dos leguas, mas o menos, del puer-
tO: que se llama el Callao: los prisioneros atravesaron esta
distancia durante la noche en ochenta carruajes que los
principales habitantes de la ciudad habian suministrado
por requerimiento, i se embarcaron en la Santa Bárbara
antes de salir el sol. De vuelta, esos ochenta carruajes nos
tomaron en la cindadela i nos condujeron a Lima en núme-
ro de ciento treinta, en medio de una doble fila de guardias
a caballo: así hicimos nuestra entrada el 12 de marzo, dia
de San Gregorio el Grande, en presencia de una inmensa
multitud que habia concurrido para vernos. A las nueve,
entrábamos en nuestra casa profesa, siempre vijilados es-
trictamente.
El virrei -> enemigo jurado de nuestra Compañía, habia
usado de la mayor dureza con los padres de Lima. Nos re-
cibió, sin embargo, bastante bien, por consideración, sin
duda, a nuestro provincial, el padre Baltasar Hueber, a
quien estimaba mucho i a quien habia elejido para confe-
sor cuando era gobernador de Chile. Nuestra residencia en
Lima duró dos meses, mas o menos, durante los cuales los*
estudiantes continuaron sus clases: todos los dias decía-
mos misa en nuestra capilla privada, provista de nueve
altares. No quedaba ya en Lima sino un pequeño número
de padres de esta provmcia.
La ciudad de Lima es la capital del reino: es bella, opu-
lenta i de una estension bastante grande; está situada a
12° grados de latitud en la zona tórrida, lo que hace que
los calores sean considerables; pero el amor del oro i de la
plata no deja de atraer una población numerosa, i muchas
familias españolas, aun nobles, han fijado allí su residen-
cia. Se pueden pasear sobre las casas i sobre las iglesias, i
se pasean por ahí en efecto, en ciertas horas del dia; porque
2) , Don Manuel de Amat i [nnient.
ESPULSION DE LOS JESUÍTAS 151
esos edificios no tienen tejado, pues seria inútil por falta
de lluvia er aquella rejion. Solo durante el invierno cae un
rocío abundante, que humedece el suelo i hace reverdecer
los prados. Para el cultivo, se conduce por canales a los
campos el agua de los rios. Marzo i abril son los meses de
otoño i de ias neblinas; pero el calor no es por eso menos
fuerte. Tres o cuatro veces por dia nos cubríamos de sudor,
después de comer, de cenar, i cuando bebíamos agua fria o
caliente.
El virrei nos había asignado a cada uno un florín por
dia. Esta suma nos alcanzaba con gran dificultad, porque
en Lima todo es muí caro, siendo el Perú mucho menos fér-
til que Chile.
Las fiebres llamadas tercianas i cuartanas nos visitaron
también. Estas enfermedades, mui comunes aquí, no son
ni conocidas en Chile. Mas de treinta de los nuestros fue-
ron atacados a la vez: así, deseábamos abandonar esta
ciudad i darnos a la vela lo mas pronto posible. No debo
olvidarme de señalar la simpatía que encontramos en el
pueblo de Lima: a porfía se esforzaban todos en servirnos.
Las relijiosas se distingueron entre todos. No hubo dia que
no enviasen a informarse de lo que nos faltaba, sobre todo,
a los enfermes. Hablan sabido ellas la buena acojida he-
cha por la población de Chile a los padres de Lima que ha-
bían llegado a Valparaíso en el Peruano, i este ejemplo
estimulaba su jenerosidad.
Yía fin, llegó el momento de partir: fué después de las
fiestas de pascua. Todos, aun los enfermos, nos embarca-
mos con algunos días de intervalo en tres buques españ(jles
bastante grandes. El 3 de mayo, dia de la Santa Cruz, su-
bía _vo al Santa Rosario en compañía del reverendo padre
Provincial, de los estudiantes i de los otros padres, ciento
veinte jesuítas por todos, habiéndonos ido de Lima al puer-
to en sesenta carruajes. Una escolta numerosa nos seguía
para impedir nuestra fuga. Antes de amanecer, estábamos
en el Callao i tomábamos inmediatamente pasaje en el Ro-
sario. El Rosario es un hermoso buque de cincuenta caño-
152 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
nes i de ciento cincuenta hombres de tripulación. Veinte
pasajeros seglares se habian establecido ya en él. Las pro-
visiones eran considerables: treinta vacas, cien carneros^
cincuenta puercos, bizcochos, carne salada i gran cantidad
de toneles de agua dulce, nada se había descuidado de lo
que pudiera ser necesario en una navegación tan larga.
Permanecimos aun tres dias en el puerto. En fin, el 7 de
mayo a medio dia, levamos ancla para abandonarnos a
las olas confiados en Dios.
Nuestra escolta volvió a tomar el camino de Lima, a
escepcion del jefe de milicias, que se embarcó con nosotros
para cuidar de nuestras personas durante el viaje. El vien-
to era favorable, i nuestro buque surcaba rápidamente ha-
cia el sur, A fines del mes de mayo, pasaba a la altura de
Chile. No vimos tierra; pero no dejamos de saludarlo a lo
lejos, i de enviarle con nuestras lágrimas nuestro último
adi^^s.
Según mi opinión, i me fundo en veinte años de residen-
cia en este reino, Chile ocupa con justo título el primer lu-
gar entre los paises de América por la suavidad de su cli-
ma, la maravillosa fertilidad de su territorio i el feliz
natural de sus habitantes. Se estiende hacia el sur del tró-
pico de Capricornio, en una lonjitud de cuatrocientas le-
guas, i su anchura solo es sesenta leguas. Por un lado lo
baña el océano Pacífico, por otro lo defiende una cadena
de elevadas montañas que lo separan del Paraguai. Lo rie-
ga una multitud de rios que se precipitan de la cima de las
montañas con dirección al mar. La proximidad del océano
i de las montañas, la abundacia de las corrientes de agua,
suavizan de tal modo la temperatura que no se sienten ja-
mas los calores del verano ni los rigores del invierno. Las
borrascas i las tempestades son desconocidas; tampoco se
conocen las enfermedades llamadas fiebres tercianas i cuar-
tanas; i aun, si las personas atacadas de esas enfermeda-
des en el Perú se van a Chile, sanan pronto sin necesidad
de medicina. La cebada, el trigo, la vid, las legumbres de
todas clase, crecen en abundancia; las frutas no son infe-
k
ESPULSION DE LOS JESUÍTAS 153
riores a las de Italia; se encuentran muchos peces i una
; multitud de aves domésticas i salvajes; los campos están
r cubiertos de rebaños, de caballos, de muías, de vacas, de
cabras, de carneros; en fin, se esplotan ricas minas de oro i
de plata. A fines de diciembre i principios de enero, se hace
la cosecha; en la misma época, se mata el ganado gordo i
se seca la carne al sol. Esta carne, durante todo el año, es
= el alimento de los esclavos i de los pobres, i la grasa que se
le saca sirve en los dias de a\^unos por falta de manteca
para preparar la comida. Frutas excelentes de toda espe-
cie maduran durante la cuaresma; las vendimias principian
desde los primeros dias de mayo.
Razas diversas habitan este pais: primero los indios, de
tez morena, carácter duro i belicoso; después los españo-
r les, que se han fijado principalmente en la ciudad i en las
casas de campo: son blancos i de gran belleza en las faccio-
nes; su espíritu es penetrante, su alma noble e inclinada a
la liberalidad; en seguida los mestizos, de color bronceado,
intelijeiites e industriosos; forman la clase pobre i son mui
' numerosos; en fin. los negros, ligados al servicio de los es-
' pañoles en calidad de esclavos, i que se han multiplicado
de tal modo en América que el rei, desde mucho tiempo
atrás, lia prohibido por un decreto llevar otros de África.
Al momento de nacer, son de color gris; pero con la edad,
se ponen enteramente negros. Tienen poca intelijencia i
gran dulzura de carácter. Casi todos mueren predestina-
dos, llenos de la espet anza de ir al cielo a gozar de todo los
bienes en recompensa de los trabajos i miserias que han
sufrido en la tierra: he tenido ocasión de verlo en muchos,
porque yo estaba encargado de asistirlos en sus últimos
momentos.
IB ^^^^ ^*^^ obispos en Chile: el uno reside en Concepción i el
otro en Santiago. Concepción estaba edificada a la orilla
del mar; habiéndola derribado en 1751 imo de esos tiem-
blores tan frecuentes en el pais, fué reconstruida en otro
lugar a cuatro leguas del primero. Muchos españoles se
an establecido en ella para comerciar.
154 KSTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
Santiago es la capital del reino: está situada bajo el gra-
do 33 de latitud sur, i no es inferior a Lima, metrópoli de
las posesiones españoles en esta parte de América. Tiene "
un obispo i diez canónigos, es la residencia del gobernador
del reino i del presidente de la audiencia o cancillería real,
tribunal formado de siete personas mui hábiles en el dere-
cho i cuya función es decidir las cuestiones de su competen-
cia. El gobernador mismo no puede tomar ninguna medida
de alguna importancia sin su asentimiento i aprobación.
Santiago posee también una universidad real recien fun-
dada i en la cual se confieren los grados. Nuestra Compa-
fiía tenia allí tres colejios, ademas del de nobles, i dos casas
de ejercicios, la una para hombres i la otra para mujeres.
Los padres franciscanos tienen tres conventos mui nume-
rosos; los relijiosos de la Merced dos; los dominicos uno;
los agustinos uno; i los hermanos de la misericordia
uno, con un hospital. Los monasterios son seis, todos mui
numerosos, i en el tiempo de nuestra partida, se princi-
piaba a trabajar un sétimo. Es preciso agregar a esto una
casa de corrección donde la justicia encierra a las mujeres
de mala vida.
La provincia de Chile se distinguió siempre por su regu-
laridad relijiosa, como la del Paraguai, i se componia de
trescientos sestnta miembros, que se ocupaban día i noclie
con un celo infatigable en los diferentes trabajos de nues-
tra Co.mpañía, en los colejios i residencias, en los campos i
en las misiones, en medio délos indios i de los infieles. Nada
diré de los ministerios ordinarios por no estender demasia-
do esta relación, i me limitaré a señalar algunos de los mas
notables.
Todos los años se hacían en Santiago dos misiones: la
una en nuestra iglesia, en la cuaresma, por nueve dias; la
otra en octubre, en la iglesia de los hermanos de la Miseri-
cordia, que duraba también nueve dias completos. Cada
año en la primavera, en el verano i en el otoño, doce misio-
neros apostólicos, de dos en dos, recorrían todo el reino; i
en los distritos asignados a cada sección, pasaban de una
ESPULSION DE LOS JESUÍTAS 155
parroquia a otra predicando la penitencia, catequizando i
administrando los sacramentos. Las misiones entre los in-
dios i los infieles se estendian desde la ciudad de Concep-
ción hasta mas allá del territorio de Valdivia; allí conclu-
yeron su vida los padres Francisco Khuen, Javier Wolf-
^ásen, Juan Feril, Ignacio Steidl i otros apóstoles celosos.
En el archipiélago de Chiloé, situado en grado cuarenta,
trabajaban sin descanso diez o doce misioneros que en su
canoas pasaban de una isla a otra para ausiliar a esos po-
bres indios. Allí trabajó mas de cuarenta años el padre
Antonio Frild, que se vio en la necesidad de retirarse octo-
jenario i ciego. Allí trabajaron mas de veinte años los pa-
dres Melchor Strasses i Javier Kisling, detenidos todavía
en España, i varios otros. Todos los años en Santiago, du-
rante ocho días, se daban los santos ejercicios de nuestro
bienaventurado Padre, tres veces a las mujeres i seis a los
hombres, i así se trabajaba en la salvación de trescientos
hombres i de trescientas mujeres. Ademas todos los años
se daba retiro dos veces en la casa de las mujeres estravia-
das, una vez cada año en el colejio de los nobles, una vez
por año en los diferentes monasterios de relijiosas, i a ve-
ces también en el monasterio de los hermanos de la Mise-
ricordia, i cada vez durante ocho dias.
A menudo se daba también retiro de ocho dias a los
hombres i a las mujeres, pero separadamente, en nuestros
colejios menores i en nuestras residencias, i aun a veces en
nuestras casas de campo. Cuando se nos arrestó se hacian
los preparativos de un retiro de ocho dias para las esclavas
en nuestra casa de campo, i ya se las habia dado a los es-
clavos.
Hombres devotos no faltaban para cumplir tales minis
terios: la provincia de Chile tuvo siempre un buen número
de hombres notables por sus talentos i por la santidad de
su vida. Entre ellos debe mencionarse el padre Carlos Haym-
hausen, hombre de un celo estraordinario, rector del co-
lejio, confesor del obispo i del gobernador, era infatigable
ípara desempeñar todas las obligaciones propias déla Com-
156 ESTUDIOS HISTÓRICO-BTBLIOORÁFICOS
pañía. Reconstruyó casi por entero i proveyó de ornamen-
tos preciosos la magnífica iglesia del colejio grande. Edifico
desde los cimientos la casa de segunda prueba i las dos ca-
sas destinada a los retirados i también la iglesia. Lo aflijió
la gota varios años, i pocos dias antes de su muerte, se le
encontró revestido de dos cilicios. Llorado por los seglares
i por los nuestros, lleno de luces i de méritos, se durmi6
santamente en el Señor el 7 de abril de 1767 a los setenta i
cinco años de edad. Fué instructor de los padres del tercer
año de prueba i durante diez años rector del colejio: muri6
ejerciendo este cargo.
Pero, ¡por qué detenernos en Chile, mientras nuestro
bajel voga rápido i nos conduce al destierro! Ya Chile ha
desaparecido; ya navegamos por el grado cuarenta, cerca
de las islas de Chiloé: ya se hace sentir el invierno; ya el
mar cuyas olas surcamos no es el Pacífico, sino un mar
tempestuoso i luego vendrá el estrecho de Magallanes.
Creyendo poder interpretar favorablemente las prescrip-
ciones formuladas en la pragmática sobre el ejercicio de
nuestro ministerio, lo desempeñamos sin obstáculo en nues-
tro buque. Todos los dias se decian dos misas; hacíamos-
exhortaciones frecuentes i casi diariamente nos administrá-
bamos el sacramento de la penitencia; oimos también las
confesiones jenerales de mas de sesenta pasajeros.
El duodécimo dia de nuestra navegación, estábamos ha-
cia el grado sesenta del lado del polo sur, mucho mas allá
de los límites de Amí''rica i aun de la tierra del Fuego. Ya
habíamos doblado el Cabo hacia el África, cuando de re-
pente, en medio de la noche, se levanta una tempestad fu-
riosa que maltrató tan violentamente la nave que estuvo
a punto de zozobrar. Se repliegan las velas; seis hombres
sostienen la rueda del timón; pero la furia de las olas hace
saltaren pedazos la caña i la rueda, construidas de madera
mui resistente, i derriba lleno de contusiones a uno de los
marineros, que cae sin conocimiento. El viento hace crujir
horriblemente el buque; las marejadas penetran por las
aberturas hasta nuestros camarotes; íbamos a perecer. Sin
ESPULSION DE LOS JESUÍTAS 157
embargo, el buque es arrastrado por una fuerza terrible;
durante todo el día 13 de junio, día de san Antonio de Pa-
dua, lucha contra las olas; i aunque sin velas, pero impul-
sado por el furor de los vientos, anda sesenta leguas en
veinte i cuatro horas.
Los dias siguientes sopló una brisa mas favorable; pero
el frió, la nieve i el hielo nos hicieron sufrir demasiado, i los
marineros no podían hacer el servicio sino con estrema di-
ficultad i grandes peligros. Uno de ellos cayó un dia de la
punta del palo mayor i se mató del golpe: se le sepultó en
el mar.
El 21 de junio, dia de San Luis Gonzaga, habíamos diriji-
do nuestro camino hacia Europa, i avanzábamos con viento
favorable, cuando un muchacho de catorce años que servia
en la cocina, cae al agua: al momento se larga un bote al
mar con seis marineros para tomar a ese niño arrastrado
i sacudido por las olas; pero antes de poder alcanzarlo, se
precipitan sobre su cabeza aves de rapiña, lo despedazan i
le arrancan los ojos. Perdió entonces el pobre muchacho
la fuerza para nadar, i desapareció miserablemente en el
abismo.
En toda nuestra navegación, lo que es raro, solo una
vez divisamos tierra; pero casi siempre vimos peces vola-
dores hasta la altura del Paraguai. En estos parajes mu-
rió el padre Lorenzo Romo, español, de sesenta años, hom-
bre notable por su ciencia i la santidad de su vida; se arrojó
su cuerpo al mar, después de las ceremonias de costumbre.
Fué el único de nosotros que falleció en el buque i, sin em-
bargo, hubo varios enfermos.
Se nos daban raciones suficientes de bizcochos, carne se:
ea i agua dulce. Pero el alojamiento, aunque sano, era es-
tremadamente estrecho: porque éramos ciento veinte jesuí-
tas, hacinados con nuestras camas en un solo camarote,
desde la popa hasta el medio del buque.
Entre América i África, tuvimos constantemente vientos
favorables; i mediante Dios, pasamos con felicidad la línea
el 23 de julio sin sufrir demasiado por el calor.
158 ESTUDIOS HISTORICO-BIBLIOGRÁFICOS
Cuandv:) pasamos el Ecuador, se hicieron preparativos-
de defensa contra ios moros i los ingleses, para el caso en
que estos últimos hubiesen declarado la guerra. Se dispu-
sieron los cañones, se pusieron centinelas, se asignó a cada
uno su puesto, i se hizo ejercicio con mas frecuencia en el
buque. También quisieron confiarnos armas; pero nos es-
cusamos por nuestra inesperiencia en el arte de la guerra.
En aquellos dias murieron dos pasajeros, a lo que siguió
bien pronto un tercero, ahogado por una asma. Uno de los
dos primeros era un noble de las islas Canarias, que no pu-
do alcanzar el suelo natal, de que estaba tan próximo.
Una mañana notamos una vela en el horizonte. Todo el
mundo se asustó; pero luego se reconoció que era un buque
mas pequeño que el nuestro, i sin artillería. Por un caño-
nazo, se le ordenó detenerse: obedeció i nos aguardó: era
un buque ingles que iba a pescar en Terra Nova; nos
dio noticias felices sobre la paz, i se le dejó proseguir su
camino. Poco tiempo después, encontramos un segundo
buque ingles que confirmó el dicho del primero. En segui-
da, vimos un buque francés que nos vendió dos toneles de
vino de Nántes. Dejamos las islas Cíinarias a nuestra de-
recha, sin verlas; hallamos varios buques; i hacia fines del
mes de agosto, distinguíamos las islas Azores, sometidas
al rei de Portugal. No vimos durante todo el viaje otras
tierras o islas, porque el temor de naufragar nos separaba
mucho de ellos. Marchando una mañana hacia Portugal i
mucho antes de salir el sol, descubrimos muí cerca de noso-
tros un buque que por largo tiempo nos seguia i observa-
ba; pero cuando nos oyó tocar las oraciones, se alejó e hizo
cesar nuestros temores. Pensamos que nos habia tomado^
por piratas moros i que aguardaba la claridad para ata-
carnos, pero que al toque de las oraciones, nos habia reco-
nocido por cristianos i españoles.
En esos dias perdimos también un marinero, que fué se-
pultado en las olas no lejos del puerto. Así, durante el via-
je perdimos un jesuita i seis seglares.
Durante nuestra navegación en esos lugares, distinguí-
ESPULSION DE LOS JESUÍTAS 159
mos un buque de guerra español. Después de haber respon-
didos a nuestros saludos, nos aguardó; era un buque encar-
gado de guardar las costas. El capitán, sabiendo que habia
a nuestro bordo jesuitas de América, envió cuatro carneros
gordos con doce pollos, para los padres prisioneros; i pa-
ra protejernos contra los moros, nos acompañó toda la
noche i el dia siguiente.
Ese mismo dia a las once, saludamos con una gran des-
carga de artillería a nuestra señora de la Regla, honrada
en la costa vecina, en la iglesia de los padres agustinos, i
le dimos gracias por nuestro feliz viaje: en fin, el 6 de se-
tiembre a las dos, entramos en el puerto de Gádiz.
Cuando hubimos echado el ancla, vimos venir hacia no-
sotros una multitud de falúas montadas por funcionarios
de todas clases. Vinieron también dos nobles chilenos para
ver a sus hermanos: uno de ellos era todavía estudiante, i
el otro, sacerdote recien ordenado, i los pusieron al co-
rriente del estado de nuestros negocios en España.
Al dia siguiente, 7 de diciembre de 1768, después de cua-
tro meses de viaje, desembarcamos en el puerto de Santa
María. Todos fueron conducidos a una casa grande i cus-
todiados por soldados, escepto los alemanes, que fuimos
conducidos al hospicio de Indias, donde encontramos co-
mo doscientos jesuitas de todas las provincias de América,
colocados bajo buena guardia: mas de ciento eran de la
provincia del Paraguai; los otros estaban detenidos en los
conventos de San Francisco Santiago, de San Agustin, de
San Francisco de Paula i de San Juan de Dios, etc., no bajo
la guardia de soldado, sino solamente bajo la vijilancia del
superior. Podían decir públicamente misa en la iglesia; pe-
ro les estaba prohibido cualquier otro ministerio, así como
toda relación con las personas de fuera. Reunidos en el
puerto de Santa María como setenta jesuitas venidos de
las diferentes provincias de América, pasamos allí todo
el invierno. ¡Piensen otros cuan incómodos serian nues-
tros alojamientos, hacinados como estábamos unos sobre
otros!
160 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
Los vestidos que se nos daban eran convenientes; el ali-
mento, por orden espresa del rei, debia ser bueno, mejor
aun que el que se nos servia en nuestros colejios, pero siem-
pre escaso.
Se nos leyó de nuevo el decreto de destierro i la pragná-
tica que nos prohibia el ejercicio de todo ministerio, así
como toda comunicación con los estranjeros; i para no de-
jar duda ninguna sobre las órdenes del rei, se pronunció
pena de muerte para los hermanos i de prisión perpetua
para los sacerdotes que intentaran evadirse, ocultarse o
volver a España, después de haber sido deportados.
En cuanto a nosotros, encerrados en nuestro hospicio
en número de doscientos cincuenta, mas o menos, vivimos
como relijiosos. El reverendo padre Polo, vice provincial
de Quito, era nuestro superior común. En la capilla priva-
da del hospicio, habia doce altares disponibles; decíamos
misa todos los dias según orden prefijado, principiando a
las tres de la mañana; leíamos durante la comida i el retiro
anual; nos reuníamos todos los dias en la capilla para re.
zar el rosario; hicimos varias novenas a la santa Vírjen i a
diferentes santos con gran solemnidad, etc.
Todos los relijiosos que habitaron esa casa nos dieron
los mejores ejemplos de todas las virtudes relijiosas, i en
particular de una constancia invencible. Especialmente nos
habia admirado la vida edificante de los padres del Para-
guai; no cesábamos de considerarlos como hombres apos-
tólicos, bravos veteranos; avezados a los sufrimientos i a
las fatigas; i que, después de haber esperimentado trabajos
mas grandes, parecian hallar una especie de reposo en el
destierro i la cautividad.
Varios de los nuestros pasaron a mejor vida, i fueron
enterrados con honor en las bóvedas de nuestra capilla, pe-
rs en presencia de un notario real que debia testificar la
muerte del difunto. Entre otros, señalaré al reverendo pa-
dre Márquez, vice-provincial de Méjico, hombre a quien
durante largos años el vigor de su espíritu i la santidad de
su vida habian hecho célebre en Méjico. Cuando hubo muer-
ESPULSION DE LOS J£»SUITAS 161
to, se dobló el piquete de soldados para impedir al pueblo
que penetrara cerca del venerable difunto. Sin embargo, se
trajeron de la ciudad muchos rosarios para tocar con ellos
el cuerpo o los vestidos del muerto, que parecía digno de
veneración aun después de su muerte; sus ojos entreabier-
tos i como animados, su rostro radiante, su boca risueña,
sus manos flexibles habian hecho creerlo todavía vivo. No
fué sepultado en la bóveda común, sino en otra separada i
próxima del altar, en presencia de los oficiales i del notario
que qnisieron ver i honrar el cadáver del difunto.
En la otra casa de que hemos hablado mas arriba, habi-
taba el reverendo padre provincial de Chile con varios de
los suyos: se ocupaba en mantener, en cuanto era posible,
la vida i disciplina relijiosas. Nuestros estudiantes se entre-
garon de nuevo a sus estudios, i rindieron su examen anual
-en el mes de enero, a escepcion de dos que perdieron el va-
lor i no se atrevieron. Hubo también dos sacerdotes jóve-
nes chilenos que abandonaron la Compañía. Los otros de-
sertores eran casi todos de la provincia de Andalucía (o
Bética), de las de Méjico i del Perú. Estas son las tres pro-
vincias que, menos vigorosas para mantener el espíritu del
instituto, se encontraron así tnmus habcntes. En efecto,
varios miembros de estas provincias, menos acostumbra-
dos que los otros a las ocupaciones penosas, a las pruebas
diversas, i demasiado afectos al suelo natal, perdieron su
vocación, i con ella, todo aprecio i consideración, Estos
desertores no evitaron, sin embargo, la deportación a Ita-
lia, para ir a implorar allí la dispensa de sus votos; eran
mas dignos de compasión que los otros, porque la estima-
ción no los acompañaba.
Después de haber notado la pusilanimidad de los deser
tores, diré una palabra de la invencible constancia de los
novicios Un decreto real les permitia abandonar la compa-
ñía para volver a sus familias o seguir a sus hf rmanos en
■el destierro, pero privados de pensión: elijieron este último
partido: i venciendo ti amor de la patria, cerrando los oidos
a las insinuaciones de sus madres, parientes i amigos, pre-
TOMO X ll
162 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
firieron ir al destierro i sufrir todas las penalidades ánte&
que perder su vocación. La mayor parte concluyó su novi-
ciado en el camino, e hizo los primeros votos después de los
dos años de prueba.
Los que llegaron a España sin haber concluido su novi-
ciado, fueron sometidos a mas duras pruebas que los ante-
riores en lo relativo a su vocación. Llegados al puerto de-
Santa María, se les separó inmediatamente de los otros, i
se les envió solos a otra ciudad llamada Jerez, i allí se les
colocó en diversos cqnventos, con orden a los relijiosos de-
inducirlos eficazmente i sin descanso a abandonar la Com-
pañía. Se emplearon en esto varios meses con constancia;
pero en vano, porque la gracia de Dios fué mas fuerte para
salvarlos que todos los esfuerzos de los hombres para per-
derlos. En fin, el juez seglar mismo, por orden del consejo,,
recurrió a la intimidación, a las amenazas, i con tan buen
éxito, que doce sucumbieron. Entonces se les vistió con tra-
je seglar i se les puso en libertad, dándoseles facultad para
volver a sus país i subsidios para el viaje.
Sin embargo, el mayor número de esos novicios, o sea,
veinte i cuatro, que pertenecian a las diferentes provincias,
despreciaron todas las promesas i amenazas, i respondieron
que estaban dispuestos a todo, menos a abandonar la Com-
pañía, a la que Oíos los habia llamado. Se arrojó a éstos de
la ciudad en traje seglar i con orden de salir, en el espacio
de cuatro meses i l)ajf> pena de muerte, de los dominios de
Su Majestad Católica. Llegaron a pié hasta el puerto de
Santa María; i ahí, vista la prohibición de reunirse a noso-
tros, arrendaron una casa, donde se esforzaron en conti-
nuar su noviciado, como antes, siguiendo siempre la direc-
ción del de mas edad.
Bien pronto elijieron a algunos de entje ellos, i los envia-
ron a Cádiz a pedir limosna: en pocos dias, por la gracia de
Dios, recojieron mas de diez mil florines, lo que les permitió
pagar su arrendamiento i su comida, comprar trajes ecle-
siásticos, i aun fletar un bucjue para dirijirse a Italia; i esto
se hizo con gr¿mde admiración de todos los hombres de
BSPULSION DE LOS JESUÍTAS 163
bien, que aplaudían la valiente perseverancia de nuestros-
jóvenes americanos.
Llegados los novicios a Italia bajo estos felices auspicios
se les recibió con gran bondad por nuestro reverendo padre
jeneral, i se les agregó a sus provincias respectivas de
América.
En cuanto a nosotros, tuvimos necesidad de permanecer
en nuestra prisión hasta al mes de febrero, sin saber lo que
se nos baria: los noticias que se nos daban eran contradic-
torias, ya buenas, ya malas.
Estábamos aun en la incertidumbre respecto de nuestras-
provincias de Alemania: ya se decia que estaban completa-
mente tranquilas, ya que corrían los mayores peligros. Ha-
cia fines de enero, nos arrebataron de repente a cinco par
dres alemanes, que, durante largos años, habían cultivado
con mucho trabajo el archipiélago de Chiloé: eran los pa-
dres Melchor Strasser, bávaro; Javier Kisling, de P^ustette;
Ignacio Fritz i Nepomuceno Erlacher, de Bohemia; i Miguel
Mayr, del Rliin: se les hizo encerrar en el convento de San-
tiago para vijilarlos mas estrechamente: todavía se encuen-
tran ahí. El gobernador del puerto de Santa María, que
nos era muí favorable, los visitó; i como le supHcaran ellos
que examinase su causa luego, les contestó que aun no sa-
bia de qué se les acusaba, i que solo había recibido de la
corte la orden de custodiarlos, como lo hemos dicho. En fin,
a principios de cuaresma, se nos permitió dirijimos a Italia
a todos los que habíamos venido de Chile, con escepcion de
los cinco padres que he nombrado. Nos reunimos en un solo
buque sueco: éramos doscientos cuarenta.
Partimos sin escolta de soldados, pero con el comisario
real, i pasamos con felicidad el estrecho de Jibraltar. Con-
templamos largo tiempo las montañas i las costas de Es-
paña, i mas todavía la costa opuesta, sobre todo, la ciudad
de Ceuta, principal baluarte de España por el lado de Áfri-
ca: encontramos en nuestro viaje diversos buques. Después
de haber dejado atrás las Baleares, entre Francia, Cerdeña
i Córcega, sufrimos una tempestad horrible que nos mal-
164 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
trató como la que nos había sobrevenido el día de San An-
tonio de Padua, al abandonar a América, con la diferencia
de que esta última nos atormentó dia i noche por una se-
mana de modo que era imposible tenerse de pié. Nuestro
buque no era de los mas grandes; pero era mui sólido i mui
bueno. En fin, cesó el peligro, no encontrando corsarios, de
quienes nos preservó quizas la tempestad.
Por último, gracias a la protección de Dios, después de
veinticuatro dias de navegación, entrábamos con felicidad
el 15 de marzo de 1769 en Spezzia, puerto de la república
de Jénova.
Nuestros suecos eran de una nación mucho mas pacífica,
mas tranquila i mas laboriosa que la de los españoles, pero
mas digna de compasión, sumida como yace en la herejía.
En el viaje no pudimos celebrar todos los dias el santo sa-
crificio sino solo los domingos i diias festivos. El alimento
era suficiente, pero el alojamiento demasiado estrecho, ha-
cinados como estábamos, en niimero de dovscientos cuaren-
ta en un espacie mui pequeño; pero el Señor nos libró, al
fin, de todas estas miserias i nos hizo llegar al puerto sanos
i salvos.
El puerto de Spezzia es excelente i defendido de todas
partes contra los vientos. Está situado entre Jénova i Lior-
na, pero es poco frecuentado por los buques mercantes.
En la ciudad, que es de mediana estension, fuimos bien
recibidos en nombre de la república de Jénova, el goberna-
dor mismo nos asignó alojamiento para todos, i prohibió
severamente que se nos vendiese demasiado caro lo que ne-
cesitáramos. Como se nos prohibió pasar a Jénova, nos fué
preciso costear en pequeños botes hasta la embocadura del
Arno. Remontamos el curso del rio, dejando a nuestra de-
recha a Liorna i el jueves santo]^llegamos a Pisa.
La Compañía no tiene colejio en Pisa. Sin embargo, nos
recibió mui bien el padre Jerónimo Durazzo, hermano del
dux de Jénova, qu • predicaba la cuaresma en la catedral;
se encargó de todos nuestros negocios i los arregló perfec-
tamente. El viernes santo lo oimos predicar, lo que fué
I
I
ESPULSION DE LOS JESUÍTAS 165
para nosotros un gran consuelo, pues era éste el primer je-
suíta que oíamos predicar públicamente después de diez i
ocho meses de cautiverio.
Pisa es una ciudad magnífica i digna de ser comparada
a Florencia; tiene una universidad, donde los mismos flo-
rentinos deben venir a recibir los grados. Después de haber
admirado la magnífica catedral de Pisa, su famoso campa-
nile, su camposanto i sus otras maravillas, continuamos
remontando el Arno, que atraviesa esta ciudad.
Otros padres nos sucedieron en Pisa, a donde llegaban
por grupos, como lo habia arreglado el reverendo padre
provincial que llegó con el último.
Después de tres dias de navegación por el Arno, llegamos
a Florencia, donde nos recibió el padre procurador. Como
el colejio estaba completamente ocupado, nos acomodó en
un lugar conveniente i arregló ademas todos nuestros ne-
gocios. Diariamente celebramos el santo sacrificio en la
iglesia del colejio. Nos dirijimos al palacio del gran duque
para ver a dos de nuestros padres, confesores en la corte.
Visitamos con una profunda veneración las reliquias de
santa María Magdalena de Pazzi, cuyo cuerpo se ha pre-
servado de toda corrupción. Admiramos la célebre catedral
i su campanile i las riquezas artísticas del palacio. El lugar
en que se celebró el concilio de Florencia, está ahora ocu*
pado por un monasterio de relijiosas.
Pero lo que deseábamos ver mas que tantas bellas cosas
era una carta de nuestro reverendísimo padre jeneral:
aguardamos inútilmente sus disposiciones en Spezzia, en
Pisa i aun en Florencia. Salimos, pues, de esta ciudad para
atravesar los Apeninos, sin saber lo que llegada a ser de
nosotros, alemanes.
Pasamos en carruaje los Apeninos, cubiertos todavía de
nieve i llegamos felizmente a Bolonia, donde debíamos en-
contrar, en fin, las órdenes tan deseadas de Su Paternidad,
i (jue el padre Jacobo Andies, procurador jeneral de la asis-
tencia de España, nos trasmitió.
El reverendo padre jeneral habia dispuesto que todos los
166 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
desterrados no alemanes volviesen a Iniola i que los alema-
nes se dirijiesen a las provincias de donde habian salido
para ir a las misiones de los indios.
Se nos notificaron esas órdenes i resolvimos ponernos en
camino sin demora.
La ciudad pontificial de Bolonia nos pareció mui buena,
mui hermosa i mui antigua: está llena de jesuitas españo-
les, portugueses, americanos, etc.. Pero el tiempo nos apu-
raba.
Yo fui encargado de conducir el primer grupo de mis her-
manos, i tomamos pasaje en una embarcación fletada por
el procurador jeneral para dirijirnos por el canal de Bolo-
nia a Ferrara.
Ferrara, como Bolonia, es ciudad de los Estados Ponti-
ficios, no es inferior a Munich, i su catedral, que visité, pue-
de compararse con las de Florencia i Pisa. Nos alojamos
ep'Una buena habitación que nos habia preparado el padre
procurador de Ferrara, a cuyo cuidado estábamos confia-
dos. Al dia siguiente de nuestra llegada celebré la santa
misa en la hermosa iglesia de nuestro colejio, i tuve el con-
suelo de saludar al reverendo padre rector i de abrazar co-
mo a veinte novicios de la provincia de Aragón, reunidos
allí con su padre rector i su maestro i que vivian con mu-
cha pobreza. Nos visitaron en nuestra habitación los otros
jesuitas españoles i americanos de que estaba llena toda la
ciudad.
Veinticuatro horas después de nuestra llegada a Ferra-
ra, partíamos por el canal que de ahí nos conducia al Po
En este lugar nos trasbordamos a una embarcación mas
fuerte que la del canal, i esto era necesario, porque el Po
cuando está cerca de su desembocadura parece un mar pe-
queño. Lo remontamos así hasta la embocadura del Min-
cio: existe allí una capilla pequeña en el lugar en que, se-
gún la tradición, el papa San León vino al encuentro de
Atila i lo persuadió a volver sobre sus pasos.
Conducidos por el Mincio a la ciudad de Mantua, deja-
mos a nuestra izquierda la casa consagrada al recuerdo de
ESPULSION DE LOS JESUÍTAS 167
"Virjilio i entramos en nuestro colejio, donde nos recibieron
i trataron muí bien, descansamos allí un dia entero. Nin-
gún destinado, escepto los alemanes, había llegado todavía
a Mantua. Visitamos el colejio, cuya iglesia, como todo lo
demás, es verdaderamente magnífica. Desde nuestras ven-
tanas distinguíamos el palacio Gonzaga, donde, según la
tradición, San Luis cedió sus derechos de primojenitura en
favor de su hermano Rodolfo.
Continuamos nuestro camino, no ya en embarcaciones,
sino en tres carruajes que puso a nuestra disposición el pa-
dre procurador. Aunque se nos trató perfectamente, el pa-
dre rector no quiso aceptarnos ninguna compensación:
cosa nueva, porque desde el dia en que habíamos pisado la
tierra italiana, habíamos tenido que pagar siempre i mu-
cho, con el viático que nos dio en el puerto de Santa María
-el gobierno español para nuestro viaje por tierra en Italia.
El hermano José Arnhard teníala bolsa i era nuestro cajero
■común.
En fin, llegamos a Trento, a Inspruck i a Landsberg; en
estos tres colejios pudimos hablar alemán a nuestro placer.
Se nos acojió i trató con tanta caridad, que desde entonces
pudimos olvidar los malos dias que habíamos pasado.
Los otros padres de las provincias de Chile, nacidos en
España o en Chile mismo, se encuentran en Italia, en Imo-
la, en número de doscientos seis i repartidos en diez i siete
casas; sin embargo, los estudios de filosofía, de teolojía i el
tercer año de prueba marchan en vigor. El rei de España
ha ordenado que nuestras provincias cambien de nombre:
hé ahí por qué han tomando el nombre de algún santo. Así,
la provincia de Chile se llama hoi de San Casiano, según
me escribió el R. P. Baltasar Hueber, cuando se encontraba
de provincial en Imola.
Nuestros viejos i enfermos que hemos dejado en Chile en
el convento de San Francisco, fueron espulsados después por
orden del virrei de Lima i obligados a desterrarse. Han lle-
gado a España en número de veintiséis, habiendo perdido
«n el camino a doce de sus compañeros, entre otros, al her-
168 KSTÜDTOS HISTÓRICO-BIBLTOGRÁFICOS
mano Pedro Vogl, de Wetterhause, en Suabia, mas de sep-
tuajenario. Algunos que no han podido concluir el camino^
han quedado atrás durante el largo viaje por Lima, Pana-
má, Puerto Bello, Cartajena i Habana. Esos veintiséis des-
terrados que llegaron i varios otros, permanecen cautivos^
en España: desde la cuaresma del último año (1769), a nin-
gún jesuita se ha deportado a Italia.
No cesaré de dar gracias a Vuestra Reverencia i de rogar
a Dios por vos, que os habéis servido adoptarnos a noso-
tros, huérfanos, con tanta caridad i nos habéis colocado en
el númetro de vuestros hijos con una ternura paternal. Que
el Dios misericordioso bendiga, aumente i defienda toda
esta provincia i a Vuestra Reverencia, a quien me encomien-
do encarecidamente en nuestro Señor.
De Vuestra Reverencia, mui humilde servidor en Jesu-
cristo.
Pedro Weingartneh,
Secretario Jeneral.
Alt-OEttingen, 23 de enero de 1770.
^^^'^'W^^'^^'^^F^W^W^^^W
APÉNDICE II
Relación de gobierno que dejó el señor marques de
AVILES, presidente DE CHILE, A SU SUCESOR EL SEÑOR
DON JOAQUÍN DEL PINO (1796-1797) '^
Cuando entré a este mando no hallé establecida la eos-
tum1)re mandada observar por S. M. a los virreyes de dar a
su sucesor una relación que llaman de gobierno, por cuanto
le impone el manejo de los varios ramos de que con?ta, de
algunos casos arduos o dificultosos acaecidos durante el su-
yo con las resoluciones que por sí tomaron o que fueron di-
manadas de la soberana autoridad, i del estado actual del
reino que mandaron; pero deseoso yo de informar a V. S. de
lo que mis cortas luces han podido adquirir de conocimien-
tos en los dos años que lo he gobernado i omitiendo el pri-
*. Publicada en los Anales de la Universidad (Santiago, 1875)
pajinas 445 477. Esta relación, que es un documento ^importante
por la abundancia i la prolijidad de sus noticias, fué seguramente
escrita por el doctor don Miguel José de Lastarria, hombre inteli-
jente i estudioso, que desempeñando la secretaría del virreinato de
Buenos Aires, escribió algunas memorias notables acerca de lajeo-
grafía i de la administración de ese virreinato, así como de sus
cuestiones de límites con las posesiones portuguesas. K^sta Rela-
ción figura en el Museo Mitre, Documentos de su archivo colonia/^
Buenos Aires, Arm. B, cajón 27, pieza 2.
Nota del compilador.
170 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
mer punto, en que notoriamente está V. S. tan impuesto
teórica i prácticamente, i el segundo por haber tenido la
felicidad de que en mi tiempo no hayan ocurrido disputas
de jurisdicción ni otros casos estraordinarios que pudiesen
perturbar la paz, porqiie la justificación i prudencia de los
ministros de esta Real Audiencia no han dado lugar a ellas,
i el prelado de esta diócesis con su acreditada virtud i mo-
deración no ha orijinado la menor competencia, ni tampo-
co con el de la Concepción, habiendo procurado también
yo por mi parte no invadir las privativas facultades de los
tribunales ni prelados eclesiásticos; me limitaré a dar una
sucinta idea de lo que concibo conveniente sobre las prin-
cipales materias en que puede V. S. ejercitar su celo i ta-
lento.
Sin embargo de la estension de este reino, no correspon-
de a ella su población i aun ésta en su mavor parte es dis-
persa en pocas villas, que las mas lo son solo en el nombre, a
pesar de muchas reales órdenes espedidas, muchos años
hace, para su fomento. El señor conde de Superunda, sien-
do gobernador de este reino, intentó reducir a poblaciones
regulares, las jentes repartidas por los campos, domici-
liadas en sus respectivas haciendas, pero solo consiguió
formar la parroquia, i que se tomasen algunos solares, de
los cuales en muí pocos se construyeron casas que habita-
sen sus dueños.
Entre sus sucesores intentaron lo mismo los séniores con-
de de Poblaciones i marques de Osorno; pero no fueron
mas felices en su empresa que sus predecesores. Las causas
que a mi ver se han opuesto al verificativo de esta empre-
sa han sido: lo primero, el carácter jenial de querer vivir en
su hacienda o estancia, adquirido i fortalecido con la cos-
tumbre heredada de sus mayores desde los primeros tiem-
pos de la conquista; lo segundo, porque los primeros po-
bladores de este reino en la repartición de las tierras so
lo tuvieron consideración a su corto número actual i no
de los muchos que según su estension deberian habitarlo al
en lo sucesivo, i así se ven unos repartimientos tan excesi-
RELACIÓN DEL GOBIERNO DE AVILES . 171
"VOS que no pueden cultivarlos bien sus poseedores, i los
tienen destinados para pasto de ganados, quedando por
consiguiente poquísimas tierras que poder distribuir a los
nuevos vecinos que se estableciesen en las villas que se man-
daron fundar, convendría su existencia para hacer fructifi-
car este reino, según sus proporciones, i para el fácil i arre-
glado gobierno de él.
Un vizcaino llamado don Santos Oñaderra intentó en
tiempo de mi antecesor fundar con denominación de la
Nueva Bilbao una villa en la embocadura de rio Maule, en
-el cual suponian había un pequeño puerto i proporciones
para fabricar algunos barcos con qué estraer los frutos
que produce aquel partido, al que le sería de mucha vent'a-
ja por poder producir muchos trigos de que hoi solo siem-
bra corta porción, porque teniendo en el día que conducir-
los por tierra hasta Valparaíso, no se costean, i si tuviesen
allí puerto, podrían con ventaja remitirlos a Lima. Se
han hecho varios conocimientos de aquel puerto i lo que
hasta ahora resulta es que cuando mas podría servir en
poquísimos tiempos del año para buques pequeños, i siem-
pre con el grave azar de la barra que tiene el río en su bo-
ca; por lo que miro este proyecto inveríficable; pero la efica-
cia de Oñaderra discurro no desistirá de su pensamiento, i
aunque él ha pedido que se le destinen ciertas tierras de
una i otra parte del río, se ha suspendido la concesión por-
que varios vizcaínos que al principio anhelaron fijarse allí,
desengañados de que el puerto es incómodo i solo útil para
pequeños barcos i para pocos tiempos del año, se han ido
ausentando progresivamente. Las ti erras que están a la
-otra orilla del rio no se han adjudicado a nuevos pobla-
dores, porque no es probable que, sí antes de establecerse i
hacer casa en la proyectada villa se les adjudican, lo ejecu-
ten después; sino que por el contrarío labren alguna habi-
tación en su finca i después permanezcan en ella como les
es mas cómodo.
Sin embargo, de todo lo espuesto, una casualidad facilitó
:a mi último antecesor, el señor marques de Osorno, modo
172 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
de acreditar su celo en este jénero, con la reedificación de la
ciudad de Osorno. Para castigar a algunos indios jentiles
de los contornos de la ciudad de Valdivia, que habian ata-
cado i destruido unas misiones que estaban a cargo de los
padres franciscanos, salió el capitán de aquella guarnición
don Tomas Figueroacon una partida de tropa enscguimien*
to de los agresores, a quienes después de derrotados, preci.
só que le manifestasen el paraje dónde existían las ruinas
de dicha antigua ciudad, que por estar cubierto de male-
zas, se ignoraba dónde liabia estado situada: verificáronlo
inmediatamente i conociendo S. E. que su situación entre
Valdivia i Chiloé hacia mui interesante su repoblación, re-
solvió desde luego reedificarla i poblarla, a cuyo fin dedicó
sus mayores conatos formando primeramente en la orilla
del rio de las Canoas un pequeño fuerte, mui próximo a los^
vestijios que habian quedado de ella; i congregando pobla-
dores de los antiguos vecinos de este reino i de las islas de
Chiloé, dio principio a la em])resa que aprol)ó S. M. Hoi
se halla con alguna ])orcion de tierras desmontadas, en las
que se han cojido ya algunas cosechas, auiujue no suficien-
tes para que deje de asistirse a algunos colonos con víveres,
como se practicó desde los principios, por las vias de Val-
divia i de Concepción, i tienen hoi bastante ganado que se
distribuyó a sus pobladores.
Su actual gobernador, donjuán Mackenna, parece bas-
tante activo, i me prometo esperanzas de que hará pros-
perar aquella colonia, pues va constru\'ó dos molinos, hizo
desmontes para el camino de Chiloé, i no cesa en benefi-
cio de aquella colonia, i si continúa, como me lo persua-
do, se hará acreedor a su tiempo de recomendar su mé-
rito.
Cuando se ha\^a logrado su sólido establecimiento, con-
vendrá formar progresivamente otras pequeñas poblacio-
nes hacia el sur para asegurar la comunicación con las islas
de Chiloé desde Valdivia (de que solo dista Osorno 20 le-
guas), para la recíproca correspondencia i ausilio en tiempo
de guerra, i así mismo para que puedan surtirse de granos
RELACIÓN DEL GOBIERNO DE AVILES 173
i ganados, pues aunque de estos últimos hai ya algunos en
Valdivia, son casi ningunos los frutos que hasta ahora se
cultivan. I si se establecen en distancia casas para correos,
dándoseles lo mismo que a los demás pobladores, a los que
las admitan, como me lo ha propuesto Mackenna, será un
buen principio para verificarlo.
Con fecha 3 de junio i 8 de agosto del año de 96, me
recomendó el rei como mui importante la repoblación
de Osorno, i que llevase adelante esta empresa comen-
zada por mi antecesor, a cuyo fin se le mandaba me co-
municase las instrucciones i noticias correspondientes; i
aunque así por esta razón como por ser su situación local
€n el distrito de este gobierno, debería depender absoluta-
mente de mí cuanto pertenece a dicha ciudad, sin embargo,
se ha reservado en lo jeneral la dirección de sus providen-
cias desde el Perú, cuyo virreinato actualmente ejerce, ha*
hiendo quitado i puesto sin anuencia ni noticia mia dos go-
bernadores, i aunque \^o debiera en virtud de las citadas
reales órdenes haberme reputado por jefe absoluto de aque-
lla población, por no tener jenio ambicioso i considerar ma-
yores conocimientos en el señor virrei, que ha reconocido
personalmente aquel terreno i por ser obra suya, me he
hecho desentendido en la superioridad de mando que sobre
aquella colonia conserva i me contenté con enviarle copia
de aquella real orden aquietándome con la contestación
ambigua que me hizo.
El gobierno de este reino consta de dos provincias a car"
go de sus respectivos intendentes i un subdelegado en cada
parte que suelen residir en lo que se llama villa, i para dis-
tribuir sus órdenes i administrar justicia, nombran unos
jueces de menores distritos que llaman diputados o tenien-
tes de campaña, i residen en alguna hacienda. Como este
juez subsidiario es subalterno del subdelegado, no quieren
admitir este cargo los hacendados de distinción o de como-
didades, i en este caso es preciso que esta comisión recaiga
en algunos infelices i algunas veces en mayordomos de ha-
ciendas. Por esta mera descripción se evidencia las torpe-
174 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLTOGRÁFICOS
zas en que incurrirán por ignorancia o malicia unos hom-
bres sin cultura ni comodidades que los pongan en algún
modo a cubierto del cohecho o de la dependencia de los ri-
cos, i cuan espuesta está a perecer la justicia de los pobres^
siendo lo mas sensible que esle mal es irremediable.
CAMINOS
Tres principales caminos deben considerarse en este rei-
no. El de Valparaíso, que dirije a su puerto, por donde se
hace casi todo el comercio con el Perú, introduciendo los
efectos de aquel reino i estrayendo de éste el trigo i sebo,
que son sus principales productos.
Conocida la necesidad de facilitar éste, dispuso mi ante-
cesor el señor Osorno, ponerlo no solo fácil i cómodo, sino
también carretero, para cu3^o costo se impuso en Valparai-
so la. contribución de medio real por cada carga de las que
entran en aquella población, cuyo producto no ha sido su-
ficiente para cubrir los gastos emprendidos; i aunque ya
está transitable a los carruajes, creo conveniente enmendar
la dirección de la cuesta de Prado dándole otra mas recta,
porque siendo aquella de mucho rodeo, solo por la preci
sion la transitan los carruajes, siguiendo el antiguo de He-
rradura los que viajan a caballo i los arrieros, por lo que
es también interesante facilitarles esta ruta que es la mas
usuíd. El error que en esto parece se padeció, lo advertirá
V. S. mejor que \^o a la pritnera vis: a; pero en caso de que
opine siga como está en el día, será necesario aumentar al-
gún retorno en la parte de acá de la cuesta referida, por-
que en alguna parte esta algo pendiente.
Aunque, como ya dicho, está ya espedito el camino, ne-
cesita de algunos pequeños reparos (ademas de lo referido)
i también conceptúo necesario i justo que se facilite en
iguales términos el que condiice desde Valparaiso a Quiilo-
ta, villa de donde recibe su subsistencia, i el que dirije t*
Aconcagua, principal partido de donde se remiten los tri-
gos, que como se ha espresado, forma el mas esencial co-
RELACIÓN DEL GOBIERNO DE AVILES 175
mercio activo de este reino, i porque algunos pasajeros i
efectos que de Buenos Aires van directamente a Valparaiso,
transitan por él; i siendo ambos partidos los que por esta
razón mas han contribuido al fondo del camino de esta ca-
pital, son acreedores de justicia a que se les componga el su-
yo particular, luego que.se satisfaga el empréstito que otros
ramos han hecho para el principal de esta ciudad.
CAMINO DE LA CORDILLERA
Puede reputarse este camino por el segundo con respecto
al comercio, porque de Buenos Aires se conduce por él la
yerba del Paraguai i algunos efectos europeos que vienen
por aquella via, i porque de aquí se les retorna azúcares i
alguna otra producción del Perú, que se recibe por Valpa-
raiso. Este camino fué^ en lo antiguo sumamente áspero i
peligroso por algunas laderas arriesgadas, i es intransita-
ble en tiempo de invierno por la nieve. Para obviar este
inconveniente último i que los correos pudiesen pasarlo a pié
sin perecer en los temporales de nieve que pudiesen ocurrir
a su tránsito, se construveron en lo mas peligroso de ella
unos albergues que llaman vulgarmente casuchas, i son
una especie de torrecitas cuadradas, elevadas en términos
que la nieve no pueda cegar sus puertas, a que se sube por
una escala esterior, siendo capaces de albergar un corto
número de personas. En tiempo del señor marques de Osor-
no, se facilitó el camino, ensanchando los pasos peligrosos,
pero siempre es necesario recomponerlos anualmente, por-
que las aguas del invierno i la nieve que derretida en
verano forman arroyos, lo descomponen i desmoronan.
Para la conservación i reparos de este camino estaba
destinado el pontazgo del rio de Aconcagua, que suele pro-
ducir 3,000 pesos, de los que solo goza un tercio, i los dos
restantes se distribu\^en por mitad a las villas de Santa
Rosa i a la de los Andes, resultando por esta causa suma-
mente diminuto este fondo, que se halla en el dia bastante-
mente empeñado; pero siempre debe atenderse a este camino
176 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
con mucho esmero porque es sumamente frecuentado.
Otro camino hai usado solo por contrabandistas, que lia.
man de la Dehesa, que ahorra mucho rodeo i tiene las co-
modidades de no haber rio caudaloso, donde, si cae alguna
carga, se pierda (como ha sucedido en el que comunmente
se transita) i algún pasto en sus quebradas; pero es nece-
sario facilitarlo, reconocido bien el terreno, i no se cree de
excesivo costo, aunque no faltó interesado que opusiese
obstáculos, cuando en otro gobierno se pensó facilitar. El
que llaman del Portillo, aunque se transita solo por cuatro
meses del año, es espuesto, así porqne está mas tiempo
cerrado por la nieve, como porque siendo dos cordilleras es
peligroso que en el intermedio de ellas les coja una nevada
queles impida pasar adelante o volver atrás.
CAMINO DE LA CONCEPCIÓN
Este camino no solamente dirije a aquella capital de su
obispado, sino también a la frontera con jentiles, con los
cuales siempre que se conserve armonía, se tiene la corres-
pondencia por tierra con Valdivia i aun con Chiloé. Este
no se ha tocado aun, ni yo lo resolví dar algún principio,
conceptuando que empezar nuevas obras sin concluir las
principiadas por mi antecesor, seria ocasionar que las unas
entorpeciesen a las otras. El principal embarazo que ha-
llan los pasajeros en este tránsito es el de los muchos i
caudalosos rios que tienen que atravesar. Pensar en puen-
tes de piedra, cuya construcción ascenderá a un costo in-
creíble, para lo que no hai fondos ni arbitrios, seria in-
tentar cosas inverificables perdiendo el tiempo en proyectos
imajinarios.
Por esta consideración solo me dediqué a estudiar la fá-
brica de algunos puentes de sogas que facilitan su paso en
cualquiera tiempo, sin detenerse en que dejen o no utilidad
para propio de las villas inmediatas, pues cuanflo no se
puede combinar ambas circunstancias, debe atenderse al
principal objeto de librar de la muerte a muchos infelices a
RELACIÓN DEL GOBIERNO DE AVILES 177
quienes la necesidad o la barbarie obliga a querer vadear-
los en tiempo de avenidas. Este interesante asunto no está
del todo verificado, porque faltan algunos, i aun los man-
dados hacer, suelen los obligados descuidarse en su conser-
vación; por lo que lo creo asunto mui propio del piadoso
celo de V. S.
PUERTOS I sus FORTIFICACIONES
En la vasta estension de estas costas hai varios; pero
los principales son, empezando por el norte, el de Coquim-
bo poco distante de la población de este nombre, i aunque
no grande, es seguro, i por consiguiente, merece atención
-en tiempo de guerra. Gobernando mis antecesores, se cons-
truyeron dos baterías provisionales, i en la actualidad ten-
go destinado a ella al injeniero don Agustin Caballero, con
el fin de reparar las obras necesarias i abrir un foso por la
parte del mar que sirva como una especie de trinchera que
proporcione alguna defensa por aquella parte i al mismo
tiempo facilite el desagüe de aquellas tierras, que aunque
no de mucha anchura, tienen cinco leguas de lonjitud para-
lela al mar, que hoi están hechas un pantano, cu vos mefí-
ticos efluvios no pueden dejar de ser nocivos a la salud de
aquel vecindario. El plano de esta escavacion i el de los
ramales verticales a ella para facilitar su desagüe, los ha-
llará V. S. en la secretaría, i supongo estará la obra ade-
lantada, porque la aprobé i mandé ejecutar en el mes de
abril.
VALPARAÍSO
Siguiendo para el sur se encuentra este puerto que es el
principal de comercio del reino; para su defensa tiene cua-
tro castillos, dos al frente de su boca, que son el de San
José i el de la Concepción, de construcción bien irregular, i
con los defectos que a primera vista se ofrecen. En la boca
del puerto están los dos restantes; uno moderadamente
modificado por mi antecesor con el nombre de fuerte del
TOMO X 12
178 ESTUDIOS HISTÓRÍCO-BIBLIOGRÁFICOS
Barón, i otro en la parte opuesta que llaman de San Anto-
nio, qut en realidad es una mera batería, que por estrecha
i situada al pié de un monte de piedra, se hace sumamente
incómoda para sus defensores, si fuere atacada de enemi-
gos. Con deseo de evitar en tal caso la destrucción de la
guarnición por las chispas que saltarian de las peñas de su^
espalda i proporcionar al mismo tiempo algún mayor res-
guardo i seguridad a los navios surtos en el puerto i ade-
lantar esta batería a ñn de que cruzara mejor sus fuegos
con la del Barón, deseaba yo hacer un muelle, que estriban-
do en lo que hoi ocupa la batería de San Antonio, se pro-
longase hacia la boca del puerto i que por su parte interior
facihtase a los botes comodidad para desem.barco i descar-
ga de efectos, que en tiempo norte es casi imposible verifi-
carlo en otra parte, como lo esperimentó yo, que por reinar
el espresado viento, fué necesario arrimar el bote al res-
guardo de aquellas peñas i aun así lo h gré con algún ries-
go. Manifestado mi pensamiento al teniente coronel de in-
jenieros don Francisco García Carrasco, que tengo allí des-
tinado, le encargué el proyecto. Remitióme el plano, pero
no proyectado donde yo queria, sino en otro paraje, en-
frente de la plaza de la ciudad, sob^'e unas peñas que lla-
man de doña Esperanza, donde según mi concepto, después
de un graide costo solo serviria para el desembarco i no
para resguardar de los vientos a los buques anclados en
el puerto; lo que pensaba vo lograr en el paraje indicado
por la noticia que me dieron de que, cuando estuvo allí la
escuadra, sondeado aquel pedazo de mar, se halló fondo
proporcionado para una o dos embarcaciones, del pais,
que en el estado actual no se atreven a invernar en otro
punto.
Las espl añadas que tenían todas las baterías eran de
madera, podridos unos tablones i torcidos otros, por lo
que tomé la resolución de mandarlas hacer de piedra,
aunque no todas por ahora por no entrar en demasiados
gastos, a cuyo fin, i por no hallarse en sus inmediaciones
alguna de solidez correspondiente, contraté con un vecino^
i
RELACIÓN DEL GOBIERNO DE AVILES 179
de Aconcagua condujese al puerto las losas, i su contrata
existe en estas casas reales.
DE LA CONCEPCIÓN.
Esta es una bahía capaz de contener las mayores escua-
dras: su boca está cerrada por una grande isla que llaman
la Quinquina; hoi solo tienen una batería cerca de donde
estuvo la antigua ciudad; i en el fondeadero donde se hace
el comercio en frente del pucblecillo de Talcahuano, dos
de que no puedo informar puntualmente a V. S. por no ha-
berlos podido visitar; pero una bahí i tan grande no con-
ceptúo fácil fortalecerla en todos los parajes en que puede
verificarse desembarco. Aunque el pais contiguo no pro-
porciona mucho comercio activo, no deja de hacer alguno
de trigo i vino, i con alguna introducción de efectos suelen
entrar cada año dos o tres embarcaciones; i estando situa-
do al estremo austral del reino, es mui interesante su con'
servacion, a que debe atenderse con la dedicación po.
si ble.
PUERTO PE SAN VICENTE
Sepárase este puerto del de la Concepción por un istmo
de solo media legua escasa. Es mui buena, pero despobla-
do en sus contornos: tiene una batería, no es capaz de im-
pedir el desembarco en otros parajes de su circunferencia
en que podrá ejecutarse.
ISLAS DE JUAN FERNANDEZ
Estas son dos: una distinguida con el apelativo de Mas
Afuera, que está desploblada, i la principal que se conoce
con el nombre jenérico de Juan Fernández o isla de Tierra.
Esta viene a ser un padrastro de este reino, pues solo sirve
para incomodarle por los gastos que le orijina, por el cui-
dado de su provisión de víveres, que se remiten solo una
vez al año en embarcación que viene destinada de Lima,
cuya venida, si alguna vez se atrasa, como ya ha sucedido,
180 KSTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
pone en consternación a este gobierno por el recelo funda-
do de que escasee la subsistencia de aquella guarnición, la
que siempre padece, porque ha de alimentarse de carnes
salpresas que llaman charqui, que nunca puede remitirse
del año presente por la estación en que llega el buque que
le ha de conducir, i siendo añejo el que se ha de remitir, es-
tá mas sujeto a la corrupción i la carcoma que lo inutiliza
o deteriora. Su puerto es malísimo, tanto que el navio que
trasporta el situado procura descargar con la mayor ace-
leración i hacerse a la vela inmediatamente: por esta razón
i por lo demás que diré, no va algún otro de comercio. Es-
ta isla es estéril, aunque tiene agua i leña, teniendo solo
una llanura en que está situada su corta población; sin
embargo, mantiene algún ganado.
Esta isla, que solo debiera conservarse para impedir que
algún corsario enemigo hiciese en ella aguada i leña, no ha
faltado quien la ha reputado de suma importancia, tanto
que se han construido ocho baterías, i creo que si a su ac-
tual gobernador se le deja libertad, lo aumentará a lo in-
finiLo, no pudiendo yo dejar de estrañar que se haya pues-
to tanto conato en fortificar un peñasco a 100 leguas de
la costa, teniendo indefensa la vasta estension de este con-
tinente, i que aunque nosotros poseamos aquella isla, no
se impedirá por eso que los corsarios enemigos puedan in-
terceptar el comercio de este reino con el del Perú, ni que
bordeen en aquellas alturas apresando los buques que ven-
gan del Callao i la reconocen para tomar el puerto de Val-
paraiso.
Sus gobernadores son los comerciantes monopolistas de
aquellcí guarnición i presidiarios; mal inevitable i de que es
preciso desentenderse por necesidad, i es el otro motivo
indicado antes, que impide que los particulares lleven de su
costa efectos i comestibles.
VALDIVIA
Esta población con título de ciudad i fortaleza, no tiene
otra en la actualidad que algunos castillos en la boca de
RELACIÓN DEL GOBIERNO DE AVILES 181
SU rio, que corre desde ella hasta el mar por espacio de siete
leguas. Sus moradores se reducen a su guarnición i a algu-
nos presidarios: éstos no solo se emplean para la defensa,
sino también para la agricultura de alguna chacarilla i
obras de fortificación.
Hace muchos años que se trata de fortalecerla, sin ha-
berse conseguido hasta ahora a pesar de infinito dinero
que se ha librado, siendo una de las causas de este perjui-
cio i acaso el que la cal i otros materiales se han de remitir
desde \ alparaiso, i no habiendo para el intento mas em-
barcación que la del situado, que le deja poco buque en
que conducir aquéllos, resulta de todo que cuando se hace
nueva remesa, suelen haberse perdido ya o inutilizado los
materiales que se enviaron en el año anterior. Hoi hai en
aquella plaza un injeniero que dirije sus obras.
Por el actual virrei del Perú, de donde se envía el situa-
do, se ha pensado que para su fomento de agricultura cese
la remisión de víveres, disminuyéndola progresivamente, i
comenzó en este año remitiendo en dinero el equivalente a
su tercera parte, i en virtud de su aviso lo comuniqué a es-
te comercio a fin de que pueda hacer remesas de su cuenta»
previniendo al mismo tiempo a éstos i a los vecinos de
aquella plaza que anualmente se irá cercenando la canti-
dad de víveres para que en esta intelijencia proporcionen
los unos lo que hayan de enviar i los otros aumenten la
agricultura.
Por real orden de 18 de febrero de 1796, i en virtud de
una junta de jenerales formada en España, se determinó
las fortificaciones con que deberia defenderse este reino, a
lo fjue no se ha dado principio por falta de caudales para
ello; i aun cuando éstos fueran abundantes, lo hubiera
suspendido pcír cuanto en real orden de 10 de octubre de
1796 me previene S. M. que ha destinado al brigadier e
injeniero director don José Díaz Pedregal a quien ha con-
fiado su dirección. Por la misma escasez del erario no se
han dotado las plazas de las guarniciones que en la misma
se detallan.
182 ESTUDIOS IIISTÓRICO-BIBLIÜGRÁGICOS
FRONTERA
La situación particular de este reino, bañado del mar
por toda su parte occidental que es la mas larga, le deja
por tierra una dilatada frontera de jentiles, que por la
parte oriental abraza casi una tercera parte de la cordille-
ra de los Andes hacia el sur; pero la de la parte austral es
la de mayor cuidado por confinar con las muchas na-
ciones de infieles, i aunque en la ma^^or parte los divide
de nosotros el caudaloso rio Biobío i otros que entran en
él, han sido siempre para ellos, sus ataques. Aun después
de varias paces celebradas con ellos, han solido hacer al-
gunas escursiones, i tanto para defendernos de ellos como
para contenerlos, inspirándoles algún respeto, se constru-
yeron muchos fuertes; pero como éstos no se hicieron de
materia sólida, la mayor parte, i por el trascurso del tiem-
po están ruinosos, exijen anualmente muchos reparos que
gravan notablemente el Erario; i como las obras hechas
por partes, especialmente si son pequeñas, jamas hacen
buena unión con las antiguas, es un continuo gasto sin
verdadera utilidad, i quedamos siempre con una imperfec
ta defensa. Yo no he podido pasar a conocerlas porque a
poco tiempo de mi llegada se declaró la guerra a los ingle-
ses; pero tengo formado concepto que lo que verdadermen-
te interesa al Estado es reedificarlas con formalidad i soli-
dez a fin de que en muchos años no se orijinen gastos, dan-
do principio, o por los situados en puertos mas interesantes
o por los mas destruidos; i considerando que el del Naci-
miento tiene mas necesidad, libré con dictamen de la Junta
de real Hacienda la cantidad que se conceptuó necesaria
para construir dos de sus cuatro fuertes, según calculó el
injeniero don Eduardo Gómez xAgüero, destinado a aquella
frontera; i V. S. con su mayor pericia i talento seguirá en
esta parte el método que .conceptué mejor.
El medio mas conducente a conservar la paz con los in-
dios es celar mucho que nuestros fronterizos no les hagan
I
KBLACION DEL GOBIERNO DE AVILES 183
algún perjuicio, i que en este caso se castigue severamente
al agresor, pues de lo contrario, puede resultar algún dis-
gusto en ellos, orijinado únicamente tal cual vez que le ha-
yan robado los nuestros. También se ha tenido por mui
conveniente prohibir se les introduzca aguardiente u otros
licores a que son propensos, porque en su embriaguez re-
sultan excesos que perturban la paz i que durante ella lian
hecho algunas ventas de que vueltos en su juicio reclaman;
i para evitar esto último se ha mandado que los coman-
dantes no las permitan sin su presencia, la del capitán de
amigos i algún otro lenguaraz. Hoi están mas sumisos
que en los tiempos antiguos, i con los dos fuertes de Antu-
co i Villocura, que construyó mi antecesor, quedan defen-
didos dos pasos de la cordillera por donde fácilmente po-
dian hacer incursiones en nuestras tierras. También ha
contribuido mucho a la conservación de la paz el haberse
poblado mucho el paraje de la frontera denominado la Isla
de la Laja, contenido entre la confluencia de dos rios. Para
cualquiera asunto con los indios tiene V. S. en la plaza de
Anjeles a don Pedro Nolasco del Rio, comandante de aque-
llos dragones, que tiene un particular conocimiento del
manejo de aquellos bárbaros, adquirido en la larga serie
de sus servicios en ella, i cuyo dictamen debe oirse como
decisivo en esta materia.
GUARNICIÓN DEL REINO
En esta capital ha i una compañía de dragones monta-
dos que creó el excelentísimo señor don Manuel de Amat,
admitiéndose únicamente en ella a los descendientes de los
antiguos conquistadores i otras familias ilustres que ha-
bian decaido de sus primitivas comodidades; pero como el
sueldo de 25 pesos que señaló a cada plaza ha sido preciso
irlo rebajando, ya no se halla en aquel antiguo esplendor;
pero siempre se escojen de las jentes mas limpias de la ciu-
dad o sus partidos. Esta consta de 50 plazas, i aunque para
su manejo se considera compañía suelta, se tuvo pre-
1S:4 ESTUDIO HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
senté para que solo fuesen 8 las del cuerpo de dragones de
la frontera que debía constar de tres escuadrones.
En dicha frontera, ademas del espresado cuerpo, hai un
batalllon de infantería que debe tener su establecimienta
en la Concepción, sumamente diminuto por la guarnición
que provee a todos aquellos fuertes i tener en la actualidad
destacadas en Valdivia 3 compañías de refuerzo, i un des"
tacamento en la isla de Juan Fernández. En dicha capital
hai una compañía de artilleros que consta de 50 plazas, de
la que se destacan algunos para los espresados fuertes pa-
ra sus baterías i para Valdivia.
La dotación de Valdivia es de 4 compañías de infante-
ría, 17 artilleros i 6 condestables, i sus gobernadores han
representado siempre ser diminuta, especialmente de arti-
lleros.
VALPARAÍSO
Valparaíso solo ha tenido hasta el presente por iinica
guarnición una compañía de 60 artilleros, que aun cuan-
do hubiese la suficiente artillería para los fuertes, no serian,
bastantes para el nuevo servicio de los cañones.
JUAN FERNÁNDEZ
Juan Fernández no ha tenido mas que un destacamento
de 50 hombres, sacados (como se ha dicho) del batallón de
la Concepción.
Aunque en la que antes citadas junta de jenerales que
trataron de la fortificación de este reino, se detallaron
fuerzas de las guarniciones de los indicados puertos, no se
ha podido realizar la real orden que así lo mandaba, por-
que este Erario apenas sufre las cargas ordinarias i aun
queda con algún pequeño de los estraordinarios gastos de
la guerra con los indios de la guerra en el año de 70.
Este cortísimo número de tropas con tantas atenciones
a que dedicarla, i la imposibilidad de mantener otras, es
I
REL/^CION DEL GOBIERNO DE AVILES 185
tuna grande congoja para el gobierno de este reino por ser
tan vasta la estension de su costa, con varios puertos i
surjideros en que no es posible tener una regular defensa.
Con motivo de la presente guerra se mantuviéronlas
tres compañías de la Concepción en Valdivia i aumenté su
guarnición con el residuo de una del mismo cuerpo que se
habia destinado a Valparaiso por mi antecesor cuando la
guerra con los franceses, i añadí 400 milicianos de esta
ciudad para su mayor defensa, al mando del teniente co-
ronel de ejército don Blas González, sarjento mayor de un
rejimiento de milicias.
f^ara suplir la falta de la infantería que saqué de Valpa-
raiso, envié 40 milicianos pardos de esta ciudad, a fin de
que a^mden a los artilleros de su dotación para guarnecer
aquellos castillos; i últimamente 20 dragones de esta capi-
tal, a cuya compañía habia aumentado provisionalmente
30 hombres desmontados.
COQUIMBO
A Coquimbo, que posee su puerto a excesiva distan ;ia i
pocos recursos por no haber poblaciones inmediíitas, i ne-
cesita alguna tropa, solo pude destinarle 23 dragones al
cargo de un sarjento de asamblea, i dos artilleros, ponien-
do a sueldo una compañía de milicias de infantería de su
mismo vecindarioi comisioné en el mando militar de aquella
ciudad i distrito a don Tomas Shee, teniente coronel de in-
fantería i oficial de acreditada conducta, destinando a su
orden para que le ayude al teniente de asamblea don Mi-
guel López, dos sarjentos i un cabo. Falto de oficiales ve-
teranos de qué poder echar mano en la urjencia i con la va-
cante de siete tenencias de asamblea (que ignoro por qué
razón mis antecesores omitieron proponerlos a la corte),
me vi precisado a habilitar de oficiales a los dos tenientes
de dragones de la frontera, don Carlos Spáno i don Manuel
Vial (a quienes habia suspendido dar posesión de sus em-
pleos por haberse casado sin licencia a su tránsito por
186 ESTUDIOS HISTÓKICO-BIBLIOGRÁFICOS
Mendoza), destinando al primero para ayudante de los mi-
licianos que fueron a Valdivia i al segundo con el mando
de loá pardos destacados en Valparaíso, i propuse a Su
Majestad las siete tenencias vacantes.
Considerando que en cualquiera incursión que pudiesen
hacer los enemigos en estas costas, aunque solo fuere un
corsario, era indispensable un oficial de despejo que juntase
las milicias inmediatas i dirijiese las primeras operaciones
militares, mientras que con su aviso tomase yo otras pro-
videncias, destiné con este objeto para el partido de la Li-
gua al teniente de asamblea don Rafael Franco, un cabo i
un sarjento de su cuerpo. Para la costa de San Antonio, al
teniente retirado del ejército de España don José Joaquín
Toro, un sarjento i un cabo.
PvStas fueron las únicas providencias preventivas de de-
fensa que me permitieron tomar el estado del erario i las
circunstancias del pais, que sufrirla irreparables perjui-
cios si, separando de sus pueblos a los milicianos, los con-
gregase en algún puerto, i porque siendo muchos los pa-
rajes en que podian hacer desembarcos los enemigos, si
esto no lo verificasen en las proximidades de donde hubiese
yo tenido las tropas, le hallarían mas indefenso por haber
sacado yo de ellos los pocos moradores que tuviesen allí
su domicilio, i desde luego causarla los daños irreparables
de la falta de cultura de los campos, malogro de las cose-
chas i abandono de las familias por pretender evitar el robo
de alguna casería o saqueo de algún pueblecillo próximo a
la costa, cuyo daño, aunque se verificase, no equivaldría al
infinitamente mayor que con mis providencias se habría
causado al todo de las provincias, siendo menos disculpa-
ble mi procedimiento por no tener noticia fundada ni de
que se hubiese dispuesto espedicion contra este reino.
RELACIÓN DEL GOBIERNO DE AVILES l87
MUNICIONES
En esta capital hai un almacén o sala de armas don-
de se custodian las pocas que tiene este reino para, su de-
fensa.
En la Concepción existe otro, de que se provee la fronte-
ra, ademas de algunas pocas armas que se han distribuido
para uso de las milicias i los de Valdivia i Valparaíso; i ve-
rificándose la paz, deberán solicitarse dos o tres mil fusiles
que vengan de España.
El almacén de pólvora de esta capital ha existido al fren-
te del convento de los recoletos dominicos en una especie de
plaza que forma con las últimas casas del barrio que lla-
man de la Chimba, paraje sumamente peligroso i que en
-caso de algún desgraciado accidente, causaria el mayor es-
trago en aquel vecindario. Siguióse espediente por mi an-
tecesor para mudarlo en situación menos arriesgada: seña-
lóse el lugar; pero por varias contradicciones i recursos, es-
taba suspensa la construcción del nuevo almacén proyec-
tado. Fué uno de mis primeros cuidados la conclusión de
-este asunto; pude conseguirlo i se halla ya finalizado el edi-
ficio, i creo tendré trasladada a él la pólvora antes de la
'llegada de V.S. porque solo espero que se acabe de enjugar
perfectamente lo edificado.
PÓLVORA
Este ingrediente, tan indispensable para la guerra, ha
sido por desgracia el mas olvidado. Hasta ahora se ha fa-
bricado aquí a mano sin haber artificio de agua con qué
dar mov^imiento a los mazos que muelen el misto, de que
resulta sumamente costoso su laboreo. El paraje donde és-
ta se labra parece ideado para volar una parte esencial de
la ciudad, pues pegado a los últimos edificios de la calle
de San Diego, no puede dejar de causar estragos notabilí-
simos en caso de algún incendio, como se esperimentó no
188 ESTUDIOS HISTÓRI 'O-BIBLIOGRÁFICOS
hace muchos años. A todo lo dicho se añade que la pólvora
por falta de máquinas i aperos necesarios, por poca inteli-
jencia en quien la maneja, i por falta de un oficial de artille-
ría que intervengaen el reconocimiento de la buena calidad
de los simples, i en la precisa dosis de cada uno i verdadero
método de laborearla, resulta que en lugar de lograrla bue-
na, solo tenemos una masa de carbón i azufre de tan poca
potencia, que hasta los mismo mineros, que no la necesitan
tan activa como la que se destina para las armas, decla-
man sobre su mala calidad i subido precio, siendo esto cau-
sa de que algunos la hacen furtivamente de contrabando.
Esta fábrica ha estado a cargo del director de tabacos,
quien en difuso espediente que se ha seguido ha resistido
siempre desprenderse de su manejo, escusándose con la real
orden aprobatoria que lo autoriza, a pesar de las instan-
cias con que el tribunal de minería se ha ofrecido a tomar-
la de su cuenta i darla a costo, i costas para su gremio, i
así mismo al rei la que necesita para la guerra. Este espe-
diente no sé si quedará finalizado antes que cese yo en este
mando; pero interesa much(j al Estado, a este pueblo en
particular, al honor de las armas del rei i al crédito del que
manda este reino, que se haga una fábrica en paraje pro-
porcionado, libre en lo posible de perjudicar a esta pobla'
cion en caso desgraciado, i con un interventor oficial de
artillería para que se haga de buena calidad, bien se verifi-
que esto al principio por cuenta del tribunal de minería, o
sea por la de S. M.; i si V. S. reconoce el espediente i pide
otras noticias, hallará en aquél algunas contradicciones, i
que con pretesto de evitar fraudes, se han comprado exce-
sivas cantidades de salitre a precios subidos, con bastante
perjuicio del Erario porque este simple, como sabe V. S., se
desmejora con el tiempo, i hai un acopio de él para muchí-
simos años. Habiendo ocurrido la casualidad de que el te-
niente coronel de artillería don Diego Godoi viniese a esta
ciudad a convalecer, le mandé hacer varios esperimentos,
de que resultó ser inútil la pólvora por mal purificados los
simples que la componen i que la que se llama fábrica ca-
RELACIÓN DEL GOBIERNO DE AVILES
189
rece de algunas cosas indispensables para su laboreo (pres-
cindiendo del costo i tardo manejo de los morteros que
muelen a fuerza de brazos), i que la dirección de ella está
reducida a que fabricante e interventor es un mismo suje-
to, i que lo que se llama pólvora no es capaz de otra cosa
que de hacer ruido, sin ofensa de los amigos, por su corto
alcance.
MATERIAS ESPIRITUALES I PIADOSAS
Considerando la piedad del rei que la dispersión de los
habitantes de estas campañas, i la excesiva distancia de
sus iglesias parroquiales dificulta en gran manera la ins"
truccion cristiana que necesitan, resolvióse por su real cé-
dula de 7 de setiembre de 1782, que se edifiquen capillas en
las distancias que se juzguen proporcionadas, para suplir
la excesiva de la parroquia principal, i que destinado a
ellas un teniente de cura, puedan aquellos feligreses lograr
la instrucción cristiana i fácil administración de sacramen-
tos. Aunque esta providencia es tan piadosa como necesa-
ria, calculado el número de las que se necesitan en el obis-
pado de la Concepción, resultó ser el de 20, se reputó el
costo de cada una en 2,300 pesos, cuya suma total, 46,000
pesos, no puede sufrirla de una vez el Erario, por lo que se
arbitró el medio de construir algunas cada año, i para el
presente se mandó dar principio con las de Larque i Galli-
pavo en la doctrina de Chillan i lagos de la Rinconada i
Canteras de la de los Anjeles, i otras dos en el paraje que
«lijan al señor obispo de aquella diócesis i el señor inten-
dente de aquella provincia; i me parece conveniente que en
lo sucesivo se edifiquen cuatro cada año mas o menos se-
gún lo permitan los fondos, i con la constancia de esta
práctica se logrará con el tiempo el santo fin del pasto es-
piritual de esta pobre jente, i talvez que, edificando sus ca-
sas próximas a la iglesia los que tengan sus tierras en sus
contornos, se dé principio a algunas aldeas que lleguen a
ser villas.
190 ESTUDIOS HISTÓRICO-BTBLTOCRÁFICOS
En el distrito de Copiapó i a distancia de 100 leguas se
halla un portezuelo llamado el Paposo, habitado de 148
personas dedicadas únicamente a la pesca: pero con una
vida tan brutal que apenas por el nombre conocen que hai
Dios, sin cura ni juez civil, pues perteneciendo a la parro-
quia de Copiapó, solo una vez al año para el cumplimiento
pascual ha ido un relijioso comisionado por el cura, quien
apenas se ha detenido doce o quince días, huyendo de la
pobreza e incomodidad de aquel inculto i estéril terreno,
perdiéndose en el resto del año la casi ninguna instrucción
que pudieron adquirir en tan poco tiempo.
Desde el tiempo de mi antecesor se siguió espediente pa-
ra reducir a civilidad a estos miserables i facilitarles pas-
tor para sus almas. Tratado por mí este asunto en junta
de real hacienda en 28 de julio de 97, se señalaron 500 pe-
sos para la fábrica de la capilla, i para la subsistencia del
sacerdote, teniente del cura propietario, las mínimas oven-
ciones que voluntariamente cedió éste, i una arroba de
congrio que daba cada pescador al cuaresmero, i 100 pe-
sos anuales. Esta dotación tan exigua no era capaz de
proporcionar sacerdote que quisiera hacerse cargo de esta
doctrina, en la cual ni hai habitaciones, ni proporciones
de comestibles, que deben llevarse de Copiapó, por un ca-
mino escabroso i de mucho peligro, i por consiguiente,
resulta muí costoso su trasporte, i que aquellos miserables
se vean reducidos a mantenerse únicamente del pescado;,
pero Dios, que tanto ama a sus criaturas, ajitó el estraor-
dinario celo de don Rafael Andreu Guerrero, presbítero
que estando aquí establecido, i que aunque sin opulencia
vivia con descanso, por solo atender a la salvación de es-
tos abandonados cristianos, se ofreció espontáneamente a
esta empresa, costeándose hasta aquel paraje sin que por
la real hacienda se le contribu\^ese con alguna cantidad.
Llegado a aquil destino me remitió la relación que he he-
cho agregar a los autos, en que describe la deplorable si-
tuación de aquellos habitantes i el miserable estado a que
él mismo se ve reducido, pues ni aun qué comer encuentra.
RELACIÓN DEL GOBIERNO DE AVILES 191
por SU dinero, i propone que se facilite la construcción de
la capilla i alguna habitación para él, i ofrece persuadirlos
con este principio a que formen una ranchería en que, reu-
nidos en los cuatro meses del año en que no pescan, tenga
mejor proporción de instruirlos en los rudimentos de la fe
i cristianas costumbres, concluyendo con que, si no se le
socorria para su subsistencia, se veria precisado a aban-
donar tan santa empresa. Dio cuenta también de su situa-
ción al I. S. Obispo, quien con su acreditado celo le exhortó
a la perseverancia, ofreciéndole los socorros necesarios
para su subsistencia. Yo por mi parte hice calcular el costo
de una capilla de madera (porque no hai allí proporción
para hacerla de otra materia), i según me espuso el arqui-
tecto, se necesitará para esto mas de 1,000 pesos sin entrar
en el cómputo lo que costará el altar; i siendo solo 500 pe-
sos los librados, cantidad insuficiente para la empresa, ar-
bitré encargar a Valdivia las maderas, evitando por este
medio el excesivo costo que tendrian en esta ciudad; pero
éstas no podrán traerse hasta que regrese la embarcac'on
que conduzca el situado de aqrella plaza, i como esta obra
la considero de la mayor importancia, por lo que interesa
la salvación de aquellas almas, recomiendo a VS. particu-
larísimamente este asunto, i a este singular eclesiástico, a
quien Dios ha dotado de un celo verdaderamente apos-
tólico.
Por si acaso antes de entregar a VS. el mando no se hu-
biese podido verificar la remesa de los materiales de la ca-
pilla, debo dejar prevenido que el paraje a donde se ha de
dirijir el barco que las lleve ha de ser en el que llaman
Punta Grande, que se halla en 24° 23' conocida en la carta
de estos navegantes por el Farallón, el cual no le hai, se-
gún se ha observado por iin piloto ingles que venia en un
falucho fabricado en Coquimbo, i que se perdió en dicha
costa. Esta operación puede hacerla sin molestia cualquier
barco de los que navegan a intermedios, en el supuesto de
que no se le demorará para la descarga por ser jente de
mar toda la del Paposo.
102 ESTUDIO HISTÓRICO-BIBLOGRÁFICOS
Por lo que pertenece a lo temporal, i en consideración a
que aquellos moradores son unos meros pescadores torpes
i sin instrucción, i que necesitan de un juez racional que
atienda a su civilización i que contenga su desarreglado
modo de vivir, nombré al mismo eclesiástico por juez de
aquel vecindario i del de la Ballena; i como para que pue-
dan formar alguna ranchería regular i tener algunas tie-
rras comunes en qué apacentar las cabalgaduras en que
conducen el pescado salado i sus escasísimos muebles
cuando se trasficren a otros parajes de la costa en tiempo
de la pesca, le encargué hiciese mensura del terreno que
poseen allí los Zuletas, que solo debe ser de 1,500 cuadras,
según consta de la donación que hizo el señor Henríquez,
gobernador de este reino, cuyo documento se halla en los
autos, porque es de creer exceda de este número las que
poseen, por cuanto en aquellos tiempos se hacian aquellas
mercedes sin exactitud de medidas, i la esperiencia ha acre-
ditado que, cuando en los tiempos posteriores ha sido pre-
ciso hacer mensuras, se han hallado con mucho exceso a
las concedidas; i si aquí resultase sobrantes, se podrán
aplicar a estos pobladores, i cuando no, comprar por justa
tasación lasque se tengan por convenientes, en el supuesto
de que en aquel paraje cuando mas podrán valer 4 reales
cada una.
HOSPITALES
En este reino solo hai de estas casas de piedad en Con-
cepción, en Valparaíso i Coquimbo, a cargo ríe los padres
de San Juan de Dios, i uno principiado en la ciudad de Tal-
ca a estímulos de su actual subdelegado don Vicente de la
Cruz; pero todos ellos son o mui pequeiios o faltos de dota-
ción i de buen estable. En esta ciudad hai dos, uno para
mujeres con la denominación de San Borja, establecido mo-
dernamente i puesto a cargo de seculares, i otro para hom-
bres que administran los relijiosos de San Juan de Dios.
Este último ha estado en el mayor desorden, así en lo
RELACIÓN DEL GOBIERNO DE AVILES 193
material como en lo formal, habiéndose seguido desde tiem-
pos antiguos varios espedientes para su arreglo i buena
administración de rentas, sobre cuyos dos puntos he esta-
do entendiendo por haber encontrado casi totalmente
arruinados el hospital iconvento i con unas cuentas tan en-
redadas que fué preciso cortar el asunto que tanto dio que
hacer a mi antecesor, i empezar de nuevo, dejando ajuicio
de Dios las muchas cosas que se advierten i la mala admi-
nistración que han tenido sus rentas.
Para lo material empecé su reedificación poniendo la pri-
mera piedra el dia 11 de febrero de 1797. Su primer fondo
fué la caridad del prior del consulado don José Ramírez i de
don Manuel Tagle, que ambos ofrecieron costear una sala
cada uno, i para poder continuar el resto, se hizo una sus-
cricion de vecinos e individuos de los gremios; pero esto
producia poquísimo i no tuvo duración, por loque fué preci-
so apelar a otro arbitrio que fué establecer una lotería o
suertes en que semanalmente se distribuyen entre los juga-
dores en premios de 125 pesos las tres cuartas partes de lo
que se recoje, i de la restante, deducidos los gastos, se divi-
de en otras cuatro partes, aplicando la una para manuten-
ción de los espósitos, i las otras tres se invierten en la fá-
brica referida, cuya dirección tomó a su cargo i sigue con el
mas caritativo empeño i dedicación, el referido don Manuel
Tagle, que tiene particular talento para esta especie de co-
misiones i lo sirve por pura caridad; i espero de las benéfi-
cas intenciones de V. S. protejerá la continuación de esta
obra, para lo cual no es necesario mas que dejar seguir el
método establecido i que continúe en su dirección el mismo
comisionado; i aunque el plano del convento quedará he-
cho, talvez la superior pericia de V. S. hallará que enmen-
dar, pero aun es tiempo de poder correjir el error que pue-
da haberse cometido.
Para poder reedificar el hospital, fué preciso sacar los
enfermos, que coloqué en el de mujeres de San Borja, sepa-
rando una de sus salas, manteniendo sus enfermos del pro-
ducto de las suertes, confiando su dirección a don Roque
TOMO X lo
194 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
Huici, sujeto activo que desempeña el encargo con la ma-
yor candad i esmero.
Para cuando se restituyan los enfermos al hospital, es
necesario formar una hermandad de seculares que no solo
cuiden de que estén bien asistidos los enfermos, sino que
también administren las rentas, pues de lo contrario se vol-
verá al desorden pasado sin que los relijiosos en particular,
ni los enfermos, tengan el debido alimento i asistencia.
Tengo calculado con la mayor individualidad el costo i
especie de manjares que diariamente deben suministrarse a
cada relijíoso: el tabaco, papel, hábitos, i demás ropa inte-
rior, el importe total del consumo de todos los relijiosos
asignándosele mayor congrua al padre prior por conside-
ración a algunos gastos estraordinarios que deben ofrecér-
sele por su ministerio, cuya suma total de cada año debe
entregarse al prelado o destinársele fincas de producto
igual, a fin de que por el método que establecen sus consti-
tuciones, lo administren i distribuyan; i quedando el resto
de renta a disposición de la hermandad, cuidará ésta así
del alimento i asistencia de los enfermos, como de satisfa-
cer las deudas atrasadas de que está recargado el hospital.
Si lograre dejar entablado este método, daré cuenta a S.
M. con un estracto relacionado de los autos, así para la
real confirmación, como para que igualmente se apruebe la
adjudicación de las tres cuartas partes líquidas del produc-
to de la lotería. Si 3^0 no tuviese tiempo de verificar este
útil entable, convendrá que V. S. lo ejecute, pues de lo con-
trario, en poco tiempo volverá al desorden, no será hospi-
tal sino en el nombre, i será inútil el edificio labrado.
En la ciudad de Concepción tienen otro los referidos re-
lijiosos, i la tropa el su^-o separado, que está en buen pie,
según estoi informado, de cuya dirección i manejo está he-
cho cargo el brigadier don Pedro Quijada, comandante de
aquel batallón, sujeto de notoria probidad.
Tiene también un hospital, en el que antiguamente ser-
vian como enfermeros tres relijiosos i un capellán de San
Juan de Dios, a los que asistía por la real hacienda con 300
RELACIÓN DEL GOBIERNO DE AVILES 195
p«sos a éste i 100 a cada uno de los enfermeros; 500 al mé-
dico cirujano i 1,300 para dietas, etc.; pero habiendo éstos
insensiblemente tomado denominación de convento, nom-
brándose a uno de ellos como prior sin facultad real, ni
aun permiso de este gobierno, i por otros desórdenes que
observó el E. S. marques de Osorno cuando estuvo en aque-
lla plaza, los quitó de allí, i queda hoi manejado por los
oficiales de la guarnición bajo la autoridad de su gober-
nador.
El de Talca está mui en los principios aun en lo mate-
rial del edificio i necesita para su conclusión, arreglo i ren-
tas para su subsistencia, que VS. lo proteja con su auto-
ridad.
Los relijiosos de San Juan de Dios tienen a su cargo el de
Valparaiso, que está algo informe i es necesario perfeccio-
narlo; i como hicieron cambio de edificio con los padres do-
minicos (que sin real facultad se habian introducido allí),
se ha orijinado pleito entre ellos, de que se está siguiendo
espediente.
Del actual estado del de Coquimbo no tengo positivas
noticias para poder dar a V. S. las necesarias.
Estas casas de caridad están, en mi concepto, mas arre-
gladas cuando se manejan por seculares que no cuando es-
tán a cargo de relijiosos hospitalarios, ya porque todas
sus rentas pueden invertirse en beneficio de los enfermos,
porque no hai que deducir de ellas los gastos del orden, los
de sus visitadores i otras contribuciones que dan a sus pre-
lados principales para su subsistencia, i ya por los muchos
embarazos que se presentan para que entreguen sus cuen-
tas i los varios litijios que se introducen cuando se las quie-
ren examinar como corresponde.
CASA DE RECOJIDAS.
Para corrección de mujeres prostituidas se estableció,
por el rei don Felipe V, una casa de recojidas, dotándola
en 3,000 pesos sobre el ramo de balanza, aprobando el re-
196 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
glamento que hizo el I. S. donjuán Sarricolea, prelado de
esta diócesis; i aunque allí se prescribe santamente que las
que destinen a esta casa los jueces civiles no pueden salir de
ella hasta que conste al prelado su verdadera corrección i
enmienda (escepto alguna que por causa matrimonial se
deposite allí), no está en uso esta práctica que no han re-
clamado los ilustrísimos obispos de esta ciudad i los jueces
la destinan por el tiempo de su arbitrio, que íqo siendo re-
gularmente el suficiente para mudar de vida, se logra poco
fruto.
Se habia cerrado esta casa con motivo de haberse pen-
sado erijir un hospicio, para el que no habia principio al-
guno de renta, i pensaban aplicarle la de esta casa i la de
los espósitos; pero como no se verificaba el proyecto, no
tuve por conveniente que cesase la corrección de estas des-
graciadas creaturas, i en el dia corre su dirección a cargo
de don Ignacio Landa, que no solo lo sirve gratuitamente
sino que con el mayor esmero propende a darles ocupación
en hilados, con lo que, dejando de estar ociosas, ayudan en
alguna manera a su manutención. Esta casa, por su desti-
no i por el fruto que se logra en ella, merece que V. S. pro-
penda con su autoridad a su conservación i buen arreglo.
CASA DE ESPÓSITOS.
Los niños espósitos, cuya conservación i buena crianza
interesan tanto al Estado, tienen una casa bastante capaz
que la labró i cedió al rei el marques de Montepío, con con-
dición que se atendiese a su familia, i lo aprobó S. M. por
cédula de 29 de enero de 1761, i al actual marques, hijo del
donante, le concedió grado i sueldo de teniente coronel; pe-
ro solo tiene de renta 1,000 pesos i una panadería, produc-
tos cortísimos para el mucho número de niños que la inhu-
manidad de sus padres abandona. Con este conocimiento
i no hallando otros arbitrios para aumentarles su tan di-
minuta renta, apliqué (como dije, hablando del hospital de
San Juan de Dios) la cuarta parte del producto líquido de
RELACIÓN DEL GOBIERNO DE AVILES 197
las suertes semanales, con lo que se han ido mejorando los
edificios. Se abrió un pozo porque no tenia agua limpia i
se ha formado un lavadero a cubierto con doce pilones de
piedra, por lo interesante que es la limpieza en estas casas,
i he dispuesto se construyan en una parte de su recinto dos
casitas, cuyos alquileres aumenten su corta renta.
Su dirección la encontré a cargo de don José Bravo, co-
merciante de esta ciudad, sujeto de acreditada probidad i
que maneja así las rentas, como la crianza de los espósitos,
con el mayor esmero, por puro efecto de caridad. Antes
fué administrador de esta casa un eclesiástico con título
de capellán, a quien se le había señalado 300 pesos anua-
les, los que juntos con otros gastos estraordinarios, absor-
bían casi el total de la asignación de la casa, resultando
casi cortísimo residuo, i por consecuencia precisa, que fue-
sen poquísimos los párvulos que se admitiesen. Hoi hai un
relijioso que dice las misas en los dias festivos, el cual ha
pretendido varias veces que le diese yo nombramiento de
capellán, a lo que no he condescendido, porque éste es un
principio para quererse hacer perpetuo sin la debida depen-
dencia del administrador, i aspirar sucesivamente a la
asignación de los 300 pesos; i lo que en mi concepto convie-
ne es que no haya tal capellán nombrado sino que sea del
cargo del administrador buscar quien diga las misas en los
dias festivos i quien cuide de confesar i administrar el sa-
cramento de la eucaristía a los dependientes de esta casa,
lo que no se verifica cuando estos capellanes se creen perpe-
tuados en el beneficio, i que por esta circunstancia no deben
tener sujeción alguna al administrador de la casa.
HOSPICIO.
Tratóse por el espresado señor marques de Osorno esta-
blecer esta útil casa, para la que no habia fondo alguno, i
por esta causa se habia pensado reunir en una (como ten-
go referido) los espósitos, las recojidas, i los pobres, para
que con la poca renta que tienen aquellas dos, se pudiese
198 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
dar principio, i se pensaba solicitar de S. M. consignase el
colejio de San Pablo que fué de los jesuitas i hoi sirve de
cuartel para la asamblea i vagos destinados a obras pú-
blicas con el nombre de presidio.
Esta empresa no ha tenido jiro en el tiempo de mi man-
do, así porque otras atenciones no me han permitido ajitar
este espediente, como por las muchas dificultades que se
presentan para su verificativo; pero es verosímil que el rei
conceda la espresada casa que no tiene destino ni quién la
compre.
En mi concepto, el reunir las tres casas en una, princi-
palmente cuando están existentes las dos, i con un regular
manejo, seria perjudicial, porque siendo su administración
i el gobierno económico de cada una mui diversos, se recar-
garia mucho al administrador, que talvez en ninguna de
sus partes podria desempeñar la comisión. El edificio tam-
poco es de tanta estension que sufra las tres divisiones in-
dependientes que exije la diversidad de clase que deberia
comprender cada uno; i aun cuando no hubiese este emba-
razo, considero insuperable el de los costos para labrar los
tres edificios que eran indispensables, i mucho mas cuando
ni aun hai fondo para mantener uno pobre; sin embargo,
el recojer a los mendigos i facilitar trabajo honesto a los
ociosos, lo considero un objeto mui digno de la atención de
VS., quien con la madurez que le es propia, i con su claro
talento, podrá con el tiempo verificar o dar principio a tan
loable empresa.
SOCIEDAD PATRIÓTICA.
La excesiva mendicidad que observé particularmente en
esta capital me hizo nacer el presentimiento de establecer
una sociedad a imitación de las que con tanta utilidad del
público se han erijido en España, pudiese proporcionar
ocupación honesta i útil a los que por falta de fomento vi-
ven en indijencia; i para minorarla interinamente en parte,
se repartieron varios fondos a mujeres pobres para que hi-
RELACIÓN DEL GOBIERNO DE AVILES 199
lasen lino, i como las erogaciones que podian hacer algu-
nos vecinos caritativos no podian dar abasto a los costos
necesarios de la empresa, propuse una suscricion para di-
cho fomento poniendo acciones de a 25 pesos cada una,
encargándose de recojer sus firmas el coronel de milicias
don Domingo Díaz Muñoz i se nombró por tesorero a don
Ignacio Landa, que en la actualidad dirije la distribución
de los linos, compra de los hilados i tejidos de los lienzos.
Con este motivo se sembró algún lino que antes no se cose-
chaba.
Esto está informe, no se ha hecho aun reglamento algu-
no para su manejo, ni se han nombrado socios de número,
ni directores, quedando reservado a VS.el perfeccionar este
embrión de patriotismo, para cuya obra hallará VS. mui
propenso al rejidor de esta ciudad i actualmente síndico del
consulado don Manuel Salas, que con el mayor conato
propende a este beneficio público. Como uno de los insti-
tutos de la junta de gobierno del consulado es el fomento
del comercio i cuanto parezca conducente al mayor aumen-
to i eátension de los ramos de cultivo i tráfico, consideran-
do útilísimo para la perfección de las artes el conocimiento
del dibujo, se propuso por su síndico el referido Salas el
establecimiento de una escuela de esta noble arte; i habién-
dose proporcionado un profesor hábil que transitaba por
esta ciudad, se pudo conseguir que abriese escuela gratuita
por un corto estipendio que se le da, esperando de tenerle
mayor cuando las rentas del consulado tomen incremento.
Esta sigue, i será digno objeto de la protección de YS.
POLICÍA DE LA CIUDAD.
Este ramo, tan interesante como difícil de verificar per-
fectamente i que es de tanta estehsion, empleó mucha parte
del celo del Excmo. señor marqués deOsorno, quien intentó
hermosear i dar comodidad a las calles de esta ciudad, for-
mando enlosados inmediatos a las casas; i no teniendo la
ciudad suficientes fondos para ello, usó de medios urbanos.
200 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
enviando recados atentos a los vecincs de comodidad para
que cada uno enlosase el frente de su casa, proponiéndose
al principio verificarlo en todas las calles que salen de la
plaza hasta dos cuadras de ella. A.lgo consiguió i hubiera
logrado mas, si el espíritu de discordia que entonces reina-
ba con bastante perjuicio de este público, no hubiese entor-
pecido tan loable pensamiento. Mui poco he adelantado yo
en esta materia por falta de facultades en unos vecinos i
por resistencia de otros.
En estos últimos tiempos se presentaron don Julián Díaz
i don Francisco Sánchez, haciendo la propuesta de tomar
por su cuenta la rentas de la ciudad, con obligación de pa-
gar todos los salarios i demás gastos anuales, i alimentar
a los presos de la cárcel, ofreciendo de ventaja hacer de su
cuenta 450 varas de enlosado i 60 puentes en las acequias
que atraviesan las calles, cubriéndolas de buenas losas en
cada uno de los diez años de su asiento, de los cuales se han
ido ya haciendo varios. Con este proyecto se logrará her-
mosear i mejorar mucho el piso de las calles, cuyo beneficio
se esperimenta ya en las enlosadas.
Como deben cumplir la parte anual de su contrata en el
paraje que se le señale, he resuelto que se ejecute en los
frentes de las casas i monasterios pobres, dejando los de
aquellas cuyos dueños tienen comodidades, para que lo ha-
gan esto de su cuenta.
Los empedrados de las calles se han costeado hasta aho-
ra de los fondos de la ciudad, cuidando de esta obra un
comisionado que denominan sobrecargo, i tiene a su dispo-
sición varios reos de delitos leves que existen como presi-
darios alojados en el cuartel de San Pablo, i son los opera-
rios que se emplean en esto.
Calculando el costo de salarios del sobrecargo, sobres-
tantes, alquileres de casa, alimento de los presos i lentitud
con que trabajan, se convence que no corresponde el gasto
a la utilidad; i habiéndose presentado don José Antonio
Lazo de la Vega con el proyecto de empedrar cada año
seis cuadras, construir rampas de los puentes de losa de
RELACIÓN DEL GOBIERNO DE AVILES 201
las calles, con estension de 10 varas para cada lado, lim-
piar las acequias dos veces al año, i las ordinarias basuras
una vez al mes, hacer las composturas de la fuente de la
plaza, franqueándole para esto cuando se necesite ocho pre-
sos, todo por la cantidad de 2,125 pesos anuales, esten-
diendo su contrata por término de seis años; i ascendiendo
el importe del presidio de San Pablo a 2,854 pesos regula-
dos por un quinquenio resulta que se ahorran 729 pesos
que se adelantan a beneficio público con las ventajas de la
limpieza i ademas de que no cuida el presidio.
TAJAMAR.
El curso semicírculo que hace el rio Mapocho por la
configuración del cerro de San Cristóbal que faldea, tiene
siempre espuesta a esta ciudad a inundaciones, de las cua-
les últimamente en el año de 1783 sufrió una que la puso
en grande consternación, porque rompiendo el agua por la
parte superior, donde terminan las últimas casas de lo que
llaman A.lameda, se introdujo por la calle principal de la
Cañada, i superando algunos pretiles antiguos que lo con-
tenian hasta el puente, causó bastantes estragos por una
i otra parte. El celo activo del señor marques de Osorno
procuró poner reparo a semejante daño para lo sucesivo i
mandó construir un murallon de cal i ladrillo que bordease
el cauce del rio por la parte de la ciudad; i como el ramo
de balanza no era suficiente para tanto costo, impuso el
gravamen de ocho reales por cada tercio de yerba del Pa-
raguai que entrase por la cordillera i por cada fardo de
azúcar que venia por Valparaiso. Repugnólo el comercio i
logró del rei, a quien recurrió, que mandase cesar esta ga-
bela; pero en el intermedio de la resolución se acopiaron
mas de 59,000 pesos, con lo cual dio principio a la obra
desde donde hoi existe una pirámide, dirijiéndola agua
abajo; i aunque por falta de aquel considerable ingreso, no
hai en el dia otro caudal que el impuesto que llaman de ta-
amares, i consiste en un cuartillo en fanega de trigo, con
202 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
el que se ha continuado en mi tiempo como tres cuadras o
algo mas, hasta cubrir algunas bocas calles principales de
las que terminan en la Alameda. Como mas arriba de la
pirámide da golpe directo el rio, i en la avenida referida
perjudicó a aquellas haciendas inmediatas, i si en lo sucesi-
vo acaeciese otra podría inundarse por allí la ciudad sin
que lo impidiese el reparo construido, dispuse se hiciese otro
pedazo de tajamar, de distancia como de tres cuadras, por
considerar mayor allí la urjencia que en la parte inferior en
que existen aun residuos de los antiguos, cuyos cimientos
están empezados.
Prescindiendo de si estos reparos pudieran haberse he-
cho mejor con murallas menos gruesas, que reforzadas con
un buen terraplén resistiesen el peso i empuje del agua, i de
si convendría mas profundizar el cauce del rio por su cen-
tro, arrimando a la parte de la ciudad la piedra, cascajo i
arena que se estrajese, como la obra estaba ya tan adelan-
tada me fué preciso sin otro examen seguir lo comenzado,
cediendo al mayor talento de mi antecesor, i porque es evi-
dente que el variar cada gobernador de ideas en las cosas
principales por el que le precedió en el mando, es una de las
causas de que no prospere un Estado.
ESTORSIONES A LOS MILICIANOS
Sin embargo de haber sido este reino desde su conquista
teatro de guerra por dos siglos, i que su conservación se
ha debido al brazo militar, se halla este ramo mui abati-
do, i sin aquella estimación que logra en todo pais culto, i
en particular la segunda clase que lo compone, conocida
por el nombre de milicias provinciales, que jime oprimida
de varias estorsiones.
Los subdelegados, a quienes se acostumbra dar títulos
de tenientes del capitán jeneral, únicamente con el fin de
que puedan administrar justicia en los que por serlo go-
zan fuero militar, se han arrogado el mando de las armas,
i ejercen en ello un cruel despotismo. Primeramente les obli-
RELACIÓN DEL GOBINRNO DE AVILES
gabán a mantener guardia perenne en la cárcel de la villa,
alternando este servicio por término de 8 dias, sin darles
prest, ni alimento alguno, con abandono de sus pobres fa-
milias, por lo que se veian precisados a malvender sus fru-
tos el que los tenia, o sus infelices muebles i animales. No
pudiendo tolerar esta inhumanidad, dirijí circulares a los
subdelegados mandándoles cesar esta tiránica práctica. Al-
gunos representaron que sin este ausilio no tendrian segu-
ridad los reos en la prisión, por ser las cárceles fácil de es-
calar o de forzar sus puertas, por ser de ninguna resisten-
cia, i suponiendo que esta pensión les correspondia mui de
tarde en tarde. Me he mantenido firme en no condesender,
fundado lo primero en que el rei prohibe en la ordenanza de
Cuba que pueda emplearse a miliciano alguno en el pueblo
de su residencia arriba de dos horas sin pagarle, i que mu-
cho menos podrá obligársele a esta pensión distante de su
domicilio i por muchos dias, i que por un caso continjente
de un reo de gravedad que pueda custodiarse en la cárcel,
no ha de molestarse todo el año a muchos honrados va-
sallos, que en buena justicia menos perjuicios resulta de la
impunidad de un delincuente que pueda hacer fuga, que de
la destrucción cierta de seis u ocho hombres de bien. En el
caso supuesto de la fuga de un reo, se sigue otro mayor
daño en la ruina i abandono de los seis u ocho milicianos
que lo custodiaban, pues temerosos de que se les haga car-
go de fujitivos, dejan desamparadas sus casas, i andan pró-
fugos i la necesidad les obliga a robar, i al último paran
en un presidio. La verdadera causa de estas guardias es
querer ostentar los subdelegados en autoridad, i talvez
abusar de la fuerza en casos no necesarios.
También suelen emplear a estos pobres en llevar órdenes
por todo su partido i conducir reos a la capital, sin abono
de prest ni alimento en el tiempo en que los tienen ocu-
pados.
Con pretesto de revistas anuales han convocado los Te-
jimientos por cuatro o seis dias a la capital, a los que aña-
didos los que emplean de ida i vuelta a sus casas, se des-
204 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁPICOS
truyen estos miserables malvendiendo el poncho o las es-
puelas i talvez el caballo para subsistir en estos dias, i
todo el fin oculto es que consuman los comestibles i licores
que talvez estén por cuenta del subdelegado, de los cuales
algunos abusivamente solia imponerle multas de cuatro pe-
sos al que no concurría. He procurado cortar este de-
sorden i prohibir a los subdelegados se introduzcan en los
asuntos económicos de los cuerpos i se limiten solo a la ad-
ministración de justicia, que es el fin para que se les delega
la autoridad del capitán jeneral, dejando a los jefes natu-
rales de ellos la revista anual para los tiempos de menos
molestia para los soldados, congregándolos por escuadro-
nes en parajes en que tengan poco que caminar para veri-
ficarlo.
PRORRATAS
Con motivo de haber transitado desde esta ciudad a la
frontera en el año 70, acompañando al señor don Francis-
co Morales, presidente interino de este reino, observé la ti-
ránica práctica que llaman prorrata, i consiste en tomar
cuantos caballos se necesiten para tropas que transitan,
soldados que conducen pliegos, reos que se llevan a Valpa-
raíso i familia de los presidentes cuando viajan, etc., sin
pagar algún alquiler a sus dueños, cuj^a carga recae, como
es regular, en los mas infelices, con notable perjuicio suyo,
así porque se les pierden algunos, como porque es su único
caudal. Luego que llegué a este mando, tuve mui presente
este perjuicio de los pobres para procurar remediarlo en el
modo posible.
Di principio mandando que, cuando se enviasen reos a
Valparaíso con el fin de embarcarlos para Valdivia, se pa-
gasen por la ciudad los bagajes empleados en su conduc-
ción, i así mismo a los milicianos destinados a su custodia,
porque también iban sin dárseles prest ni alimento. Prac-
tiqué varias dilijencias por si podia entablar el proyecto
que habia principiado el Excelentísimo señor don Agustín
RELACIÓN DEL GOBIERNO DE AVILES 205
de Jáuregui, gobernador de este reino, que consistía en ha-
ber juntado porción de caballos que repartió en varias es-
tancias con el fin de que se empleasen en estos destinos sin
perjuicio de los vecinos. Busqué papeles, escribí mucho pa-
ra indagar el paradero de los caballos que entonces se ha-
bian acopiado, i después de mucho tiempo la resulta fué
que se habian perdido i que no habia quién quisiese hacerse
cargo de tener otros en depósito en distancias proporcio-
nadas para este uso, i también que en algunos parajes en
que convendría tenerlos, no habia proporción de pasto
para su alimento.
En el intermedio de estas delijencias presentó don Anto-
nio Hermida el proyecto de mantener a su costa cien caba-
llos para evitar a esta ciudad las prorratas de conducción
de presidarios i espresos hasta Valparaíso, Aconcagua i
Rancagua, con condición de que se le arrendase por diez
años la Dehesa de la ciudad i el asiento de la nieve, debien-
do tener en la capital doce caballos dispuestos para los es-
presos repentinos. Hízose efectivamente el remate, i a poco
tiempo empezáronlas disputas sobre si se comprendia en él
la habilitación de caballos para las tropas que salen de es-
ta ciudad para las expresadas distancias, sin embargo de
que en su propuesta se ofrece a librar a esta capital del gra-
vamen de las prorratas, voz jenérica comprensiva de lo que
en España llamamos bagajes, cuya cuestión se ha suspen-
dido con haber mandado yo que, si se creia fuera de esta
obligación, lo representase por escrito, i talvez temeroso
de que si sustanciado el espediente se resolviese contra su
pretensión, no le quedaria lugar de intentar la escepcion,
cuando yo me haya ausentado habrá dejado de ajitarlo.
Conviene, pues, que esté V. S. advertido por si luego que to-
me este mando, rehusa contribuir con caballos para las
tropas que transitan por esta ciudad, porque es de suma
importancia libertar a este vecindario de tal vejación.
No parece tuvieron presente mis antecesores que los ba-
gajes que se emplean en la tropa i conducción de sus equi-
pajes deben satisfacerse al paisano que los presta, i que no
206 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
pudiendo la infantería caminar a pié las grandes distancias
de los tránsitos regulares de estos paises, es preciso que lo
verifiquen a caballo, i que no teniendo el soldado con qué
sufrir este gasto, ha de costearlo el erario, i así lo tiene dis-
puesto S. M. en su real orden de 28 de setiembre de 1772;
en cuya virtud he mandado que a los destacamentos i sol-
dados sueltos que se envian de unas partes a otras esceden-
tes de las distancias a que se obliga Hermida, se les entre-
gue el importe de las cabalgaduras que necesitan a razón
de un cuarto por legua i por lo propio se ejecute en la Con-
cepción i demás parajes del reino; i si Y. S. lo juzga justo
como yo lo he pensado, podrá continuar esta práctica equi-
tativa i piadosa, i que también se acostumbra en el Perú.
He espuesto los asuntos que me han parecido mas esen-
ciales e interesantes al bien de este reino, con el único fin de
que, impuesto en ellos desde su ingreso al mando, pueda
V. S. desde luego destinar su celo a la corrección de abusos
i beneficio del público; no lisonjeándome de haber manifes-
tado todo lo que necesita remedio, sino lo mas urjente, i
esperanzado que el sabio i prudente gobierno de V. S. hará
florecer un pais que, ausiliado de la superioridad, prestará
proporciones para el logro.
Santiago de Chile, 31 de julio de 1798.
El Marques de Aviles.
UN BANDO DE BUEN GOBIERNO
PARA LA CIUDAD DE CONCEPCIÓN EN 1798 *
En 1798 rejia la provincia de Concepción, con el título
de gobernador intendente, el coronel don Luis de Álava.
Soldado adusto i testarudo, español de nacimiento i de ca-
rácter, creia firnemente como casi la totalidad de los man-
datarios de las colonias hispano-americanas, que su poder
debia ejercerse no solo en todos los ramos de la administra-
ción pública, sino en la mayor parte de los actos puramente
industriales o sociales de los pueblos que gobernaban. Era
aquella época en que el presidente de Chile don Ambrosio
O'Higgins, a pretesto de impedir el desarrollo del lujo, re-
glamentaba el tiempo que debia durar el luto por la muerte
de un pariente cercano, las condiciones del ataúd en que
éste habia de ser sepultado, i el número develas^^que debian
encenderse en cada entierro.
El 29 de junio del año que dejamos mencionado, el inten-
dente Álava hacia pregonar en Concepción un bando de
buen gobierno. Este nombre se daba en los tiempos colo-
* Publicado en la Rexista Chilena {Santiago, 1876), t. lY, pájs.
42-57.
Nota del compilador.
208 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
niales a un reglamento jeneral de policía, en que estaban
establecidas todas las providencias conducentes a mante-
ner el orden i la seguridad en las poblaciones i en los cam-
pos, a facilitar la acción de la justicia, i a afianzar la mo-
ralidad de los gobernados. Un bando de buen gobierno
contenia disposiciones de un orden lejislativo, como muchas
de las que hoi encierra la lei del réjimen interior, imponia
penas para las faltas, i entraba en reglamentar actos que
indudablemente deben quedar fuera de toda intervención
gubernativa. El bando del gobernador intendente de Con-
cepción, a que nos referimos, mandaba que los almacenes,
tiendas i despachos se cerrasen cada dia al toque de ora-
ciones, i que en el mismo momento cesara todo tráfico en
las calles. El deseo de mantener la pureza de las costumbres
era la razón alegada para dictar esta disposición.
Por ese tiempo, la ciudad de Santiago estaba rejida se-
gún un bando de buen gobierno dictado por el presidente
don Ambrosio O'Higgins en 19 de agosto de 1788, i apro-
bado por el rei en cédula de 8 de agosto del año siguiente.
Allí se disponía que las tiendas de comercio pudiesen per-
manecer abiertas hasta las nueve de la noche en invierno i
hasta las diez en verano. El bando del intendente Álava es-
taba, pues, en contradicción con los reglamentos que rejian
a la capital de la colonia.
Los principales comerciantes de Concepción se creyeron
mui perjudicados con aquella medida. Cumplieron puntual-
mente el decreto gubernativo; pero se dispusieron desde
luego a hacer todas las jestiones necesarias para obtener
su revocación. Habia en esa ciudad un funcionario que con
el título de juez de comercio administraba justicia en los
asuntos comerciales asociado a dos colegas propuestos por
los mismos litigantes, i representaba al tribunal del consu-
lado de Santiago en todo lo que tenia relación con protejer
i fomentar los intereses del comercio en aquella provincia.
A él se dirijieron los negociantes de Concepción por medio
de la siguiente solicitud:
"Señor juez de comercio. El gremio de mercaderes parece
UN BANDO DE BÜBN GOBIERNO 209
ante U. en la mejor forma de derecho i dice: Que desde el 29
del próximo pasado junio, que se publicó el bando de buen
gobierno prescribiendo entre otros artículos dirijidos a la
pública tranquilidad, aseo de calles i aumento de la pobla-
ción, que cesara al toque de las oraciones todo tráfico i se
cerraran las tiendas para precaver las perniciosas resultas
de la comunicación de ambos sexos en las oscuridades de la
noche, hemos sufrido con resignación constante el perjuicio
de no vender aun lo suficiente a sufragar el alquiler de los
cuartos sin movernos a representarlos, deseosos de que
nuestro silencio i ciega obediencia acreditaran cuan respe-
tables son las superiores providencias, i prometiéndonos
de algún modo que olvidarían al cabo las jentes del lugar
su inveterada costumbre i depondrían, a impulso de la ne-
cesidad, aquel natural pudor que las ha- retraído siempre
de salir a comprar de día los jéneros o efectos que han
menester.
"Pero habiéndonos desengañado la esperiencia i minis-
trado pruebas nada equívocas de que la variación en lo su-
cesivo debe reputarse tan lejos de lo accesible como inme-
diata a lo dificultoso, no podemos desentendernos por mas
tiempo de los particulares daños que cada día nos recrecen
i se derivan al común. En cuyo remedio ocurrimos a la me-
diación de U. lisonjeándonos alcanzar de la recta justificación
del señor gobernador intendente la suspensión de dicho
precepto, luego que se informe de nuestra deplorable situa-
ción, i que no conviene a los piadosos fines que se ha pro-
puesto.
"No hai, a la verdad, obra mas difícil que la de reducir a
un pueblo a abandonar el sistema en que ha nacido; i así,
disuadir principalmente aquí al bello sexo de la persuasión
que es indecoroso a una señora andarlas calles i presentar-
se a la luz clara al frente de un mostrador, toca la raya de
lo imposible. I si las hacemos justicia, no podemos negar-
las absolutamente la razón, pues habrá muchas, sin distin-
ción de clase o condición, que no tendrán correspondiente
decencia, especialmente con su traje diario, para ofrecerse
TOMO X 14
210 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
a la espectacion pública; i otras de la mayor jerarquía que
se ruborizan de ir en busca de una vara de cinta i cuatro
alfileres, cuando aquéllas i éstas, con las sombras de la no-
che i a pretesto de pasearse, compraban antes a su satis-
facción, i se ponían a cubierto de las censuras i murmura-
ciones a que nadie se espondrá. Que este tráfico pueda al-
guna vez franquear ocasión a las libertades i desenvolturas
a uno que otro joven desprendido de obligaciones, que mui
raro se rastreará entre los que jiramos en el comercio, no
induce bastante motivo para que se prohiba, porque es un
mal que le sobreviene accidentalmente; i no hai cosa tan
santa de que no llegue a abusar la malicia humana. A lo
que se agrega que, mirado con detenida i circunspecta re-
flexión, deben temerse peores consecuencias de que se man-
tengan cerradas las tiendas, como se manifestará en breve.
Ya hemos insinuado la repugnancia que tienen las mujeres
de salir a comprar lo que necesitan para su uso i labores; i
de ella se sigue que urjidas, se interesen con nosotros o a
que les remitamos el jénero que desean ver a sus casas, o a
c^ue las aguardemos de noche, i vendamos privadamente.
I como la ambición de espender lo mas que se proporcione,
aun prescindiendo de otros honrados respectos, nos seduz-
ca i haga ceder a una de estas súplicas, si se verifica la pri-
mera, no faltan repetidos ejemplares de que se saquen a las
piezas retazos considerables, cuya pérdida no es menos
cierta que inaveriguable el robo; i la segunda ¿qué mejor
lance puede apcítecer la juventud hbertina? ¿I qué pernicio-
sas resultas no se orijinan contra las buenas costumbres?
''Ni son menores las que les sujiere la oscuridad de la no-
che de que se valdrán, libres del espionaje del vecino; i sin
que los transeúntes, destituidos del auxilio de las inmedia-
tas luces, lo columbren, meterán dentro de la tienda a las
cohinas o amasias, i así se prostituirán desenfrenadamen-
te a sus voluptuosos sensuales apetitos.
''Demasiado obvio i sabido es también aquel axioma vul-
gar que gradúa i caracteriza a la ociosidad de madre e in-
ductora de los vicios; i bajo de un tan irrefragable princi-
UN BANDO DE BUEN GOBIERNO 211
pío, no nos hallamos esceptoslos mejor inclinados. Antes sí
nos vemos desgraciadamente espuestos a incidir o que de-
jenere en ella, lo que, privándosenos de nuestro ejercicio i
única ocupación, empiece por lijero pasatiempo i modera-
do entretenimiento; de suerte que desde ahora podemos ve-
rosimilmente asegurar que no pocos de estos juegos de car-
teo pasarán a envite recio en solicitud del desquite; i que
algunos galanteos platónicos se volverán formales, i lo
mismo se ha de discurrir de los demás. No paran en eso so-
lo las funestas ilaciones que se dejan observar eslabona-
das al mencionado antecedente, sino que investigando la
muchedumbre de ladrones urbanos- que en estos últimos
dias han repetido a prima noche insultos contra el vecin-
dario prevalidos de la lobreguez de las calles e intentando
incendiar puertas i quebrantar cerraduras. La presencia de
los dueños de tienda regularía sus furtivas operaciones i
entonces no trinaría otra voz que la triste i melancólica de
robos que consternará a la ciudad i abatirá el ánimo de
sus habitantes i moradores.
''También es digno de la mayor atención el gravísimo
detrimento de los reales derechos, i se nota palpablemente
en solo los bodegones, pues cuantos toman licencia de la
administración para el menudeo de licores, i pagaban 17
pesos i medio anuales por moderada composición, los han
devuelto luego que se publicó el bando, viendo la total de-
candencia de las ventas, i no habrá quien solicite en ade-
lante dicho permiso, estando sin embargo obligado el reí a
satisfacer el ramo de propios los cíen pesos que cada año
exhibe en virtud del compromiso o transacción celebrada
con la ciudad por razón de esta entrada, que le disputaba
en aquel tiempo.
''Repondráse acaso a las consideraciones i reparos refe-
ridos que los mas paises no estilan el comercio nocturno; i
seria objeción casi irresistible el ocurrir iguales circunstan-
cias en el nuestro para que cupiera el parangón que a lo
sumo habrá de formarse con la capital del reino (a cuya
cultura i policía debemos sujetarnos), donde habiéndose
212 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
tratado de cortar dicho tráfico, preponderaron en la exac-
ta i fiel balanza de aquel superior gobierno los inconvenien-
tes que quedan esprimidos i otros que se ocultan a nuestra
cortedad; i no subsistió la prohibición sin embargo de ha-
ber copioso número de carruajes, diferentes calles ilumina-
das, diversiones púbHcas, sujetos empleados en la guardia
i custodia de las tiendas i demás notorias proporciones a
que pueden asilarse el recato del bello sexo, los andantes i
vecinos i la ociosidad i descuido de los mercaderes.
"Por tanto, a U. pedimos i suplicamos se sirva dirijir el
correspondiente recurso al señor gobernador intendente,
apoyando nuestra solicitud, para que en vista de las re-
flexiones espuestas se digne suspender la orden de que se
cierren las tiendas a las oraciones, permitiéndonos vender
hasta las horas acostumbradas, que es justicia. Juramos
no proceder de malicia i en lo necesario, etc.— José de Urru-
tía i Mendiburu. — Pablo de Hurtado. — Tomas Delñn. — José
Ibieta, — Vicente de la Jara. — Francisco Javier Manzano. -
José Antonio Antunes. — Manuel de Unsueta. — Francisco
Mantega.—José Belimelis. — José Barrera. — Diego Silva. —
Juan de Dios Mora.— Santiago Ferrer. — Francisco de Beli-
melis.— José María Landaeta.^^
Desempeñaba el cargo de juez de comercio de Concepción,
unacreditadomercader llamado don Francisco de Ulloa. Al
recibir éste la solicitud de los comerciantes de esa ciudad,
la elevó al gobernador intendente con la nota que sigue:
"Paso a manos de V. S. la presentación de este comer-
cio, dirijida a mí, como encargado de su protección i fo-
mento en el art. 1.° de la real cédula de la erección del con-
sulado de este reino, para que en vista de los perjuicios i
atrasos que en ella espone el comercio, se sirva la justifica-
ción de V. S. por su superior providencia, acceder a su sú-
plica que parece razonable, sin perjuicio de la justicia.
"Dios guarde a V. S. muchos años.— Concepción, setiem-
bre 4 de 1798.— Nicolás de Ulloa.Señor gobernador inten-
dente don Luis de Álava".
UN BANDO DB BUBN GOBIERNO 213
El autor del bando que tenia ajitado al comercio de Con-
cepción no era hombre para ceder fácilmente de sus deter-
minaciones. Dos dias después de recibida aquella solicitud,
puso al pié la providencia que va a leerse en seguida:
'•Concepción, setiembre 6 de 1798 Contéstese al juez
de comercio que las razones que alegan algunos de los indi-
viduos de su gremio, ya se tuvieron presentes i contrapesa-
ron con las que me obligaron a mandar con maduro acuer-
do, entre otras cosas, en mi bando de buen gobierno que
citan, que pasadas las oraciones se cierren las tiendas de
mercaderías; i así que diga a los suscritores de dicho pedi-
mento que, cumpliendo por ahora con lo mandado, esperen
la resolución de S. M. a quien se dará cuenta con dicho ban-
do para su aprobación, o que usen de su derecho donde i
como vieren que les convenga.— Álava. — Licenciado Go-
dor\
Aquella providencia era en realidad una burla hecha al
comercio de la ciudad de Concepción. La idea de esperar la
resolución del rei, que no podia tardar menos de dos o tres
años, en aquellos momentos en que los mercaderes se la-
mentaban de los grandes perjuicios que estaban esperimen-
tando, debió enfurecer a los solicitantes. En el momento es-
tendieron una nueva solicitud en que pedian al juez de co-
mercio que reclamase del gobernador intendente que les de-
volviese su anterior petición junto con la providencia dada
por la primera autoridad de la provincia. Para probar que
todo el comercio de la ciudad los apoyaba en esta jestion,
hicieron que la segunda solicitud fuese firmada por otros
diez negociantes, cuyo jiro debia ser mas reducido que el de
los que hicieron la primera petición. Sus nombres eran Bo-
nifacio de Victoriano, Luis Aspungo, Juan Amado, Anjel
Scanavino, Yictorio Soto, José Amigo, Antonio de Sierra,
Francisco Peñateli, Juan Socasas i Juan de Dios Cuevas.
Algunos de ellos, como lo hacen suponer sus apellidos, de-
bian ser estranjeros.
El intendente Álava puso dificultades a esta segunda pe-
214 ESTUDIOS HISTÓRICO-BiBLIOGRÁFICOS
ticion, a pretesto de que la primera debia quedar archiva-
da en la secretaría de la gobernación; pero después de otra
solicitud, los comerciantes que reclamaban obtuvieron co-
pia legalizada del espediente en cuestión, i por el órgano
del juez de comercio don Nicolás de Ulloa, se presentaron a
principios de octubre, al real tribunal del consulado de San-
tiago.
Como se sabe,correspondia a éste no solo la administra"
cion de justicia en materias mercantiles sino también "la
protección i fomento del comercio en todos sus ramos", se-
gún los términos de la lei. Al recibir la solicitud de los co-
merciantes de Concepción, pidió informe sobre el particular
a su síndico o fiscal, que lo era en aquella época el ilustre
patriota don Manuel Salas. El parecer de este funcionario
fué francamente favorable a los reclamantes; pero opinó al
mismo tiempo porque se debian oir las razones que el go
bernador intendente habia tenido para dictar la providen-
cia impugnada. En esta virtud, el consulado dirijió al capi-
tán jeneral i presidente de Chile, marques de Aviles, la nota
que va a leerse:
'*Excmo. señor. — Incluyo a Y. E. el adjunto espediente
promovido por el comercio de Concepción en solicitud de
que se revoque la providencia del señor gobernador inten-
dente de aquella provincia de que a las oraciones cese el
tráfico i se cierren las tiendas, con el objeto de que informa-
do V. E. de las razones del bando, que anuncia i no espresa
el señor gobernador, i de los que alega el comercio, se sirva
determinar, oyendo antes al consulado, lo que a V. E. pa-
rezca mas conveniente en el asunto. Dios guarde a Y. E.
muchos años.—Santiago de Chile, 18 de octubre de 1798.—
Excmo. señor. — José Pérez García. — Francisco Javier de
Zuazagoitía. — Celedonio de Villota.—José de Cos Iriberriy
secretario. — Excmo. señor marques de Aviles".
Antes de pasar adelante, advertiremos aquí que don José
Pérez García que firma esta nota como prior que era del
UN BANDO DE BUEN GOBIERNO 215
consulado de Santiago en ese año, es el mismo que escribió
una estensa e importante historia de Chile.
El presidente de Chile, marques de Aviles, tan luego como
recibió esta nota, pidió informe al intendente de Concepción
para resolver sobre el reclamo promovido por los comer-
ciantes de esa ciudad. Vamos a ver la curiosa pieza en que
el coronel Álava intenta justificar su conducta.
''Excmo. señor En cumplimiento del decreto de V. E. de
19 de octubre íiltimo, i su consiguiente oficio del 22 del
mismo, en que se sirve pedirme informe sobre el recurso en-
tablado por e' consulado de esa ciudad, a instancia del di-
putado de comercio de ésta por influjo i representación de
algunos de sus comerciantes a fin de que se derogue el capí-
tulo de bando de buen gobierno que mandé publicar en esta
ciudad el 30 de junio del año próximo pasado de 98, por el
cual ordené que las tiendas de mercancía se cerrasen al to-
que de las oraciones, i los mesones i pulperías media hora
después. Lo que puedo i debo esponer a V. E. es que todas
las razones que han alegado por fundamento de su preten-
sión, a escepcion de la costumbre, son falsas i figuradas,
cuando por el contrario las que me obligaron a prohibir el
tráfico i comercio nocturno son ciertas i efectivas. Esta es
una ciudad compuesta en su mayor parte de mujeres des-
cendientes de soldados europeos, que por tener el color
blanco i sin embargo de su estremada pobreza i ningún des-
tino útil, se desdeñan de alquilarse a servir en clase de cria-
das, ese ejercicio que creen corresponder solo a las indias»
cholas i demás castas. Este modo de pensar de aquellas
jentes i su propia miseria les ponia en la necesidad de bus-
car su vida por medio de ilícitos comercios a las sombras
de la noche sin que bastasen a embarazar este desorden i
los pecados públicos consiguientes, las mas activas diHjen-
cias i continuadas rondas, porque estas mujeres se escuda-
ban siempre con el pretesto de buscar en las tiendas una
madeja de hilo u otra semejante friolera, de modo que a
mas de infinitos i repetidos denuncios que tuve de estos ex-
cesos, a que no se escusaban concurrir los mismos comer-
216 ESTUDIOS HISTÓRICO -BIBLIOGRÁFICOS
ciantes haciéndolas pasar a sus trastiendas, hubo ocasión
que en la calle pública se encontraron personas de ambos
sexos en el mismo acto; i convenido con sujetos prácticos
del lugar, de prudencia, literatura i probidad, acerca del re-
medio mas eficaz para cortar tan grave desorden, no se en-
contró otro que el de prohibir el comercio nocturno, con
que también se escusaba la mala fé del comercio, pues de
dia se rejistra con facilidad el color i defectos del jénero que
de noche no pueden verse.
"La costumbre que alegan bien sabe V. E. que no es bas-
tante motivo para que se deje de poner remedio en aquel
desorden, principalmente cuando tenemos, por el contra-
rio, que en las ciudades mas cultas de la Europa, a quienes
debemos imitar, por solo escusar fraudes en el comercio, se
acostumbra cesar éste al toque de las oraciones. Si en esa
ciudad no se observa, es porque no hai iguales motivos de
necesidad que en ésta. En esa está la población continua-
da, abunda el jentío i apenas habrá instante en que falten
jentes que transiten una calle, i por consiguiente, sin que se
pueda rejistrar cuanto pasa en ella, i sin embargo, conti-
nuamente esperimentan esos comerciantes muchos robos; i
a cuantos les estaría mejor que todos cerrasen sus tiendes
a las oraciones, como creo que se hace en Lima. Por el con-
trario, en esta ciudad apenas se hallaria una cuadra pobla-
da i en que no haya solar vacío donde se puedan las jentes
abrigar para proceder a sus maldades con seguridad de no
ser descubiertas.
"Hoi a cualquiera mujer de baja esfera que se encuentre
de noche se le averigua su destino, i como no pueden ya
dar la disculpa que antes, les contiene el temor dentro de
sus casas, i de contado ya no se advierten los escándalos
públicos que antes. Que los mercaderes dejen de vender por-
que las señoras se desdeñan de salir a las tiendas de dia, es
falso, i solo han dejado de visitar tiendas las que no por
comprar, sino por fines torcidos, las frecuentaban de noche.
Lo cierto es que quien necesite el jénero no se ha de quedar
sin comprarlo porque no se le vende de noche. Aquí las jen-
UN BANDO DB BUBN GOBIERNO 217
tes estaban acostumbradas a que la plaza de abasto estu-
viese abierta hasta las nueve de la noche, i a esta hora no
faltaban quienes ocurriesen a comprnr. Mandóse cerrar al
toque délas oraciones por escusarlos desórdenes a ello con-
siguientes, i hoi sin violencia i sin que alguno se quede sin
vender sus frutos, ocurren todos a proveerse de lo necesa-
rio de día. JLo mismo debe suceder, i aun sucede ya respecto
de los mercaderes. Si éstos venden menos ahora (lo que no
creo), o es porque se hallan desurtidos o por lo mucho que
han subido los precios de los efectos con ocasión de la gue-
rra, como es notorio. Si fuera fácil averiguar cuánto ven-
dia cada uno antes del bando i cuánto vende ahora, se ve-
ria entonces la falsedad de su alegato, i que acaso mas di-
nero hacen hoi de sus comercios que antes. Esta inferencia
se corrobora i comprueba la lijereza con que procuraron
apoyar su recurso en hechos falsos, con el estado que acom-
paño i he pedido al administrador de reales derechos. Por
él verá V. E. que mas ha rendido al rei el derecho de pulpe-
rías en los seis meses corridos después de la publicación del
bando, que en los seis antecedentes del año inmediato pa-
sado de 98, i por consiguiente, que, sin embargo, de que al
tiempo i para fundar su recurso, los comerciantes hicieron
que algunos de sus dependientes devolvieran las licencias
que tenian, no ha sentido perjuicio el erario por dicho ban-
do como lo han alegado. Desde aquel tiempo no se ha ro-
bado tienda alguna hasta ahora; i el hecho de haberse en-
contrado fuego a una puerta que traen a consideración,
sucedió entre 11 i 12 de la noche, a cuya hora siempre han
estado solas las tiendas, i por consiguiente, tampoco puede
servirles este hecho por fundamento de su intención. Sobre
todo, Excelentísimo señor, yo he creído deber mandar pro-
hibir dicho comercio nocturno para descanso de mi concien-
cia i desempeño de la confianza que de mí ha hecho el rei, a
quien he dado cuenta de todo. V. E. resolverá lo que estime
justo.
"Nuestro Señor guarde a Y. E. muchos años. -Concep-
ción, 7 de enero de 1799.— Excelentísimo señor.— Luis de
218 ESTUDIOS HISTORICO-BIBLIOGRÁFIOOS
Álava. — Excelentísimo señor marques de Aviles, capitán je-
neral de este reino."
En esta nota no es difícil descubrir que el gobernador in-
tendente de Concepción no tenia mucha confianza del re-
sultado de la jesti^n promovida contra él por los comer-
ciantes de aquella ciudad. Habia demorado dos meses en
evacuar su informe; i sea de propósito deliberado o por sim-
ple olvido, como lo dijo mas tarde, al remitir su comunica-
ción habia dejado en su oficina el espediente que contenia
las copias de las representaciones de los comerciantes. Fué
necesario pedirla de nuevo; i solo el 28 de enero de 1799
pudieron pasarse los antecedentes al tribunal del consulado
para oir su parecer. En esos mismos dias ocurría un cam-
bio en el personal del gobierno que produjo, a causa de las
fiestas con que era recibido el nuevo presidente, cierta para-
lización en la marcha de los negocios administrativos. El
mariscal de campo don Joaquín del Pino habia llegado a
reemplazar al marques de Aviles, que habia sido promovi-
do al puesto de virrei de Buenos Aires.
Al fin, pasadas aquellas fiestas, el tribunal del consulado
dio el informe que sigue:
"Muí ilustre señor presidente ^: La junta de gobierno de
este real consulado ha examinado con toda detención el es-
pediente i contrapesado las razones que en su representa-
ción alega el comercio de Concepción con las que espone en
su informe el señor gobernador intendente. Lo que puede
esponer a V. S., en cumplimiento del supremo decreto de 28
1 Haremos notar aquí una circunstancia relativa al trata-
miento que bajo la colonia se daba a los presidentes i capitanes
jenerales. Hemos visto que al marques de Aviles se le decía Excmo.
i V. E., mientras que a Pino se le decia solo Muí ilustre señor i
V. S. Provenia esto de que el primero era teniente jeneral de ejér-
cito, i el segundo solo mariscal de campo, grado inferior, según la
jerarquía militar española. Mas adelante, cuando Pino estuvo
nombrado virrei de Buenos Aires, se le comenzó a dar el trata-
miento de Excmo. señor.
UN BANDO DE BUEN GOBIERNO 219
de enero último, es que el documento que acompaña el se-
ñor gobernador del producto de las pulperías prueba sola-
mente que hai en Concepción, después de la provincia con-
tra la cual representad comercio, el mismo número de ellas
que habia anteriormente, i de ningún modo que su espen-
dio sea el mismo. Pero aun suponiendo que lo fuera, esto
no convence de que no sea cierto que los mercaderes no tie-
nen el mismo despacho en sus tiendas. En las pulperías se
suministran artículos que pueden llamarse todos de prime-
ra necesidad, cuando de los que se venden en las tiendas
solo algunos pueden considerarse como tales; i no es de
presumir que a no haber esperimentadoel daño de la dismi-
nución en el despacho de sus efectos, representarán después
de cuatro meses los individuos de mas suposición por su
crédito i probidad que tiene el comercio de Concepción con-
tra el artículo del bando.
"Conviene el consulado en que seria mui conducente que
las jentes se acostumbrasen a comprar i vender de dia, aun-
que no tiene por absolutamente cierto de que así se prac-
tique jeneralmente en Europa, en muchas de cuyas ciuda-
des solo se cierran las tiendas al toque de queda, que siem-
pre es bien entrada la noche. Conviene la junta en esto;
pero semejante variación le parece que debe dejarse a la
discreción de las jentes i al tiempo, mucho mas cuando el
señor gobernador tiene en sus manos otros medios de evi-
tar los escándalos públicos que se propuso en su providen-
cia, cual es el de multiplicar las patrullas en la proporción
que ofrece la guarnición de aquella cuidad i sus milicias i el
del severo castigo de los delincuentes. Fuera de que, en con-
cepto de la junta, con la providencia del bando se atajaran
algunos de estos hechos escandalosos; pero, quedando sin
ocupación una gran parte de la noche la multitud de jóve-
nes mercaderes, comprometerán en el juego i en las amis-
tades privadas la fidelidad conyugal, sus intereses i los de
sus habitadores; en una palabra, prevé que se sustituirá la
ociosidad i disipación al anhelo de hacer fortuna que los
mantiene ocupados.
220 ESTUDIOS HISTÓRICO -BIBLIOGRÁFICOS
**Por estas razones cree justa la junta la revocación de la
providencia contra la que reclama el comercio de Concep-
ción, sin que sea obstáculo para revocarla el que el señor
gobernador intendente haya dado cuenta a S. M., pues por
real orden de 24 de mayo de 1789, se les prohibe a los jefes
su¡3alternos dar por sí cuenta a S. M. i solo se les permite
acudir en derechura por la vía reservada con* aquellas ins-
tancias o quejas fundadas contra sus jefes que por necesi-
dad exijan este lícito i estraordinario recurso.— Santiago,
13 de febrero de 1799.— José Pérez García.— Francisco
Javier de Zuazagoitía. — Celedonio de Villota.—José de
Cos Iriherri, secretario."
El informe del tribunal del consulado no trataba mas
que una faz de la cuestión, el interés de los mercaderes de
Concepción. Necesitábase oir el parecer del fiscal de la real
audiencia, encargado de dictaminar sobre la legalidad de
la providencia objetada. Vamos a ver cómo opinó éste:
"Muí ilustre señor presidente. El ájente que hace de fiscal
en lo civil, dice: Que las razones espuestas por la junta del
consulado de este reino, sonde mayor fuerza que aquellas en
que parece haberse fundado la providencia reclamada por
los comerciantes de Concepción. Es mui laudable el celo del
señor gobernador intendente; pero es difícil llegue a conse-
guir la cesación del comercio impuro con la del tráfico i
rentas públicas de mercaderes. Aquél tiene un oríjen mui an-
tiguo, nacido con el primer hombre, i él ha de hacerse siem-
pre, i aun mas proporcionadamente i con peores resultas en
lo mas escueto, lóbrego i oculto de los propios hogares. El
asunto es del orden de aquellos que exijen mayor pulso i
prudencia. V. S. está dotado de estos dones; i no siendo
difíciles los medios que eviten el escándalo, podrá resolver
de un modo que éste no siga adelante i el comercio no sea
perjudicado.— Santiago, 26 de febrero de 1799.— Doctor-
Sánchez.^*
La lectura de estos antecedentes hará presumir que el
intendente de Concepción iba a recibir del gobierno supe-
UN BANDO DE BUMN GOBIEUNO 221
rior de la colonia uno de esos desaires que arruinan el pres-
tijio de un funcionario. Sin embargo, el presidente de Chile
vaciló cerca de dos meses para dar una resolución. Veia
sin duda comprometido el principio de autoridad, que es-
taba encargado de sostener, i que los gobernantes españo-
les mantenian de ordinario sin reparo ni consideración.
Probablemente la circunstancia de estar el bando del coro-
nel Álava en abierta contradicción con el que había dictado
el presidente O'Higgins en 1788, i el haber sido éste apro-
bado por el rei, decidieron a don Joaquín del Pino a dar la
sentencia que sigue:
''Santiago, 19 de abril de 1799.— Visto: Con lo que ha
informado el tribunal del consulado i ha espuesto el minis-
terio fiscal, i por lo que de todo resulta, prevéngase por la
secretaría al señor intendente de Concepción que suspen-
diendo la ejecución del capítulo del bando de buen gobierno
que publicó el 30 de junio de 98, i en que mandó que las
tiendas de mercancía se cerrasen al toque de oraciones, i
media hora después los mesones i pulperías, mantenga al
comercio i a la ciudad en la pQ¿;esion en que ha estado de
hacer el tráfico en la parte de la noche que se acostumbra
en esta capital i en todas las ciudades de América; i que
para ello no embarace a los comerciantes de que tengan
abiertas sus tiendas, pulperías i bodegones hasta las nue-
ve en invierno i hasta las diez en verano, con arreglo a lo
prevenido en los capítulos 3° i 15 del que publicó el Excmo.
señor marques de Osorno de 19 de agosto de 88, aprobado
por S. M. en real cédula de 8 de julio de 89; i que esto lo
ejecute sin embargo de que haya dado cuenta al rei, como
dijo en su informe de 7 de enero inmediato, lo que solo pu-
do hacer por medio de esta capitanía jeneral, según lo dis-
puesto en real orden de 24 de majo de 1789, i que para
embarazar los abusos i desórdenes que ha querido preca
ver con esta resolución, tome las demás providencias que
sean análogas a este objeto, i que dicten las circunstancias
locales del pais, estrechando a los mercaderes, pulperos i
bodegoneros a que ademas de las luces interiores, pongan
222 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
faroles a la calle i conserven hasta las horas indicadas en
las noches que no sean de luna. — Pino. — Doctor Rózase
Esta resolución ponia término a aquel ruidoso litijio.
Los comerciantes de Concepción liabian encontrado justi-
cia en el gobierno central de la colonia. Pero el testarudo
intendente, sin querer darse por vencido, no dio cumpli-
miento a la orden superior, i aun pidió su revocación por
el oficio que va a leerse.
''Señor capitán jeneral.— Enterado déla resolución de
V. S. de 20 de abril último que me comunica en oficio de la
misma fecha, al recurso de los mercaderes de esta ciudad
han hecho a ese superior gobierno para que no se impida
en ella el tráfico nocturno que estaba en costumbre, i que
habia prohibido en uno de los capítulos del bando de buen
gobierno, publicado en 30 de junio del año pasado de 98,
creo deber, hacer presente a V. S. en circunstancia de estar
recientemente llegado al mando de este reino, lo siguiente:
"Que hace diez meses se hallaba establecido este orden
con puntualidad, tranquilidad del pueblo i aplauso de los
sujetos mas caracterizados i juiciosos de la ciudad que
advierten la notable reforma que hai en los escándalos i
desórdenes desde que se tomó esta providencia. Que la
costumbre de cerrarse las tiendas de noche no es descono-
cida en América, pues en la ciudad de Lima, capital de es-
tos reinos, se observa puntualmente. Así mismo, pongo en
la consideración de V. S. que siendo la providencia de que
se trata innegablemente útil a la reformación de los escán-
dalos, conducente al buen orden de la ciudad, i sin perjui-
cio del comercio como queda comprobado en el espediente;
i hallándose el pueblo acostumbrado ya a ello, resulta de
su revocación un desaire considerable a la autoridadde este
gobierno.
"Por todas estas razones, suplico a V. S. se digne sus-
pender la ejecución de la citada resolución hasta que S. M,
resuelva lo que estimare conveniente, cuja real determina-
ción no puede dilatar mucho.
UN BANDO DE BUEN GOBIERNO 223
"He dirijido al ministerio de gracia i justicia la razón de
os bandos, providencias i adelantamientos de esta pro-
vincia en consecuencia de real orden de 6 de mayo de 1792
que manda que así se ejecute por los virreyes, capitanes je-
nerales i gobernadores de estos reinos, desde cuyo tiempo
anualmente lo practicó en derechura mi antecesor, sin que
por la via reservada se haya estranado esta conducta, ni
se oponga a la real cédula de 24 de mayo de 89, que sobre
ser anterior a la citada, solo trata de las solicitudes i re-
cursosque se hagan a su S. M. por individuos no militares.
— Nuestro Señor guarde a Y. M. muchos años Concep
cion, mayo 6 de 1799. — Luis de Álava. — Señor capitán
jeneral de este reino don Joaquin del Pino."
Esta jestion fué causa de qne se demorase por cerca de
cuatro meses mas el cumplimiento de la orden del gobierno
central de Santiago. El presidente Pino entró en nuevas
vacilaciones, temeroso de desprestijiar la autoridad de un
funcionario tan importante como lo era en esa época el
intendente de Concepción. Al fin, el 13 de agosto puso al
pié de la solicitud del coronel Álava, las palabras siguien-
tes: "Lo proveido en 19 de abril", lo que equivalía a man-
dar que se llevase a efecto la revocatoria de los artículos
impugnados del bando de buen gobierno del intendente de
Concepción. El presidente Pino acordó ademas enviar to-
dos los antecedentes al rei de España i darle cuenta de lo
ocurrido para obtener la aprobación de su conducta. Pa-
rece que nunca llegó la resolución del rei.
El comercio de Concepción ganó al fin este ruidoso liti-
jio. Las tiendas i despachos volvieron a abrirse durante
las primeras horas de la noche, como se hacia en Santia-
go. Pero la autoridad moral del gobernador intendente
sufrió, como debe suponerse, un grande menoscabo. Ape-
nas habia pasado un año, el administrador de aduana de
Concepción, licenciando don Juan Agustin Fernández, en-
tablaba en noviembre de 1800 una tremenda acusación
contra el gobernador intendente, acusándolo del delito de
224 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOQRÁFICOS
peculado, de defraudaciones a la real hacienda, i de hacer
negocios de toda clase con. perjuicio del tesoro público. Es-
ta causa fué cortada en 1803 por providencia gubernati-
va que mandaba que el acusador rindiera fianza de resul-
tas, a lo que éste se negó por creerse escusado a virtud de
su destino; pero el desprestijio de Álava siguió en aumen-
to. En 1808, al saberse allí la muerte del presidente Mu-
ñoz de Guzman, él, simple coronel, pretendió por un mo-
mento el gobierno de Chile, cuando habia en el pais otro
militar de mas alta graduación a quien por ministerio de
la lei correspondía el mando en caso de vacante. El recha-
zo que entonces sufrió en sus aspiraciones, fué causa de
que circularan pasquines burlescos en contra del gober-
nador intendente, i de que éste perdiera casi por completo
la consideración de que gozaba.
La tradición ha conservado el recuerdo de los últimos
dias del gobierno del intendente Álava. Aunque fuerte i vi-
goroso todavía, pues solo contaba cincuenta i siete años
en 1810, su exaltación era tal cada vez que se hablaba de
los patriotas chilenos, que por entonces querían darse un
gobierno propio, que su entusiamo por la causa del rei to-
maba el carácter de demencia. Por fin, al terminar el me-
morable mes de setiembre de ese año, llegó a Concepción la
noticia de haberse instalado en Santiago una junta guber-
nativa. Los patriotas de aquella ciudad, dispuestos a se-
gundar el movimiento, i contando con el apoyo de la tro-
pa, persiguieron al gobernador intendente con dicterios i
con pasquines que lo enfurecian a cada momento. Álava
no pensó mas que en abandonar aquella provincia, que no
podia gobernar. El 9 de octubre se trasladó a Talcahuano,.
i allí se embarcó en el bergantín Europa que zarpaba con
destino al Callao. Para que no se opusiera obstáculo a su
partida, habia depositado diez mil pesos en las cajas reales
de Concepción, i a fin de responder a las resultas del juicio
de residencia qne se seguía a los gobernadores después de
haber dejado el puesto que ocupaban. No hemos podido
UN BANDO DE BUEN GOBIERNO 225
descubrir otras noticias sobre los últimos dias de su
vida. 2
2. Talvez tengan interés para algunos de los lectores de este ar-
tículo las noticias siguientes que hemos podido reunir acercada
don Luis de Álava.
Hermano menor del famoso marino español del mismo apellido,
que tanto se ilustró en el combate de Trafalgar, nació en Victoria
en 1753, i entró muí joven a servir en el cuerpo de artillería. Ha-
llóse en la campaña contra Jibraltar en 1781 a 1783. En 1788,
siendo ya teniente coronel, fué nombrado gobernador de Valpa-
raiso, destino deque se hizo cargo en marzo' de 1789, i que
desempeñó hasta 1796 en que fué promovido al puesto de go-
bernador intendente de Concepción, con el grado de coronel de
-artillería.
TOMO X 15
EL ENTIERRO DE LOS MUERTOS
EN LA ÉPOCA COLONIAL. "^
Los conquistadores españoles introdujeron en sus colo-
nias de América la práctica de enterrar los cadáveres en las
iglesias cuando los deudos del difunto podian pagar esta
distinción, o en un patio inmediato al templo cuando el
muerto pertenecia a las clases desheredadas de la fortuna.
Se sabe que esta era la costumbre española de esa época,
costumbre perniciosa para la salubridad pública, introdu-
cida en la mayor parte de los pueblos europeos algunos si-
glos después del cristianismo. El rei don Alfonso el sabio
esplica el oríjen i el fundamento de ella en la lei 2^', tít.
XIII, P. 1^ de su famoso código. *'Cerca de las eglesias,
dice, tovieron por bien los Santos Padres que fuesen las se-
polturas de los cristianos, et esto por cuatro razones: la
primera, porque así como la creencia de los cristianos es
mas allegada a Dios que la de las otras jentes, que asilas
sepolturas de ellos fuesen acercadas a las eglesias: la segun-
da es porque aquellos que vienen a las eglesias, quando ve-
* Publicado en la J^evista Chilena (Santiago, 1876) t, III, pájí
224 245.— Nota DEL COMPILADOR.
228 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLTOGRÁFICOS
€n las fuesas (huesas) de sus parientes o de sus amigos, se
acuerdan de rogar a Dios por ellos: la tercera porque los
acomiendan a aquellos santos a cuyo nombre et a cuya
honra son fundadas las eglesias, que rueguen a Dios seña-
ladamente por los que yacen en sus cementerios: la cuarta,
porque los diablos no han poder de se allegar tanto a los
cuerpos de los muertos que son soterrados en los cemente-
rios, como a los que yacen de fuera: et por esta razón son
llamados los cementerios amparamiento de los muertos.
Empero, antiguamente los Emperadores et los Reyes de los
cristianos ficieron establecimientos et leyes, et mandaron
que fuesen fechas iglesias et cementerios de fuera de las cib-
dades et de las villas en que soterrasen los muertos porque
el olor dellos non corrompiese el aire, nin matase a los vi-
vos."
El rei sabio pasa en seguida a fijar las condiciones que
debía tener el campo délos muertos, las autoridades a quie-
nes correspondía vijilarlo, las personas que tenían o no te-
nían derecho al entierro í la manera cómo debía procederse
en los funerales. La leí 11 del mismo título i partida enu-
mera las personas que como escepcion a la regla jeneral po-
dían ser enterradas en los templos.
''Enterrar non deben, dice, a otro ninguno dentro en la
iglesia sínon a estas personas ciertas que son nombradas
«n esta leí, así como los Reyes et las Reinas et sus fijos, et
los obispos et los abades, et los priores, et los maestres, et
los comendadores que son perlados de las órdenes et de las
eglesias conventuales, et los ricos homes, et los otros hom-
bres honrados que ficiesen eglesias de nuevo o monasterios,
et e-ícogesen en ellas sus sepolturas;et todo otro home quier
sea clérigo o lego qu^lo mereciese por santidad de buena
vida et de buenas obras."
La vaguedad de esta disposición debia ser causa de nu"
merosos abusos i habiade orijínar al fin su desobedecimien-
to casi completo. Así sucedió que el siglo XV, a la época del
descubrimiento de América, era sepultado en el recinto de
las iglesias españr)las todo hombre que habiendo muerto
como cristiano dejaba los bienes necesarios para pagar su
EL ENTIERRO DE LOS MUERTOS 229^
sepultura. En el nuevo mundo, como ya hemos dicho, se
siguió esta misma práctica desde los primeros días de la
conquista.
El gobierno de la metrópoli tuvo que ocuparse desde lue-
go en tomar algunas providencias reglamentarias de los en-
tierros. Habiendo suscitado algunos curas ciertas dudas o
mas bien, habiendo puesto dificultades a que sus feligreses
designaran lugar para su entierro fuera de la iglesia parro-
quial, el emperador Carlos Y dictó en 18 de julio de 1539 la
cédula siguiente:
^'Encargamos a los arzobispos i obispos de nuestras In-
dias que en sus diócesis provean i den orden como los veci-
nos i naturales de ellas se puedan enterrar i entierren libre-
mente en las iglesias o monnsterios que quieren i por bien
tuvieren, estando benditos el monasterio o iglesias i no se
les ponga impedimento."
Las dificultades que zanjaba esta real célula eran oriji-
nadas por el cobro de los derechos parroquiales. Los curas
pretendían que el cadáver que se sepultase fuera de la parro-
quia debía los mismos derechos que si fuese enterrado en
ella; pero ni Carlos V en esta cédula, ni Felipe II en otra
que dictó en 13 de noviembre de 1577, resolvieron defini-
tivamente esta cuestión. El último de estos soberanos en-
cargó solo a los prelados que cada uno en su diócesis pro-
veyese cómo los conventos i herederos de los difuntos que
se enterraren en ellos, no recibieran agravio en los dere-
chos que les correspondian por dar sepultura, ni consintie-
sen que los párrocos se excedieran de lo que justamente
pudieran cobrar.
Todavía dictaron ambos monarcas otras disposiciones re-
ferentes a entierros. En 18 de octubre de 1581, Felipe II de-
claró que el deán i cabildo de las catedrales, que, según pare-
ce, concurrían a todos los entierros i cobraban por tanto los
derechoscorrespondientes,no debian asistir sino cuando fue-
ran espresamente llamados. Por otra cédula de 11 de junio
de 1594, repetida en leyes posteriores, Felipe II mandó que
los curas sepultaran gratuitamente a los indios. En 1554,
Carlos Y habia dispuesto que en los lugares que estuviesen
2{50 ESTUDIOS HISTÓRICOS-BIBLTOGRÁFICOS
lejos de las iglesias, los pobladores fuesen sepultados en un
campo bendecido, para evitar así el gasto que orijinaba el
trasporte de los cadáveres.
Estas disposiciones, i otras de mucho menor importan-
cia, rijieron por largo tiempo en materia de entierros. En
Chile, como en las otras colonias americanas, las iglesias
eran el lugar de sepultura de todas las personas regular-
mente acomodadas. Pero las leyes civiles i canónicas lo ha-
blan reglamentado todo para evitar los gastos inmodera-
dos i los entierros ostentosos. Son interesantes algunas de
las disposiciones dictadas a este respecto. L'i constitución
•6^, título X, lib. 3*^ del concilio mejicano de 1583, que se
respetaba casi puntualmente en toda la América, dispone
lo que sigue: "Para guardar el decoro del santo templo
donde se celebran los divinos oficios, remover cuanto pueda
servir de obstáculo a los asistentes en orden a la atención
con que les deben oir, i por otras justas causas, según lo
prescrito en la constitución del papa Pió Y de feliz memo-
ria; ordena este concilio i mand'i, que no se ponga sobre
el sepulcro de ninguna persona, de cualquier estado que sea,
el cenotafio sino en los dias de la deposición, exequias i
aniversario: no se erijan en las iglesias sepulturas de piedra
o madera que sobresalgan del pavimento: de lo contrario
castigará el obispo a proporción de la culpa a los seglares
que tal hicieren; i el ministro eclesiástico que lo consintiere
pagará de multa diez pesos de minas para la fábrica de
aquella iglesia, i para la cera que arde delante del Santísi-
mo Sacramento. Tíimpoco se entapicen las capillas i pare-
des del templo con colgaduras de luto a no ser por persona
real. No ardan en los sepulcros mas que doce hachas en los
funerales, exequias i aniversarios; i si hubiere mas, destí-
nense para alumbrar al Santísimo Sacramento de la Euca-
ristía".
Por su parte el rei había reglamentado también los fune-
rales para evitar los excesos del lujo. Vamos a estractar la
parte dispositiva de una cédula dictada por Carlos II en
22 de marzo de 1693: -"I. Que por muerte de personas rea-
les los hombres puedan traer capas largas, i las mujeres
EL ENTIERRO DE LOS MUERTOS 231
monjiles de bayeta en tiempo de invierno, o de lanilla, i
mantos delgados que no sean de seda: ambos sexos hasta
el dia de las honras, i después se pondrán el alivio de luto
correspondiente; pero a ninguno de sus familias se le permi-
tirá de ninguna especie. — 11. Que los lutos que se pusiesen
por padre, madre, hermano, abuelo, suegro, marido, o he-
redero, sin que pueda trascender a ningunos criados del di-
funto, ni de sus parientes, aunque sean de escalera arriba,
sean solamente capas largas, calzones i ropillas de bayeta,
o paño, i sombrero sin aforro.— I [I. Que los ataúdes de los
difuntos no sean sino de bayeta, paño, u olandilla negra,
con clavos i galón negro o morado; i que los de los niños
de quienes la iglesia celebra misa de ánjeles, se permiten
sean de color, pero solamente de tafetán. lY. Que no se vis-
tan de luto las paredes de las iglesias, ni los bancos de ellas
sino solamente el pavimento que ocupa el féretro, i las
hachas de los lados; las cuales no pueden ser mas de doce en
todo, con cuatro velas sobre la tumba. V. Que en los casos
de duelo se puede enlutar solamente el suelo del aposento
en que los viudos reciben las visitas del pésame, i poner cor-
tinas negras; pero no se han de poder colgar de bayeta las
paredes.— VI. Que porcualquiera deudos, aunque sean de la
primera nobleza, no se han de poder traer coches de luto,
ni menos hacerlos fabricar para este objeto; i a las viudas
se les permitirá andar en silla negra, pero no en coche ne-
gro; i también que las libreas que dieren a los criados de es-
calera abajo sean de paño negro, calzón, ropilla i capa cor-
ta. -VII. Que este luto i no otro alguno se pueda traer por
el tiempo de seis meses, i no mas, por el de cualquiera difun-
to i persona, aunque sea de la primera nobleza.— VIII. Que
en las honras de personas reales solamente se han de poner
los hombres fakkis caidas hasta los pies. — IX. Que así se
guarde i cumpla por todos, i se publique por bando." Por
cédulas de 30 de noviembre de 1715 i de 1*^ de marzo de
1794 Felipe V i Carlos IV mandaron de nuevo que se obede-
ciesen puntualmente aquellas prescripciones.
Veamos ahora cómo se practicaban en nuestro pais la
232 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
sepultación de los cadáveres i los funerales de las personas
acomodadas.
A. las pocas horas de ocurrida la muerte de un individuo
de esta clase, el cadáver era amortajado con el hábito reli-
jioso de la orden de sus particulares afecciones. Los legos de
los conventos eran de ordinario los encargados de esta ope-
ración, i recibian por ello una propina o limosna, fuera del
precio que se les pagaba por el valor del hábito que servia
para amortajar al difunto. El cadáver era colocado en se-
guida en un ataúd de madera pintada de negro, o forrado
de jénero de lana o algodón i adornado de cintas o de ga-
lones, según los casos.
La noticia de la muerte de un individuo circulaba en to-
da la ciudad con una rapidez sorprendente. Como si no bas-
tase el rumor público que corria de boca en boca en una
ciudad de escasa población i en que ocurrían tan pocas no-
vedades, las cofradías o hermandades, en alguna de las
cuales estaba alistado invariablemente el difunto, se encar-
gaba de dar el aviso a los otros hermanos. Un sacristán re-
corria las calles haciendo sonar una campanilla que llama-
ba la atención de todo el vecindario. Ese mensajero de la
triste nueva daba a todo el que se lo preguntaba, el nom-
bre del muerto, junto con la hora i el lugar del entierro, i
pedia a sus cofrades que rogasen a Dios por el alma del que
acababa de espirar. De esta suerte la ciudad entera queda-
ba al corriente del triste acaecimiento a las pocas horas de
ocurrido.
No debemos omitir aquí una costumbre de nuestros ma-
yores, que revela la intimidad en que vivian las familias en
la época colonial. Suponíase que a causa de la perturba-
ción producida por una desgracia de esta naturaleza, en la
casa mortuoria no podia hacerse de comer. Resultaba de
aquí que ese dia i los que se le seguian inmediatamente, los
deudos, los amigos i los monasterios de monjas enviaban
regalos de viandas que servían para cubrir la mesa abun-
dantemente. Esta costumbre singular se conservó casi has-
ta mediados del siglo XIX.
EL ENTIERRO DE LOS MUERTOS 233
El cadáver no pcrminecia largo tiempo en la casa mor-
tuoria. La parroquia respectiva o el convento o monaste-
rio en cuja iglesia delíia hacerse el entierro, proporcionaba
el féretro o andas en que era trasportado a su última mo-
rada. Este mueble, llamado, ignoramos por qué motivo,
bayo por el común de las jentes, era una especie de mesa
de madera en cuya parte superior habia una caja descu-
bierta en que se colocaba el ataúd. Una tela negra cubria
todo este aparato i le daba un aspecto fúnebre. Allí se ve-
laba el cadáver durante algunas horas en la casa misma
del difunto, o en las salas que al efecto tenian preparadas
las cofradías o las comunidades relijiosas. El sínodo del
obispo Cnrrasco, de 16S8, por la constitución VII del cap.
VII, i el del obispo Aldai, de 1763, por su constitución VIII
del título XVIII, prohibieron bajo multa el depósito de los
cadáveres en las salas de las cofradías o en los conventos
de regulares sin haber obtenido una licencia escrita del pá-
rroco respectivo. Según estas disposiciones, la velación de
los difuntos debia hacerse en la casa mortuoria.
El trasporte de los cadáveres era hecho de una manera
mui ostentosa. Los dobles de la campana de la parroquia
o de la iglesia en que debia hacerse la sepultación, convo-
caban a los clérigos al lugar del entierro. El cura se reves-
tía allí con capa de coro i los clérigos con sobrepelliz; i a
la hora fijada, sallan en procesión hacia la casa mortuoria,
con vela en mano i con la cruz parroquial, entonando sal-
mos i las otras preces del caso. Esta ceremonia podia ha-
cerse a cualquiera hora del dia; pero la constitución IV del
mismo título del sínodo de 1763, dispuso que solo con per-
miso del obispo se hiciera la traslación después del ano-
checer.
En la casa mortuoria estaban reunidos los deudos i ami-
gos del difunto, i de ordinario los esclavos i sirvientes del
difunto, vestidos como sus amos, de rigoroso luto. Cantá-
banse allí algunos salmos, i en seguida se sacaba el cadá-
ver con acompañamiento de todos los presentes. El féretro
era llevado a brazos por cuatro hombres que estaban al
234 ESTUDIOS HJSTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
servicio de la iglesia o de la parroquia; i que iban vestido de
libretas de luco. La comitiva, precedida por la cruz parro-
quial, se distribuia en dos filas por ambas veredas de las
calles que era preciso recorrer, dando los lugares preferen-
tes a los sacerdotes que marchaban cantando las oracio-
nes de los difuntos. La fúnebre procesión llegaba así a la
iglesia, donde la esperaba la comunidad relijiosa. El cadá-
ver era colocado en el centro de la iglesia, i permanecía allí
todo el tiempo que se empleaba en los funerales o en las
misas que se decian por el alma del difunto. En ciertas oca-
siones, se predicaba también una oración fúnebre; pero el
obispo Aldai, dando cumplimiento a una disposición del
concilio iimense de 1613, mandó en la constitución XIV
del título IX del sínodo de Santiago de 1753, que no pu-
dieran predicarse esos sermones sino después de haber sido
revisados por la autoridad episcopal. Mientras duraba to-
da esta ceremonia, las campanas de la iglesia hacian oir
los dobles de difuntos.
La fosa para el entierro habia sido' abierta de antema-
no. Removíase el piso del templo en una cstension de dos
o tres varas, estraíase la tierra necesaria para dar cabida
al ataúd; i cuando éste habia sido sepultado, se acomo-
daban, las losas o los ladrillos cuidadosamente para hacer
desaparecer toda señal del sitio en que se habia hecho el
entierro. Solo sobre las sepulturas de los obispos, de los
presidentes o de uno que otro majistrado era permitido
poner una lápida con una inscripción conmemorativa. Aun
en estos casos, la lápida no debia sobresalir del piso co-
mún del templo.
Esta práctica ofrecía dos graves inconvenientes. La fre-
cuente remoción del pis 3 de la iglesia hacia que éste estu-
viese frecuentemente ahoyado en muchos puntos. Sucedía
también de ordinario, que al abrir una fosa, h)S seputure-
ros hallaban ataúdes u osamentas que era preciso desalojar.
En efecto, con el intervalo de algunos años se ejecutaba
una operación llamada monda, que consistía en recojer los
huesos dispersos para darles colocación en un sitio de-
BL ENTIERRO DH LOS MUERTOS 235
terminado que se llamaba osario. Casi parece escusado ad-
vertir que en las iglesias no se conocían sepulturas de fa-
milia.
Pero el inconveniente mas grave que resultaba de esta
práctica era el convertir en lugares de infección el recinto
de los templos, donde se reunia tanta jente ca'la dia. El
aire que se respiraba en ellos cuando permanecían cerrados
por algunas horas, era tan mal sano i tan intolerable, que
era indispensable abrir las iglesias antes de amanecer para
ventilarlas antes que concurriesen los fieles; i aun así eran
frecuentes las enfermedades contraidas por haber respirado
las exhalaciones que se desprendían del suelo. La sepulta-
ción en los templos, condenada ahora por todo el mundo,
no lo era entonces sino por uno que otro hombre adelan-
tado a las preocupaciones de su época.
Esta clase de entierros era mui costosa, sobre todo si se
toma en cuenta la pobreza jeneral de aquella época; pero
nunca alcanzó a los gastos considerables con que el lujo
moderno hace la sepultación de los cadáveres. Los dere-
chos parroquiales eran mayores o menores, según se usara
la cruz alta o baja de la parroquia. Los sacerdotes que
acompañaban íÚ cura en la fúnebre procesión eran gratifi-
cados con una propina mas o menos considerable, según la
fortuna del finado. La apertura déla fosa i el derecho de
entierro en ella costaba diversos precios según fuera el sitio
de la iglesia en que se hacía. Son curiosos a este respecto
los datos que encuentro consignados en un antig'^j apun-
te que tengo a la mano i que voí a estractar abreviada-
mente.
Para el caso de entierros, las iglesias estaban divididas
en cuatro partes o porciones. En la primera, que estaba
inmediata al presbiterio, se pagaban en la catedral cincuen-
ta pesos por la rotura del suelo, i doce en las otras igle-
sias. En la segunda sección, la catedral cobraba veinticin-
co pesos, i ocho las demás iglesias. En la tercera, la cate-
dral cobraba diez pesos, i seis las demás. En el último cuer-
;po, situado cerca de la puerta de entrada, el derecho era
286 ESTUDIOS HíSTÓRICO-EIRLIOGRÁFICOS
de seis pesos en la catedral i de cuatro en las otras iglesias.
A estos gastos habia que agregar el pago de la cera que se
consumia, que solia rescatarse por la cantidad de seis pe-
sos, de los dobles de las campanas i muchos otras gastos
que era indispensable hacer.
La lei, como ya hemos visto, queria que los entierros i
los funerales se hicier¿in con la mayor modestia posible. La
cédula de Carlos II que ya hemos citado, habia reglamen-
tado con este objeto los funerales i el uso del luto. Pero
con el trascurso del tiempu se fueron olvidando estas pres-
cripciones, i se introdujo una ostentación estraordinaria
en esas ceremonias. Las familias ricas hacían tapizar de-
negro las salas de la casa mortuoria i las paredes de la
iglesia^ usaban de riguroso luto i vestían del mismo modo
a sus sirvientes i allegados, convocaban al entierro a todas
las comunidades 'iclijíosas, hacían acompañar el cadáver
con muchas miisicas i cantores, i gastaban profusamente
en el alumbrado. El presidente de Chile, don Ambrosio
O'Híggins, irritado contra este lujo indiscreto, dictó en 23
de setiembre de 1793 un bando que es sin duda uno de los
documentos mas curiosos i característicos de la época del
coloniaje. Como este documento no ha sido publicado nun-
ca, nos permitiremos insertarlo íntegro. Helo aquí:
"Don Ambrosio O'Híggins Vallcnar, Mariscal de Cam-
po de los reales ejércitos de su majestad, presidente, gober-
nador i capitán jeneral de este reino de Chile, etc. — Por
cuanto ^-arias personas celosas i desinteresadas me han
instruido que de tiempo a esta parte, olvidada en esta ca-
pital la saludable moderación de lutos i pompas fúnebres
que prescribían las leyes i cédulas de su majestad, se han
cometido últimamente excesos reparables en algunos de
los últimos entierros i honras hechas en varias iglesias,
haciéndose acompañamientos, músicas i túmulos suntuo-
sos, dispensas tan grandes como inútiles i vituperables con
daño de los sucesores lejítimos i sentimiento de las perso-
nas juiciosas i verdadera i sólida piedad, que penetrados
de este desorden me han representado al mismo tiempo la
EL ENTIERRO DE LOS MUERTOS 237
necesidad de hacer renacer los antiguos reglamentos i aña-
dir las providencias convenientes a reprimir i cortar los
arbitrios que la vanidad o la ternura mal entendida han
inventado para frustrar el cumplimiento de las leyes i eva-
dir las penas en que por su infracción incurrian. I a fin de
evitar la continuación de este daño, ordeno i mando:
''Primeramente que todo cadáver antes de sacarse de la
casa no tenga en ella mas de seis hachas i cuatro velas;
que así deberá permanecer en la casa o iglesia por el tiem-
po de veinticuatro horas sin que por motivo alguno se le
sepulte antes.
"Que con las mismas seis hachas i cuatro velas se lleve
el cuerpo a la iglesia i no mas en caso alguno; que no se
ponga absolutamente en la casa del duelo cortina ni tapiz
negro, ni mas señal de luto que el estrado i una cortina ne-
gra de bayeta en el cuarto de la viuda, i uno i otro se qui-
te pasado el dia de las honras; que no se altere cosa algu-
na en el resto de la casa, quitando o^cubriendo adornos
i colgaduras para evitar los perjuicios que resultan de esas
demostraciones inútiles, exajeradas i ajenas de la resigna-
ción cristiana.
"Que no se forme duelo ni concurso en la misma habita-
•cion donde se coloque el cadáver por lo nocivo que es a la
salud de los que asisten i doloroso a los parientes, sin que
-sea esto sufrajio a los difuntos.
"Que los ataúdes no se forren en telas de seda, sino en
bayeta u olandilla negra precisamente sin otro adorno que
una cinta del mismo color o morada, clavada con tachue-
las de fierro i no de otro metal; que no se pongan en las
calles ni lugares por donde pase el entierro posas ^, luces
ni paramentos, debiendo estar el cadáver en el féretro so-
bre el suelo o una tarima sin cubierta; i en caso de ser el
1 Dábase este nombre a cierta clase particular de dobles de las
<;arapanas por los difuntos; i también a los descansos que la co-
mitiva fúnebre solia hacer en ciertos sitios de su camino para can-
tar el responso.
288 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
cadáver de algún niño, sobre una mesa o a lo menos con
cuatro luces.
"Que en el dia del entierro ni el de las honras se vistan
de luto los bancos i paredes de las iglesias, no haya otro
paño negro que el que puede cubrir el pavimento que ocupe
el féretro o andas en que esté el cuerpo: que ningún criado
de cualquier clase vista luto por sus amos difuntos, i que
los que asistan al entierro llevando las velas que han de
acompañar el cuerpo hasta la iglesia lleven solo sus libreas-
o trajes ordinarios.
"Que los lutos por muerte de persona que esté en el pri-
mer grado de consanguinidad solo dure por seis meses.
"Que en los entierros de aquellos que aun no han salido
de la infancia i por quienes la iglesia celebra misa de ánje-
les, solo se pongan en la casa, mientras está el cuerpo en
ella, i en la iglesia hasta que se sepulte, cuatro hachas i
cuatro velas, i solo se forren sus ataúdes de tafetán i na
de otra tela: que el vestido de estos párvulos no pueda
ser jamas sino de la tela de tafetán, sin galón, encaje, bor-
dado o cinta.
"Que no se mantengan luces encendidas sobre los sepul-
cros por mas tiempo que el que precisamente demoren el
entierro i las honras.
"Que no haya mas música en una i otra función que la
propia de la iglesia en que se hagan, i que ésta sea de canto
llano i órgano bajo, so la pena de quince dias de prisión al
músico secular que concurriere.
"Que para que no se frustren estas benéficas disposicio-
nes sobre el niimero de luces a pretesto de encenderlas en
los nichos i santos i demias altares en que precisamente se
celebre misas por las almas de los difuntos en el dia de sus
entierros, no hayan ni se pongan mas quedos encada altar
en que se diga misa, i que concluido el santo sacrificio se
apaguen como se hace de ordinario.
"Que solo la comunidad relijiosa en cuya iglesia se ha-
yan de hacer los funerales vayan a la casa a traer el cuer-
po á la iglesia i hacer allí sus responsos i predicaciones de
EL ENTIERRO DE LOS MUERTOS 239
difuntos, pues los demás no necesitan para hacer sufrajio»
salir de sus claustros i distraerse de sus santas ocu pació
nes.
Últimamente que todos los artículos anteriores se guar*
den i observen inviolablemente, pena de mil pesos aplica-
dos a beneficio de los hospitales i de los que denunciaren
la mas pequeña contravención a su tenor, sin perjuicio de
su cuidado particular que encargo sobre todo a todos los
jueces, justicias i ministros de ellos para que cuiden de su
ejecución.— Don Ambrosio Higgins Vallenar.— Pe c/ro /o—
sé de ligarte.
"Doi fe la necesaria en derecho como el bando contenido
en las dos fojas anteriores fué publicado en los lugares pú-
blicos i acostumbrados de esta capital al son de caja i con
dos pregoneros en altas e intelljibles voces; i para que cons-
te lo pongo por dilijencia en Santiago de Chile a veinte i
tres de noviembre de mil setecientos noventa i tres.— Fran-
cisco Águila, escribano i receptor."
Las disposiciones de este bando, que, como se ve, regla-
mentaban los actos de la vida doméstica i privada de las
familias, e impedia a pretesto de evitar el lujo, la libre ma-
nifestación del sentimiento que causaba la muerte de un
deudo querido, siguieron rijiendo en Chile hasta después de
la independencia en materia de entierros i de duelos de las
personas ricas. La sepultación de los pobres se hacia de
una manera distinta, como pasamos a referirlo en segui-
da.
En los primeros dias de la conquista, i tan luego como
existió en Santiago un hospital bajo la advocación de san
Juan de Dios, los pobres de la ciudad i de las inmediacio-
nes eran sepultados gratuitamente en la iglesia de ese esta-
blecimiento. Esta misma costumbre se observaba en casi
todos los hospitales de América. Ya podrán suponerse los
inconvenientes que esta práctica ofrecia convirtiendo las
casas de sanidad en verdaderos focos de infección. Pero su-
cedia, ademas, que aun se mandaba enterrar en aquella lo-
calidad a personas acomodadas cuando sus parientes o here-
240 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
deros querían ahorrar el derecho de sepultura. Las quejas
de los curas contra esas prácticas llegaron ala corte; i Feli-
pe lY por cédula de 4 de setiembre de 1652 dispuso que en
las iglesias de los hospitales no se pudieran enterrar mas
que los cadáveres de los enfermos que muriesen en ellos, a
menos que se pagase previamente al párroco los derechos
respectivos. Esta misma disposición fué repetida por la
constitución lY, cap. 8*^ del sínodo del obispo Carrasco, i
por la constitución Y del tít. 18 del sínodo del obispo Al-
dai.
Estas disposiciones dejaban sin un higar de sepultura a
los cadáveres de los pobres, a quienes amparaba, por otra
parte, la lei mandando en repetidas ocasiones que fuesen
sepultados gratuitamente. La caridad pública vino a lle-
nar este vacío. Establecióse en Santiago una cofradía de
caridad bajo la advocación de San Antonio de Padua, i
con las erogaciones de los hermanos, a quienes se les seña-
laron en recompensa algunas gracias espirituales, se com-
pró un terreno a cuadra i media de la plaza principal, en la
antigua calle de la Nevería*, se construyó allí una modesta
capilla, i se estableció un Campo Santo o enterratorio en
un patio inmediato.
Ese fué por cerca de dos siglos el lugar de sepultura de
los indios i de los pobres. La lei eximia del pago de todo
derecho por sepultura; i el concilio limense de 1582, cele-
brado bajo la presidencia de Santo Toribio de Mogrovejo,
repitiendo otra disposición consignada en el concilio segun-
do celebrado en esa ciudad, habria confirmado por la cons-
titución XXXYIII del tít. II, la prohibición hecha a los
curas de cobrar emolumento alguno a esos infelices.
A pesar de todo, en Chile, como en las otras colonias es-
pañolas, hubo siempre párrocos infl.^xibles para cobrar de-
rechos que la lei prohibía percibir. Esplotando la creduli-
dad i la ignorancia de esas jentes, obligaban a los herede-
ros del difunto a gastar casi cuanto tenía para costear un
entierro suntuoso. Es preciso leer en el inf)rme secreto de
• don Jorje Juan i de don Antonio de Ulloa lo que se refiere
* Hoi Veintiuno de Majo.
EL ENTIERRO DE LOS MUERT( S 241
sobre este particular para formarse idea de los abusos a
que hablan dado lugar en el virreinato del Perú los entie-
rros de los indios. En Chile se repitieron también estas in-
fracciones de la lei. Por eso el sínodo del obispo Carrasco,
en la constitución XV del capítulo IV consigna el mandato
siguiente: "Por haber entendido que muchos curas contra-
vienen a lo mandado por el concilio limense i sinodal de es-
te obispado, i por las cédulas reales acerca de los entierros
de los indios, i no bastando las prohibiciones dichas para
que no se dejen arrastrar por la codicia con jente tan pobre
i miserable, mandamos a todos los curas debajo de precep-
to sub pecato tnortali, observen lo mandado por dicho con-
cilio i sinodal i cédulas reales puntualmente; i así no lleva.
rán derechos algunos por la sepultura, ni por sus entierros
ni por los ataúdes o andas en que ponen los cuerpos di-
funtos, ni por el doble de las campanas; ni les obligarán a
que se hagan posas, i harán los dichos entierros con la cruz
alta, de balde i sin dejar de llevarla." Queriendo unir el
ejemplo al precepto, el obispo Carrasco asistia frecuente-
mente con sus canónigos a los entierros gratuitos de los po-
bres, que tenian lugar en el Campo Santo de la caridad,
por lo cual da las gracias al sínodo de 1688 en la constitu-
ción IV del capítulo VIL El sínodo del obispo Aldai repite
la misma prescripción; pero debemos recordar que tanto
allí como en el sínodo anterior se advierte que esta exención
de derechos se refiere particularmente a los indios pobres
de los campos, porque cuando la familia del difunto poseia
algunos bienes, debia pagar un peso por el derecho de en-
tierro.
En la segunda mitad del siglo XVIII se estableció ade-
mas otro Campo Santo en Santiago. La sepultación de los
muertos en la iglesia de san Juan de Dios, aun limitándola
a los cadáveres de los enfermos que morianen ese estableci-
miento, la habían convertido en depósito de huesos huma-
nos en donde no era posible continuar los entierros. Com-
próse con este motivo un lote de terreno al sur de la ciudad;
i después de bendecirlo, se le convirtió er> cementerio del
TOMO X 16
242 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
hospital. Parece que allí también podían ser enterrados los
pobres que morian en ese barrio de la ciudad. Este cemen-
terio estaba situado en la calle actual de San Francisco,
poco mas al sur del canal de San Miguel.
No era raro que algunos militares que no tenían familia
en el lugar de su ressidencia, fuesen a medicinarse a los hos-
pitales i que muriesen en ellos. Suscitóse con este motivo
en varios lugares de América una cuestión con respecto al
lugar de su entierro, que como todas las dudas que nacían
de un punto cualquiera de administración, fué sometido al
fallo del rei. Carlos IV, por cédula de 17 de febrero de 1800
declaró que los militares que fallecieren en los hospitales,
fueran sepultados conforme a su última voluntad o por
disposición arbitraria de sus albaceas.
Estas prácticas, como hemos dicho, se conservaron en
nuestro pais hasta después de habernos emancipado de la
metrópoli. A fines del siglo XVIII una calamidad ocurri-
da en España vino a llamar la atención de las autoridades
i a hacer pensar seriamente en la necesidad de construir ce-
menterios fuera el recinto de las ciudades. En 1781 se desa-
rrolló en la villa de Pasajes, provincia de Guipúzcoa, una
espantosa epidemia semejante a otras que en años anterio-
res habian asolado diversos pueblos de la Península. Algu-
nos hombres ilustrados esplicaron la causa de estas desgra-
cias atribuyéndola a la perniciosa costumbre de enterrar
los cadáveres en las iglesias, convirtiendo a éstas en verda-
deros focos de infección. Carlos III que reinaba entonces, i
sus ministros i consejeros, que eran por fortuna bastante
adelantados a las preocupaciones de su siglo i de su pais, se
sintieron dispuestos a buscar el verdadero remedio al mal
que se les denunciaba. Pero la opinión vulgar oponía las
mas formidables dificultades a la construcción de cemente-
rios. Creíase jeneralmente que la sepultación de los cadá-
veres en otro lugar que no fuera la iglesia o un patio inme-
diato a ella, era una profanación inaceptable. Por otra
parte, las familias acomodadas, las personas que tenían tí-
tulos de nobíeza o que ocupaban una elevada posición so-
EL ENTIERRO DE LOS MUERTOS - 243
cial, no podían resignarse a que sus restos mortales fueran
enterrados al aire libre i a poca distancia de los plebeyos.
Fué necesario que el rei comenzara su obra por combatir
estas preocupaciones para ilustrar la opinión a este res-
pecto. Al efecto, pidió informe a los arzobispos i obispos i a
diversas corporaciones, e hizo publicar los dictámenes fa-
vorables al establecimiento de cementerios. Don Benito
Bails, matemático catalán que gozaba de gran reputación
en toda España, publicó una memoria, o colección de do-
cumentos con el título ''Pruebas de ser contrario a la prác-
tica de todas las naciones i ala disciplina eclesiástica, i per-
judicial a la salud de los vivos, enterrar los difuntos en las
iglesias i poblados". La real Academia de la Historia, des-
pués de oir el parecer de uno de los pensadores mas distin-
guidos de su siglo, don Gaspar Melchor de Jovellanos, dio
un informe en que después de discutir la cuestión bajo su
aspecto histórico, civil i relijioso, sostenia que la práctica
de sepultar los cadáveres en las iglesias, era contraria no
solo a la salubridad pública sino a las doctrinas relijiosas.
No bastó todo esto para desarmar las preocupaciones. En
1783, el rei hizo construir a sus espensas un cementerio en
el sitio real de San Ildefonso, i en 3 de abril de 1787 espidió
la real cédula que sigue: ''fie tenido a bien resolver i man-
dar, dice en ella, que se observen las disposiciones canóni-
cas, de que soi protector, para el restablecimiento de la
disciplina de la iglesia en el uso i construcción de cemente-
rios, según lo mandado en el ritual romano, i en la lei 11,
tít. XIII, Part. 1^, cuj^a regla i escepciones quiero se sigan
ahora, con la prevención de que las personas de virtud o
santidad, cuyos cadáveres podrán enterrarse en las igle-
sias, según la misma lei, hayan de ser aquellos por cuya
muerte deban lo ordinarios eclesiásticos formar procesos
de virtudes i milagros, o depositar sus cadáveres conforme
a las decisiones eclesiásticas, i que los que podrán sepultar-
se por haber escojido sepulturas, hayan de ser únicamente
los que ya las tengan propias al tiempo de espedirse esta cé-
dula." A pesar de esta terminante prescripción i de otras
244 ESTUDIOS HISTÓRTCO-BIBLIOGRÁFICOS
que se le siguieron, se puede decir que solo en 1805 se ini-
ciaron en España los trabajos de construcción de cemen-
terios.
Sin duda alguna, las mismas razones que habia en la
península para plantear esta reforma existian para llevar-
la a cabo en las apartadas colonias de América. Sin embar-
go, solo el 27 de marzo de 1789 Carlos VI espidió una real
cédula por la cual mandaba que los diocCvSanos i vice-pa-
tronos de Indias informasen a la mayor brevedad sobre el
establecimiento de cementerios en estos paises. El presiden-
te de Chile, que lo era a la sazón don Ambrosio O'Higgins,
desplegó con este motivo una grande actividad para reco-
jer todas las noticias que se le pedian,i para hacer levantar
planos i presupuestos para la construcción de capillas i de
cercados en los afueras de las ciudades, para dar sepultura
a los cadáveres. O'Higgins esperimentó entonces las mis-
mas dificultades que con ese motivo se hicieron sentir en
España i en toda la América. Las poblaciones ignorantes
oponian por todas partes una resistencia encarnizada a
esta innovación. El vulgo creia que el entierro de los cadá-
veres fuera de las iglesias perjudicaba esencialmente al al-
ma de los difuntos. A los obstáculos opuestos por la igno-
rancia i la superstición se agregaron otros que no pudo
vencer la decidida voluntad del presidente O'Higgins. El
tesoro públjco no' poseia los recursos indispensables para
ejecutar los nuevos trabajos. Así se comprenderá que ese
mandatario dictase el bando de 1793, que hemos copiado
mas atrás, para reglamentar los entierros que se hacian
en las iglesias, i que nada hablase allí de los proyectados
cementerios, que parecia imposible ejecutar.
Lo que pasó en Chile ocurrió igualmente en la otras pro-
vincias americanas. Las repetidas leyes dictadas por el rei
con el mismo objeto, quedaron sin cumplimiento por en-
tonces. El virrei del Perú, don José Fernando de Abascal,
venciendo todo jénero de obstáculos, abrió en 31 de mayo
de 1808 el cementerio jeneral de Lima, i contaba este acto
como uno de los mas gloriosos de su gobierno.
BL ENTIERRO DE LOS MUERTOS 245
Llegó por fin para nuestro país la revolución de la inde-
pendencia sin que se hubiera dado un solo paso efectivo i
eficaz por la realización de esta importante reforma. En
1810, los templos eran todavía en Chile el lugar de sepul-
tura de todos los que dejaban bienes con qué pagar esta
clase de entierro. Sin embargo, en esa época los hombres
mas adelantados por su instrucción i por su intelijencia, se
preocupaban con la idea de crear cementerios fuera de las
ciudades. He visto un papel escrito por don Bernardo O'Hi-
ggins en 1811, en que habia apuntado las indicaciones o
proyectos que como diputado por el partido de los Anjeles,
debia presentar al primer congreso nacional. Allí indicaba
la necesidad de crear cementerios fuera de las ciudades, co-
mo una medida indispensable para la salubridad pública.
■Se sabe que O'Higgins, que habia pasado algunos años de
su juventud en Inglaterra, trajo de este pais muchas ideas
de mejoras locales que mas tarde pudo plantear en Chile.
Tratóse este asunto en el congreso de 1811, i se formo
sobre él un grueso espediente en que se reunieron las reales
cédulas que habia dictado el gobierno de la metrópoli i los
informes dados por diversos funcionarios i corporaciones.
El del cabildo de Santiago, muí favorable a la reforma ini-
ciada, vino a poner término a las dudas i vacilaciones. Al
fin, el congreso dictó una leí sobre el particular, que, según
creemos, no ha sido publicada nunca, i que por esto mismo
vamos a insertarla íntegra. Hela aquí:
^'Santiago i octubre 18 de 1811.
''Visto éste tan injustamente retardado como importan-
te espediente, se declara que desde luego deben cumplirse
las reiteradas providencias que destierren la indecente i no-
civa costumbre de sepultar los cadáveres en las iglesias.
Que a este efecto se trate de construir un cementerio público
i común en la parte que designa el a^^untamiento, conci-
liando la comodidad de los concurrentes con la situación
del edificio; de modo que colocado éste a sotavento de la
246 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
ciudad alejen de ésta los vientos dominantes la infección
que no puede evitarse por medio de las precauciones cono-
cidas. Para designar la ubicación, para activar la obra,
para procurar arbitrios de realizarla, se encargarán tres
personas de celo i carácter, uno elejido por el congreso, i
será su actual presidente Excmo. señor don Joaquin La-
rrain; la otra por la autoridad ejecutiva i el procurador
eneral por el cabildo, a quien se comunicará esta resolución.
Como la falta de fondos ha sido la causa o pretesto para
la inejecución de una obra porque reclama el respeto debi-
do al santuario, la salud pública i el ejemplo de los paises
cultos, para ocurrir a este defecto, a mas de la dilijencias
de los comisionados, contribuirá una suscripción que em-
pezará por los individuos del cuerpo i cuya circulación se
encarga a la piedad i patriotismo del coronel don Pedro
Prado, don Joaquin Sotomajor, capitán don Lúeas Arria-
rán, don Antonio Sol Martoriel, reverendo padre ex-pro-
vincial, doctor Fr. Francisco Javier Guzman, R. P. Fr. Lo-
renzo Videla i conjuez don Francisco Pérez; quienes excita-
rán a la voluntaria contribución, no solo haciendo presente
los bienes que de ello han de resultar al común, sino fran-
queando las distinciones que aseguran a sus personas o sus
familias los que por alguna erogación se hacen acreedores
a perpetuar la consideración debida, i que las cenizas de
sus pariente reunidas en un lugar exciten la memoria de su
piedad, jeneralmente se estimula a todo ciudadano a pro-
poner cuanto le ocurra conducente a tan santo fin, que se-
rá un objeto del interesante conato del gobierno hasta verlo
practicado en la capital, i a su ejemplo en todo el reino,
circulándose a todas sus partes esta resolución que preci-
samente empezará a verificarse en esta ciudad el primero
de mayo del año próximo.— Joaquin Larrain^ presidente. —
Manuel Antonio Kecábárren^ vicepresidente.— Mazzne/ Sa-
las, diputado secretario".
El siguiente dia, 19 de octubre de 1811, tuvo lugar en
el seno del congreso la renovación quincenal de su directo-
rio. El nuevo presidente fué el Dr. don Juan Pablo Frétes,
EL ENTIERRO DE LOS MUERTOS 247
natural de Buenos Aires, pero canónigo de la catedral de
Santiago, i uno de los mas ardorosos promotores de la re-
volución. El mismo dia que tomó la presidencia del con-
greso, hizo circular un manifiesto escrito, según parece, por
don Manuel Salas, en que, esplicando el decreto anterior,
demostraba que la práctica de sepultar los cadáveres en el
recinto de los templos, nacida déla ignorancia de la supers'
ticion, era contraría no solo a la hijiene i a la salubridad
de las ciudades, sino también condenada por la primitiva
iglesia. Este manifiesto, sin embargo, fué impotente para
combatir la preocupación reinante en todos los pueblos de
oríjen español.
A pesar de los términos en que estaba concebida esta re-
solución i del término perentorio que allí se fijaba para la
apertura del cementerio de Santiago, pasaron todavía al-
gunos años antes que se llevara a efecto la reforma inicia-
da. Fué inútil que Camilo Henríquez insistiera en ese pensa-
miento en un artículo que publicó en el número 4 de la
Aurora de Chile; para señalar los perjuicios que ocasionaba
a la salud pública la sepultación en las iglesias. Los tras-
tornos consiguientes a la revolución, la necesidad de aten-
der preferentemente los negocios de la guerra, i hasta el
interés que tanto el gobierno revolucionario como el go-
bierno realista tenian de no enajenarse la voluntad del pue-
blo, consumando una innovación que el vulgo condenaba
tenazmente, fueron causa de que se aplazase hasta tiempos
mas tranquilos. En 1819, el director supremo don Bernar-
do O'Higgins, cuya voluntad enérjica no retrocedía ante
las dificultades que podian hallar las medidas de esta na-
turaleza, volvió a ocuparse en la cuestión de cementerios,
i esta vez para resolverla definitivamente.
Se sabe que por entonces la república estaba gobernada
por la constitución provisoria de 1818, según la cual el po-
der lejislativo residía en un senado compuesto de cinco vo-
cales que nombraba el director supremo. Por indicación de
éste, aquella corporación dictó la lei que copiamos en se-
guida: "En la ciudad de Santiago de Chile a veinteiseis dias
248 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
del mes de agosto de mil ochocientos diez i nueve años, ha-
llándose el Excmo. Senado en su sala de acuerdo, i en sesio-
nes estraordinarias, se volvió a discutirla ardua e interesan-
te empresa sobre formación de cementerios, que ya se habia
tocado en otras sesiones; i resolvió S. E. que, siendo indu-
dable la utilidad de este establecimiento mandado ejecutar
por el soberano congreso de Chile en presencia de los ante-
cedentes que fundamentaron la decisión, a la que precedió
el conocimiento de la cédula de 15 de mayo de mil ocho-
cientos cuatro, por la que se mandó la construcción de
cementerios en América, debia procederse a la mui pronta
ejecución de una obra que, si se encamina a consultar la
salud pública, tiene por objeto el mayor decoro i decencia
de los templos. No parece justo que la casa de oración en
que los fieles tributan al Ser Supremo la adoración i culto
que le es tan debido, i en la que dirijiendo sus votos a la
deidad, se emplean en sus alabanzas i en asistir a los sa-
grados sacrificios presenciando los actos mas respetables
de nuestra relijion santa, venga a ser el depósito de los ca-
dáveres i de la corrupción. La costumbre de sepultar en los
templos, que ha parecido piadosa, i que en realidad es la
mas degradante al catolicismo, debe cortarse cuando im-
periosamente lo exije el honor de la relijion, i lo pide la
necesidad de mirar por la salud pública. Ya se han tocado
mui de cerca los funestos resultados en la sepultación de las
iglesias que a las veces no se frecuenten por muchos católi-
cos, o por temer el castigo de una enfermedad epidémica,
o por no ser tolerable el terrible fetor que se difunde por
todo el templo. Estos antecedentes precisan a S. E. a de-
cretar el establecimiento de cementerios, ordenando que
para su formación se nombre por el Excmo. señor supremo
Director una comisión que haya de tratar de lo material
i formal de una obra tan proficua i ventajosa al pais, de-
clarando que ésta deba entenderse con el Excmo. Senado
para acordar los arbitrios de que deba echarse mano para
la consecución del fin propuesto, i su conservación, pre-
sentándole los mejores planos demostrativos de la forma
EL ENTIERRO DE LOS MUERTOS 249
de la obra i orden que debe guardarse eu ella; i para el cum-
plimiento de esta disposición i la comunicación de los res-
pectivos diocesanos, mandó S. E. se remitiera copia de este
acuerdo al Excmo. señor supremo Director, firmando los
señores con el infrascrito secretario.— Pére^. — Alcaide. — Ro-
zas.— Cienfaegos. — Fontesilía.—Villarreal, secretario."
En virtud de esta lei, el Director O'Higgins nombró una
comisión compuesta del presbítero doctor don Alejo Eiza-
guirre, don Manuel Salas, don Juan José Goicolea i don
Manuel Joaquín de Valdivieso, con encargo de hacer todos
los trabajos necesarios para la próxima apertura del ce-
menterio de Santiago.
Una circunstancia inesperada vino en esos momentos a
estimular a los gobernantes de Chile a realizar esa obra.
Según las leyes vijentes, en los enterratorios que hasta en-
tonces existian no podian ser sepultados mas que los cató-
licos, que, como se sabe, eran los únicos individuos que
podian residir en las colonias del reí de España. Pero, desde
los primeros dias de la independencia hablan llegado a
Chile algunos comerciantes o militares estranjeros que el
gobierno habia recibido con gran favor. No habiendo en el
pais un lugar destinado a la sepultura de los protestantes,
los cadáveres de éstos eran enterrados en los campos, i
ordinariamente en los cerros vecinos a las poblaciones. Re-
feríase entonces que algunos comerciantes ingleses hablan
preferido sepultar los cadáveres de sus hijos dentro del
recinto de sus propias casas para no esponerlos a la profa-
nación de un entierro en campo abierto. Sabíase, en efecto,
que en Valparaíso habia sido desenterrado el cadáver de
un protestante, i arrojado a la playa con inhumana bar-
barie. En 1819, el progreso jeneral de las ideas de toleran-
cia relijiosa, i mas que todo, el carácter progresista e ilus-
trado del director supremo, infundieron confianza a los
residentes estranjeros, i los alentaron a hacer una solicitud
para reclamar el derecho de cementerio. Con fecha 30 de
noviembre de 1819, cuarenta i ocho estranjeros protestan-
tes, en su mayor parte ingleses, se dirijieron al gobierno
250 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
representando el derecho que tenían al respecto de sus
creencias, i pidiendo que se les concediese permiso para
comprar en las inmediaciones de Santiago i de Yalparaiso,
un terreno a propósito para enterrar a los muertos se-
gún sus ritos relijiosos. El director supremo no vaciló en
acceder a esta solicitud; i con fecha de 14 de diciembre de
ese mismo año espidió el decreto que sigue: ''Es mui justo
que los estranjeros residentes en Chile hagan las funciones
funerales de sus difuntos según los ritos de sus creencias.
Estos actos en nada contrarian los de nuestra relijion ca-
tólica. Ellos se han conducido hasta el día con la mejor po-
lítica, sin mezclarse directa ni indirectamente en materias
de creencia. En su virtud, se concede a los suplicantes la
licencia que piden para comprar en esta ciudad i en la de
Valparaíso un terreno a propósito destinado a hacer en él
sus ritos fúnebres.— Insértese lo actual en la Gaceta minis-
terial.—O'Higgins. —&Aeverr/a."
Favorecidos por esta autorización, los protestantes es-
blecidos en Valparaíso, compraron en ima de las colinas
vecinas al puerto, una porción de terreno para sepultación
de los cadáveres de sus correlijionarios. Construyeron allí
un cementerio modesto, pero aseado i bien ventilado que
comenzó desde luego a prestar sus servicios. Ese ce mente-
rio era un padrón de vergüenza para los católicos residen-
tes en Valparaíso que seguían respetando la absurda i per-
niciosa costumbre de sepultar los cadáveres dentro de las
iglesias. El director O'Híggins, irritado con aquella prueba
de ignorancia i de superstición, mandó con fecha 6 de
setiembre de 1821 que el cabildo de esa ciudad comprase
un sitio para construir un cementerio digno de un pueblo
culto.
Mientras tanto, la comisión nombrada por O'Híggins
para fundar el cementerio en Santiago, tenia que luchar
con las dificultades de todo jéneroque les oponían las preo-
cupaciones i la superstición. A fines de 1821 estaba adqui-
rido el terreno, cercado de paredes i dispuesto todo para
servir a la sepultación de los cadáveres; pero el mayor nú-
BL ENTIERRO DE LOS MUERTOS 251
mero de los hombres de fortuna i de posición se resistían
aun a aceptar esta reforma. Decían í repetían en todas par-
tes que sí aquel local podía ser útil para los pobres, ellos
respetarían las prácticas tradicionales, pidiendo í obte-
niendo al efecto permiso para enterrar a sus deudos en las
iglesias, aunque les fuese forzoso pagar derechos mucho
mayores. En ese momento dictó O'Higgins un decreto que
revela cuan firme era la resolución que tenía de estírpar
para siempre aquella perniciosa costumbre. Helo aquí:
"Deseando que en tiempo alguno se haga ilusorio el be-
néfico establecimiento del Panteón jeneral, cuya apertura
será ya muí en breve, í que en todas las corporaciones í
gremios de la república se logre este objeto diríjido al ma-
yor culto i decoro de la Deidad, sin perderse de vista la sa-
lud i la conservación de la humanidad; se declara que per-
sona alguna, sea de la calidad, carácter o representación
que fuese, podrá eximirse de sepultarse en el Panteón. En
consecuencia, los que lo solicitaren incurrirán en la multa
de quinientos pesos aplicados para los fondos del mismo
Panteón; cuya pena se ejecutará por el juez o autoridad
ante quien se pidiera la gracia, el cual no podrá dictar otra
providencia que la de ejecución de la multa espresada. In-
sértese en la Gaceta ministerial. Palacio directoríal de San-
tiago de Chile, noviembre 22 de mil ochocientos veintiuno.
—O'Higgins.— Echeverría.''
Esta disposición se cumplió con toda exactitud. El ce-
menterio de Santiago se inauguró definitivamente el 10 de
Diciembre 1821; i desde el primer dia recibió los cadáveres
de todas las personas que morian en la ciudad. Nadie se
atrevió a pedir exención de la lei jeneral, porque todo el
mundo comprendía perfectamente que no solo no obtendría
lo que se solicitaba, sino que el solo hecho de dirijir una pe-
tición en este sentido seria castigado con una fuerte multa.
Pero la ignorancia i la superstición no se dieron por venci-
dos. La creación del cementerio acarreó a O'Higgins mas
enemigos que las medidas mas represivas de su gobierno. En
las tertulias i en los corríllos se hablaba contra esta insti-
252 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
tucion con un obstinado encarnizamiento. Inventáronse
mil patrañas para desprestijiarla i para anularla. Díjose
que el importe de un entierro se habia doblado o cuadru-
plicado después de la creación del cementerio. Contábase
que este establecimiento era invadido frecuentemente, de
dia i de noche, por perros hambrientos que desenterraban
los cadáveres para hartarse de carne humana. Estos i mu-
chos otros rumores análogos que se liacian circular arti-
ficiosamente, carecian de todo fundamento; pero el primer
protector del cementerio, el célebre patriota don Francis-
co Antonio Pérez García, se vio forzado a publicar en
20 de marzo de 1822 un estenso manifiesto para desmen-
tir esas imputaciones. A pesar de esto, sin la actitud re-
suelta i decidida del director O'Higgins, el cementerio de
Santiago habria tenido que desaparecer a los pocos meses
de abierto.
Antes de dos años, la opinión comenzó a modificarse. El
público pudo ver que las iglesias no eran ya el foco de pes-
tilencia i de contajio que comprometia la salud de los que
las frecuentaban. El gobierno del jeneral Freiré pudo ade-
lantar la ejecución completa de la reforma iniciada por
O'Higgins, sin hallar las resistencias que éste habia tenido
que vencer. El 21 de julio de 1823 el director Freiré i su
ministro de gobierno don Mariano Egaña, dictaban un
decreto según el cual, desde el primero de noviembre si-
guiente, no podría sepultarse cadáver alguno en los tem-
plos o en otro lugar cualquiera dentro de las poblacio-
nes. 'Xos párrocos, prelados, ecónomos, o encargados
del templo o lugar en que, contra la prevención del artícu-
lo anterior, se sepultaren cadáveres, dice ese decreto, son
responsables i serán suspensos de sus destinos." Mandá-
base igualmente ahí que en toda la ciudad o villa se funda^
ra un cementerio fuera del recinto de la población; i en
efecto, pocos meses después comenzó a plantearse esta re-
forma en casi todos los pueblos de la república.
Las disposiciones dictadas por esos primeros gobiernos
han sido modificadas o reglamentadas en sus detalles por
EL ENTIERRO DE LOS MUERTOS 253
decretos posteriores; pero la esencia de ellas se conserva i
se respeta todavía puntualmente. Solo dos escepciones se
han hecho al decreto supremo del director O'Higgins, i esos
tienen su oríjen en dos mandatos emanados del rei de Es-
paña. Por real orden del 6 de octubre de 1806, Carlos IV
habia dispuesto que a pesar del establecimiento de cemen-
terios, los obispos faesen enterrados en las iglesias. Por
otra cédula de 19 de abril de 1818, Fernando VII mandó
que todos los cadáveres de las relijiosas profesas de los
conventos, recibieran sepultura eclesiástica dentro de su
misma clausura. Así, pues, estas dos escepciones tienen su
oríjen en dos leyes españolas.
Al reunir en este artículo las disposiciones legales que en
Chile reglamentaron durante cerca de tres siglos la sepul-
tación de los cadáveres, i al agrupar algunas noticias acer-
ca de las viejas costumbres sobre entierros i funerales, no
hemos pretentido haber agotado la materia, sino solo dar
a conocer algunos hechos curiosos i facilitar el trabajo de
los futuros historiadores de nuestras instituciones sociales.
Al hacer esto creemos también haber salvado del olvido i
quizá de su completa destrucción, ciertos documentos que
habíamos podido descubrir en nuestras investigaciones his-
tóricas.
HISTORIADORES DE CHILE
VIII.
EL JESUÍTA MIGUEL DE OLIVARES I SU OBRA
HISTORIA DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS EN ChILE *
Los escritos del padre jesuíta Miguel de Olivares me-
recian de justicia un lugar en la Colección de historiadores
de Chile. Desús manos salieron dos obras diferentes, la cró-
nica de la Compañía de Jesús en Chile, que ahora damos a
luz, i una historia civil de estepais, de la cual no conocemos
mas que la primera parte que en 1864 publicamos en el
tomo lY de esta misma colección. Dos historiadores poste-
teriores, los ex-jesuitas Molina i Vidaurre, prodigan los
mayores elojios a los escritos del padre Olivares, conside-
rándolos fuente copiosa de noticias históricas estudiadas
con criterio i espuestas con buen método.
Sin embargo, ni ellos que fueron sus contemporáneos, ni
ningún otro escritor que conozcamos, nos han dado noti-
* Se publicó como Introducción al 7° tomo déla Colección de
Historiadores de Chile i se insertó en Sud América (Santiago,
1874), t. II. pjs. 801 817. Aparte de esta introducción biográfica,
la crónica del padre Olivares fué en su testo, como dijimos en la
Advertencia preliminar, completada por el señor Barros Arana,
con numerosas notas críticas e históricas.
Nota del compilador.
TOMO X 17
258 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOQRÁPICOS
r ■
cía alguna de la vida del padre Olivares. Los jesuitas Bac-
ker, autores del mas copioso catálogo de escritores de la
Compañía qne exista hastaahora, no lo mencionan siquiera,
sin duda porque las obras del escritor chileno les eran des-
conocidas a causa de que permanecian inéditas cuando ellos
compusieron i publicaron su Bibliothéqae des écrivaians de
la Compagnie dejésus^ . Pata reunir aquí unos cuantos
datos biográficos de Olivares, estamos reducidos a tomar-
los en una sola fuente, sus propios escritos, en donde se ha-
llan repartidas ciertas indicaciones concernientes a su vida.
El padre Miguel de Olivares era natural de Chile, como
él mismo dice en la portada de uno de sus libros. Nació en
Chillan, según se desprende de un pasaje de su propia his-
toria en que llama su patria a esa ciudad - . Para señalar
la fecha de su nacimiento estamos reducidos a hacer con-
jeturas basándonos en las indicaciones que se hallan en
sus escritos, i según los cuales el padre Olivares ofrece uno
de los mas raros ejemplos de lonjevidad. Según se ve por
los hechos que espondremos mas adelante, ha debido nacer
antes del año de 1675.
Parece que los padres de Olivares eran españoles de na-
cimiento, i que esta circunstancia ha dado oríjen a que un
historiador que pudo conocerlo personalmente, don [osé
Pérez Garcí/i,lo haya considerado español. Es de presumir-
se que él mismo pasara a España en su niñez, i que allí
1. Conozco solo la primera edición de esta obra publicada en
Lieja en 7 gruesos volumeneí^ en 4°, entre los años de 1853 i 1861.
Posteriormente, los mismos autores emprendieron la publicación
de una segunda edición, de que se han dado a luz dos volúmenes
en folio. La muerte del padre Agustín de Backer, el mas ardoroso
de los dos autores de esta vasta compilación bibliográfica, ocurri-
da el 1° de diciembre de 1873, no impedirá que se termine esta
edición. — Nota del autor.
Efectivamente esa edición se terminó en Bruselas (1893) por el
padre Soramervogel, de la misma orden. — Nota del Compilador.
2 Olivares, Historia civil del reino de Chile, páj. 255. Me limi-
taré a citar las pajinas de los escritos de Olivares, refiriéndome a
la única edición que se ha hecho de ellos en la presente colección.
MIGUEL DH OLIVARES 259
entrase en la Compañía de Jesús, porque en un pasaje de
su historia dice que puede ser testigo de que el gobernador
de Chile donjuán Henríquez está sepultado en una capilla
del colejio imperial de los jesuitas de Madrid ^ ; i los ante-
cedentes biográficos que hemos recojido nos h?ícen creer
que su viaje a la metrópoli tuvo lugar antes de 1700.
Sea de ello lo que se quiera, el hecho cierto es que en
1700 Olivares era ya sacerdote i misionero; i que ese año
corrió las misiones que sallan cada año del colejio de Bu-
calemu para predicar i confesar en el vasto territorio com-
prendido entre los rios Maipo, por el norte, i Maule, por el
sur 4 . El año de 1701, el padre Olivares, siempre en carác-
ter de misionero, recorrió el territorio de Quillota, Polpai-
co, Tiltil, Limache, Purutun, la Ligua, Catapilco, Longo-
toma i Puchuncaví. Al salir de esta misión, después de
pascua, corrió la de Valparaíso, donde afluia mucha jente
no solo de los habitantes de este puerto, sino de los co-
merciantes que acudian allí por sus negocios ^ .
Estas ocupaciones de misionero obligaban al padre Oli-
vares a recorrer el territorio chileno; i su residencia en las
casas que mantenían los jesuitas iba a permitirle estudiar
los archivos de cada una de ellas, recr.jiendo así apuntes
para sus futuros trabajos históricos. Destinado por sus su-
periores a la lejana misión de Naliuelhuapi, Olivares hizo el
penoso viaje al través de las cordilleras que están enfrente
de Chiloé. Al indicar este hecho referente a su vida, el his-
toriador chileno se ha limitado a decir que hizo una vez
esta travesía pasando cerca del volcan Anón, donde "se tie-
ne observado que cuando pasaba alguno por aquellacordi-
llera a vista del cerro, despedía de sí tal frag(3r como un
trueno mui recio. Yo pasé una vez, agrega, i confieso que
tronó dos veces." ^ Parece que el padre Olivares residió en
3 Olivares, Historia de los jesuitas de Chile, páj. 157.
4. id. id. páj. 248.
5. id. id. pájs. 457 i 461.
6. id. Historia de los jesuitas de Chile, páj; 508. Los es-
ploradores posteriores le han dado el nombre de Tronador. Parece
260 ESTUDIOS HlSTÓRICO-BIBLTOGEfÁFICOS
Nahuelhtiapi por los años de 1706 i 1707; pero se sabe de
cierto que allí conoció a los padres Felipe van der Meren,
cuyo apellido flamenco fué traducido al castellano, llamán-
dolo de la Laguna, i Juan José Guillelmo, de quienes supo
las importantes noticias que acerca de esa rejion i de los
trabajos de los misioneros, ha consignado en su libro ^. En
ese lugar concibió también la idea de escribir la vida del
padre Nicolás Mascardi, como lo promete en dos lugares
de su libro, pero que al fin no esciibió; o si lo hizo, su obra
no ha llegado hasta nosotros ^. Tratando allí de probar
que el padre Felipe murió envenenado por un cacique indí-
jena en cuya casa se le habia dado hospitalidad, refiere que
a otro padre que pasó por ahí i se hospedó en la misma ca-
sa, le dieron los indios una bifbida que lo tuvo alas puertas
de la muerte. Es probable que Olivares hable aquí de sí
mismo, i que por modestia no ha^^a querido nombrar-
se 9.
Estinguida poco mas tarde la misión de Nahuelhuapi, el
padre Olivares quedó en Chiloé. Él mismo dice que estuvo
en Calbuco, donde los padres tenian una casa en que vivia
el cura i^, i en la ciudad de Castro; pero en vez de indicar la
fecha, se limita a indicar ^^ que cuando él vivió en esas is-
las no habia aun convento de San Francisco. Solo por infe-
rencias puede decirse que Olivares estuvo allí entre lósanos
que los ruidos a los cuales daba el padre Olivares una causa miste-
riosa, son producidos simplemente por el desprendimiento de nieves
de las cimas de ese cerro o de otros vecinos.
7. Olivares, Historia de los jesuítas, páj. 503.
8. Véanse sobre este punto, las notas que hemos puesto en la
páj. 391 de este libro.
9. Olivares, Historia de ios jesuítas, páj. 521.
10. Olivares, id , id., páj. 391.
11. Id. id., páj. 364. Esta afirmación de Olivares está en
contradicción con la Descripción Iiístorí¿iI de Chiloé, en cuyo trat.
II, cap. I, su autor, el franciscano Fr. Pedro de González Agüero,
se empeña en probar con algunas autoridades, que los relijiosos
de su orden fueron los primeros que tuvieron convento en Chiloé.
Véanse las pajinas 146 i 147 de este último libro.
MiaUHL DB OLIVARES 261
de 1712 i 1720. Ocupóse después en otras misiones, en las
que tenían los jesuítas en la frontera sur del territorio
araucano, i particularmente en las de Boroa i Tolten el ba-
jo, de las cuales refiere algunos incidentes de escaso o de nin-
gún ínteres para su biografía ^2^ gl mas importante de ellos
es el haber sosegado en la misión de Boroa un alboroto de
indios que buscaban al capitán de amigos con dañadas in-
tenciones, pero que Olivares, según refiere, salvó llevándolo
a vivir a la casa de los misioneros i apaciguando a los in-
díos^'*^. En otra ocasión, añade en seguida, pudo evitar
otro alboroto por haberle dado aviso anticipado uno de
los caciques. Fué en esta época sin duda cuando visitó las
ruinas de Yillarrica, el hermoso lago de donde nace el rio
Tolten, i todos los campos inmediatos, a cuja descripción
ha destinado una de las pajinas mas noticiosas de su histo-
ria civil 1*.
El padre Olivares no tenía residencia fija en ninguno de
estos lugares, o mas bien dicho, permanecía en cada uno
de ellos cierto período dé tiempo, mientras desempeñaba el
cargo de misionero que le confiaban ^us superiores. En
1722 se hallaba en Santiago, donde oyó el rumor del alza-
miento que preparaban los indios araucanos i que en efecto
tuvo lugar el año siguiente ^^. Habiendo podido imponer-
se de lo que escribieron los padres jesuítas a su superior,
que residía en Santiago, acerca de lo ocurrido en cada mi-
sión. Olivares ha llegado a referir ese alzamiento con cir-
cunstancias i pormenores que no se encuentran en otras
relaciones ^^.
No es imposible que poco mas tarde estuviera en las pro-
vincias de Cuyo. Nos inclinamos a creerlo por la noticiosa
descripción que hacía en 1763 de Mendoza i sus campos ^^ i
12. Olivares, Historia de los jesuitas, pájs. 477 i 479.
13. Id. id., páj. 495.
14. Historia civil, páj. 137.
15. Historia de los jesuitas, páj. 534.
• 16. Id. id., cap. XVII, § f X i IX.
17. Id. id. páj. 132.
262 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
del distrito de San Juan ^^ i por un pasaje en que dice que
le constan los trabajos porque pasaron dos padres jesuítas
que habia en San Juan durante una epidemia de viruelas
que hubo allí en setiembre, octubre i noviembre de 1729 i^.
Consta, sí, de una manera segura, que en 1730 estaba en
Concepción, i que allí fué testigo del espantoso terremoto
que destruyó esta ciudad el 2 de julio de ese año ^o.
En estos viajes i trabajos, el padre Olivares habia reco-
rrido la mayor parte de Chile; i como ya lo hemos dicho»
aprovechó la circunstancia de visitar las diversas casas de
residencia de los jesuítas para estudiar los archivos de la
Compañía i recojer en ellos copiosas notas para escribir su
historia. En 1736, hallándose en Santiago, emprendió la
redacción de su obra, a que consagró según se deja ver en
ella dos años completos. Poco habituado todavía a este
jénero de trabajo, el padre Olivares escribia con embarazo
i sin el pensamiento de dar a luz sus escritos. Oueria solo
reunir noticias importantes o curiosas que parecian desti-
nadas a perderse, para que pudieran aprovecharlas los his-
toriadores futuros. "Ignoraba entonces que otro jesuíta mu-
cho mas esperimentado como escritor, el padre Pedro Loza-
no, componía en esa misma época una historia de la provin-
cia de Tucuman i Paraguai de la Compañía de Jesús, en que
hacia entrar la crónica de los jesuítas de Chile, mientras
estuvieron sometidos al mismo provincial que los que resi-
dían al otro lado de los Andes ^i. Sin esta circunstancia,
Olivares no habría talvez acometido su empresa, i no ten-
18. Historia de los jesuítas, páj. 447,
19. Id. id. id. páj. 449.
20. Olivares, Historia civil, páj. 10 i 33.
21. 1.a obra del padre Lozano titulada Historia de la Compás
nía de [esas de la provincia del Paraguai faé impresa en Madrid en
1754 i 1755, en dos volúmenes en folio. Solo alcanza hasta 1614;
pero en esa parte es mucho mas noticiosa que la crónica de Oliva-
res. Mas adelante diremos algunas palabras sobre esta obra im-
portante al hacer un líjero análisis déla historia del jesuíta chi*
leño.
MIGUEL DE OLIVARES 263
dríamos hoi la Breve noticia de la provincia de la Compa-
ñía de ¡esas de Chile que ahora damos a luz.
Terminado este trabajo, el padre Olivares volvió a sus
tareas de misionero, comenzando, según parece, por la pro-
. vincia de Cuyo, donde se hallaba por los años de 1740 o
1741 22. Poco tiempo mas tarde regresó a Chile, i desde el
año de 1744 hasta el año de 1758 sirvió en las misiones de
la Araucanía, llegando a conocer perfectamente el idioma
de los indíjenas ^3. Bn este período de 14 años, el padre mi-
sionero recorrió en diversas ocasiones casi todo el pais ocu
pado por esos indómitos salvajes. Visitó varias veces los
terrenos vecinos a la arruinada ciudad de la Imperial ^^;
trasmontó en muchas ocasiones la famosa cuesta de Villa-
gran 25j sirvió algunos años en la misión de Tucapel vie-
jo 26j i pudo estudiar i conocer las costumbres de los indí-
jenas, sus poesías i sus discursos en las juntas solemnes a
que eran convocados 27. En esta época también residió una
temporada en la plaza de Valdivia i sus alrededores, en
donde se hallaba en 1755, según lo dice él mismo al referir
que en escaño dio sepultura a cuatro indios inhumanamen-
te sacrificados. Ahí mismo vio los famosos lavaderos de
oro de cuya riqueza da una noticia indudablemente exaje-
rada 2«.
Hemos dicho que el padre Olivares no pensaba dar pu-
blicidad a su historia de los jesuítas en Chile. Sin embargo,
su manuscrito fué conocido por algunos otros jesuitas; i és-
tos lo estimularon a queemprendieraun trabajo mas vasto
todavía. Parece que en esta determinación influyó el padre
Ijj^nacio García, muí famoso entonces i después por su asce-
tismo i por los milagros singulares que le atribuyeron sus
22,
Historia
civil, páj. 73.
23.
Id.
id. páj. 8.
24.
Id.
id. pájs. 127Í128.
25.
Id.
id. páj. 160.
26.
Id.
id. páj. 76.
27.
Id.
id, pájs. 41, 42, 43 i 44.
28.
Id.
id. páj. 46.
264 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
contemporáneos; i aunque sus superiores indujeron al padre
Olivares a escribir una historia completa de Chile. En 1758,
hallándose en Chillan dio principio a su trabajo, o a lo me-
nos entonces escribía el capítulo III del libro I 29; pero con-
tinuó su obra en Santiago 3^, i por último, teniéndola ya
mui adelantada, la hacia copiar en Concepción el año 1767,
cuando llegó a Chile la pragmática de Carlos III, que dis*
ponia el estrañamiento de todos sus dominios de los indi-
viduos de la Compañía de Jesús.
El padre Olivares contaba entonces mas de noventa
i dos años. Sin embargo, fué embarcado como los demás
jesuítas, i remitido al Perú, de donde debia salir para Es-
paña. Durante la residencia de dos meses (de 12 de marzo
a 3 de mayo de 1768) que los jesuítas tuvieron que hacer
en Lima, Olivares fué despojado de sus manuscritos por
orden del virrei don Manuel de Amat i Juníent. El asesor
de éste, don José Perfecto Salas, que había vivido largos
años en Chile, í que profesaba particular cariño a este país,
recojió la segunda parte de la Historia militar^ civil i sa-
grada de lo acaecido en la conquista i paciñcacion del
reino de Chile. Se sabe que los jesuitas espulsos de Chile,
salieron del Callao el 7 de mayo, i desembarcaron en Cádiz
el 7 de diciembre de 1768, para ser trasportados poco
tiempo después a Italia. Olivares fué a establecerse, como
muchos de sus compañeros, en la ciudad de Imola, en los
estados pontificios.
Sus antecedentes de misionero entre los indios de Chile
durante tantos años, su edad avanzada, el prestijio de sus
trabajos históricos, i quizas las prendas de su carácter,
eran causa de que los otros espatriados de este país ro-
dearan al padre Olivares con su respeto. Algunos de ellos
quisieron consagrar el ocio forzado que les imponía el des-
tierro a dar a conocer en Europa la historia natural i civil
29. Historia Civil páj. 20.
30. Id. id. páj. 80. En 1761 escribía Olivares el capí-
tulo XV del libro II. Véase páj. 138.
MIGUEL DE OLIVARES 265
de su patria, pero les faltaban los datos para tal empresa.
De los manuscritos de Olivares solo poseían la primera
parte de la historia civil, que comprendía desde la conquis-
ta hasta 1665; i a ella acudieron como a una fuente segura
de informaciones; pero, por mas dilijencias que hicieron,
no alcanzaron a procurarse una copia de la segunda parte,
que había quedado en el Perú.
Es preciso leer las líneas en que esos historiadores
lamentan no tener a la mano el manuscrito de Olivares
para que se vea cuan grande es la estimación que de él
hacían. El abate don Juan Ignacio Molina, que publicaba
su Historia natural civil de Chile en los años de 1782 i
1787, se espresa en los términos siguientes:
*'E1 primer tomo manuscrito de la Historia de Chile del
señor abate Olivares, que tengo en mi poder, i otras rela-
ciones impresas, me proveían los materiales necesarios
para conducir mí obra hasta el año de 1655. El segundo
tomo del dicho autor, que debía suministrarme el resto
hasta nuestros tiempos, se hallaba en el Perú, pero me li-
sonjeaba poderlo tener dentro del mismo año. Esta espe-
ranza quedó enteramente desvanecida. El volumen tan
deseado aun no ha venido a mis manos; de suerte que me
he visto obligado a procurar por otra parte las noticias
que pensaba sacar de él, las cuales por este motivo no
deben ser de tanta importancia" ^i. En otra parte, ha-
blando de esta misma obra, dice: *'Se puede llamar perfecta
en este jénero la historia del abate Olivares según la crítica
i exactitud con que ha sabido presentar los hechos mas
importantes de la guerra casi continua entre los españoles
i los araucanos" "^2. El abate don Felipe Gómez de Vi-
daurre, que en 1789 terminaba la revisión de una historia
natural i civil de Chile, que hasta ahora permanece inédita
es menos entusiasta que Molina al hacer el elojio de la
obra de Olivares, pero no vacila en considerarla la mejor
31. Molina, Historia Civil de Chih^ prólogo.
32. Molina, Historia natural de Chihy prólogo.
2Q6 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGKÁFiCOS
que se haya escrito sobre la historia de nuestro pais •'^^.
Estas alabanzas decidieron al fin a Olivares a hacer al-
gunas dihjencias para obtener su manuscrito perdido.
Desde los últimos años del reinado de Carlos ILI, se hacia
sentir en la corte española una reacción en favor de los je-
suitas, o a lo menos se habia calmado la irritación que
contra ellos existia poco antes. El ex-jesuita Yidaurre no
habia vacilado en ded'car el manuscrito de su historia a
don Antonio Porlier, ministro de gracia i justicia del sobe-
rano que decretó la espulsion de su orden. Bl abate Oliva-
res fué mas lejos todavía: en 178S, cuando ya debia estar
a las puertas de la muerte, hizo llegar a manos del rei, por
medio de su embajador en Roma, el manuscrito de la pri-
mera parte de su Historia civil, acompañando este obse-
quio con una solicitud con que espresaba que la segunda
parte de su obra, interceptada por el virrei del Perú, se en-
contraba, según sus informes, en poder de don José Per-
fecto Salas. Olivares terminaba su memorial declarando
que estaba dispuesto a dedicar lo que le quedaba de vi-
da i de vista acabar la segunda parte que estaba mui ade-
lantada, i a retocar todo lo que tenia escrito. Tales eran
sus deseos; pero como deseos de un hombre que contaba en
esa época mas de ciento tres años, no se vieron realiza-
dos. El ministro Porlier dio orden terminante al presidente
de Chile para que hiciera buscar los manuscritos de Oliva-
res i los 1 emitiese a España con toda puntualidad. El pre-
sidente don Ambrosio O'Higgins los halló en efecto en este
33, "La historia de CViile de don Miguel de Olivares, dice Yi-
daurre, mas que todas hubiera contribuido a dar a conocer este
país; pero se halla hoi comprendida en la catástrofe de los jesuítas.
En ella el autor hace ver, aunque mui lijeramente, la situación i
división natural del reino, muchas bellas producciones, aunque
sin especificar sus usos, i a lo que pueden aplicarst- : el carácter de
sus primeros habitantes, aunque no tan bien entendido, fuera de
otros no menos notables defectos que ciertamente anublan su
gloria. Pero ella es en fin la que hace mas conocer así el reino como
los habitantes de él." Historia jeogrñfíca, natitral i civil del reino
Je Chile, m. s., prólogo.
MIGUEL DE OLIVARES 267
pais, los hizo ordenar i completar por don José Pérez Gar-
cía, autor, como se sabe, de una estensa historia de Chile, i
ios remetió a la metrópoli en agosto de 1790 ^*. Es muí
probable que Olivares hubiese muerto ya cuando esos pa-
peles llegaron a Madrid. En ninguna parte hemos podi-
do hallar una indicación cualquiera que nos señale la época
de su fallecimiento.
De las dos obras que escribió el padre Olivares, fué la se-
gunda, la Historia militar, civil i sagrada del reino de Chi'
le la que mas recomendaciones mereció de sus contempo-
ráneos. Era una crónica que comprendia todos los sucesos
ocurridos en este pais desde los primeros años de la con-
quista hasta el año de 1766. De ella solo conocemos la pri-
mera parte, que fué la que el autor mandó de Italia a Car-
los III en 1788. Una copia de ella poseia en Sevilla el señor
don José María de /Vlava i Urbina, distinguido bibliógrafo
español que en 1852 se dignó obsequiarla al gobierno chi-
leno; i ella ha servido para salvar del olvido esa obra del
historiador chileno 35, \^^ segunda parte que, según presu-
mo, debia comer zar con los sucesos de 1655, i que fué remi-
tida a España en 1790 por el presidente de Chile don Am-
brosio O'Higgins, parece definitivamente perdida. Creo que
la última sección de esta segunda parte constaba solo de
apuntes mas o menos inconexos: i t^e sabe de positivo que
un fragmento considerable, compuesto de cuatro capítulos,
se estravió en Chile antes de ser remitido a la metrópoli ^^ .
«^i. Don Miguel Luis Araunátcgui ha publicado tres interesantes
documentos sobre este punto de la vida del padre Olivares en Los
precursores de la independencia de Chile, tomo I, cap. VI, § XYII.
35. Desgraciadamente, la copia obsequiada por el señor Álava
estaba incompleta, i la edición que se hizo en el tomo IV de la Co-
lección de historiadores chilenos ha tenido que ajustarse a ese ma-
nuscrito único. Para probarlo, bastará recordar que en el libro I
se pasa del capítulo IX al XIII; i esta no es la única falta de esta
especie. Creo también que esta parte debia terminar en 1654 i no
en 1639, como se ve en la copia a que nos referimos.
•^^. Nota del ()residente O'Higgins al ministro español don Anto-
nio Porlier del5 de airosto de 1790.
268 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
De todas modos, la parte que ha llegado hasta nosotros
de la obra del padre Olivares basta para suministrarnos
un juicio cabal de su mérito i para comprender que los elo-
jios que le prodigaron Molina i Yidaurre son sumamente
exajerados. Olivares escribía su historia civil sin conocer
los documentos guardados en los archivos, o teniendo a la
vista solo uno que otro que habia caído en sus manos. Co-
nocia las obras de Antonio de Herrera, del padre O valle, de
Brcilla, de Jofré, de Águila, de Tesillo i de Rascuñan, los via-
jes de Frézier i de doa Jorje Juan i don Antonio de Ulloa, la
crónica latina de los jesuítas del Paraguai del Padre Techo,
los dos últimos libros de la historia del Padre Rosales, una
descripción del obispado de Santiago por don José Fernán-
dez de Campinoi la historia manuscrita de Córdoba Figue-
roa, que le ha servido de guia principal, de ordinario única,
i a la cual estracta casi fielmente en muchas ocasiones.
Cuando se conocen todos estos libros se comprende que con
ellos no solo no se podía hacer una historia perfecta, como
decía Molina, de la que escribió el padre Olivares, pero ni
si quiera un libro medianamente exento de graves errores í
de notables vacíos.
Pero, al mismo tiempo es justo decir que la Historia civil
de Olivares tiene un mérito propio en las descripciones de
los lugares que él mismo habia visto, en las noticias refe-
rentes a las costumbres de los indíjenas que habia observa-
do personalmente i en los datos curiosos que recojió sobre
la historia de las órdenes relijiosas, muchos de los cuales se
buscarían en vano en otros libros. En todos estos puntos,
Olivares puede ser considerado historiador orijinal. No se
puede tampoco leer su obra sin reconocer en ella cierta in-
dependencia de juicio al pronunciar su fallo sobre cuestio-
nes en que los jesuítas estaban interesados en presentar los
hechos bajo otra luz. Nos bastará citar su opinión sobre el
sistema con que el padre Luis de Valdivia pretendió some-
ter a los araucanos por medio de una guerra puramente de-
fensiva i de misiones relijiosas, de que tanto se ha hablado
como del mas alto timbre de la Compañía de Jesús en Chi-
MIGUEL DE OLIVARES 269
le. "De este modo, dice, terminó la guerra defensiva después
de trece años de duración, en que, hablando con injenuidad,
no se habia esperimentado provecho, porque se habían cau-
sado gastos de siete millones en pagamentos de soldados
que no hacían cosa i en construcciones de fuertes i atalajas
que eran mui corta defensa de vidas i haciendas 37,
La otra obra del padre Olivares, la historia de los jesuí-
tas de Chile, aunque no ha merecido los elojios de la histo-
ria civil, es inmensamente superior como conjunto de noti-
cias i mas aun como cuadro de las costumbres, de las ideas
i de las preocupaciones de la edad colonial. Comenzaremos
por advertir que escrita en 1736, cuando el S.utor no habia
hecho un prolijo estudio de la historia de Chiie, adolece de
muchos i aveces graves errores en lo que concierne a los su-
cesos políticos. Mas aun, que no habiendo podido conocer
mas que los documentos que los colejios i casas de jesuítas
guardaban en sus archivos, ha desconocido muchos hechos
que los provinciales de la Compañía consignaban en sus
cartas anaas, o relaciones periódicas en que referían a sus
superiores de Roma o de España ios progresos de la orden,
los trabajos de sus operarios, los hechos políticos relacio-
nados con ellos, i en fin todo aquello que podia interesar a
los jefes de una institución que querían estar al corriente de
todo lo que sucedia en cualquier lugar de la tierra donde
hubiera algunos jesuítas. Parece que en Chile no vSe conser-
vaban las copias de todos los documentos de esta clase, i
aun que algunos superiores de este país no habían cumplido
fielmente con las prescripciones de su instituto. Olivares no
tuvo a la vista algunas de esas relaciones, i de ahí nace sin
duda la omisión de muchos hechos importantes i la confu-
sión de otros.
Decimos esto porque hemos cotejado escrupulosanrenta
su relación con la que nos ha legado el padre Pedro Lozano
en su Historiú. de ¡a provincia del Paraguai de la Compa-
ñía de Jesús. Los jesuítas habían reunido un copioso archi-
37. Historia civil, páj. 359.
270 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
vo en el colejio de Santa Catalina, en las cercanías de Cór-
doba, con los documentos recojidos en el í^tú i aun en Es-
paña, i con un gran número de narraciones históricas im-
presas e inéditas. Poseian, entre otras, una estensa historia
manuscrita, formada por dos tomos en folio, que compuso
entre 1640 i 1650, el padre provincial Jt^an Pastor, testigo
de muchos de los hechos que narra. Lozano, en su carácter
de cronista de la Compañía, pudo disponer de esos docu-
mentos, i se halló así en mejor situación que Olivares para
escribir la historia de los jesuitas de esta parte de la Amé-
rica, que sin embargo no llevó mas que hasta el año de
1614, es decirr mientras las provincias jesuíticas de Córdo-
ba i de Chile formaban una sola. De este modo ha podido
reunir un cúmulo inmenso de noticias, i dar a su historia
una estension tal que si la hubiera continuado hasta la
época en que la escribió, habria necesitado componer diez
o doce volúmenes en folio en vez de los dos únicos que pu-
blicó. Olivares, que carecía de esos elementos, ha tenido cjue
pasar mas de hjero sobre muchos hechos, i ha confundido
otros, de tal manera que su historia necesitaba algu-
nas notas esplicativas o complementarias que hemos teni-
do que poner al p¡é de muchas de sus pajinas.
Sin embargo, el padre Olivares ha sabido sacar provecho
de los documentos que tenia a la vista; pero recojiéndolos
aisladamente en el archivo de cada casa, ha dividido su
asunto en secciones o capítulos que corresponden a cada
una de las casas o colejios que tuvieron los jesuitas de este
pais. Esos capítulos, independientes entre sí, habrian po-
dido colocarse en cualquier orden sin que la historia gana-
ra o perdiera, i sin conseguirse dar al conjunto la unidad
de que carece, i que solo habria pod'do conseguirse reha-
ciendo por completo toda la obra para esponer los hechos
en un orden en que se desenvolvieran ordenada i cronolóji-
camente.
Este plan, o mas bien esta falta de plan, puede hacerem-
barazosoel estudio de la historia del padre Olivares, porque
obliga al lector a volver en cada capítulo sobre hechos i so-
MIGUBTi DE OLIVARES 271
bre tiempos que creia haber dejado atrás. Pero el que quie-
ra examinarla con paciencia encontrará en ella un conjunto
de noticias útilísimas no solo para conocer la historia de
los jesuitas en Chile, sino para completar el conocimiento
de la historia política i civil. Desde luego debemos declarar
que su libro es una crónica casi completa de cuanto hicie-
ron los jesuitas en Chile, de las casas que fundaron, de las
misiones que dieron, de los trabajos en que ejercitaron su
notable actividad hasta el año de 1736. El padre Olivares,
por otra parte, mas injenuo i sincero que otros historiado-
res de su orden, ha cuidado de suministrarnos noticias que
no se hallan de ordinario en los escritos de los jesuitas o
que son en ellos mucho menos completas i mucho menos
claras que las que él nos da. Citaremos algunos hechos en
apoyo de nuestro aserto.
La historia de la fortuna inmensa que los jesuitas acu-
mularon en nuestro pais, está bosquejada con bastante luz
en la obra de Olivares. Señala éste casi todas las donacio-
nes que se hacian a la Compañía, en tierras, en casas, en
dinero, en ganado i en esclavos; porque el padre Olivares
revela que a pesar de que los jesuitas se proclamaban ad-
versarios del sistema de encomiendas, que reducía a los in-
díjenas al servicio personal, ellos tuvieron siempre yanaco-
nas o indios de servicio, como también tuvieron esclavos
negros para el cultivo de sus tierras, o para las faenas in-
dustriales o para los menesteres domésticos. Conviene ad-
vertir que Olivares da estas noticias con todo candor, sin
creer que su libro pueda dar oríjen a las acusaciones de co-
dicia que entonces comenzaban a hacerse los jesuitas, i que
mas tarde se han fulminadocon grande enerjía. Siempre que
recuerda algunas de las donaciones que recibíala Compañía,
tiene cuidado de advertir que Dios habia tocado el corazón
del donante, el cual iba a encontrar en el cielo el premio de
su desprendimiento.
Se sabe cuanto se ha escrito en loor de las misiones de
jesuitas entre los indios bárbaros de Chile. Se ha dicho que
convertian al ::nstianismo i reducían a la civilización a los
272 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
salvajes mas feroces; i que si los gobernadores hubiesen
coadyuvado a la ejecución del plan del padre Luis de Val-
divia, si no lo hubiesen embarazado i si no le hubiesen
puesto término, los jesuitas habrían asegurado la conquis-
ta i la pacificación de todo el territorio. El padre Olivares,
aunque admirador entusiasta de los misioneros jesuitas,
entre los cuales habia servido él mismo, aunque los defien-
de ardorosamente en cada una de sus pajinas, da mucho
menos importancia a sus servicios. Ya hemos visto que en
su historia civil declara que el plan del padre Valdivia no
surtió el efecto deseado: en su crónica de los jesuitas se ma-
nifiesta inclinado en contra de ese plan, i ea favor del siste-
ma de los militares que consistía en acometer i castigar a
los indios cada vez que ejecutaran alguna agresión.
Acerca de las conversiones de indíjenas practicadas por
los misioneros, el padre Olivares es mas esplícito todavía.
Según él, el fruto de las misiones se reducía al bautismo de
uno que otro adulto que se convertía a la hora de la muer-
te, i de los párvulos a quienes dejaban bautizar sus padres,
i los cuales se iban al cielo si tenían la dicha de morir antes
de la pubertad, esto es, antes de haber ad(|uírído los hábi-
tos i vicios de sus padres. ^^ Olivares, ademas, tiene cuidado
de advertir que cuando los indios eran pobres i no podían
alimentar muchas mujeres, o cuando vivían en una rejion
en que no podían trabajar bebidas ni embriagarse, esos
salvajes eran mucho mas tranquilos i dóciles, i se hacían
cristianos fácilmente, ^9 lo que no sucedía en otras provin.
cías a pesar del celo que, según el historiador, ponían en
ello los jesuitas. Por ultimo. Olivares declara francamente,
que si en Chíloé se lograron ''los aprecíables trabajos de
38 "Se ha dicho que el fruto que se cojía sin exajeracion (en las
misiones), dice Olivares en la pajina 477 de este libro, solo era de
algunos párvulos que morían con el agua del bautismo, i de tal
cual adulto que a la hora de la muerte se convertía". Este mismo
concepto está repetido en otras partes de su obra. Véanse, entre
otras, las pajinas 268, 327, 358, 359, 477, 492, 494.
39. Véanse las pájin;\s 361 i 376.
MIGUEL DE OLIVARES - 273
los misioneros", fué debido a que los indios no podian man-
tener por su pobreza mas que una iñujer, a que carecian de
chicha i de vino, a que eran por naturaleza dóciles i humil-
des, i principalmente por estar sujetos a los soldados espa-
ñoles cuando llegaron allí los padres jesuitas a predicarles
la relijion ^o. No se pueden reducir a mas molestas propor-
ciones los triunfos alcanzados por los misioneros en la con-
versión de los indíjenas de Chile.
No es menos injenuo el padre Olivares al dar a conocer
los frutos que se sacaban del seminario para indíjenas
mandado fundar por el rei en la ciudad de Chillan, i esta-
blecido allí en 1700 bajo la dirección de los padres de la
Compañía. Los indios que se quedaban toda su vida en-
tre los españoles, vivian en paz como cristianos i como
hombres civilizados; pero los que volvian a sus tierras,
lejos de propender a la conversión i a la civilización de sus
parientes, tomaron todos los vicios de éstos i volvieron a
la vida salvaje como si nunca hubieran recibido las leccio-
nes de los padres jesuitas ^^.
Pero si estas injenuas declaraciones alejan al padre Oli-
vares del espíritu jeneral de los escritores de su orden, en
todas sus pajinas se muestra su mas firme i decidido defen-
sor, empeñándose en probar la superioridad de los jesuitas
sobre los individuos de las otras relijiones. Llega a este
resultado a veces por medios indirectos, poniendo en boca
de los indios pequeños discursos en que se establece esa su-
perioridad 42; i en otras ocasiones sosteniendo firmemente
i en su propio nombre la influencia de las misiones hechas
por relijiosos estraños a la Compañía ^^^ £1 espíritu de cuer-
po del padre Olivares se trasluce igualmente cuando defien-
de los intereses de la Compañía como la necesidad que ha-
bia de que el rei siguiera abonándole un sínodo para el sos-
40 Véase la pajina 363.
41 Id. id. 486.
42 Id. id. 67, 71 i 113.
43 Id. entre otras la pajina 478.
TOMO X 18
274 •ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁPICOS
tenimietito délas misiones**. Allí mismo el historiador deja
ver que aquella institución era ya desde el siglo XYII objeto
de muchas acusaciones *^.
Una de las singularidades del libro del padre Olivares,
que habrá de sorprender a los que no estén habituados a
la lectura de esta clase de obras, es el gran número de mi-
lagros portentosos que contiene. Es preciso advertir que
en este punto, este historiador no hace escepcion entre los
escritores de su orden, sino que por el contrario, sigue la
regla jeneral. Olivares cuenta esos milagros del mismo modo
que los han contado las cartas anuas delosjesuitas, los his-
toriadores Ovalle, Rosales i Lozano, i hasta el padre Charle-
voix,que publicaba sus libros en Paris en pleno siglo XVIII.
Los milagros abundan también en los otros antiguos cro-
nistas de América; pero hai que hacer notar una diferen-
cia entre los que ellos refieren i los que consigna Olivares.
La jeneralidad de los cronistas cuenta largamente los pro-
dijios operados por el cielo en favor de la conquista de es-
tos paises, para probar con ellos que Dios protejia abierta-
mente la causa del rei de España. Olivares no refiere esos
milagros que podrian llamarse políticos, como si no creye-
ra en la protección divina en favor del monarca i de los
conquistadores. Cuenta sí los milagros operados por los
jesuitas i para los jesuítas, a quienes pinta como los hijos
predilectos de Dios i los mas formidables enemigos del de-
monio. Entre otros muchos casos que podrian citarse en
apoyo de esta aseveración, vamos a recordar uno solo. En
la misión de Buena Esperanza habia una india atacada de
una rara enfermedad, a la cual describe como poseída por
el demonio. El padre jesuíta Nicolás Mascardi quiso arran-
carle el demonio poniendo en juego las ceremonias de esti-
lo. Entre otras acercó a la india una hostia consagrada:
el demonio se mantuvo rebelde sin querer abandonar el
cuerpo de que se habia apoderado; pero el padre le aplicó
44 Véase la pajina 479.
45 Id. las pajinas 497 i siguientes.
MIGUEL DE OLIVARES 275
entonces una reliquia de San Ignacio, i el enemigo del jéne-
ro humano, vencido por este poderoso talismán, se esca-
pó en forma de perro por un oido de la enferma dejando*
la deshinchada i tranquila ^^. En otras partes, Olivares
hace intervenir la protección divina en favor de los in-
tereses temporales, las estancias i ganados de la Compa-
ñia *^.
Los milagros ocupan una buena parte del grueso volu-
men que forma la historia de los jesuitas del padre Oliva-
res. Como los milagros no son de nuestro tiempo, algunos
de los lectores de esta obra creerán talvez que habría con-
venido suprimirlos, i dejarla solo reducida a la relación de
los hechos que puedan interesar a la posteridad. Sin duda
que si hubiéramos hecho esto, el libro que hoi damos a luz
habría sido inmensamente mas corto i su lectura hal>ria
sido talvez menos fatigosa. Pero lo hemos querido hacerlo
así, porque creemos que la relación de tantos prodijios tie-
ne una grande importancia histórica. Esos milagros, por
estraños i absurdos que nos parezcan, fueron una de las
bases fundamentales de la enseñanza que se daba a nues-
tros mayores, cuyas cabezas recojian desde la niñez las su-
persticiosas patrañas que se les comunicaban, i que man-
tenían i afianzaban el predominio absoluto de la teocra-
cia. El historiador debe hacerse cargo de estos antecedentes
para conocer i apreciar las causas que produjeron el estado
moral de la sociedad de la colonia.
Si el padre Olivares merece un puesto distinguido entre
los historiadores chilenos, como escritor ocupa un lugar
mas modesto. Su narración corre a veces fácilmente; pero
otras se embaraza i emplea frases interminables, enredadas
i confusas. A nuestro juicio, proviene esta diferencia de los
materiales que el historiador tenia en sus manos cuando
escribia. Si tenia delante una relación o carta en que los
hechos estuvieran referidos regularmente, al trascribir esos
46 Véase la pajina 127.
47 Id. entre otras la pajina 255.
276 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁPICOS
hechos su estilo se amoldaba a ese modelo, i era regular i
hasta animado. Pero cuando esos documentos le faltaban,
cuando él quiere discutir alguna cuestión, como sucede en
el parágrafo VI del capítulo XVII, parece abandonado a
sus propias fuerzas, i su estilo se hace casi insoportable. El
lector que busca en estas pajinas la enseñanza histórica i
no los primores literarios, disculpará esta imperfección i ce-
lebrará que se haya salvado del olvido la Historia de la
provincia de la Compañía de Jesús de Chile.
IX
DON JOSÉ PÉREZ GARCÍA *
El que ahora treinta o cuarenta años hubiese querido ha-
cer un estudio jeneral de nuestra historia, o formarse una
idea mas o menos exacta de su conjunto, no habría podido
dispensarse de consultar una obra que hasta hoi permane-
ce inédita i escrita en dos enormes volúmenes en folio, con
el título de Historia jeneral, militar^ civil i sagrada del rei-
no de Chile por el teniente coronel don José Pérez García.
Hasta la época de la publicación de la historia que lleva el
nombre de don Claudio Gay, aquella obra era el conjunto
mas estenso i completo de noticias históricas i jeográficas
que existieran sobre Chile desde los tiempos mas antiguos
hasta 1808. Solo podría competir con ella, bajo este aspec-
to, la historia inédita del coronel don Vicente Carvallo i
Goyeneche, cuyo manuscrito orijinal estaba en poder de un
erudito coleccionista de Buenos Aires, i que por esto mismo
solo de nombre era conocida entre nosotros.
* Publicado en la Revista Chilena (Santiago, 1875) t. I, pájs.
369-380, i en gran parte reproducido por Medina, Historia de
la literatura colonial de Chile. (Santiago, 1878), t. II, pájs. 476
a 489.
Nota del compilador.
278 BSTUDIO HISTÓRICO-BIBLOGRÁFICOS
La reputación de la historia inédita de Pérez García era
verdaderamente colosal antes de 1840. Los herederos de
éste guardaban con un relijioso respeto el manuscrito oriji-
nal; pero les pocos hombres que, como don Mariano Ega-
ña, querían hacer el estudio de nuestro pasado, habian he-
cho sacar copias que conservaban como un verdadero tesoro
histórico. Otro curioso coleccionista, cuyo nombre no nos
es conocido, tuvo la idea de copiar el manuscrito introdu-
ciendo en su redacción alguna correcciones que, si han me-
jorado algo el estilo, han perjudicado a su fondo. Aun se
sacaron copias para enviar al estranjero; i la biblioteca
pública de Buenos Aires, conserva una de ellas, revestida
con la firma del historiador.
Ya veremos que el aprecio que se hacia de este manus-
crito no era en modo alguno injustificado. Pero, para pro-
ceder con método, vamos a comenzar nuestro estudio dan-
do a conocer la vida del autor.
Don José Pérez García era orijinario de España. Nació
en 1721 en la pintoresca villa de Colindres, situada a pocas
leguas al oriente de Santander, i en el antiguo señorío de
Vizcaya. Eran sus padres don Francisco Pérez Pinera i
doña Antonia García Manrueza, ^'caballeros nobles, hijos—
dalgos, de sangre i naturaleza, de casa infanzona i solarie-
ga, pendón i caldera," como dice su ejecutoria de nobleza.
Entre sus mayores, contaba esa familia algunos hombres
mas o menos distinguidos. El tercer abuelo de don José, don
Pedro Pérez Quintana, fué caballero de la orden de Cala-
trava i jeneral de la real armada bajo el reinado de Felipe
III.
No parece que don José Pérez García hiciera estudios
literarios. Adquirió los pocos conocimientos que en esa
época constituian la preparación intelectual de los que que-
rían dedicarse al comercio, i a la edad de veinte años pasó
a América al lado de un hermano mayor, don Santiago,
que hizo mas tarde una fortuna colosal en el Alto Perú, i
que mantenia una casa de comercio en Buenos Aires, que
era el puerto por donde importaban las mercaderías euro-
DON JOSÉ PÉREZ GARCÍA 279
peas i esportaban los productos americanos los comer-
ciantes de Charcas i Potosí. Don José Pérez García perma-
neció en aquella ciudad cerca de diez años, ocupado en los
trabajos mercantiles. Allí estuvo también alistado en los
cuerpos de tropas que guarnecian la ciudad, primero como
cadete de dragones, cargo que sirvió mas de dos años, i
luego como alférez de milicias de la compañía de foraste-
ros, a que perteneció otros cinco. Ks probable que contan-
do con la protección de su hermano mayor adquiriera en
Buenos Aires la base de la fortuna que poco mas tarde in-
crementó considerablemente en Chile.
¿En qué año pasó Pérez García a este pais? No encuentro
esta noticia en ninguno de los documentos que acerca de
su vida he podido consultar; pero del estudio detenido de
su historia infiero que fué en 1752, o a lo mas en los pri-
meros meses del año siguiente. Tiene este cronista la buena
práctica de citar al pié de sus pajinas la fuente de dónde
ha tomado sus noticias, refiriéndose con frecuencia a las
conversaciones con los personajes que intervinieron en los
hechos o los presenciaron, i apelando también a sus pro-
pios recuerdos para manifestar que escribe como testigo
de vista. Desde los sucesos de 1753 comienza a apoyarse
en su testimonio personal, poniendo en sus notas las pala-
bras: **lo hemos visto." El primer suceso que certifica de
esta manera es el establecimiento del estanco de tabaco en
el reino de Chile, i la prohibición de cultivar esta planta
en su territorio. En otra parte de su historia dice que vino
a Chile por el cabo de Hornos, pero no espresa la fecha de
su viaje. ** Viniendo en la Guipúzcoa, dice, vi estrellarse en
sus peñas sus encrespadas aguas, que con el sol que salió a
mostrarnos el riesgo, parecian un cardumen de estrellas
que formaban un mar de plata."
Establecido en Santiago, don José Pérez García vivió
ocupado principalmente en sus especulaciones mercantiles.
Dotado de una intelijencia clara, de un injenio alegre i fes-
tivo, de una notable probidad, se labró en el comercio i en
la sociedad una de esas reputaciones que atraen a los hom-
280 ESTUDIO HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
bres el respeto i la estimación de los que los conocen. A
los diez años de hallarse en Chile, el 10 de marzo de 1763,
contrajo matrimonio con doña María del Rosario Salas i
Ramírez, señora principal de Santiago, e hija de un rico
comerciante español, natural también de la villa de Colin-
dres 1 . Este enlace, que fué causa de que estableciera definiti-
vamente su hogar en Chile, lo relacionaba por los vínculos
de familia con algunas de las casas mas aristocráticas de
Santiago.
Pérez García llegó a ser todo aquello a que podia aspi-
rar en esa época un honrado i noble vecino de esta ciudad.
Fué tesorero i director de algunas cofradías relijiosas, car-
gos a los cuales se daba entonces una importancia que
han perdido en nuestro tiempo, capitán de una compañía
del batallón de número de las milicias de infantería (por
nombramiento del 19 de diciembre de 1768); capitán del
rejimiento de infantería del rei (por nombramiento de 19
de setiembre de 1777); diputado de comercio, o lo que es
lo mismo, jefe del tribunal especial en asuntos mercantiles,
en dos ocasiones diferentes, en 1781 i en 1793, i por último,
miembro del cabildo de Santiago. Sus relaciones i sus ami-
gos se contaban entre los hombres mas altamente colocados
en la colonia. En las notas de su libro alude con frecuen-
cia a sus conversaciones con el presidente de Chile don Am-
1. El suegro de Pérez García se llamaba don Manuel Jerónimo de
Salas: i su suegra, que era chilena relacionada con las mas altas
familias de Santiago, fué doña Ana Josefa Ramírez. Hijos de éstos
fueron, entre otros, doña Rosa, casada con el maestre de campo
don José Cruzatt, que fué alcalde ordinario de Santiago en 1757;
doña Antonia, casada con don Martin José de Larrain, natural
de Aranaz, villa de Navarra, alcalde ordinario de Santiago en
1759, i padre de una numerosa familia que se ilustró en la revo-
lución; i doña Josefa, casada con el comisario don Salvador de
Trucíos, natural de Vizcaya.
Don José Pérez García tuvo varios hijos, de los cuales los mas
distinguidos fueron don Francisco Antonio, gran patriota de
1810, i don Santiago, padre del señor don José Joaquin Pérez, ex-
presidente de la república.
DON JOSÉ PÉREZ GARCÍA 281
brosio O'Higgins, con el correjidor de Santiago don Luis
de Zañartu, i con otras personas distinguidas por su fortu-
na o por el destino que desempeñaban. Agregúese a esto
que Pérez García logró formarse en el comercio un capital
considerable que aseguraba su independencia i el prestijio
de su posición. Cuando creyéndose demasiado viejo para
atender los negocios comerciales, quiso balancear su fortu-
na i retirarse a su casa, se encontró dueño de poco mas de
cincuenta mil pesos, riqueza mui considerable a fines del si-
glo XYIII. Poseia entre otros bienes, una gran casa en
el centro de Santiago 2 , i la estensa i valiosa hacienda de
Chena, que llegaba entonces hasta cerca de los suburbios
de la capital, comprendiendo algunos miles de cuadras, i
que ahora (1875), representa un valor de mas de un millón
de pesos.
Hallándose resuelto a no salir de este pais de sus afec-
ciones i de ordinario de su familia, recibió el nombramiento
puramente honorífico de alcalde ordinario de su pueblo na-
tal. Pérez García guardó este nombramiento como un títu-
lo de honor; pero no pensó en volver a España. Mas ade-
lante, en 1789 solicitó del rei otra distinción. En un estenso
memorial, hacia valer sus servicios como oficial de milicias,
manifestando que habia desempeñado todas las comisio-
nes que se le confiaron, representaba su calidad de caballe-
ro hijodalgo, i pedia se le confiriera «el título de teniente
coronel del ejército a que se creia merecedor. En la vida co-
lonial, los grados de esta clase, no se concedian siempre
como un premio de servicios efectivos, sino como un tim-
bre de honor que daba gran prestijio al que lo recibia. Pé-
rez García buscaba en él la satisfacción de un sentimiento
de vanidad natural entre sus contemporáneos, así como él
2. Situada en la actual calle de la Bandera, cuadra i media al
sur del palacio de los tribunales, que don José Pérez García habi-
tó hasta su muerte. Hasta hace veinte años se conservaba en el
mismo estado que tenia en tiempo de este historiador. Tiene ac-
tualmente (1875) el número 26.
282 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOCRÁFICOS
i los mas encumbrados vecinos de Santiago pedian el título
de cadete en los cuerpos de milicias para cada uno de sus
hijos, cuando éstos acababan de nacer. El nombramiento
de capitán o de coronel les daba derecho para vestir casaca
militar, para asistir a todas las fiestas públicas i para re-
cibir los honores correspondientes a ese rango.
Pérez García, sin embargo, no obtuvo de la corte el nom-
bramiento que solicitaba. Recibió solo el de teniente coro-
nel de milicias, que le autorizó para usar el resto de sus
días la casaca militar, pero que lo colocaba en un rango in-
ferior a aquel a que habia aspirado. Talvez, no pudo darse
nunca cuenta de la causa que habia impedido que su solici-
tud tuviera mejor resultado. Nosotros hemos podido des-
cubrirla entre el polvo de los archivos, i vamos a revelarla.
El presidente de Chile don Ambrosio O'Higgins, enemigo
decidido de que los títulos militares fueran solo un objeto
de vanidad i no la recompensa de servicios efectivos, dirijió
a la corte la siguiente nota reservada:
''Excmo. señor: Encamino a U. E., un memorial de don
José Pérez García, capitán del rejimiento de infantería de
mihcias del Rei, de esta capital, en que representa tener
contraidos mas de 41 años de servicios en varios destinos
i otros méritos, solicitando por su edad i dolencias retiro
con algunas preeminencias que especifica, a que su coronel
le reputa acreedor; L supuesto que en mi informe de 24 de
setiembre de 1789 número 156 al Excmo. señor don Anto-
nio Valdes le acredité para teniente coronel de milicias,
contemplo que será suficiente concederle retiro de este gra-
do, i escusar el de ejército que pide. Nuestro Señor guarde la
importante vida de U.E. muchos años. — Santiago de Chile,
24 de octubre de 1791.— Excmo. señor,— Ambrosio O'Hig-
gins Vallenar. — Excmo. señor Conde de Campo Alanje."
Hemos dicho mas atrás que don José Pérez García no
habia hecho en su juventud los estudios que preparan al
hombre para el cultivo de las letras. Sin embargo, contra
lo que podia esperarse de su educación i de las ocupaciones
de toda su vida, poseia un amor apasionado a la lectura, i
DON JOSé PÉREZ GARCÍA 283
lo que es mas curioso, a la lectura de los libros de historia
americana. Afanábase por recojer i estudiar cuanto papel
impreso o manuscrito tuviera alguna atinjencia con la his-
toria i la jeografía de Chile; i mediante muchas dilijencias i
probablemente no pocos gastos, llegó a formar una copio-
sa colección de libros i documentos que estudió con toda
prolijidad. Examinó ademas los archivos públicos a que
pudo tener acceso, i sobre todo el del cabildo de Santiago,
que nunca habian sido estudiados con un propósito histó-
rico. Al fin llegó a conocer nuestro pasado como no lo ha-
bia conocido nadie antes de él. Su versación en los libros
i documentos, i el caudal de noticias que en ellos habia re-
cojido, le granjearon a fines del siglo XVIII reputación
de un erudito profundo a quien todos consultaban para re-
cojer informaciones referentes a cualquier hecho relaciona-
do con nuestra historia.
En 1789, el presidente de Chile don Ambrosio O'Higgins
recibió orden del rei de España para buscar los manuscritos
históricos que habia dejado en Chile el ex-jesuita Miguel de
Olivares. Como la relación de éste llegaba solo hasta el
año de 1717, O'Higgins creyó conveniente completarla ha-
ciéndole añadir una reseña de los sucesos posteriores, i con-
fió este trabajo a don José Pérez García. Esa reseña parece
definitivamente perdida, como lo parece igualmente la se-
gunda parte de la historia de Olivares, a la cual debiá ser-
vir de complemento; pero sí consta que fué remitida a Es-
paña en agosto de 1790.
A pesar de estos estudios preparatorios, Pérez García
vaciló mucho antes de emprender definitivamente la obra
que le ha dado celebridad. Como es fácil comprender, la so-
ciedad colonial no ofrecia mucho estímulo para acometer
trabajos de esta naturaleza. El autor podia estar seguro
de que su manuscrito quedaria sepultado en la oscuridad,
como tantos otros libros i papeles concernientes a nuestra
historia. No solo no existia la imprenta en Chile, sino que
era escusado pretender dar a luz fuera del pais una obra de
esa clase, porque las dificultades que presentaba esta em-
284 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
presa eran casi insubsanables. A pesar de estos graves obs-
táculos, i teniendo que vencer otro mucho mayor todavía,
la edad de ochenta i tres años a que habia llegado, don
José Pérez García, acometió en 1804? la obra de dar cohe-
sión a sus apuntes i recuerdos, i de escribir por fin una his-
toria jeneral del reino de Chile.
Seis años enteros de un trabajo incesante empleó en el
desempeño de esta tarea, superior sin duda a la prepara-
ción literaria del autor, i mas superior todavía a las fuerzas
de un anciano octojenario. En esos seis años escribió de su
puño i letra setenta i cuatro gruesos cuadernos de papel de
hilo, que dividió en dos cuerpos, cada uno de los cuales fué
cosido i empastado en un enorme volumen de cerca de mil
pajinas. Por fin, el 21 de junio de 1810 pudo anotar en el
último pliego de su manuscrito las líneas siguientes: '^Has-
ta el dia 19 de este mes (marzo del año de 1808) me he pro-
puesto llegar con mi historia jeneral del reino de Chile, de-
jando al pulso de mejor pluma referir que por renuncia del
señor don Carlos lY subió al trono el señor don Fernando
VII, coronado en Madrid este dicho dia, mes i año, para ser
el monarca español mas desgraciado. Santiago de Chile,
dia del Santísimo Corpus Christi, 21 dejunio de 1810.— José
PÉREZ García." En esos dias frisaba en los noventa años.
En esa edad avanzada, en que la mayor parte de los
hombres que la alcanzan han perdido el uso de sus faculta-
des intelectuales, Pérez García habia conservado la enerjía
moral i física para resistir durante seis años a un trabajo
abrumador, i para terminar al fin una obra que, dadas las
circunstancias del autor i el tiempo en que escribió, puede
llamarse monumental. Su vida iba a estar sometida a otra
prueba no menos penosa, a que resistió algunos años mas,
pero al fin le costó la vida.
El mismo año en que terminó su historia se inició la re-
volución chilena contra la dominación secular de la metró-
poli. El movimiento de 1810, pacífico en apariencia, debia
ser el oríjen de turbulentas convulsiones, cuya proximidad
no podia ocultarse a la penetración de un hombre intelijen-
DON JOSÉ PÉREZ GARCÍA 285
te como lo era Pérez García. Los hijos de éste se enrolaron
desde el primer día en las filas revolucionarias; i el mayor
de ellos, el doctor don Francisco Antonio Pérez, comenzó
desde luego a figurar entre los patriotas mas ardorosos i
exaltados. Don José, español de nacimiento, empapado en
las ideas de obediencia ilimitada i absoluta al rei, viviendo
del recuerdo de la grandeza i del poder de España, creyó
que la revolución era no solo un desacato a la autoridad
real sino un acto de locura, puesto que la América no podia
resistir a los ejércitos de la metrópoli tan luego como ésta
se viera libre de la invasión francesa, que según sus cálcu-
los, no podria durar largo tiempo. Procediendo, sin embar-
go, con una prudencia que casi no debia esperarse de sus
convicciones, no hizo ningún esfuerzo para influir sobre sus
hijos a fin de que abandonaran la causa que hablan abra-
zado. Puede decirse que aunque realista de corazón, Pérez
García se mantuvo neutral en la lucha que se iniciaba.
Volvió, en efecto, lejos del movimiento político, sin que-
rer apoyarlo con el prestijio de su nombre, pero también
sin pretender combatirlo por ningún medio. Pero cuando
vio que la revolución tendia a propagar la instrucción en-
tre los habitantes de Chile, a mejorar su condición jenerali-
zando entre el pueblo los conocimientos útiles, i a preparar
reformas basadas en el resultado que arrojaban los pocos
estudios estadísticos que entonces existían, el ilustrado his-
toriador se apresuró a suministrar el concurso de sus luces.
Por decreto de 29 de enero de 1812 el gobierno revolucio-
nario invitó a todos los chilenos a concurrir con sus estu-
dios i su esperiencia a esta obra civilizadora proponiendo
medidas útiles a la prosperidad pública. La Aurora de Chi-
le, que iba a publicarse en pocos dias mas, debia ser el ór-
gano de propagación de esas ideas. Don José Pérez García
olvidó entonces sus reservas, i suministró sus conocimien-
tos para la discusión de las mas altas cuestiones. El padre
Camilo Henríquez, redactor en jefe de ese periódico, pudo
así escribir en el número 3*^ un importante artículo que lle-
va este título: Observaciones sobre la población del reino
ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁPICOS
de Chile, en que ha agrupado un gran número de curiosísi-
mos datos históricos i estadísticos. Al terminar ese artícu-
lo, el ilustre publicista tiene el cuidado de añadir estas pa-
labras: "Todo esto consta por la historia manuscrita de
don José Pérez García, que es el único que hasta ahora ha
tenido la bondad de comunicarnos sus papeles con celo
filantrópico".
Pero la revolución que debia hacer tantas víctimas en
los campos de batalla, iba a arrastrar también al anciano
historiador. El papel que en ella habian desempeñado sus
hijos no debia pasar desapercibido ni quedar sin castigo
bajo la reconquista española de 1814. Don Francisco An-
tonio Pérez, el mas comprometido de ellos, se sustrajo por
algunos dias a las persecuciones ocultándose en Colina, en
la hacienda de sus primos, los Larraines i Salas. Sorprendi-
do al fin, fué llevado precipitadamente a Valparaiso, sin
permitírsele ver a sus parientes. Allí fué embarcado en un
buque que zarpaba del puerto. Se le enviaba al presidio de
Juan Fernández; pero sus deudos i amigos que queda-
ban en Chile, ignoraron por algún tiempo el lugar de su
confinación.
Indecibles fueron las amarguras porque pasó el venerable
historiador de Chile. Persuadido de que no volveria a ver
a su hijo idolatrado, creyendo que se le habia llevado a al-
gún lugar desierto donde pereceria de hambre i de miseria,
pasaba el dia llorando lágrimas de profundo dolor o im-
plorando a Dios en sus fervorosas oraciones por el alma del
que creia ya difunto. Sin embargo, nada hacia presentir su
próximo fin. Pérez García, a pesar desús 93 años, se levan-
taba cada dia, i fuera del abatimiento que se habia apode-
rado de su espíritu, llevaba la vida ordinaria de sus mejo-
res tiempos. Una mañana fué acometido por una fatiga re-
pentina, i pocos momentos después espiró rodeado de los
deudos i amigos que las persecuciones políticas no habian
arrancado de su lado. Ocurría esto a fines de noviembre de
1814. Su cadáver fué sepultado en la iglesia de San Fran-
cisco, con toda la pompa que correspondia al lustre de su
DON JOSÉ PÉREZ GARCÍA 287
familia, i a la injeote fortuna que habia sabido labrarse.
Sobre su tumba, sin embargo, no se puso ninguna inscrip-
ción, de tal suerte que hoi no se conoce el sitio de su sepul-
tura.
Don José Pérez García habia reunido una copiosa colec-
ción de obras impresas i manuscritas concernientes a la his-
toria de Chile, i muchos documentos del mas alto interés
que cita a cada paso en las pajinas de su libro. De algunos
de ellos no tenemos mas noticias que las que él mismo nos
ha dado en sus notas, como una historia manuscrita de
Chile por Antonio García, la obra grande de Jerónimo de
Quiroga, de que no conocemos mas que un compendio pu-
blicado por Valladares en el tomo XXIII del Semanario
Erudito, i la segunda parte de la historia civil del padre
Olivares. Todos estos libros i documentos han desaparecido.
La familia de Pérez García no ha conservado mas que el
manuscrito de la historia que este mismo escribió.
En esta corta reseña hemos reunido todas las noticias
que hemos podido recojer acerca de la vida de don José Pérez
García. Ellas servirán en cierto modo para comprender el
espíritu de la obra que compuso, i de que vamos a hablar
en las líneas siguientes.
La Historia jeneral, natural, militar, civil i sagrada del
reino de Chile por don José Pérez García, es una de las obras
mas serias que se hayan compuesto sobre Chile, sea que se
considere su estensíon i el período de tiempo que abarca,
sea que se tome en cuenta el estudio prolijo que ha exijido i
la ordinaria exactitud de su narración. Hemos dicho al co-
menzar este estudio que antes que vieran la luz pública los
trabajos emprendidos en los últimos treinta años, esa obra
era la fuente abundante de informaciones históricas a que
tenian que ocurrir todos los que deseaban estudiar nuestro
pasado.
Se abre el libro con una dedicatoria a la virjen del Soco-
rro, "descubridora, conquistadora i pobladora del reino de
Chile," cuyos milagros recuerda apoyándose no solo en las
crónicas que los contaron, sino en los sermones que cada
288 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
año se predicaban en el templo de San Francisco en honor
de esa preciada efijie. Pasa en seguida a descutir el oríjen de
los americanos, si este continente fué poblado antes del di-
luvio, si estuvo en él el apóstol Santo Tomas i otras cues-
tiones análogas dilucidadas con el ausilio de algunas cro-
nistas españoles de la escuela histórico-teolójica, que tuvie-
ron particular empeño en no omitir absurdo alguno en sus
escritos. Todas las primeras pajinas de Pérez García no tie-
nen, pues, importancia ni interés alguno. No se le pueden
reprochar los errores que en ella ha amontonado, copián-
dolos de otros libros; pero ellos sirven para formarse idea
de los estravíos a que la superstición de la colonia arras-
traba aun a los hombres mas intelijentes e ilustrados.
Después de estos primeros capítulos, tan inútiles para la
historia, ha colocado Pérez García una prolija reseña jeo-
gráfica del territorio chileno. Ha reunido con este motivo
curiosos datos históricos i estadísticos, i ha agrupado un
grande acopio de noticias que, si no bastan para constituir
un cuadro completo de la jeografía de Chile en 1804, año
en que fué escrita esta parte de su obra, puede servir de
punto de partida para un buen trabajo de esa clase.
Mas adelante, destina Pérez García muchas pajinas a
dar a conocer las costumbres de los araucanos, su industria
i su lengua, su organización social i civil; i de aquí pasa a
tratar de la historia natural de nuestro territorio. En to-
das estas materias se limita a seguir mas o menos constan-
temente los escritos del abate Molina, de modo que en su
libro se encuentra solo una que otra indicación que no sea
jeneralmente conocida.
Pero el mérito real del manuscrito de Pérez García reside
en la relación histórica, que constituye cerca de las tres
cuartas partes de toda la obra. El escritor se habia prepa-
rado con sólidos estudios de las crónicas anteriores, así iné-
ditas como impresas, i de todos los documentos que llega-
ron a sus manos; i aunque con olvido completo de las for-
mas literarias, pudo hacer un libro que tiene un valor ver-
dadero i que puede consultarse con provecho aun después
DON JOSÉ PÉREZ GARCÍA 289
de haberse descubierto tantos documentos i de haberse co-
menzado a rehacer con la a^^uda de éstos la historia de la
conquista i de la colonia. La razón de la superioridad de
Pérez García sobre las que le precedieron se encuentra en
que el autor no ha aceptado siempre como verdad incues-
tionable lo que hallaba escrito por otros autores; que ha
tratado de comprobarlo por sí mismo i mediante la confron-
tación de esas relaciones con los documentos, i que por fin
ha rectificado en muchos puntos numerosos errores, i ha
consignado hechos bien averiguados que no rejistraban las
otras crónicas. Estas cualidades son mas dignas de estima-
clon cuando se considera que la jeneralidad de los cronistas
esceptu.'indo, es verdad, a losque refirieron los hechos en que
^figuraron como testigos i como actores (a cuyo número
pertenecen Góngora Marmolejo i Marino de Lovera, que
Pérez García no conoció), no hacen otra cosa que copiarse
mas o menos fielmente los unos a los otros, reproduciendo
así sin crítica alguna los errores que encontraban escritos.
Pérez García tuvo bastante sagacidad para descubrir los
vicios de ese sistema, i se apartó de él cuanto se lo permi-
tieron los medios de comprobación que tuvo a su alcance í
la limitada luz que podia darle su reducida preparación
literaria. Así se le ve que al paso que refuta terminante-
mente a los otros cronistas cada vez que los encuentra en
contradicción con los documentos, i sobre todo con las
actas del cabildo de Santiago que conocía muí bien, les da
fácilmente crédito en todo aquello que no podia refutarles.
Lo lójico i natural habria sido mirar con desconfianza i no
-aceptar sin reservas las narraciones en que se habrían po-
dido encontrar repetidos errores.
Importa taml)ien decir aquí que el espíritu crítico, si bien
ha permitido a Pérez García ^splicar muchos hechos i co-
rrejir muchos errores, lo ha inducido algunas veces a va-
rias equivocaciones. Así, por ejemplo, queriendo rectificar
la cronolojía histórica de los últimos años del gobierno de
don García Hurtado de Mendoza, ha hecho cierta confusión
de sucesos, que sin embargo fascinó al autor de esa misma
TOMO X 19
290 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
parte de líi historia civil que lleva el nombre de don Claudio-
Gay, el cual ha exajerado considerablemente los errores de-
Pérez García. A pesar de éste i de otros descuidos de menor
importancia, puede decirse que, por regla jeneral, sus rectifi-
caciones son útiles i bien estudiada?. Aun podria añadirse*
que en el caso referido, el error de Pérez García proviene de
haber dado autoridad histórica a la continuación de la
Araucana escrita por don Diego Santistévan i Osorio, si-
guiendo en esto el ejemplo del abate don Juan Ignacio-
Molina.
Otro defecto de la obra de Pérez García proviene de la
desigual estension con que ha tratado las diversas mate-
rias de la historia. Prolijo i minucioso en la relación de los
hechos concernientes a la historia de la conquista, pasa
mas de carrera en los sucesos posteriores, como si fatigado-
del trabajo que habia emprendido, quisiera salir de él rá-
pidamente. Este defecto se esplica mas fácilmente cuando-
se considera que el historiador comenzó a ejecutar la re-
dacción definitiva de su obra a la avanzada edad de 83-
años. Por lo demás, aunque su historia da preferencia par-
t'cular a los sucesos puramente militares, nunca olvida de-
consignar los hechos que tienen relación con la historia ci-
vil i administrativa i aun con las cuestiones meramente so-
cia'es i económicas. Bajo este último punto de vista, su li-
bro consigna noticias que en vano se buscarian en los otros-
cronistas.
Pero, preciso es reconocerlo, Pérez García investiga re-
gularmente los hechos, los espone en orden, aunque no pue-
de darles su verdadero cclorido, ni presentarlos con la luz^
necesaria para apreciarlos debidamente. Su obra, mas que
una historia en que se destacan las figuras de los persona-
jes que en ella intervienen i el ¿ispecto de los tiempos que
recorre, es un C(mjunto metódico de indicaciones i de he-
chos fatigosos para la lectura, pero que el historiador pue-
de aprovechar porque le facilita una parte del trabajo de-
investigación.
Pérez García no es tampoco un escritor. Bajo este aspee-
DON JOSÉ PÉREZ GARCÍA 291
to queda muí atrás de casi todos los antiguos cronistas de
Chile. La edad avanzada en que escribió, la deficiencia de
su preparación literaria anterior, son causas de que su es-
tilo adolezca de las mas graves faltas, o mas propiamente
de que carezca casi absolutamente de estilo. Su frase es in-
correcta, cortada, muchas veces incompleta, i en ocasiones
se presta a un sentido que sin duda no es el que el autor qui-
so darle. Aun su ortografía adolecedetodo jénero de faltas
no solo en la escritura de las palabras sino en la puntua-
ción. El autor distribuye de ordinario los puntos i las co-
mas sin razón ni medida, de manera que es menester hacer
abstracción de ellos para hallar el sentido de la cláusula.
Este defecto, mui común aun en los escritos de algunos au-
tores estimables de los siglos pasados, choca menos que al
vulgo de los lectores a los que tienen alguna práctica en el
estudio de los papeles viejos.
El libro de Pérez García no podria ser publicado sin ha-
cer antes una prolija revisión para evitar estos defectos
que podríamos llamar ortográficos. Pero aun sin entrar
en hacer correcciones de estilo i de lenguaje, la impresión
de la obra que damos a conocer, seria de suma utilidad pa-
ra popularizar un monumento histórico, defectuoso sin du-
da, sobre todo bajo el punto de vista literario, pero de un
valor real i sólido para el estudio de nuestro pasado.
INTRODUCCIÓN
AL INFORME AKUAL PRESENTADO AL REAL TRIBUNAL DE
MINERÍA EN 1803 POR EL DR. JUAN EGAÑA^"'
Desfk los primeros días de la conquista, Chile gozó de la
reputación de ser un depósito inagotable de riquezas mi-
nerales. En el Perú se le consideraba "una tierra cuajada
de oro," según la pintoresca espresion de uti antiguo cro-
nista. Esta fama se estendió luego fuera del continente
americano; i en numerosos libros de jeografía, impresos en
Europa en los siglos XVI, XVII i XVIII, la descripción
sumaria i ordinariamente errada que se daba del territorio
chileno, estaba destinada a hablar mui exajeradamente de
la grande abundancia de sus minas i de la estraordinaria
riqueza de éstas en los mas variados i valiosos metales.
* Publicado por el señor Barros Arana en 1894, al imprimirse
el Informe del Dr. Egaña que se hallaba inédito en el archivo de
manuscritos de don Luis Montt.
El título completo de este libro es el siguiente:
«Informe Anual que presenta la Secretaría de este Real Tribunal
en el cual con arreglo a las reales ordenanzas i disposiciones déla
294 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLlOGRÁFiCOS
Esta fama lejendaria del territorio chileno, que nuestro
pais habia de merecer con justicia mas tarde con el progre-
so de los estudios científicos i de los trabajos industriales,
no estaba justificada entonces por los hechos. Es la verdad
que Chile no correspondió cumplidamente en aquellas
épocas a la reputación que se le habia dado, i que bajo el
aspecto de su riqueza i de su producción minera, figuró en
segundo orden entre las colonias del rei de España.
Los primeros conquistadores de nuestro suelo contra-
jeron s i esfuerzo industrial a la esplotacion de los lava-
deros de oro. Muchos de ellos aspiraban a enriquecerse en
pocos años para regresar a España en una condición de
fortuna que les permitiera vivir como grandes señores. El
resultado de sus afanes correspondió raras veces a aquellas
ilusiones, pero los lavaderos produjeron beneficios relati-
vamente considerables. Los pobres indios de las provin-
cias ocupadas por la conquista, eran sometidos al sistema
Junta Jeneral de Electores se da razón del resultado de las visitas
practicadas por los diputados jenerales i territoriales de todo el
Reino: de los minerales, minas i trapiches que comprende; sus nom-
bres, laboreos, vetas, direcciones; estado de los trabajos, productos
metálicos, leyes jenerales, consumos de azogues, clima, aguas, pas-
tos i demás proporciones locales de los asientos. De las providen-
cias que se han tomado con arreglo a las instrucciones de visita
que para cada provincia se han remitido por esta Secretaría. Las
obras interesantes, necesidades i recursos de cada diputación;
con los remedios i providencias que pueden darse en las circunstan-
cias actuales, según las luces que suministran todos los espedientes
de este archivo, i las indagaciones que se han hecho sobre el parti-
cular. La situación jeográfica, natural i política de cada provin-
cia, sus producciones minerales mas conocidas i los progresos de
ellas. Negocios que debe emprender el Tribunal para el fomento de
la minería; razón de los que se han emprendido, con todo lo demás
que pueda dar una idea exacta de lo obrado en esteramo desde
el año de 1789, época de su establecimiento, hasta el presente, to-
do para el año de 1803.»
Nota del Compilador.
INFORME PRESENTADO AL REAL TRIBUNAL DE MINERÍA 295
de repartimientos, i obligados por sus señores a un trabajo
constante, sin otro salario que un miserable sustento.
Según el lenguaje corriente de los conquistadores, poseer
un repartimiento de indios que hacer trabajar en los lava-
deros, era '*tener que comer."
El oro sacado de esa manera en las márjenes de muchos
arroyos, debia ser presentado a la fundición real para ser
convertido en pequeñas barras marcadas con un sello, i
para pagar el impuesto de un veinte por ciento que con el
título de "quinto real" correspondia al soberano. Faltan
los documentos para apreciar con exactitud las cantidades
de oro que de esa manera se estrajeron del suelo de Chile; i
aun cuando se conservaran las cuentas de la fundición real,
ellas no podrían dar una idea cabal de los beneficios de esa
industria, desde que seguramente una buena parte del oro
sacado de los lavaderos era sustraida a toda intervención
de la fundición real. Hai, sin embargo, dos hechos que, sin
dar una idea exacta de esa producción, manifiestan que
debió ser considerable. De Chile se sacaron en muchas oca-
siones cantidades de oro en polvo o en barra para enviarlas
a España. Hasta los primeros años del siglo XVII no cir-
culó en nuestro pais moneda alguna, o solo se conocieron
como objetos de curiosidad las que se acuñaban en el Perú
o en España. Los cambios se hacían en Chile con oro en
polvo o con las pequeñas barras selladas en la fundición
real. Esta situación subsistió hasta que se dispuso que el
tesoro del Perú enviase cada año a Chile, con el nombre de
*'real situado", una suma anual destinada al sostenimiento
de un ejército permanente para someter a los indios indo-
mables de Arauco; i aunque la mayor parte del situado
venia en especies, lo que dio oríjen a los mas escandalosos
peculados, venia igualmente algún dinero que creó al fin la
«circulación de moneda.
Pero si la esplotacion de los lavaderos de oro fué la
ocupación preferente de los primeros conquistadores de
Chile, no les era dado a éstos desentenderse de los trabajos
296 ESTUDIOS HISTÓmCO-BIBLIOGRÁFICOS
agrícolas, que con el cultivo de la tierra i la crianza de
animales, les procuraba alimentos, ganado i caballos para
la guerra. La feracidad de nuestro suelo correspondió
abundantemente a ese esfuerzo, i cuarenta años después de
haberse iniciado la conquista, suministraba todos los
artículos de ese orden necesarios para su consumo, i es-
portaba al Perú cantidades relativamente considerables de
vino, de trigo, de sebo, de cecina, etc., etc. La agricultura,
aunque mui rudimentaria todavía, comenzaba a ser la in-
dustria de la gran mayoría de los chilenos.
La minería, sin embargo, siguió tomando desarrollo con
el aumento de población. Desde principios del siglo XVII se
explotaron minas de cobre que daban un provechoso resul-
tado. Las de plata, trabajadas con constancia, pero sin el
conveniente discernimiento, i sin contar para el beneficio de
los metales mas que con procedimientos imperfectos i ruti-
narios, llegaron a constituir una de las mejores fuentes de
la producción nacional.
No es este el lugar de bosquejar ni aun en sus rasgos mas
jenerales, la historia de la industria minera en nuestro pais.
Ese seria el tema de un escrito especial que no podria redu-
cirse a mui estrechas pajinas. Dos viajeros estranjeros, el
francés Frézier i el iugles Helms, en libros escritos del siglo
XVIII, consignaron sobre este particular noticias dignas
de atención, i en otras relaciones de viajes llevados a cabo
en el siglo XIX se hallan valiosas indicaciones. Algunos de
nuestros antiguos cronistas, el abate don Juan Ignacio
Molina i don Vicente Carvallo i Goyeneche, sobre todo,
consignaron indicaciones utilizables. Pero existen ademas
num.erosos documentos reunidos o dispersos que suminis-
tran un regular material para constituir la historia de la
minería en Chile. Nosotros mismos, preparando un trabajo
histórico jeneral sobre nuestro pais, hallamos en el estudio
de esos documentos datos suficientes para dar a conocer
sumariamente, pero con noticias bastante seguras, el es-
tado de esa industria i de su producción al terminarse el
período colonial.
INFORME PRESENTADO AL REAL TRIBUNAL DE MINERÍA 297
La minería tenia que luchar con dificultades enormes
aparte de la falta de conocimientos científicos i de la pobre-
za jeneral del pais. No liabia caminos para la fácil estraccion
de los productos de las minas. La lejislacion colonial pro-
hibía todo comercio con los estranjeros, lo que embaraza-
ba i casi impedia la esportacion de esos productos. La
imperfecta policía esponia a los que se consagraban a esta
industria a los fraudes i robos cometidos por sus propios
trabajadores. La administración de justicial, sumamente
lenta en sus procedimientos, carecía de leyes claras i preci-
sas para solucionar los litijios a que daban oríjen los ne-
gocios de minas.
Esta última necesidad fué remediada por una real reso-
lución. En 1787 dispuso el rei que las ordenanzas de minas
de Nueva España tuvieran valor legal en Chile. En conse-
cuencia, se estableció sólidamente el tribunal o junta de
minería, i se crearon delegados de éstas en todos los distri-
tos mineros. Este tribunal debia no solo juzgar todos los
litijios át minas, sino propender al desarrollo de esta in-
dustria.
Tuvo el tribunal de minería la fortuna de contar a los
pocos años de existencia con la cooperación de un funcio-
nario intelijente, ilustrado i laborioso, que debia serle mui
útil. Fué éste el doctor don Juan Egaña, asesor o consejero
letrado del tribunal, que, para corresponder al objeto que
se tuvo en vista en la creación de ese cuerpo, preparó en
1803 el importante informe que hoi se publica por primera
vez, i que constituye la estadística mas prolija i completa
de la industria minera de Chile al cerrarse la edad colo-
nial.
En esa misma época el rei habia creado el tribunal del
consulado o de comercio, que comenzó a funcionar en 1795
i que también tuvo el encargo de propender al desarrollo
de esta industria. Es conocida la influencia que tuvo en los
progresos de la colonia este tribunal, que llevó su acción
bienhechora mas allá de los límites que parecía fijarle su
298 ESTUDIOS IIISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
propio título. El asesor del consulado, don Manuel de Sa-
las, que en sus viajes i en el estudio habia adquirido los
conocimientos económicos que comenzaban a abrirse cami-
no en Europa, i que en Chile habia observado todos los in-
convenientes i defectos del sistema gubernativo existente,
escribió una serie de memorias que llevan su firma, i prepa-
ró otras que firmaron diversas personas, en las cuales, con
una gran amplitud de vista, no solo señaló los males sino
que propúsolos remedios que la revolución de la independen-
cia habia de hacer prácticos. Los informes de Salas tuvieron
gran resonancia entre los hombres mas ilustrados de este
pais; i don Juan Egaña, encargado de un trabajo análogo
sobre la industria minera, quiso desempeñarlo con el mis-
mo interés i con el mismo celo.
En la memoria que hoi se publica se hallarán algunas
consideraciones jenerales de carácter científico que demues-
tran lo que un hombre estudioso e intelijente podia saber
en Chile en aquellos años sobre materias que en Europa
comenzaban a ser estudiadas con nueva luz. Se hallarán
también algunas observaciones de carácter jurídico i ad-
ministrativo que no carecen de ínteres. Pero se encontrará
sobre todo una estadística, tan completa como era posible,
del estado de la industria minera, de sus medios de es-
plotacion i de su producción en la víspera de la indepen-
dencia.
Llaman también la atención en este informe la elevación
de miras i la gran independencia de carácter de que da
muestra en cada pajina el autor, denunciando con firmeza
los abusos, fraudes i otros males, i proponiendo de la mis-
ma manera los remedios i las reformas que su criterio sano,
práctico i profundamente patriótico conceptuaba conve-
nientes. Sus opiniones científicas, i sobre todo la manera
de espresarlas, imbuidas en la ciencia i en el espíritu de la
época, pueden a veces parecer estrañas al lector; pero al
mismo tiempo se esperimenta un sentimiento de considera-
ción i aun de afecto, el encontrarse continuamente con el
INFORME PRESENTADO AL REAL TRIBUNAL DE MINERÍA 299
funcionario público activo i honrado, preocupado esclusi-
vamente del bien de su pais.
Bajo estos puntos de vista, el informe del doctor Egaña
€S un documento precioso para la historia de la industria
i de la administración chilenas; i esto es lo que ha decidido
jsu publicación.
LA ACCIÓN DEL CLERO
Bn lá revolución
DE Li INDEPENDENCIA AMERICANA
XT
LA AOOION DEL CLERO
en la revolución de la independencia americana *
PRIMERA PARTE
Seria un libro tan curioso como instructivo aquel que
hiciese la historia clara i comprensiva de las dificultades de
un orden moral que tuvieron que vencer los revolucionarios
hispano-americanos de 1810 para alcanzar la independen-
cia. Los historiadores se han contraído especialmente a
referirnos los esfuerzos materiales, por decirlo así, los tra-
bajos sin cuento para levantar e instruir las tropas i para
llevarlas al combate, i los sacrificios que aquellos se impu-
sieron para proveerse de recursos; pero han olvidado, o a
lo menos no han dado toda su importancia a los obstácu-
los de otro orden que les fué indispensable vencer.
I sin embargo, son estos últimos los que mas embaraza-
ron su camino. Los padres de la independencia americana
encontraron en la situación social de las colonias enemigos
* Publicado en la Revista Chilena (Santiago, 1S75) t. I, paji-
nas 49-73 i 241 271.
Nota del compilador.
3C4 ESTUDIOS HISTÓRlCO-IilBLIOaRÁFICOS
mas formidables que los ejércitos españoles. La ignorancia
de las masas era causa de que los principios fundamentales
de la revolución no fuesen populares. Los hábitos invete-
rados de obediencia pacífica i resignada, basados en el pres-
tijio secular de la autoridad del rei.influian poderosamente
par¿i que muchos espíritus se pronunciasen contra toda in-
novación.
El fanatismo relijioso de las poblaciones, sostenido i ali-
mentado por un clero numeroso que creia vinculado su
prestijio i su influencia al mantenimiento del réjimen colo-
nial, puso mas obstáculo al triunfo de la revolución que
todo el poder de Fernando VIL
Las colonias hispanoamericanas contaban en 1810 siete
arzobispados, treinta i cinco obispados, mas de seiscientos
conventos de regulares i un número de clérigos i frailes que
puede avaluarse aproximativamente en cuarenta o cincuen-
ta mil individuos ^ . Por considerable que parezca este nú-
mero, no era él lo que constituía propiamente la fuerza del
clero. Las inmensas riquezas de que disponia, por una par-
te, i la facultad deque se les creia revestidos para dispensar
gracias de un orden sobrenatural como representantes de
Dios en la tierra, hablan granjeado a los eclesiásticos un
poder moral de que casi no llegamos a formarnos una idea
aproximativa en nuestro tiempo. Su apoyo a la causa de
la independencia habria faciUtado estraordinariamente el
1. El virreinato de la Nueva España tenia el arzobispado de
Méjico i los obispados de Puebla, Mechocan, Oajaca, Yucatán,
Guadalajara, Durango, Nuevo León i Sonora, con 280 conventos;
la capitanía jeneral de Guatemala, el arzobispado de Guatemala i
los obispados de Comayagua, Chiapas i Nicaragua con 34 con-
ventos; el virreinato del Perú, el arzobispado de Lima i los obispa-
dos de Arequipa, Trujilio, Cuzco, Huamanga i Mainas con 115
conventos; la capitanía jeneral de Chile, los obispados de Santiago
i Concepción con 45 conventos; el virreinato de Buenos Aires, el
arzobispado de Charcas i los obispados de la Paz, Santa Cruz de
la Sierra, Buenos Aires, Córdoba, Paraguai i Salta con 64 conven-
tos; el virreinato de Nueva Granada, el arzobispado de Santa Fé
de Bogotá i los abispados de Quito, Cuenta, Popayan, Cartaje—
EL CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 305
triunfo de ésta, aí3Í como su hostilidad fué causa de obs-
táculos i embarazos que en muchas ocasiones parecieron in-
vencibles.
En las pájina« que siguen vamos a apuntar algunos he-
chos de este orden, es decir de las dificultades que los revo-
lucionarios americanos tuvieron que vencer fuera de los
campos de batalla para conseguir la deseada independen-
cia. No pretendemos escribir la historia de estas resisten-
cias, para lo cual son insuficientes los documentos que he-
mos recojidornos limitamos solo a agrupar ciertas noticias
que conviene conocer en su conjunto para estimar esta faz
de nuestra revolución.
El virreinato de la Nueva España era la mas rica, la mas
poblada i la mas culta de las colonias hispano-americanas.
En ella era también donde el clero contaba con mayor nú-
mero de miembros i con riquezas mas considerables. **La
riqueza del clero mejicano, dice un juicioso historiador 2 no
consistia tanto en las fincas que poseia, aunque estas eran
muchas, especialmente las urbanas en las ciudades princi-
pales como Méjico, Puebla i otras, sino en los capitales im-
puestos a censo redimible sobre las de particulares; i el trá-
fico de dinero por la imposición i redención de estos cauda-
Tia, Santa Marta, Antioquía i Panamá con 66 conventos; la capi-
tanía jeneral de Caracas, el arzobispado de Caracas i los obispa-
dos Maracaibo i Guayana con 12 conventos. En las Antillas exis-
tian ademas el arzobispado de Santiago de Cuba i los obispados
de la Habana i Puerto Rico.
Se ha estimado en 14,000 el numero de los eclesiásticos que ha-
bía en la Nueva España; en cerca de 5,000 el de los que residían
en el virreinato del Perú i en mas de 3,000 el de los que habia en
el virreinato de Nueva Granada. Los que habia en las otras pro-
vincias, Guatemala, Venezuela, virreinato de Buenos Aires, Chile,
Cuba i Puerto Rico no pedían bajar de 18 a 20,000.
2. Alaman, Historia de Méjico desde 1808, lib. I, cap. II, paji-
nas 66, 67 i 68.
20
TOMO X
306 ESTUDIOS HISTÓRICO BIBLIOGRÁFICOS
les, hacia que cada juzgado de capellanías, cada cofradía,
fuese una especie de banco. La totalidad de las propiedades
del clero tanto secular como regular, así en fincas como en
esta clase de créditos, no bajada ciertamente de la mitad
del valor total de los bienes raices del pais. Ademas de es-
tas rentas, tenia el clero secular los diezmos que en todos
los obispados de la Nueva España montaban a cosa de un
millón i ochocientos mil pesos anuales, aunque de esta su-
ma percibía el gobierno una parte." Después de estudios
bastante prolijos, se ha calculado en 45 millones de pesos
la renta anual de la iglesia mejicana antes de 1810.
Estos capitales se administraban de una manera que me-
rece recordarse, porque en cierto modo esplica el poder del
clero mejicano. Prestaba éste los fondos disponibles, i los
que pertenecian a las cofradías, a los propietarios territo-
riales bajo la garantía de una hipoteca i a un interés com-
parativamente moderado. De este modo, el clero habia lle-
gado naturalmente i por la fuerza de las cosas, a tener la
jestion de una especie de banco hipotecario, cu^^os acreedo-
res estaban sometidos al influjo poderoso e irresistible de
los prestamistas.
La enorme renta que producían estos capitales estaba dis-
tribuida mui desigualmente entre los 14,000 eclesiásticos
que contaba el virreinato. El arzobispo de Méjico tenia.
130,000 pesos de entrada anual; 110,000 el de Puebla;
100,000 el de Valladolid; 90,000 el de Guadalajara; 35,000
el de Durango; 30,000 el de Monterei (Nuevo León); 20,000
el de Yucatán; 18,000 el de Oajaca, i solo 6,000 el de Sono-
ra ^, La renta de muchos canónigos era mui considerable.
Habia curatos que producian ocho o diez mil pesos al año,
mientras otros no alcanzaban a redituar mas de ciento o
ciento veinte pesos. Este contrasteen la posición pecuniaria
de los eclesiásticos, la opulencia en que vivian los unos i la
miseria en que estaban sumidos los otros, era causa de riva-
3. Huraboldt, Ensayo político sobre la Nueva España, lib., 11,
cap. VIL
EL CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 307
lidades i de odios entre el alto i el bajo clero. Se compren-
de fácilmente que llegado el momento de la revolución, los
desheredados de la fortuna, o a lo ménosuna parte de ellos,
habia de ponerse de parte de un movimiento que parecia
destinado a reparar esas injusticias, i que los favorecidos
por aquel estado de cosas habrian de declararse sus soste-
nedores. Esto fué, en efecto, lo que sucedió.
El movimiento estalló el 16 de setiembre de 1810 en el
pequeño pueblo de Dolores, encabezado por el cura del lu-
gar, don Miguel Hidalgo. Aunque éste no era del número
de los menesterosos, puesto que su curato le producia una
buena renta, i que era arrastrado a la revolución por senti-
mientos de un orden mas elevado, luego fueron a agrupar-
se al rededor de él otros individuos del bajo clero que se hi-
cieron mas o menos célebres en el curso de la revolución.
Aquel movimiento revolucionario no pretendia atacar
en nada la relijion del pueblo mejicano. Lejos de eso, Hidal-
go comenzó por declarar que era católico, apostólico i ro-
mano, que acataba i defendía estas creencias, i que por eso
tomaba por pai;rona de su ejército a la vírjen de Guadalu-
pe, mui venerada en toda la Nueva España. Pero al saberse
en la capital la primera noticia de la revolución, el virrei don
Francisco Javier Venégas, no vaciló en invocar el nombre
de la relijion para combatir a los insurjentes. "Entre otras
providencias que tomó, dice un español que en esos mismos
dias escribía un bosquejo histórico de los sucesos que pre-
senciaba * , fué excitar al arzobispo de esta capital, al tri-
bunal de la inquisición i a los obispos de Yalladolid i de
Puebla a que fulminasen escomuniones contra los autores
de la insurrección i sus secuaces, lo que contribuyó no poco
a imponer silencio a los revoltosos de Méjico i otros puntos
todavía libres del contajfo." El historiador de la revolución
mejicana, doctor don Servando Teresa Mier, que ha con-
signado estas noticias, agrega: "También obligó el virrei a
4. Este bosquejo histórico o diario de los primeros tiempos de la
revolución de Méjico, fué publicado ea El Español de Londres.
308 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
todos los cuerpos a escribir proclamas i manifiestos, i soli-
citó a varios particulares a componer diversos escritos con-
tra la insurrección, a declamar en los pulpitos, confesiona-
rios, etc., etc. 5 ." Se quería poner en movimiento contra
la insurrección todo el poder de la iglesia.
No se hicieron esperar los resultados de este plan de gue-
rra. Por todas partes "se procuraba inspirar a la tropa
realista horror por hombres a. quienes se pintaba como
escomulgados, traidores a Dios i a su rei, i enemigos de la
iglesia, dice otro historiador mejicano ^. Esta era siempre
la orden del dia. Sacerdotes destinado a este objeto, predi-
caban a la tropa, i la exhortaban a esterminar a sus her-
manos. Se hizo conducir a Méjico la imájen de la vírjen de
los Remedios, patrona de los españoles, cuyo santuario es-
tá a tres leguas de la capital, i que es uno de los monumen-
tos de la superstición de los peninsulares. Fué revestida de
las insignias militares; se la invocó como intercesora entre
los realistas i la Divinidad, poniéndose como en una lucha
las dos imájenes de la madre de Dios, a saber: la de Guada-
lupe, implorada por los insurjentes i la de los Remedios por
los partidarios del gobierno español. ¿No es esto semejante
a los combates de los dioses en la guerra de Troya, descri-
tos por Homero? Los nombres son los únicos que han va-
riado".
Al llamamiento del virrei respondieron inmediatamente
los obispos.
Fué el mas ardoroso el doctor de Manuel Abad i Quei-
po, obispo electo de Mechoacan, español notable por su
intelijencia i su ilustración, cuyos escritos sobre jeograíía,
estadística i administración son justamente estimados.
Desde su diócesis de Valladolid, lanzó el 24 de setiembre de
5. Historia de la revolución de Nueva España, publicada en Lon-
dres en 1815 por el doctor Mier; bajo el seudónimo de José Gue--
rra; tomo I,pájs. 306 i 307. El doctor Mier era un sacerdote de mu-
cha instrucción i un hábil escritor.
6. Don Lorenzo de Zavala, Ensayo histórico de las revoluciones
de Méjico, tomo I, páj. 61.
BL CLERO BN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 309
1810 el rayo mas terrible que podía fulminar, una solemne
escomunion contra todos los revolucionarios. Vamos a co-
piar íntegra esta pieza como modelo de tantas otras que
salieron en breve de manos de los mas implacables enemi-
gos de nuestra revolución. Hela aquí:
**E1 cura de Dolores don Miguel Hidalgo (que habia me-
recido hasta aquí mi confianza i amistad) asociado de los
capitanes del rejimiento de la reina don Ignacio Allende,
don Juan Aldama i don José Mariano Abasólo, sedu-
ciendo una porción de labradores inocentes, les hizo to-
mar las armas; i cayendo con ellos sobre el pueblo de Do-
lores el 16 del corriente al amanecer, sorprendió i arrestó
los vecinos europeos, saqueó i robó sus bienes; i pasando
después a las siete de la noche a la villa de San Miguel el
grande, ejecutó lo mismo, apoderándose en una i otra par-
te de la autoridad i del gobierno. El viernes 21 ocupó del
mismo modo a Celaya, i según noticias, parece que se ha
estendido ya a Salamanca e Irapuato. Lleva consigo los
europeos arrestados, i entre ellos al sacristán de Dolores,
al cura de Chamacuero i a varios relijiosos carmelitas de
Celaya, amenazando a los pueblos que los ha de degollar
si le oponen alguna resistencia. E insultando a la relijion,
a nuestro soberano Fernando YH, i a nuestra señora, que
es un sacrilejio gravísimo, pintó en su estandarte la imájen
de nuestra augusta patrona, nuestra señora de Guadalu-
pe, i le puso la inscripción siguiente: Viva la relijion. Viva
nuestra Madre Santísima de Guadalupe. Viva Fernando
VIL Viva la América. I muera el mal gobierno.
''Usando pues de la autoridad que ejerzo como obispo
electo i gobernador de esta mitra, declaro que el cura de
Dolores i sus secuaces los tres dichos capitanes son sacrile-
gos, perjuros, i que han incurrido en la escomunion mayor
del canon Si quis suadente diaboio^ por haber aprisionado
i mantenido arrestado al dicho sacristán, cura i relijiosos.
Los declaro escomulgados vitando, prohibiendo que nin-
guno les dé socorro, ausilio i favor bajo la pena de escomu-
nion mayor latee sententiaSy en que desde ahora para en-
310 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
entonces declaro incursosalos contraventores, como igual-
mente a la porción del pueblo que trae seducido con títulos
de soldados i compañeros de armas, si no le desamparan i
se restituyen a sus hogares dentro del tercero dia siguiente
inmediato al que tuvieren noticia de este edicto, i a todos
los que voluntariamente se alistaren bajo sus banderas, o
que de cualquier modo le dieren favor i ausilio. ítem decla-
ro que el dicho cura Hidalgo i sus secuaces son seductores
del pueblo i calumniadores de los europeos".
Antes de continuar la narración de los hechos de que nos
venimos ocupando, debemos hacer aquí una breve obser-
vación. Al leer el edicto que acabamos de trascribir se cree-
ría que la escomunion decretada por el obispo Abad i Quei-
po no era inspirada únicamente por un sentimiento ajeno
a la relijion, como el de servir a los intereses políticos de
la metrópoli, sino por el propósito de castigar a un sacer-
dote que toma las armas, que manda tropas, i que apresa
i maltrata a otros sacerdotes. Los hechos vinieron en bre-
ve que la escomunion no tenia este segundo objeto, i que
era una arma esclusivamente política. Cuando los obispos
i otros clérigos empuñaron las armas en sus manos para
combatir la insurrección, a nadie se le ocurrió fulminar
contra ellos una escomunion; i aun lejos de eso, el espíritu
marcial de estos guerreros de corona i de sotana fué mui
aplaudido por el mismo clero que escomulgaba a los insur-
jentes. Cuando las tropas realistas fusilaban en varios pun-
tos del territorio a los eclesiásticos que habian abrazado
la causa de la insurrección, los obispos, o a lo menos el ma-
yor número de ellos, no hicieron nada por impedir esas
sangrientas ejecuciones. En vez de pronunciarlos anatemas
de la iglesia o de interponer su influjo para evitar los ho-
rrores de esas ejecuciones, algunos délos obispos mejicanos
las aprobaron i aplaudieron. Como lo enseña la historia, i
como vamos a demostrarlo en las pajinas siguientes, las
escomuniones pronunciadas contra los insurjentes de Mé-
jico, i las que se formularon con igual objeto en los otros
pueblos americanos, no tenian por móvil un principio reli-
EL CLERO BN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 311
jioso sino un ínteres político, el de afianzar la dominación
española en nuestro continente. Las armas de la iglesia es-
taban, pues, al servicio de la causa del despotismo i de la
opresión.
Abad i Queipo no era, como se ve, mas que obispo electo;
pero, según las leyes i las prácticas españolas, estos funcio-
narios por el solo nombramiento real, usaban distintivos
episcopales i entraban a gobernar las diócesis. ''Los obispos
electos, dice Alaman, no usaban la vestidura morada propia
de aquella dignidad, pero llevaban el sombrero grande de ca-
nal forrado en verde lo interior de la ala, icón unos cordones
de seda verde alrededor de la copa, con borla que colgaban
hasta fuera" 7. Sin embargo, en el caso presente, podia sus-
citarse una dificultad. Abab i Queipo no liabia sido desig-
nado obispo por el rei sino por la rejencia que gobernaba
en España durante el cautiverio de Fernando YII; i los ca-
nonistas mejicanos discutían sien ese gobierno residía o no
el derecho de patronato. El mismo Abad i Queipo tuvo du-
das acerca de la estension de sus poderes; i para dar toda
la validez al auto que acababa de lanzar, se dirijíó el mis-
mo día 24 de setiembre alvirrei Yenégas. ''Anoche supimos,
dice su nota, que el cura de Dolores i sus secuaces han ocu-
pado a Celaya, Salamanca e Irapuato. I viendo la facilidad
con que seduce los pueblos, me ha parecido conveniente
escomulgarlo en los términos que se contiene en el edicto
que formé esta mañana, i acompaño a V. E. para que, si es
de su agrado, se circule en la Gaceta de Méjico. ^^
Era éste el periódico oficial del virreinato. El supremo
mandatario no solo aprobó la escomunion, sino que hizo
salir un número estraordinario de dicho papel el 28 de se-
tiembre, en que se publicó la escomunion lanzada por el
obispo de Mechoacan, seguijla de estas palabras: "S. E.
recibió con la mayor complacencia esta justa resolución,
tan propia de la sabiduría i celo de tan digno i benemérito
7. Alaman, Historia de Méjico desde 1808^ lib. I, cap. II, paji-
na 37.
312 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
prelado, i se ha servido corresponderle con las espresiones
correspondientes a una demostración tan brillante del celo,
virtud, fidelidad i patriotismo que lo caracterizan."
No quiso quedarse atrás en estas medidas el arzobispo
de Méjico don Francisco Javier de Lizana i Beaumont. Co-
mo jefe de la iglesia de la Nueva España, publicó el 11 de
octubre del mismo año (1810) un edicto en que declaraba
que la escomunion dictada por el obispo electo de Mechoa-
can estaba hecha por superior lejítimo, con entero arreglo
a derecho, i que los fieles estaban obligados en conciencia
i bajo pena de pecado mortal i de quedar escomulgados, a
la observacia de lo que mandaba aquel prelado, cuja es-
comunion hacia es tensiva al terrirorio de su propia dióce-
sis ^. Pocos dias después, el 18 de octubre, el arzobispo di-
rijia a todos los curas de su jurisdicción una nueva pasto-
ral en que los excitaba a impugnar la revolución, i les
mandaba que la leyesen a sus feligreses i la fijasen en todas
las iglesias ^. La santa inquisición de Méjico no quiso ser
menos; i en un largo edicto en que citaba al jefe rebelde a
dar cuenta de su conducta ante el terrible tribunal en el
plazo de treinta dias, imponía escomunion mayor, quinien-
tos pesos de multa i todas las penas canónicas prescritas
contra los herejes a todas las personas, sin escepcion, que
aprobasen el movimiento revolucionario, recibiesen procla-
mas, mantuviesen relaciones de cualquier jénero con Hidal-
go, le prestasen cualquier favor o no denunciasen o no ex-
citasen a denunciar a los revolucionarios i^.
Pero este diluvio de escomuniones no llegaba al campa-
mento de Hidalgo, o a lo menos este jefe se guardaba bien
de darlas a conocer a sus soldados, temeroso ciertamente
de las funestas consecuencias que podian producir. El ardo-
roso obispo Abad i Queipo redobló sus esfuerzos, i fulminó
8. Este edicto se publicó en la Gaceta de Méjico del 19 de octu-
bre. Véase Alaman, obra citada, lib II, cap. I, páj. 390
9. Publicada en la Gaceta de 23 de octubre.
10. id. id. 19 de octubre.
EL CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 313
dos nuevos edictos o dos nuevas escomuniones. "Los espa-
ñoles europeos, decía en el de 30 de setiembre, son los úni-
cos que los sediciosos procuran por ahora ofender; i es tal
la prevención del pueblo contra ellos que en todas partes ha
sido un espectador insensible de sus males. Pero sabed que
si proseguís en la insurrección i morís impenitentes en este
estado, vuestras almas serán destinadas a las penas eter-
nas del infierno i vuestros cuerpos privados de sepultura
eclesiástica servirán de pasto a los perros i a las aves".
Parece que desde entonces los realistas se creyeron autori-
zados por el cielo para dejar insepultos los cadáveres de los
insurjentes muertos en el campo de batalla. Por el tercer
edicto, que lleva la fecha de 8 de octubre, declara la insu-
rrección manifiesta i notoriamente herética, i a todos sus
fautores escomulgados vitandos, e incursos en todas las
penas de los perjuros, sacrilegos i herejes ^^.
Los otros obispos del virreinato desplegaron igual celo
para combatir la insurrección, empleando cada uno de ellos
diversos arbitrios para llegar al mismo fin. El menos beli-
coso de todos fué el de Puebla, don Manuel Ignacio González
del Campillo, el único obispo mejicano de nacimiento en to-
do el virreinato, pero realista decidido e inflexible, aunque
hombre bondadoso i casi podría decirse conciliador. Per-
suadido del influjo que el clero podia ejercer en aquellos
momentos, reunió el 27 de octubre en el coro de la iglesia
catedral una junta solemne a que concurrieron el cabildo
eclesiástico, los curas de la ciudad, los que pudieron concu-
rrir de fuera, i todos los ordenados in sacris. Allí les espu-
so cuáles eran sus deberes en aquellas circunstancias, i les
exijió que prestasen juramento de no apartarse jamas
de la obediencia al gobierno, de sostener los derechos de
Fernando VII i sus lejítimos sucesores tanto en las funcio-
nes de su ministerio como en las conversaciones familiares,
i de dirijir en este sentido la opinión pública, cuidando de
11. Este edicto fué publicado en la Gaceta de Méjico del 16 de
octubre.
314 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFIOOS
averiguar si en los lugares de su residencia había personas
que formasen la insurrección para dar cuenta al gobierno.
Todos los presentes se ofrecieron a servir a estos principios
con sus personas, su influjo i sus bienes ^^.
El obispo de Oajaca, don Antonio Bergosa i Jordán, fué
mas belicoso que el de Puebla. Antiguo inquisidor de Méji-
co, i hombre de reducida capacidad i de escasa instrucción,
no se limitó a publicar pastorales para animar al pueblo
contra los insurjentes, considerándolos herejes i escomul-
gados, sino que levantó cuerpos de tropas de artesanos i
de eclesiásticos i^. Este prelado, dice el historiador Zavala,
* 'levantó en Oajaca un rejimiento compuesto de eclesiásti-
cos, cuyo coronel era el mismo obispo, que jamas llegaron
a ver la cara al enemigo, como debe creerse de tales solda-
dos, i que (dos años mas tarde, en noviembre de 1812) vie-
ron entrar tranquilamente al jeneral insurjente Morélos en
la ciudad, contentándose ccn tocar las campanas i*.
Del mismo espíritu guerrero se sintió animado otro obis-
po, el de Guadalajara, don Juan Cruz Ruiz i Cabanas, es-
pañol anciano i^, pero que por un momento se creyó tras-
portado a los tiempos de Godofredo de Bouillon, i no tre-
pidó en empuñar la espada contra los pretendidos herejes.
"Formó un cuerpo que se llamó de Cruzada, con los indi-
viduos del clero secular i regular i otros que quisieron
alistarse, los cuales llevaban por distintivo una cruz encar-
nada al pecho. Convocábaseles al son de la campana ma-
yor de la Catedral a hacer el ejercicio, i salían del palacio
12. Alaman, obra citada, libro II, capítulo I, pajina 890. El
acta de esta asamblea fué publicada en la Gaceta de Méjico de
27 de octubre.
13. Alaman, obra citada, libro V, capítulo II, tomo III, pajina.
319.
14. Zavala, obra citada, tomo I, pajina 80.
15. Ruiz i Cabanas fué nombrado obispo de Nicaragua en 1794.
Antes de salir déla península se le trasfirió su nombramiento a
la sede de Guadalajara que era mas importante i mas rica, de que
tomó posesión en 1795.
BL CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 315
episcopal, que era el punto de reunión, a caballo, sable en
mano, llevando un estandarte blanco con una cruz roja, i
los seguian grupos de jente del pueblo gritando: "viva la
fé católica" ^^. Este rejimiento de clérigos i frailes no sirvió
sino de estorbo. Al acercarse a Guadalajara un grupo de
tropas insurjentes, el obispo, a pesar de que había dado a
la lucha el carácter de guerra de relijion, no manifestó mu-
chos deseos de recibir la corona del martirio, i huyendo
precipitadamente hacia lacosta del Pacífico (noviembre de
1810), introdujo el desaliento en los suyos i facilitó los
triunfos de la revolución. Ni aun se creyó seguro en el puerto
de San Blas, que estaba regularmente armado i guarneci-
do; i embarcándose de carrera para Acapulco, introdujo
también el desaliento en aquella plaza que luego se rindió
a los insurjentes.
Preciso es convenir en que este exceso de prudencia tenia
su razón de ser. Los anatemas de la iglesia, bien habían
privado a la insurrección de muchos particulares i emba-
razado sus progresos, habían producido grande irritación
contra los eclesiásticos que así empleaban las armas espi-
rituales para favorecer los intereses meramente mundanos.
La repetición de las escomuniones había amedrentado a
muchos; pero al mismo tiempo comenzaba a debilitar ante
los espíritus mas cultivados el prestíjío del poder eclesiás-
tico. Los obispos, los clérigos i los frailes comenzaron a
percibir las consecuencias de su plan de guerra, i evitaban
el caer en manos de los insurjentes, temorosos de haber
perdido el respeto con que antes se les miraba. En enero
de 1811, estalló la revolución en Monterrey, capital de la
provincia de Nuevo León, encabezada por el mismo gober-
nador. Este movimiento no fué acompañado de desórdenes
ni de horrores; pero el obispo de esa diócesis, don Primo
Feliciano Marín, que habia desplegado mucho ardor con-
tra los patriotas, abandonó su catedral i huyó a la costa
16. Alaman, obra citada, lib. II, cap. IV, tomo 2°, páj. 5.
oi6 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
para embarcarse con rumbo a Vera Cruz, donde esperaba
hallar su salvación ^'^.
A pesar de los triunfos alcanzados, la revolución, exas-
perada por las resistencias i ensangrentada con horribles
matanzas, fué vencida por un momento en 1811. Las ven-
ganzas de los vencedores no se hicieron esperar: el cadalso
se levantó en varios puntos del virreinato; i los insurjentes
prisioneros pagaron con la vida el crimen de patriotismo.
Hidalgo i otros sacerdotes que servían en las filas revolu-
cionarias fueron fusilados sin piedad. Uno de ellos, sin em-
bargo, el cura de Guanajuato, doctor don Antonio Laba-
rrieta, que fué procesado sin otra causa que el haber sido
antiguo amigo de Hidalgo, recibió el indulto a condición
de que defendiese abiertamente los derechos del trono i pre-
dicase acerca de ellos a sus feligreses i^. El primer sermón
que tuvo que predicar fué uno que pronunció en Guanajua-
to el dia que se colocó en una picota la cabeza de su amigo
Hidalgo 1'^. Otro cura de quien se recelaba que abrigase
simpatías por la revolución, pero que aun no habia podido
hacer nada por esta causa, fué privado de su curato por los
jefes militares i remitido a Méjico a disposición del virrei. El
arzobispo, en vez de salir a la defensa de las inmunidades
eclesiásticas, aprobó todo lo hecho con ese pobre cura ^o.
Una vez, sin embargo, las autoridades eclesiásticas sal-
varon del patíbulo a varios eclesiásticos que a no vestir el
traje sacerdotal habrían sido fusilados. En agosto de 1811
se denunció al gobierno el proyecto de algunos revolucio-
narios de la capital para apoderarse del virrei durante su
paseo de cada dia i llevarlo al campamento de los insur-
jentes, establecido en Zitácuaro. Los autores de este plan
fueron condenados a muerte i ejecutados; pero las autori-
dades eclesiásticas, al paso que hacian grandes fiestas reli-
17. Alaman, obra citada, lib. II, cap. VI, tomo 2°, páj. 96.
18. id., id, lib. II, cap. V, tomo 2^, pájs. 67 i 68.
19. Id. id., lib. II, cap. VIII, páj. 202.
20. Id. id., lib. II, cap. V, páj. 69.
EL CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 317
jiosas para celebrar el descubrimiento i el castigo del com-
plot, interpusieron toda clase de reclamaciones para sus-
traer de la acción de lajusticia secular a tres frailes agustinos
que estaban complicados en él, i que se salvaron del patí-
bulo 21. Este caso fué solo una escepcion: de ordinario, los
frailes i los clérigos que simpatizaban con la revolución
fueron ejecutados como los demás patriotas.
El fusilamiento de los sacerdotes iba siempre precedido
de la vergonzosa ceremonia de la degradación. El condena-
do, vestido con el traje sacerdotal, era conducido a presen-
cia de otros eclesiásticos que habian recibido del obispo la
facultad de degradarlo. Allí se le quitaba su traje pieza
por pieza, i se le rapaba la cabeza para hacer desaparecer
toda huella de tonsura, al mismo tiempo que se le leian
ciertas oraciones contrarias a las de la ordenación. Enton-
ces se le entregaba a los ejecutores para que fuera pasado
por las armas.
Antes de mucho tiempo, se vio el ejemplo de un prelado
mejicano que declarase que esta ceremonia era innecesaria
tratándose de les eclesiásticos que servian a la revolución.
En un encuentro que tuvo lugar cerca de Villadolid en ma-
yo de 1812, cayó prisionero i mortalmente herido el clérigo
patriota don fosé Guadalupe Salto. Antes de la rebelión,
este sacerdote habia sido mui respetado por su virtud
ejemplar, pero ni esta circunstancia ni el encontrarse mori-
bundo, despertaron la compasión de sus enemigos. Llevado
a la ciudad, se dispuso su ejecución, pidiéndose al obispo
que se sirviera degradarlo. Abad i Queipo, el mismo que en
setiembre de 1810 escomulgaba a Hidalgo i sus secuaces
por haber apresado a un cura i a un sacristán, declaró con
21. Casi todos los documentos relativos a esta conspiración i
su castigo fueron publicados en la Ga.ceta de Méjico del mes de
agosto de 1811. El Diario de Méjico de 29 de agosto (diadela eje-
cución) publicó una relación de este suceso, que reprodujo el -Es-
paño/ de Londres, tomo TV, páj. 366. Alaman lo ha referido todo
con su habitual prolijidad en el lib. III, cap. IV, tomo 2°, pájs.
367 i siguientes.
318 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
este motivo que la enormidad de los crímenes del reo ha-
cian innecesaria la degradación, habiendo perdido el fuero
i privilejios concedidos por los cánones. El presbítero Salto
fué llevado agonizante al patíbulo en una camilla, i espiró
de resultas de sus heridas momentos antes de la preparada
ejecución 22.
- Este hecho revela hasta dónde llegaba el furor de que
estaban poseídos los prelados de la iglesia mejicana contra
los revolucionarios. Para servir a la causa política en que
estaban abanderizados, no hablan temido echar mano de
las armas espirituales de que disponía la iglesia, como las
censuras i escomuniones. Ahora los vamos a ver emplear en
contra de la independencia de Méjico, la facultad de prohi-
bir la lectura de ciertos libros.
Los revolucionarios publicaban en su campamento un
periódico titulado Ilustrador americano. Servíales para de-
fender los principios de independencia i libertad, para dar
noticias de sus triunfos i para hacer circular los decretos
que dictaban. En él no se atacó nunca la relijion o sus mi-
nistros: lejos de eso, sus redactores hacian ostentación de
ser católicos fervorosos. Ese periódico era leido con avidez
en todo el territorio, aun en los pueblos en que dominaban
los realistas, cuyo poder contribuía poderosamente a des-
prestijiar. El virrei no habla podido hacer nada para impe-
dir la rápida i misteriosa circulación del Ilustrador ameri-
cano) i confió en que la iglesia viniera en su ayuda. En efec-
to, el cabildo eclesiástico de Méjico, que gobernaba la
arquidiócesis en sede vacante (el arzobispo Lizana i Beau-
mont habia muerto en 6 de marzo de 1821), espidió el 3 de
junio de 1812 un auto solemne por el cual ordenaba "so
las penas establecidas en el derecho canónico para los fau-
tores, encubridores i lectores de libelos sediciosos", que el
Ilustrador americano quedaba prohibido i que nadie podia
leerlo sin incurrir en el pecado mortal. Entre losconsideran-
22- Alaman, obra citada, lib. VI, cap. Y, tomo 3^, pájs. 212
i 213.
EL CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 319
dos de este auto figuran estos dos puntos: "1.*^ Porque el
Ilustrador habla mal del Excmo. señor virrei, cuya dulzura
i clemencia son notorias, i porque debe ser relijiosamente
venerado por los hijos de esta iglesia de Jesucristo". I
2."^ ^'Porque en el Ilustrador se trastruecan i debilitan los
triunfos de las armas del rei, ensalzando las de los insurjen-
tes". 23 Este célebre auto tiene la gloria de haber abierto el
camino a las autoridades eclesiásticas de España, que en
los años subsiguientes condenaban como heréticas todas
las publicaciones desfavorables a Fernando VIL
Afianzado con este decidido apoyo que le prestaba el
alto clero, el virrei no vaciló ea dar un paso mas atrevido.
El 25 de junio del mismo año (1812) dictó un terrible ban-
do, que en la historia mejicana se conoce con el significati-
vo nombre de lei de sangre. Por él se declaraban reos de
jurisdicción militar i de los consejos ordinarios de guerra a
todos los que hubiesen hecho o hiciesen resistencia a las
tropas del rei, cualesquiera que fuesen su clase, su estado i
su condición. Imponíase la pena de muerte a todos los jefes
i oficiales revolucionarios de subteniente arriba, i a todos
los eclesiásticos seculares que hubiesen tomado parte ea la
revolución o servido en ella con cualquier título, aunque
solo fuese con el de capellanes. Estos últimos debian ser
juzgados i ejecutados como los legos, sin previa degrada-
ción. El virrei justificaba estas providencias, asegurando
que con ellas **no se corría rieso^o alguno de castigar a ino-
centes, ni de excederse en el castigo, por ser todos verdade-
ros bandidos, anatematizados por la iglesia (aludiendo a
que los independientes habían sido escomulgados muchas
veces), i proscritos por el gobierno, a quienes por lo mismo
podia quitar la vida cualquiera impunemente". ^^
Este bando produjo grande irritación entre los insurjen-
tes. Algunos sacerdotes alzaron también su voz contra los
23. José Guerra, obra citada, lib. XII, tomo 2.°, páj. 97.
24. Bando del virrei Venégas, publicado en la Gaceta de Méjico^
de30dejuniodel812.
320 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBI.IOGRÁFICOS
artículos que se referían a los individuos de su estado a
quienes el virrei privaba por su sola voluntad de todos sus
fueros i privilejios. El cabildo eclesiástico, como encargado
del gobierno de la arquidiócesis, celebró una sesión solemne
para tratar si debia darse algún paso en defensa de las in-
munidades sacerdotales. Como en esa corporación domina-
ban los españoles de nacimiento por su numero i su presti-
jio, se decidió que en aquellas circunstancias no convenia
tomar medida alguna. Al saber esta resolución, ciento diez
clérigos mejicanos prCvSentaron al cabildo eclesiástico una
solicitud en que reclamaban garantías i protección para
las inmunidades de su orden; pero después de inútiles tra-
mitaciones, el bando del virrei quedó en completo vigor. 2'>
Antes de un mes se empezaron a cumplir sus disposicio-
nes mas duras. En julio de 1812 se hallaban enDurango seis
eclesiásticos que el año anterior habian sido tomados pri-
sioneros de guerra, junto con Hidalgo, el primer caudillo
de la insurrección mejicana. Condenados a muerte como
revolucionarios, el obispo de esa diócesis don Francisco
Gabriel de Olivares, aunque español realista, se compade-
ció de aquellos infelices cuyos delitos no los hacian merece-
dores del último suplicio. Creyendo salvarlos de la muerte,
se negó resueltamente a degradarlos. El brigadier don Ber-
nardo Bonavia, intendente i comandante militar de la
provincia, no se dejó vencer por esta resistencia; i con fecha
de 15 de julio dio a uno de sus subalternos la orden siguien-
te: "Pase el escribano de gobierno a notificar la sentencia
a los reos eclesiásticos que se hallan bajo la custodia de
Ud. A las veinticuatro hora la hará Ud. poner en ejecución,
haciéndolos pasar por las armas por la espalda, sin que les
tiren a la cabeza i sin sus vestiduras eclesiásticas ni relijio-
sas que se les vestirán después, i los conducirá Ud. mismo
con toda su tropa al santuario de Guadalupe donde los
entregará al cura para que les dé sepultura, avisándome
su cumplimiento." La sentencia se ejecutó fielmente: la fal-
25. Alaman, obra citada, lib. IV, cap. V, tomo 3*?, páj. 217.
EL CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA o21
i:a de degradación se subsanó con el hecho de haber respe-
tado las sotanas i la corona de aquellos desgraciados pa-
triotas 26.
Pareceria natural que estas horrorosas ejecuciones así
^omo el desprecio que los jefes españoles hacian de las pre-
rrogativas eclesiásticas hubieran resfriado el obstinado em-
peño con que los obispos mejicanos combatían la indepen-
dencia de ese pais. No fué así, sin embargo: después del
terrible bando de 3 de junio de 1812 i de los fusilamientos
de 16 de julio, los obispos i el alto clero continuaron hosti-
lizando la revolución por todos medios, fulminando contra
sus autores las mas terribles escomuniones, i poniendo al
servicio del d<.spotisnio mas atrabiliario i ominoso todo su
poder espiritual.
El mas moderado de todos fué todavía el de Puebla, don
Manuel Ignacio González del Campillo. Creyendo que por
los medios de la suavidad se podrían conseguir mejores
resultados que por el terror, este prelado envió un emisa-
rio cerca de los jefes insurjentes i les dirijió exhortaciones
en que al paso que se declaraba partidario resuelto del reí
de España i de sus representantes, pedia a aquellos en
nombre de la relijion i de la humanidad que depusieran las
armas para evitar los horrores de una guerra tan san-
grienta. Los caudillos patriotas contestaron con respeto i
templanza al prelado de Puebla, pero sostuvieron enérjica-
mente los derechos de la revolución negándose a desistir de
su intento ^7. El obispo Campillo murió pocos meses
26. Don Carlos María Bustamante, Cuadro histórico de la.
revolución de Méjico, tomo 1.°, fol. 277. — Alaman, obra citada,
Hb. ir, cap. VIII, tomo 2.^ pajina 207.
27. Muniñesto del obispo de Puebla para desengaño de los
incautos, opúsculo de 166 pajinas impreso en Méjico en agosto
de 1812, i dedicado al virrei. Este folleto contiene la correspon-
dencia cambiada entre el obispo i los caudil'os de la insurrección
Dos de estos documentos han sido reimpresos por don Pablo de
Mendivil en las pajinas 394 de su Resumen histórico de la revola-
.cion de Méjico, Londres, 1828,
TOMO X 21
322 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFJCOS
mas tarde (26 de febrero de 1813) dejando a su patria su-
mida en una lucha encarnizada i terrible para alcanzar su
independencia.
Por el contrario, el obispo de Mechoacan, don Manuel de
Abad i Queipo, siguió inflexible en su sistema de anatema-
tizar a todos los insurjentes. Por edicto de 22 de julio de
1814 fulminó su cuarta escomunion contra ellos i en espe-
cial con su jeneral en jefe don José María Morélos 28. En
el mismo año escomulgó como hereje, por sus servicios a la
revolución, al doctor don José María Cos, eclesiástico ar-
doroso i apasionado. Este a su vez contestó en un mani-
fiesto que no reconocia la autoridad del obispo, porque ha-
bia sido electo no por el rei sino por la rejencia española,,
porque era hijo ilejítimo i porque en años atrás habia sido
acusado ante la inquisición. El doctor Cos, declarando con
grande arrogancia que el obispo de Mechoacan no tenia^
poder de escomulgar, por estar él mismo escomulgado,^
produjo grande impresión en el bajo clero de Méjico i aca-
rreó no poco desprestijio a aquel prelado ^9.
En Oajaca, el obispo Bergosa habia seguido disciplinan-
do los cuerpos de artesanos i de clérigos que habia organi-
zado para combatir la insurrección. En premio de estos-
trabajos, la rejencia de Cádiz lo nombró arzobispo de Mé-
jico, cuja sede, como hemos dicho, estaba vacante por
muerte de Lizama i Beaumont so. Sin embargo, teniendo
que atender a los negocios de la guerra contra los insur»
jentes, quedó en Oajaca hasta noviembre de 1812. Solo al'
saber la aproximación del jeneral Morélos, fugó oculta-
mente de la ciudad, dejándola sumida en el mayor desa-
liento; i dirijiéndose a Tabasco, se embarcó allí para Vera-
cruz i pasó en seguida a Méjico para seguir prestando sus-
servicios a la causa del rei.
28. Alaman, obra citada, lib. VII, cap. I, tomo 4.*? pajina
29. Don Carlos María Bustamante ha publicado estos docu-
mentos en el tomo 4.°, fols. 236 i siguientes de su obra citada.
30. Zavala, obra citada, tomo 1.° pajina 80, i Alaman lib. III,
cap. VI, tomo 2.° pajina 439.
EN CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 323
Con todo, el arzobispo electo venia desencantado del fru-
to de sus trabajos como guerrero, i no volvió a pensar en
organizar rejimientos de clérigos i de frailes; pero llegó a
tiempo de dar protección i fomento al sistema de predica-
ciones reliji oso- políticas que el virrei habia planteado. Con-
sistian éstas en sermones que se predicaban en los templos
contra la revolución i sus secuaces i en favor del réjimen
español. En Querétaro, donde se fundaron también estas
misiones, se estableció una especie de inquisición: no solo se
recomendó desde el púlpico la delación de los revoluciona-
rios, sino que los confesores negaban la absolución a los pe-
nitentes si no iban a delatar a los que sabian o suponian
que eran afectos a la independencia ^i.
Venciendo las inmensas dificultades que por todas par-
tes le oponia el poder del alto clero i el fanatismo grosero e
ignorante de las masas, la revolución mejicana seguía len-
tamente su camino. Los revolucionarios, después de conse-
guir importantes triunfos militares bajo el mando del jene-
ral Morélos, reunieron un congreso en el pueblo de Chupan-
cingo; i allí proclamó esta asamblea solemnemente el 6 de
noviembre de 1813 la independencia de Méjico. El espíritu
relijioso de aquellos patriotas se deja ver en esta misma
acta. Allí declaran que ''no profesan ni reconocen otra reli-
jion que la católica, ni permitirán ni tolerarán el uso públi-
co ni secreto de otra alguna; que protejerán con todo su
poder i velarán sobre la pureza de la fé i de sus dogmas i
conservación de los cuerpos regulares". Para que no quede
duda sobre la sinceridad de estos sentimientos, bastará re-
cordar que el mismo dia que el congreso proclamaba la in-
dependencia nacional, espidió un decreto restableciendo el
orden de jesuitas ^2. Un año mas tarde, cuando ese mismo
congreso reunido en Apatciiigan dictaba la primera consti-
tución mejicana (22 de octubre de 1814), declaraba en su
31. Alaman, lib. V, cap. IV, tomo 3^, páj. 394.
32. Bustamente, Cuadro Histórico, etc., tomo 2°, páj. 407.
324 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
primer artículo que "la relijion católica romana es la única
que se debe profesar en el Estado".
Todo esto, sin embargo, no impidió que el alto clero me-
jicano continuase usando de las armas de la relijion para
combatir a los independientes. Por edicto de 26 de mayo
de 1815, el cabildo eclesiástico, asegurando falazmente que
los constituyentes de Apatcingan hablan proclamado la
tolerancia de cultos, prohibió la constitución i los otros
papeles publicados por los patriotas bajo la pena de esco-
munion mayor, dejando sujetos a la misma pena a los que
no delatasen a los que los tuviesen, "por ser reos de alta
traición i cómplices de la desolación de la iglesia i de fé pa-
tria 33.
Este sistema de guerra puesto en ejercicio por el clero
mejicano para combatir la causa de la independencia, aun-
que a la larga debia producir el desprestijio de las censuras
i de las escomuniones, dio por resultado inmediato conflic-
tos i embarazos en el seno de las familias i en el plan de
operaciones de los insurjentes. Los obispos, los canónigos,
i los mas altos magnates del clero regular i secular hablan
identificado a tal punto la relijion con la causa del despo-
tismo, que solo se consideraba católico verdadero el que
era partidario ciego i exaltado de la monarquía absoluta.
El restablecimiento de Feniatido VI[ en el trono español,
la disolución de las cortes, la derogación del código consti-
tucional de 1812 i de todas las leyes liberales que la España
se habia dado, el restablecimiento del tremendo tribunal de
la inquisición, fueron sucesos que el clero celebró en Méjico
en los últimos meses de 1814 con las mas ostentosas fun-
ciones relijiosas que jamas se hubieran visto en el vireinato
La inquisición, por su parte, al entrar de nuevo en el uso
de las temible? funciones de que habia estado privada por
resolución de las cortes españolas, se inauguró fulminando
un edicto de 10 de julio de 1815, en que declaraba incursos
33. Edicto publicado en la Gaceta de Méjico de 30 de mavo de
1815.
EL CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 325
en escomunion mayor no solo a todos los que tuviesen pa-
peles impresos por los revolucionarios, sino a los que no
denunciasen a quienes los habían leido o dádoles circula-
ClOtl
34
La restauración de Fernando VII introdujo en la iglesia
de Méjico innovaciones que no debieron ser del agrado de
muchos de sus decididos i entusiastas partidarios. En su
manía de declarar nulos todos los actos ejecutados por el
gobierno español desde 1808 hasta 1814, el rei resolvió
que los nombramientos de obispos hechos en su ausencia i
en virtud del patronato, eran nulos por ser esta una rega-
lía personal. En esta virtud, anuló el nombramiento del
obispo electo de Mechoacan, ordenando que este prelado pa-
sase a Madrid a informarle acerca de los sucesos de Nueva
España. Con la misma autoridad mandó que el arzobispo
electo de Méjico, don Antonio Bergosa, volviese a su dióce-
sis de Oajaca, i confirió la mitra arzobispal al canónigo don
Pedro Fonte, hombre de mas intelijencia e instrucción i que
tenia en la corte española el apoyo de un pariente altamen-
te colocado, el famoso favorito don Tadeo Calomardc.
En esta época llegó también a Méjico un curioso perso-
naje que iba a ocupar uno de los mas encumbrados i lu-
crativos puestos en el episcopado, i que debia desempeñar
en la historia mejicana un papel mui singular. Era éste
don Antonio Joaquin Pérez, nombrado obispo de Puebla
por don Fernando VII en 1815. Diputado a las cortes es-
pañolas de Cádiz como representante de su ciudad natal,
Puebla, el clérigo Pérez se habia mostrado allí partidaria
decidido del réjimen constitucional, pero al mismo tiempo
haciendo alarde de ser enemigo resuelto de la insurrección
liis paño-americana. Sus opiniones sobre estos dos puntos
eran las de la mayoría de aquella célebre asamblea. Así se
esplica que Pérez alcanzara el alto honor de presidirla en
diversos períodos, i de figurar entre los diputados que tu-
vieron el encargo de formar el proyecto de la constitución
3-i. Alaman, libro VI, capítulo V., tomo 4*=*, pajina 178.
326 ESTUDIOS HISTÓRICO -BIBLIOGRÁFICOS
liberal de 1812. Ocupaba el puesto de presidente de las cor-
tes a principios de 1814, a la época de la restauración de
Fernando VII; i olvidando entonces su liberalismo i sus
compromisos, no solo firmó la representación denominada
de los persas, por medio de la cual algunos diputados pe-
dían la supresión delréjimen constitucional, sino que aplau-
dió ardientemente el restablecimiento del despotismo. "Una
mitra con que le galardonaron después, dice el historiador
Toreno, dio fuerza a la sospecha concebida de haber pro-
cedido de connivencia con los destruidores de las cortes, i
por tanto indigna i culpablemente ^^." Pérez, en efecto,
•compró la mitra de Puebla con su complicidad en aquel
golpe de absolutismo •^^.
Antes de salir de España, dirijió a sus diocesanos una
larga pastoral, destinada casi toda ella a despertar el amor
i el entusiasmo por Fernando VIL "En este joven monar-
ca, dice el obispo, trabajó la naturaleza de concierto con
su alto destino, dándole una noble fisonomía, en la cual
está de asiento la majestad, con todos los atractivos de
la benevolencia i de la ternura. Aunque Fernando no fuera
rei, hai en su persona un no sé qué de amabilidad que dul-
cemente arrebataba a amarlo sin término". Describe en
seguida las audiencias en que aquel monarca egoísta i cra-
puloso oia las peticiones del militar estropeado, de la mujer
del preso, de la viuda del soldado muerto en la guerra, de
cujas audiencias todos se alejaban encantados. Las muje-
res, añade el obispo, se retiran diciendo: "¡Hubiera querido
abrazarlo i besarlol" En esa misma pastoral hace a sus
diocesanos la recomendación siguiente: "Que el amor en-
trañable que tenéis a Fernando VII se convierta... no me
35. TovQ:no, Historia de la revolución de España, XXIV, tomo
3^, pajina 364, ed. de Paris.
36. Zavala, Ensayo histórico déla revolución de Méjico, tomo
1°, pájs, 95 i 370.— Como el obispo Pérez volvió a hacerse liberal
cuando vio triunfante la revolución mejicana, don Carlos Le Brun
lo ha presentado con colores mui favorables en sus Retratos polí-
ticos de la revolución de España, pajina 124.
EL CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 327
ocurre de pronto otra espresion... en racional delirio: la
adeudad que la guardáis, en dominante pasión de lealtad;
i la confianza en que vivis de su apacible i justificado go-
bierno, en fruición anticipada de los beneficios que os ha de
dispensar ^7."
Luego se presentó al obispo Pérez una nueva ocasión de
hacer ostentación de su celo en favor del rei de España. El
SO de enero de 1816 el papa Pió Vil dirijió a los obispo de
América una encíclica en que los excitaba ''a no perdonar
esfuerzo para desarraigar i destruir completamente la ci-
zaña de alborotos i sediciones (así llamaba Su Santidad a
la guerra de la independencia americana) que el hombre
•enemigo sembró en esos paises". Para dar a conocer a los
fieles ese documento, el obispo Peres lanzó una nueva pas-
toral en que haciendo muchas reflexiones contra la revo-
lución de América i contra el sistema constitucional, volvia
a hablar con entusiasmo de las virtudes del rei Fernan-
do ^^. Los otros obispos mejicanos aprovecharon este mo-
mento para fulminar de nuevos los mas terribles anatemas
contra los partidarios de la independencia. Se distinguió
particularmente el viejo obispo de Guadalajara don Juan
Ruiz Cabanas, en cuya pastoral vertia "toda el espíritu
del ultramontanismo mas perjudicial i de la funesta pre-
ponderancia que algunos ministros de la relijion pretenden
■siempre ejercer en perjuicio de las sociedades políticas ^9.
Fácil es imajinarse la impresión que debieron producir
estas pastorales en el ánimo del pueblo mejicano. Ya no
eran solo los obispos los que condenaban la revolución de
América; era también el papa que lanzaba sus anatemas
desde Roma. La insurrección, agobiada por las derrotas,
diezmada en los campos de batalla i en los patíbulos, seen-
37. Pastoral de don Antonio Joaquín Pérez, obispo de Puebla
de los Anjeles, de 30 de junio de 1815, impresa en Madrid.
^ 38. Mendivil, Resumen etc., lib. III, cap. IX, páj. 272.
39. Mendivil, obra citada, lib. IV, cap. III, páj. 311. A esta
pastoral del obispo de Guadalajara alude Aiaman en su Historia
'de Méjico, parte II, lib. I, cap. I, tomo 5°, páj. 39.
328 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
contró entonces a plinto de sucumbir. Fué necesario que
ocurriese lá revolución constitucional española de 1820,
para que renaciera el espíritu de independencia bajo una
nueva faz. "Los eclesiásticos fanáticos, los ambiciosos em-
pleados i todas las personas que estaban bien halladas con
el goce de sus sueldos, honores i preeminencias, vieron con
el mas profundo disgusto el motin del coronel Riego, i la
marcha que tomaban las cortes españolas fulminando de-
cretos que menoscababan sus intereses: hé aquí que por un
impulso de desesperación se determinaron los magnates
i el clero mejicanos a trabajar todos en destruir el siste-
ma constitucional, cortando relaciones con la antigua Es-
paña ^o."
Un nuevo caudillo, don Agustín de Iturbide, vino a apro-
vecharse de esta situación. Al grito de independencia lan-
zado en Iguala en 1821 corrieron a agruparse bajo sus
banderas no solo los hombres que quedaban de la revolu-
ción de 1810, sino muchos magnates que, habiendo comba-
tido siempre contra ella, acababan por plegársele por te-
mor al estado de incertidumbre de los negocios de España.
El alto clero mejicano, odiando de corazón el réjimen cons-
titucional inaugurado en la metrópoli, i creyendo posible
la creación de un imperio en Méjico con un príncipe de la
familia de Borbon a la cabeza, no miró con mal ojo la cau-
sa de Iguala. Los obispos dejaron de escomulgar a los in-
dependientes; i en las pastorales de los que les eran mas
hostiles no se descubría aquel tono violento i destemplado
con que hablan acojido la idea de una república. El de Du-
rango, que figuraba entre los mas hostiles a la revolución
de Iturbide, se limitó a recomendar a sus diocesanos la
fidelidad al rei, la obediencia al gobierno i la unión entre
sí ^1. En cambio, el belicoso obispo de Guadalajara, don
40. Don Juan Suárez i Navarro, Historia de Méjico i deljeneraT
Santa Ana, cap. I, páj. 4. Alaman ha esplicado bastante bien esta
situación en la segunda parte, lib. I, cap. I de la obra citada.
41. Edicto del obispo de Durango de 21 de marzo de 1821, pu-
blicado en la Gaceta de Méjico de 21 de abriL
EL CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 329
Juan Ruiz i Cabanas, el que en 1810 organizaba un reji-
niiento de clérigos para pelear contra los insurjentes, i en
1816 los escomulgaba en sus pastorales, abrió sus cofres
bien surtidos de dinero para prestar a Iturbide 25 mil pe-
sos ^^, 1 luego se pronunció por la causa de la revolución
monárquica.
Pero el partidario mas entusiasta que Iturbide encontró
en el episcopado fué don Antonio Joaquin Pérez, obispo de
Puebla, que poco antes era un peninsular frenético. El cam-
bio en las ideas políticas de este prelado, inesplicable al pa-
recer, tiene sin embargo una razón mui sencilla. El obispo
Pérez consideraba definitivamente perdida en España la
causa de la monarquía absoluta. Los liberales vencedores
habian sometido a juicio a los diputados a cortes que en
1814, traicionando su mandato, habian pedido la desapa-
rición del réjimen constitucional; i entre esos diputados es-
taba el mismo obispo, cuya situación había llegado a ser
mui delicada. Por eso, al entrar Iturbide en Puebla, el 2 de
agosto de 1821, Pérez lo hospedó en el palacio episcopal;
i tres dias después, al hacerse en la catedral la jura de la
independencia mejicana, predicó un ampuloso sermón en
que hablaba de la libertad con tanto ardor como antes ha-
bía puesto en combatirla. Méjico era para él "un pájaro
que cojido desde pequeño en la liga se divierte al principio
con lo mismo que lo aprisiona, hasta que siendo adulto i
cobrando mas enerjía, hace esfuerzo para ponerse en liber-
tad; o a una joven gallarda, que habiendo llegado al térmi-
no prescrito por las leyes para salir de la patria potestad,
contrariada por sus tutores, se emai^cipa de ellos, siendo
en uno i otro caso el resultado la libertad que con justo tí"
tulo se adquiere". Una cita de David le servia para esplicar
su amor a la independencia, de que habia sido enemigo tan
apasionados^.
4-2. Alamaii, parte II, lib. I, cap. 5°, páj. 127.
43. Ya antes de esta época, el obispo Pérez habia dejado ver un
cambio en sus opiniones políticas. En su pastoral de 27 de junio
330 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
Hasta entonces, Iturbide no hablaba mas que de consti-
tuir en Méjico un imperio a cuya cabeza se pondria Fernan-
do VII, u otro príncipe de la familia real española. Talvez
hasta ese momento no abrigaba la ambición de coronarse
que lo perdió mas tarde i que acabó por llevarlo al patíbu.
lo. El obispo de Puebla fué quien despertó este sentimiento
en el ánimo del vencedor, haciéndole así el mas funesto pre-
sente que éste podia recibir ^^. Desde entonces, el obispo Pé-
rez fué el mas íntimo consejero de Iturbide. Al acercarse a
Méjico, éste nombró una junta de gobierno compuesta de
treinta i ocho individuos; i en ella dio un lugar al obispo de
Puebla que luego fué elejido su presidente ^^. En este carác-
ter, tuvo la honra de poner su firma, en segundo lugar, i
solo después de la de Iturbide, en el acta de la Independen-
cia de Méjico (28 de setiembre de 1821). Antes de mucho
tiempo, este obispo fué elejido miembro del consejo de re-
jencia.
Muchos otros individuos del alto clero, que hablan sido
enemigos frenéticos de la revolución, se plegaban en esos
momentos a Iturbide. No simpatizaban verdaderamente
con la causa de la independencia; pero considerando perdi-
da para siempre en España la monarquía absoluta, se con-
solaban con poder quedar en Méjico bajo un imperio que
creian estable i duradero. El doctor don Manuel de Barce-
na, gobernador del obispado de Mechoacan i español de
nacimiento, habia aceptado un puesto en la rejencia del im-
de 1820, tomando por tema estas palabras bíblicas: tempus est
tacencH teinpus est loguendí (hai tiempos de callar i tiempos de
hablar), declara que ha llegado este último tiempo, i recomienda
a sus diocesanos el respeto a la constitución española de 1812,
contra la cual habia lanzado su condenación episcopal en 1815.
La Biblia servia a este obispo, como ha servido a muchos otros,
para defender toda clase de opiniones.
44. Zavala, obra citada, tomo I, páj. 127. Alaman, part. lí,
lib. I, cap. VIH, tomo Y, páj. 261.
45. Gaceta Imperial de Méjico, número 1° de 2 de octubre de
1821.
EL CLERO EN LA REVOLUCIÓN DB LA INDEPENDENCIA 831
-perio. El arzobispo de Méjico don Pedro Fonte no se había
-manifestado menos partidario de la nueva situación políti-
ca. Recibió a Iturbide en la catedral con una suntuosa fies-
ta, tratando de hacerle los honores que las leyes españolas
disponían para los patronos de la iglesia. Juró solemne-
mente la independencia del imperio mejicano; pero cuando
se le elijió miembro de la junta de gobierno, el arzobispo re-
nunció este puesto, evitando comprometerse mui directa-
mente, i previendo que mas tarde podría talvez convenirle
volver a España a servir al restablecimiento de la monar-
quía absoluta. El obispo de Guadalajara, don Juan Ruiz
i Cabanas, después de haber reconocido i jurado el nuevo
orden de cosas ^'^ murió en 1822 dejando a Iturbide en la
cumbre del poder i de los honores. El vicario capitular de
Monterrei, don José León Lobo i Guerrero, reconoció tam-
bién las nuevas instituciones ^^ El obispo de Durango,
marques de Castañiza, prestó también el juramento pocos
días después ^8.
El imperio mejicano no tenia hasta entonces una existen-
cia estable. El príncipe español que se esperaba para que
ocupase el trono, no vino nunca; i la fuerza de las cosas
trajo por resultado la proclamación de Iturbide con el títu-
lo de emperador, en mayo de 1822. Se sabe cuan efímera
-fué la vida de este imperio; antes de un año, en marzo del
año siguiente, el emperador abrumado ante una revolución
a que no podía resistir, abdicaba la corona. Tras de él ve-
nía necesariamente la República.
Por entonces, la iglesia mejicana se hallaba privada de
muchos de sus pastores. El imperio no había podido culti-
var relaciones amistosas con la santa sede, que no quería
reconocer la existencia independiente de los estados ameri-
46. En 17 de noviembre de 1821. Véase la Gaceta Imperial de
Méjico, núm. 39, de 15 de diciembre.
47. En 18 de noviembre de 1821. Véase la Gaceta Imperial, nú-
.mero «9, de 21 de febrero de 1822.
48. En 7 de diciembre. Véase la Gaceta Imperial, núm. 48, de 5
vde enero de 1822.
332 ESTUDIOS BISTÓRíCO-BiBLIOGRÁFICOS
canos; i la ruptura con España hacia imposible que la anti-
gua metrópoli llenase las numerosas vacantes que la muer-
te iba dejando en el episcopado mejicano. A la caida de
Iturbide, la iglesia de Méjico no tenia mas que tres obispos,
los de Yucatán, de Puebla i de Oajaca; i aun el primero no
podia desempeñar las funciones de su cargo por su edad
mas que octojenaria. El arzobispo de Méjico, que después
de haber jurado sometimiento al imperio habiasido su par-
tidario decidido, cuando lo sintió vacilar, cuando lo vio
próximo a caer, solicitó permiso para pasar a Roma; i una
vez fuera del pais,se trasladó a España a donde lo llevaban
sus afecciones políticas. En Madrid, el arzobispo Fonte pu-
do asistir primero como testigo i luego como actor al res-
tablecimiento de la monarquía absoluta i a la persecución
encarnizada de los partidarios de la constitución. Sus rela-
ciones de familia con el ministro Calomarde le valieron un
asiento en el consejo de estado; i desde allí no volvió a acor-
darse de su rebaño de Méjico sino para fomentar las insen-
satas ilusiones que mantenia Fernando Vil de reconquistar
a viva fuerza sus perdidas posesiones de América.
El ejemplo del prelado fué seguido por muchos otros sa-
cerdotes mejicanos. Hemos dicho que al iniciarse la revolu-
ción de la independencia habia en la Nueva España cerca
de 14,000 eclesiásticos. En 1826, este número habia bajado
a 3,463, fuera de algunos sacerdotes imposibilitados para
todo servicio por su edad i sus enfermedades. El resto, es
decir cerca de 10,000, habia vuelto a España a vivir bajo el
amparo del rei Fernando ^^.
La iglesia mejicana se halló, pues, en un estado de acefa-
lía casi completa desde 1823. La mayor parte de sus dióce-
49. Así se comprenderá el hecho siguiente. En 1826 la España
tenia según los mejores cálculos cerca de 104 mil eclesiásticos, co-
mo catorce mil mas que en 1808. Pvste aumento era debido a la
emigración de los relijiosos i clérigos que, no queriendo vivir baja
los gobiernos republicanos de América, iban a cobiiarse al abrigo
del despotismo de Fernando VIL ¿Cuántos de ellos serian víctimas-
de las matanzas populares de 1834?
EL CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 333
sis estaba sin obispo ^o. Sus relaciones con la santa sede es-
taban interrumpidas desde la proclamación de la indepen-
dencia; i la famosa bula lanzada por León XII en setiembre
-de 1824, dejaba ver que seria mui difícil restablecerlas. El
gobierno mejicano lo solicitó sin embargo; pero sólo en
1830, bajo la administración del jeneral Bustamante, fue-
ron provistos los obispados vacantes. No entra en el plan
de estos artículos el esplicar estas negociaciones; por eso
pasaremos a referir sumariamente las dificultades que se
suscitaron entre la revolución i los obispos en los otros
pueblos hispano americanos.
50. Seis años después, en 1829, no habia un solo obispo en todo
el territorio mejicano.
L^ ACCIÓN DEL OLEEO
en la revolución de la independencia americana
SEGUNDA PARTE
Al pasar en rápida revista en nuestro artículo anterior
la historia de la revolución de Méjico, hemos podido seña-
lar con algún detenimiento las dificultades i embarazos que
el clero opuso en ese pais al triunfo de la independencia.
El gran número de publicaciones de que ha sido objeto la
historia mejicana, i la posesión de muchos documentos im-
presos en América i en Europa, nos han permitido señalar
los principales hechos de esa lucha trabada en contra de la
libertad del pueblo mejicano en nombre de la relijion.
Desgraciamente, no poseemos iguales datos respecto de
los otros pueblos hispano-americanos, cuya historia no ha
sido estudiada aun con tanta prolijidad. Por otra parte,
en el resto de la América, la guerra de la independencia no
tomó ese carácter tan pronunciado de lucha relijiosa; por-
que para combatir la revolución, los medios de acción del
clero fueron mas reducidos i su influencia se hizo sentir en
una escala mas limitada, pero no con menor resolución.
336 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
La capitanía jeneral de Venezuela contaba, como ya di-
jimos, solo tres diócesis antes de 1810. La mas importante
de ellas, el arzobispado de Caracas, producia al prelado
una renta de 40,000 pesos; la segunda, el obispado de Mé-
rida de Maracaibo, tenia una renra de cerca de 20,000 pe-
sos, i por ultimo, el obispo de Guayana recibia de la corona
el sueldo anual de 4,000 pesos. El clero secular, bastante
numeroso en las grandes ciudades, gozaba de cuantiosas
rentas en capellanías i fundaciones piadosas; i el clero regu-
lar, mucho mas reducido en su número, escepto en Guaya-
na, donde los padres capuchinos administraban las esten-
sas misiones de la provincia, contaba también con el pro-
ducto de sus valiosas propiedades territoriales. Entre los
miembros del clero venezolano figuraban muchos indivi-
duos de la mas alta clase social de la colonia; i como en
este pais la revolución fué encabezada por la aristocracia,
algunos de esos individuos tomaron una parte principal
en aquel movimiento, pero la mayoría deellos, i sobre todo
los obispos i eclesiásticos europeos de nacimiento, hicieron
servir su influjo i su poder contra la independencia.
Se sabe que la revolución de Venezuela comenzó por la
deposición del capitán jeneral don Vicente Emparan el 19
de abril de 1810, i por la creación de una junta nacional de
gobierno. En el primer momento, el triunfo de la revolu-
ción pareció inevitable, i todas las autoridades españolas
de la capitanía jeneral reconocieron resignadamente el
cambio gubernativo o fueron depuestas por el nuevo go-
bierno. La rejencia española, sin embargo, resolvió desde
luego combatir la insurrección venezolana, i en efecto, dio
el título de capitán jeneral de Venezuela, en reemplazo de
Emparan, a quien los re7olucionar¡os habian hecho salir
para los Estados Unidos, a don Fernando Miyáres, go-
bernador hasta entonces de Maracaibo, con orden de reu-
nir tropas i someter de nuevo la provincia al antiguo ré-
jimen.
Miyares no podia hacer nada por falta de elementos mi-
litares. La provincia que mandaba, como la vecina de Co-
EL CLERO KN LA REVOLUCIÓN DB LA INDEPENDENCIA 337
ro, quedaba sometida a la autoridad de la España; pero en
el resto del territorio la revolución se hallaba triunfante. En
esa situación no quedaba otro arbitrio que fomentar mo-
vimientos contra-revolucionarios en las provincias some-
tidas al gobierno de Caracas. En Guayana, donde la re-
volución habia sido reconocida, é instaládose una junta
gubernativa patriótica en la ciudad de la Angostura, se
habia hecho sentir el primer impulso reaccionario. A insti-
gación de los misioneros capuchinos, algunos españoles que
formaban parte de aquella junta, tramaron una conspira-
ción, restablecieron el antiguo orden de cosas, apresaron a
los principales patriotas i los remitieron a Cuba i Puerto
Rico para ser sometidos ajuicio i. Igual cosa se quiso ha-
cer en breve en Caracas i en otros puntos en que eran res-
petadas las nuevas autoridades.
La junta de Caracas se creia perfectamente afianzada en
el poder, i aun estaba persuadida que no tenia nada que
temer de la acción del clero. El 31 de juHo de escaño (1810)
llegó de España don Narciso Coll i Prat, arzobispo de
aquella diócesis, español de nacimiento, que gozaba de la
reputación de mucha virtud. Al encontrarse allí con la re-
volución que habia estallado tres meses antes, el arzobispo,
sea porque no midiese todo el alcance del cambio guberna-
tivo o por que creyera que no era posible resistir a la
revolución, se apresuró a reconocer solemnemente la junta
de gobierno i se manifestó dispuesto a sostenerla con el in-
flujo de su ministerio. Dos meses mas tarde, sin embargo,
los realistas de Caracas tramaban una conspiración contra
el nuevo orden de cosas. El arzobispo, uno de los canóni-
gos de la catedral i uno de los curas de la ciudad, no solo
estaban iniciados en el complot, sino que debían formar
parte del gobierno provisorio de Venezuela que los realistas
debian establecer mientras llegaba el gobernador Miyares.
1. Baralt, Resumen de la Historia de Venezuela desde 1797
basta 1830y tomo I, páj. 41.— Restrepo, Historia de la revolución
de Colombia, part. II, cap. II, tomo I, pájs. 544? i 545.
TOMO X 22
338 ESTUDIOS historico-bibliogrAfícos
Los conspiradores habían sobornado a una parte conside-
rable de la guarnición; pero la noche antes de dar el golpe,
el complot fué denunciado por dos de los oficiales compro-
metidos (el 30 de setiembre); i la junta pudo prevenirlo
oportunamente i castigar a algunos de los autores, sin
llegar sin embargo al esclarecimiento cabal de la ver-
dad. 2
Mientras tanto, el obispo de Mérida de Maracaibo, que
estaba establecido en un punto en que dominaban los rea-
listas, no tenia que guardar reserva ni disimulo para mani-
festar su simpatía por la causa de España. Un solo hecho
revelará la actitud asumida por este prelado. La junta gu-
bernativa habia enviado emisarios al estranjero i a las
provincias vecinas a anunciar su instalación. Uno de ellos,
el famoso canónigo chileno don José Cortes Madariaga,
habia sido enviado a Bogotá, i en su viaje tuvo que tocar
en Aterida. Oigamos a este mismo personaje lo que escribia
acerca de su corta residencia en esta última ciudad. *'Con-
tinuamos sin novedad en medio de las imponderables inco-
modidades i riesgos que hemos probado en el camino i nos
restan que sufrir, todo con paciencia i con provecho en
cuanto a la causa del dia; i puede Ud. creer que, a no haber
tomado yo a mi cargo la comisión que llevo, ya el demonio
se habría reído de la emancipación de Caracas: jamas me
corresponderá la provincia los esfuerzos i fatigas que apli-
co en su obsequio. Ud. lo graduará así, acercándose a Ros-
cío e instruyéndose de los partes, etc. Me he visto arresta-
do i escomulgado por el mentecato de Mílanes (éste era el
obispo de Mérida); pero con presencia de ánimo he triunfa-
do de sus asechanzas. A no aventurar el suceso, estaría este
sátrapa en viaje para ésa, montado en un asno: no merece
2. Don José Domingo Díaz, Recuerdos sobre la rebelión de Cara-
cas^ Madrid 1829, pájs. 27 i siguientes. Díaz, que era un médico
caraqueño muí enemigo de la independencia de Venezuela, tuvo
una parte principal en esta conspiración, i ha podido revelar cir-
cunstancias que no aparecieron en el proceso.
EL CLERO EN LA RBVOLl'CION DE LA INDEPENDENCIA 339
otra cosa con sa secretario Talayera i algunas personas
mas de su comparsa". ^ Por esta carta se verá el caso que
é\ arrogante canónigo i tribuno hacia de las escomuniones
lanzadas por los obispos para mantener en América la do-
minación secular de los reyes de España.
Estas hostilidades puestas en planta por la iglesia vene-
zolana contra la revolución de la independencia, si bien no
hacian vacilar en sus convicciones a los jefes de ella, ejer-
cian lin gran poder en las masas i arrastraban a muchos
hombres del pueblo a enrolarse en el ejército realista. En
Cumaná estalló un movimiento contra-revolucionario (5
de marzo de 1811), dirijido principalmente por los misione-
ros capuchinos, que estuvo al punto de triunfar, pero que
al fin fué sofocado por las autoridades patriotas. * Poco
antes los mismos misioneros habían dirijido con menos
éxito todavía una tentativa de insurrección en Maturin. 5
Sin arredrarse por estas dificultades, la revolución mar-
chaba siempre adelante. La junta habia invitado a los pue-
blos a elejir diputados para un congreso jeneral; i éste se
habia reunido en Caracas el 2 de marzo de 1811. Este
acontecimiento, no tenia por entonces la importancia que
le dio el curso inevitable de las cosas. El congreso, según el
juramento exijido a los diputados en el acto de la apertura,
tenia por objeto "conservar i defender los derechos de Dios
i de Fernando Vil, mantener pura, ilesa e inviolable nues-
tra sagrada relijion i defender el misterio de la Concepción
inmaculada de la vírjen María, nuestra señora". ^ Este ju-
ramento fué prestado con una rara solemnidad en la cate-
dral de Caracas, delante del arzobispo CoU i Prat que pon-
tificaba con sus mas ostentosos trajes. No podia, pues, ca-
3. Carta del canónigo Cortes a don Francisco Berrio, escrita en
la hacienda de Estanques, jurisdicción de Mérida, el 10 de febrero
de 1811.
4. Restrepo, obra citada, parte II, cap. III, tomo 2^ páj. 8.
5. Baralt, obra citada, tomo 1°, páj. 62.
6. Véase la forma testual de este juramento en Restrepo, tomo
II, páj. 9.
340 ESTUDIOS HISTÓ RICO-BIBLIOGRÁFICOS
ber duda acerca de los relijiosos propósitos de aquellos
lejisladores; pero el arzobispo después de prestar también a
aquella asamblea el juramento de obediencia, la felicitó ar-
dorosamente por su instalación, i le pidió que protejiese i
conservase en toda su fuerza la relijion católica, como la
base de la moral pública. En la tarde de ese mismo dia se
reunió el congreso, i allí se acordó que una comisión de di-
putados llevase al arzobispo la contestación que reclama-
ba. Por ella el congreso se comprometia a protejer i mante-
ner ilesa la relijion que profesaban los venezolanos.
Esta franca i sincera manifestación no sirvió de nada.
El clero siguió combatiendo contra la revolución con el
mismo ardoroso entusiasmo. Se distinguieron sobre todo
los misioneros capuchinos, que sin cesar excitaban al pueblo
a tomar las armas para defender el réjimen anterior.
"Estos fueron, dice el juicioso historiador Restrepo, los
enemigos mas decididos de la revolución de Venezuela, i en
el curso de ella hicieron cuantos esfuerzos les fueron posi-
bles para contrariarla, persuadiendo a los pueblos que el
separarse de la España i no obedecer a su rei era un crimen
atroz i una herejía imperdonable" ^.
Los caudillos revolucionarios, i sobre todo el impetuoso
jeneral Miranda que mandaba las tropas de Venezuela i
dirijia la opinión, creyeron que no habia otro remedio para
desarmar esa constante hostilidad, que declarar desde
luego la independencia nacional. El congreso discutió de-
tenidamente esta cuestión; i al fin, el 5 de julio hizo la so-
lemne declaración que fué firmada por todos los diputados,
i reconocida bajo juramento por todos los altos funciona-
rios del Estado. En este juramento se respetó la forma que
se habia usado a la época de la instalación del congreso;
es decir, se juraba reconocer la independencia nacional,
conservar pura e ilesa la relijion católica como la única de
Venezuela i defender el misterio de la inmaculada concep-
ción. El arzobispo Coll i Prat, que a pesar de su carácter
7. Restrepo, obra citada, parte II, cap. III, tomo II páj. 14.
EL CLERO BN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 341
de español, se manifestaba ardiente partidario de la inde
pendencia, se apresuró a prestar el juramento exijido, pro-
nunciando en ese acto un breve discurso en que al paso
que se felicitaba por aquel suceso, pedia protección para
la iglesia ^. A juzgar por estas manifestaciones, no podia
caber duda del civismo republicano del ilustrísimo arzo-
bispo de Caracas.
Sin embargo, continuaron las conspiraciones de los
realistas excitadas por el fanatismo del clero. Enseñaba
éste que la relijion habia sido ultrajada por los revolucio-
narios; i en nombre de Dios estimulaba sin cesar a las
poblaciones a rebelarse contra las autoridades nacionales.
El 11 de julio estalló en las cercanías de Caracas un levan-
tamiento que fué sofocado i reprimido en corto tiempo;
pero el mismo dia se hizo sentir un movimiento mucho
mas formidable en la ciudad de Valencia, que no pudo ser
vencido sino con pérdida de cerca de 800 hombres i después
de dos meses de cruda guerra. Los promotores de este
movimiento fueron algunos eclesiásticos, i en especial frai
Pedro Hernández, provincial de la orden de franciscanos.
En su exaltación, estos caudillos se habían asociado con
dos famosos salteadores de caminos. Palomo i Colmenares,
i habian llamado a las armas a los negros esclavos, ofre-
ciéndoles la libertad; i estos ausiliares cometieron todo
jénero de excesos i fueron los mas obstinados en la resisten-
cia ^. Aunque el padre Hernández, jefe de esta revolución,
fué condenado a muerte por la justicia militar, el congreso
lo indultó jenerosamente i^; lo que no impidió que con-
tinuase siendo uno de los enemigos mas implacables de la
revolución venezolana.
Aun en medio de los afanes de la guerra, el congreso
8. Este discurso, publicado entonces en la Gaceta de Caracas,
fué reproducido por El Español de Londres en su número XX, de
30 de noviembre de 1811.
9. Restrepo, obra citada, parte II, cap. III, tomo II, páj. 27.
10: Díaz, obra citada, páj. 36.— Larrazábal, Vida de Bolívar,
cap. VI, tomo I, páj. 101.
342 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
seguía trabajando en Caracas en las reformas políticas que
constituían el objeto de la revolución. Después de dictar
algunas leyes sobre diferentes materias, sancionó el 21 de
diciembre de 1811 la constitución política de la nueva re-
pública. Aquel código de 228 artículos garantizaba al
pueblo venezolano el goce de todas las libertades, i la su-
presión de la inquisición, del tormento i del trático de
esclavos. Los constituyentes dispusieron por el artículo
1° que la relijion católica, apostólica, romana era la del
Estado, i la única i esclusiva de los habitantes de Vene-
zuela, declarando también que su protección, conservación,
pureza e inviolabilidad era uno de los primeros deberes de
la representación nacional, que no permitirla jamas en
todo el territorio ningún otro culto público ni privado, ni
doctrina contraria a la relijion de Jesucristo. Aquel código
no podia ser mas terminante a la espresion del espíritu re-
lijioso; pero el artículo 180 contenia esta otra declaración:
**No habrá fuero alguno personal". Bl fuero eclesiástico
quedaba, pues, definitivamente abolido en Venezuela.
El clero alzó el grito a los cielos por esta reforma. Mui
probablemente se habria inquietado menos por una inno-
vación de mas alcance, como la declaración de la libertad
relijiosa; pero la supresión de la prerrogativa de que goza-
ban los eclesiásticos de ser juzgados pjr tribunales especia-
les, lo enfureció sobremanera. El arzobispo Col! i Prat, lla-
mándose siempre partidario de la independencia, elevó al
congreso las mas exijentes representaciones, en que pedia
la inmediata derogación de aquel artículo. Los clérigos i
frailes, mucho mas francos que su prelado, dijeron que la
abolición del fuero eclesiástico era una obra de herejes i con-
tinuaron su propaganda político-relijiosa contra la revolu-
ción. En efecto, cada dia fué mas tenaz la resistencia que
las nuevas instituciones hallaban en todas partes, como
fueron mas vigorosos los esfuerzos que hacian los realistas
al verse apoyados por el fanatismo de las masas. Las me-
morias contemporáneas refieren que el arzobispo, que se
habia retirado a Naraulí, i que desde allí no cesaba de re-
EL CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 348
presentar su adhesión al nuevo orden de cosas, dirijia desde
su retiro los fanáticos esfuerzos i las intrigas del clero en
favor de España ii.
Luego se presentó al arzobispo de Caracas la ocasión
propicia para obrar con menos disimulo. Los realistas esta-
ban organizados en los llanos del Orinoco; i ausiliados po-
derosamente por los misioneros, sostenian la guerra en
aquella rejion. Dueños también délas provincias situadas
en el estremo opuesto, de Maracaibo i de Coro, en donde
habian recibido los refuerzos enviados de las Antillas, pe-
leaban allí con ventaja, ayudados por los curas i otros
eclesiásticos, i bajo el mando de don Domingo Monteverde,
oficial realista, que adquirió en breve por sus crueldades
una funesta celebridad. Ocurrió en esas circunstancias el
espantoso terremoto de 26 de marzo de 1812 que arruinó
en poco momentos a Caracas i otras ciudades i produjo la
muerte de cerca de 20,000 personas. ^^Apénas había pasa-
do el fenómeno, refiere un historiador, cuando el padre
prior de los dominicos, frai Felipe Lamota i el padre don
Salvador García de Ortigoza, del oratorio de San Felipe
Neri, levantados sobre una mesa en medio de la multitud
aturdida i consternada, predicaban ser el terremoto un ma-
nifiesto castigo del cielo, azote de un Dios irritado contra
los novadores que habian desconocido el mas virtuoso de
los monarcas, Fernando Vil, el unjido del Señor. 1 como
habia empeño en corromper la opinión i propagar el error,
eidero, en jeneral, partidario de la España, se aprovechada
de los mas pequeños accidentes para formar pruebas de la
patente voluntad de Dios manifestada contra los indepen-
dientes" ^^, En otros lugares se repitieron estas mismas
predicaciones con caracteres mas alarmantes todavía. En
11. Restrepo, Historia de la revolución de Colombia, parte II,
cap. IV, tomo 2°, páj. 64-.
12. Larrazábal, Fida de Bolívar, cap. VI, páj. 109 Puede tam-
bién verse sobre este punto a Baralt, obra citada, tomo 1^, páj.
90, i a Restrepo, tomo 2°, páj. 62 i siguientes.
844 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
Barquisimeto i en Yaritagua, los sacerdotes, aprovechán-
dose del terror que se habia apoderado de las jentes, hicie-
ron, después de sermones furibundos contra los patriotas,
que el pueblo proclamase de nuevo a Fernando Vil ^^.
En medio de la turbación jeneral que estos sucesos de-
bian producir, Monteverde avanzaba sin encontrar la resis-
tencia formal que habría hallado en otros momentos.
Acompañábalo una falanje de frailes i de clérigos que por
todas partes proclamaban la ruina de los patriotas como
tm castigo evidente del cielo. Entre los mas ardorosos figu-
raban el provincial Hernández, el mismo a quien pocos me-
ses antes el congreso de Caracas habia indultado de la pena
de muerte. Eran "todos apóstoles del despotismo, cuyos
sermones, agrega un historiador, valieron a Monteverde
mas que sus obuses" i*.
Por un instante, el gobierno revolucionario creyó que po-
día conjurar esta tormenta. Recordando que el arzobispo
Coll i Prat se habia manifestado antes patriota decidido, i
como tal habia jurado reconocimiento a la independencia
nacional, le diríjió una nota en que le pedia que inmediata-
mente circulara órdenes a los curas de su diócesis "inculcán-
doles la estrecha obligación en que se hallaban de no aluci-
nar a los pueblos con las absurdas insinuaciones de que las
revoluciones políticas han orijinado el terremoto del veinte
i seis de marzo, sino que por el contrario empleen la fuerza
de su ministerio sacerdotal en animar e inspirar aliento a
sus feligreses para que sostengan valerosos la causa de la
libertad". El arzobispo, como ya hemos dicho, se hallaba
retirado en Naraulí. Dejó pasar algún tiempo sin cumplir
este encargo, pero cuando vio que se acercaba el desenlace
de la guerra, i que éste debia ser favorable a los realistas,
espidió una pastoral en un sentido contrario al que se le
exijia. El terremoto era, según él, un efecto de causas natu-
rales; pero Dios se habia valido de él para castigar la co-
13. Restrepo, tomo 5^, páj. 66.
14-. Larrazábal, tomo I, páj. 114.
EL CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 345
rrupcion de costumbres, la irrelijion i la impiedad en que
hablan caído los habitantes de Venezuela.
Ya podrá comprenderse la irritación que esta conducta
debió producir en el ánimo de los caudillos revolucionarios.
El jeneral Miranda, que mandaba las tropas de la repúbli-
ca, resolvió apresar al arzobispo i hacerlo salir del territo-
rio venezolano. Esta medida, que habria contribuido a re-
primir los desmanes del clero en otras circunstancias, no
pudo llevarse a efecto por la oposición de algunos patrio-
tas que la consideraban inoportuna ^^.
La revolución venezolana fué sofocada por entonces.
Monteverde, posesionado del poder i rodeado de los ecle-
siásticos que habian sido sus mas decididos ausiliares, ejer-
ció las mas atroces venganzas en los infelices patriotas.
Horroriza leer en la historia las crueldades inauditas i las
perfidias sin nombre de que estos fueron objetos. El arzo-
bispo, que voluntariamente se habia colocado poco antes
en las filas de los independientes, quedó cerca del nuevo go-
bernador i, a lo que parece, no hizo nada para reprimir los
instintos feroces de ese mandatario.
A.ntes de un año, el arzobispo Coll i Prat tuvo que cam-
biar de conducta.
Bolívar, salvado de aquella catástrofe, habia buscado
un asilo en Nueva Granada; i formando ahí una pequeña
columna de tropa, invade de nuevo el territorio venezolano
i después de una serie de victorias, cuya narración parece
pertenecer mas a la epopeya que a la historia, llega a las
puí^rtas de Caracas. Hallándose en el pueblo de Trujillo,
dio a luz el 15 de junio de 1813 una célebre proclama por
la cual declaraba la guerra a muerte para escarmentar al
enemigo i poner término a los horrores sin cuento que éste
habia cometido. El arzobispo temió que aquella declara-
ción pudiera comprenderlo a él; i antes que sufrir la muerte
o siquiera una prisión, prefirió abjurar sus principios rea-
listas i volver a alistarse entre los independientes. Recibió
15. Restrepo, parte 1% capítulo IV, tomo 2*?, páj. 77.
346 ESTUDIOS HISTÓRICOS BIBLIOGRÁFICOS
a Bolívar en la capital con un repique jeneral de campanas,
tomó parte en los festejos con que el pueblo lo saludaba li-
bertador de Venezuela, i en medio de una ostentosa ceremo-
nia, recibió en sus manos el corazón del ilustre patriota Ji-
rardot que acababa de perecer en la guerra, para traspor-
tarlo solemnemente a la catedral, donde se le dio colocación.
Todavía hizo algo mas aquel prelado para demostrar su
amor a las nuevas instituciones i hacer olvidar su conducta
de 1812.
Como los realistas, excitados siempre por los misioneros
de Guayana, sostenian aún la guerra en los llanos del Ori-
noco, el arzol)ispo publicó una pastoral el 18 de setiembre
de 1813. Hn ella recordaba al clero i a los fieles de su dióce-
sis que el pueblo venezolano en pleno congreso habia decla-
rado solemnemente la independencia nacional: i que si esa
lei habia quedado sin vigor durante la reconquista españo-
la, era deber de todos acatarla i obedecerla desde que la
patria habia sido reconquistada por las armas republica-
nas. "Bl propio Dios que manda obedecer las leyes de los
reyes i emperadores en los estados monár(|uicos, agrega el
arzobispo, ese mismo manda obedecer las de las pt^testades
sublimes e intermedias que bajo diferentes denominaciones
presiden o pueden presidir en los estados republicanos. Na-
die puede resistirlas i cada particular está obligado a obe-
decerlas." Bl arzobispo terminaba su pastoral recomendan-
do a los soldados realistas que depusieran las armas para
poner término a una guerra que aflijia la relijion i que em-
papaba en sangre el suelo americano ^^.
Pero este nuevo período de patriotismo del arzobispo
Coll i Prat no debia durar sino mientras los independientes
fuesen vencedores. A mediados de 1814, la revolución su-
cumbió de nuevo. Bolívar, en la necesidad de abandonar el
territorio de Caracas para buscar en otra parte los ausilios
16. Esta pastoral, que fue publicada con mucha profusión en Ve-
nezuela en 1813, ha sido reproducida por el jeneral Páez en su Au-
tobiografía tomo 2°, páj. 125.
EL CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 347
necesarios con que recomenzar la guerra, salió de la capital
el 6 de julio seguido por una larga columna de hombres i
mujeres que querían sustraerse a la saña implacable de los
realistas. El arzobispo, que habia quedado en la ciudad, se
apresuró a abrir sus puertas a los jefes españoles, interce-
diendo con ellos para que no comitiesen allí los desórdenes
i excesos que habían ejecutado en otros pueblos. Ks justo
recordar esto hecho en honor de aquel prelado que cambia-
ba de principios políticos según las circunstancias, i que se-
gún ellas tíimbien ponía a Dios de parte de los realistas o
de parte de los patriotas.
Este fué también el último acto de su vida pública. Aun-
que después de las derrotas de los independientes el arzo-
bispo habia vuelto a ser partidario de Fernando YII i de
la causa de It)spaña, el jeneral Morillo, nombrado por el
reí pacificador de Venezuela i de Nueva Granada, no quiso
perdonarle esos cambios de opinión ni aun a pretesto de
que siendo realista verdadero nó habia hecho mas que si-
mular a veces sus convicciones para servir a la causa espa-
ñola. El jefe pacificador dio al arzobispo en 1814 la orden
salir para España, dejando así sin jefe a la iglesia venezo-
lana. Caracas no volvió a tener un prelado hasta después
de consumada la independencia. Así se esplica que los pa-
triotas de ese país no se vieran envueltos en nuevas dificul-
tades con el poder eclesiástico en el curso subsiguiente de
la guerra.
Los mismos sucesos, con circunstancias mas o menos
análogas, se repiten en el virreinato de Nueva Granada.
La revolución encontró también allí un enemigo decidi-
do casi en cada obispo; pero como algunas provincias es-
tuvieron sometidas a los realistas hasta el fin de la guerra,
la acción de los prelados no tuvo para qué ejercerse con la
enerjía que manifestaron en otras partes. Provincias hubo
también que se encontraban sin obispos al iniciarse la re-
B48 ESTUDIOS HISTÓRTCO-BIBLIOGRÁFJCOS
Yolucion, como sucedía en Bogotá i en Popa van; i por esta
circunstancia las hostilidades eclesiásticas fueron quizá
menos tenaces de lo que podia esperarse.
El primer acto de la revolución de Nueva Granada fué
la insurrección de Quito i la creación de una junta guber-
nativa el 10 de agosto de 1809. Los patriotas, queriendo
dar prestijio al nuevo gobierno, llamaron a la vice presi-
dencia de la junta al obispo de aquella diócesis, doctor don
José de Cuero i Caicedo, prelado de una virtud sólida i de
mucho prestijio. Americano de nacimiento (era natural de
Calí, en la provincia de Popayan), tenia un amor verdadero
a su patria; pero aun parecía simpatizar con la causa de la
independencia, no hizo por ella los esfuerzos que empleaban
los obispos realistas para servir al mantenimiento de la
opresión. Llevado a la junta de gobierno, el obispo se man-
tuvo tan alejado como le fué posible del movimiento polí-
tico. "Negóse a asistir a la primera reunión i a cualesquie-
ra otra subsiguiente", dice un testigo respetable de aquellos
sucesos 1^.
Conviene decir que su situación era mui difícil, porque al
dia siguiente de instalado el nuevo gobierno, el clero de
Quito se habia pronunciado en su mayor parte contra
aquella innovación. Circulábanse versos manuscritos en
que insultaban desapiadadamente a los patriotas, antepo-
niendo a cada estrofa un testo latino sacado de las escritu-
ras o de los santos padres. En los mas se invoca la relijion,
como que la creian espuesta a perderse, arbitrio ajita-
dor que se tiene mui viejo i que será repetido por siem-
pre" 81.
La sublevación de Quito fué vencida prontamente. Bati-
das sus tropas por los soldados del virrei del Perú, la junta
17. W. Bennet Stevenson, Ristorical narrative oftwenty years*
residence in South America, tomo III, páj. 13. Este escritor, a pe-
sar de ser ingles, era en 1809 secretario del presidente español de
Quito.
18. Cevallos, Resumen de la historia del Ecuador^ tomo III,
cap. I, páj. 40.
EL CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 349
capituló i repuso en el mando al gobernador depuesto bajo
la promesa de completo olvido. A pesar de esto, mes i me-
dio después, el 4 de diciembre de 1809, los caudillos revo-
lucionarios, en número de mas de 60, eran apresados i so-
metidos a juicio. Un escritor americano, testigo de estos
sucesos, refiere que el obispo Cuero ''fué envuelto en aque-
lla persecución" ^^; pero este hecho no aparece confirmado
por otras autoridades. Lejos de eso, el obispo continuó go-
zando su antiguo prestijio; i cuando ocurrió la sublevación
popular del 2 de agosto de 1810, con el objeto de libertar
a los patriotas que permanecian presos, i las matanzas
con que fué reprimida, el prelado salió a la calle a hacer va-
ler el respeto que se le tenia para calmar los ánimos irrita-
dos i evitar en lo posible aquellas horrorosas escenas. Tres
dias después, el presidente de Quito celebró una junta de
los mas altos funcionarios de la ciudad para buscar el re-
medio de aquellos males. El obispo estaba a su derecha; i
desde allí señaló con heroica entereza, que los causantes de
tan dolorosos sucesos eran los que habian aconsejado al
presidente que violase la palabra empeñada a los revolucio-
narios de 1809 20. Esta conducta del obispo Cuero, tan
contraria a la de los otros prelados de América, la mayor
parte de los cuales atizaban con sus predicaciones i sus
consejos el furor de los gobernantes españoles, le ha valido
los aplausos de la historia. La misma conducta observó
mas tarde (octubre de 1810), cuando los revolucionarios
de Quito le dieron la presidencia de una nueva junta guber-
nativa, que acababan de organizar, como veremos mas
adelante. Se ha dicho de él que fué^el único obispo america-
no de la época de nuestra revolución que no se aHstase re-
sueltamente en la fila de los opresores. Los jefes realistas,
por su parte, no supieron apreciar esta conducta: hubieran
querido que el obispo de Quito hiciera lo mismo que enton-
19. D. Agustín de Salazar i Lozano, Recuerdos de la revolu-
ción de QuitOy páj. 33.
20. Stevenson, obra citada, tomo III, páj. 31.
350 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFÍCOS
ees ejecutaba el de Cuenca, que como vamos a ver, se mos-
traba enemigo irreconciliable de la revolución; i si la edad
de aquel prelado i el prestijio de su rango lo salvaron de
las persecuciones, su sobrino don José Manuel Caicedo,
provisor de la diócesis, eclesiástico de mucho crédito que lo
habia ayudado a tranquilizar al pueblo el dia de la suble-
vación, fué desterrado a Filipinas en 1813 ^i.
Las matanzas del 2 de agosto de 1810 no pusieron tér-
mino a la revolución de Quito. l*or el contrario, al saberse
allí que en la capital del virreinato se habia formado una
junta gubernativa, los quiteños organizaron otra igual
(22 de setiembre) i formaron un cuerpo de tr()j)a encargado
de someter a su autoridad las provincias meridionales del
virreinato. Ivn Cuenca apareció entonces uno de esos obis-
pos batalladores que, como algunos de iMcjico, se ocupa-
ban mas de organizar ejércitos que de pi"e(licar el evanjelio.
Mientras el gobernador de la provincia, coronel don Mel-
chor Aymerich, daba sus órdenes para (^ue se le reuniesen
los destacamentos de milicias, el obispo dcju Andrés Quin-
tian i Aponte, *'uno de los enemigos mas fervorosos de la
revolución," como dice el historiador Cevallos ^^, se empe-
ñaba en disciplinarlos. "Con un crucifijo en una mano i
una espada en la otra, dice el secretario del presidente de
Quito, el obispo Quintian pasaba en revista a los indios i
los exhortaba con elocuencia mas (jue pastí)ral, a armarse
contra los enemigos de la monarquía" 2^. A pesar de este
belicoso entusiasmo por una causa (jue él llamaba la causa
de Dios, el obispo de Cuenca no aspiraba en manera alguna
21. Cevallos, Resumen de la historia del Ecuador, tomo III, cap.
II, páj, 74. Junto con el provisor fué desterrado otro eclesiástico,
doctor don Miguel Antonio Rodríguez, predicador mui elocuente.
El principal delito que se les acusaba era el haber aconsejado la
templanza a las autoridades realistas Bl destierro de ambos duró
hasta 1820, año en que las cortes españolas publicaron una am-
nistía jeneral.
22. Obra citada, tomo Uí, cap. II, páj. 90.
23. Stevenson, tomo III, cap. II, páj, 40.
EL CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 351
a conquistar la corona del martirio. En el momento que
supo que los insurjentes mandados por don Carlos Montú-
far se hallaban a diez leguas de la ciudad, agrega Stvenson,
Quintian huyó precipitadamente hacia Guayaquil, i aban-
donó su rebaño a merced del mismo hombre que la víspera
presentaba como un lobo hambriento. Afortunadamente
para la revolución, dice Restrepo al referir estos sucesos, el
obispo murió de enfermedad en Guayaquil el año siguiente.
Era, acaso, añade, el español mas decidido por la causa de
Fernando Vil" 24.
En Bogotá, mientras tanto, la revolución habia tenido
que luchar con las resistencias que a cada paso le suscitaba
el poder eclesiástico. Allí no habia por entonces arzobispo.
Nombrado para este cargo desde 1804 el clérigo español
donjuán Bautista Sacristán, se habia limitado este a en-
viar a Bogotá sus bulas, i se habia quedado en Ivs|)aña de-
legando sus atribuciones en el doctor don Juan Bautista
Pey, deán de la catedral, i en el doctor don José Domingo
Duquesne, que habia desempeñado el cargo de vicario ca-
pitular en la sede vacante. Solo en 1810, cuando ya el
pueblo neo granadino habia hecho la revolución i creado
una junta de gobierno, llegó a Cartajena el arzobispo Sa-
cristán.
La junta de Bogotá, temiendo con razón que aquel pre-
lado fuese a producir perturbaciones en el interior, le envió
un comisionado para pedirle que permaneciese allí por al-
gún tiempo. El arzobispo se mantuvo en Cartajena mas
de un año; pero la junta gubernativa habia dispuesto su
viaje a la capital, i al efecto le habia enviado seis mil pesos
para sus gastos, cuando llegó a manos del gobierno de
aquella ciudad un oficio de la secretaría de estado de la re-
jencia española. En ese oficio, dirijido al arzobispo de Bo-
gotá, se le decia que la rejencia habia recibido tres notas
suyas en que brillaba el espíritu de lealtad que lo animaba
24. Restrepo, Hist. de la revol. de Colombiaj parte I, cap. IV,
tomo I, páj. 112.
352 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
i SUS deseos de contribuir al restablecimiento del gobierno
antiguo de su diócesis; i dándole las gracias por la resolu-
ción en que estaba de no reconocer al gobierno revoluciona-
rio, le encargaba que continuase acreditando el justo con-
cepto que se tenia de su relevante mérito. Al tener noticia
deesta comunicación, el jeneral Nariño,que dirijiael gobier-
no en Bogotá, reunió la representación nacional; i después
de una larga discusión se resolvió que no debia permitirse
que llegara a Bogotá el prelado que venia de España dis-
puesto a hostilizarla revolución. Su espulsion del territorio
neogranadino fué decretada por el congreso. En cumpli-
miento de ella, el gobierno de Cartajena le hizo salir para
Cuba, donde no podia dañar, a lo menos directamente, a
la revolución americana ^5. Como veremos mas adelante,
el obispo Sacristán alcanzó a volver a Nueva Granada para
prestar su apoyo a la cruel represión que se siguió a la re
conquista de 1816.
Pero si la revolución se habia desembarazado por enton-
ces de un enemigo formidable, i si en esa misma época i por
causa idéntica abandonaba su diócesis el obispo de Carta-
jena i se marchaba al estranjero, permanecian dentro del
pais muchos eclesiásticos que no cesaban de poner obstá-
culos al gobierno nacional. Los doctores Pe^^ i Duquesne,
que administraban la arquidióccsis, eran a este respecto
los directores de la reacción; i bajo su amparo la gran ma-
yoría del clero no cesaba de hostilizar a la causa de la in-
dependencia.
Desde los primeros dias de la revolución, las cuestiones
relijiosas habian versado en Nueva Granada sobre tres
principios capitales, el patronato, los diezmos i las bulas,
El gobierno revolucionario sostenia que el derecho de pa-
25. Estos hechos han sido referidos por Restrepo en la obra ci-
tada; pero se hallan consignados con mayor acopio de pormeno-
res en un librito mui noticioso e instructivo que se titula Almana-
que de Bogotá para, 1867 por J. M. Vergara V. i J. B. Gaitan. Es
un verdadero compendio histórico. Véase la páj. 357.
EL CLERO EX LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 353
tronato que en América habían ejercido los reyes de Espa-
üa, correspondía a la autoridad en cujas manos estaba
depositada la soberanía nacional; pero el clero no quería
reconocer esta prerrogativa porque, según él, el patronato
era un privilejio concedido por el papa al reí en persona, i
que por tanto caducaba desde que el pueblo neogranadino
no estaba sometido al monarca español. A este respecto, el
clero de ese pais quería independizarse absolutamente del
poder civil para no reconocer otra soberanía que la del pa-
pa. Por razones idénticas, el clero sostenía que los diezmos,
<;omo contribución de oríjen divino, correspondían a la igle-
sia i a ella se le debían' pagar íntegramente; porque si bien
el papa los había concedido bajo ciertas condiciones a los
reyes, i sí éstos eran los que los distribuían para el susten-
to del culto, una vez segregado el pais de la autoridad real,
la contribución debía quedar por completo en manos de la
autoridad eclesiástica, sin injerencia alguna del poder civil.
El tercer objeto de dificultades era la venta de bulas, privi-
lejio concedido por el papa a los reyes españoles; i que las
-autoridades nacionales no querían usar hasta no celebrar
un acuerdo con la sede pontificia. "Prevalidos los enemigos
de la independencia de la falta de bulas, dice el historiador
Restrepo, i especialmente muchos eclesiásticos fanáticos,
seculares i regulares, figuraban a los ciudadanos mil peli-
gros en sus conciencias, ponían dificultades para absolver-
los en la confesión i no permitían que comieran carnes en
los días que la iglesia romana había señalado como de abs-
tinencia; en una palabra, querían persuadir que con la de-
claratoria de la independencia absoluta ya no existían los
privílejíos de las bulas; que faltando éstas, las puertas del
<:íelo se habían cerrado para los granadinos" ^6.
Deseando allanar estas dificultades, el congreso neogra-
nadino, compuesto casi en su totalidad de católicos fer-
vientes, concibió el proyecto de establecer comunicaciones
-con el papa. En abril de 1813 espidió un decreto por medio
26. Restrepo, parte I, cap. VII, tomo 1^, páj. 270.
TOMO X 23
35 i ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
del cual invitaba a los gobernadores del arzobispado de
Bogotá para que convocasen una reunión del clero en que
se fijaran las bases bajo las cuales habian de dirijirse las
preces a Roma, i las personas que en este caso deberian to-
mar la representación nacional. Esta medida que consulta-
ba los intereses de la iglesia neogranadina, no contentó al
clero. Los gobernadores de la arquidiócesis se negaron a
contestar la nota del congreso i fué necesario que éste los
requiriese ásperamente para que al cabo de seis meses espu-
sieran los peligros que habriaen suscitar novedades de este
jénero, que ni los gobernadores del arzobispado ni el cabil-
do eclesiástico tenian facultad para convocar aquella asam-
blea, i que la reunión de ella seria mui perjudicial por cuan-
to se obligaría a los sacerdotes i particularmente a los cu-
ras, a desatender sus obligaciones. El congreso insistió sin
embargo en su primer acuerdo; pero los canónigos Pey i
Duquesne, apoyados por la mayoría del cabildo eclesiásti-
co, frustraron este proyecto. Así pues, al mismo tiempo
que la mayoría del clero clamaba contra la independencia,,
acusándola de querer destruir la relijion, por una manifies-
ta contradicción de principios, oponía todo linaje de dificul-
tades a que se diese fijeza i consistencia a la iglesia bajo las
bases de un arreglo con la sede pontificia. En realidad,
como lo observa el historiador Restrepo después de referir
estos sucesos, lo üníco que querían esos sacerdotes era "sos-
tener el despotismo i la denominación de la madre patria,,
sosteniendo que Dios nos había sujetado a los reyes de
España, i que era un crimen irremisible no obedecer a estas
príncipes, según el precepto de la sagrada escritura."
A la sombra de esta situación, el clero no había cescido
un momento de suscitar embarazos a la revolución. En al-
gunas provincias, como sucedía en Panamá i en las meri-
dionales del virreinato, Cuenca, Loja i Guayaquil, habian
contribuido poderosamente a que se mantuviese la depen-
dencia al réjimen español. En otras, como Santa Marta,,
habian ayudado a derrocar las autoridades revoluciona-
rías i a restablecer las antiguas autoridades. Por fin, en^
EL CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 355
aquellos lugares donde la revolución se había asentado
mas sólidamente, el clero trataba de minarla i de comba-
tirla, como lo hacian en Bogotá i como lo ejecutaron en
Cartajena. Dos curas, don Jorje i don Pedro Antonio Váz-
quez, encabezaron allí una contra-revolución a media-
dos de 1813; i su ejemplo fué seguido por otros sacerdo-
tes 27.
No es este el lugar de referir todos los incidentes de aque-
lla lucha. La revolución neogranadina combatida dentro
de su propio suelo por enemigos obstinados i principalmen-
te por el clero, sucumbió al fin en los primeros meses de
1816 ante el poderoso ejército del jeneral Morillo. La reac-
ción triunfante se señaló en todas partes por las atrocida-
des mas injustificables. El jefe vencedor hizo fusilar 125
hombres mas o menos notables, haciendo alarde de estas
ejecuciones por haber "espurgado el virreinato de doctores
i letrados, que, según decia, siempre son los promotores de
rebeliones". Morillo habia dado a la lucha el carácter de
guerra relijiosa. Los españoles publicaban en sus papeles i
decian por todas partes que su ejército venia.a restaurar
la relijion destruyendo los principios heréticos de la inde-
pendencia. Para probarlo, restablecieron el tremendo tri-
bunal de la inquisición, i mandaron quemar todos los libros
que se hallaron, esceptuando solo los que estaban escritos-
en español i en latin. En esta obra de destructora ignoran-
cia i de bárbara crueldad. Morillo no encontró en el clero-
por regla jeneral mas que aplaudidores; pero en su saña im-
placable, no quiso dejar sin castigo ni aun a los eclesiásti-
cos que simpatizando con la causa del rei no habían hecho
armas directa i enérjicamente contra la independencia. Los
gobernadores de la arquidiócesis de Bogotá, como muchos
otros sacerdotes conocidamente adictos al rei, fueron con-
finados en número de 95 a la provincia de Venenzuela. El
arzobispo Sacristán, que había llegado de Cuba después de
27. Véase sobre esto a Restrepo, parte I, cap. V, tomo 1.°, pájs^
173 i siguientes.
ESTUDIOS HISTORICO-BIBLIOGRAFICOS
la reconquista española, se recibió del gobierno eclesiástico
el 4 de diciembre de 1816, i pudo presenciar muchos de es-
tos actos de cruel represión. Un ataque de aploplejía lo arre-
bató de este mundo dos meses después; i la arquidiócesis
volvió a quedar en sede vacante.
El triunfo de los realistas no fué sin embargo definitivo.
En 1819, Bolívar invade la Nueva Granada, i después de la
batalla de Boyacá afianza la independencia de todo el vi-
rreinato. El gobierno nacional se manifestó dispuesto a
obrar con toda resolución para reprimir las hostilidades
del clero. Habiendo llegado a Bogotá las bulas de un nue-
vo arzobispo, don Isidro Domínguez, que enviaba el rei de
España, el jeneral Santander, que mandaba en la Nueva
Granada, declaró solemnemente que aquel prelado no seria
admitido, i dirijió al mismo tiempo una protesta al papa
para justificar su conducta.
Esta medida era indispensable para afianzar la indepen-
dencia. Poco tiempo antes, el rei de España habia provisto
la sede de Popayan, vacante desde antes de 1810, nom-
brando obispo de ella a don Salvador Jiménez de Padilla,
eclesiástico de buen nombre, pero enemigo irreconciliable
de la independencia. Desde aquella ciudad, tanto él como
su provisor don José María Grueso, americano, natural de
Popayan, habian fomentado la obstinada guerra que los
realistas hacian en la provincia de Pasto. El obispo no so-
lo acudió con fuertes sumas de dinero para el sostenimien-
to de las tropas realista, sino que escomulgó repetidas ve-
ces a los patriotas i a todos lo-s que les prestaron ayuda i
ausilio de recursos i de víveres ^s. Redoblando sus anate-
mas, decia en 1821: "Son herejes i cismáticos detestables
los que pretenden la independencia. Así, pues, los que de-
fienden la causa del rei combaten por la relijion; i si murie-
ren, vuelan en derechura al cielo". Con estos i otros sermo-
nes semejantes emanados de la boca de un obispo i de un
28. Restrepo, Historia de la revolución de Colombia, parte III,
eap. 1, tomo 3°, páj. 42.
EL CLEÍiO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 357
clero fanático, dice Restrepo, los ignorantes pastusos co-
rrieron, como siempre, a las armas para degollar insurjen-
tes, o con la muerte conseguir el martirio peleando por su
amo el rei" 29, XJn clérigo de aquella diócesis, don Francisco
Benavides, cura de Huachi, adquirió una gran celebridad
como guerrero peleando contra los independientes ^o.
La actitud belicosa de ese prelado en aquella provincia
se mantuvo mientras los realistas tuvieron recursos para
sostener la guerra. Batidos éstos en mayo de 1822 por Bo-
lívar, i derrotado en ese mismo mes el presidente de Quito
por el jeneral Sucre, los jefes españoles tuvieron que capitu-
lar en uno i otro punto. El obispo Jiménez, convencido de la
inutilidad de sus esfuerzos para prolongar la lucha, comen-
zó a predicar la paz a los mismos hombres a quienes habia
impulsado a una guerra desastrosa, i sobretodo a los cléri-
gos i curas, que sin desalentarse por las derrotas querian
oponer una resistencia desesperada a las instituciones repu-
blicanas. A pesar de esto, Jiménez no podia resignarse a re-
conocer el gobierno independiente; i por eso se apresuró a
pedir a Bolívar un pasaporte para regresar a España, "en
donde solo apetezco, decia, vivir retirado en un rincón de
un claustro para concluir mis dias con tranquilidad i repo-
so." El libertador de Colombia se negó a darle ese permiso;
i en una carta, escrita con verdadera elocuencia, le exijió
que quedase a la cabeza de su diócesis. "El mundo es uno,
decia Bolívar; la relijion es otra. El heroismo profano no es
el heroismo de la virtud i de la relijion Por tanto yo me
atrevo a pensar que V. S. L, lejos de llenar el curso de su
carrera relijiosa en los términos de su deber, se aparta no-
tablemente de ellos abandonado la iglesia que el cielo le ha
confiado por causas políticas, i de ningún modo conexas
29. Restrepo, Historia de la revolución de Colombia, cap. II'
páj. 97.
30. Cevallos, obra citada, tomo 3.°, cap. V, pájs. 245 i si-
guientes.
358 ESTUDIOS HISTÓRICO BIBLIOGRÁFICOS
-con la viña del señor" 3i, Estas palabras indujeron al obis-
po a cambiar de determinación: reconoció a las nuevas ins-
tituciones i se quedó gobernando su diócesis sin oponer
tnas resistencias a la república.
El obispo de Quito don Leonardo Santander, que habia
venido de España a reemplazar al virtuoso obispo Cuero,
no siguió este ejemplo. Enemigo irreconciliable de la repú-
blica i de la independencia, Santander había visto hundirse
■q\ poder español en la batalla de Pichincha; i negándose re-
sueltamente a reconocer las nuevas instituciones, se acojió
al convenio por medio del cual los realistas de esa provin-
cia tuvieron permiso para volver a España. Muchos ecle-
siásticos lo imitaron en su obstinación: pidieron sus pasa-
portes al gobierno republicano i salieron para siempre de
Colombia ^^.
A consecuencia de estos sucesos, i habiéndose ausentado
del mismo modo otros obispos, la iglesia de Colombia se
halló a principios de 1823 en un estado de casi absoluta
acefalía. De los once obispados que comprendia su vasto
territorio, solo dos, el de Popayan i el de Mérida de Mara-
caibo, no se hallaban en sede vacante. El gobierno de la
república, católico verdadero, i deseando mantener esta re-
lijion como la del estado, determinó enviar una misión a
Roma para obtener del papa el nombramiento de los obis-
pos i arzobispos que debian llenar las nueve diócesis va-
cantes.
El enviado colombiano, don Ignacio Tejada, llegó a Ro-
ma en momentos mui desfavorables para el desempeño de
31. Larrazábal, Vida de Bolívar, cap. XLIV, tomo 2*?, pájs. 138
i 139.
32. Cevallos, obra citada, tomo 4°, cap. I, páj. 10.— Esta misma
conducta observaron otros obispos espaíioles en América cuando
vieron irremisiblemente perdida la causa del reí. Nos bastará citar
a don tVai Ramón Casaus i Torres, arzobispo de Guatemala, que
abandonó su diócesis cuando vio triunfante la causa de la repú-
blica, i fué a asilarse a Cuba, donde obtuvo mas tarde el obispado
de la Habana.
EL CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 359
-SU misión. Los principios liberales, triunfantes un momento
■en Europa en 1821, habian sido vencidos completamente
dos años después. Fernando YÍI acababa de ser restaura-
do en el trono español como monarca absoluto con el ausi-
lio de un ejército francés. En el orgullo insensato de su triun-
fo, el rei de España no pensaba mas que en ahogar todo
jérmen de libertad en la península i en reconquistar con los
socorros de la Francia o de la Rusia sus perdidas posesio-
nes de América. El papa León XII aplaudia desde la sede
pontificia el triunfo de la reacción i apo^^aba las pretensio-
nes del monarca español. El ministro colombiano se vio
desairado; no solo no se le reconoció su carácter diplomá-
tico, sino que se le hizo salir de los estados de la Iglesia a
requisición de los ajentes de Fernando VIL Hizo mas toda-
vía el papa para complacer a este rei: fué entonces cuando
León XII lanzó su memorable encíclica de 24 de setiembre
-de 1824 en que condenando la revolución hispano america-
na,, aconsejaba a los obispos i a los sacerdotes del nuevo
-mundo que se mantuvieran fieles al monarca español.
Tejada entre tanto se habia retirado a Bolonia. Desde
allí dirijió al gobierno pontificio unaenérjica representación
en que hacia ver los males sin cuenco que aquella conducta
habia de producir a la relijion católica en los pueblos ame-
ricanos. En efecto, no era difícil descubrir que la obstina-
ción del papa para no tratar con los independientes de
América mientras no se sometiesen de nuevo a la domina-
<;ion española, debia ser la causa de un cisma o de algo mui
semejante, desde que no era posible esperar que los nuevos
estados renunciasen a su autonomía i su libertad por obe-
decer a los planes políticos de la corte romana. Estas re-
presentaciones, sin embargo, no habrian valido nada si la
guerra se hubiera prolongado mas largo tiempo en Améri-
ca; pero a principios de 1824 se publicó en Europa la no-
ticia de la victoria de Ayacucho, después de la cual la inde-
pendencia americana quedaba perfectamente afianzada.
Los estados estranjeros comenzaban a reconocerla como
un hecho consumado e irresistible. El papa no pudo vacilar
360 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
mas largo tiempo; i desoyendo las representaciones de
Fernando YII, que persistia siempre en sus proyectos de
reconquista, llamó de nuevo a Roma al ministro Tejada, i
confirmó al fin a los obispos i a arzobispos que proponía
el gobierno colombiano ^3^ Solo entonces cesaron para
siempre las hostilidades que algunos clérigos ejercian aua
contra la independenncia.
En las provincias que formaban el virreinato de Buenos
Aires o de la Plata, la guerra entre el clero i los partidarios
de la independencia nacional fué menos encarnizada. El
gobierno patrio marchó allí con mucha mas resolución
contra este jénero de obstáculos, pudo arrollarlos enérji-
mente, i se salvó de los embarazos que en las otras colonias
embarazaron la marcha de la revolución. Vamos por esta
mismo a referir muí de lijera estos sucesos.
Al iniciarse la revolución de la independencia era obispo
de Buenos Aires don Benito de Eue i Riega, español apa-
sionado i vehemente, que desde los primeros dias de aquel
movimiento, se mostró enemigo tenaz de todo cambio de
gobierno. Desconfiando del virrei don Santiago Liniers,
cuya nacionalidad francesa hacia temer a los españoles
que no defendiese cumplidamente la causa de la metrópoli,
el obispo Lúe fraguó una conspiración que debia estallar
el 1^ de enero de 1809. Ese dia, en efecto, mientras el cabildo
hacia la elección de sus nuevos miembros, las campanas
tocaron a rebato i la jenerala resonó por las calles. El
obispo, después de presentarse en la sala del cabildo a con-
fortar a sus amigos, pasó al palacio de Liniers a pedirle su
renuncia. Por un momento, la revolución pareció triunfar;
33. Véase sobre este punto a Restrepo, Historia de la /^evolu-
ción de Colombia, parte III, cap. IX, tomo 3°, páj. 469 i cap. XIII,
tomo 4°, páj. 44; como igualmente el Almanaque de Bogotá, ya
citado, páj. 259.
EL CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 361
pero al fin las milicias nacionales i el pueblo entero se pro-
nunciaron contra las pretensiones de los españoles, i eí
movimiento fué sofocado felizmente ^i.
El mismo empeño puso el obispo para impedir la forma-
ción de una junta gubernativa en mayo de 1810. Enemigo
declarado del proyecto de crear una autoridad nacional,
Lúe no dejó resorte por tocar para que quedase en su
puesto el virrei Cisneros, que habia venido de España a
reemplazar a Liniers; pero en esta ocasión fué tan desgra-
ciado como lo habia sido en 1809. El pueblo, representado
i dirijido por hombres de una gran resolución, impuso su
voluntad a pesar de las resistencias i protestas del obispo
35. La entereza i enerjía desplegadas por los patriotas
anularon por completo la autoridad de un prelado que
ponia la relijion al servicio de una causa enteramente mun-
dana, i que triunfando habria importado solo el manteni-
miento del réjimen colonial en aquellas provincias.
Después de este triunfo de la causa liberal, no volvieron
a hacerse sentir directamente en Buenos Aires las influen-
cias del clero para combatir la revolución. Pero en las pro-
vincias no sucedió otro tanto. En Córdoba, donde se ha-
liaba retirado el ex-virrei Liniers, este, el intendente de la
provincia don Juan de la Concha, el obispo, doctor don
Rodrigo Antonio de Orellana, i otros empleados españoles,
no solo desconocieron las nuevas autoridades, sino que se
prepararon para combatirlas. Se sabe cuál fué el resultado
de aquella empresa. Fujitivos ante las fuerzas mas consi-
derables que contra ellos despachaba el gobierno de Buenos
Aires, esos funcionarios no tardaron en caer prisioneros, i
34?. Véanse sobre estos sucesos la estensa introducción de la
Coleceion de arengas del doctor Moreno, páj. 110 i siguientes, i la
Historia de Belgrano por don Bartolomé Mitre, cap. VII, tomo
1°, p«4js. 170 i siguientes.
35. Aunque estos sucesos han sido referidos por muchos auto-
res, la narración que de ellos hace Mitre en los caps. VIII i IX del
primer tomo de su excelente Hist. de Belgrano es la mejor i la mas
completa que existe.
362 ' ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
fueron pasados por las armas el 26 de agosto de 1810,
por disposición de la junta gubernativa i por orden inme-
diata de uno de los miembros de ella, el doctor don Juan
José Castelli. El obispo Orellana i su capellán don Pedro
Jiménez fueron sin embargo salvados del patíbulo; pero se
les confinó a un lugar lejano ^6.
La junta de Buenos Aires quiso justificar su conducta
por esos fusilamientos; i con ese fin lanzó el 9 de setiembre
de 1810 una estensa e importante esposicion de sus princi-
pios i de sus propósitos. Aludiendo allí al indulto pronun-
ciado en favor del obispo de Córdoba, decia lo que sigue:
''Prelados eclesiásticos, haced vuestro ministerio de pacifi-
cación i no os mezcléis en las turbulencias i sediciones de
los malvados; todo el respeto del santuario ha sido preciso
para sustraer al de Córdoba del rigor del suplicio de que
su execrable crimen le hizo acreedor; pero nuestras relijio-
sas consideraciones no darán un segundo ejemplo de piedad
si algún otro abusase de su ministerio con insolencia. El
castigo será entre nosotros un cousiguiente necesario del
delito, i el carácter sagrado del delincuente no hará mas
que aumentar lo espectable del escarmiento" 37. Estas
enérjicas palabras pusieron término a las hostilidades del
clero en aquellas provincias. Los sacerdotes que por en-
tonces hablaban de sus deseos de recibir la corona del mar-
tirio en defensa de su relijion i de su rei, sintieron que su
entusiasmo se apagaba desde aquel dia.
Las tropas que acababan de desarmar a los reacciona-
rios de Córdoba siguieron su marcha a las provincias del
36. Estos sucesos han sido prolijamente referidos por don Ig-
nacio Núñez en sus Noticias históricas de la República Arjentina,
cap. XIII, obra importante por el caudal de noticias que contiene.
Don Mariano Torrente ha publicado una relación de los mismos
hechos escrita por el clérigo Jiménez, en la Historia de la revola-
<cion hispano -americana, tomo 1° pájs. 69 i siguientes.
37. Este manifiesto fué publicado en la Gaceta de Buenos Aires
del 11 de octubre de 1810, i reimpreso en el Español de Londres
núm. X de 30 de enero de 1811.
EL CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 363
Alto Perú para hacer reconocer al nuevo gobierno. Allí,
después de derrotar las fuerzas que los mandatarios espa-
ñoles pretendieron oponerles, Castelli hizo fusilar en Potosí
a los jefes enemigos mas importantes, entre ellos al gober-
nador de esa ciudad i al presidente de la provincia. Ese
vehemente caudillo estaba resuelto a no detenerse ante
ninguna consideración para aterrorizar a los enemigos de
la junta revolucionaria. Los realistas temblaron ante
aquellas ejecuciones, i se abstuvieron de dejar percibir sus
opiniones mientras llegaban del Perú las tropas que ha-
blan de espulsar de allí a los independientes.
El alto clero de Charcas no se limitó a esto solo. El arzo-
bispo de esta ciudad, don Benito María Moxó, era un cata-
Jan de talento i de una vasta instrucción ^^, pero realista
exaltado que en los disturbios de 1809 habia dejado ver su
odio por toda innovación. Su ardoroso entusiasmo, mui
pronto para manifestarse en las mas cnérjicas pastorales
cuando no habia ningún peligro que correr, se resfrió con
•siderablemente al acercarse el terrible ejército de Castelli, i
acabó por inducirlo a aplaudir fervorosamente la conducta
de este tribuno. En efecto, cuando Castelli penetró en Char-
cas, ensangrentado aun con las recientes ejecuciones de los
jefes españoles en Córdoba i en Potosí, el arzobispo Moxó
se apresuró a hacerle la mas ostentosa recepción. En su
iglesia se celebró una solemne misa de gracias el 6 de enero
de 1811, por los triunfos alcanzados por las armas revo-
lucionarias; i allí, en presencia de Castelli, predicó el arzo-
38. El arzobispo Moxó habia recidido algunos años en la Nue-
va España, donde recojió una gran cantidad de objetos de anti«
güedades americanas. En el Alto Perú siguió coleccionando obje-
tos de esta clase, i escribió dos obras, una sobre el antiguo Méjico
i otra sobre el Perú. Habiendo muerto en 1816 sin publicar nin-
guna de ellas, su sobrino don Luis, barón de Juras Reales, plajió
escandalosamente la primera en un libro que dio a luz en Barcelo-
na en 1827, en dos volúmenes en 4° con el título de Entretenimien-
tos de un prisionero. Los amigos del arzobispo se decidieron en-^
tóiices a imprimir su manuscrito en Jénova con el título de Cartas
.mejicanas. Su obra sobre el Perú no ha sido publicada nunca.
364 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
bispo un sermón que respira la mas baja i servil adulación.
"Los motivos que tenemos hoi para dar a Dios las mas
humildes i sinceras gracias, decia en él, son ciertamente mui
grandes i estraordinarios. Puede la imajinacion represen-
tarlos; puede el corazón sentirlos; pero no puede la débi^'
elocuencia humana espresarlos como ellos se merecen. La
marcha rápida de ese valiente ejército ausiliador que desde
las orillas del majestuoso rio de la Plata ha penetrado con
tanta felicidad hasta estas elevadas montañas; los repeti-
dos triunfos que ha conseguido bajo los auspicios de V. E.;
los laureles que ha cojido en el campo de Marte sin derra-
mar la sangre de sus conciudadanos; la jenerosa humani-
dad con que V. E. un instante después de la memorable
victoria de Suipacha ha mandado a sus intrépidas tropas
que presentasen el olivo como símbolo de paz i de conñan^
za... todos estos beneficios estrechan hoi nuestra alma, gra-
vitando sobre nuestro corazón como un peso inmenso" ^9.
El patriota mas ardiente no habria celebrado con mas
entusiasmo los triunfos de la revolución.
Sin embargo, el patriotismo del azobispo de Charcas no
duró sino el tiempo que esta provincia estuvo ocupada por
las tropas revolucionarias de Buenos Aires. Batidas éstas
por Goyeneche en junio de 1811, se vieron obligadas a re-
plegarse al sur; i el antiguo réjimen volvió a restablecerse
en aquella provincia. Desde entonces, i en todo el resto de
la guerra, Moxó fué lo que habia sido antes, un realista
resuelto i decidido, que apoyaba por todos medios la causa
de la metrópoli. En 1813, tuvo ocasión de desplegar su ín-
teres por esa causa. El ejército realista, que habia invadido
las provincias arjentinas hasta Tucuman, fué derrotado
dos veces por las fuerzas patriotas que mandaba el jeneral
Belgrano. En la última de esas jornadas, en la de Salta,
39. El sermón del arzobispo Moxó fué publicado en la Gaceta de
Buenos Aires de 14 de febrero de 1811, i reimpreso en el Español'
de Londres núm. XVI, de 30 de julio del mismo año. Es una pieza,
notable por su forma literaria, que revela un verdadero escritor.
EL CLERO EX LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 365
los vencidos debieron su salvación a la jenerosidad del jefe
patriota que los dejó en libertad de volver a sus hogares
bajo el juramento de no tomar mas las armas contra la
república. ¡Pues bien! el arzobispo de Charcas, don Benito
María Moxó i el obispo La Santa, de la ciudad de la Paz,
predicaron a sus diocesanos, que eran nulos los juramentos
prestados a los insurjentes, i que por tanto los juramenta-
dos de Salta estaban absueltos por Dios de todo compromi-
so, i podian incorporarse de nuevo al ejército del rei ^^. Aun-
que estas predicaciones no surtieron todo el efecto deseado,
alcanzó a formarse un batallón de los soldados que esta
vez faltaron a su juramento. La doctrina de esos prelados
fué tan bien recibida por los jefes españoles, que el diario
del jeneral Pezuela, que conservo inédito en mi poder, mira
•con desprecio a los soldados i oficiales que fueron fieles a la
palabra empeñada.
Después de estos sucesos, la guerra se continuó doce años
mas en aquellas provincias. Los obispos siguieron sirvien-
do ala causa del rei; pero al mismo tiempo, muchos ecle-
siásticos, i particularmente los curas que ocupaban una
posición humildísima respecto de la de los opulentos prela-
dos, fueron partidarios decididos de la revolución. Allí,
como en Méjico, defendian el antiguo réjimen todos los sa-
■cerdotes que mediante aquel sistema gozaban de rentas
inmensas i tenian un rango brillante en la colonia.
La revolución de la independencia del Perú presenta
■caracteres diferentes a las de los otros pueblos americanos.
Se sabe que en este virreinato los gobernantes españoles
mantuvieron casi sin resistencia la sumisión al rei hasta el
año de 1820, en que el jeneral San Martin desembarcó en
sus costas a la cabeza del ejército independiente que habia
llevado de Chile.
Solo la insurrección iniciada en el Cuzco el 2 de agosto
de 1814? habia interrumpido aquel período de paz i tran-
40. Mitre, Historia de Belgrano, cap. XX, tomo 2^, pájs. 152
i 158.
366 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLTOGRÁFICOS
quilidad interior. Era entonces obispo de esa diócesis don
José Pérez i Armendárez, viejo de mas de noventa años,,
que sea por el debilitamiento de intelijencia i de voluntad
consiguiente a tan avanzada edad, o sea por el miedo que
debieron infundirle los actos de rigor con que se ensangren-
tó la revolución, no hizo nada por combatirla o condenar-
la, i aun pareció prestarle su apoyo ^i. En cambio, el arzo-
bispo de Lima, don Bartolomé María de lasHeras, que ha-
bía sido obispo del Cuzco hasta 1806, viviendo lejos del
foco de la rebelión, i por tanto distante de todo peligro,
dirijió desde la capital del virreinato, i con fecha de 26 de
agosto de 1814, una pastoral a sus antiguos feligreses
para pedirles que depusieran las armas i se sometiesen a la
autoridad real. Ese documento escrito en nombre de la re-
lijion, i con los ojos anegados en llanto por las sucesos del
Cuzco, según dice su autor, condena la revolución como
obra del demonio. "Los espantosos ahuUidos del lobo in-
fernal, son sus propias palabras, parece han resonado ya
en el seno tranquilo de ese apacible rebaño" ^'^. Los jefes
revolucionarios contestaron al arzobispo dándole las gra-
cias por sus buenos sentimientos, pero se negaron a obe-
decerle i prefirieron ser vencidos i castigados duramente.
La tranquilidad interior de que siguieron disfrutando
los realistas del Perti, fué causa de que los obispos no tu-
vieran ocasión de hacer alarde de sus sentimientos realis-
tas para combatir la idea de la independencia. Pero desde
que se anunció el próximo arribo de la espedicion liberta-
dora que mandaba San Martin, los prelados de la iglesia
41. Véase la A/emoria de la insuireccion del Cuzco, escrita por
el rejente de la audiencia de esta ciudad don Manuel Pardo, i pu-
blicada por don Benjamin Vicuña Mackenna en La revolución de-
la independencia del Perú, pájs. 194 i siguientes. El pasaje refe-
rente al obispo se halla en la páj. 208.
42. Esta pastoral del arzobispo de Lima, impresa varias veces,
ha sido publicada en 1873, en las pájs. 258 i siguientes del tomo IIÍ
de los Documentos históricos del Perú que da a luz el coronel doit
Manuel Odriosola.
EN CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 3G7
peruana no dejaron resorte por tocar para mantener el
gobierno del reí. Don frai José Calisto deOrihuela, que aca-
baba de ser designado obispo del Cuzco, anunció a sus dio-
cesanos este acontecimiento por una pastoral publicada,
en Lima en 1820 en que probando que el catolicismo es
contrario al movimiento liberal de nuestro siglo, i a la re-
volución de América, trascribia íntegra la famosa encí-
clica del papa Pió Vil (de 30 de enero de 1816) por la cual
condenaba la independencia de los pueblos hispano-ameri-
canos ^^. En lu provincia de Trujillo, el obispo don J. Ca-
rrion Marfil, sacerdote de setenta i cuatro años, defendi6
con la enerjía de un joven las antiguas instituciones, se opuso
resueltamente a la creación de una junta patriótica de go-
bierno en diciembre del mismo año (1820), i ofreció los
caudales de su tesoro particular para crear tropas con qué
combatir a los insurjentes. Burlado en sus proyectos, fué
remitido como prisionero al jeneral San Martin. Este céle-
bre caudillo no solo trató benignamente al obispo Marfil,,
sino que lo dejó en libertad para que se fuese a Lima a
seguir predicando la cruzada contra la independencia ^*.
Los otros obispos observaban por entonces una conduc-
ta análoga. Combatian con celo rabioso contra la indepen-
dencia del Perú, empeñando en el servicio de su causa todo
el prestijio de su carácter episcopal i todas las armas de la
relijion. San Martin habia abierto la campaña libertadora
enviando a la sierra una división que bajo las órdenes de^
jeneral Arenales, llevaba el encargo de sublevar las provin-
cias del interior. En el pueblo de Huancayo se habian reuni-
do tres de esos encarnizados enemigos de la revolución i
discutian los medios de combatirla. Eran estos Orihuela, el
43. Carta pastoral que sobre las obligaciones del cristianismo i
la oposición de éste al espíritu revolucionario de estos últimos
tiempos dirije a los fieles de la santa iglesia del Cuzco el Iltmo. i
Rdmo. señor don Jóse Calisto de Orihuela, opúsculo publicado en
Lima en 1820. .
- 44. Paz Soldán, Historia del Perú independiente, cap. VII, to*
mo 19páj.l21. ,
368 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
obispo del Cuzco, don Pedro Gutiérrez Cos, obispo de Hua-
mánga, i don Diego Antonio Martin deVillodres, obispo de
la Concepción de Chile, i arzobispo electo de Charcas. Este
■ultimo personaje, después de haber combatido cuanto le fué
dable la revolución de Chile hasta 1813, habia fugado de
€ste pais temiendo verse perseguido por los patriotas ven-
cedores ^^, les habia lanzado desde Pasco una solemne esco-
munion, i se habia establecido allí para reponerse de sus
trabajos i de sus sustos. En 1816, a consecuencia de la
muerte del arzobispo Moxó, de Charcas, el rei habia pre-
miado al obispo Villodres elevándolo a esta arquidiócesis
que producia 80 mil pesos de renta anual; pero el estado de
guerra en que se hallaba el Alto Perú fué causa de que Villo-
dres no pudiera llegar a su destino; i se quedó desempeñan-
do el curato de Pasco para proporcionarse alguna renta.
De las conferencias que celebraron estos tres prelados
para resistir a la revolución, no resultó al fin ningún plan
determinado ^^. El arzobispo Villodres se internó a la sierra
para ir a reunirse con los padres de Ocopa, que misionaban
al otro lado de los Andes, i allí murió poco después. El obis-
po de Huamanga se marchó a Lima, donde dominaba to-
davía el virrei; i el de Cuzco, tan ardoroso enemigo de los
independientes, se quedó en Huancayo, donde se presentó a
Arenales para pedirle algún dinero con qué seguir su viaje a
la cabecera de su diócesis. Eljeneral patriota fué bastante
jeneroso para socorrer a aquel realista apasionado e in-
transijente.
45. Es curioso ver cómo el obispo Villodres esplica esta fuga en
su memorable pastoral de 15 de enero de 1814. Según sus pala-
bras, abandonó su diócesis no tanto por miedo sino a "ejemplo de
Jesús, que no solo huyó a Ejipto cuando lo buscaba Herodes, sino
muchas veces de un lugar a otro para evitar las asechanzas de su
propia jente, quandiu nondum venerat hora ejas'\ Véase La paji-
na 59.
46. Paz Soldán, obra citada, cap. IX, tomo I, páj. 187.— Carta
de Arenales al jeneral San Martin escrita en Canta el 27 de diciem-
bre de 1820.
EL CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 369
Si el obispo de Arequipa, doctor don José Sebastian de
<joyencche, aunque adicto de corazón a la causa del rei, no
se atrevia por timidez a espresar sus sentimientos en pasto-
Tales i escomuniones,hubo en cambio otro prelado que hizo
-alarde de su ira en esos mismos dias. Fué éste don frai Hi
pólito Sánchez Ranjel, primer obispo de Mainas, español de
espíritu violento i destemplado. Habiéndose proclamado la
independencia en Chachapoyas, huyó de allí i luego lanzó a
sus diocesanos una pastoral que respira solo rabia i deses-
peración, para pedirles que se armen contra los patriotas.
*'Salid, hijos, les decia, contra esas gavillas de bandidos i
bribones: presentad vuestros pechos al acero antes de con-
descender a un juramento (el de la independencia), que os
hace perjuros para Dios i traidores a vuestro rei, a vuestra
patria i a vuestra nación Os quieren obligar a ofrecer
incienso a Baal, despreciando al Dios de Israel. ¡Ingratos!
¡Inhumanos!... El nombre solo de independencia es el nom-
bre mas escandaloso. Huid de él, hijos, como del infierno...
Por lo que a Nos toca, cualquiera de nuestros subditos que
voluntariamente jurase la escandalosa independencia lo
declaramos cscomuígado vitando i mandamos que sea
puesto en tablillas: si fuere eclesiástico lo declaramos sus-
penso; i si lo hiciere alguna ciudad o pueblo de nuestra dió-
cesis, le ponemos entredicho local i personal; i mandamos
consumir las especies sacramentales i cerrarla iglesia hasta
•que se retractare. Si algunos de nuestros hijos obedeciere a
otro obispo o vicario u oyere misa de sacerdote insurjente
o recibiere de él los sacramentos, lo declaramos también
•escomulgado vitando por cismático i cooperador del cisma
político i relijioso, que es toda la obra de los insurjentes"^''.
Al contrario de estos fanáticos realistas, el anciano arzo-
bispo de Lima se mostró en cierto modo conciliador con los
independientes. Cuando a consecuencia de las operaciones
47. Esta curiosa pastoral, que no podemos publicar íntegra en
•este artículo, puede verse en las pájs. 188 i 189 de la obra i volú-
<menes citados de Paz Soldán.
TOMO X 24
370 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
militares de San Martin, los españoles tuvieron que aban-
donar la capital del Perú en julio de 1821, el arzobispo Las-
Heras se quedó allí como si nada tuviera que temer de los
patriotas. San Martin, en efecto, lo felicitó por esta con-
ducta 48^ i a su entrada a Lima lo invitó a una reunión so-
lemne que debia celebrar el cabildo con asistencia de los
prelados de las órdenes relijiosas i de muchos vecinos im-
portantes, para resolver de la suerte del Perú. En esos mo-
mentos, i a consecuencia de las noticias que se tenian de la
revolución de España, muchos realistas creian que no solo-
era inevitable sino conveniente la declaración de la indepen-
cia peruana. El arzobispo era de este número; i si en aque-
lla memorable sesión se opuso tenazmente a que se adopta-
se esa medida, una vez promulgada le prestó el juramento
solemne, i siguió viviendo en Lima en las mejores relaciones
con el jeneral patriota.
Esta cordialidad no duró sin embargo mas que un mes.
Repuestos los españoles de sus repetidos quebrantos, se
preparaban para tomar de nuevo la ofensiva. Muchos ecle-
siásticos aprovecharon aquella ocasión para renovar sus
prédicas contra la independencia, i exaltar el fanatismo de
las masas. Las casas de ejercicios espirituales de Lima fue-
ron el teatro elejido por esos fanáticos para continuar su
guerra a las nuevas instituciones. San Martin era demasia-
do enérjico para dejarse burlar por esta clase de enemigos;.
í mandó que su ministro de la guerra don Bernardo Mon-
teagudo exijiera del arzobispo que mandase cerrar esos es-
tablecimientos hasta que se les pusiera bajo la dirección
de eclesiásticos patriotas que no hiciesen de la predicación'
relijiosa una arma de partido. El arzobispo contestó el mis-
mo dia (22 de agosto), pero evasivamente i sin querer dic-
tar la orden que se le pedia. El jeneral San Martin, resuelto
a hacerse obedecer, mandó que su ministro de estado don
48. La nota de San Martin, así como la contestación del arzo-
bispo, han sido reimpresas porOdriosola en el tomo VI de la colec-
ción citada. Véanse las pajinas 284 i siguientes.
EL CLERO EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDENCIA 371
Juan García del Rio, replicase al arzobispo con todn firme-
za. "S. E. advierte con dolor, decia la nota de éste, que V.
E. I. se resiste a dar cumplimiento a su orden, i me manda
comunicar a V. E. I. que, supuestos los escrúpulos de con-
ciencia que tiene para obedecer esta disposición del gobier-
no i los que en adelante pudieran asaltarle respecto de otras
que fuesen igualmente necesarias, será conveniente que Y.
E. I. calcule los males que se seguirán de no estar en buena
armonía la autoridad civil i la eclesiástica i se decida por el
partido que conviene adoptar a V. E. I., en la intelijencia
de que las órdenes de S. E. serán irrevocables." En vista de
esta actitud, no quedó al arzobispo otro partido que reno-
var una renuncia que habia hecho de su mitra algunos
dias antes, cuando San Martin llegó a Lima. Esa renuncia
fué aceptada en una forma que equivalia a un destierro. El
prelado debia salir de Lima en el termino de 48 horas, lo
que se efecto puntualmente ^^. Ese eclesiástico, estimado en
Lima por sus virtudes, i provisto de una tenacidad de que
no se le habría creido poseedor por contar cerca de ochenta
años, delegó sus atribuciones en el cabildo metropolitano,
i se embarcó para España. Año i medio después, en enero
de 1823, falleció en un convento de trinitarios descalzos de
Madrid.
Este acto de enérjica resolución puso término a las hos-
tilidades que el clero no cesaba de ejercer contra la indepen-
dencia del Perú, a lo menos en la parte del territorio que
ocupaban los patriotas. Lejos de allí en las provincias en
que dominaban los españoles, esta guerra no llegó a su tér-
mino sino después de la espléndida victoria de Ayacucho.
49. Paz Soldán ha publicado en las pájs. 211 i siguientes de su
obra citada, algunas de las notas cambiadas entre el arzobispo i
los ministros de San Martin; pero es mas completo aun en esta
parte la publicación del coronel Odriosola. Véase el tomo VI, paji-
nas 340 i siguientes.
XV
EL PADRE FEAI MELOHOE MARTÍNEZ *
Durante la ajitada época de la revolticion de nuestra in-
dependencia, los bandos contendientes pensaron mas de
una vez en escribir relaciones históricas de aquellos sucesos,
ya para recordar los hechos militares de nuestros ejércitos,
ya para rectificar los errores con que se referían las ocu-
rrencias de Chile o para informar acerca de ellas a las
autoridades superiores. En varias ocasiones se trató de for-
mar la historia oficial de nuestra revolución; pero jamas se
adelantó este ti abajo hasta dejarlo en estado de dar una
idea completa de los sucesos que formaba su materia.
En nota de 28 de mayo de 1811, en efecto, % suprema
junta que gobernaba el pais pidió al cabildo de Santiago
que formase una relación de los sucesos de Chile hasta la
malograda revolución deFigueroa, para rectificar las noti-
cias que acerca de este suceso pubHcaba una gaceta de
Buenos Aires. Mas tarde, a principios de 1813, cuando el
ejército insurjente salió por primera vez a campaña contra
las fuerzas invasoras que mandaba el brigadier Pareja, el
gobierno anunció que en poco tiempo mas haría escribir i
* Publicado en la Revista de Ciencias i Letras, (Santiago,
1857), t. I, pájs. 565.58X
Nota del compilador.
374 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
publicar una memoria histórica de aquella guerra, para
inmortalizar las proezas i hazañas de los militares chile-
nos. Casi parece escusado decir que estas dos obras queda-
ron en proj^ecto.
Posteriormente, en 1818, cuando nuestra independencia
estaba perfectamente asegurada por las victorias de Cha-
cabuco i Maipo, el director supremo O'Higgins encargó al
doctor don Bernardo Monteagudo que formase una histo-
ria militar de nuestra revolución. El comisionado comenzó
a trabajar en esta obra: consultó los recuerdos de la ma-
yor parte de los oficiales que habían hecho las campañas
de 1813 i 1814, i recojió abundantes notas i apuntes para
dar principio a los trabajos de redacción; pero sus otras
ocupaciones no le permitieron hacer nada en este particu-
lar. Pyn 1820 salió para el Perú con la espedicion libertado-
ra, i ya no volvió a pensar mas en la proyectada historia
militar de Chile.
El doctor don Juan Egaña tomó entonces a su cargo esta
tarea. Reunió gran número de documentos públicos i pri-
vados, recojió los partes oficiales de las batallas, las actas
de las sesiones celebradas por varios cuerpos, voluminosos
espedientes relativos a varios sucesos, e infinitos papeles de
todo jénero, i comenzó entonces su trabajo. Para esto for-
mó una especie de índice de los sucesos mas importantes a
los cuales agregaba las mas veces la fecha del dia, mes i
año en que ocurrieron, como por via de esfemérides; pero su
trabajo quedó reducido a este descarnado esqueleto. Las
copias de estas efemérides que se conservan hasta hoi dia
llevan por título: Épocas i hechos memorables de Chile.
En las peripecias de aquella lucha, cuando los vencidos
estuvieron en el poder, trataron también de escribir la his-
toria de sus triunfos. Confiaron este encargo a un padre
misionero español, hombre de luces i de talento que liabia
comprendido mui bien el movimiento de la revolución de
Chile, i que pudo esplicarlo con bastante claridad i exacti-
tud. Este artículo está destinado a juzgar aquella obra i a
dar a conocer la vida de su autor.
EL PADRE FRAI MELCHOR MARTIN KZ 375
El padre frai Melchor Alartínez, así se llamaba éste, na-
<;ió ea Monteagudo, pequeño pueblo de la provincia de
Burgos, por los años de 1762. Desde mui joven tomó el
hábito de recoleto franciscano para recibir las órdenes sa-
cerdotales, e hizo muí buenos estudios de teolojía i cáno-
nes, a fin de prepararse con sólidos conocimientos para
predicar el evanjelio. En aquella época, las misiones de
América que habian corrido a cargo de los jesuitas hasta
la espulsion de la Compañía de los dominios del monarca
español, estaban confiadas a la orden en que se habia en-
rolado frai Melchor. Con este motivo, le cupo a éste pasar
a Chile, a prestar sus servicios en el convento de Chillan, o
en el Colejio de propaganda ñde, como entonces se le
llamaba.
Era todavía novicio al llegar a aquel pueblo. Allí reci-
bió las últimas órdenes sacerdotales cuando apenas
cumplia veinte i cuatro años, e inmediatamente entró en
el territorio araucano para comenzar la predicación evan-
jélica. Los misioneros franciscanos tenian la obligación de
cumplir este sagrado ministerio durante cierto número de
años; pero casualmente, a fines del siglo XVIII las gue-
rras en que estuvo envuelta la España no permitian el
libre tráfico de los mares, i ponian mil traba si dificultades
al viaje de los misioneros encargados de predicar en la
Araucanía, obligando por tanto a aquellos que residian
en Chile a permanecer entre los indios mas tiempo del que
lesimponiael reglamento de su orden. Por esta circuns-
tancia, el padre Martínez se vio precisado a servir estas
misiones diez i nueve años consecutivos, durante los cuales
no solo conoció perfectamente todos los usos i costumbres
de los indios, i aprendió la lengua araucana, sino que pasó
largas temporadas "entre estos salvajes, los mas bárbaros
que se conocen, como él mismo decia, sin hablar ni tratar,
comunmente mas que con ellos i en su idioma". En la
misma pieza de que tomo estas palabras, declaraba que
poseia un "conocimiento práctico i esperimental sobre los
indios de Chile, sobre sus tierras, costumbres o cuales-
376 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
quiera otras particularidades, adquirido en diez i nueve^
años continuos empleados en la conversión i civilización
de dichos indios, con residencia continua entre ellos, inteli-
jencia i uso de su idioma, estudio i observación particular
en cuyo tiempo he residido i recorrido muchas veces casi
todo el país de estos bárbaros, conocido i tratado casi
todos sus principales caciques, i observado todas sus cos-
tumbres e inclinaciones".
En el desempeño de su cargo, el padre Martínez mani-
festó mucho celo i una enerjía superior a todo elojio. Mas-
de una vez puso en peligro su vida para calmar la ira de
algún cacique; i por los medios de la conciliación i de la.
dulzura consiguió evitar funestísimos males. Para predi-
car el evanjelio entre los araucanos, no perdonaba trabaja
ni sacrificio de ninguna especie; recorria vastas estensiones
de territorio, visitaba a los caciques mas influventes de
Arauco, i trataba por todos medios de estirpar los abusos
mas arraigados entre aquellos bárbaros por la ignorancia
i la idolatría. Su robustez le permitió trabajar ardorosa-
mente en esta santa obra por mas de diez i ocho años con-
secutivos, sin descanso alguno; pero al cabo de este tiempo,
su salud de fierro comenzó a abandonarlo. La vida ajitada
que habia llevado, la falta de toda comodidad, i su perma-
nencia en un clima húmedo i destemplado, durmiendo de
ordinario sobre la tierra i al aire libre, le acarrearon un
fuerte reumatismo en una pierna, que lo tuvo gravemente
enfermo durante tres meses. Entonces no mas se o^^eron
sus instancias para que se le separara del servicio activo.
En 1805 fué llamado a Chillan por el padre superior de la
orden, i de allí pasó a Santiago antes de concluirse aquel
año.
Frai Melchor venia buscando una colocación mas tran-
quila que le permitiera pasar los últimos dias de su vida
en una modesta comodidad, lejos de los azares i fatigas de
las misiones. Felizmente, encontró esta colocación en el
convento de su orden de la capital. Proponíase hacer allí
algunos trabajos sobre la lengua araucana, i correjir i au-^
EL PADRE FRAI MELCHOR MARTÍNEZ 377
mentar la gramática i el diccionario que medio siglo antes
habia publicado en Lima el padre jesuíta Andrés Pebres;
pero antes de dar principio a esta tarea se encontró dete-
nido por el presidente de Chile don Luis Muñoz de Guzraan
que le pedia con urjencia un informe o memoria sobre un
punto importante del servicio público.
Seguíase desde 1793 un espediente sobre establecer mi-
siones viajeras o transeúntes en la Araucanía para bauti-
zar a los niños indios que nacen i se crian sin este sacra-
mento por falta de misiones, como crian algunas personas
de aquel tiempo. El presidente don Ambrosio O'Higgins
habia acojido mui bien esta idea, pensando tal vez que
aquellas misiones podian tener un importante influjo para
promover la civilización de los araucanos. Los padres que
recorriesen este territorio podrían quizá suavizar las cos-
tumbres de aquellos bárbaros; correjir ciertos abusos i
desterrar sus vicios mas execrables. De la misma opinión
de O'Higgins eran algunos padres misioneros i aun los mas
ilustrados jefes de la guarnición fronteriza; pero el superior
del colejio de Chillan, el padre Delgado, el obispo de Con-
cepción don Francisco de Borja Maran i su promotor fiscal
se oponian a este dictamen fundados en las disposiciones
de un breve pontificio, i considerando enteramente inútil la
nueva institución. Según ellos, las misiones transeúntes
servirían para bautizar a algunos niños; pero esto iba solo
a desprestijiar el sacramento entre los araucanos, puesto
que esos niños no hablan de profesar mas tarde el cristia-
nismo.
El presidente Muñoz de Guzman trataba de realizar el
proyecto de O'Higgins. Para esto, consultaba el parecer
de todos los hombres que tenian conocimientos prácticos
acerca de aquellos indios, sus usos i costumbres, i espera-
ba reunir datos fijos sobre el particular para proceder con
acierto en tan delicado asunto. El arribo del padre Martí-
nez a Santiago fué para el presidente una oportunidad que
no quiso despreciar. Con fecha de 15 de febrero de 1806, le
dirijió una nota en que le consultaba su opinión a este res-
378 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
pecto, i le pedia le pasase un informe sobre las ventajas o
inconvenientes de las tales misiones. Al cabo de tres meses,
el 15 de mayo, el padre Martínez le presentó una larga
memoria en que trataba la materia con ilustración i tino;
i, apoyándose en los estudios que había hecho en ciencias
sagradas i en la esperiencia que habia recojido en las mi-
siones, acababa por manifestar su opinión en favor del in-
dicado proyecto. Con todo el respeto debido, refutaba los
argumentos en que se.habian apoyado el obispo Maran,
su promotor fiscal i el padre Delgado, fundándose en las
doctrinas de San Pablo, en la sagradas escrituras i en al-
gunos santos padres.
Pero la memoria del padre Martínez tiene un interés mas
importante e inmediato para el historiador, el filósofo i el
estadista. Sus pajinas están llenas de curiosísimas noticias
acerca de los araucanos, sus costumbres, sus creencias re-
lijiosas, sus estravagantes preocupaciones i hasta acerca
de su organización social. Refiere infinitas anécdotas ilus-
trativas, debate varios puntos importantes i manifiesta
claramente que aquellos indios son mucho mas salvajes
de lo que jeneralmente se creia. De la lectura de esa intere-
sante pieza, se sacaen limpio que el abate Molina, al tratar
de aquellos bárbaros en su "Compendio de la historia civil
de Chile", hizo un retrato hasta cierto punto fantástico, les
atribuyó una metódica organización social que no tienen,
i bosquejó un cuadro mas lisonjero i agradable que verídi-
co. Locura seria pretender tachar el testimonio del padre
Martínez en este particular, cuando habla el lenguaje de
la verdad i de la convicción, i se apoya en su propia espe-
riencia. Es verdaderamente digno de lamentarse que esta
interesante pieza haya corrido la suerte de muchos otros
documentos preciosos sobre la historia nacional, i que has.
ta hoi se conserve inédito cubierto por el polvo de las bi,
bliotecas.
Desde entonces, el padre Martínez fijó su residencia en
Santiago. Solo en 1809 pasó, en calidad de capellán, a la
hacienda de Bucalemu; pero venia con frecuencia a la capi-
EL PADRE FRAI MELCHOR MARTÍNEZ 379
tal, i se hospedaba en el convento de los relijiosos de su
orden. De este modo, él pudo ser testigo presencial de to-
das las ocurrencias de los primeras tiempos de nuestra re-
volución, i observar paso a paso el movimiento que se de-
sarrollaba delante de sus ojos. Como hombre que veia a
dónde irian a parar los cambios gubernativos i las refor-
mas de sus primeros años, el padre Martínez, español de
nacimiento, leal i exaltado partidario del sistema monár-
quico,, se declaró desde luego en enemigo decidido del mo-
vimiento revolucionario. Al ver comprometido de este modo
su causa, él seguía con el mas vivo interés todas sus peri-
pecias, trataba de imponerse de todo i fijaba su atención
en cada avance délos caudillos insurjentes. Entonces, cuan-
do se convertía el pulpito en tribuna política, el antiguo
predicador de las misiones de Arauco concurría siempre al
templo para oír las nuevas doctrinas que se desarrollaban
desde la sagrada cátedra; pero salia rabioso i colérico de
ordinario, protestando contra las opiniones vertidas como
altamente subersivas. En los años posteriores recordaba
distintamente todos estos sermones, i uno predicado en la
catedral el 18 de setiembre de 1811, en que se comparaba
a Chile con el pueblo israelita, salvado de la tiranía de Fa-
raón, le traia a la memoria el gran disgusto que esperi-
mentó al oírlo. "Queriendo algunos insurjentes que salian
de la iglesia conocer mi sentir acerca de lo espuesto, escribía
en 1815, me interrogaron de la calidad del sermón, a que
respondí con indignación, que no solo el ministerio, la reli-
jion i la casa de Dios quedaban profanados, sino a mas la
plaza, si se dijera en ella quedaría profanada. Intentaron
contenerme por temor; pero no me hallaba entonces en cir-
cunstancia de temer".
Fácil es inferir cuanto sufriría en aquel tiempo un hom-
bre de las exaltadas ideas del padre Martínez. Si bien él no
quería tomar parte alguna en los proyectos contra— revo-
lucionarios que entonces preocupaban a muchos españoles
residentes en Chile, i sí se guardaba bien de ostentar en pú-
'blico sus opiniones; su fidelidad a la causa de España no
380 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
podía pasar desapercibida. Mas de una vez, algunas parti-
das de jóvenes alborotadores que se habian enrolado en
las filas de los revolucionarios, hicieron burla i escarnio de
su persona al encontrarlo por las calles. ''Mas de dos ve-
ces, escribía tambioi en 1815, detuvieron en las calles pú-
blicas al escritor tropas de facciosos, sin mas motivos que
verlo con la compostura i seriedad propias de su estado, i
lo oblicuaron a gritar Viva la patria.!^''
La reconquista de Chile, efectuada en octubre de 1814^
por las armas realistas bajo el mando de Osorio, fué un
suceso que el padre Martínez celebró grandemente. Cuan-
do entró a Santiago el jeneral español, se apresuró a pre-
sentarse en el palacio a visitar al vencedor de Rancagua
i a felicitarlo por sus triunfos que venian a restablecer el
antiguo orden de cosas; i Osorio, que tenia algunas noti-
cias sobre su carácter, ilustración i esperiencia, le preguntó-
qué pensaba acerca de la situación de Chile i del modo de
gobernarlo para arrancar de raiz el espíritu de insurrec-
ción que tanto había cundido en este país. "Señor, le dijp
el padre Martínez, reúna V. E. los soldados que acaba de
conducir a la victoria, i pase las cordilleras en busca de los
iiltimos restos del enemigo. Los facciosos se repondrán de
sus quebrantos; i la inacción de las tropas vencedoras pue- ■
de costamos muí caro." El improvisado consejero del pre-
sidente Osorio, presentía entonces la invasión que efectua-
ron los insurjentes de 1817.
Pero Osorio no era el hombre aparente para acometer
tamaña empresa. Quedóse en Santiago persiguiendo a los
patriotas que no habían emigrado al otro lado de los An-
des, i cimentando el gobierno de Chile según las instruc-
ciones que le daban el vírrei del Perú i los ministros del rei
de España. En abril de 1815 recibió una real orden de 31
de julio del año anterior trasmitida por el ministro univer-
sal de Indias Lardízábal, en la cual se le mandaba que hi-
ciese formar una relación histórica de los sucesos de la re-
volución de Chile. "Siendo conveniente por muchos respec-
tos, decía aquella pieza, saber el verdadero oríjen de los-
EL PADRE FRAI MELCHOR MARTÍNEZ 381
alborotos que se han esperimentado i todavía se esperi-
mentan en algunas de esas provincias; i que consten en lo
venidero de un modo auténtico los fines, ajentes i medios
<iOn que se sostuvieron i jeneralizaron, i también aquellos
que contribuyeron a minorarlos o estinguirlos de manera
que el todo de su narración sirva en lo sucesivo de una útil
advertencia para evitar la renovación de tan terribles ma-
les; quiere el reí ?Jue V. S. encargue inmediatamente a uno,
o mas sujetos de conocida literatura, sagacidad, madurez
i criterio, el escribir en estilo sencillo i correcto, unas me-
morias en que se describan imparcialmente i con toda ver-
dad, bajo el método, orden i división que mejor les parecie-
re, cuantos sucesos de esta especie han sobrevenido en esos
paises del distrito de su mando desde la ausencia i cautivi-
dad de S. M.; las causas que los han ocasionado; carácter
€ instrucción de las perspnas que surjieron i figuraron en
los mismos alborotos; objetos que se propusieron en ellos;
medidas que se adoptaron para frustrar sus designios; qué
ausilios i ayuda recibieron esterior e interiormente; qué
ligas o pactos formaron, o intentaron formar con otras
provincias de la monarquía o de reinos estraños; con todo
lo demás que fuere del caso, i conviniere para ilustrar la
materia i dar una completa i exacta noticia de las ocurren-
cias militares i políticas que ha habido ea el largo curso de
tan desgraciados acontecimientos; procurando también
acompañar los planos i documentos orijinales que sea po-
sible adquirir a costa de la maj^or solicitud i dilijencia para
comprobar los hechos, i convencer plenamente de su reali-
dad, i desvanecer las dudas i falsedades que por la diversi-
dad de opiniones e intereses particulares se suscitaran pro-
bablemente en otros escritos en que se tratará talvez con
siniestro empeño de desfigurar en todo o en parte, lo que se
dijere sobre estos asuntos. Lo participo a V. S. de real
orden para su puntual cumplimiento, en la intelijencia de
que es la voluntad de S. M. que V. S. proporcione cuantos
socorros i ausilios estén a sus alcances, a las personas que
se ocupan en este trabajo; cuidando de remitirse las memo-
382 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
rías i documentos orijinales, luego que se concluyan i hayan
terminado los disturbios, i después un duplicado en que
estén testimoniados en debida forma estos mismos docu-
mentos; quedando ademas un triplicado de todos estos pa-
peles, también testimoniados, en la secretaría de ese go-
bierno para la debida constancia."
El presidente meditó largo tiempo antes de resolverse sl
confiar a persona alguna la redacción detesta memoria.
Solo después de un mes, cuando se hubo consultado con los
hombres de mas ilustración que poseia el pais, el 23 de~
mayo, encargó esta obra al padre frai Melchor Martínez.
^'Informado de la capacidad de U. P., decia la nota que le
pasó con este motivo, he resuelto encargarle esta obra,
para cuya ejecución le proporcionaré todos los ausilios que
requiera: entre ellos serán de la mayor importancia la co-
lección de los mejores materiales impresos i manuscritos de
actas o diarios, i relaciones que haya en el gobierno. U. P.
podrá recojer los demás conducentes que se encuentran de
particulares en esta capital, i entablará correspondencias
para las provincias distantes. Si fuere conveniente dismi-
nuir el trabajo para la mayor prontitud, tomará ausiliares-
de su satisfacción, sin perjuicio de las uniformidades del
plan, método i demás calidades que constituyen la perfec-
ción de semejantes trabajos. Para asegurar esta, he nom-
brado de consultores al Iltmo. señor obispo doctor don Jo-
sé Santiago Rodríguez, i a los señores doctor don José Joa-
quín Rodríguez i don Judas Tadeo de Reyes, asesor i
secretario de esta presidencia, por sus luces, esperiencia de
los sucesos, i vasta intelijencia de las materias, a quienes-
consultará U. P. el prospecto de la obra i las dificultades
que se le ofrezcan en su continuación: propondrá las asig-
naciones que necesite para gratificación de ausiliares, escri-
bientes, gastos de escritorio, i para su personal subsisten-
cia, sin distraerse al servicio de capellanías o cualquiera
otro que impida dedicarse totalmente a esta ocupación::
a ella coadyuvará el reverieníjo padre provincial, dando a
U. P. su licencia, dispensg, j QQmoáiáaáQS que consistan en
EL PADRE FRAI MELCHOR MARTÍNEZ 383
SUS facultades, i ofrezca el convento como se lo encargo; i
de este modo espero el mejor desempeño de tan importan-
te obra, cuyo premio le dispensará S. M. a proporción de
su mérito."
El padre Martínez carecía en aquella época de títulos pa-
ra hacerse merecedor de tamaña consideración. Hasta en-
tonces solo había escrito una corta memoria sobre las mi-
siones de la Araucanía, de que he hablado mas arriba; i aun
cuando éste sea un trabajo mui apreciable bajo cierto pun-
to de vista, dista mucho de constituir la reputación de un
escritor. En esa misma memoria pedia que se disimulasen
los defectos de estilo, impropiedad de espresiones i otros
fáciles de notar, ''atendiendo, dice, a que la flor de mi vida
desde veinte i cuatro años hasta cuarenta i tres la he ocu-
pado entre estos salvajes, los mas bárbaros que se conocen,
sin hablar ni tratar comunmente mas que con ellos i en su
idioma". Esto mismo probará cuan grande era la escasez
de hombres aptos que habia entonces en Chile.
La elección de Osorio era, sin embargo, mui acertada
bajo otros puntos. El padre Martínez era un hombre ob-
servador que habia comprendido mui bien el movimiento
revolucionario que se desarrolló delante de sus ojos, las
tendencias de los bandos políticos i el carácter de sus cau-
dillos, i que poseia una singular laboriosidad i un espíritu
de investigación digno de un historiador. Inmediatamente,
comenzó a reunir sus recuerdos, consultó los de los hom-
bres que mas hablan figurado en aquella época, obtuvo li-
cencia para rejistrar todos los documentos, i encargó a
Osorio que pidiese al Perú todos los que allí se encontra-
sen. Cuando ya hubo reunido una inmensa masa de apun-
tes i piezas oficiales, dio principio a los trabajos de coordi-
nación, por medio de una redacción sencilla que pensaba
retocar mas tarde.
Entonces vino a palpar una nueva dificultad. La comi-
sión revisora nombrada por Osorio era compuesta de chi-
lenos, los cuales debian tener cierta afección por algunos de
los caudillos revolucionarios; i temió que la censura de es-
384 ESTUDIOS HÍSTÓRICO-EIBLIOGRÁFICOS
tos pudiese hacerse pública, i comprometerlo personalmen-
te delante de una parte quizá mui considerable de las fami-
lias que componian la sociedad chilena. Este pais, ademas,
estaba todavía espuesto a nuevas conmociones, de modo
que habia otros motivos que bajo este aspecto embaraza-
ban al escritor que no tuviese toda la valentía necesaria
para esponer francamente sus convicciones. Al cabo de po-
cos meses, el padre Martínez habia avanzado mucho en es-
te trabajo; pero entonces se penetró de que ni el tiempo ni
el lugar en que escribia eran los mas aparentes para trazar
una historia con toda independencia. Con fecha de 11 de
diciembre de 1815, dirijió ui.a solicitud al presidente Oso-
rio, a fin de que pidiera al rei el permiso para volver a Es-
paña, en donde podria concluir la memoria histórica de
una manera conveniente.
Para obtener este permiso se necesitaba remitir a la me-
trópoli algunos documentos que probasen que el solicitan-
te habia servido en las misiones de la Araucanía el tiempo
prescrito por los reglamentos del caso; i aun así era nece-
sario que el monarca o sus ministros mirasen con interés
esta solicitud para que despachasen prontamente la licen-
cia. Todo esto exijia tiempo; pero antes que pudiese lle-
gar la licencia, nuevas ocurrencias vinieron a distraer al
historiador i a preocuparlo con otros afanes de mui diver-
so jénero.
En los últimos dias de 1815 llegó a Chile el mariscal de
campo don Francisco Marcó del Pont, nombrado sucesor
de Osorio en el mando de la capitanía jeneral. Desde luego
llamó a su lado al padre Martínez en calidad de miembro
de una camarilla de consejeros de que se rodeaba. A ellos
consultaba Marcó sobre los planes de gobierno i las medi-
das militares que debia tomar contra los amagos de una
invasión capitaneada por San Martin. El padre Martínez
habló en esas reuniones de atacar a los insurjentes de Men-
doza antes que ellos invadiesen a Chile, i trató de persua-
dir al presidente a que adoptase este partido como el único
que podia salvar a este pais de ser nuevamente presa de la
EL PADRE FRAI 3IELCH0R MARTÍNEZ 385
revolución i el trastorno. Marcó, inmensamente mas inep-
to que su antecesor, no se atrevió a dar paso alguno a este
respecto, se dejó engañar por las astucias de San Martin i
de sus ajentes, i no pudo defender el territorio chileno de la
anunciada invasión.
En aquella época llegaban dia a dia al palacio del presi-
dente mui variadas noticias acerca de los aprestos que
San Martin hacia en Mendoza. Este mismo hacia llegar a
«US oidos los avisos mas estravagantes i contradictorios
para mantenerlo en continua alarma, i acabar por confun-
dirlo. En octubre de 1816, se anunció de un modo positivo
que el jefe insurjente habia celebrado un parlamento con
los indios pehuenches que habitan los campos del sur de
Mendoza, para pedirles el permiso de pasar por sus tierras,
porque pensaba invadir a Chile por aquel punto. Decíase,
ademas, que San Martin tenia hechos todos los aprestos
necesarios para acometer esta empresa i pasar por el rio
Diamante, que corre por aquellos campos, i que trataba
de avenirse con los indios araucanos a fin de aliarse con
ellos.
inmediatamente, Marcó se propuso entrar en comuni-
caciones con los pehuenches para descubrir la verdad de
estos anuncios, i tomar las precauciones necesarias. Para
esto, encargó al padre Martínez, como hombre sagaz i co-
nocedor del carácter de aquellos salvajes, que fuese a si-
tuarse a Curicó, i que desde allí entablase comunicaciones
con los indios del otro lado de la cordillera. "Se anuncia,
decia Marcó a sus subalternos que mandaban en el terri-
torio comprendido entre los rios Rapel i Maule, que el
gobierno de Mendoza por medio de los indios de su fronte-
ra inmediata, i Maulahue intenta confederar a las demás
reducciones de pehuenches i de los butalmapus de la Con-
cepción, i que queria intenten otras escursiones por aquella
parte, mediante haber apostado preparativos de puentes
al rio Diamante. Para eludir estos designios, es necesario
redoblar nuestras intelijencias con los indios, asegurando
la adhesión de los de nuestra frontera, i atrayendo a los de
TOMO X 25
386 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
Mendoza; esta debe ser obra de la sagacidad i conocimien-
tos personales para la buena elección de emisarios, movi-
miento de todos los resortes conducentes con el mayor
sijilo, i adecuadas precauciones, esforzando con agasajos a
los caciques e indios de mas influencia en susaillegues i mas
propios para difundir entre ellos el concepto ventajoso de
nuestras fuerzas, justicia de la causa i mayores convenien-
cias para ellos que deben esperar de nuestra amistad i
servicio, antes que los insurjentes que luego desaparecerán
i sufrirán mil daños de la venganza que tomará contra
ellos el gobierno de Chile: de la dirección de este plan, va
enccirgrido el relijioso misionero frai Melchor Alartínez, que
posee el .-"mor de los indios, noticia de la tierra i prudencia
para la mejor combinación de circunstancias. En su con-
secuencia, le he comisionado con este objeto, dándole mis
instrucciones: óig^das Ud. i ponga en planta lo que mutua-
mente a<-ordaren, conviniendo las operaciones con los
demás comandantes inmediatos del paralelo de la banda
oriental enemiga de la cordillera, i déme continuos partes
de lo fjue sobre esta importa.ncia se fuere adelantando".
Do nada le sirvieron en esta vez al padre Martínez su
natural sagacidad i el conocimiento del carácter de los
indios con quienes tenia que tratar. El jefe enemigo era
sobrado hábil i astuto para tranuir una intriga con todo
el pulso posible. Habia tenido, en realidad, una larga con-
ferencia con los caciques pehuenclics, en que les anunció
que pensaba invadir a Chile por su propio territorio si
ellos le conccdian el permiso, i los habia engañado perfec-
tamente a este respecto. Inútil fué que el padre Martínez
se diese todo jénero de trazas para descubrir los proyectos
del astuto jeneral insurjente: desde Curicó remitió varios
espías para arrancar la verdad a los indios pehuenches;
pero todo sus esfuerzos fueron estériles i vanos. Ellos se
impusieron por sus |)ropios ojos de que los fuertes del sur
de Mendoza estaban mal guarnecidos, i de que no existían
los aprestos de puentes para pasar el rio Diamante de que
tanto se habia hablado; pero fueron informados por los
KL, PADRE FRAI MELCHOR MARTÍNEZ 387
mismos indios que efectivamente San Martin trataba de
invadir a Chile por aquellos lugares. "Mis espías supieron,
éscribia el padre Martínez el 19 de noviembre en Curicó,
que la espedicion que debe venir a Chile está dispuesta
para pasar la cordillera por la pascua de navidad, i que
vendrá al mando de don Bernardo O'Higgins; pero que su
tránsito será por el boquete de \ntuco paralelo a Concep-
ción". Después de otros trabajos igualmente infructuosos,
el padre Martínez díó su vuelta a Santiago a fínes de
diciembre de 18 IG.
En esa época, la dominación española en Chllo toca1)a a
su fin. No es éste el lugar de referir el paso de los Andes por
el ejército de San Martin, ni la batalla de Chacabuco, que
puso término al gobierno de Alarcó; pero sí es preciso re-
cordar que los mas fieles partidarios del gobierno espa-
ñol 1 los restos del ejército realista salvados en aquella jor-
nada, marcharon en desordenada fuga a Valparaíso, i que
allí se embarcaron sin orden ni concierto con rumloo al Ca-
llao. Frai Melchor Martínez, que tenia contr.jidos muí gra-
ves compromisos con los mandatarios de Chile, signió los
pasos de los fujitivos, i fué también a buscar un asilo en el
virreinato del Perü.
En Lima residía entonces el brigadier Osorio en calidad
de comandante jeneral de artillería. A su lado se acojió el
padre Martínez i vivió en su propia casa hasta que el virrei
Pezuela organizó a fines de 1S17 una nueva espedicion rea-
lista destinada a reconquistar a Chile. Como Osorlo de-
bía mandar el ejército espedicionario, frai Melchor Mar-
tínez tuvo que aceptar el puesto de capellán militar. Su
buen juicio, su conocimiento práctico del territorio chileno
i de sus habitantes, i su acendrada fidelidad a la causa del
reí, eran cualidades mui importantes que lo constituían en
un útilísimo consejero.
El padre Martínez se halló siempre al lado de Osorio en
la campaña de 1818, que tocó a su fin en la memorable ba-
talla de Maipo, el 5 de abril. En este dia se encontró en el
sitio del combate, i cuando vio que la suerte de las armas
388 ESTUDIOS HISTÓRICO -BIBLIOGRÁFICOS
se mostraba esquiva con el ejército realista, él se ofreció al
jeneral para conducirlo por caminos estraviados i salvarlo
de caer en mano de los vencedores. A las tres de la tarde,
antes de que la batalla estuviese completamente perdida,
frai Melchor llevó a Osorio por senderos que él conocia,
hasta llegara la cuesta de Prado en el camino de Valpa-
raíso. Atravesó esta cuesta i así que se hubo hallado al
poniente de ella, siguió su marcha por el espacioso valle
del sur hasta llegar a Melipilla, en donde los fujitivos hicie-
ron una frugal comida. El siguiente día, Osorio se encontró
en la hacienda de Bucalemu, de donde pudo seguir su mar-
cha hasta Concepción, sin ser mui molestado.
Al padre Martínez le cupo mui diversa suerte. Las parti-
das volantes del ejército vencedor que se estendieron por
aquellos campos lo apresaron en la misma hacienda de Bu-
calemu i lo trajeron a Santiago algunos dias después. Aquí
permaneció detenido con sus compañeros de infortunio has-
ta que en compañía de ellos también fué remitido a San
Luis en calidad de prisionero de guerra. Merced a la jene-
rosidad de un compatriota suyo, don Rafael Beltran, que
le dio letras de crédito para un comerciante español de
Mendoza, el padre Martínez pudo contar en el presidio con
los auxilios necesarios para su mantención.
En el presidio de San Luis permaneció frai Melchor hasta
principios de 1820, en compañía de muchos jefes i oficiales
del ejército realista de Chile. En esta época, un vecino de
Mendoza, don Agustin Moyano, consiguió permiso para
llevarlo a su casa de campo, situada a inmediaciones de
este pueblo en calidad de capellán. El padre Martínez vi-
vió allí pobremente, sin abusar de la jenerosidad de sus
protectores, i contraído al cumplimiento de sus deberes
sacerdotales i a la lectura de los pocos libros ascéticos que
podia encontrar a la mano. En este tiempo compuso una
pequeña obrita de meditación sobre el Padre nuestro.
El padre Martínez vivió en Mendoza algunos años mas.
Allí le conoció, en 1825, el nuncio apostólico Muzzi cuando
pasaba a Chile; i el secretario de éste, Salusti, que lo trató
EL PADRE FRAI MELCHOR MARTÍNEZ 389
con bastante familiaridad, le ha consagrado un recuerdo
en la relación del viaje. Posteriormente, el padre Martínez
consiguió pasar a Buenos Aires i embarcarse allí para Es-
paña, en donde al fin vino a encontrar el descanso que inú-
tilmente buscaba desde tantos años atrás. Establecióse
en Burgos, obtuvo el destino de capellán de un monasterio
i llevó una vida modesta i tranquila, aunque no libre de
los achaques de su edad avanzada. Las enfermedades, sin
embargo, no le impidieron consagrarse al cultivo de la li-
teratura histórica a que habla tomado una verdadera pa-
sión.
En Burgos se ocupó en redactar por sus recuerdos una
relación de todos los sucesos de la revolución chilena, des-
de sus primeros tiempos hasta 1820. Se asegura que era
tan grande el mérito de esta relación, que, cuando los mi-
nistros de Fernando VII mandaron escribir la historia de
la revolución hispano-americana en 1829, hubo muchos
personas que indicaron a frai Melchor como el hombre mas
a propósito para llevar a cabo una obra de esta naturaleza;
pero el antiguo misionero de Araucanía no tenia título»
delante de los palaciegos, i la comisión fué confiada a don
Mariano Torrente, hombre laborioso i apasionado, cono-
cido vapor otros trabajos literarios i que gozaba de los
favores i protección del ministro Calomarde.
Este contraste, con todo, no lo desalentó. Bl padre
Martínez, impedido así de hacer una obra que debia darle
reputación e importancia, trató de publicar su relación
histórica con el ausilio i ayuda de varias personas que
habian figurado en los sucesos de Chile; pero, para colmo
de su desgracia, éstos le negaron la protección que les pe-
dia i dejaron que aquel libro, que talvez posee un gran
mérito, quedase inédito. Hasta ahora, solo es conocido
por lo que acerca de él dice el historiador Torrente en
el prólogo de su "Historia de la revolución hispano-ame-
ricana".
Fué esta la última decepción que sufrió el padre Mar-
tínez. Después de este postrer desengaño, hastiado por tan-
390 ESTUDIOS HISTÓPaCO-BlBLlOGRÁFICOS
to contratiempo i gastado por la pérdida de su salud, frai
Melchor murió por los años de 1840. Su vida había sido
un tejido de sufrimientos físicos i morales, en la cual si al-
guna vez se dejó ver alguna risueña esperanza, fué solo para
desvanecerse al poco tiempo después.
La únic¿i muestra histórica del padre Martínez que co-
nozcamos, es la Memoria que com:ínzó a escribir por encar-
go del presidente Osorio. Es esta una rclncion minuciosa
de todos los sucesos de nuestra revolución desde sus prime-
ros dias, hasta principios de 1814, en que se encuentran
hacinados infinitos hechos con sus detalles i pormenores,
apoyados i justificados en documentos que el autor se pro-
ponía intercalar en el testo.
De la lectura de esta memoria se deduce claramente que
todo cuanto conocemos no es mas que un borrador que el
autor pensaba correjir i completar antes de darlo a la pren-
sa, o de remitirlo al monarca español, para quien escribía.
A pesar de esto, esos simples apuntes revelan el carácter i
el gusto del escritor, i dan a conocer regularmente sus mé-
ritos i defectos. De ellos se infiere que el padre Martínez, si
bien escribía con bastante claridad, distab i mucho de ma-
nejar el lenguaje con gracia o soltura, i que desconocía ab-
solutamente el verdadero estilo histórico. En su memoria,
la narración es sumamente pesada e indijesta: los heclios
están contados de ordinario en un regular orden cronolóji-
co, pero espuestos en tropel, sin detenerse un poco en los
mas importantes i casi sin que le merezcan al autor mas
pausa i mesura que los incidentes mas insignificantes. El
malogrado m )tin de Figueroa, por ejemplo, lo ocupa tan-
to como la noticia de un sermón que el autor había oido
predicar.
Frai Melchor, en efecto, era mucho mas pensador que
literato i escritor. Su relación, tan imperfecta como es, es-
plica algunas veces los sucesos con aquel colorido que solo
dan los testigos presenciales, i revela los hechos i los carac-
teres con gran exactitud i verdad. Sus apreciaciones son de
ordinario muí justas, i los retratos de los personajes, aun-
EL PADRE FRAÍ MELCHOR MARTÍNEZ 391
que severos o induljentes según fueron amigos o enemigos,
tienen un golpe de luz que nos los dan a conocer casi com-
pletamente. En la lectura de la memoria, se conoce muí
bien que su autor comprendia bastante el movimiento re-
Yoluoionarioquesehabiadesarrolladoasu vista, i que cono-
cia a fondo el carácter de los hombres que habian figurado
en él. Pero dominado por la pasión, cegado por su lealtad
al rei de España, él ha llegado a esti'aviar su juicio en cier-
tos puntos mui importantes de su obra. El censura amar-
gamente a la revolución, aunque parece convenir en que
este era un suceso necesario e inevitable.
En este sentido, cada una de sus pajinas es una diatriba
contra los revolucionarios chilenos. Facciosos i perversos
son los epítetos que les prodiga de ordinario;! descarga so-
bre ellos gol[)es de todo jénero. El autor los somete a un
juicio escrupuloso, refiere todos sus hechos, i les censura
también cuanto hicieron. La libertad de los hijos de es-
clavos que naciesen en Chile, sancionada por el congreso
en 1811, la libertad de comercio decretada por la primera
junta gubernativa en aquel año, la dotación de párrocos i
mil otras medidas de indisputable utilidad, le merecen úni-
camente las mas amargas críticas. Mientras tanto, los rea-
listas todos, aun aquellos que comprometieron torpemente
la causa del reí de España, han alcanzado alguna justifica-
ción en su obra.
A pesar de esto, la memoria del padre Martínez no adul-
tera los hechos. Su pasión resalta a los ojos del observador
menos esperimentado, porque consiste mas en la forma que
en el fondo de la historia. Muchas de sus apreciaciones so-
bre las desavenencias de los revolucionarios chilenos i so-
bre los caudillos de éstos poseen una exactitud incontesta-
ble, i pueden servir de seguro luminar a los historiadores
futuros.
El padre Martínez trabajó con documentos de toda es-
pecie, i supo sacar gran provecho de ellos. Su relación, apo-
yada siempre en alguno de esos documentos, posee bajo
este punto de vista un mérito particular. Después de la de-
392 ESTUDIOS HISTÓRIGO-BIBLIOGEÁFICOS
rrota de Ra-icagua i de la victoria de Chacabuco, los pa-
triotas primero i después los realistas saquearon los ar-
chivos públicos para sustraer todas aquellas piezas que
podian comprometerlos ante los vencedores. Con estas pie-
zas se ha perdido una rica i abundante fuente de noticias
históricas que solo podia reponer un testigo ocular de los
sucesos a que ellas se referian; i esta ha sido en gran par-
te la misión del padre Martínez. Con la ayuda de los
documentos que quedaron en la secretaría de gobierno i
en la de cabildo, él pudo descubrir muchas cosas; pero sus
propios recuerdos, i los deinnumerables personas, a quienes
consultó empeñosamente, le fueron de la mayor utilidad.
Su relación ha venido a suplir en gran parte la falta de
aquellos documentos.
Gran fortuna ha sido que se haya conservado la aprecia-
ble memoria del padre Martínez en vez de correr la suerte
desgraciada que ha cabido a muchas de las relaciones i dia-
rios manuscritos del tiempo de la revolución. Cuando en-
traron a Santiago los vencedores de Chacabuco, encontra-
ron en el palacio de Marcó un voluminoso cuaderno ma-
nuscrito que formaba el borrador autógrafo de esta obra.
O'Higgins guardó con particular aprecio ese cuaderno; i en
1818, siendo ministro de estado don Antonio José de Irisa-
rri, se hizo sacar una copia para ser depositada en la Bi-
blioteca Nacional, uniéndole todos los documentos que es-
tán encuadernados en un mismo volumen con la memoria;
pero, aunque ejecutada con bastante esmero, esa copia tiene
varios defectos, algunos de los cuales son de mucha consi-
deración. He tenido cuidado de cotejaresa copia con el ma-
nuscrito autógrafo, que hoi es de mi propiedad, i he notado
la falta de pajinas enteras i otros errores de menor impor-
tancia. La impresión de esta obra, hecha en Valparaiso en
1848, se resiente también de todos estos defectos. (*)
(*) Se anuncia ahora (1857) que una empresa particular va a em-
prender la publicación completa de todos los historiadores chilenos^
en volúmenes iguales i con todo el orden i corrección que exije una
EL PADRE FRAI MELCHOR MARTÍNEZ 393
La publicación completa de los documentos i memorias
históricas, es un trabajo que exije estudios detenidos, i que
todavía está por emprenderse entre nosotros. Si esto se
hace, preciso será dar un lugar preferente en la colección de
crónicas chilenas a la memoria del padre frai Melchor
Martínez.
obra de esta naturaleza. A los gobiernos americanos, i particularmen-
te al de Chile, i a todos los aficionados a los estudios serios correspon-
de prestar su apoyo a una publicación tan interesante.
HISTORIADORES DE AMERICA
XIII
DON MARIANO TORÉENTE *
Ningún escritor ha lanzado mas injurias ni ha cobijado
mas calumnias contra los prohombres de la revolución his-
pano-americana que aquel cuyo nombre encabeza este ar-
tículo I. Don Mariano Torrente es el prototipo de la pasión
de la parcialidad, de la injusticia para acusar i condenar a
los independientes americanos i para justificar i ensalzar a
"^ Publicado en la Revista de Santiago (1872) t. I, pájs. 161-
181; i reproducido como introducción en la reimpresión de los ca-
pítulos relativos a Chile de la obra "Historia de la Independencia
hispano -americana'^ por Torrente, que forma el tomo III de la
Colección de Historiadores de la Independencia de C/zíVe (Santiago,
1900).
Nota del Compilador.
1. Hallándome en Londres en 1860, una singular casualidad
trajo a mis manos un grueso cuaderno formado por borradores de
cartas dirijidas a diversos personajes i en diferentes años. Exami-
nando atentamente aquel manuscrito, observé que era el libro co-
piador de la correspondencia particular de don Mariano Torrente,
el autor de la Historia de la revolución hispano— americana. El
estudio de esas cartas me dio a conocer regularmente muchas de
las particularidades concernientes a la vida del autor. Posterior-
mente, tuve conocimiento de una biografía de Torrente publicada
en 1851 en un periódico de Madrid titulado El trono i la nobleza;
i en ella encontré otros datos que me sirvieron para formar el cua-
dro de este estudio Las noticias recojidas en otras fuentes me han
servidd para completarlo.
398 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLTOGRÁFICOS
SUS enemigos. Su Historia de la revolución hispano-ameri-
cana lleva el sello de la reprobación; i tanto en España co-
mo en América se la mira en menos, allí con desden, aquí
con odio. Pocos son los que la leen, i menos los que la esti-
man en algo.
I sin embargo, ese libro tiene un mérito real i merece ser
leido con cuidado. Es una obra considerable por su esten-
sion, por el conocimiento regular de los hechos, i por el mé-
todo con que están espucstos. Se encuentran en ella noti-
cias que en vano se buscarían en otra parte; i dejando a
un lado las apreciaciones casi siempre injustas, i las acusa-
ciones dictadas por la pasión mas ciega i desenfrenada, hai
en su conjunto un fondo jeneral de verdad que no puede
desconocer el que la lee con calma i con un propósito de es-
tudio. En las pajinas siguientes vamos a hacer el análisis
de este liljro, dando a la vez a conocer sumariamente la
vida de su autor.
Don Mariano Torrente nació en la ciudad de Barbastro,
en la provincia de Aragón, el 12 de octubre de 1792. Sus
padres, que gozaban de una buena posición en aquella ciu-
dad, le dieron una educación literaria tan esmerada como
era posible darla en España en esa época. Estudió junto
con el latin, la filosofía i la literatura,! los idiomas francés,
ingles e itaHano, que llegó a hablar corrientemente. La in-
vasión francesa en la Península en 1S08 vino a cortar sus
estudios; pero Torrente, mui joven aun, e hijo único de una
familia que queria retenerlo a su lado, no tomó las armas
como tantos otros estudiantes. Solo en 1811, cuando en su
provincia se creia definitivamente asentada la dominación
de los invasores, obtuvo un empleo en la administración
de cuentas de las autoridades franceses, i por cierto tiempo,
el cargo de secretario del intendente de ejército de la pro-
vincia del Alto Aragón. Era éste el vizconde D'Arlincourt,
que, como escritor i novelista, adquirió mas tarde cierta
celebridad, mas que por su verdadero mérito, por las exa-
jeraciones i estravagancias de su estilo i por su ardor^para
defender todos los principios reaccionarios i antidemocrá-
ticos.
DON MARIANO TORRENTE 399
En el desempeño de estos destinos desplegó laboriosidad
i una notoria honradez, i no ejecutó ningún acto que com-
prometiera su patriotismo. Así fué que cuando los franceses
evacuaron a Zaragoza ante las tropas del jeneral Mina, en
julio de 1813, Torrente se quedó tranquilo en la ciudad i
obtuvo poco mas tarde un empleo en la comisaria del ejér-
cito ausiliar ingles. Con éste hizo la campaña del sur de
Francia hasta la primera abdicación de Napoleón, que por
entonces terminó la guerra.
Provisto de buenos certificados de las autoridades britá-
nicas que comprobaban su integridad i sus servicios a la
causa de la restauración de Fernando YII, pasó a Madrid
a mediados de 1814 en busca de una recompensa. Esos cer-
tificados hicieron olvidar su antigua afección a la domina-
ción francesa, i el haber aceptado de ésta los destinos que
liabia desempeñado en Aragón. Torrente, aunque no habia
cumplido todavía veintidós años de edad, fué premiado con
el destino de cónsul de España de Civita-Vecchia.
Allí concibió el proyecto de escribir un estenso tratado
de jeografía universal, i en efecto, emprendió esta obra lle-
no de ardor. Preparaba ya su impresión cuando estalló en
Cádiz la revolución liberal de 1820. Torrente aceptó el ré-
jimen constitucional creado por esa revolución. Pasó a Es-
paña i obtuvo el consulado de Liorna en reemplazo del de
Civita-Vecchia, que fué suprimido. No duró largo tiempo
en este destino: en 1823, restablecido el Gobierno absolu-
to, fué destituido por el liberal, como tantos otros funcio-
narios que habían tomado alguna parte o siquiera simpa-
tizado con la revolución. Esa destitución, ademas, impor-
taba un destierro. Torrente no habria podido volver a
España sin haber sometido su conducta al examen de un
tribunal de purificación establecido por Fernando YII, i
sin haber obtenido una sentencia absolutoria.
Por esta razón, quedó viviendo en Liorna. Hallábase
allí cuando llegó a esa ciudad don Agustín de Iturbide, que
acababa de perder el trono imperial de Méjico. Torrente,
fuese por resentimiento por la destitución que acababa de
sufrir, "o porque, como dice un historiador mejicano^
400 ESTUDIOS HISTÓRIUO-BIBLIOGRÁFICOS
pensó hacer el medio de su reconciliación con Fernando Vil
el venderle los secretos delturbide, se manifestó mui adicto
a éste" 2 , se hizo el confidente de todos sus planes, i en
diciembre de 1823 se dirijió con él a Londres, por la Suiza,
las orillas del Rhin i la Béljica. El ex-emperador meditaba
entonces el proyecto de volver a Méjico a reconquistar su
corona, empresa temeraria a que lo alentaron algunos de
sus amigos i parciales, i que al fin le costó la vida. Torren te
estaba en sus secretos, i quizá pensaba por entonces en
pasar a América con la esperanza de abrirse una carrera
mas brillante i rápida que laque podía alcanzar en el viejo
mundo. Al fin, sea por desconfianza en la empresa, sea por-
que sus convicciones de español i de enemigo de los rebeldes
de Méjico se resistieran a tomar servicio al lado de éstos,
se separó de Iturbide a pretesto de ir a buscar su familia
a Liorna, i no volvió a Londres sino después de la partida
de aquél.
Mas tarde, cuando Torrente escribía la Historia de la
revolución hispano-americana, fué tan inexorable con Itur-
bide como con todos los otros insurjentes. Lo llamó ambi-
cioso, traidor, miserable, i lo supone animado por las peo-
res pasiones. Para justificar esta inconsecuencia, dice que
en sus relaciones con el ex-emperador mejicano, estaba de
acuerdo con el duque de San Carlos, don José Miguel de
Carvajal i Vargas, entonces embajador de España en Paris,
i que el pensamiento de ambos era inducir a Iturbide a
reorganizar el imperio mejicano, no en provecho de su per-
sona, sino en favor de un príncipe español. Según Torren-
te, Iturbide estaba convenido en este plan; pero el Gobier-
no de Madrid lo rechazó abiertamente en la confianza de
que en breve podría hacerse de los recursos necesarios para
someter de nuevo sus colonias de ultramar. La arrogante
ambición de Iturbide, la confianza que siempre manifestó
en su prestijio i en su poder para reconquistar para sí el
2. Don Lúeas Alaman, Historia de Méjico desde 1808 basta la
época presente^ tomo 5°, páj. 788.
DON MARIANO TORRENTE 401
trono perdido, no autorizan a creer esta esplicacion del
historiador español.
Torrente pasó cuatro años en Inglaterra llevándola vida
del emigrado por persecuciones políticas. Sus antecedentes
de liberal durante la revolución española, lo pusieron en
comunicación con muchos personajes españoles proscritos
de su patria por una causa idéntica i con algunos america-
nos que, después de haber figurado en las filas de los inde-
pendientes, pasaban al viejo mundo en busca de un asilo
contra las persecuciones orijinadas por las discordias civi-
les. Figuraban en primera línea entre ellos don José de la
Ri va Agüero i don Juan García del Rio, presidente el pri-
mero i ministro el segundo de la República peruana. De
ellos recojió copiosas noticias concernientes a la historia
de la revolución americana, que apuntó prolijamente para
hacerlas servir en su jeografía, cuyo manuscrito ensancha-
ba i correjia sin cesar.
Al fin, en 1827 se resolvió a pasar a Madrid en la con-
fianza de que su escasa participación en los sucesos de la
revolución española le servirian del salvo conducto. Pero,
para no ser vejado como liberal, le era indispensable soli-
citar su purificación; i la junta a que estaba encomendada
esta clase de asuntos, lo declaró por sentencia, impuro, es
decir, liberal. Fueron necesarias las mas empeñosas reco-
mendaciones del duque de San Carlos para que Fernando
VII revocase esa sentencia i lo declarase apto para ser
ocupado en la carrera diplomática en la primera oportu-
nidad que se presentase.
De esta situación se aprovechó Torrente para publicar
€n Madrid su Jeografía universal, física política e histó-
rica {Madrid, 1827 -1S28, 2vols. en folio). Esta obra, a
que el autor consagró diez años de trabajo, es una simple
compilación de noticias jeográficas recojidas de los libros
ingleses i franceses mas acreditados en aquella época, i dis-
puestas sin un verdadero plan científico, como el de los
grandes trabajos de Balbi i MalteBrun. La parte ameri-
cana, que ocupa casi todo el segundo tomo, es sin duda la
mas interesante i la mas nueva de toda la obra, porque
TOMO X 26
402 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
Torrente había podido recojer interesantes informaciones^
verbales sobre lajeografía i sobre la historia del nuevo
mundo desconocidas a los otros jeógrafos. Pero aun en es-
ta parte se notan numerosos errores i descuidos, mui co-
munes, por lo demás, en obras de esta naturaleza. De todos
modos, la obra de don Mariano Torrente, tuvo una favo
rabie acojida en el público español, que estaba reducido-
hasta entonces a beber esta clase de noticias en compen-
dios mui reducidos i errados o en obras traducidas con
poco cuidado. Poro, suscitó también las mas amargas crí-
ticas. Don Fermin Caballero, joven mui contraído entonces-
a los estudios jeográficos i conocido mas tarde como es-
critor i como político, publicó dos folletos en que, bajo el
título del Dique contra el torrante, hacia de aquella obra
una crítica tan severa como injeniosa i picante ^ .
Después de este primer ensayo, Torrente se sintió alen-
tado para emprender una obra mucho mas difícil todavía.
Como hemos dicho mas atrás, durante su permanencia en
Inglaterra habia conocido a algunos de los caudillos i pro-
motores de larevolucion hispano-americana, i en su trato
habia recojido todo jéaero de noticias referentes a este mo-
vimiento. Habia colectado i leido todas las publicaciones
que sobre esos sucesos llegaban a sus manos, recopilado
los documentos que daban a luz los diarios europeos i for-
mado así un caudal bastante considerable de datos, de que
pensaba aprovecharse en la formación de una historia je-
neral de toda la revolución, i de que en parte se habia
aprovechado para las notas históricas puestas al segundo
tomo de su jeografía. Cuando llegó a Madrid, el Gobierno
de Fernando YII, tomando como síntomas de reacción en
3 Los dos opúsculos de Caballero llevan Instituios siguientes:
*'El dique crítico contra las irrupciones del nuevo torrente, o sea,
fé de erratas a la jeografía universal, física, política e histórica
que se está publicando, por un discípulo de Claudio Tolomeo,"'
Madrid, 1827. — «S.^guuda parte del dique; verdades amargas al
autor de lajeografía universal, don Mariano Torrente, por el au-
tor del dique crítico, don Fermin Caballero,» Madrid, 1828.
DON MAEIANO TORRENTE 4C'3
favor de la España las guerra i disturbios civiles que en
esa época tenian lugar en los pueblos americanos, creia fa-
vorables las circunstancias para emprender una campaña
de reconquista de sus posesiones perdidas. Se pensó que la
publicación de un libro destinado a poner de manifiesto la
conducta de los jefes insurjentes de América, los crímenes i
traiciones que se les atribuian, i la política bondadosa de
los soberanos españoles, habria de contribuir a ese resul-
tado. El Gobierno fomentó con ese objeto a Torrente faci-
litándí)le todos los medios para la formación i publicación
de su obra.
Don Mariano Torrente emprendió el trabajo con empeño.
En España se habian publicado también por parte de los
realistas numerosos manifiestos, informes i aun relacione»
mas o menos estensas sobre los sucesos ocurridos en tal o
cual pais de la América, que respiraban hiél contra los
patriotas independientes, como los escritos de Cancelada
sobre Méjico i los de don José Domingo Díaz sobre Vene-
zuela. En los archivos de gobierno i aun en las colecciones
de algunos particulares existían documentos históri-^os,
cartas jeográficas i planos de batallas concernientes a la
guerra de la independencia americana. Pero, la mejor
fuente de informaciones estaba en los actores mismos de
esa lucha, muchos de los cuales eran hombres de cierta in-
telijcncia, i por lo tanto, aptos para recordar i referir los
sucesos en que ellos mismos habian tomado una parte prin-
cipal algunos años antes. Torrente recojió sus informes en
todas partes i agrupó un cúmulo inmenso de noticias, a
las cuales le fué necesario dar orden i compajinacion. No
será domas recordar aquí que entre las personas que le
dieron datos sobre la revolución de Chile, figuraban el
obispo de Santiago don José Santiago Rodríguez, que se
hallaba entonces desterrado de su diócesis, i el padre fran-
ciscano frai Melchor Martínez, que habia escrito sobre la
materia una memoria tan estensa como noticiosa.
El fruto de estos afanes fué la Historia de la revolución
hispa no-americana, que Torrente publicó en el curso del
404 ESTUDIOS HISTÓmCO-BIBLIOGRÁFICOS
año de 1830 en tres gruesos volvimenes en 4*^ Como lo
indica su título, esta obra contiene la historia de la revolu-
ción de la independencia de todas las antiguas colonias de
la España en el nuevo mundo, desde los primeros movi-
mientos en 1809 hasta la espulsion total i definitiva de los
españoles. Ha clasificado los sucesos por años, i cada uno
de éstos está dividido en capítulos distintos para la histo-
ria de cada pais. Gracias a este plan tan sencillo como me-
tódico, es fácil estudiar los hechos en su conjunto jeneral i
siguiendo el orden rigorosamente cronolójico en todo el
continente, o seguir el desenvolvimiento de la revolución
en cada pais especialmente, desde su principio hasta su fin.
Esto, por lo que toca a la distribución de las materias de
que se compone la obra: por lo que respecta a la manera
cómo ellas han sido tratadas, vamos a darla a conocer
con mayor detenimiento.
Liberal en 1820, partidario entonces del réjimen consti-
tucional en España, destituido i perseguido por el absolu-
tismo triunfante en 1833, don Mariano Torrente, que
escribía su Historia áe la revolución hispano-amerícana
bajo las aspiraciones del gobierno absoluto i bajo el réji-
men despótico cimentado por Fernando VII, se hizo abso-
luta en 1830; condena con toda enerjía de que es capaz los
principios liberales i prodiga las mas inauditas alabanzas
al mas pérfido i al mas inmoral de los reyes de España. ''El
espíritu de innovación ha hecho terribles progresos en este
siglo, dice en una parte, i se necesitan, por lo tanto, leccio-
nes prácticas de los escollos en que se estrellarán siempre
el desvarío e inconsistencia de los entendimientos formados
con las teorías de una vana e insustancial filosofía. Dolo-
roso es por cierto que los tronos hayan sido estremecidos
por este jenio destructor; pero talvez habrán ganado mu-
cho en solidez i permanencia con tan repetidos escarmientos
i costosos desengaños de los que han tratado de separarse
de la senda trazada por el honor, por la conveniencia, por
la justicia, por la sabiduría i por la larga esperiencia.
¡Quiera Dios que sean éstos los últimos ensayos de los in-
DON MARIANO TORRENTE 405
sensatos, que, imbuidos en las superficiales ideas modernas,
se han dejado arrebatar por la corriente de sus vicios; i que
disfruten los Estados de la paz i felicidad que solo es dada
obedeciendo sumisamente a los lejítimos soberanos a quie-
nes la Providenciaba confiado el dominio de los pueblos" ^.
Mas esplícito es todavía para condenar el réjimen cons-
titucional en otras partes de su libro. Así, da el epíteto de
abominable a la revolución española de 1820, i condena
como ruinoso el sistema creado por ella por cuanto procla-
mó "la igualdad legal, sancionada como dogma político,
el abáurdo principio de que la soberanía residia en la
nación, i la formación de juntas populares para nombrar
sus diputados a Cortes" ^. En esta parte no vacila en
acusar temeraria e injustamente de ladrones a los pro-
hombres de la revolución liberal en España i de atribuirles
todas las desgracias de ese pais. "Durante el interregno
constitucional de la península desde 1820 hasta 1823,
dice con este motivo, se apoderó el Gobierno revolucionario
de los bienes de los monacales; sus productos tan solo ser-
vían para enriquecer a los comisionados i manipulantes.
Se abrieron empréstitos sobre empréstitos que henchían
los bolsillos de algunos mandatarios, en vez de ser inver-
tidos en satisfacer las cargas del Estado" ^.
Por lo que toca a la persona de Fernando VII i a su
Gobierno, rara vez los nombra Torrente sin acompañarlos
de algunos de estos epítetos: sagaz, previsor, bondadoso,
benigno, magnánimo, paternal, jeneroso. Cuando se piensa
que el que escribía esa historia habia figurado en las líneas
de los liberales de 1820, i era testigo de las atrocidades
sin cuento que se siguieron al triunfo del rei sobre los re-
volucionarios, no se puede dejar de condenar esa adulación
que degrada tanto al escritor que vende sus lisonjas como
al Gobierno que las compra.
4 Tomo III, páj. 287.
5. Id. id. páj. 29.
6. Tomo I, introd , páj. 103.
406 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
Conocidos los principios políticos que han inspirado la
composición de la Historia de la revolución hispano-ame-
ricana, es fácil comprender que el autor ha de tratar con
toda dureza a los jefes de la insurrección i a todos cuantos
tomaron parte en la obra de libertar las colonias de la Es-
paña; pero la imajinacion no puede suponer tan fácilmente
la destemplanza en las formas, la procacidad en el lengua-
je, la grosería en los epítetos i en los ultrajes. El jeneral me-
jicano don Nicolás Bravo, que con una jenerosidad sin
ejemplo puso en libertad a muchos prisioneros realistas el
mismo dia que se le anunció que su padre, prisionero de los
españoles, había sido fusilado inhumanamente, '*es acaso,
dice Torrente, el único revolucionario cuya historia merez-
ca ser trazada con tintas benignas por plumas españolas";
i aun para referir ese rasgo de heroica virtud del caudillo
insurjentc, pide que se le disculpe en obsequio de la impar-
cialidad '. Según don Mariano Torrente, los hombres que
se abanderizaron en las filas de la revolución eran jóvenes
díscolos i viciosos, negociantes arruinados que en la revuel-
ta querían reparar sus fortunas, ambiciosos sin honradez
que querían abrirse un camino que les habla cerrado su pro-
pia inmoralidad, muchas veces bandidos sin mas plan que
el robo i el saqueo, con frecuencia cobardes, criminales dig-
nos del último suplicio, que engañaban a unos cuantos in-
cautos, pero que contaban con el desprecio de las poblacio- '
nes. Torrente, en efecto, parece creer que la mayoría de los
americanos, i en ésta, la parte mas sana i honrada, detes-
taba la revolución i a sus autores, i no cesa de anunciar i
repetir que la reconquista de Amérícci para el rei de España
era una empresa no solo posible sino fácil, porque los pue-
blos del nuevo mundo suspiraban por el restablecimiento
del réjimen paternal que habían implantado en sus colonias
los bondadosos soberanos. Los argumentos consignados
por algunos escritores para probar la popularidad de la
revolución en América, decia Torrente en 1830, ''son espe-
Tomo II, páj. 403.
DON MARIANO TORRENTE 407
«iosos; i se vería su poco fundamento si una regular espedi-
cion, apoyada por fuerzas navales que dominasen el Pacífi-
co, apareciese en aquellas costas" ^.
''El mayor castigo que el soberano español podia impo-
ner a la América, dice en otr¿i parte, seria abandonarla a
su propia suerte; pero, ¿cómo su magnánimo corazón deja-
rá de oir los clamores de aquellos sus hijos infelices, i aun
arrepentidos los mas de los culpados?" ^ Cuando Torrente
escribía estas palabras, el magnánimo corazón de Fernan-
do VII, oyendo los clamores de sus infelices hijos de Méjico,
habia hecho salir de la Habana una escuadra compuesta
de un navio, dos fragatas, cinco bergantines de guerra i
cuarenta i dos trasportes, que conducían una división de
desembarco de cerca de cinco mil hombres, bajo las órdenes
<lel brigadier don Isidro Barradas; pero contra las especta-
tivas del reí, los culpables revoltosos recibieron a los inva-
sores con las armas en las manos, i después de algunas es-
<:aramuzas, los obligaron a rendirse en Tampico permitién-
doles por gracia que volvieran a reembarcarse para la
Habana i^.
No estará de nías el consignar aquí que, aun después de
-este descalabro, Fernando VII siguió alimentando el qui-
mérico proyecto de reconquistar sus posesiones de América,
i que muchos escritores de la escuela de Torrente quedaron
repitiendo que los americanos querían volver a ser subditos
del bondadoso soberano.
Los estranjeros que, llevados por el amor a la gloria o
por servir a una causa tan noble i tan simpática como era
la independencia de la América, vinieron a este continente
a hacer la guerra contra los españoles, no merecen mas
consideración al historiador Torrente. Entre esos estran-
8. Tomo III, páj. 60.
9. Tomo I, introd. páj. 102.
10 Juan Suárez i Navarro, Historia de Méjico i deíjeneral San-
ta Ana, cap. 2^ Esta obra, publicada en Méjico en 1850, contie-
ne estensas noticias sobre la espedícíon del brigadier Barradas
«n 1829.
408 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
jeros figuraban hombres que, como Cochrane, Miller, Mac—
Gregor i muchos otros, se hallaban dotados de grandes ta-
lentos militares i habían sido modelados en el molde de los
héroes. Algunos de ellos eran los mas cumplidos caballeros,
otros poseían fortunas considerables que sacrificaron en
parte por la causa de la independencia; i si bien no faltaron
aventureros vulgares, intrigantes i codiciosos, no fueron
éstos los que desempeñaron el principal papel ni los que se
ganaron las mas ardientes simpatías ni la verdadera con-
sideración délos americanos. Torrente los envuelve a todos
en el mismo anatema; i sin desconocer completamente los
talentos ni la importancia de los servicios de algunos, los
llama corrompidos estranjeros, viles mercenarios, asalaria-
dos para servir a la mas indigna de las causas, atraídos a
América por la rapacidad i la codicia.
Para los jefes españoles, Torrente tiene un lenguaje muí
diverso. Por regla jeneral son nobles, caballerosos, huma-
nos, activos, infatigables, denodados, heroicos. Son incal-
culables las trazas que el historiador se da para disculpar
las atrocidades cometidas por algunos jefes españoles, la
violación de los pactos. Cuando esas atro'cidades son ver-
daderamente injustificables. Torrente las espiica como re-
presalias necesarias en la guerra, o como medidas riguro-
sas, es verdad, pero que los bondadosos jenerales tenian
que aplicar para escarmentar a los arrogantes insurjentes.
Justo es también decir en este lugar que el libro de Torren-
te fué una obra de justiciera reparación para muchos de
esos militares, a quienes la opinión pública acusaba en Es-
paña de inepcia o de cobardía para destruir a hís insur-
jentes.
La. arrogante vanidad de los españoles no podia com-
prender cómo los realistas habían sido derrotados en Ca-
rabobo i en Maípo i obligados a capitular en Ayacacho, i
atribuían a flojedad i casi a traición de sus propios jenera-
les el no haber alcanzado siempre la victoria. Torrente fué
el primer escritor que quiso esplicar la verdad de las co-
DON MARIANO TORRENTE 409
sas i justificar a esos jefes de acusaciones injustas i teme-
rarias.
Pero no se detiene aquí. El historiador quiere presentar
a sus compatriotas, no solo como hombres dotados de un
gran corazón, sino como jenerales hábiles iesperimentados
i como soldados sufridos e intrépidos. Hemos dicho que
una de las fuentes de informaciones históricas que sirvieron
a don Mariano Torrente, i sin duda la mas rica, fué la co-
municación con los jefes i oficiales realistas que volvieron a
España después de terminada la guerra. Ellos esplicaban
sus derrotas, no como el resultado de impericia o del arro-
jo i de la intelijencia de los patriotas, sino como la conse-
cuencia de causas fatales e imprevistas. Así, por ejemplo,
los realistas, según Torrente, fueron derrotados en el Ro-
ble, en Chile, porque, por una equivocación, los cartuchos
de repuesto que llevaban para sus fusiles no tenian bala
(tomo I, páj. 389); la diverjencia de opiniones de los jefes
realistas fué la causa principal de la destrucción de su ejér-
cito en Maipo; el triunfo de la revolución mejicana en lS21
no fué debido al entusiasmo con que las poblaciones acojie-
ron la proclamación del Plan de Iguala, sino a la confianza
de los mismos españoles; otras veces es la traición de algu-
nos, o la dureza del clima u otras causas que no existen
cuando se estudian los hechos a la luz de los documentos i
de la verdad. Aun cuando el historiador se ve precisado a
hacer algún cargo a los jefes españoles, se percibe el emba-
razo con que escribe i la suavidad que emplea en las pala-
bras con que formula la acusación.
Fácil es comprender que un libro escrito de esta manera,
una historia concebida con tanta parcialidad, ha debido
merecer la condenación de todos los americanos. En efecto,
uo se puede leer sin enojo, casi sin rabia, la historia en que
el autor se constituye en apóstol de todas las ideas retro,
gradas, en defensor de un sistema que repugna a la razón i
que la esperiencia condena, i en enemigo implacable de los
pueblos que sacuden con tanto vigor como justicia la domi-
nación opresora de la metrópoli. Por eso es que si la Histo-
410 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
ria de la revolución hispano-americana de don Mariano.
Torrente fué en un tiempo mas o menos conocida en Amé-
rica, hoi no la lee casi nadie, i goza de la reputación de ser
un fárrago indijesto de acusaciones injustas i calumniosas
de los padres de la independencia del nuevo mundo.
I sin embargo, preciso es reconocer, volvemos a repetir-
lo, que esa obra tiene un mérito real, i que merece ser estu-
diada, por todos los que se propongan conocer bien la his-
toria de la revolución de estos países.
A pesar de la gran parcialidad que domina al historia-
dor, la verdad asoma i resplandece aun en medio de las
mas apasionadas diatribas, i casi podria decirse, contra la
voluntad del que la revela. Torrente, como hemos dicho ya,
se empeña en demostrar que la revolución americana era 1 i
obra de unos pocos hombres i que los pueblos vivian con-
tentos bajo la dominación del rei. Sin embargo, en diver-
sos lugares de su libro se hallan hechos i apreciaciones que
rectifican completamente aquel juicio. ''El ardor de los re-
volucionarios de Méjico, dice en una parte, no cedia por
mas golpes que recibiesen de las tropas realistas; jamas se
ha visto mayor tesón i constancia, ni mas desesperados es-
fuerzos que los aplicados por los revoltosos para renacer
de sus mismas cenizas. La adversidad no los abatia, la
muerte no los arredraba; las tropas del rei necesitaban
por lo tanto de un decidido heroismo para continuar esa
mortífera lucha" (tomo I, p. 424). "Empero, por mas gol-
pes que se diesen a la facción desorganizadora del Alto
Perú, dice en otra parte, i aunque por algún tiempo pare-
ciece hallarse el país enteramente libre de enemigos, volvian
prontamente a la palestra nuevos campeones que tenian la
osadía de presentarse hasta las mismas puertas de los pue-
blos ocupados por las tropas del rei" (tomo II, páj. 409).
^'Ya a fines de junio (de 1821, después de la proclamación
de Iguala hecha por Iturbide) ofrecia el virreinato de Mé-
jico la mas triste perspectiva: todos los esfuerzos del virrei
i demás autoridades habían sido ineficaces para contener
el estravío de la opinión; no se oia mas que defección de
DON MARIANO TORRENTE 411
unos, rendición de otros i levantamiento jeneral de pueblos
i de provincias" (tomo III, páj. 282). "En las tropas rea.
listas del Perú, compuestas en su mayor parte de america-
nos, dice mas adelante, habia crecido de tal modo su pro-
pensión a desertarse que lo verificaban cuantos individuos
podian separarse de sus columnas, cuyo mal no podia co-
rrejirse de otro modo que llevándose encerrados en cuadros
formados por los europeos, especialmente de noche" (tomo
III, páj. 489).
Una observación análoga debe hacerse respecto de los
-personajes que figuran en la historia escrita por don Ma-
riano Torrente, i muí particularmente respecto de los jefes
de la insurrección americana. Por mas que el autor haya
recargado sus retratos con colores negros i sombríos, por
mas que halla atribuido a aquéllas faltas que no cometie-
ron, pasiones que no abrigaron, la verdad de su fisonomía
se deja traslucir en medio de las amargas censuras. El libro
de Torrente contiene imputaciones falsas i calumniosas:
pero preciso es hacerle esta justicia: esas calumnias son de
invención ajena; el historiador las halló estampadas en al-
gún manifiesto, en alguna memoria, en algún documento,
o la recojió de boca de algún testigo de cuya honradez no
podia dudar. Pero, haciendo abstracción de estos detalles,
i despojando la narríicion de los hechos de la destemplanza
en las espresiones, no es posible dejar reconocer en aquella
obra algo que se parece mucho a la realidad. Los mismos
prohombres de la revolución hispano americana i sus de-
fensores han apelado con frecuencia al testimonio de To-
rrente, en cuyas pajinas están retratados al través de un
vidrio opaco, es verdad, pero con notable semejanza en los
perfiles i en el conjunto. En efecto, todas las declamaciones
de que está sembrada la Historia de la revolución hispano
americana no bastan para oscurecer las grandes figuras
de los jefes de los independientes, los verdaderos héroes de
aquella lucha.
Pero aun como obra de conjunto, el libro de don Maria-
no Torrente merece ser estudiado. Es difícil concebir cómo
412 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
con materiales tan dispersos i tan heterojéneos, ha podido
formar una obra tan completa i, lo que es mas singular,
casi exenta de errores graves en el encadenamiento jeneral
de los hechos i aun podria decirse en los pormenores. Sin
duda son mui buena fuente de informaciones las memorias
i manifiestos impresos, los documentos de los archivos i las
relaciones de los actores; pero ademas de que ellos debian
dejar vacíos notables sobre muchos puntos de la historia,
era sumamente difícil el dar compajinacion a las noticias
sobre sucesos tan complejos en sí mismos, verificados a la
vez en una estension tan vasta de territorio, i sin mas en-
cadenamiento entre todos que el ocurrir en un mismo con-
tinente. Hoi mismo, cuando existen historias mas o ménos^
ordenadas sobre la revolución de cada uno de los pueblos
americanos, es enormemente difícil el dar alguna armonía a
aquel variado conjunto de hechos tan diversos i complica-
dos presentándolos con alguna claridad. Torrente, sin em-
bargo, cuando no podia contar con un auxilio de esta na-
turaleza, ha hecho un libro en que se notan vacíos, en que
hai inexactitudes i equivocaciones en los pormenores, pero
en que los hechos están espnestos con método i claridad i
cu\^o conjunto es bastante verdadero. Ese libro debe ser ne-
cesariamente consultado por todo el que se dedique al es-
tudio de la historia americana, porque contiene noticias
que fueron trasmitidas al autor por los actores mismos, i
que no se hallan en ninguna otra parte. Torrente, ademas,,
ha ilustrado su historia con diez i seis planos de batallas,
casi siempre exactos, i que son mui útiles para la intelijen-
cia de la narración.
Sin poder decirse que don Mariano Torrente sea un no-
table escritor, no puede desconocerse el mérito literario de su
libro. La narración de los hechos se desliza sin embarazos
ni tropiezos, con una gran claridad, a veces casi con elegan-
cia: pero con frecuencia está afeada por los epítetos de en-
comio o de censura, con declamaciones destempladas, con
digresiones casi desligadas del asunto principal i dirijidas a
maldecir a los revolucionarios i a encomiar a los jefes rea-
DON MARIANO TORRENTE 413
listas O las ventajas del réjimen español, i los males causa-
dos por el sistema constitucional o republicano i por los
hombres que lo han proclamado i sostenido. Por eso es que
a pesar de la exajeracion de sus formas i déla dureza de sus
reproches, muchos escritores americanos le han hecho jus-
ticia tributando a su obra la consideración a que es me-
recedora. '*La historia de Torrente, dice uno de ellos, está
escrita con orden, alguna elegancia, i los hechos de armas
están en la mayor parte desnudos de aquellas exajera-
■ciones que hacian tan fastidiosas las gacetas de los go-
biernos de aquella época. "^^
Pero si los elojios tributados en América a la Historia de
la revolución hispano-americana han tenido que encerrarse
dentro de los límites de una reserva circunspecta, en Espa-
ña alcanzó honores que rara vez obtienen las mas notables
obras del espíritu humano. Por reales órdenes de 28 de fe-
brero i de 8 de marzo de 1830, Fernando VII mandó que
se comprasen al autor 700 ejemplares para hacerlos circu-
lar en la Habana i demás posesiones ultramarinas, a fin de
que penetrando en las colonias rebeladas, prepararan la
opinión en favor del restablecimiento del antiguo réjimen.
El rei Francisco de Ñapóles, suegro de Fernando Vil, i
gran partidario él mismo de los gobiernos absolutos, le en-
vió una medalla de oro en prueba de la aprobación que
prestaba a aquella obra. La prensa de Madrid i de las pro-
vincias se deshizo en las mayores alabanzas al talento del
escritor, a la profundidad de sus investigaciones i a la soli-
dez de sus principios políticos, porque en esa época no ha-
bia en toda España un sólo periódico que hubiera podido
alzar la voz contra las ideas absolutistas. El público leyó
con grande avidez aquel libro que le presentaba de una ma-
nera ordenada la historia de de tantos i tan complicados
acontecimientos. En la estensa lista de los suscritores a la
Historia de la revolución hispano-americana, se leen entre
11 Lorenzo de Zavala, Ensayo histórico de las revoluciones de
Méjico, Paris, 1831, tomo I, pról. páj. 3.
414 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
muchos otros, los nombres del virrei de Méjico Ruiz de-
Apodaca i del jenercil Liñan que sirvió a sus órdenes en
aquel pais, de los virreyes del Perú Pezuela i La Serna, de
losjenerales Valdes, Canterac, Maroto, Carratalá i Goye-
ncche, i del comandante Senosiain, el último español que
defendió la causa del rei en Chile. Todos ellos, interesados
en la circulación de un libro que refería sus hechos de una
manera tan favorable, debieron contribuir a asegurar su
crédito i su popularidad. El jeneral García Camba, que
publicó en 1846 sus Memorias para servir a la historia de
Jas armas reales en el Perú, aunque mucho mas templada
en sus formas i mas justiciero en sus juicios, contribuyó-
eficazmente a sostener el crédito de Torrente, ratificando la
veracidad de su narración. Pero los principios políticos de
aquella historia, el alarde que hace de profesar las ideas
absolutistas, fueron causa de que el autor i su libro perdie-
ran una gran parte de su presLÍjio. Ah(H-a mismo, el libro
de Torrente es consideríido en Kspaña como la obra de un
absolutistci atrabiliario que habia estudiado bien los he-
chos i que los refiere con toda verdad. Los pocos españoles
que alguna vez han querido leer algo sobre la historia de la
iudependeiicia de sus colonias, creen como artículo de fé todo
lo que dice aquel libro contra los jefes de la revolución his-
pano-americana, i aun parecen convencidos de que, a pe-
sar de la arrogancia de las repúblicas del nuevo mundo, el
pueblo llora aun la separación de la metrópoli i la ausen-
cia del bondadoso monarca.
La Historia de la revolución hispano americana es el
mas alto título de gloria literaria de don Mariano Torren-
te. Después de su publicación, es{)eró en vano una remura-
cion que correspondiese a los méritos que creia haber con-
traído. Pidió el cargo de Cónsul jeneral de España en Ate-
nas, capital del reino de Grecia que acababa d¿ nacer, i mas-
tarde el empleo de intendente de provincia; pero solo se le
hicieron j)romesa« mas o menos lisonjeras i se le confió por
oí Ministerio de Hacienda lacoraision de escribir un tratado-
de economía política que sirviera para la enseñanza de este
DON MARIANO TORRENTE 415
ramo en las universidarles españolas, que solo fué publicado
en 1834, en tres volúmenes i a espensas del Gobierno. Este
libro, olvidado i casi desconocido hoi, es un resumen clara
i metódico de los principios de la economía política, tal co-
mo se comprendía entonces esta ciencia en España.
Pero Torrente pedia con instancias un empleo que le ase-
gurara una posición estable. En setiembre de 1832 se le
dio el cargo de administrador de las rentas marítimas de
Cuba; i con este nombramiento partió para la Habana, no
propiamente satisfecho, pero sí confiado en que pronto ob-
tendría ascensos. Como conservara todavía sus hábitos
literarios, consagraba a esta clase de trabajos el tiempo
que le dejaban libres sus tareas administrativas. Pero en
lugar de contraerse a los estudios históricos i jeográficos
que habian sido su predilección, se ocupó en obras de ame-
na lectura, destinadas principalmente para la juventud. Ya
en Madrid había publicado en 1831 la traducción castella-
na de una novela escrita en ingles por un autor español i'^;
en la Habana dio a luz en 1846 la Biblioteca selecta de
amena instrucción, forma doce tomítos, con otros tantos
tratados elementales recopilados o traducidos de idiomas
estraños, para difundir los conocimientos útiles; en 1837,
el Recreo literario, que comprende otros doce tomítos de
novelas tan sencillas como morales, traducidas al español;
i por último, q\ JaanitOy obra elemental de educación para
los niños i para el pueblo, traducida del italiano de Para-
vicini 13. Todas estas publicaciones emprendidas con un
objeto mercantil, dejaron bien pocas utilidades a don Ma"
12. Gómez Arias, o los moros en las Alpujarras, novela histó-
rica escrita en ingles por el español don Telésforo Trueba i Cosío,
Marlrid, 1831, 3 vols. en 8^.
13. Algungs años después se publicó una nueva traducción de
este libro hecha por don Jenaro del Valle, que fué aprobada por el
Gobierno español como libro elemental. Torrente, que se encontra-
ba entonces accidentalmente en Madrid a fines de 1853, se quere-
lló por la prensa diciendo que la nueva traducción era la misma
que él había publicado en la Habana, con ciertas modificaciones-
41G ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
riano Torrente, como tendremos ocasión de verlo mas ade-
lante.
Después de haber permanecido siete años en la Habana,
Torrente recibió en 1839 la cruz de comendador de la orden
de Isabel la Católica, gracia que a los re^^es cuesta poco
conceder i que suele envanecer mucho a los que la reciben;
pero no obtuvo los ascensos a que se creia merecedor. Cre-
yendo que su presencia en la Corte seria motivo para que
el Gobierno no se olvidase de él, pasó a España con licen-
cia en 1840. Allí alcanzó el honor de ser nombrado miem-
bro correspondiente de la Academia de la historia de Ma-
drid i un asiento en las cortes lejislativas como diputado
por la provincia de Huesca, i poco mas tarde, vocal de la
junta consultiva de ultramar. Publicó entonces una memo-
ria para defender la conservación de la esclavitud en las
colonias españolas, i en seguida un periódico titulado El
Conservador de ambos mundos, para sostener a su manera
los intereses de esas colonias. Tanto en este periódico como
desde su asiento de diputado, Torrente se manifestó hostil
a la rejencia del jeneral Espartero, i particularmente a sus
ministros. Esta actitud le acarreó su d.^stitucion en mayo
de 1842; i aunque reelecto diputado por la oposición con.
servadora, se resolvió el año siguiente a abandonar la Es-
paña i a fijarse definitivamente en la isla de Cuba.
Torrente estaba resuelto a abandonar para siempre la
política i la literatura. Adquirió en los suburbios de la Ha-
bana, a inmediaciones del famoso paseo de Tacón, una
modesta quinta en que estaba establecida una casa desani-
dad en que recibia enfermos a tanto por dia. Viudo i sin
mas familia que una hija única, se instaló en esa quinta i se
hizo empresario del establecimiento, buscando en esta in-
dustria el modo de satisfacer las necesidades de su vida. La
venta de los libros que habia escrito i de los cuales él mismo
hechas para disimular el fraude, i que empeoraban la obra. Acu-
sado SU artículo como injurioso, Torrente fué condenado a pagar
una multa de 60 reales vellón, o sean 3 pesos de nuestra moneda.
DON MARIANO TORRENTE 417
era editor, lo había lisonjeado por algún tiempo; pero lue-
go se desvanecieron sus ilusiones. Pensó en el comercio co-
mo un medio de mejorar su situación, i proyectó el estable-
cimiento de una sociedad de inmigración africana para es-
tablecer i regularizar el comercio de esclavos por mayor.
Este proyecto, sin embargo, no encontró acojida i solo fué
una nueva decepción para su autor.
La práctica administrativa adquirida por Torrente, la
intelijencia con que habia desempeñado el destino que esta-
ba a su cargo, fueron causa de que el Gobierno de la isla
consultase en muchas ocasiones su opinión i le confiase di-
versas comisiones que desempeñó siempre con gran celo.
Cuando las espediciones filibusteras salidas del sur de los
Estados Unidos amagaron seriamente a la dominación es-
pañola en Cuba, la prensa del aquel pais tomó una actitud
amenazante que hacia temer las mas serias complicaciones.
Torrente, que hablaba i escribía bien el ingles, pasó a los
Estados Unidos en 1852 por encargo del capitán jeneral de
la isla, i publicó en diversos diarios americanos varios artí-
culos en defensa de la España. Desempeñó entonces una co-
misión análoga en la República de Santo Domingo para
impedir toda alianza entre los dominicanos i los Estados
Unidos. Convencido ademas de que en la misma metrópoli
se apreciaban mal la situación i las necesidades de la isla
de Cuba, envió a un diario de Madrid, La España^ un serie
de artículos destinados a darlas a conocer. Esos artículos
fueron desarrollados i reunidos poco después en dos volú-
menes en 8° que, bajo el título de Bosquejo económico polí-
tico de la isla de Cuba, se dieron a luz en Madrid en 1852 i
1853 con el nombre de Torrente. Pasa en revista todos los
ramos de la administración pública, agrupa un número mui
considerable de datos estadísticos, jeográficos e históricos i
propone las mejoras que a su juicio debieran introducirse
en el Gobierno de la colonia. Este libro, importante bajo
mas de un aspecto, mereció la protección del ministerio
TOMO X 27
418 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
español, que compró al autor 300 ejemplares para darles
circulación ^^.
Entonces renacieron sus aspiraciones de figurar en la vi-
da pública. Torrente creia que los servicios prestados a su
patria en el último tiempo merecían un premio que él debia
pedir i que nadie podia negarle. Por otra parte, sus nego-
cios marchaban mal: la casa de sanidad del paseo de Tacón
i la venta de sus libros no le producian masque una módica
utilidad. Le era necesario llevar a Londres a su hija única
para que allí contrajera matrimonio con un joven ingles,
apellidado Burnabj, i quiso aprovechar esta circunstancia
para volver a España a reclamar lo que a su juicio se le de-
bia formalmente. En agosto de 1853 tomó en la Habana el
vapor de la mala inglesa, i veinte dias después (1° de se-
tiembre) se hallaba en Londres ocupado en hacer publicar
en los diarios algunos artículos en favor del Gobierno espa-
ñol en la isla de Cuba i de la conservación de la esclavitud
en esta colonia, no solo como una necesidad de su agricul-
tura, sino por el buen trato que los negros recibían de sus
amos.
Después de dos meses de permanencia en Londres, To-
rrente se trasladó a Madrid por la via de Francia. Se pre-
sentó allí como un hombre que estaba perfectamente al ca-
bo de las necesidades de las colonias españolas i que por
tanto podia suministrar noticias mui importantes i propo-
ner reformas de las mas alta trascendencia. En este sentido
escribió una tras otras varias cartas a Sartorius, conde de
San Luis, el famoso jefe del gabinete español, i a alguno de
los ministros. En esas cartas hablaba también de los servi-
14. Es singular que de este libro no se haga particular mención
en el Diccionario biográñco estadístico histórico de la isla de Cuba
por don Jacobo de la Pezuela (Madrid 1863—1866, 4 v. en 4*?). Es-
te autor, que ha intercalado allí noticias biográficas de los escrito-
res sobre Cuba, omite también las de Torrente, i solo habla de él
por incidencia en el artículo Literatura cubana para mencionar
otros escritos del historiador español. Esta omisión no puede es-
plicarse mas que por una decidida mala voluntad.
DON MARIANO TOBRBNTH 419
dos que habia prestado a la España en la última época; e
insistiendo mucho en la importancia de sus relaciones i de
su influjo en las provincias de Teruel i de Aragón, pedia que
el Gobierno no se opusiera a que fuera elejido diputado a
cortes por Yalderobles o por Mora. En esas mismas cartas
i aun en representaciones oficiales reclamaba que se le con-
firiese la gran cruz de la orden de Isabel la Católica i el em-
pleo de presidente del tribunal de cuentas de la Habana,
para lo cual exhibia una recomendación del capitán jeneral
de Cuba. A fin de probar sus aptitudes para el desempeño
de este cargo, dio a luz un opúsculo de 56 pajinas en 4° ti-
tulado Pensamiento económico político sobre Ja hacienda
de España^ i escribió un libro mas estenso con el título de
Política ultramarina.
No se pueden leer sin una profunda compasión las cartas
de Torrente en esta época de su vida. Hai en ellas una mez-
cla singular de lisonjas i de dignidad del hombre que tiene
confianza en sus méritos i en sus servicios i que lo ve desa-
tendido todo por personajes políticos que no se dignaban
fijar su atención en él, i para quienes Torrente era uno de
esos solicitantes pertinaces e incansables que no cesan de
pedir i que parecen no comprender que no se les quiere dar.
Cuando pidió una conferencia a Sartorius, esteno se la qui-
so conceder: cuando le comunicó que en su Política ultra-
marina iba a revelar la verdad sobre los negocios de Santo
Domingo i las agresiones de los Estados Unidos s(jbre Cuba,
Sartorius le encargó que no publicase ese libro que podia
comprometer las relaciones diplomáticas de España, alo
que Torrente, contra su pesar i solo en su calidad de solici-
tante necesitado, tuvo que someterse.
En junio de 1854 estalló la famosa revolución que puso
en peligro al trono español i que echó por tierra el ministe-
rio Sartorius. Torrente aceptó este movimiento como un
cambio que podia favorecer sus intereses. Se dirijió al jene-
ral Espartero, a quien habia tratado en 1829, cuando reco-
jia datos para la Historia de la revolución hispano ameri-
cana^ a quien habia defendido en esta obra como a todos
420 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
los militares españoles capitulados en Ayacucho, i que en
1842 lo había destituido por su oposición parlamentaria;
escribió al jeneral Serrano, a quien conocía mas de cerca;
solicitó la protección del ministro don Joaquín Francisco
Pacheco, a quien prometía darle muchas noticias i proyec-
tos referentes a las colonias, i dedicarle su libro sobre la
Política, ultramontana; pero por todas partes recibía recha-
zos terminantes o frías i estériles promesas. Pacheco se
negó a aceptar la dedicatoria ofrecida. Torrente se enfure
ció por este vergonzoso desaire. ** Pacheco verá muí pron-
to, decía Torrente en carta a un amigo suyo, que no se me
insulta impunemente." I para vengarse de ese ultraje pro-
3^ectó la publicación de una Revista crítica semanal de la
política i administración de España i ultramar, en que pen-
saba poner de oro i azul a los gobernantes que lo habían
despreciado.
Pero Torrente no contaba mas que con su saña i nó con
sus fuerzas. No pudo publicar la anunciada revista, se limi-
tó a dar a luz su Política ultramarina ^^ sin dedicatoria
alguna, i aplacando su enojo, volvió al papel de humilde
solicitante. "¿Qué van a decir de mí en la Habana, decía To-
rrente, sí vuelvo sin conseguir nada de lo que he pedido?
Yoi a quedar avergonzado e infamado." I después de tan-
tos afanes, solo consiguió una carta de recomendación del
jeneral Serrano para el jeneral Concha, capitán jeneral de
Cuba; í el modesto destino de intendente efectivo del ejér-
cito de ultramar, que le había conferido el ministerio Sar-
torius.
Desesperado de conseguir lo que pretendía, Torrente se
15. Este libro lleva por título: Política ultramarina, que abra-
za todos los puntos referentes a las relaciones de España con los
Estados Unidos, co*i la Inglaterra i las Antillas, i señaladamente
con la isla de Santo Domingo, Madrid, 1854, 1 vol. en 8° Bs un
libro bastante curioso por los datos estadísticos que contiene i
por las noticias históricas que da acerca de las relaciones diploma-
cas de España respecto de sus colonias, i mui particularmente so**
bre las repúblicas de Haití i Santo Domingo.
DON MARIANO TORRENTE 421
ocupó también en este tiempo en empresas de otrojénero.
Volvió a pensar en su proyecto de inmigración africana en
Cuba, i trató de dar impulso a la venta de los libros de que
era autor i^. Su correspondencia deja ver que este negocio
era mui poco lucrativo. Al fin, a principios de 1855, se em-
barcó de nuevo en Cádiz i pasó a la Habana para volver a
dirijir la casa de sanidad del paseo de Tacón i a desempe-
ñar el empleo que le habian concedido casi como una li-
mosna.
Los últimos dias de Torrente fueron tristes i sombríos.
El arreglo de sus negocios, en mui mal estado entonces, lo
preocupaba principalmente; pero dirijia sin cesar sus mira-
das i sus esperanzas a Madrid, donde creia hallar alguna
vez la protección que reparase los perjuicios i desaires que
liabia sufrido en pago de sus servicios. Se disponía para ha-
cer un nuevo viaje a España en agosto de 1856, cuando la
muerte vino a sorprenderlo el 24 de julio de ese año. Una
irreparable consunción agotó su vida cuando meditaba to-
16. Creo que los lectores de esta Revista no verán sin curiosi-
dad la carta siguiente, que se refiere en cierto modo a Chile.
«Señor don Salvador de Tavira (Chile).
Madrid, 4 de mayo de 1854.
iiMi estimado amigo:
iiAunque no he tenido el gusto de ver a usted desde que comimos
juntos en 1842 en Bagneres de Louchon, en casa del señor don
Joaquin Ferrer, no tengo reparo en molestar a usted con un en-
cargo, en obsequio del cual me atrevo a esperar que usted querrá
dispensar todo su apoyo. Don Luis Viana, librero de Madrid, llc'»
va una caja con las obras que espresa la adjunta nota. Su objeto,
como usted debe conocer, es no solo que se venda ahí esta peque-
ña remesa, sino que se abra ese mercado para otras mayores, se-
ñaladamente átXJuanito.
M Cuando lo publiqué por primera vez en la Habana en 1839,
me pidieron de Valparaíso 500 ejemplares que remití al precio de
dos duros, pues tal fué el de la primera edición. Como ésta va es-
tereotipada, he podido reducir dicho precio a medio peso; i tanto
422 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
davía nuevos proyectos para reparar su fortuna i conquis-
tarse la posición a que se creia merecedor. El mismo dia de
su muerte, uno de sus acreedores, el conde de San Fernan-
do, pidió el embargo de los muebles de Torrente para pa-
garse de una deuda de 4,000 pesos. La orden se ejecutó en
medio de las lágrimas de su hija i a pesar de los ruegos del
capitán jeneral de Cuba, que habia profesado alguna esti-
mación al difunto.
El nombre literario de Torrente, mirado por los ameri-
canos como el símbolo de la pasión i de la parcialidad, ol-
vidado en España, donde se tributan homenaje a escritores
de mucho menos mérito, no merece el desden que se le ha in-
flijido. Su obra capital, la ií/síorifaííe ia revolución hispano-
americana es, como hemos dicho, un libro que puede leerse
con fruto, que contiene un grande acopio de noticias i que
refleja mejor que otro alguno la opinión de los españoles
sobre la revolución de la independencia del nuevo mundo. Si
por su baratura, pues que en España se vende a diez reales vellón
en rústica, como por el mérito de dicha obra, ha sido adoptada
para las escuelas; i no dudo que lo será en ese pais i que se harán
numerosos pedidos si usted tiene la bondad de darla a conocer i
recomendarla al Gobierno.
tiHé aquí el favor que he de merecer de usted i al que quedaré
mui agradecido. Yo me hallo accidentalmente en Madrid; pero
debo volver pronto a la Habana, habiendo sido nombrado por el
Gobierno intendente efectivo de ejército.
"Si usted gusta favorecerme con su contestación, puede dirijirla
a dicho punto, como también cualquiera orden que quiera usted
comunicar a su afectísimo amigo i seguro servidor.
Mariano Torrente.
"P. D. —Agradecería así mismo, que por su mediación i con sus
oficiosos cuidados se estendiera dicha obra del Juanito por el Perú,
i que tanto en las casas de educación de aquella república como en
las de Chile, fuera adoptada como lo está en España. I no dudo
que ha de ser así luego que en ambos paises se persuadan de que no
pueden poner en manos de la juventud una obra mejor ni mas
barata.
DON MARIANO TORRENTE 423
la posteridad debe ser un juez que pronuncie su fallo des-
pués de oir a las dos partes, es indispensable que la obra de
don Mariano Torrente sea sometida a una confrontación,
a un careo, por decirlo así, con los escritos de los que de-
fienden i sostienen la parte contraria.
JUAN MANUEL PEEEIEA DE SILVA *
El historiador cuyo nombre encabeza estas líneas goza
en su pais de una alta reputación como hombre político i
como escritor. Orador distinguido del parlamento brasile-
ro, administrador entendido i laborioso en el corto tiempo
que ocupó la presidencia de la provincia de Rio de Janeiro,
Pereira de Silva se ha ilustrado ademas por sus escritos que
lo colocan en el rango de uno de los mas notables literatos
del Brasil.
En este carácter, su labor es mui vasta. Pereira de Silva
ha dado a luz obras de imajinacion, novelas i poesías, en-
sayos de crítica literaria, escritos políticos i diversos traba-
jos históricos, uno de los cuales posee, por la investigación
j por el arte literario, un mérito indisputable. Hemos tenido
ocasión de leer esta obra, i nos proponemos en este artículo
no darla a conocer a los lectores chilenos, sino recomendar-
la como un libro instructivo i agradable, que enseña i que
deleita.
* Publicado en la Revista de Santiago, 1872, tom. I, pájs. 460-
471.
Nota dei. compilador.
426 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
Todo el mundo dice i repite que es una verdadera desgra-
cia el que los diversos pueblos de América tengan entre sí
tan pocos vínculos literarios, que lo que se escribe en el Bra-
sil, en Colombia, en Méjico, etc., sea casi enteramente des-
conocido en Chile; i que a su vez nuestra vida literaria sea
del todo ignorada en los otros pueblos del nuevo mundo.
El hecho es cierto; pero no es éste un mal sin remedio. Nues-
tras bibliotecas comienzan a enriquecerse con las produc-
ciones de los talentos americanos; falta solo que se desarro-
lle entre nosotros i entre nuestros hermanos el gusto por ei
estudio de esta clase de obras. Los escritos que se destinen
a su análisis, pueden contribuir de algún modo a despertar
este gusto, revelando que hai en nuestro continente escrito-
res que merecen ser leidos i estudiados. El presente artículo
tiene por objeto llevar un grano de arena para contribuir a
esta obra.
Juan Manuel Pereira de Silva nació en la villa de Ignassú,
provincia de Rio de Janeiro, el 30 de agosto de 1817. Era su
padre un comerciante portugués establecido en el Brasil, i
que desempeñó en este pais algunos puestos públicos; i su
madre una señora principal de aquella villa.
Hizo sus primeros estudios en Rio de Janeiro: pero como su
padre poseia una regular fortuna, i como la instrucción pú-
blica no se encontrase por entonces mui adelantada en el
Brasil, Pereira de Silva fué enviado mui joven a París para
seguir los estudios de derecho. Allí obtuvo el título de abo-
gado en 1838. De vuelta a su patria, desdeñó la carrera de
los empleos para consagrarse al libre ejercicio de su profe-
sión. En breve adquirió una gran fama, sobre todo en la
defensa de causas criminales en que su talento de orador, la
pasión que ponia en sus arengas i el brillo de su lenguaje,
contribuyeron eficazmente a sus triunfos forenses.
Esta reputación, prontamente adquirida, le abrió en bre-
ve el camino para la carrera política. En 1840, a la edad de
23 años, tuvo un asiento en la asamblea lejislativa de Rio
de Janeiro; i en 1843 ocupó, como suplente, un asiento en la
cámara de diputados. Desde su primera aparición en la vi-
JUAN MANUEL PBRBIRA DE SILVA 427
da pública figuró en las filas del partido conservador; pero
la lejislatura a que pertenecía, fué disuelta en mayo de 1844?
por el ministerio Macahé i Alves Branco, i por entonces se
vio alejado de los bancos del congreso. Por sus escritos en
los diarios i periódicos de que era colaborador, i con sus dis-
cursos en la asamblea provincial, en que siempre tuvo
asiento, continuó sirviendo a los intereses de su partido,
hasta que en las elecciones jenerales de 1847 consiguió ser
uno de los pocos conservadores que fueron elejidos diputa-
dos, i que en las sesiones de 1848 formaban un núcleo de
oposición que dio por resultado la caida del partido libe-
ral que se conservaba en el poder desde 1844.
El nuevo ministerio conservador, presidido por el mar-
ques de Monte Alegre, disolvió también la cámara, cuya
mayoría le era desafecta, pero esta vez Pereira de Silva
volvió a ser elejido diputado para la cámara de 1850. Des-
de entonces casi no ha cesado de ser miembro del congreso
brasilero. Durante el receso de éste, desde octubre de 1850
hasta mayo de 1851, hizo un nuevo viaje a Europa, cuyas
impresiones ha consignado en un libro interesante.
Poseedor de una fortuna mui considerable, heredada de
sus padres e incrementada por sus trabajos forenses, Perei-
ra de Silva abandonó entonces la abogacía i se consagró
enteramente a la vida parlamentaria i política i al cultivo
de las letras, a que había consagrado hasta entonces solo
sus ocios. En las cámaras fué uno de los oradores mas esti-
mados i de los mas activos i trabajadores para el estudio
de los asuntos que se ventilaban. Casi no hubo cuestión im-
portante en que no tomara parte. Tales fueron entre otras
la convención celebrada en 1856 con el Portugal para la
represión del tráfico de moneda falsa que se hacia para ver-
güenza de ambos países, lo que le valió la cruz de comenda-
dor de la orden de A vis que le envió el reí de Portugal; la
reforma de la leí electoral que acabó con la elección de di-
putados por provincias i creó las diputaciones por peque-
ños círculos, la reorganización de la marina, la coloniza-
ción, la reforma hipotecaria, diversas cuestiones internacio
428 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOaRÁFICOS
nales, la reforma de varios impuestos, la reglamentación de
los bienes de mano muerta i el reclutamiento para el ejérci-
to i la escuadra.
Derrotado en las elecciones de 1856, sirvió por algunos me-
ses la presidencia de la provincia de Rio de Janeiro, en cuyo
gobierno adquirió simpatías jenerales por su actividad, sus
conocimientos especiales i su celo como administrador. Pero
no desempeñó largo tiempo este cargo: el año siguiente de-
jó el mando i partió para Europa. Pero a su vuelta, encon-
tró que habia sido elejido miembro de la asamblea provin-
cial de Rio de Janeiro, i presidente de ella por unanimidad
de votos.
Ademas de los cargos que dejamos mencionados, Pereira
de Silva ha sido fiscal del banco del Brasil, consultor del
ministerio del imperio i abogado del consejo de estado; i
posee las condecoraciones de dignatario de la orden impe-
rial de la Rosa, de comendador de la de Cristo en el Brasil i
de la de San Benito de Avis en Portugal i de caballero de la
de Nuestra Señora de la Concepción.
Al presente, Pereira de Silva tiene su residencia en Rio de
Janeiro; pero poseyendo una gran fortuna i sobre todo un
carácter activo e inquieto, aprovecha casi cada año el rece-
so de las cámaras lejislativas para hacer un viaje de algu-
nos meses a Europa. Habita principalmente la ciudad de
Paris, donde está establecida una hija suya que contrajo
matrimonio con el secretario de la legación brasilera en
Francia. Ha aprovechado ademas estos viajes para dar
una nueva edición mas revisada de casi todas sus obras, i
sobre todo mas perfecta bajo el punto de vista tipográfico.
Estas rápidas noticias biográficas, que tomamos en su
mayor parte de la Galería dos brasileiros ilhustres i áe\ Dic-
cionario hibHographico portuguez de Inocencio F. de Silva
(tomo IH, páj. 406), dan a conocer sumariamente una faz
de la vida de Pereira de Silva. Vamos ahora a pasar en re-
vista sus principales escritos antes de hablar de la obra que
lo coloca en el rango de uno de los mas distinguidos histo-
riadores de América.
JUAN MANUEL PBRBIRA DE SILVA 429
Pereira de Silva, volvemos a repetirlo, ha escrito mucho
i sobre mui diferentes materias. Hallábase aun estudiando
en Paris cuando refirió, en un estenso artículo, la historia
de una correría de vacaciones en Alemania i. De vuelta a
Brasil, tomó parte en la redacción de algunas revistas lite
ranas;i aun en los periódicos políticos de que fué colabora
dor, publicó diversos ensayos de un carácter puramente lite
rario. De esa época datan dos pequeñas novelas, Urna par
xao de artista (1838), pintura de un devaneo de artista, e
amor de un joven pintor, que muere por causa de esa pa
sion, i Religiao, amor ¡patria (1839), novela histórica cuya
escena pasa en Coimbra, Rio de Janeiro i Oporto, i en que
por medio de una acción bastante pobre, se pierde en deta-
lles acerca la guerra civil en Portugal entre don Pedro i don
Miguel sobre la sucesión del trono 2. Los recursos de un
estilo sembrado de imájenes no siempre felices, no bastan
para dar interés a estos dos primeros ensayos.
Mas adelante, Pereira de Silva emprendió la composi-
ción <le novelas de mas largo aliento. Pertenece a este nú-
mero Jerónimo Cortereal, chronica portugueza áo sécalo
XVI, publicada por primera vez en el Jornal do commercio
de Rio de Janeiro en 1839, i reimpresa en Paris en 1865, en
un volumen en 12° Al lado del tipo caballeresco de Corte-
real, que fué a la vez soldado valiente, gran poeta, músico i
pintor, el novelista brasilero ha puesto en escena a Camo-
ens. Mas tarde tomó por tema de otra novela un personaje
mucho menos conocido, escritor también, pero cuyas obras
no han llegado hasta nosotros mas que un opúsculo insig-
nificante.
Manuel de Moraes, chronica do sécalo XVII (publicado
en Paris, 1866, 1 v. 12'^), tiene por héroe a un jesuita de
ese nombre, natural de San Paulo en el Brasil, espulsado
1. Este primer escrito ha sido reimpreso por el autor en 1862
en el tomo I de sus Variedades literarias, colección de escritos lite-
rarios i políticos impresa en Paris en dos vols. en 8^
2. Reimpreso también en el tomo I de las Variedades literarias.
430 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
de la Compañía por motivos que no se conocen, convertido
a la relijion calvinista en Holanda, i condenado a muerte
i ejecutado por la inquisición de Lisboa en 1647. Pereira de
Silva ha hecho pasar la escena en San Paulo i las misiones
jesuíticas de Guaira, en Pernambuco, durante la guerra con
los holandeses, en los Paises Bajos durante la emigración
de los jesuitas portugueses, i en Portugal durante el predo-
minio de la inquisición. Aunque estas novelas son escritas
con estilo pintoresco, i aunque no se puede decir de ellas
que carecen de interés, no se hallan en ellas la acción ni los
caracteres que encantan en las obras de esta especie, i mu-
cho menos la pintura animada i colorida de las costumbres
i de las ideas de los siglos a que se refieren. Pereira de Silva
queda en segunda fila entre los innumerables imitadores
de Walter Scott.
Casi podria clasificarse entre las novelas de este jénero
un poema o leyenda en verso publicado por Pereira de Silva
con el título de Gonzagn, Paris, 1865, 1 vol. en 1*^^ ^. El hé-
roe de este poema. Tomas Antonio de Gonzaga, es un poeta
portugués tan famoso por sus talentos como por sus des-
gracias. Desempeñando un cargo judicial en la provincia
brasilera de Minas, contrajo allí una pasión tan ardiente
como pura por una joven a quien ha cantado con un entu-
siasmo digno de Petrarca; pero comprometido en un pro-
ceso a que dio oríjen una conspiración en que él no habia
tomado parte, fué cargado de cadenas i condenado al fin en
1792 a destierro a la costa africana de Mozambique, donde
murió a principios del siglo XIX, dejando dos volúmenes de
poesías que le han asegurado la inmortalidad. Pereira de
Silva ha sacado algún provecho de los amores i desgracias
del poeta portugués, i ha engalanado su obra con descrip-
ciones de las localidades i ciertos rasgos de un lirismo de
3. Este poema no lleva el nombrejde Pereira de Silva. Lo publicó
como la obra de un joven estudiante de San Paulo, cuyo nombre
le era desconocido a él mismo. Pereira de Silva es ademas autor
de algunas poesías i escritos sueltos que ha recopilado en el primer
tomo de sus Variedades literarias.
JUAN MANUEL PERBIRA DE SILVA 431
buen gusto; pero, en jeneral, su poema está mas abajo del
asunto que canta.
Como hemos dicho mas atrás, Pereira de Silva se ha ejer-
citado también en la crítica literaria. Aparte de los juicios
emitidos en sus biografías de brasileros ilustres i de algunos
artículos sueltos que ha reunido mas tarde ^, en 1843 pu-
blicó en Rio de Janeiro e\ Parnaso Brasiíeiro (2 vols. en 8"^),
colección de poesías de los mejores poetas brasileros desde
el descubrimiento del Brasil, a la cual ha puesto una reco-
mendable introducción histórica i biográfica sobre la lite-
ratura i los literatos de ese pais. Pero su reputación como
crítico descansa en un libro escrito en francés, porque Pe-
reira de Silva escribe esta lengua como su propio idioma. Con
el título de Uítér ature portagaise, son passé, son état ac-
tuel, dio a luz en la Revue Contemporaine de París tres
artículos ^ , que fueron reunidos un año mas tarde en un
pequeño volumen (París, 1866, 1 v. en 12°). Es una histo-
ria sumaria de la literatura portuguesa, concebida con
verdadero conocimiento de causa, con un notable espíritu
crítico i según los principios a que han ajustado sus pro-
ducciones de este jénero los mas eminentes maestros del ar-
te de la escuela francesa.
Entre las obras políticas de Pereira de Silva, debemos
clasificar primeramente sus discursos parlamentarios, que
el autor ha reunido en dos comp'laciones diferentes ^ , i
unos apuntes de viaje que no carecen de interés. En efecto,
bajo el título Zmpresoes de Viagem en 1851— 1852 ha reuni-
do una serie de cartas sobre el Portugal, Inglaterra, Fran-
cia, Béljica i Holanda en que espone su opinión sobre el
4. En el primer tomo de las Variedades literarias.
5. Fueron publicados en los números de 30 de abril, 15 de agos-
to i 15 de octubre de 1855.
6. La primera serie que comprende los discursos pronunciados
de 1850 a 1861 fueron publicados en el tomo 2° de las Vaiiedades
literarias. La segunda serie, de 1867 a 1869, en un volumen que
Heva por título Discursos parlamentarios, impreso en París en
1870.
432 ESTUDIOS HlSTÓRICO-BIBLIOaRÁFICOS
estado público de esos países en aquella época interesan-
te 7 .
Pereira de Silva viajaba en Europa en un momento de
reacción contra las ideas republicanas de 1848, vio resta-
blecerse el despotismo sobre la ruinas de una libertad que
no se habia asentado aun, fué testigo, puede decirse así,
del golpe de estado del 2 de diciembre, i juzgó todos estos
acontecimientos tal como debia apreciarlos un hombre
ilustrado i observador, pero que profesa simpatías por los
principios conservadores. Se muestra en esas cartas enemi-
go declarado de las revoluciones i de los revolucionarios
de 1848, a quienes condena i anatematiza; pero solo como
un monarquista constitucional, partidario leal de la liber-
tad moderada i reglamentada. Para él, el mejor gobierno
que ha tenido la Francia ha sido el de Luis Felipe; i el ré-
jimen implantado por Napoleón después del golpe de esta-
do, aunque despótico i arbitrario, valia mas que la repú-
blica, por cuanto aseguraba el orden i la tranquilidad
interior ^ .
Pero, la verdadera reputación literaria de Pereira de
Silva no descansa sobre esas obras, cuyo mérito es real-
mente secundario. Son sus escritos históricos los que le han
granjeado la gran nombradía de que goza en el Brasil i
con frecuencia los elojios de la prensa europea.
Laprimera obra en este jénero fué t\ Plutarco Brasileiro,
colección de biografías de brasileros ilustres antiguos i
modernos, dada a luz en Rio de Janeiro en 1847, en dos vo-
lúmenes en 8°. Aprovechándose de trabajos anteriores, i en
particular de las numerosas reseñas biográficas publicadas
en la Revista trimestral del Instituto Histórico del Brasil,
7. Publicadas en el primer tomo de las Variedades literarias,
8. Podría enumerarse entre las obras políticas de Pereira de
Silva una traducción portuguesa de la Historia criminal del go-
bierno ingles, Elias Regnault, publicada sin el nombre del traduc-
tor en Rio de Janeiro, en 1842, 1 vol. en 12*=*, a la cual ha agrega-
do muchos hechos concernientes a la historia del Portugal i del
Brasil.
JUAN MANUEL PEREIRA DE SILVA 433
que con frecuencia son el fruto de una larga investigación,
Pereira de Silva ha puesto también a veces algún estudio
para descubrir hechos desconocidos; pero el mérito princi-
pal de su libro consiste en haber reunido en un solo cuerpo,
ampliándolas i revistiéndolas de un estilo propio, i al cual '
se le podria reprochar el ser demasiado florido, las biogra-
fías que antes de la publicación de su libro estaban disemi-
nadas en muchas obras, i en haberlas completado con otras
que son el fruto de su propio trabajo. Pero si los eruditos
no hallaron en esta obra mucho de nuevo, recibió los
aplausos del ma\^or número de los lectores. En el Brasil i
aun en Europa fué honrada con los sufrajios de la prensa,
que la consideraban un libro tan instructivo como intere-
sante.
Agotada la primera edición, Pereira de Silva reimprimió
su obra en Paris en 1858 (2 vols. en 8°), con el título de Va-
rees alustres do Brasil durante los tempos coloniaes. Esta
obra es simplemente una refundición del Plutarco Brasilei-
ro, pero aumentada i mejorada, de tal modo que parece un
trabajo enteramente nuevo. A las ya publicadas, el autor
añadió dos biografías inéditas, las dispuso todas en un
orden cronolójico, que faltaba en la primera edición,
agregó un suplemento biográfico que contiene apuntes su-
marios acerca de muchos brasileros distinguidos, i algunas
notas para una bibliografía del Brasil ^ ; i aceptando las
observaciones de la crítica juiciosa, corrijió algunos defec-
tos que se habían escapado en la primera edición, i puli-
9. Haremos notar aquí que esas indicaciones bibliográficas que
acompañan a la 2* edición de este libro interesante, adolecen de
todo jénero de inexactitudes. Parece que Pereira de Silva, como
muchos otros escritores, i escritores ilustrados, no da ninguna im-
portancia a la ciencia bibliográfica, creyendo que importa poco el
copiar con exactitud el título de los libros que cita i mucho menos
^l asentar con fijeza la fecha de la impresión. Solo así se pueden
esplicar estos descuidos. En la tercera edición ha suprimido esas
notas bibliográficas.
TOMO X 28
434 E3STUDI0S HISTÓRICO-BIBLIÓGRÁFICOS
mentó considerablemente el estilo. En esta segunda edición
la frase es jeneralmente mas fuerte i vigorosa, talvez porque
se halla despojada de muchas de las imájenes que recarga-
ban el estilo en el edición primitiva. Por fin, en 1868, Pereira.
de Sil va ha publicado en Paris (2 vols. en 12*^) la tercera edi-
ción de esta obra, nuevamente correjida i aumentada.
Al jénero histórico pertenece igualmente un pequeño vo-
lumen escrito en francés i publicado por Pereira de Silva en
Paris en 1865, con el título de Situation social, poíítiqae
et économique de Vempire du BrézU. Este librito, interesan-
te bajo muchos aspectos, i de una lectura tan agradable
como útil, es formado por dos artículos de revista, reunidos
en un volumen por referirse ambos a un mismo pais. El pri-
mero de esos artículos titulado Le BrézU sans Vempereur D.
Pedro II, fué publicada en la Revue des deux mondes de IS
de abril de 1858, i constituyen un notable bosquejo históri-
co del imperio considerado bajo todas sus fases, política,
financiera, militar, industrial i comercial, i descubre en el
autor, no solo al escritor esperimentado, sino al hombre
público que ha estudiado a fondo los negocios de su pais, i
que sabe darlos a conocer con toda claridad i precisión ^^.
El segundo artículo titulado La gaerre entre le BrézU et
la Plata, fué dado a luz en la Revue contemporaine de Pa-
ris del 30 de abril de 1865, i es simplemente una defensa
bien escrita del Brasil con motivo de la guerra del Para-
guai, en que el autor espone con pormenores interesantes
el oríjen i antecedentes de esa guerra.
Por sólido que sea el mérito de estos ensayos históricos,,
hai otra obra de Pereira de Silva que los ha dejado en segun-
do término, i que ha asentado sobre base indestructibles
su reputación de historiador concienzudo i juicioso i de es-
critor elegante. Nos referimos a la Historia da fundadao do
10. Este artículo fué traducido a varios idiomas, en Europa. En el
Brasil se le reimprimió varias veces en lengua portuguesa, i ha si-^
do insertado en el tomo II de las Variedades literarias de Pereiret.
de Silva.
JUAN MANUEL PEREIRA DE SILVA 435
imperio hrasileiro^ impresa en París en siete tomos en 8*^
(1864-1868) 11.
Indudablemente, los estudios historíeos han hecho graa-
des progresos en el Brasil. La fundación del Instituto His-
tórico i Jeográfico en 1838, i del cual Pereira de Silva es
uno de los miembros fundadores, la publicación de la Revis-
ta trimestral que le sirve de órgano i en que se han dado a
luz numerosas memorias mui notables por la investigación
i los trabajos emprendidos fuera de esa corporación por
eruditos de un verdadero mérito, han colocado la historia
del Brasil en un estado de notable progreso. Sin embargo^
quedaba por hacerse la historia minuciosa i detenida de es-
te pais durante el primer cuarto de este siglo, cuando por
la traslación a Rio de Janeiro la»familia reinante del Portugal
la historia de los dos pueblos, de metrópoli i de la colonia,,
se confunde en un mismo cauce: o mas bien dicho estaba re-
ducida a escritos sueltos i desligados entre sí, a bosquejos
jenerales, mas o menos compendiosos, en que los hechos no
habian podido ser apreciados debidamente, i ni siquiera
presentados bajo su verdadera faz.
Pereira de Silva acometió esta empresa. Se propuso escri-
bir la historia reunida del Portugal i del Brasil desde 1808
hasta 1825, esto es, desde la instalación de la corte portu-
guesa en Rio de Janeiro hasta que el Portugal, reconocién-
dose impotente para someter a su dominio la"preciada colo-
nia, hizo el reconocimiento de la independencia del Brasil.
Para realizar su plan, el historiador tuvo que hacer sus inves-
tigaciones en ambos países, i lo llevó a cabo sin ahorrarse
sacrificios ni fatigas. ''Pesquisé, estudié, medité i comparé
impresos i manuscritos, tradiciones orales i papeles de esta-
do, dice él mismo. Me esforcé por sacar en limpio la verdad
separándola de todo lo que pudiera oscurecerla. Con el
trascurso del tiempo i con el descubrimiento de nuevos sub-
sidios, habrá seguramente algo que modificar en esta histo-
11 Hemos visto anunciada una segunda edición de esta obra, ce-
rrejida i mejorada, en 3 tomos.
436 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
ría. En la actualidad, sin embargo, i ausiliándome con las
luces que pude recojer, juzgo que debo publicarla como la
áentí, la comprendí i la imajiné. Es por lo menos un traba-
jo concienzudo; i como tal me atrevo a darle publicidad."
La historia meramente militar i aun podria decirse la
historia política de los sucesos que determinaron la inde-
pendencia del Brasil, no tiene la animación ni el interés que
ofrece la historia de la revolución de la mayor parte de las
repúblicas hispano-americanas. Allí no hai ni una lucha
heroica llena de sacrificios i de abnegación, ni el trabajo pa-
ciente de nuevas ideas i nuevas instituciones que vienen a
reemplazar mediante grandes esfuerzos a las ideas i a las
instituciones de otra era. La independencia brasilera es el
resultado de la división de las posesiones de la corona del
Portugal entre un padre i un hijo, entre don Juan Yí i don
Pedro L Esta división favorable sobre todo a los inte-
reses del Brasil, coincidió con el establecimiento del réji-
men constitucional que trajo consigo grandes reformas en
el orden político, social e industrial; pero la historia de esa
división, aunque menos dramática que la que cuenta las
revoluciones de los pueblos de nuestro oríjen, ofrecen en
manos de un historiador distinguido un vasto campo de
enseñanza. Pereira Silva ha comprendido así su papel de
historiador. "Siempre he tenido gusto por la historia, dice
él mismo. No la quiero, sin embargo, para saber fechas,
estudiar vidas de príncipes i personajes ilustres i para
aprender el número de las guerras i de los combates que se
empeñaron. Prefiero la que examina a fondo la sociedad
entera desde el elevado palacio hasta la choza del pueblo.
Me agrada mas la que diseña los rasgos de la administra-
ción pública, en el mas lato sentido de esta palabra, social
política, civil i económica. De este modo, la historia com-
prende al pueblo i a la nación entera, i la presenta de perfil
i de frente, en cuerpo, en alma i en espíritu. Considero a la
historia concebida de esta manera, como el mas moraliza-
xior, el mas instructivo, el mas agradable i el mas sublime
de los ramos literarios."
JUAN MANUEL PBREIRA DE SILVA 437
Conforme a este sistema, Pereira de Silva abre su his-
toria con una noble introducción, en que después de pasar
en rápida revista los sucesos de Portugal desde su separa-
ción de la España en 1640, muestra el estado de postra-
ción a que a principios de este siglo habia llegado el pue-
blo que tres centurias antes habia arrancado la admiración
del mundo por sus proezas en África i en Asia, üescribe en-
tonces con verdadera maestría el estado político, social^
económico, industrial de ese pais, i cuenta, por fin, los su-
cesos que en 1807 obligaron a la familia reinante a aban-
donar la metrópoli para buscar un asilo en sus posesiones
de ultramar. En este momento abre Pereira de Silva la his-
toria del Brasil con una estensa i notable introducción en
que da a conocer el sistema colonial de los portugueses, las
atribuciones de los gobernadores, la organización judicial
rentística, eclesiástica i militar, la lejislacion, el estado i
condición de sus pobladores, su industria, su atraso i todo
aquello que puede contribuir a presentarnos por completo,
en su conjunto i en sus detalles, el cuadro de la colonia.
Sentados estos antecedentes, Pereira de Silva comienza
a referir combinada i alternativamente la historia del Bra-
sil i del Portugal con acopio tal de pormenores, que el lec-
tor comprende perfectamente la marcha de los sucesos en
todos sus incidentes. Mientras en el Portugal se sostiene
la lucha para rechazar la invasión francesa, la corte inicia
en el Brasil un sistema de reformas administrativas que
gradualmente sacan a la colonia de su estado de postración.
El espíritu liberal de algunos hombres adelantados se tras-
luce en proyectos de conspiración o en verdaderos levanta-
mientos, uno de los cuales, el de Pernambuco en 1817, causó
graves inquietudes a la corte i preparó los ánimos para la
independencia definitiva. Por fin, estalla en Portugal la re-
volución constitucional de 1820: la ajitacion se comunica
al Brasil, donde las nuevas ideas encuentran favorable aco-
jida, i don Juan VI se ve obligado a volver a metrópoli
donde lo llamaban las necesidades de la situación i los cla-
mores de los representantes del pueble. Su hijo don Pedro
438 ESTUDIOS IIISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
queda a la cabeza del gobierno de Brasil; pero hostilizado
por las cortes lejislativasdel Portugal, que no querían afian-
zar las conquistas liberales alcanzadas por la colonia, da el
grito de Ipiranga (7 de setiembre de 1822) i proclama la
independencia del nuevo imperio. La lucha no podia ser
larga ni tenaz. El Portugal no tenia recursos para comba-
tir mucho tiempo i al fin prefirió reconocer la independencia
que el pueblo brasilero había proclamado i sostenido.
Al referir estos sucesos con todo detenimiento, Pereira
de Silva ha sabido presentarlos clara i distintamente, con
un método excelente, sin odios ni pasión, dando a cada cual
lo que es suyo i apreciando los acontecimientos con espírítu
sereno i despreocupado. Algunos historiadores del Brasil,
que por incidencia habían tratado estos mismos hechos,
habian llegado a separar de la historia las intentonas revo-
lucionarias que se hicieron sentir entre 1808 i 1820 como
accidentes que no habian tenido ninguna influencia en el
triunfo de la independencia, que han querido atribuir solo
a la iniciativa del príncipe don Pedro o a las reformas de-
cretadas por donjuán VI. Djn Francisco Adolfo de Varn-
hagen es de este número: en el capítulo 54 de su aplaudida
Historia geral do Brasil no vacila en condenar la insurrec-
ción republicana de Pernambuco, así como los otros movi-
mientos de esa época, como sucesos que, comprometiendo
la integridad del territorio, no sirvieron en realidad a la
causa de su independencia.
Pereira de Silva, aunque partidario decidido del imperio
constitucional, i aunque alistado en las filas del partido
conservador, ha sido mas justo con los mártires que se sa-
crificaron por una causa noble proclamando la revolu-
ción antes que hubiera llegado el tiempo en que ésta debia
triunfar.
Este espíritu de justicia, esta rectitud en los juicios, es
mas notable todavía en la caracterización de los persona-
jes, sea que trace los perfiles de su fisonomía moral, sea que
los dé a conocer refiriendo sus hechos. Son notables sobre
todo los retratos de don Juan VI, el príncipe débil, pero
JUAN MANUEL PERBIRA DE SILVA 439
bondadoso i progresista de don Pedro I, el soberano caba-
lleresco i ardoroso; i de José Bonifacio de Andrada, el tri-
buno yeliemente, i la primera cabeza de la revolución brasi-
lera. En el libro de Pereira de Silva se les conoce por com-
pleto, bajo su verdadera luz i sus figuras se quedan grabadas
€n la memoria del lector de una manera indeleble.
' Temeríamos estendernos demasiado si hubiéramos de con-
siderar muchos otros puntos de la Historia da fundacao
do imperio brasHeiro que merecen llamar la atención; pero
sí debemos consagrar algunas líneas a su mérito literario.
El libro de Pereira de Silva es bien escrito: el autor, corri-
giendo las ampulosidades de estilo de sus primeras produc-
ciones, ha llegado a formarse un estilo elegante i florido
sin afectación, noble i con frecuencia elevado casi sin salir
de los límites de la naturalidad. Su método de narración,
el arte con que agrupa las circunstancias, no lo hacen des-
merecer comparándolo con los mas distinguidos historiado-
res de nuestra época. Ha sabido cubrir con formas cultas
hasta la historia de los escándalos i miserias del palacio
de don Juan VI.
Pereira de Silva ha puesto término a su tarea con la pu-
blicación de una obra complementaria que lleva por título
Segando periodo do reinado de don Pedro /, 1 vol. en 8*^,
Rio de Janeiro, 1871. Comprende la historia del nuevo im-
perio bástala abdicación de don Pedro i su marcha a Euro-
pa en abril de 1831 a fin de reconquistar para su hija la co-
rona de Portugal que le habia arrebatado el príncipe don
Miguel.
Este libro, aunque menos cuidado en sus formas litera-
rias que la obra anterior, posee un alto interés para los
brasileros i para los hispano -americanos. Allí está referida
con todos sus pormenores la historia de la guerra entre el
Brasil i la República Arjentina, cuyos antecedentes i cuyas
causas Pereira de Silva habia espuesto en la Historia da
fundagao do imperio brasileiro. Ese libro enseña cosas que
seria mui difícil estudiar en otra parte.
El historiador a cuyas obras hemos destinado este ar-
440 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
tículo, goza en su patria de una de las mas altas reputa-
ciones literarias. En el resto de la América, sin embargo^
solo lo conoce de nombre uno que otro curioso; i son muí
pocos los que han leído algunos de sus escritos. Al termi-
nar este bosquejo biográfico crítico debemos asegurar a los
que buscan en la lectura de la historia un mero entreteni-
miento, que en la dos últimas obras que hemos mencionada
hallarán un agradable i provechoso pasatiempo. Los que
desean seriamente conocer el pasado de los pueblos ameri-
canos, no pueden dispensarse de su estudio.
DON FRANCISCO DE PAULA GONZÁLEZ VIJÍL^
VijiL (el doctor don Francisco de Paula González), nació
en la ciudad de Tacna, capital del departamento de Mo-
quegua, al sur del Perú, el 13 de setiembre de 1792. Eran
sus padres un comerciante español llamado Joaquin G.
Yijil, i su madre doña Micaela Yáñez, señora principal de
aquella ciudad.
La aplicación que mostró el niño Yijil desde sus primeros
años, i la seriedad de su carácter, decidieron a sus padres
a darle la educación mas distinguida que podia recibirse
entonces en el Perú. Sin perdonar gastos, i sin cuidarse de
los sinsabores que liabria de causarles la separación del
hijo querido, lo enviaron a Arequipa en 1803, i lo coloca-
ron en el seminario de San Jerónimo, que gozaba entonces
de una gran reputación. Allí pasó doce años consagrado
a un estudio incesante, durante los cuales adquirió todos
los conocimientos que un colejio de esa clase podia suminis-
trar en aquella época, es decir el latin, la filosofía escolás-
tica i las ciencias eclesiásticas.
A pesar de esta educación, Yijil vaciló mucho antes de
* Publicado en la Revista Chilena (Santiago, 1875) t. II, pájs.
543-548.
Nota del compilador.
4-42 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
-abrazar la carrera eclesiástica. La independencia serena
pero incontrastable de su carácter, su amor decidido a la
libertad de su patria, encontraban en la vida sacerdotal
mas de una contrariedad. Así fué que en 1815 volvió a su
ciudad natal, resuelto a vivir allí en el trabajo i en el estu-
dio; pero esta misma pasión por las ocupaciones tranqui-
las de las letras en un tiempo i en un pais en que casi solo
el clero podia consagrarse a ellas, lo determinaron a regre-
sar a Arequipa en 1818, i a recibir al año siguiente las
órdenes sacerdotales.
Aunque dotado de una modestia singular, sin pretender
tener participación en los negocios públicos, pero amando
sí ardientemente la independencia nacional que entonces
era el objeto de una lucha encarnizada, Vijil comenzó muí
pronto a separarse de los mas altos representantes del
poder eclesiástico. Vio con dolor que en 1821 todos los
obispos del Perú se pronunciaban resueltamente contra la
independencia de la patria, i que algunos de estos lanzaban
contra ella los mas furibundos anatemas. Leyó la solemne
escomunion decretada por uno de esos prelados contra los
independientes; i tuvo el amargo pesar de ver que dos
papas, Pío VII i León XII, condenaban desde Roma el mo-
vimiento rejenerador de América. Los sentimientos pa-
trióticos de Vijil condenaron esos actos; i su alma profun-
damente cristiana distinguió en ellos la parte que corres-
pondía a la relijion i la que tocaba a sus ministros,
juzgando que eran éstos los que por un abuso inconcebible
de su autoridad, desprestijiabaa las armas espirituales
haciéndolas servir a una causa puramente mundana, la de-
fensa i el mantenimiento del despotismo colonial.
A pesar de todo, Vijil reprimió cuanto pudo sus senti-
mientos, i encontró en el estudio i en la enseñanza el leni-
tivo de las ajitaciones interiores que lo atormentaban.
Profesor i vice-rector del colejio de la Independencia de
Arequipa, vivió consagrado a estas ocupaciones hasta el
año de 1823, en que volvió a Tacna al lado de su familia
que lo llamaba con instancias.
DON FRANCISCO DB PAULA GONZÁLEZ VIJIL 443
Se acercaba entonces la época en que había de verse for-
zado a salir de aquella vida modesta. En efecto, a fines de
1825 fué elejido por su ciudad natal diputado al congreso
que debia reunirse en Lima. Se trasladó con este motivo a
la capital, teatro ya de una violenta fermentación política.
Ocupado el Perú por las tropas que acababan de afianzar
la independencia en Junín i en Ayacucho, dominado por el
prestijio i por la gloria de Bolívar, se dejó imponer en
agosto del año siguiente la constitución que aseguraba la
presidencia vitalicia de ese caudillo. La instalación del
congreso fué aplazada ante tan graves acontecimientos, i
se organizó un gobierno provisorio mientras Bolívar iba a
Colombia. Bajo los auspicios de ese gobierno, la constitu-
ción fué jurada en Lima el 9 de diciembre de 1826. Pero
aquel orden de cosas encontró resueltos adversarios en
algunos republicanos, que como Vijil, prepararon la reac-
ción contra la dictadura, i la derrocaron en enero de 1827.
El jeneral La Mar fué elevado a la presidencia de la repú-
blica; i se convocó al pueblo a elecciones para un nuevo
congreso constituyente que debia reunirse en Lima el 4 de
junio.
Vijil mereció de nuevo el honor de ser elejido represen-
tante de su ciudad natal. Tomó una parte activa en los
trabajos de ese congreso hasta la promulgación de la cons-
titución de 1828, sosteniendo siempre los principios libera-
les, i ganándose la reputación i el respeto de que desde en-
tonces ha gozado en el Perú.
Comprometida su salud por el trabajo, por el estudio
constante i por las ajitaciones políticas en que habia teni-
do que tomar parte, hizo en 1829 un viaje a Chile, que en-
tonces también estaba envuelto en una formidable revo-
lución. Residió principalmente en Quillota i en Concepción,
i cultivó relaciones con los hombres mas distinguidos de
nuestro pais. Resuelto a vivir consagrado a sus pac'ficas
•ocupaciones, Vijil volvió al Perú en 1831, i se estableció
en Arequipa, en cuyo colejio desempeñó de nuevo las fun-
.ciones de profesor, junto con las de rector que se le confi-
444 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
rieron. Allí estaba contraído a sus trabajos favoritos,
cuando el pueblo de Tacna volvió a designarlo casi por
unanimidad su diputado al congreso nacional. Gobernaba
entonces en el Perú el jeneral Gamarra, bajo cuya adminis.
tracion dictatorial se habian violado muchas le3^es i come-
tido exacciones de todo j.énero, impuesto contribuciones, i
ejecutado destierros i fusilamientos. En todas partes im-
peraba el terror. Juzgúese de la sorpresa que debió causar
en el ánimo de los diputados, cuando en una de las prime-
ras sesiones del congreso, el 7 de noviembre de 1832, se vio
subir a la tribuna a un clérigo que desempeñaba las fun-
ciones de vice-presidente de la asamblea, para lanzar desde
allí una formidable i tremenda acusación contra el gobier-
no del poderoso Gamarra. Es preciso leer aquel discurso
de Vijil para conocer cuánta era la enerjía de su espíritu
republicano para afrontar todos los peligros en defensa de
las instituciones liberales i representativas. El lector po-
drá hallarlo reproducido en las pajinas 91 i siguientes de
\s. Historia del jeneral Salaherry por don Manuel Bilbao.
El gobierno contestó a esta acusación con nuevos golpes
de autoridad i con la prisión de varios diputados. Vijil
denunció todos estos hechos i vindicó su conducta en un
opúsculo publicado en enero de 1833 con el siguiente títu-
lo: A sus conciudadanos el diputado Vijil.
Esta valiente actitud en todas circunstancias granjeó a
Vijil un prestijio inmenso. El mismo año de 1833 debia reu-
nirse una convención según lo dispuesto por la constitu-
ción de 1828 (art. 177), para reformar este código. Yí\ pue-
blo de Tacna renovó por una nueva elección los poderes
de su diputado, Vijil ademas publicó entonces (1834) en
Lima un periódico, El jénio del Rimac, destinado a defender
los principios liberales i democráticos. Pero, en esa época
se abria para el Perú un período de revoluciones i de gue-
rras en que los principios no eran siempre claros, i en que
la ambición de algunos caudillos habia de trastornarlo-
todo. Prefirió volverse a Tacna a vivir en paz en medio de
sus libros; i habría quedado allí definitivamente si en 1837
DON FRANCISCO DE PAULA GONZÁLEZ VIJIL 445
no se le hubiera llamado a Lima para confiarle el cargo de
director de la Biblioteca Nacional. Sirvió este puesto solo
dos años: en 1838 se trasladó nuevamente a Tacna, i en
esa ciudad ocupó diez años enteros en preparar i en escribir
la obra que le ha dado celebridad, i que le acarreó también
las persecuciones i los odios de que fué objeto.
La primera parte de esa obra fué dada a luz en Lima en
1848 con el título de Defensa de la autoridad de los gobier-
nos i de los obispos contra las pretensiones de la curia ro-
mana, i forma seis volúmenes en 4^ Discute allí con una
asombrosa erudición el oríjen i los límites del poder papal,
para demostrar que esa autoridad, mui reducida en sus
principios, se habia desarrollado contra el espíritu de los
fundadores de la iglesia, durante las tinieblas de la edad
media, para someter a su dominio i durante una serie de
usurpaciones graduales, a los representantes del poder tem-
poral i aun a los prelados de la iglesia que rijcn a sus fieles
lejos de Roma. La obra de Vijil era la defensa franca i re-
suelta de los derechos del estado contra las pretensiones de
la curia romana; i esa defensa larga, difusa, pesada si se
quiere, era el fruto de un estenso estudio de las sagradas
escrituras, de los padres de la iglesia, de la jurisprudencia
civil i canónica i de la historia. Como debe supo.ierse, hizo
honda impresión en las repúblicas americanas, a quienes
estaba dedicada, e irritó profundamente a los prelados que
por uno u otro motivo estaban en lucha con el poder civil.
De este número fué don Manuel José Mosquera, arzobispo
de Bogotá, que en nota de 11 de octubre de 1850 se dirijió
a Pío IX para denunciarle la publicación de la obra del es-
critor peruano. "Su autor, decia aquel prelado, propende
nada menos que a desquiciar, destruir i echar enteramente
por tierra, la potestad conferida por Cristo nuestro Señor
i Salvador a su iglesia, no solamente para dirijir por medio
de consejos i amonestaciones, sino también para imponer
preceptos por medio de leyes, i para reprimir i reducir a la
obediencia a los descaminados, por medio de un juicio en-
tero i de penas saludables; pues de tal manera sujeta el minis-
4i6 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
terio eclesiástico al poder secular, que resuelve afirmativa-
mente pertenecer al último el juicio i conocimiento de cuan-
to conviene al ejercicio esterno i sensible de la autoridad.'*'
Con fecha de 16 de diciembre del mismo año, contestó el
papa al arzobispo de Bogotá; i después de aplaudirle su
celo por la noticia que le comunicaba, le decia que ya habia
tomado con empeño aquel negocio. En efecto, por el breve
Multíplices inttr ÓQ 10 de junio de 1851, Pió IX condeno
solemnemente la obra de Vijil, imponiendo la pena de esco-
nuinion ¿\ los que la leyeran o poseyeran. No estará de mas
observar aquí que en las declaraciones de este breve ponti-
ficio se funda la condenación de las proposiciones 21, 23 i
30 de la encíclica de 8 de diciembre de 1864, mas conocida
con el nombre de Syllahus.
Apenas tuvo noticia de esta condenación de su obra,
Vijil escribió su defensa en un opíísculo impreso en latin i
en castellano con este título: Carta al papa i Análisis del
breve de 10 de junio de 1851. Este escrito, que es quizá el
mas animado de cuantos salieron de manos de aquel fecun-
do escritor, fué impreso en Lima en ese mismo año i repro-
ducido muchas veces posteriormente. Un decreto pontificio-
de 18 de marzo de 1852 condenó igualmente este opúsculo,
(Pueden verse estas condenaciones i los documentos que les
dieron oríjen en los Documentos para la biografía del Ilus-
trísimo señor Mosquera, tomo II, pájs. 319 a 334).
Se creerla que esta condenación arrebató todo su prestijio
a Vijil en un paistan profundamente católico como e Perú.
No sucedió así, sin embargo. Véase sino lo que pocos años
mas tarde escribía uno de los sabios mas distinguidos de
aquella república "El virtuoso señor doctor don Francisco
de Paula González Vijil es también un profundo sabio en
ciencias eclesiásticas, como lo acreditan sus eruditísimas
obras, tales como la Defensa de los gobiernos, etc., prohi-
bida por el papa Pío IX, sin la menor razón ni fundamento,
pues antes por el contrario, este distinguido escritor ha
bebido la doctrina de Jesucristo en sus verdaderas fuentes,
cuando estas no hablan sido corrompidas; pero el tiempo i
DON FRANCISCO DE PAULA GONZÁLEZ VIJIL 447
la civilización le han debido justicia." (Mateo Paz Sol-
dan, /eo^ra//a del Peni, tomo I, páj. 506.)
Vijil recibió aquellas condenaciones con gran serenidad^
Separado por ellas del gremio de la iglesia, abandonó el*
traje sacerdotal, vistió una levita larga i negra, por la cual
se podia presumir su primer estado, i quedando estricta-
mente cristiano en sus ideas i en su carácter, permaneció-
siempre consagrado a sus estudios favoritos i al cuidado
de la biblioteca nacional de Lima, que el gobierno puso ba-
jo su intelijente dirección en 1845. Desde entonces hasta la
víspera de su muerte, no ha cesado de escribir i de publicar
obras mas o menos estensas, impregnadas todas con las
mismas ideas de independencia que contiene la primera. En
las líneas que siguen, vamos a enumerar sus producciones
literarias, sin abrigar la confianza de haber hecho una bi-
bliografía completa, i sí solo señalado las obras que hemos
visto i que conocemos.
En 1852 publicó en Lima un volumen de 400 pajinas en
4^^ con el título de Compendio de la defensa de la autoridad
de los gobiernos, resumen de la parte primera de la obra,
con un retrato suyo grabado en acero. Este volumen fué
prohibido por decreto de la congregación del índice de 2 de
marzo de 1853.
El mismo año de 1852 dio a luz en Lima otro volumen
en 4*^, titulado Compendio de la defensa de la autoridad de
los gobiernos contra las pretensiones de la curia romana^
prohibido igualmente por decreto de 26 de abril de 1853; i
un opúsculo de 92 pajinas en 8*^ con el título de Ojeada al
equilibrio de las dos potestades (la civil i la eclesiástica),
que fué reimpreso con notables agregaciones en 1857 en un
opúsculo de 74 pajinas en 4"^
Entre tanto, Vijil trabajaba la segunda parte de su obra
principal, destinada a hacer la Defensa de la autoridad de
los obispos contra las pretensiones de la curia romana. Fué
publicada ésta en Lima en 1856, en cuatro volúmenes en
4^. El año siguiente dio a luz un compendio de ella en un
volumen de 400 pajinas en 4*^. La obra quedó así terminada.
448 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
en diez volúmenes, con dos suplementarios, que contienen
un resumen de ella, i otro de adiciones, que ya hemos men-
cionado. No sabemos que esta segunda parte, en que sus-
tenta las mismas opiniones de los volúmenes anteriores,
haya sido prohibida por la curia romana.
Al mismo tiempo, este infatigable escritor tenia que re-
presentar a su ciudad natal en varios congresos i en la con-
vención de 1856, en cuyas discusiones sin embargo no to-
maba una parte principal por consagrarse preferentemente
a sus estudios favoritos. A pesar de eso, dedicó a los asun-
tos políticos algunos de sus trabajos; i con ciertos inter-
valos dio a luz cuatro opúsculos: 1° Paz perpetua en Amé-
rica, Lima, 1855, esposicion de sus ideas sobre confedera-
ción americana, reimpresa en Bogotá el año siguiente; 2° La
guerra, Lima 1856; 3*^ La soberanía nacional, Lima 1857,
defensa de los principios representativos; i 4*^ Del gobierno
republicano en América, Lima, 1857. Estos cuatro opúscu-
los fueron reimpresos en Lima, en un volumen de 374 paji-
nas en 4*^ El autor los completó en 1857 con la publicación
de quinto opúsculo titulado Impugnación de un folleto de
fensor de la monarquía. Lima, 94 pajinas en 4*^. Ademas de
éstos, dio a luz en 1859, otro opúsculo de 44 pajinas en 4r
con el título de Documentos relativos El decreto de 11 julio
de 1859, espedido por el presidente don Ramón Castilla so-
bre convocatoria del congreso.
Poco tiempo antes, quizá en 1358, se publicó en Lima un
opúsculo sobre la declaración pontificia del dogma de la in-
maculada concepción de la vírjen María, en que se impug-
naba mas bien que la declaración misma, la manera cómo
se habia hecho. Ese opúsculo titulado Defensa de la Iglesia
católica contra la bula dogmática de Pío IX, en 9 de diciem-
bre de 1854, lleva la firma de Un americano, pero se atribu-
yó jeneralmente al doctor Vijil.Un fraile catalán, misionero
en el Perú, frai Pedro Gual, que habia escrito una obra muí
estensa en crítica de la. Defensa de la autoridad, Qtc, publicó
en 1860 un volumen de 400 pajinas para impugnar el opús-
culo a que nos referimos.
DON FRANCISCO DE PAULA GONZÁLEZ VIJIL 449
En el año de 1869, dio a luz Vijíl otros tres escritos.
1*^ Catecismo patriótico para las escuelas del Callao, espe-
cie de manual de los deberes del ciudadano, publicado én
esta última ciudad, en un opúsculo de 61 pajinas en 4*^; 2°
Escándalo dado al mundo en el asunto Mortara, referente
a la ruidosa i violenta separación de un niño de este nom-
bre de sus padres judíos para darle una educación católica,
Lima, 57 pajinas en 4^; i Apéndice al opúsculo sobre Mor-
tara, Callao, 53 pajinas en 4"^. Por fin, en 1862 dio a luz su
Opúsculo sobre la pena de muerte, escrito en contra de esta
pena.
Trabajaba entonces Vijil en otra obra de grande estension,
para la cual habia hecho las mas estensas i prolijas investi-
gaciones. Nos referimos a la que lleva por título Los jesuí-
tas presentados en cuadros históricos, dada a luz en Lima
en 1863, en 4 volúmenes en 4^. En ella se propone demos-
trar con el ausilio de un inmenso caudal de documentos, la
intervención de esta orden en los negocios temporales de
los paises en que se ha establecido, i la mala dirección que
ella ha impreso a los negocios de la curia romana. En 1867
dio a luz en Lima un compendio de esta obra en un volu-
men de 344 pajinas en 4*^. No sabemos que esta obra haya
sido prohibida; pero sí nos consta que recayó esa censura
sobre otras dos obras dadas a luz por Vijil en ese año de
1863, en la ciudad de Lima.
Son éstas: 1*^ Manual de derecho público eclesiástico para
el uso de la juventud americana, volumen de 300 pajinas en
39. j 2° Diálogos sobre la existencia de Dios i la vida futura
dedicados a la juventud americana, volumen de 159 paji-
nas en 8^. Sobre ambas obras lanzó la congregación del
índice de Roma el decreto de prohibición de 25 de abril de
1864.
La última obra de Vijil que hayamos visto, lleva la fecha
de 1871. Es un folleto de 41 pajinas en 4*^ titulado Roma,
opúsculo sobre el principado político del soberano pontíñce.
Su objeto es esplicar el oríjen del poder temporal de los pa-
TOMO X 29
450 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
pas i demostrar sus inconvenientes i las ventajas de su de-
saparición.
Probablemente existen otras obras de este fecundo escri-
tor que nosotros no conocemos; pero ademas de sus libros
i opúsculos, dio a luz numerosos artículos históricos, polí-
ticos, eclesiásticos i filosóficos en diversos periódicos, i par-
ticularmente en el Constitucional de Lima. Hasta los últi-
mos días de la vida del doctor Vijil. El Correo del Perúy pe-
riódico literario que se publica en aquella capital, daba a
luz algunos nuevos trabajos suyos o reproducia fragmen-
tos de sus anteriores escritos; i en setiembre i noviembre de
1874, la Revista latino- americana de Paris insertaba la
primera parte de una biografía de Bartolomé de las Casas,
que había sido dada a luz en el Correo del Perú.
Cualesquiera que sean las censuras que pueden hacerse a
las obras de este infatigable escritor, ya sea por el descuido
de las formas literarias, ya por la desmesurada estension
que da a ciertas materias mediante una superabundancia
de citaciones, ya por el espíritu jeneral de sus escritos, no se
pueden desconocer en él ciertas grandes cualidades. A una
vastísima erudición, unia un amor profundo a los princi-
pios republicanos i democráticos, a todas las ideas nobles i
jenerosas, al progreso i la civilización de la humanidad. Es-
tos solos títulos justificarian el respeto con que lo miraban
sus compatriotas i todos los americanos que tuvieron la
dicha de conocerlo o de tratarlo; pero ademas de esas dotes
de literato i de pensador, poseia otras no menos estimables.
Humilde en sus aspiraciones personales, desprendido de los
bienes de fortuna, dotado de una esquisita bondad, de una
irreprochable pureza de costumbres, de una modestia casi
inconcebible, a la luz que de una grande independencia de
carácter, el doctor Vijil era igual para todos, para los gran-
des i para los pequeños, sin doblegarse ante los primeros,
sin exijir que los segundos se doblegaran ante él.
El doctor don Francisco de Paula González Vijil ha falle-
cido en Lima el 9 de junio de 1875 a la edad de ochenta i
DON FRANCISCO DE PAULA GONZÁLEZ VIJIL 451
tres años. El pueblo peruano tributándole los honores mas
ostentosos que se hayan hecho a hombre alguno en aquel
país, ha pagado una deuda de gratitud, porque Yijil fué no
solo un distinguido pensador sino un patriota grande por
su civismo i mas grande aun por su desprendimiento.
XVII
DON JOSÉ MAKIA LAFEAGUA.
Don José María Lafragua, jurisconsulto, poeta, histo-
riador i estadista mejicano, nació en Puebla por los años
de 1815 i ha muerto en Méjico en los últimos meses
de 1875.
A la edad de veintiún años obtuvo el título de abogado,
i ejercia con brillo i con provecho esta profesión, cuando su
ciudad natal lo elijió su representante en el congreso cons-
tituyente de 1824. Allí comenzó su carrera política soste-
niendo los principios liberales, i demostrando un notable
poder oratorio. Ese congreso formuló un proyecto de cons-
titución liberal, que estaba discutiendo; pero el gobierno
del jeneral Santa Ana preparó un pronunciamiento contra
aquella reforma, disolvió el congreso i apresó a algunos de
sus miembros mas importantes. Lafragua fué de este nú-
mero.
Por ese tiempo, Lafragua cultivaba la poesía, escribia
en varios periódicos literarios, i habia sido secretario del
* Publicado en la Revista Chilena (Santiago, 1876), tomo IV,
pájs. 311-314.
Nota del compilador.
454 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
Ateneo de Méjico, sociedad literaria en que estaba afiliada
casi toda la juventud intelijente de esa capital. Donjuán
María Gutiérrez reprodujo en la América poética una es-
tensa composición de Lafragua, titulada Iturbide, en que
pasa en revista los servicios prestados a su patria por este
personaje, tributándole los mas pomposos elojios. No sa-
bemos si alguna vez se ha hecho una colección de las poe-
sías de Lafragua; pero tenemos motivos para creer que
hasta ahora permanecen esparcidas en los periódicos en que
las dio a luz.
Diputado i senador en varias lejislaturas subsiguientes.
Lafragua ocupó también el ministerio del interior i relacio-
nes esteriores de la república mejicana a fines de 1846. To-
cóle dar cuenta de los negocios de su despacho en la memo-
ria que leyó al congreso constituyente a mediados de di-
ciembre de ese año, i que hemos visto pubHcada en Méjico
en 1847, en un cuaderno en folio.
Lafragua desempeñó un papel mucho mas importante
después de la revolución de Ayutla, que echó por tierra
la dictadura del jeneral Santa Ana i que inició las gran-
des reformas que han comenzado a levantar a Méjico de su
postración. El primer servicio que prestó entonces a la
causa liberal fué la publicación de un libro notable que se
titula Historia de la revolución de Méjico contra la dicta-
dura del jeneral Santa Ana^ 1853 1856, impreso en la
capital en un volumen en 4*^ con muchos retratos, láminas
i mapas litografiados. Esta obra, dada a luz sin el nombre
de su autor, aunque era conocido por todo el mundo, es la
historia minuciosa i completa de aquella célebre revolución,
escrita con mucha mas templanza de la que podia esperarse
en un libro concebido en medio de una lucha apasionada i
violenta.
Llamado al ministerio de la gobernación por el partido
vencedor a principios de 1856, Lafragua fué por algún
tiempo el consejero i el inspirador de la política del jeneral
don Ignacio Comonfort, elevado por la revolución al poder
supremo. Recomendólela prudencia i la templanza en la
DON JOSÉ MARÍA LAFRAGUA 455
ejecución de las reformas liberales, para no lastimar inne-
cesariamente a sus adversarios, i le aconsejó que se des-
prendiera del poder discrecional de que estaba revestido.
Lafragua fué el autor del estatuto orgánico o constitución
provisoria de 15 de mayo de ese año, i de las circulares tan
enérjicas como moderadas en que se recomendaba su cum-
plimiento.
Su papel en esas circunstancias está esplicado por un
historiador mejicano, don Anselmo de la Portilla, en una
importante obra impresa en Nueva York en 1858. 'Xafra-
gua, dice, fué uno de los hombres que mejor comprendieron
el pensamiento político de Comonfort, porque sin duda le
habia concebido él mismo, antes de saber que habiade con-
currir a realizarle. Distinguido como literato, estimado co-
mo orador, i bienquisto por sus cualidades personales, no
encontró sin embargo simpatías en los hombres de la es-
cuela revolucionaria, porque echaban de menos en él la riji-
dez de sentimientos i la violencia de acción que ellos ape-
tecian.
Lafragua, en efecto, no es hombre de revolución en el
vulgar sentido de esta frase; i sin embargo, su reputación
política, que le habia elevado al ministerio de relaciones
esteriores en 1846, que le habia dado asiento en diferentes
congresos como senador i como diputado, i que le arrancó
de sus tareas literarias diez años después para desempeñar
la cartera de la gobernación, venia precisamente de la cons-
tancia con que habia defendido los principios de la demo-
cracia pacífica. Filiado desde su juventud en estas banderas,
retirado enteramente de la escena pública, i perseguido a
veces cuando han dominado sus adversarios políticos, no
abriga, sin embargo, rencores, ni da entrada en su corazón
a ideas de venganza: dulce i tolerante con todos, sostiene
con lealtad sus principios, sin chocar abiertamente con las
opiniones ajenas, mereciendo por esta razón el amor de sus
amigos i el respeto de sus contrarios. Comprendió bien el
espíritu de la' administración a que pertenecía, i le desarro-
lló con intelijencia i con fé, empleando en su gabinete el
456 ESTUDIO HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
lenguaje franco i sencillo de la verdad; pero sus esfuerzos se
estrellaron en las pasiones de la época, i lo que debió ser-
virle de gloria, no hizo mas que suscitar contra él vitupe-
rios injustos". (Méjico en 1856-1857. Gobierno del jeneral
Comonfort^ cap. II, pájs. 41 i 42).
El gobierno del jeneral Comonfort era sinceramente libe-
ral. Inició muchas reformas útiles i adelantó !a amortiza-
ción de los bienes de manos muertas, que era una necesidad
imperiosa de la situación de la repiiblica; pero se vio ataca-
do por los conservadores, que hablan perdido el poder, i
por los liberales exaltados que querían marchar mas apri-
sa. Lafragua tuvo que defender aquella política en el con-
greso contra los radicales, i en manifiestos destinados a
desarmar las intrigas de un clero que no retrocedía ante
ningún medio para mantener su antiguo prestijio i po -
derío. Sobrevinieron rebeliones que fué necesario reprimir,
i complicaciones esteriores a que fué necesario atender.
Una de éstas provenia de las violencias cometidas en di-
versos puntos del territorio mejicano contra ciudadanos
españoles. El gobierno de Madrid habia entablado las mas
enérjicas reclamaciones por medio de su ministro en Méjico,
que se retiró de esta capital a principios de 1857, dejando
suponer la proximidad de un rompimiento. El gobierno de
Comonfort hizo salir inmediatamente a Lafragua con po-
deres suficientes para discutir i arreglar aquella cuestión
con el gobierno español.
Aquella misión no dio el resultado que se esperaba. Al
paso que en Méjico los partidos opositores acusaban al go-
bierno de cobardía por tratar de dar satisfacciones al mi-
nisterio español, éste, por su parte, instigado por algunos
individuos que hablan residido en Méjico, i envanecido por
la ilusión de que podría llevar a cabo con gloria i con pro-
vecho lejanas espediciones militares, se mostraba terco e
intransijente. Por estas circunstancias, Lafragua casi no
pudo hacer otra cosa que presentar en 28 julio de 1857 un
estenso memorial en defensa de la república mejicana. Este
documento fué publicado pocos meses dtspues en Poissy,
DON JOSÉ MARÍA LAFRAGUA 457
en Francia, en un volumen de 347 pajinas en 8*^, que lleva
el título siguiente: "Memorándum de los negocios pendien-
tes entre Méjico i España presentada al ministro de Estado
por el representante de la república el dia 28 de julio de
1857." Este escrito dio oríjen a muchas otras publicaciones
por parte de España, de las cuales conocemos una impresa
en Madrid en 1858 en un cuaderno de 143 pajinas, firmado
por Tomas Rios, concebido con gran violencia contra La-
fragua i contra Méjico i acotado de muchos documentos
sobre aquella cuestión. El título de este opúsculo es el si-
guiente: *'Los hechos i los datos oficiales contra el memo-
rándum del señor don José M. Lafragua i algunas noticias
sobre la cuestión de Méjico".
No pudiendo arreglar aquella cuestión, que debia prepa-
rar el rompimiento de 1861, Lafragua se retiró de Madrid,
donde habia contraido amistad con un gran número de li-
teratos españoles, i pasó a Francia. Es curioso recordar
aquí que su secretario don José Manuel Hidalgo, que llega-
ba de Madrid a Bayona el 30 de agosto de 1857, fué lla-
mado a Biarritz por la emperatriz de los franceses para
proponerle el proyecto de establecer un trono en Méjico,
primer paso dado para la realización de una empresa loca i
temeraria que ensangrentó inútilmente el suelo de esa re-
pública. El confidente de Hidalgo, en esta primera faz de la
intriga, fué don Francisco de Paula Arrangoiz, monarquis-
ta mejicano que, después de haber servido al emperador
Maximiliano en varios puestos diplomáticos, ha escrito
una historia de ese desgraciado imperio.
Lafragua fué completamente estraño a esas intrigas, i
quizá por entonces no tuvo la menor noticia de ellas. Lejos
de eso, i habiendo quedado en Europa a consecuencia de la
caida del presidente Comonfort, hizo lo que pudo en la me-
dida de sus fuerzas, para desarmar los planes monárquicos
que produjeron la intervención francesa; i vuelto a Méjico
vivió bajo el gobierno de Maximiliano retirado de los ne-
gocios públicos i protestando siempre de los actos del go-
bierno intruso, sin dejarse seducir por las tendencias libe-
458 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOCRÁFICOS
rales que este emperador imprimía a la dirección de los ne-
gocios públicos. Tomó sí una parte principal en la prepa-
ración del código civil que fué sancionado el 6 de julio de
1866, i cuyo liberalismo en materia de matrimonio civil,
produjo una grande oposición de parte de los clericales.
Después de la caida del imperio, Lafragua permaneció
en Méjico ocupado en sus estudios literarios i jurídicos. El
13 de julio de 1872 fué llamado por el presidente Juárez a
ocupar el puesto de ministro de relaciones esteriores, que
siguió desempeñando bajo la presidencia de don Sebastian
Lerdo de Tejeda, i que ocupaba todavía hasta la época de
su muerte, ocurrida, como hemos dicho, en los últimos me-
ses de 1875. En el desempeño de este cargo ha prestado
útiles servicios a la reorganización de su pais. La prensa
de Méjico, al anunciar la muerte de don José María Lafra-
gua, le tributa los mas sentidos elojios. Por nuestra parte,
nos limitamos a hacer esta rápida reseña biográfica, sin-
tiendo no poseer datos mas completos que los que hemos
podido tomar en los libros que tenemos a la mano, i que
desgraciadamente solo alcanzan hasta la caida del imperio
de Maximiliano.
XVIII
DON JOSÉ GREGORIO PAZ-SOLDAN
Traducido del tomo 4^ de '*L'Histoire Genérale Biographique de
toutes les nations".— Partie qui comprende lesHommes de Etat.
Geneve, 1868.
Paz- S01.DAN (don José Gregorio) nació en Arequipa, una
de las principales ciudades del Perú, el 9 de mayo de 1808.
Fueron sus padres lejítimos el señor don Manuel Paz-Sol -
dan, tesorero de las cajas reales, i doña Gregoria Ureta
Araníbar, perteneciente a una de las mas antiguas e ilus-
tres familias de dicha ciudad. Desde mui joven fué desti-
nado al estudio de los primeros rudimientos de la gramá-
tica latina, francesa i retórica, en cuyos estudios progresó
bastante. En 1822 ingresó de alumno interno al colejio
seminario de Arequipa, en el que estudió la filosofía, las
matemáticas, la física, la teolojía i el derecho en sus varias
ramificaciones. Concluida su carrera de estudios, fué nom-
brado profesor en el mismo seminario i enseñó por cinco
años las mismas facultades que habia estudiado.
Después de haber obtenido el doctorado en teolojía i ju-
risprudencia, fué recibido de abogado en agosto de 1831;
* Publicado en la /Revista Chilena (Santiago, 1876) t. IV, pájs.
314 . 316 NOTA DEL COMPILADOR.
460 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁPICOS
sucesivamente fué nombrado relator i juez de I."* instan-
cia, i en 1839 fiscal de la corte superior de Arequipa. En
este último año fué elejido para representar a su pais en el
congreso constituyente, que se femúó en Huancayo.
En 1841 fué nombrado por el gobierno, con acuerdo del
consejo de estado, ministro plenipotenciario del Perú cerca
del gobierno de Bolivia, adonde se dirijió en compañía del
jeneral Gamarra i del ejército que penetraron en el territo-
rio de esta república, llamados i de acuerdo con el jeneral
Ballivian. No pudiendo resistir éste la censura e indigna-
ción que su conducta excitó en Bolivia, que se consideraba
traicionada, declaró la guerra al jeneral i ejército que él
mismo llevó a su patria. En 18 de noviembre fué vencido
en Ingavi el ejército del Perú, quedando muerto en el cam-
po de batalla el jeneral Gamarra.
Habiendo regresado Paz-Soldan a su patria, se consa-
gró esclusivamente al servicio del ministerio fiscal, hasta
1845, en que fué elejido senador por el departamento
de Arequipa, i para servir este cargo, marchó a la capital,
i el senado le nombró su secretario.
Inaugurado en aquel año ( 1845 j el gobierno del gran
mariscal Castilla, fué llamado a servir el ministerio de rela-
ciones esteriores, justicia i negocios eclesiásticos, en cuyas
materias habia mostrado Paz-Soldan grandes conocimien-
tos. En 1848 renunció la cartera, i fué nombrado director
jeneral de hacienda. En 1849 el congreso le elijió consejero
de estado, cuyo cargo debia durar cuatro años. En 1851
fué presentado por el mismo consejo para ocupar la plaza
de fiscal de la corte suprema, por promoción del respetable
señor Mariátegui a una vocalía de la misma. En 1852 fué
nombrado Paz-Soldan enviado estraordinario i ministro
plenipotenciario del Perú cerca del Gobierno de la Nueva
Granada, para arreglar las cuestiones desagradables sobre
deudas i otras, que se suscitaron con motivo de haberse
formado en Lima la espedicion del jeneral Flores para in-
vadir el Ecuador, aliado de Colombia.
En 25 de junio de 1853, celebró Paz-Soldan en Bogotá
DON JOSÉ GREGORIO PAZ-SOLDAN 461
un convenio que puso término a las cuestiones pendientes,
i al arreglo de la deuda del Perú a Colombia, objetos de
disputas desagradables durante veinticinco años. Ese con-
venio, aprobado por el congreso, se encuentra publicado en
la colección diplomática del Perú.
Paz-Soldan regresó a Lima en agosto de 1853. En no-
viembre fué nombrado ministro de relaciones esteriores por
el presidente don Rufino Echeñique, cuyo cargo renunció en
abril de 1854 por haber diferido de opinión con motivo de
unas temerarias reclamaciones que interpuso el encargado
de negocios de Francia Mr. Rati Mentón. Paz-Soldan vol-
vió entonces a servir el empleo de fiscal de la corte su-
prema.
Derribado el gobierno del jeneral Echeñique el 5 de enero
de 1855, en los campos de la Palma, por el triunfo que al-
canzó el ejército de la revolución capitaneado por el jeneral
Castilla, persiguió éste a cuantos habian servido a aquél,
i Paz-Soldan fué destituido de su plaza de fiscal. Entonces
dio a luz un interesante libro, que tituló Mi defensa, en que
se encuentra la historia de algunos hechos contemporá-
neos, i se hacen apreciaciones políticas de oportunidad,
bastante útiles.
Desde 1855 permaneció separado de la vida pública i
ocupado en el arreglo de sus negocios hasta 1861, en que,
por leyes del congreso volvió a servir a su plaza de fiscal.
Ese mismo año le nombró el jeneral Castilla rector de la
universidad, a la que dio fuerte impulso; edificó parte de su
local i publicó la interesante obra titulada Anales univer-
sitarios del Pera, que servirá para escribir su historia lite-
raria. Publicó dos volúmenes i el tercero quedó casi con-
cluido cuando dejó el rectorado.
En octubre de 1862 se instaló el gobierno constitucional
del gran mariscal San Román, quien nombró a Paz-Soldan
presidente del consejo i ministro de relaciones esteriores.
Habiendo fallecido San Román en 3 de abril de 1863, suce-
diéndole como vice-presidente el jeneral Pezet, se retiró Paz
Soldán i continuó sirviendo la fiscalía que tenia en propie-
462 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
dad. Durante su ministerio se presentó en el Rio de la Plata
el almirante español Pinzón, con una escuadrilla, anun-
ciando su marcha al Pacífico, simulando un viaje científico
i protestando intenciones amistosas. Sin embargo, Paz-
Soldan no se engañó, i descubriendo sus temores al Con-
greso, pidió autorización para preparar el pais a una de-
fensa; pero Paz Soldán no fué creido i se calificó de miedo
su previsión.
La escuadra española se presentó en los puertos del Pe-
rú, i por un atentado injustificable i desleal, se apoderó de
las islas de Chincha el 14? de abril de 1863. Mazarredo, co-
misario español, publicó un manifiesto, que Paz-Soldan
contestó de una manera victoriosa, revelando hechos i pu-
blicando documentos que patentizaban la conducta indigna
de los españoles.
En agosto del mismo año fué nombrado Paz-Soldan mi-
nistro plenipotenciario del Perú al congreso americano que
se instaló en Lima en noviembre de 1864, i mereció el ho-
nor de ser nombrado presidente del Congreso, al que con*
currieron los señores Montt, Herran i Guzman, que habian
sido los primeros presidentes de Chile i Nueva Granada, i el
tercero vice-presidente de Venezuela. Concluidas las sesio-
nes del congreso americano en marzo de 1865, volvió Paz-
Soldan a ocuparse en el servicio de la fiscalía suprema, cuyo
cargo sirve actualmente.
Paz-Soldan es de una complexión sana i robusta: de un
carácter firme i resuelto: de una incansable laboriosidad: tie-
ne una memoria admirable i una instrucción poco común,
como lo manifiestan sus escritos. Sus opiniones son resuel-
tamente liberales: nunca se ha comprometido en las revolu
ciones del Perú. A principios de 1867 publicó otro libro
interesante titulado Los derechos adquiridos i los actos de
la dictadura de Perú, el que combatió el poder absoluto i
los decretos dictatoriales con sobrada libertad i abundan-
cia de doctrina; libro que hizo profunda sensación en la re-
pública i cuyas doctrinas han sido después seguidas i pro-
clamadas por todo el Perú.
DON JOSÉ GREGORIO PAZ-SOLDAN 46o
Completamos las noticias anteriores anunciando que
el doctor don José Gregorio Paz-Soldan falleció en Lima el
17 de diciembre de 1875. Los elojios de la prensa i los ho-
nores fúnebres que se le tributaron revelan el respeto i la
estimación de que gozaba en el Perú.
APUNTES PARA LA HISTORIA
DEL
ARTE DE IMPRIMIR EN AMÉRICA
TOMO X
30
XIX
APUNTES PAEA LA HíSTOETA DEL AETE
de imprimir en América *
En el número VII de la Revista de Santiago (\S72), pájs.
353 — 369, don Miguel Luis Amunátegui publicó un curioso
i erudito artículo acerca de las primeras imprentas que se
establecieron en la América española. Aunque sobre esta
materia se hubieran consignado muchas indicaciones en
diferentes libros antiguos i modernos, ese artículo es el
primer trabajo en que se han asentado hechos bien estable-
cidos no acerca de uno de los pueblos americanos, sino so-
bre un gran niimero de ellos.
Amunátegui ha demostrado allí, algunas veces discu-
tiendo las opininiones contrarias, la época verdadera de la
introducción de la imprenta en Méjico, en Lima, en Guate-
mala, en las misiones del Paraguai, Córdoba i Buenos
Aires, en Bogotá, en Quito, en Caracas i en Chile. En este
artículo nos proponemos completar esas noticias consig-
nando algunos datos para la historia de la tipografía en
* Publicado en la Revista de Santiago (1872) t. I, pájs.
596 606.
Nota del comph ador.
468 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
oi.ras secciones del nuevo mundo de que se ha omitido ha-
blar en aquel escrito.
I
Don Antonio Bachiller i Morales, en vina obra titulada
Apuntes parala historia de las letras i de la instrucción
pública en la isla de Cuba (Habana, 1859-1861, 3 vols.
en 4°) ha trazado una prolija historia de la imprenta en
aquella isla, acompañada de una lista o catálogo de todos
los libros, opúsculos i periódicos publicados allí desde sus
primeros tiempos hasta 1840. Dos años mas tarde, don
Jacobo de la Pezuela, en el tomo III de su estenso Dicciona-
rio jeográñco, estadístico, histórico de la isla de Cuba (Ma-
drid, 4 vol. en 4.°) ha hecho entrar esas mismas noticias
abreviándolas i a veces completándolas, en el interesante
artículo que destina a la literatura cubana. En ambos li-
bros encontrará el futuro historiador de la imprenta en
América casi todos los datos que puedan interesar a su ob-
jeto. De ellos tomamos las noticias siguientes.
La primera imprenta que se conoció en Cuba comenzó a
funcionar en la Habana el 4 de junio de 1735. Fué estable-
cida por un industrial llamado don Francisco de Paula,
con permiso del capitán jeneral de la isla don Juan Güémes
Horcasítas; i solo dio a luz algunos anuncios de funciones
de iglesias i ciertas órdenes del gobierno. Veinte i ocho
años mas tarde, en 1763, otra imprenta titulada de la ca-
pitanía jeneral, i de propiedad de don Blas de los Olivos,
comenzó a publicar un periódico de cuatro pajinas de a
cuartilla, que anunciaba las compras i ventas, i las entra-
das i salidas de los pocos buques que llegaban a aquella
colonia. Ese periódico tuvo solo una existencia de dos años.
La imprenta de Olivos siguió publicando los bandos de
buen gobierno i las disposiciones de los prelados.
Don Francisco Seguí, a quien Olivos traspasó su prensa
con el privilejio i con la denominación de imprenta de la
capitanía jeneral, empezó a publicar en 1780 la Guía de fo-
HISTORIA DEL AUTE DE IMPRIMIR EN AMÉRICA 469
rasteros de la isla, que se continua hasta ahora, si bien mas
tarde se han introducido en esta pubHcacion importantes
modificaciones. Era en su principio un reducidocuadernillo^
como nuestros ahnanaques, que contenia los nombres i ha-
bitaciones de todos los empleados, desde los mas altos
hasta los porteros, de los eclesiásticos, abogados i escriba-
nos, i ciertas noticias estadísticas sobre el comercio, el trá-
fico marítimo, la mortalidad, los nacimientos. Libros se-
mejantes a éste, pero mas completos, se publicaban por
entonces en Méjico i en Lima.
También reapareció por la imprenta de Seguí el estin-
guido periódico. En 1792 comenzó a publicarse la Gaceía
de la Habana en mayores proporciones i con mas acopio
de noticias. En esta época existian ya en la ciudad de la
Habana otras tres imprentas, que tenian algún trabajo en
la impresión de anuncios, convites, formularios de cuen-
tas, etc.
La ciudad de Santiago de Cuba tuvo uip periódico, el
Amigo de los cubanos, i por tanto una imprenta, desde
1796. Puerto Príncipe poseyó imprenta i periódico en 1812;
i Matanzas el año siguiente. Estos simples datos manifies-
tan que la isla de Cuba fué mucho mas favorecida que la
mayor parte de las posesiones españolas de América.
El periodismo tomó poco mas tarde un gran desenvol-
vimiento en Cuba. Bajo el réjimen constitucional inaugu-
rado en España en 1811 i suspendido en 1814, se publica-
ron treinta i cuatro periódicos, noticiosos unos, políticos,^
literarios i satíricos otros. Restablecido el sistema consti-
tucional en 1820, i mantenido hasta 1823, salieron a luz
setenta i cuatro periódicos. Dudamos mucho que en ese
mismo período se publicaran en todo el resto de la América
española un número igual de periódicos.
II
La república del Uruguai formaba parte, bajo la domi-
nación española, del estenso virreinato de la Plata, i era
470 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOaRÁFICOS
una simple intendencia. Montevideo, capital de la Provin-
cia, no tuvo imprenta sino algunos anos después que Bue-
nos Aires, la capital del virreinato, habia publicado dos
periódicos.
En enero de 1807 la ciudad de Montevideo fué tomada
por asalto por las tropas inglesas, que emprendian una
segunda campaña contra las posesiones españolas del Rio
de la Plata. Queriendo que su dominación fuera simpática
a los americanos, los invasores establecieron allí una im-
prenta, i publicaron un periódico titulado la Estrella del
sur. Tenia éste por objeto demostrar a los colonos de la
España los males que le habia irrogado la metrópoli i las
ventajas que les resultarian de salir de su dominación.
La Estrella de i sur vivió solo unos pocos meses. Derro-
tados los ingleses en Buenos Aires en julio de ese mismo
año, viéronse obligados por una capitulación a abandonar
a Montevideo. Restablecióse de nuevo la dominación es-
pañola, i subsistió en pié hasta 1814, cuando esa ciudad
tuvo que rendirse ante un ejército arjentino que peleaba
por asegurar la independencia de estos paises contra la Es-
paña. Durante esa guerra, los españoles que defendían a
Montevideo emplearon la imprenta para sostener su domi-
nación i para combatir a los revolucionarios de Buenos
Aires. Entonces hizo sus primer.!tS armas en la carrera po-
lítica, un hombre que mas tarde ha figurado en primera
línea en las guerras civiles i en las intrigas tle la corte de
España, frai Cirilo de la Alameda i Brea, simple relijioso
en esa época en un convento de franciscanos i hoi cardenal
arzobispo de Toledo, i primado de la iglesia española. Co-
mo redactor de uno de los papeluchos que los realistas
publicaban en Montevideo para desacreditar a los inde-
pendientes, se hizo notar por du ardor para defenderla
causa del rei i por su violencia para atacar los revolucio-
narios. La historia de la prensa americana debe, pues,
consagrar algunas pajinas a este famoso personaje, aparte
de las que tiene que dedicarle la historia de las revueltas
de España en los últimos cincuenta años.
HISTORIA DEL AKTE DE IMPRIMIR EN AMÉRICA 471
III
La república de Bolivia es el pueblo americano que tardó
mas en poseer una imprenta. El territorio que hoi la for-
ma, constituia bajo la dominación española una rica pro-
vincia del virreinato déla Plata. Aunque dotada de una au-
diencia o tribunal superior, de un arzobispado i de una
universidad, la presidencia de Charcas, como entonces se
llamaba, no tuvo una imprenta propia, según creemos,
hasta el año de 1822.
Se refiere que el ejército arjentinoque en 1813 invadió las
provincias del Alto Perú bajo las órdenes del jeneral don
Manuel Belgrano, llevaba una pequeña imprenta para la
publicación de boletines i proclama; pero no hemos halla-
do en ninguna parte la confirmación de este hecho. La mas
antigua publicación boliviana que conozcamos es el Te-
légrafo, periódico realista publicado en una sola hoja, por
una pequeña imprenta que se dominaba de vánguardiéi, la
única que existiera entonces en el Alto Perú. El director
del periódico era el jeneral español don Pedro Antonio de
Olañeta, el mismo jefe del ejército de operaciones contra
los insurjentes arjentinos. Esa imprenta acompañaba al
ejército realista, i daba a luz un número del Telégrafo ca-
da vez que había noticias favorables que comunicar a los
soldados españoles. El ilustrado bibliógrafo don Gregorio
Beeche posee un ejemplar del número 10 de este rarísimo
periódico, impreso en el pequeño pueblo de Moxos, en la
frontera sur del actual territorio boliviano: lleva la fecha
de 10 de julio de 1822.
El ejército colombiano que en 1823 emprendió la cam-
paña contra los realistas del sur del Perú, llevaba también
una imprenta volante, que publicaba las órdenes del dia i
otros documentos concernientes a la guerra. Después de la
jornada gloriosa de Ayacucho, la imprenta volante mar-
chó a La Paz en el séquito del jeneral Sucre. La primera
pieza que dio a luz fué un estenso decreto dictado por Su-
472 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICÜS
ere en la ciudad de La Paz el 9 de febrero de 1825, en que
convoca al pueblo a elecciones para una asamblea que de-
bía reunirse en Oruro para decidir de la suerte futura del
Alto Perú. Esta publicación no tiene nombre de imprenta,
pero tanto ella como una descripción del recibimiento que
la ciudad de La Paz hizo a S. E. el libertador (Bolívar)
el 18 de agosto de 1825, han salido de la imprenta del
ejército (nombre que se le da en esta segunda pieza), que
administraba don Fermin Arévalo. Esta imprenta se esta-
bleció poco meses mas tarde en la ciudad de Chuquisaca, i
allí comenzó a publicar el 1^ de enero de 1826 el Rejistro
oñcial de leyes, decretos i órdenes del gobierno de la repú-
blica boliviana, periódico oficial, sin dia fijo para su publi-
cación, i que, como lo indica su nombre, contenia solo los
decretos i actos del gobierno. Desde el segundo número, es-
te periódico cambió el título de Rejistro por el de Colección,
con el que subsistió hasta el año 1829.
En el mismo año de 1825 funcionaba en Chuquisaca
otra imprenta titulada de la Universidad, cuyo oríjen e in-
troducción nos son desconocidos. Comenzó a publicar un
periódico titulado Chuquisaqueño, que quedó en el 2*^ nú-
mero; i el 30 de julio de 1825 la Gaceta de Chuquisaca, del
cual solo conocemos los tres primeros números, probable-
mente los únicos que salieron. Esta imprenta, mucho me-
jor dotada que la del ejército, tomó a su cargo desde junio
de 1825 la publicación del Rejistro oñcial, bajo la dirección
del referido don Fermin Arévalo. Mas tarde tomó el nom-
bre de Imprenta boliviana ^ .
En los años posteriores, la imprenta se ha jeneralizado
mucho mas en Bolivia, de tal suerte que cuentan con un
establecimiento de esta especie casi todas las ciudades de
alguna importancia. Pero, el arte de imprimir ha hecho
1. Para recojer estas noticias he podido consultar la preciosa
colección de impresos bolivianos reunida con gran trabajo por
don G. René-Moreno, que mui probablemente es la mas completa
que exista.
HISTORIA DEL ARTE DE IMPKIMiR EN AMÉRICA 473
pocos progresos, porque, las impresiones de ese pais son
menos limpias i elegantes no solo que las que se hacen en
otros pueblos americanos, sino que son en jeneral inferio-
res a las que se hacían en ese mismo pais hace treinta o
cuarenta años.
IV
La historia de la imprenta en el Brasil ha sido bien es-
tudiada, i por tanto es mucho mas conocida. Un erudito
escritor portugués, Antonio Riveiro dos Santos, en dos di-
sertaciones sobre los oríjenes i progresos de la tipografía
en Portugal, insertas en el tomo VIII de las Memorias de
literatura portugueza publicadas pela academia real das
sciencias de Lisboa (Lisboa, 1856, p., 1 — 147) i otro erudi-
to brasilero, Francisco de Souza Martins, en la Revista do
Instituto Histórico e geographico do Brasil (tomo VIII,
1846, páj. 262-273), han reunido un grande acopio de
datos.
El sistema colonial de los portugueses, aunque despótico
i absurdo, distó mucho de ser tan represivo como el que los
españoles implantaron en sus posesiones de América. Sin
embargo, la imprenta fué casi completamente desconocida
en el Brasil hasta principios del siglo XIX.
Es tanto mas singular este hecho, cuanto que los jesuí-
tas portugueses llevaron la imprenta a sus misiones de
Asia a mediados del siglo XVI, mientras en el Brasil per-
manecía desconocido el maravilloso invento. Para la pu-
blicación de los libros que empleaba en la enseñanza de la
relijion i de las lenguas, los jesuítas establecieron una im-
prenta en Goa en 1561, otra en Macao en 1590, dos en el
Japón, (la primera en 1593 i la segunda en 1610), otra en
Salcete (Indostan) en 1632 2, otra en Cantón en 1681, i por
2. En 1532 dice equivocadamente Riveiro dos Santos en la páj.
108 de su memoria citada, colocando ese establecimiento entre las
imprentas que existían en los dominios del reí de Portugal en el
474- ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
ijltimo una en Tian Shan (China) en 1712. Todas estas im-
prentas, es verdad, publicaron solo opúsculos cortos, o li-
bros de escaso i con frecuencia de ningún interés; pero este
hecho revela la importancia que entonces se daba en Por-
tugal a la conquista en la India, i el poco caso que se ha-
cia de las estensas i valiosas posesiones de América.
Solo a mediados del siglo XVIIl ^ un industrial llamado
Antonio Isidoro de Fonscca, estableció una imprenta en Rio
de Janeiro, mediante la tolerancia i talvtz la protección de
Gómez Freiré de Andrade, uno de los mas nobles caracteres
de gobernadores que recuerdan los anales de la colonia.
Esa imprenta publicó solo algunos opúsculos de mui esca-
sa estension i de menos importancia. Se conserva uno pu-
blicado en 1747 con el título de Relacao do entrada que fez
obispo D. ir. Antonio do Desterro Maiheiro, escrito por
Luis Antonio Rosado de Cunha, impreso en un cuaderno de
20 pajinas en 4^ No hai certidumbre de que la imprenta de
Fonseca publicara otra obra; se sabe sí que ese estableci-
miento tuvo mui corta existencia, i que el gobierno metro-
politano creyendo perjudicial a sus intereses la difusión de
las luces en la colonia, lo mandó cerrar definitivamente.
Parece sin embargo que a pesar de la prohibición, aquella
imprenta trabajó algún tiempo clandestinamente, o con
el consentimiento tácito del gobernador portugués. Créese
que ella publicó una obra sobre artillería titulada Exame
de homheiros (1 v. en 4" de 414 pájs. de testo i 38 de intro-
ducción) escrita por José Fernández Pinto Alpoin, capitán
entonces de artillería en la guarnición de Rio de Janeiro, i
dedicada al gobernador de esta provincia Gómez Freiré de
Andrade. Aunque en la portada de este libro, se dice que
fué impreso en Madrid en 1748, los bibliógrafos portugue-
siglo XVI. Bastará observar que en 1532 no estaba aun estable-
cida la orden de jesuítas en Europa, i que solo en 1541 salieron los
primeros misioneros de esa orden para la India.
3. En 1707 dice equivocadamente Pereira de Silva en su Histo-
ria da íundagao do imperio brasileiro (tomo I, páj. 216), talvez
por un error tipográfico. Debe decir 1747.
HISTORIA DEL ARTE DE IMPRIMIR EN AMÉRICA 475
■ses la consideran una impresión subrepticia del estableci-
miento fundado en Rio de Janeiro.
Trasladada a Rio de Janeiro la familia reinante del Portu-
gal a principios de 1808, se instaló allí un^i imprenta real.
Data solo de entonces el primer periódico que se dio a luz
en esa ciudad; la Gaceta de Rio de Janeiro, impresa en 4^,
publicada dos veces por semana i sujeta a una censura rigo-
sosa que apenas le permitía dar al público noticias estran-
jeras i actos oficiales. Cinco años mas tarde, en enero de
1813, se publicó el Patriota, revista mensual que vivió
hasta diciembre de 1814, dando a luz documentos inéditos
e importantes memorias para la historia del Portugal i del
Brasil, poesías i artículos de artes, ciencias i literatura, es-
critos unos por Manuel Ferreira de Araujo Guimaraes,
principal redactor del periódico, i otros por diversos litera-
tos portugueses o brasileros, entre los cuales figuraban dos
de gran celebridad. Pinheiro Ferreira i José Bonifacio de
Andrada. En la ciudad de Bahía se instaló también una
imprenta por esa época, i se publicó un periódico con el
nombre de Idade de oiiro (edad de oro), cuyo principal re-
dactor fué el clérigo portugués Ignacio José de Macedo ^,
mui famoso mas tarde en los anales periodísticos de Por-
tugal.
Hasta el año 1821, época en que fué proclamado el réji-
men contitucional, no se conocieron en el Brasil mas que
estos tres periódicos; i aun ellos tuvieron escasa circula-
ción. Durante la segundei décade de nuestro siglo, los bra-
sileros buscaban su instrucción acerca de la marcha políti-
ca nacional i estranjera en dos periódicos publicados en
Londres en idioma portugués, el Ccrreio BrazUiense i e
Investigador portugués. La colección del primero de estos
periódicos, mui buscada por los historiadores i eruditos, a
causa del gran cúmulo de noticias i documentos que con-
4. Ignacio José Machado, dice Varnliagen equivocadamente, i
talvez por error de im prenta en su Historia geral do Brasil (to-
mo II, páj. 350).
476 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
tiene, consta de veintiocho volúmenes. No estará demás el
consignar aquí, como una prueba de los progresos litera-
rios del Brasil bajo el réjimen independiente i constitucio-
nal, que en 1846 se publicaban ochenta periódicos, de los
cuales diez i siete estaban destinados a las ciencias i a la
literatura. Este número se ha duplicado en nuestros dias.
V
No entra en el plan de estos lijeros apuntes el dar noti-
cia del establecimiento de la imprenta en las provincias de
América que conquistaron los ingleses i los franceses. En
todas ellas, el arte de imprimir, aunque introducido mucho
mas tarde que en Méjico i el Perú, porque también los eu-
ropeos se establecieron en ellas cuíindo estos dos paises
contaban largos años de sumisión a la España, fué cultiva-
do con ardor i produjo numerosas obras. En febrero de
1809, cuando los portugueses, aliados entonces de la In-
glaterra, conquistaron la colonia francesa de Guayana,
encontraron en la humilde ciudad de Cayena dos imprentas
bien montadas que funcionaban regularmente, siendo de
notar, dice un historiador brasilero, que Rio de Janeiro,
Pcrnambuco i Bahía, ciudades mucho mas populosas e im-
portantes, no hablan tenido establecimientos de esta
clase.
Pero para que se comprenda mejor la diferencia que a
este respecto existia entre las colonias de la España i del
Portugal i las que poseian en América otras naciones mas
ilustradas, vamos a consignar algunas noticias sobre los
oríjenes i desarrollo de la imprenta en las provincias que
lioi forman los Estados Unidos. Las estractamos, i casi po-
dríamos decir que las traducimos de un libro escrito con
tanta elegancia como conocimiento de causa, la Histoire
de la presse en Angleterre et aux Etats Unís, por M. Cuche-
val Clarigny.
Los Estados Unidos, como se sabe, fueron poblados por
colonos de diversa educación, de creencias diferentes i de
HISTORIA DEL ARTE DE IMPRIMIR EN AMÉRICA 477
principios casi diametralmente opuestos. En el norte pre-
dominaban los puritanos, hombres en su mayor parte ilus-
trados, republicanos por convicción i ardorosos partidarios
de la difusión de las luces en todas las escalas sociales. En
el sur estaban los anglicanos, monarquistas, aristócratas,
sostenedores de la esclavitud, i casi podria decirse enemii^os
decididos de la ilustración. Indicados estos antecedentes,
se comprenderá con facilidad que los estados del norte tu-
vieron imprenta e hicieron rápidas conquistas intelectua-
les, cuando las provincias del sur permanecian aun en un
notable estado de atraso. En uno de aquellos, en Massa-
•chussetts, los colonos no solo establecieron escuelas parala
difusión de la enseñanza primaria, sino que fundaron una
universidad en Cambridge, a los mui pocos años de haber
pisado las playas del nuevo mundo.
En 1638, un ministro presbiteriano de Inglaterra, el re-
verendo John Glover, envió de obsequio a la universidad
que los colonos acababan de fundar, un surtido de tipos de
imprenta. Los comerciantes de Amsterdam, relacionados
con los puritanos de América, i con el propósito de ayudar
a la propagación de las doctrinas republicanas en el réji-
men de la iglesia, dieron a la universidad una suma de cua-
renta libras esterlinas para comprar una prensa. Las sus-
criciones particulares hicieron todo lo demás. Entre los
primeros colonos se encontraba un obrero impresor, Ste-
phen Daye, que manejó esta prensa, pero que murió en bre-
ve víctima de los rigores del clima. Tomas Green, a quien
se debe la publicación de algunos escritos de teolojía i de
algunos libros clásicos para la universidad, es verdadera-
mente el primero que haya introducido la imprenta en la
América inglesa. Después de él, sus hijos i sus descendien-
tes cultivaron este noble arte, i fundaron muchos de los
mas antiguos diarios de los Estados Unidos.
Pero las colonias inglesas de la América del Norte man-
tenían entre sí mui escasas comunicaciones, i estaban ade-
mas divididas, como hemos dicho, por principios políticos,
sociales i relijiosos mui diferentes. Así se comprenderá que
478 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
en 1670, setenta i un año después del establecimiento de
los ingleses en Virjinia, el gobernador de esta provincia, sir
William Berkeley, dijese en una memoria oficial: "¡Gracias
sean dadas a Dios! Nosotros no tenemos aquí ni escuelas
gratuitas ni imprenta, i espero que no las tendremos eií
cien años mas; porque la instrucción ha enseñado al mun-
do la indocilidad, las herejías i las sectas, i la imprenta ha
propagado junto con todos estos males los ataques contra
los gobiernos." El deseo de Berkeley estuvo apunto de-
cumplirse: sesenta años se pasaron antes que Virjinia, la
mas poblada i la mas rica de las colonias, tuviese una sola
imprenta: otras colonias no la conocieron sino a mediados
del siglo XVIII.
Pero en las colonias del norte o de la Nueva Inglaterra,
la imprenta hizo rápidos progresos. En 1703, un director
de correos de Boston, llamado John Campbell, mal remu-
nerado por los servicios prestados al público, concibió el
pensamiento de publicar un diario para crearse recursos..
Un célebre cura puritano habia establecido la práctica de
dirijir cada jueves a sus parroquianos una alocución en que
esplicaba un punto de historia o de moral tomada de la Bi-
blia. La afluencia déjente que atraia todos los jueves el de-
peo de oir al mas elocuente i afamado predicador de aque-
lla secta, determinó a la asamblea de Massachussett a es-
tablecer en Boston una especie de feria, que funcionaba es-
te solo dia. Los colonos tomaron la costumbre de ir a la
ciudad todos los jueves. Después del sermón, las jentes se
repartían para darse las noticias locales i para informarse
de las ocurrencias de ultramar. Por estas circunstancias, se
habia fijudo para ese mismo dia para la salida del correo
para las otras colonias. Esta concurrencia de jente, esta
curiosidad universal, dieron a John Campbell la idea de su
empresa. Director de correos, él era el primero que recibía
las noticias de Pkiropa, las novedades de las otras colonias
i los otros rumores que le comunicaban cada jueves los vi-
sitantes que iban a su casa a llevar o sacar sus cartas.
Comprendió que habia para él un gran provecho en impri-
HISTORIA DEL ARTE DE IMPRIMIR EN AMÉRICA 479
inir i en vender una hoja suelta que contuviera las decisio-
nes i ordenanzas de las autoridades, los rumores de las co-
lonias i un resumen de las noticias de ultramar. Así nació
el primer periódico de los Estados Unidos, el Boston News
Letter (Carta de noticias de Boston), publicado por la im-
prenta de Bartolomé Green, hijo mayor de Tomas Green,
el impresor de la universidad de Cambridge. El primer nú-
mero apareció el jueves 24 de abril de 1704.
Durante dieziseis años el Boston News Letter fué el único
periódico norte-americano. Aun en sus primeros tierapos^
produjo mui escasas utilidades al editor, pero luego afluye-
ron los suscritores i los avisos, i la empresa se hizo lucrati-
va. El 10 de diciembre de 1719 apareció el primer periódi-
co que haya tenido Filadelfia, American weeckíy Mercury
(El Mercurio semanal de América) i un año después, el 18
de diciembre de 1720, la Gaceta de Boston. Pero el impul-
so estaba dado; i luego la imprenta i el periodismo adqui-
rieron un gran desarrollo porque gozó desde su nacimiento
de una libertad casi ilimitada. Allí no habla ni inquisición
ni censura política, como en las colonias de la España i del
Portugal; i a la sombra de esa libertad se desarrolló el
amor por la cosa pública i la pasión por el estudio. En los
primeros tiempos, los impresores de las colonias inglesas
habian estado reducidos a surtirse en los mercados euro-
peos de todos los materiales que necesitaban. En 1735, un
impresor de Germantown, Christopher Sower, acometió la
empresa de fundir tipos, en que fué imitado mas tarde por
otros industriales, entre los cuales se cuenta el célebre Ben-
jamín Franklin; pero aunque esta industria no alcanzó su
verdadero desarrollo hasta después de la revolución de
\^ independencia ^ surtió en parte siquiera a las imprentas
5. Según ios datos publicados por un célebre editor de Londres,
Nicolás Trübner, en su Bibliographical guide oí American Littera
ture (Loudon, 1859), en 1851 habia en ios Estados Unidos vein-
ticinco fundiciones de tipos que ocupaban 8,000 obreros, i que
producían por dia 4,400 libras.
480 ESTUDIOS HISTÓRIUO-BIBLIOGRÁFICOS
americanas. En 1740 se publicaban en estas colonias 14
periódicos: en 1771, en los primeros dias de la revolución,
su número se elevó a 27, i cuatro años mas tarde alcanzó
a 37 6 .
VI
Cuando se recuerdan estos hechos, se conocen los obstá-
culos que se opusieron al desarrollo intelectual en las colo-
nias españolas i portuguesas, i las facilidades que este de-
sarrollo halló en las colonias inglesas. Sometidas aquéllas
bajo el réjimen del mas duro despotismo político i relijioso,
vivieron embrutecidas en medio de la ignorancia i de la su-
perstición; mientras las colonias de la Inglaterra, rejidas
por un sistema de libertad casi absoluto, se prepararon
aun bajo el gobierno de la metrópoli al goce de la vida re-
publicana.
Así se comprenderá también por qué los progresos de las
colonias españolas i portuguesas, aun después de su inJe
pendencia, han sido lentos e inseguros; mientras los Esta-
dos Unidos han elevado el vuelo a donde no era posible
prever. "La república i la independencia, dice un célebre es-
critor francés, existian en las colonias inglesas desde antes
de la revolución. Esto no fué mas que un cambio de nom-
bre: casi nada cambió en las cosas. La América del norte,
al separarse de la metrópoli, hizo lo que un navio que se
desliga de otro i continúa la misma rtita i ejecutando las
mismas maniobras. No solo poseian las colonias durante
la monarquía instituciones republicanas, sino que, lo que
6. Aunque es ajeno a estos lijeros apuntes el consignar noticias
sobre el desenvolvimiento posterior de la prensa en los Estados
Unidos, señalaremos aquí que según el censo de 1850, se publica-
ban este año en ese pais 2,800 periódicos, de los cuales 350 eran
diarios, i que todos ellos repartian por año la suma enorme de
422.600,000 pliegos de papel impreso.
HISTORIA DEL ARTE DE IMPRIMIR EN AMÉRICA 481
era mas precioso todavía, habían tenido ocasión de desa-
rrollar el espíritu republicano ^ ".
Del réjimen colonial de los españoles i de los portugueses
se podría decir todo lo contrario.
7. J. J. Ampére, Proménade en Amérique, cap. XIX, páj. 395.
TOMO X 31
NOTAS BIOGRÁFICAS
ACERCA DE ALGUNOS DE LOS JENERALES ESPAÑOLES
QUE COMBATIERON CONTRA LA INDEPENDENCIA
AMÉRICA
XX
NOTAS BIOGRAFÍO AS
acerca de algunos de los jenerales españoles que combatieron
contra la independencia de América *
ARTICULO PRIMERO
Don José Fernando de Abascal. — Don José de Canter ac, —
Don José de Carratalá.—Don José Manuel Goyeneche.—
Don José de la Serva. — Don Joaquín de la Pezuela. — Don
Jerónimo Valdes. — Don Mariano Rica fort
Me propongo reunir en este artículo ciertas noticias bio-
gráficas sobre algunos jenerales españoles que mas se dis-
tinguieron en América luchando contra los sostenedores
de la independencia. Los historiadores de la revolución
han consignado los hechos que a ella se refieren; pero poco
o nada mas han dicho sobre la suerte posterior de sus ca-
pitanes. En nuestra historia, la vida de nuestros mas ca-
racterizados enemigos de la independencia americana se
termina con los sucesos que los obligaron a abandonar el
* Se publicó en la Revista de Santiago, 1872, t., III, pájs.
305-316.
Nota del compilador.
486 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
territorio en que se ilustraron; pero como se despierta en el
ánimo de los lectores la natural curiosidad de saber el res-
to de la historia de esos personajes, he recojido en diversas
fuentes los datos que consigno en seguida i que pueden
interesar a los aficionados al estudio de la historia ame-
ricana.
§ 1.
DON JOSÉ FERNANDO DE ABASCAL.
Don José Fernando de Abascal, agobiado por los años
i fatigado por el trabajo, entregó el mando del virreinato
del Perú al jeneral Pezuela el 17 de julio de 1816. En pre-
mio de sus servicios a la causa de España, el rei lo relevó
del juicio de residencia a que estaban sometidos todos los
gobernantes de las colonias de América al dejar el mando.
Embarcóse en el Callao el 13 de noviembre de 1816, i al
llegar a Cádiz recibió el título de capitán jeneral de ejército,
el grado mas alto de la milicia española.
No disfrutó por largo tiempo de este rango. Abascal
fué testigo de los primeros sucesos de la revolución espa-
ñola, que su carácter autoritario i sus principios anti-libe-
rales le hacian condenar; i murió en Madrid el 31 de
julio de 1821, cuando la causa constitucional parecia
triunfante.
Abascal contaba entonces setenta i ocho años de edad.
Habia nacido en Oviedo el 3 de junio de 1743, i servia en
el ejército desde la edad de diezinueve años. Pasó la mayor
parte de su vida en América, en la guarnición de Puerto
Rico primero, en la conquista de Santa Catalina i Colonia
del Sacramento, que ocupaban los portugueses en el Uru
guai, en la defensa i fortificaciones de la isla de Cuba, i
después en la intendencia de Guadalajara, en Nueva Espa
ña. De allí fué promovido al rango de virrei de las provin
cias del Rio de la Plata, cargo que no alcanzó a desempe
ñar, porque fué nombrado virrei del Perú.
NOTAS BIOGRÁFICAS 487
Dejó escrito un libro mui interesante, que por desgracia
permanece inédito hasta ahora, i que talvez se pierda irre-
mediablemente como tantas obras relativas a la historia
de América. El título de ésta es ^^ Estrado de las providen-
cias espedidas por el marques de la Concordia {Abascal)^
i relación del estado en que deja los reinos del Perú, Quito,
Chile i provincias altas de Buenos Aires, en los diez años
de su gohiernó*\ Esta relación forma dos tomos en folio.
En los primeros da cuenta de su gobierno en los diferentes
ramos de la administración, i contiene, como las otras me-
morias de los virreyes, importantes i curiosas noticias so-
bre el estado civil, eclesiástico, económico i militar del
Perú en el decenio trascurrido de 1806 hasta 1816. El se-
gundo, que es mucho mas interesante, es una historia de
la revolución de la independencia americana en todos los
países a que tuvo que acudir Abascal para mantener la
dominación española, el alto i bajo Perú, las provincias se-
tentrionales de la República Arjentina, Chile i Quito, his-
toria escrita con toda la pasión que debe suponerse en un
hombre de su carácter i en un actor principal en los hechos
que refiere, i redactada con lenguaje claro pero incorrecto
i desaliñado. Esta obra importante solo es conocida por
un capítulo, el 1^ de la segunda parte, que trata de la paci-
ficación de la ciudad de la Paz en 1809, el cual fué publicado
íntegro en el tomo 1° de la Biblioteca americana, impor-
tante revista literaria que en 1823 comenzaron a publicar
en Londres varios literatos del nuevo mundo. El jeneral es-
pañol don Andrés García Camba ha utilizado también el
manuscrito de Abascal en sus Memorias para la historia de
las armas reales en el Perú; i por los fragmentos que éste
cita, como por el capítulo que ha visto la luz pública, se
comprende la grande importancia histórica de esta obra i
la utilidad que habría en publicarla i.
1. Don Mariano Torrente, que escribía su Historia de la revolu-
ción hispan o-americana en 1829 i 1830, no conoció el manuscrito
de Abascal, que habría podido serle de grande utilidad.
488 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
§ 2.
Don José de Canterac.
El jeneral don José Canterac es uno de los jefes españoles
mas distinguidos por su valor i por su talento entre todos
los que vinieron a América a combatir contra la indepen-
dencia. I sin embargo, su historia es muí poco conocida, a
tal punto que no he visto nunca una biografía suya, ni aun
en las compilaciones en que se ha dado lugar a hombres
muchos menos importantes.
Canterac era francés de nacimiento, orijinario de Bur-
deos. Su familia, realista decidida en ese pais, emigró a Es-
paña en 1792, cuando se proclamó la república francesa
Muí joven aun sentó plaza en el ejército español; i al termi-
narse la guerra contra Napoleón, Canterac era ya brigadier
jeneral. Con este grado pasó a América cíi 1817a la cabeza
de un cuerpo espedicionario de poco mas de dos mil hom-
bres, con el encargo de reconquistar la isla de Margarita i
de pasar en seguida al Perú a servir de jefe del estado ma-
yor del ejército que sostenía la guerra en la provincia de
Charcas. Canterac, sin embargo, no cumplió la primera
parte de esta comisión: desembarcó en Cumaná; i después
de haber conferenciado con Morillo, siguió su viaje al Perú,
donde ilustró su nombre en las campañas de que fué teatro
este pais hasta el año de 1824.
Habiendo vuelto a España después de la capitulación de
Ayacucho, Canterac fué destinado al gobierno militar de la
provincia de Valladolid, destino que desempeñaba en 1830.
Dos años mas tarde se le confió la comandancia interina
del campo de Jibraltar, distrito militar de la provincia de
Cádiz.
Bajo la rejencia de Cristina, i durante el ministerio de Mar-
tínez de la Rosa, Canterac fué llamados a ocupar el impor-
tante puesto de capitán jeneral de Madrid. El dia siguiente
de aquel en que se recibió del mando, el 19 de enero de 1835
estalló en la capital un motin militar que le costó la vida.
NOTAS BIOGRÁFICAS 489
Veamos cómo refiere este hecho un historiador español,
que ha consignado en este punto mas datos que los que se
encuentran jeneralmente en los otros libros en que se refie-
ren los mismos sucesos. **Un ayudante del rejimiento de
Aragón, llamado Cardero, joven entusiasta, atrevido i va-
liente, que gozaba por estas cualidades de bastante pres-
tijio entre la tropa, sacó del cuartel a su batallón, apoyado
por los sarjentos, se apoderó de la casa de correos en la
Puerta del Sol, i se declaró en rebelión pidiendo solamente
la caida del ministerio. En vano, acudiendo allí con pres-
teza el capitán jeneralCanterac, quiso reducirlo a sumisión,
pues los soldados cortaron el diálogo disparando contra el
ene ral i dejándole tendido en medio de la plazuela. Vino el
ministro de la guerra, que era entonces Llauder, i mandó a
jlas demás tropas que cercaban el edificio, romper el fuego;
pero pronto los recelos de que toda la guarnición simpati-
zase con los sublevados, obligaron a suspenderlo para en-
sayar las negociaciones. Efectivamente, en tanto que éstas
duraron, los urbanos i el pueblo que rodeaban el edificio,
hablaban amistosamente con los sitiados i les ofrecian ci-
garros, advirtiéndose claramente que mas dispuestos esta-
ban a ayudarles que a combatirlos. El gobierno, amedren-
tado con tal espectáculo, acabó de humillarse ajustando
con el teniente una capitulación vergonzosa. Salió el bata-
llón de la casa de correos, con su nuevo jefe a la cabeza i
arma al brazo, tambor batiente i banderas desplegadas,
atravesó Madrid por en medio de las tropas con que se ba-
tiera por la mañana para ir a incorporarse al ejército del
norte (que sostenia la guerra contra los carlistas). El pue-
blo lo acompañó largo trecho celebrando su triunfo" '^.
2. D. Eduardo Chao, continuación de la Historia de España del
padre Mariana (Madrid, 1851), tomo V. páj. 607.— Los sucesos de
esta revolución se encuentran narrados con otros pormenores por
Rico i Amat, Historia política i parlamentaria de España, tomo
II, páj. 446. — El único ensayo de biografía de Canterac que conoz-
co se encuentra en el Diccionario enciclopédico español, 2 tomos en
folio, i ocupa siete líneas.
490 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
El asesinato del jeneral Canterac quedó, pues, impune.
La víctima no tuvo ni parientes ni amigos que pudieran
vengarlo, o que siquiera intentaran hacer duradero el re-
cuerdo de su nombre i de sus hechos.
§ 3.
Don José Carkatalá.
El jeneral español don José Carratalá se ilustró en Amé-
rica mucho menos que los dos jefes anteriormente nombra-
dos; pero la fortuna le fué mas propicia a su vuelta a Es-
paña.
Era Carratalá un joven abogado de Alicante, su ciudad
natal, cuando ocurrió la invasión de España por Napoleón.
Alistóse en el ejército en calidad de voluntario, peleó en mu-
chas batallas, i al terminarse esa guerra, habia alcanzado
el grado de teniente coronel. En este rango pasó a Vene-
zuela en 1815 en el ejército deí jeneral Morillo, i llegó mas
tarde al Perú, donde prestó importantes servicios a la cau-
sa real hasta obtener el título de brigadier jeneral.
De vuelta a la península después de la capitulación de
Ayacucho, fué nombrado por Fernando Vil en 1827 jefe de
estado mayor del ejército que marchaba a las órdenes del
terrible conde de España a combatir la insurrección de Ca-
taluña. La conducta de Carratalá en esa campaña fué
premiada con el gobierno político i militar de la pla;?a de
Jerona, que dejó en 1833 para ocupar el puesto de coman-
dante militar en Tarragona. Aquí tuvo la oportunidad de
derrotar algunas bandas carlistas que comenzaban a orga-
nizarse en esas provincias. En 1834 i 1835 servia en las
provincias Vascongadas contra el ejército de don Carlos,
sobre el cual consiguió algunas ventajas, o a lo menos
mantuvo el prestijio de las armas de Isabel evitando los
desastres que eran de temerse en los primeros dias de la
lucha. En seguida, Carratalá sirvió los cargos de capitán
jeneral de las provincias de Estremadura, Valencia i Cas ti-
NOTAS BIOGRÁFICAS 491
lia la Vieja, i por fin el ministerio de la guerra en 1838, du-
rante un período lleno de ajitaciones, en que desplegó un
carácter enérjico i una gran actividad. En sus últimos años
obtuvo el grado de teniente jeneral, i desempeñó el gobier-
no de Sevilla i de Valladolid. Ademas de las condecoracio
nes que habia recibido como premio por su conducta en
diversas batallas, poseia la gran cruz de las órdenes milita-
res de San Hermenejildo, San Fernando e Isabel la Cató-
lica. Ignoro la fecha precisa de su muerte.
§ 4.
Don José Manuel Goyeneche.
El jeneral José Manuel Goyeneche, conde de Huaqui, que
debió este título a una victoria alcanzada violando un ar-
misticio, era, como se sabe, americano de oríjen, nacido en
Arequipa el 13 de junio de 1773. La rápida elevación de
este personaje i los honores que alcanzó durante su larga
carrera no fueron la obra de sus talentos ni de sus servicios,
sino de la posición de su familia i de sus inmensas riquezas.
Goyeneche, que los historiadores españoles han querido
presentar como un carácter incontrastable i aun como un
hombre intelijente, volvió a América en 1808, después de
haber permanecido tres años en Europa, sin opinión fija
sobre su conducta; i a pesar de que traia encargo del go-
bierno provisorio de España para hacer proclamar a Fernan-
do VII, vaciló sobre lo que debia hacer i comprometió im-
prudentemente en Buenos Aires la causa del rei. Solo en la
persecución obstinada i cruel délos patriotas americanos,
fué constante i firme. Su carrera militar, estudiada de cer-
ca, no merece en manera alguna los elojios que le han tri-
butado los escritores españoles, por ignorancia los unos,
por cálculo i adulación los otros.
Goyeneche, por otra parte, no militó largo tiempo con-
tra los insurjentes de América. Cuando vio que la revolu-
ción tomaba cuerpo, que las tropas arjentinas alcanzaban
492 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
victorias considerables en las fronteras del Alto Perú,
abandonó la presidencia del Cuzco que servia, i el mando
del ejército del virrei; i temiendo por su persona i por sus
bienes, se volvió a España en 1813.
Casi al mismo tiempo de su arribo a la península, volvia
Fernando VII i era restaurado eael trono español. Ingrato
éste con los hombres que mas habian trabajado por su res-
tauración, i deseando formarse en torno suyo una falanje
de cortesanos i servidores que fueran enemigos irreconcilia-
bles de las ideas liberales, colmó a Gojeneche de favores i
distinciones. Lo nombró teniente jeneral de ejército, caba-
llero de la gran cruz de la orden de Isabel la Católica, mi-
nistre de la asamblea de esta orden, vocal de la junta de
jenerales de América, i jentil-hombre de cámara agregado
al servicio del infante don Antonio. Mas tarde obtuvo to-
davía nuevos honores con los cargos de prcvsidente de la
junta de arreglo del comercio de ultramar (la América), ca-
ballero gran cruz de la orden de San Fernando, vocal de la
asamblea de esta orden, miembro de la junta consultiva de
gobierno, comisario réjio del Banco español de San Fer-
nando i consejero honorario de estado. Su valimiento en la
corte de España, ademas, le mereció una distinción estran-
jera, la gran cruz de comendador de la orden de San Grego-
rio, concedida en 1832 por el papa Gregorio XYI. No sé
que en medio de tantos honores i durante todo este tiem-
po prestara a la corona un solo servicio efectivo, ya co-
mo militar o como consejero o administrador. Mientras
tanto, residia en Madrid gozando de rentas mui conside-
rables.
Bajo el reinado de Isabel II, Goyeneche continuó en esta
vida de favores. Obtuvo las grandes cruces de las órdenes
de San Hermenejildo i de Carlos III, la dignidad del procer
i de senador del reino, i en noviembre de 1846 la de grande
de España de primera clase para él i sus sucesores. Un mes
después, Goyeneche falleció en Madrid sin dejar tras de sí
otros recuerdos que el de sus títulos, i en América el de las
crueldades que ejercitó sobre los independientes.
NOTAS BIOGRÁFICAS 493
§5.
Don José de La Serna.
El teniente jeneral don José de La Serna, condecorado con
el título de conde de los Andes, i el último virrei del Perú,
sobrevivió pocos años a la derrota definitiva de la causa
española en América. De vuelta a la península en 1826, fué
como todos sus compañeros de armas, víctima de las acu-
saciones sordas pero implacables de la vanidad española
que no podia í^splicarse el desastre de sus soldados en Aya-
cucho sino por una traición de los mismos jefes realistas.
La Serna se estableció en Cádiz, agregado a la plana ma-
yor de la plaza; i allí falleció en julio de 1832.
Contaba en esa época 62 años. Habia nacido en Jerez de
la frontera (Andalucía) en 1770, i habia hecho su carrera
militar peleando con valor i con intelijencia en la defensa
de Ceuta contra el rei de Marruecos, en la campaña de Ro-
sellon i Cataluña contra la república francesa, i en la gue-
rra de la independencia española contra Napoleón. Si La
Serna hubiera vivido algunos años mas, probablemente se
le habria confiado el mando de tropas en la guerra civil que
estalló mui poco después de su muerte.
§ 6.
Don Joaquín de la Pezüela.
El jeneral don Joaquin de la Pezuela, marques de Viluma
i virrei del Perú, fué depuesto, como se sabe, del gobierno
del virreinato por los jenerales i jefes militares que servian
bajo sus órdenes, en enero de 1821. Cinco meses después,
el 27 de junio, logró embarcarse en una canoa de pescado-
res desde una playa desierta, i trasbordándose en alta mar
en un buque estranjero, se hizo a la vela para Rio de Ja-
41)4 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
neiro. i desde allí para España, a donde llegó antes de fines
de ese año.
Su primer cuidado al presentarse en Madrid, fué justifi-
car su conducta. Publicó con este motivo un volumen de
260 pajinas en 4^ que lleva por título: Maniñesto en que
el virrei del Perú don Joaquín de la PezueJa refíere el hecho
i circunstancias de su separación del mando^ demuestra la
falsedad, malicia e impostura de las atroces imputaciones
contenidas en el oñcio de intimación de 29 de enero de los
jefes del ejército de Lima, autores de laconspiracion i anun-
cia las causas de este acontecimiento. Este opúsculo, de
grande interés para la historia por los hechos que narra
un actor principal, i por los documentos que lo acompa-
ñan, fué contestado mas tarde por algunos de los jefes
que tuvieron parte en la deposición de Pezuela, i en especial
por eljeneral don Jerónimo Valdes. *
Pezuela que habia vivido en América desde 1803, ocu-
pado primero en organizar el cuerpo de artillería del Perú
i mas tarde en combatir contra los insurjentes de Buenos
Aires mandando en jefe en 1813 las tropas realistas, no
debia ni por sus antecedentes ni por su carácter tomar par-
te alguna en la revolución que dominaba en España cuan-
do él llegó a Madrid. Volvió, pues, alejado de toda inter-
vención en los negocios públicos; i si abrigó simpatías por
un partido fué por el restablecimiento de la monarquía
absoluta.
Esta actitud no lo salvó de molestias después del triunfo
del rei sobre los revolucionarios. Habiendo organizado Fer-
nando VII el famoso tribunal de purificación a que debian
someterse todos los militares para justificar su conducta
durante la revolución, Pezuela tuvo que someterse a su fa-
llo, i lo que es mas singular, en 1824 fué declarado impuri-
ficado, lo que equivalia a sospechoso de liberalismo i de ha-
* Véase la nota al § 7 relativa a los Documentos para la histO'
ria de la guerra separatista del Perú.
Nota dkl compilador.
NOTAS BIOGRÁFICAS 495
ber servido o ayudado a esta causa. El reí, conociendo la
injusticia que se cometia con un buen servidor, lo declaró
purificado por un real decreto, i en 1825 lo nombró capitán
jeneral de Castilla la Nueva i presidente de la junta de pu-
rificación. Pero el carácter de Pezuela que se avenia mal
con aquel sistema de persecuciones, i su alejamiento de los
odios i rencores que entonces imperaban en el gobierno, le
atrajeron nuevos sinsabores, un proceso, i por último su
destitución, a pesar de que el rei declaró estar satisfecho
de sus servicios. Pezuela vivió desde entonces alejado de
la política hasta el 16 de setiembre de 1830, dia en que
murió.
Contaba entonces 69 años. Había nacido en Naval,
pueblo de Aragón, en 22 de mayo de 1761. Dedicado desde
su juventud al estudio de la artillería, habia servido en los
cuerpos de esta arma en el sitio de Jibraltar, en la plaza
del Peñón, en África, i en los ejércitos de Guipilzcoa i Nava-
rra contra la república francesa. Al morir tenia el grado
de teniente jeneral de los reales jeércitos: i ademas del título
de marques de Viluma que se le habia dado por victoria
alcanzada contra los patriotas arjentinos en 29 de noviem-
bre de 1815, poseia la gran cruz de las órdenes de San Fer-
nando, San Hermenejildo e Isabel la Católica.
Durante sus campañas contra los independientes de
América, Pezuela llevaba un diario militar en que apuntaba
llanamente i sin pretensiones literarias, las operaciones de
su ejército, bosquejando ademas los planos de las batallas
que daba. Conservo en mi poder la primera parte de ese
diario que comprende su historia militar desde abril de
1813, en que fué nombrado jeneral en jefe, hasta agosto de
1815, período mui importante en que están referidas las
campañas en que tuvieron lugar las batallas del Vilcapujio
i Ayohuma, i la insurrección del Cuzco hasta su completo
sometimiento. Este curioso documento escrito con gran
esmero caligráfico, pero con muchos descuidos de gramá-
tica i de ortografía, fué hallado en Lima, en el palacio de
los virreyes, por el jeneral San Martin en 1821. En él se ha-
496 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁPICOS
bla de una segunda parte, destinada a referir los sucesos
posteriores, que no he visto nunca, i cuyo paradero ignoro.
§ 7.
Don Jerónimo Yaldés.
El jeneral don Jerónimo Valdes es uno de los jefes mas
distinguidos que tuvo la España en América, i también
uno de los que mas tarde desempeñaron en la península un
papel mas importante.
Nacido en Yillarin, en Asturias, el 4 de mayo de 1784,
Valdes se dedicó a los estudios forenses en su juventud, i
estaba a punto de obtener el título de abogado en la Uni-
versidad de Oviedo, cuando la necesidad de defender el te-
rritorio nacional contra la invasión francesa lo indujo a
tomar las armas con el grado de capitán de voluntarios.
Durante el curso de esa guerra, Valdes se ilustró por su
valor i por su pericia en muchos combates, hasta obtener
el grado de coronel, con que pasó al Perú en mayo en 1816.
Los historiadores americanos han consignado los hechos
de Valdes en ese pais, la rapidez i el acierto con que ejecutó
las mas importantes comisiones militares, i las victorias
que alcanzó contra los patriotas en el sur del Perú. Perdi-
da la causa real en este pais, después de la batalla de Aya-
cucho, Valdes se embarcó en Quilca el 1*^ de enero de 1825,
en un buque francés que lo llevó a Burdeos. En España,
sirvió en el ejército real en 1827 contra los insurrectos de
Cataluña, i luego en el cargo de gobernador de Cartajena;
pero a la muerte de Fernando VII, cuando estalló la insu-
rrección carlista en las provincias Vascongadas, Valdes fué
promovido al rango de teniente jeneral (23 de noviembre
de 1833), con el mando del ejército destinado a sofocar
aquella rebelión. Sus esfuerzos se limitaron a impedir el
acrecentamiento del enemigo; pero no siendo ausiliado por
el gobierno como lo exijia, renunció a ese puesto a los
pocos meses; i en abril de 1834 fué nombrado capitán jene-
NOTAS BIOGRÁFICAS 497
ral de la provincia de Valencia i jeneral en jefe de sus
tropas. Allí también le fué forzoso combatir las guerrillas
carlistas que recorrian esa provincia i las inmediatas, du-
rante el año escaso que desempeñó aquel gobierno; pero
nombrado ministro de la guerra en 21 de febrero de 1835,
volvió a Madrid i de ahí partió al norte a dar impulso a
las operaciones militares contra el ejército carlista de las
Provincias Vascongadas. Alejado del ministerio en 1837,
<;ontinuó sirviendo muchos destinos, i entre ellos el de ca-
pitán jeneral de Cataluña (5 de junio de 1839), en donde
se ilustró de nuevo en la guerra contra los carlistas de esa
provincia.
En premio de estos servicios, Valdes fué nombrado ca-
pitán jeneral de la isla de Cuba a fines de 1840, i desempeñó
este destino hasta fines 1843. **Los principales beneficios
de su mando, dice uno de sus biógrafos, fueron las mejoras
que introdujo en el ejército de Cuba, en los hospitales, en
las fortalezas, la reconstitución radical de la Univ^ersidad,
sus desinterés sin ejemplo, la justificación de todos su actos
i el tacto con que supo eludir las órdenes precipitadas i
violentas que se le dirijieron de Madrid para que dispusiese
la emancipación de todos los esclavos introducidos desde
1821,1o que equiv^alia a la emancipación completa de la
esclavitud en una isla donde era aun tan necesaria. Derro-
cada la rejencia del jeneral Espartero por el alzamiento na-
cional de 1843, el gobierno provisional de la nación come
tió la cruel injusticia de dudar del jeneral Valdes, i lo hizo
relevar en 17 de setiembre de 1843 por el teniente jeneral
don Javier de Ulloa, que se hallaba en la Habana de coman-
dante jeneral de marina, hasta la llegada del teniente jene-
ral don Leopoldo O'Donnel, nombrado para sucederle en
propiedad" ^ .
3. Don Jacobo de la Pezuela, Diccionario jeográñco, estadisticOy
histórico de la isla de Cuba, tora. IV, páj. 635 Como se ve por las
palabras citadas, Valdes fué, corao tantos otros hombres distin-
guidos de la España moderna, ardoroso sostenedor de la esclavi-
tud en Cuba.
TOMO X 32
49S ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
Desde entonces, Valdes se negó a admitir todo puesto
público, i solo siguió desempeñando sus funciones de sena-
dor hasta el año de 1847 en que se trasladó a Oviedo. Allí
vivió retirado de la política, i agregado al cuartel de la
provincia durante ocho años, i allí también murió el 14 de
setiembre de 1855.
Al título de teniente jeneral del ejército español unia los
de conde de Villarin (su ciudad natal) i vizconde de Tora-
ta (victoria alcanzada por Valdes en el sur del Perú), las
cruces de San Fernando, de Isabel la Católica, de Car-
los III i de la Lejion de Honor de Francia i muchas meda-
llas i condecoraciones militares. Su foja de servicios señala
mas de cien batallas o combates en que se habia hallado
i distinguido. Valdes era ademas miembro de algunas so-
ciedades literarias, porque aun en medio de las ajitaciones-
de la vida militar, no perdió nuncasu afición por la lectura
i el estudio *.
* En 1896 el coronel de artillería conde de Torata, don Fer-
nando Vai^des, hijo del jeneral español don Jerónimo, ha publica-
do en Madrid 4 volúmenes en 4-*=* mayor de Documentos para la
historia de la guerra separatista del Perú.
En estos documentos el hijo del jeneral Valdes se ha propuesto
principalmente nesclarecer dos puntos de la vida de su padre:
"1° La justicia que tuvo para cooperara la deposición del vi-
rrei Pezuela en 1821, considerando a éste una remora para la de-
fens-a de los intereses españoles que le estaban confiados; i
ii2° Probar que los ilustres oficiales que fueron vencidos en Aya-
cucho, están a cubierto de todo cargo de traición, de anti-españo-
Hsmo o siquiera de desidia en favor de los intereses de su patria, i'
que si aquel memorable día la fortuna les fué adversa, se debió a.
la fatalidad de la guerra^.
El tomo I contiene la esposicion documentada que hizo el jene-
ral Valdes al rei sobre su conducta en el Perú.
El tomo II comprende: la Refutación que hace el mariscal de
campo don Jerónimo Valdes, del iManiñesto que el teniente jeneral
don Joaquín de la Pezuela imprimió en 1821 a su regreso al Perú;
i un apéndice, que es el Estracto de los diarios del Estado Mayor
Jeneral del ejército del Alto J erú en los años 1816 i 1817; ade-
mas, el Maniñesto del ex-virrei Pezuela, a que contestaba el maris-
INDEPENDENCIA DE AMÉRICA 499
§ 8.
DON MARIANO RICAFORT .
Como Valdes, el jeneral don Mariano Ricafort, fué go-
bernador de Cuba después de haber servido largos años
contra los independientes en el Perú.
Ricafort, hijo de padres pobres, nació en Huesca en 1780,
i sentó plaza de soldado distinguido en el ejército español
cuando apenas contaba trece años. Sirvió en la guerra
contra la república francesa, en la campaña de Portugal i
en la guerra contra Napoleón. En 1816, en premio de ha-
berse hallado en sesenta acciones i de haber recibido siete
heridas, obtuvo el título de brigadier.
Con este carácter se embarcó para América en ese año,
cal Valdes; algunos folletos anónimos del tiempo sobre la depo-
sición de aquél, i la Manifestación que de la criminal conducta del
jeneral Olañeta hace a su Majestad el virrei don José de Ja Serna,
la que fué impresa en la Imprenta del Gobierno en el Cuzco en
1824, i reproducida en el apéndice (pájs. 418-471) de las Memo-
rias del jeneral García Camba.
El tomo III publica la Refutación que hace el mariscal de cam-
po í/o/2 Jerónimo Valdes del diario de la última campaña del ejér-
cito español en el Perú en 1824, escrito por el capitán don Jeróni-
mo SepÚlvEda, trabajo de 400 pajinas hecho por el conde de To-
rata, titulado Consideraciones sobre la Historia de la Espedicion
libertadora del Perú de don Gonzalo Búlnes.
En el tomo IV se inserta el Diario de la última campaña del
ejército español en el Perú, por el capitán don José Sepúlveda i el
Diario de la última campaña del ejército español en el Perú en
1824, que terminó en la batalla de Ayacucho, por don Bkrnar-
DO P. Escudero. El autor del primero fué el capitán de injenieros
en el ejército del Perü, i es a él a quien contesta el mariscal Val-
des en la Refutación que publica el tomo III. Escudero fué ayu-
dante de Valdes en Ayacucho. El resto del tomo contiene una Co-
lección de cartas mui interesantes que se dividen en dos grupos: al
primero corresponden las que se relacionan con la batalla de Aya-
cocho i entre éstas los partes oficiales que dio el jeneral Cante-
rae a la Corte sobre la misma batalla, el primero fechado en Rio
500 ESTUDIOS. HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
para reforzar el ejército que había traído a Costa Firme el
jeneral Morillo. De allí fué mandado al Perú, i aquí sirvió
sin interrupción particularmente en las provincias del sur,
hasta fines de 1824.
Rícafort, que no había tomado parte en la batalla ni
en la capitulación de Ayacucho, fué premiado jenerosamen-
te por Fernando VII. Ademas del título de mariscal de
campo, recibió labran cruz de la orden de Isabel la Católi-
ca, i el nombramiento de capitán jeneral de las Filipinas.
Desempeñó este destino con acierto hasta 1831; su gobier-
no paternal, dice un biógrafo, estinguió jérmenes antiguos
de discordias, i dio impulso al cultivo del tabaco i a muchas
obras públicas. Relevado de ese destino a petición suya,
de Janeiro, i el segundo en Villadolid en 1825. Pertenecen al se-
gundo grupo de documentos las comunicaciones oficiales i priva-
das que tienen relación con el gobierno de Pezuela, con las campa-
ñas militares que se desarrollaron en su tiempo en el Alto Perú i
con su deposición.
Se desprende de las cartas del jeneral Valdes, que existían en
poder de éste algunos documentos que para nosotros los chilenos
seria muí interesante conocer i que permanecen inéditos. Los prin-
cipales son: uno titulado Defensa de Chiloé desde el año 1817
hasta 1826, otro Apuntes sobre las últimas campañas de Chile
formadas por un jefe presencial, Apuntes sobre la revolución i
guerra de Chile desde 1810 hasta 1820, i un Resumen histórico de
la campaña en las costas de Arequipa terminada en 21 de febrero
de 1823, o sean las campañas de Torata i Moquegua.
Los documentos publicados en estos tomos formaban el archi-
vo particular del jeneral Valdes, i en vista de lo que él contenia,
no se puede menos de pensar — escribe, con sobrada razón, en sus
Ultimas Campañas de la Independencia del Perú, 1822 1826, (San-
tiago, 1897) páj. 583 i sigs.— don Gonzalo Búlnes, de quien to-
mo las noticias anteriores— "no se puede menos de pensar en los
tesoros inestimables que deben existir en los archivos de España,
los que en la parte relativa a la independencia no han sido esplo-
tados hasta el día por ningún historiador. Ellos permanecen iné-
ditos, aguardando que alguien vaya a sacarlos del olvido para
rectificar la verdad histórica en sus verdaderos fundamentos".
Nota del compilador.
NOTAS BIOGRÁFICAS 501
Ricafort fué recibido en Madrid con las mas señaladas mues-
tras de simpatía por parte del rei. Acababa de obtener en
1830 el grado de teniente jeneral; en la corte recibió la ban-
da de la orden de Carlos III, i en 1832 el nombramiento de
gobernador de la isla de Cuba. Solo desempeñó dos años
este importante puesto. Por sus achaques i por el cansancio
consiguiente a una larga carrera, Ricafort no desplegó en
este gobierno una grande actividad; pero no desatendió
sus deberes cuando el cólera invadió la isla causando terri-
bles desastres en la capital i en los pueblos principales.
Devuelta a España, i alejado ya del servicio activo, obtu-
vo sin embargo otros puestos públicos, i entre ellos el deca-
pitan jeneral de la provincia de Estremadura i de senador
del reino. Ricafort murió en Madrid en 1852, dejando una
regular fortuna adquirida por una prudente economía, i
un nombre considerado en el ejército.
ARTÍCULO II *
Don Melchor Aymerich.— Don Juan Ruiz de Apodaca.—Don
Pablo Morillo Don Juan Manuel Cajical,
§ 1.
DON MELCHOR DE AYMERICH.
El jenerai don Melchor de Aymerich fué el último presi-
dente de Quito. Derrotado por Sucre en la memorable bata-
lla de Pichincha, el 24 de mayo de 1822, Aymerich consi-
guió por medio de una capitulación que se le facilitaran los
medios de llegar hasta la isla de Cuba con los restos de las
tropas salvadas de esa derrota. Sus antecedentes míHtares
i la conducta observada por él en sus campañas contra los
independientes, le permitieron justificarse completamente
por aquel desastre i aun obtuvo en premio el título de ma-
riscal de campo. No salió sin embargo de aquella isla: de-
sempeñó en ella diversos destinos importantes, i entre
otros el de segundo jefe i subinspector de las tropas con
residencia en la ciudad de la Habana, cargos que tenia en
1834, cuando lo sorprendió la muerte.
Contaba entonces Avmerich ochenta años de edad. Ha-
* Publicado en la Revista de Santiago (1873) tomo III pajinas
443-454.
Nota dll compilador.
504 ESTUDIOS HISTÓRICO BIBLIOGRÁFICOS
bia nacido en Ceuta en 1754?, i servia en el ejército desde
1776, habiendo hecho sus primeras armas en la costa de
África, i poco mas tarde en América, en la provincia del
Uruguai, contra los portugueses. Vuelto a Europa, sirvió
de nuevo en la guarnición de las posesiones españolas de
Ceuta i de Oran, i en seguida en la campaña de Cataluña^
contra los ejércitos de la República francesa, en que fué he-
cho prisionero. Elevado después al rango de coronel, paso
en 1802 a la presidencia de Quito con el cargo de goberna-
dor de Cuenca. Aquí tuvo ocasión de ilustrarse sirviendo
durante toda la guerra de la independencia contra los pa-
triotas de esa provincia i los de la Nueva Granada.
DON JUAN RUIZ DE APODACA.
Don Juan Ruiz de Apodaca, último virrei de Méjico, fué
un jeneral que se distinguió por el celo i el acierto con que
defendia los intereses del rei en aquellas provincias i por la
humanidad que desplegó para regularizar la guerra evitan-
do cuanto pudo los horrores que la habían ensangrentado
en el patíbulo i en las matanzas de prisioneros. Apodaca,
sin embargo, fué desgraciado en su empresa porque le tojco
servir en una época en que la dominación española se des
plomaba definitivamente en ese pais.
Nació Apodaca en Cádiz el 3 de febrero de 1754; i a los
trece años sentó plaza de guardia marina en la escuadra
española, i salió a camp£iña contra los arjelinos. En 1770
era ya alférez de fragata. Hizo poco mas tarde un primer
viaje a las Antillas, i luego una espedicion a las costas occi-
dentales de la América del Sur, i de allí a Otaití en 1774,
de donde volvió a servir en el apostadero del Callao. De
vuelta a Europa, sirvió en el sitio de Jibraltar con el grado
de capitán de fragata. Después de un viaje a las Filipinas, i
de varias comisiones en diferentes puestos, Apodaca comba-
tió contra la república francesa hasta el año 1795, en que
NOTAS BIOGRÁFICAS 505
obtuvo el grado de brigadier de la armada; i mas tarde^
cuando celebrada la paz con los franceses, la España se
halló envuelta en guerra contra la Gran Bretaña, Apodaca
volvió a prestar buenos i oportunos servicios militares.
Nombrado después comandante jeneral de la Carraca en
el puerto de Cádiz, Apodaca desempeñó este destino en una
época mui crítica i en medio de mil dificultades, hasta 1807.
En este año recibió el título de jefe de la armada del océano,
en cuyo carácter obligó a la armada francesa a rendirse en
el puerto de Cádiz en junio de 1808.
Entonces obtuvo de la junta central el nombramiento de
ministro plenipotenciario cerca del gobierno ingles, lo que
le permitió firmar en Londres en enero de 1809 el célebre
tratado de alianza entre las dos naciones para rechazar la
invasión francesa. Apodaca, que poseia ya el rango de co-
mendador de la orden de Calatrava, obtuvo entonces el
nombramiento de teniente jeneral de la armada en premio
de sus servicios como diplomático. Quedó sin embargo en
Londres hasta fines de 1811, en que fué llamado a Cádiz
para marchar en seguida a Cuba con el rango de goberna-
dor i capitán jeneral de la isla.
En el gobierno de Cuba desplegó Apodaca las dotes de
un buen administrador; i aunque le tocó ejercerlo en una
época difícil, lo desempeñó hasta 1816 sin despertar odios,
i aun ganándose la voluntad de los colonos por su des-
prendimiento i por su rectitud. Trasladado a Méjico ese
mismo año en el rango de virrei, sirvió este cargo con todo
celo hasta mediados de 1821. Se saben las causas que hicie-
ron completamente ineficaces sus esfuerzos por mantener la
dominación española en aquel país, i las circunstancias
que produjeron su deposición del mando en junio de ese
año. Los historiadores de América han referido estos he-
chos con un gran acopio de pormenores; pero no nos han
dado a conocer los últimos años de la vida de Apodaca.
En octubre de 1821 el virrei depuesto se embarcó para la
isla de Cuba. Permaneció unos cuantos meses en la Haba-
na, presenciando desde allí el triunfo inevitable de la revo-
506 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
lucion de Méjico, i recojiendo en los hechos que se desarro-
llaban los fundamentos que habían de servirle para la jus-
tificación de su conducta. Al llegar a Madrid en setiembre
de 1822, encontró la España envuelta en una revolución
cuyo desenlace se veia mas remoto cada dia; pero cuando
Fernando Vil fué restablecido en el trono como rei absoluto
por un ejército francés, la paz pareció afianzada i el sobe-
rano volvió a pensar en la reconquista de las perdidas po-
sesiones del nuevo mundo. Apodaca recibió de nuevo (30
de diciembre de 1823) el cargo de capitán jeneral de Cuba,
i el mando de las fuerzas que se pensaba despaciiar contra
Méjico; pero el cansancio consiguiente a una vida llena de
ajitaciones i trabajos lo indujo a renunciar este puesto.
A pesar de esto, siguió mereciendo la confianza del rei, i re-
cibió todavía muchas distinciones. En marzo de 1825 se le
nombró comandante jeneral del cuerpo de injenieros de mari-
na; en 25 de noviembre del mismo año, el rei le confirió el vi-
rreinato de Navarra; en diciembre obtuvo la gran cruz de
Isabel la Católica; en 29 de diciembre de 1825 el puesto de
consejero de Estado; el 1° de diciembre de 1829 la gran
cruz de Carlos III; i en mayo de 1839 fué elevado al rango
de capitán jeneral de la armada, último ascenso que se reco-
noce en la marina española, i junto con él se le dio el cargo
de director jeneral de marina. Después de la muerte del rei,
Apodaca siguió mereciendo distinciones análogas del go-
bierno de la rejencia; en febrero de 1834 se le confirió la pre-
sidencia de la junta superior de gobierno i poco después el
título de miembro del testamento de los proceres. Pero
Apodaca no se hallaba en estado de desempeñar útilmente
estos cargos; i el 11 de enero de 1835 falleció a la edad de
18 años 1.
1. La vida de donjuán Ruiz de Apodaca, último virrei de Mé-
jico, ha sido estudiada con mas detenimiento que la de muchos
otros de los jenerales españoles que sirvieron en América en la gue-
rra de la independencia. Aparte del caudal inmenso de noticias que
acerca de él ha reunido don Lúeas de Alaman en su importante
Historia de Méjico desde 1808, existe una buena bioo^raíía escrita
NOTAS BIOGRÁFICAS 507
§ 3.
Don Pablo Morillo.
El jeneral don Pablo Morillo, conde de Cartajena i mar-
ques de la Puerta, es como el anterior, uno de los jefes es-
pañoles cujos antecedentes antes de venir a América a
combatir contra los independientes, fueron mas distingui-
dos. Morillo era, en efecto, una de las mas ilustres perso-
nalidades en el ejército español cuando Fernando Vil le
encomendó la pacificación de Tierra-Firme, esto es de Vene-
zuela i Nueva Granada.
Hijo de padres pobres i oscuros. Morillo nació en la pe-
queña aldea de Fuentes-Secas, jurisdicción del Toro, el 5 de
majo de 1778. A la edad de trece años, creyéndose perse-
guido por la policía a causa de un desorden provocado una
noche por algunos muchachos, se huyó de su pueblo natal
i fué a Toro a sentar plaza de soldado en un cuerpo de in-
fantería de marina que allí estaba. En este rango sirvió
durante toda la guerra contra la República francesa, en la
costa de Cataluña i en Tolón, i mas tarde en la guerra con-
tra la Gran Bretaña, durante la cual le tocó hallarse en el
<?ombate de Trafalgar, en que cayó prisionero. Por último,
en 1808 servia aunen la escuadra española cuando ésta
apresó las naves francesas que ocupaban el puerto de Cádiz.
por un nieto del virrei.que siendo oficial de artillería del ejértito
■español, cultivó las letras con lucimiento. Esta obrita se titula:
apuntes biográñcos del Excelentísimo señor don Juan Ruiz de
Apodaca, conde del Venadlto, capitán jeneral de la armada, por el
capitán don Fernando de Gabriel i Ruizde Apodaca. Fué publicada
«n 1846, i reimpresa en Burgos en 1849, con un retrato del virrei.
También han dado estensas noticias biográficas de este personaje
don Jacobo de la Pezuela, en su Diccionario histórico de la isla de
Cuba, tomo I, pájs. 30 i siguientes; i don Martin Fernández de Na-
varrete, en su Biblioteca marítima española, tomo II, pájs. 275 i
siguientes. Apodaca es autor de algunos escritos sobre apuntes de
su profesión que no carecen de mérito.
50 S ESTUDIOS HISTÓ RICO-BIBLIOGRÁFICOS
Durante diez i ocho años de campañas militares, Mori-
llo habia desplegado las dotes de un excelente soldado,
amor al servicio, puntualidad en el cumplimiento de sus
obligaciones, valor a toda prueba en las batallas i en el de-
sempeño de las comisiones que se le. dieron, alguna de las
cuales fueron mui peligrosas-; pero no habia podido salir de
la clase inferior de la milicia. En 1808 era solo sarjento de
marina, porque en este departamento no se podia llegar al
rango de oficial sin haber hecho los estudios profesionales
que llevaban al grado de guardia-marina, sintiéndose con
ánimo para aspirar a puestos mas elevados i para prestar
a su patria servicios mas importantes, solicitó su incorpo-
ración al ejército de tierra para hacer la campaña contra
la invasión francesa.
Morillo comenzó a servir en una posición mui modesta,
pero al terminarse la lucha ocupaba uno de los rangos mas
elevados del ejército español. El 2 de junio de 1808, Mori-
llo fué agraciado con el despacho de subteniente de un reji-
miento de voluntarios de infantería. A fines de ese mismo
año era apenas teniente; pero una vez puesto en carrera,
debia abrirse paso hasta los mas altos puestos de la mili-
cia. En efecto, a principios de 1811 obtuvo el grado de
brigadier jeneral, i en julio de 1813 el de mariscal de campo.
En esos cinco años, el antiguo soldado de marina habia
recorrido todos los rangos del ejército i conquistado uno a
uno i por su propio mérito, todos los ascensos con que se
premiaron sus servicios. Desde la batalla de Bailen, en que
le tocó batirse cuando acababa de incorporarse en el ejér-
cito de tierra, hasta los últimos combates que el ejército
anglo-español empeñó a principios de 1814 en el mismo te-
rritorio francés, Morillo se habia encontrado en mas de
trescientos hechos de armas, grandes o pequeños, distin-
guiéndose siempre por su serenidad, por su audacia, por su
ardor infatigable i por su intelijencia militar que lo coloca-
ba en primera línea entre los jefes españoles.
Las victorias de la guerra de la independencia de la Pe-
nínsula, i los documentos concernientes a esta lucha, con-
NOTAS BIOGRÁFICAS
bOd
tienen muchas noticias relativas al jeneral Morillo i a los
servicios que en ella prestó a la causa de España, pero los
escritores de este pais no han señalado, al menos que yo
sepa, ciertos incidentes relacionados con su persona. En la
estensa colección de despachos i órdenes del dia del duque
de Wellington, publicada en Inglaterra, después de la muer-
te de este célebre personaje, se encuentran frecuentes refe-
rencias al jeneral Morillo, i a sus servicios en la campaña;
pero se halla un hecho que no le es favorable. Se ve que
cuando los españoles penetraron en Francia, a fines de
181v3, sus tropas se creian autorizadas para cometer todo
jénero de depredaciones en el territorio que pisaban. El se-
vero marques de Weüington (este era su título entonces)
no quiso tolerar estos desmanes, i los condenó enérjica-
mente en sus órdenes del dia. Morillo reclamó de esa cen-
sura; i el marques le contestó el despacho siguiente:
''Saint Jean de Luz, 23 de diciembre de 1813.
"Antes de hacer publicar las órdenes del dia de que vos
i los oficiales que están bajo vuestras órdenes, os habéis
quejado con tanta frecuencia, os he advertido muchas ve-
ces de la mala conducta de vuestras tropas en desobedien-
cia directa de mis órdenes, lo que, según ya os he dicho, yo
no podia tolerar, i al efecto, os he pedido que toméis me-
didas para impedirlo. He dado mis órdenes para rectificar
las que he dado el 18; pero os prevengo que cualquiera que
pueda ser la consecuencia, yo haré reaparecer esas órdenes,
si vuestras tropas no son inducidas por sus jefes a condu-
cirse como deben hacerlo los soldados bien disciplinados.
"No he sacrificado millares de hombres con el objeto de
conducir hasta el territorio francés el ejército que mando
para que los soldados puedan saquear i maltratar a los
campesinos franceses, en oposición positiva a mis órdenes.
Yo os suplico, i suplico a vuestros oficiales que os persua-
dáis qu^ prefiero tener un pequeño ejército que obedezca
mis órdenes i guarde la disciplina, mas bien que un ejército
510 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
numeroso que sea insumiso e indisciplinado, i que si las me-
didas que estoi obligado a tomar para mantener la obedien-
cia i el buen orden me hacen perder algunos hombres i dis-
minuyen mis fuerzas, eso me es indiferente. La falta recaerá
sobre aquellos que por neglijencia de sus deberes toleran
que sus soldados se entreguen a desórdenes que deben per-
judicar a su pais.
"No puedo contentarme con protestaciones de obedien-
cia. Es preciso que se obedezcan realmente mis órdenes i
que se las ejecute estrictamente; i si no puedo obtener de
una manera que se me obedezca, lo obtendré de otra, o re-
nunciaré a mandar tropas que me desobedecen".
Esta carta tan seca i terminante, dio lugar a protestas i
reclamaciones de Morillo i de los demás jefes españoles que
pretendian descoHooer la autoridad de Weüington para dar
órdenes de esa naturaleza. El jeneral ingles fué inflexible:
con la enerjía i templanza que le eran características, sos-
tuvo su derecho i se hizo obedecer. Son interesantes las car-
tas que sobre este particular dirijió al jeneral Freyre, jefe
superior del ejército español que habia entrado a Francia.
**La cuestión entre esos señores i yo, le decia en carta de 24
de diciembre, es si saquearon o nó a los campesinos france-
ses. He escrito i he hecho escribir muchas veces al jeneral
Morillo para mostrarle mi desaprobación sobre este punto,
pero todo ha sido en vano. Al fin, me he visto obligado a to-
mar medidas para asegurarme de que las tropas que están
bajo mis órdenes no harian estríigos en el pais. Siento que
estas medidas sean de naturaleza que desagrade aesos seño-
res; pero os confieso que encuentro que la conducta que las
ha hecho necesarias es mas deshonrosa que las medidas (jue
son la consecuencia... Declaro que no deseo el mando ni la
unión de las dos naciones, si uno u otra debe estar fundada
sobre el saqueo. He perdido 20,000 hombres en esta cam-
paña, i no es por cierto para que el jeneral Morillo, o cual-
quiera que sea, pueda venir a saquear a los ciudadanos
franceses. Declaro altamente que no lo permitiré dcnde yo
mando. ♦
NOTAR BIOGRÁFICAS 5)1
**Si se quiere saquear, que se nombre otro jefe... Vosotros
tenéis grandes ejércitos en España; si se quiere saquear a
los franceses no hai mas que quitarme el mando, i entrar a
Francia. Yo cubriré la España contra las desgracias que
van a ser el resultado de esa política; o mas claro, vuestros
ejércitos, por grandes que sean, no podrán quedar en Fran-
cia quince dias."
Estos hechos revelan que Morillo i otros jefes españoles
creian entonces que el territorio enemigo debia no solo pa-
gar los gastos déla guerra, sino quedar sometido al saqueo
de los vencedores. Esta fué la máxima que esos mismos je-
fes practicaron en el nuevo mundo.
Como se sabe, Morillo pasó a América a principios de 1815
con el grado de teniente jeneral, provisto de los mas amplios
poderes i con encargo de pacificar la capitanía jeneral de
Venezuela i el virreinato de Nueva Granada. La fortuna le
sonrió un momento. Morillo llegó a creer restablecido defi-
nitivamente el réjimen antiguo en aquellos paises, pero la
rebelión volvió a aparecer, i en 1819 triunfaba de nuevo
en todas partes. Morillo, cansado de una lucha cuyo resul-
tado final no podia dejar de serle desfavorable, se aprove-
chó de un armisticio celebrado con los patriotas, i a fines
de 1820 se embarcó para España.
Este pais era entonces el teatro de una gran revolución
constitucional. Al presentarse en Madrid en abril del año
siguiente, fué nombrado capitán jeneral de esta provincia,
cargo que desempeñó hasta agosto de 1822. Pero el conde
de Cartajena, tan valiente i resuelto como militar, carecia
de todas las condiciones de carácter que pueden exijirse a un
jefe político, i hasta de la cultura de espíritu i de modales
que es la obra de la primera educación. Vaciló muchas ve-
ces en la línea de conducta que debia seguir, aun se podria
decir que fué alternativamente absolutista i constitucional,
i desempeñó en todos estos sucesos un papel mucho menos
brillante del que le habia tocado dese^^npeñarenla guerra de
la independencia. Fué acusado muchas veces de las mas gra-
ves faltas, i se vio obligado a defenderse por la prensa. En
512 ESTUDIOS HISrÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
1823 tuvo a su cargo la capitanía jeneral de Galicia; pero
sus vacilaciones anteriores le alejaron la confianza del rei.
Morillo lo conoció; i tomando por pretesto una enferme-
dad, pidió permiso para pasar a Francia. Fernando VII
accedió sin vacilar a esta petición que alejaba del suelo es-
pañol a un jeneral prestijioso i que inspiraba recelos al go-
bierno.
Ocho años permaneció Morillo alejado de España i de
todos los empleos públicos, conservando en Francia una
situación mui semejante a la de los desterrados o persegui-
dos por causas políticas. Vivió en Paris rodeado de su fa-
milia, gozando de consideraciones entre los emigrados es-
pañoles que residian en esa ciudad (los cuales eran mui
pocos porque el mayor número de ellos vivia en Londres), i
cultivando algunas relaciones con ciertos personajes nota-
bles en la política i en el diarismo.
Durante este destierro, en 1826, un librero de Paris, P.
Dufart, publicó con el título de Memoíres du genera} Afor/-
/^o, un volumen en 8*^ de documentos concernientes alas cam-
pañas en América del célebre conde de Cartajena. La rela-
ción mas estensa i también la mas interesante que contiene
esa colección es un Maniñesto de Morillo publicado en
Caracas en 1820 para contestar las acusaciones que se le
hacian en España, i reimpreso el año siguiente en Madrid.
Es una esposición justificativa i documentada de su conducta
en América, que puede servir al historiador para esplicar
ciertos hechos de la rev^olucion de Colombia, pero que no
puede recibir el título de Memorias. Las otras piezas colec-
cionadas en el mismo volumen son manifestos i esposicio-
nes de igual naturaleza, uno de los cuales es firmado por
el jeneral don Miguel Latorre, que sucedió a Morillo en el
mando del ejército español.
A pesar de que al frente de este volumen el editor declara
que no es el jeneral Morillo el que hace publicarestas Memo-
rias, este personaje tomó a empeño el declarar su ninguna
injerencia en esta publicación. En mis colecciones de docu-
mentos autógrafos conservo una carta suya sobre este
NOTAS BIOGRÁFICAS 513
asunto, dirijida a M. Buchón, erudito francés, muí estimado
en esa época, que militaba entonces en la prensa liberal de
París. Hela aquí testualmente, i con la misma ortografía
del conde de Cartajena.
'Taris 8 de febrero de 1876.
*'Mi amigo Buchón: Siento el no poder pasar hoi por esa
para que fuésemos aver juntos al respetable Abate Prat 2,
pero tengo un talón lastimado de la bota, i no podré veri-
ficarlo hasta el sávado o Domingo Próximo.
*'No se olbide V. de mi encargo sobre el Anuncio de la
obra de mis campañas para que se publique en los diarios
que no es obra mia.
"Páselo V. bien recibiendo espresiones de mi Esposa, y
mande a su amigo verdadero Q. B. S. M.
Cartajena.
*'A monsieur Mr. Buchón, rué Newf St. Agustin n.'^ 6, a
París".
Los diarios anunciaron, en efecto, que la obra titulada
Mémoires da general Morillo era una obra publicada
sin la voluntad de éste. No sabemos qué objeto podia tener
el conde de Cartajena al hacer con tanta insistencia estas
declaraciones; pero sí nos consta que ellos envolvían una
falsedad. Fué el mismo Morillo quien reunió las piezas di-
ferentes que contiene ese volumen; i por el intermedio de
un conocido escritor español, don Sebastian Miñano, la
hizo traducir al francés por Meissonner de Valcroíssant i
Benigno Ernesto Porret, marques de Blosseville, autores
ambos de dos o tres opúsculos anónimos, i de una traduc-
ción francesa de un libro de Miñano, sobre la revolución
de España. El segundo de estos traductores ha puesto aun
2 Se refiere al abate De Pradt, autor de muchas obras sobre la
revolución de América i de España, concebidas con un espíritu
liberal.
TOMO X 33
514 KSTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
iniciales E. P. B. al pié del prólogo de la compilación dada
a luz en francés como Memorias del jeneral Morillo •^.
El conde de Cartajena obtuvo permiso para volver a
España en 1831, fijándosele su cuartel en Madrid. El año
siguiente fué nombrado capitán jeneral de Galicia, donde
prestó algunos servicios, cuando, después de la muer-
te del rei, se sintieron los primeros síntomas de la re-
belión carlista. Pero su salud quebrantada lo inhabilitaba
para el servicio. En 1835 se estableció en Madrid; pero lue-
go solicitó licencia para ir a los baños de Bareges, en
Francia, donde esperaba sanar de sus dolencias. Allí vivió
dos años; i el 27 de julio de 1837 murió en ese lugar a la
edad de cincuenta i nueve años. Su nombre, mui popular
en España hasta 1823, cayó en breve en un olvido casi com-
pleto.
§ 4. .
Don Juan Manuel de Cajigal.
El jeneral don Juan Manuel de Cajigal sirvió en la pri-
mera parte de la guerra de la independencia de Venezuela,.
3 Este hecho que he podido comprobar por mi mismo, está re-
ferido también por Quera rd. La Fraiice littérairc, suplemento, i
por De Manne, A^ouvesu Dictioniiaire des ovvrages anonymes et
pseudonymes {^.'^^ éá). páj. 234. Talvez Morillo pretendía hacer
creer que habia en Francia hombres interesados en la gloria de
su nombre que daban a luz ese libro sin consultar su voluntad, i
hasta contrariándola.
Los traductores franceses délas llamadas Afcmoires du gene-
ral Mordió eran casi completamente desconocidos en la república
de las letras. El marques de Blossevüle tenia cierto renombre, nó
como literato, sino por un proceso por el delito de calumnia en
que fué condenado en primera instancia. Acusó a un infeliz apelli-
dado Regnault. que estaba sometido a juicio, de ser uno de lo&
asesinos de las matanzas de setiembre de 1792, de lo cual era
completamente inocente.
NOTAS BIOGRÁFICAS 515
desplegando siempre gran moderación i evitando los ho-
rrores inútiles. Habiendo regresado a España en 1816,
cuando parecia que esta provincia estaba definitivamente
pacificada, Cajigal, que hasta entonces no era mas que ma-
riscal de campo, fué elevado al rango de teniente jeneral, i
el rei le concedió las bandas de las órdenes militares de San
Hermenejildo i de Isabel la Católica. Habria querido des-
cansar de las fatigas de una larga i penosa carrera militar;,
pero el 6 de noviembre de 1817 fué nombrado capitán je-
neral de Venezuela. Sus enfermedades lo retuvieron en Cá-
diz mas de un año; i cuando se disponia a embarcarse para
América, se le comunicó el 2 de julio de 1819 la orden de
partir inmediatamente a desempeñar una comisión secreta,
detallada en un pliego que no debia abrir hasta no hallarse
a veinte leguas al oeste de las Canarias. Ese pliego conte-
nia su nombramiento de capitán jeneral de Cuba.
Cajigal se recibió del mando el 22 de agosto de ese año.
A los pocos meses llegó a la isla la noticia de la revolución
constitucional de España. Estaba dispuesto a no reconocer
el restablecimiento de la constitución hasta que nó recibie-
ra órdenes terminantes del Gobierno, cuando estalló allí
una sublevación miUtar en la tarde del 15 de abril de 1820,
que lo obligó a desistir de sus propósitos. Cajigal no pensó
mas que en conservar la tranquilidad, reprimiendo los de-
sórdenes que podrían producir la píanteacion del nuevo
réjimen, hasta que el 3 de marzo de 1821 entregó el mando
asu sucesor, el teniente jeneral don Nicolás de Mahy, Caji-
gal, sin embargo, no pudo salir de la isla: su salud que-
brantada le impedia ponerse en viaje para España. Se es-
tableció en Guanabacoa; i allí falleció el 26 de noviembre
de 1823.
Contaba entonces sesenta i seis años. Habia nacido en
Cádiz en 1757. Entró al servicio militar a la edad de diez
años, e hizo su primera campaña en América en 1777, cuan-
do la espulsion de los portugueses de la isla de Santa Ca-
talina. Devuelta a España sirvió en el sitio de Jibraltar, i en
516 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOaRÁFlCOS
seguida en las Antillas, cuando se preparaba una espedicion
para quitar a los ingleses la isla de Jamaica. Hizo mas tar-
de la guerra contra la República francesa en la provincia
de Guipúzcoa, en que cayó prisionero. Puesto en libertad
a la conclusión de la paz, fué nombrado en 1799 teniente
■de gobernador en Venezuela, i en 1804 intendente de la pro-
vincia deCumaná. En este destino lo encontró la revolución
de 1810.
Algunos historiadores lo han confundido con otro jene-
ral del mismo nombre i apellido que sirvió muchos anos en
Cuba, i fué gobernador de esta isla hasta 1782, cuando fué
'Comprometido en el ruidoso proceso de don Francisco Mi-
randa, tan célebre mas tarde como instigador de la revolu-
ción hispano americana. Este personaje era orijinario de la
isla de Santiago de Cuba, tio paterno del jeneral del mis-
mo nombre de que nos ocupamos, i murió en Madrid
■en 1808.
Habríamos podido alargar estos apuntes consignando
algunas noticias sobre otros jefes españoles que sirvieron
en América contra los independientes; pero parece inútil el
repetir aquí los hechos que se refieren a ciertos jefes que co-
mo Elío, Rodil, Espartero, Alaix, desempeñaron mas tarde
en España un papel tan importante que sus nombres ocu-
pan muchas pajinas déla historia contemporánea. Por eso
terminamos aquí estas notas biográficas, que si encierran
algunos datos poco conocidos, no pasan de ser apuntes
sencillos e incompletos de que talvez puede aprovecharse
-alguno de los historiadores de América.
»i^l^M^W*t#»l^*M###w^«í^
ÍNDICE
ESTUDIOS HISTORICO-BIBLIOGRAFICOS
Pajinas
Advertencia preliminar 5
Estudios sobre documentos relativos a la historia náu-
tica de chile en los siglos xvii i xviii 7
I
Viaje de Enrique Brouwer a las costas de Chile 9
II
Diario del viaje i navegación hechos por el padre José Gar-
cía, de la Compañía de Jesús, desde sumisión de Cau-
tín, en Chiloé, hacia el sur, en los años 1766 i 1767.... 13^
III
Viajes del padre Francisco Menéndez al lago Nahuelguapi
en 17911794 15
IV
Esploraciones jeográficas e hidrográficas de don José de
Moraleda i Montero 37
618 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLTOaRÁFICOS
Pajinas
V
íRIQUEZAS DE LOS ANTIGUOS JEvSUITAS DE CHILE. 41
vSECCION I 47
LAS PROPIEDADES DE LOS JESUÍTAS EN EL DISTRITO DE SANriAGO
I
Arribo de los jesuítas a Santiago, milagros con que el cielo
los favoreció en su viaje 48
II
Primera predicación de los jesuítas; los habitantes de San-
tiago les obsequian una casa para su residencia 50
III
Las ;>rímeras donaciones: la Compañía i la Punta: los ca-
pitanes Andrés de Torquemada i Agustín Bríseño:
este último es borrado de la lista de los fundadores.... 53
IV
Nucvos benefactores: don Jerónimo Bravo de Saravía i su
hijo 55
V
El capitán García Carreto; donación de Bucalemu 56
VI
Los jesuítas hallan otro fundador que dio 40,000 pesos: el
portugués Madureira 59
ÍNDICE 519
Pajinas
VH
Otros benefactores: el reí i el clérigo Fernández de Lorca... 60
VIII
Donación del capitán Francisco de Fuenzalida: ruidoso
pleito a que dio lugar 61
IX
Otras adquisiciones hechas para el convictorio de San
Francisco Javier 65
X
Los jesuitas adquieren el local en que hoi se levanta la Mo
neda 67
XI
Fundación de un noviciado en Santiago, donación de los
hermanos Ferreira 68
XII
Donación de don José de Ztiñiga, hijo del marques de Bai-
des: dificultades para recojer el dinero de los jesuitas
de España 70
XIII
Otros benefactores de la casa del noviciado: don losé de
Lazo les da una hacienda 72
XIV
Donación de doña Ana de Flores: los jesuitas forman el
convento de San Pablo 73
520 ESTUDIOS HlSTÓRICO-BIBLIOGRÁFICüS
Pajinas
XV
Don Antonio Martínez de Vergara lega a los jesuítas la
hacienda de Chacabuco: adquisición de la Calera 75
SECCIÓN II
ADQUISICIONES DE LOS JESUÍTAS EN LAS PROVINCIAS DE CHILE
I
Primera aparición de los jesuitas en las provincias del sur:
terror que causan entre los indios 78
II
Sus proyectos de conquista pacífica i de guerra defensiva... 80
III
Fundan casa en Concepción: donación de don Juan García
Alvarado 82
IV
Otros benefactores: don Miguel de Quiros, donación de la
hacienda Longaví 83-
V
Levantamiento de los indios en 1655; los jesuitasfortifican
sus haciendas 85-
VI
Caridad de los jesuitas para con los pobres: el obispo Nico-
larde les paga para que hagan una misión 8S
ÍNDICE 521
Pajinas
VII
Los jesuítas fundan la casa de Buena Esperanza: nuevas
donaciones 89
VIII
El presidente Porter Casanate, a causa de la pobreza del
real tesoro, suspende el pago del sínodo asignado por
el reí a los jesuítas: reclamaciones incesantes de éstos
hasta que se les mandó pagar la asignación real 92
IX
Los jesuítas se establecen en el distrito de Talca mediante
la donación que se les hace de una casa i de dos ha-
ciendas 94
X
Los jesuítas dan misiones en Valparaíso: la pobreza de sus
habitantes retarda el establecimiento de los jesuítas
en ese puerto 96
XI
Encuentran al fin benefactores i fundan casa 97
XII
Los encomenderos del valle de Quillota piden a los jesuítas
que establezcan allí una residencia, i al efecto les dan
3,000 pesos, pero los jesuítas no se establecen por fal-
ta de fundadores 99
XIII
Aparecen al fin los fundadores: el gobierno les da un solar
para su convento 100*
522 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
Pajinas
XIY
Primera misión de los jesuítas en La Serena: milagros efec-
tuados por ella: eficacia de las reliquias de San Igna-
cio para los casos de parto 102
XV
Establecen una casa de residencia: caridad de los jesuítas
durante una epidemia de viruelas: abandonan esa ciu-
dad porque liabia quedado mui pobre después de la
epidemia 104
XVI
Espléndida donación de Recalde: los jesuítas se establecen
definitivamente en La Serena: milagro singular que
les produjo un espacioso sitio para edificar su con-
vento 106
XVII
Los jesuítas se establecen en Mendoza: grandes donaciones
de los capitanes Lope de la Peña, José de Morales i
José de Villegas 109
XVIII
Los jesuítas descubren que el apóstol Santo Tomas habia
estado en América i que habia predicado el evanjelio
a los indios de Mendoza 111
XIX
Establecimiento de los jesuítas en San Juan: donaciones
del capitán Gabriel de Mella, de don Francisco Mari-
goto i del clérigo Rodrigo de Quiroga 113
ÍNDICE f)23
Pajinas
XX
Los jesuítas se establecen en San Luis: donación hecha por
don Andrés de Toro 115
SECCIÓN III
DIVERSAS INDUSTRIAS DE LOS JESUÍTAS
I
'Riqueza territorial de los jesuitas; imposibilidad de esti-
mar su valor total 117
II
Planjeneral de administración de los negocios de los je-
suitas 120
III
Cultivo de sus haciendas; esclavos que tenian en ellas 121
IV
Otras industrias de los jesuitas; calera, moHnos, panade-
rías, boticas, carnicerías, curtiembres, astilleros, olle-
ría 122
V
Los hermanos trabajadores; arriendos de tiendas i de bo-
degas : 124
VI
Comercio 125
524 ESTUDIOS HISTÓRICO-BIBLIOGRÁFICOS
Pajinas
VII
Industria de los jesuítas para eximir sus rriercaderías del
pago de derechos 127
VIII
La enseñanza i la caridad consideradas como negocio 129-
IX
Utilidades pecuniarias que producían las misiones 130'
X
Las fiestas relijiosas no imponían a los jesuítas 131'
XI
Las mandas i los milagros 132'
XII
Conclusión 134
Documentos para la historia dk chile del siglo xviii... 137
Apéndice i
Importante documento sobre la espulsíon de los jesuítas
en 1767 139'
Apéndice ii
Relación de gobierno que dejó el señor marques de Aviles,
presidente de Chile, a su sucesor don Joaquín del Pi-
no (1796-1797) 169'
ÍNDICE 525
Pajinas
VI
Un bando de buen gobierno para la ciudad de Concepción
en 1798 207
VII
El entierro de los muertos en la época colonial 227
HISTORIADORES DE CHILE
VIH
El jesuíta Miguel de Olivares i su obra nHistoria de la Com-
pañía de Jesús en Chile" (1593-1736) 257
IX
Don José Pérez García 277
X
Introducción al informe anual presentado al Real Tribunal
de Minería en 1803 por el doctor Juan Egaña 293
XI
LA ACCIÓN DEL CLERO
EN LA REVOLUCIÓN DE LA INDEPENDKNCIA AMERICANA
Primera parte 305
Segunda parte 333
XII
El padre frai Melchor Martínez 373
HISTORIADORES DE AMÉRICA
XIII
Don Mariano Torrente 397
526 ESTUDIOS HISTÓRICO BIBLIOGRÁFICOS
Pájinasf
XIV
Juan Manuel Pereira de Silva 425
XV ,
Don Francisco de Paula González Vijil 441
XVII
Don José María Lafragua 453
XVIII
Don José Gregorio Paz-Soldan 459
XIX
Apuntes para i.a historia del arte de imprimir en Amé-
rica, 467
XX
Notas biográficas acerca de algunos de los jenerales
españoles que combatieron contra la independen-
cia de américa 483
artículo primero
§ 1.— Don José Fernando de Abascal 486
§ 2. — Don José de Canterac v 488
§ 3— DonJoséCarratalá 490
§ 4. — Don José Manuel Goyeneche 491
§ 5.-Don José de la Serna 493
ÍNDICE 527
Pajinas
§ 6.— Don Joaquín de la Pezuela 493
§ 7.~Don Jerónimo Valdes 496
^ 8.— Don Mariano Ricafort , 499
ARTÍCULO SEGUNDO
§ 1 Don Melchor de Ajinerich 503
§ 2. Don Juan Ruiz de Apodaca 504
^ 3. Don Pablo Morillo 507
5^ 4. Don Juan Manuel de Cajigal 514
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